En aquel momento, cuando contaba con 35-36 años, me encontraba sumergida en encuentros secretos y actos de infidelidad, en los cuales ejercía mi libertad como mujer para tomar decisiones según mi punto de vista. Disfrutaba intensamente de esos momentos. A pesar de amar a mi esposo, dedicarme a mi trabajo y mantener una imagen cuidada y responsable en todas las facetas de mi vida, encontraba placer en tener encuentros sexuales fuera de mi matrimonio. En mi entorno laboral, recibía insinuaciones por parte de varios compañeros, con los cuales ya había tenido relaciones, pero ninguno de ellos se comportaba de manera indiscreta ni generaba situaciones comprometedoras que pudieran comprometer mi reputación. Por el contrario, seguían considerándome inalcanzable y continuaba siendo el objeto de deseo de algunos de ellos, una mujer a la que ansiaban. Aunque no poseo un físico como el de una reina de belleza, soy una mujer atractiva, madre de dos hijos, interesante, sociable, trabajadora y con un estilo sensual en mi forma de vestir. Estas cualidades son las que atraen la atención de los demás.
De manera habitual, algunos de mis colegas me invitaban a salir a cenar o bailar, pero rechazaba a muchos de ellos debido a que representaban el estereotipo de hombre vulgar, misógino y chismoso. En algunas ocasiones, les señalaba y les reclamaba directamente por la forma en que se dirigían a mis compañeras, un comportamiento que los incomodaba, resultando en que algunos de ellos dejaran de insistir en sus intentos de conquista.
En la oficina, había llegado un nuevo jefe varios meses atrás, que al principio no tenía relación directa con mi área de trabajo. Aunque nos cruzábamos ocasionalmente en el pasillo, nuestra interacción se limitaba al saludo. Había escuchado que se trataba de alguien pretencioso, que se creía superior intelectualmente, ya que físicamente no encajaba en el estándar de atractivo convencional, siendo más bien un estereotipo de "empollón". Sin embargo, debido a ciertas circunstancias laborales, me vi en la necesidad de colaborar con él en un proyecto en un momento determinado. Fue entonces cuando pude confirmar los rumores acerca de su actitud, pero decidí establecer límites desde el principio.
Al principio, esto lo incomodó, especialmente porque era inusual que una mujer le hiciera frente y estableciera barreras en su forma de tratarnos, pero poco a poco comenzó a adaptarse y a respetar mi forma de ser. Al percatarse de que compartíamos gustos por la lectura de periódicos, la buena música y la afición por los libros, así como al descubrir que poseía un título universitario, su actitud hacia mí experimentó un cambio. Con el tiempo, empezamos a conocernos más a fondo. Su nombre era Sandro, un hombre casado con dos hijas pequeñas, originario de Guerrero, urbanista y apasionado por la política. Comenzó a sentir interés por una mujer casada, madre de dos hijos, muy amable y perspicaz.
Conforme pasaba el tiempo, nuestra relación se fue estrechando debido a que fue trasladado a mi departamento, aunque sin llegar a desarrollar una amistad profunda. En la oficina, nadie soportaba su actitud pedante de intelectual, pero al ser el jefe, todos debían soportarlo. A mí también me molestaba su conducta, especialmente cuando expresaba su visión sobre el rol de la mujer, afirmando que esta debía quedarse en casa cuidando de los hijos y, sobre todo, ser fiel; sostenía que ninguna mujer lo merecía, salvo su esposa. En cierta ocasión, visiblemente molesta, le hice notar que resultaba lamentable poseer una vasta formación académica y mantener ese pensamiento, lo cual lo llevaba a ser tildado de conservador provinciano. Este comentario lo irritó y decidió mantener distancia durante un tiempo.
Para su desgracia, se vio obligado a colaborar conmigo y a soportar mi carácter, al cual poco a poco fue adaptándose, modificando su actitud hacia mí, aunque no cambiaba su trato con las demás compañeras. Con el tiempo, esa confianza mutua fue creciendo. Me di cuenta de que no le era indiferente, ya que lo sorprendía con la mirada fija en alguna parte de mi.
cuerpo: mi trasero, mis piernas o mis pechos. Al principio eran esporádicas y discretas esas miradas, pero poco a poco fueron más intrusivas y más lujuriosas, aunque nunca me llegaron a incomodar dado que aparentemente "no me daba cuenta". En ocasiones provocaba que se recreara la vista, principalmente para comprobar que tan ciertos eran los principios de moralidad que decía tener. Otras veces, lo sorprendía al voltear y pillarlo observándome, él reaccionaba con nervios comentando cualquier cosa ante la sorpresa. Al igual que muchos hombres, confirmé con Sandro lo que dice el refrán "cuando una cabeza se calienta la otra deja de razonar". Esos discursos sobre la fidelidad a ultranza y demás moralinas eran simplemente una fachada, ya que lo tenía a sus pies sin haber hecho gran cosa.
Un día me propuso tomarnos una copa después del trabajo, titubeando acepté. Durante la tarde la conversación fue amigable y formal, aunque después de unos tragos la confianza creció. Sandro se atrevió a decirme que era una mujer atractiva y hermosa que muchos colegas de la oficina me deseaban. Me cuestionó si mi esposo no ponía reparos en mi manera de vestir tan coqueta o si no mostraba celos al permitirme ir a eventos y regresar tarde a casa. Ese día había ido al trabajo con una falda corta que resaltaba mis piernas de forma provocativa, por lo que en diferentes momentos lo pillé mirándolas con deseo. Le respondí que como cualquier hombre, mi esposo era celoso, pero que confiaba plenamente en mí y, sobre todo, que éramos adultos y teníamos la libertad de actuar con responsabilidad. Le dije "mi marido tiene una autoestima muy sólida como para andar desconfiando de los demás", los celosos son aquellos que tienen inseguridades que no pueden controlar. Este comentario lo dejó perplejo, ya que indirectamente lo estaba señalando. Finalizamos la última copa y salimos del lugar. En la calle, pedí un taxi y me despedí con un beso en la mejilla, expresando que esperaba volver a vivir esos momentos. Él replicó con una sonrisa traviesa que también le gustaría repetirlos, solo era cuestión de que se diera la oportunidad.
En los siguientes días, Sandro mostró más amabilidad e interés por mis asuntos. De manera cordial, manifestaba su interés por hablar de sus gustos musicales, libros o sucesos de actualidad. Yo "me dejaba querer" y permitía más su aproximación. El pretexto para entablar conversación conmigo no era la música u otros temas, su intención era estar cerca para admirar mis glúteos con mis pantalones ajustados, mis piernas cuando llevaba faldas cortas o mis pechos con mis blusas escotadas. Además, pude notar en distintos momentos cómo llegaba a su área de trabajo con su miembro erecto, ya que se le notaba muy prominente en esa parte del pantalón, incluso percibí una vez que después de hablar se levantó y al mirar disimuladamente hacia esa zona, noté que estaba un poco húmeda, como si hubieran salido gotas de orina o semen del pene. Parecía que se había estimulado mentalmente estando conmigo, hasta el punto de humedecerse o eyacular, pensé.
En un principio, me sentí utilizada; sin embargo, también me excitó el hecho de que un hombre pudiera excitarse al punto de eyacular tan solo conversando de cosas banales, incluso en presencia de otros colegas. En algún momento me confesó, entre tristeza y ansiedad, que no había visto a su esposa desde hace dos meses y medio, ya que el trabajo le exigía ocupar los fines de semana, además de que no quería perderlo por asuntos emocionales. Si todo seguía así, en un mes regresaría a Guerrero para reunirse unos días con su familia. Pensé que quizás la ausencia de actividad sexual durante ese periodo había desencadenado que su deseo por mi lo llevara a eyacular en sus pantalones.
En una ocasión hubo una celebración en la oficina. Como siempre, me vestí para la ocasión, coqueta: con falda corta, medias de liga, tacones altos, lencería y una blusa semitransparente. Llamaba la atención. Hubo comida, bebidas y música. Sandro y su jefe principal llamado Santiago,La persona que también mostraba interés en mí, me asignó un asiento entre ellos. Santiago se mostraba más grosero y arrogante que él y mediante bromas un tanto incómodas dejaba ver su intención hacia mí. Conversaban sobre política y otros temas irrelevantes para ese momento, hasta que comenzó a sonar música para bailar. A mí me encanta bailar y en cuanto tuve la oportunidad, me liberé de ambos cuando alguien me invitó a bailar. Pasé un buen rato sin sentarme, ya que los pretendientes no paraban de invitarme a la pista. De vez en cuando miraba hacia donde estaban Sandro y Santiago, los notaba molestos por no estar con ellos. Su estado de ánimo no me preocupaba en lo más mínimo y, de hecho, los incitaba de forma sutil moviéndome de manera sensual frente a ellos.
Cuando hubo una pausa en la música, regresé a mi lugar y noté que Santiago ya no estaba. Sandro me informó que lo habían llamado a una reunión en la dirección general. Él se le veía un poco mareado por las bebidas que había tomado. Le solicité que me preparara un tequila paloma y se apresuró a traérmelo. Brindamos y me dijo que bailaba muy bien, que movía el cuerpo de forma muy sugerente captando la atención de todos. De forma provocativa le propuse que bailara conmigo, pero me respondió que no sabía bailar. Tomamos otros dos tragos y me sentí mareada, pero sobre todo emocionada por sus comentarios subidos de tono. Para su mala suerte, me volvieron a invitar a bailar y acepté gustosamente, pero antes me bebí de un solo trago mi tequila. Mientras bailaba, un compañero llamado Alejandro, con quien ya había tenido una aventura, me sugirió continuar la fiesta en otro lugar. Le respondí que tal vez, preguntándole el lugar. Me indicó que conocía un sitio por Tlalpan, cerca del metro Chabacano, con buen ambiente y buena música. Le dije que le avisaría al término de la reunión, ya que necesitaba hacer unas llamadas. Utilicé esa excusa no tanto para rechazar la invitación, sino para tener la oportunidad de que algo sucediera con Sandro.
Regresé a mi lugar y ya había otro tequila paloma esperándome. Me lo bebí en tres sorbos, debido a lo sedienta que estaba por haber estado bailando. Le pedí que me preparara otro mientras yo iba al baño. Al regresar, Sandro me propuso brindar de nuevo. Brindamos y bebí un buen trago. Seguimos conversando y se notaba más ebrio, aunque no llegaba a estar borracho. En un momento dado, discretamente bajé la mirada para comprobar su estado de excitación y noté que estaba muy abultado su pantalón, incluso se marcaba insinuante la forma y tamaño de su miembro. Al verlo exclamé "ay Dios mío", y él preguntó si había dicho algo, a lo que respondí que nada, simplemente me había golpeado con la silla en el pie.
En el baño, mientras arreglaba mi aspecto, pensaba en qué hacer si Sandro me proponía ir a otro lugar. Estaba excitada por lo que había visto y por lo coqueta que me había mostrado con Alejandro. Imaginando mil cosas, salí del baño lista para lo que fuera a suceder.
Sandro me propuso salir de la reunión e ir a un lugar más tranquilo para platicar sin tanto ruido. Dudaba entre seguir la fiesta con Alejandro o "ir a platicar con él", así que discretamente miré su entrepierna, que vi completamente erecta, dura y húmeda. Aunque la idea de estar con Alejandro me tentaba, excitada por lo que había visto decidí probar otro dulce. Me di cuenta de que Alejandro se dirigía al baño, así que aproveché para despedirme. Le pedí a Sandro salir después y reunirnos en la esquina, para no levantar sospechas. Esperé ansiosa en la esquina por unos diez minutos, recibiendo piropos y comentarios subidos de tono como "mamacita, qué buena estás; deliciosa; hermosura, ¿te vienes conmigo?", entre otros. Finalmente llegó, dimos unos pasos un tanto ebrios, buscamos un taxi, que por la hora y el día tardaba en pasar, eran cerca de las seis de la tarde. Estábamos en Circuito Interior cuando él me dijo:
- Me gustaría estar contigo en otro lugar.
- Sorprendida por lo directo de su sugerencia, le pregunté "¿en dónde?".
-Pues él me respondió en el lugar que esté más apacible.
- De forma traviesa, le pregunté si prefería un ambiente cálido con algunas bebidas. ¿A dónde sugieres que vayamos?
- Después de un tiempo, Sandro contestó a mi pregunta.
- Insistí, necesito que me digas dónde.
- Por último, me propuso: ¿Qué te parecería estar a solas conmigo?
- Actuando como si no entendiera, le respondí de manera astuta: actualmente estamos a solas.
- Sí, pero no en este lugar, en otro distinto. Tomando coraje, sin tapujos, expresó: si no te ofendes, me gustaría ir a un hotel contigo.
- ¡Sandro! Exclamé, fingiendo sorpresa y molestia.
- Te lo ruego con respeto, siento una fuerte atracción por ti y desearía hacer el amor contigo.
- Haciéndome la difícil, le recordé: sabes que estoy casada y tengo hijos.
- Lo sé, por eso me resultas aún más atractiva. Además, te lo planteo como adultos que somos. Siento una gran necesidad de compañía, por favor.
- Pero, ¿qué imagen tienes de mí? ¿Por qué me haces esta propuesta? No sé qué pensar de ti.
- Ya te mencioné que eres una mujer madura, muy hermosa y atractiva. Me atraes y despiertas mis deseos. Si supieras cómo a veces me siento por ti. Perdona, pero me excitas mucho, a veces desearía acercarme por detrás de tu cintura y acercarme, frotarme para que sientas mi deseo. Mira, mostrándome su erección, me dice: ¡Observa cómo estoy por ti!
- Al ver su erección, exclamé: ¡Vaya, estás muy urgido! Reflexionando, le respondí: mmm, no lo sé... ¿No crees que es demasiado pronto? Mmmmm, me gustaría, pero... no sé cómo serías en la intimidad, ¿Qué opinarás de mí? ¿Qué dirán los demás si se enteran? ¿Y si tu esposa descubre que estás con otra persona?
- Te va a encantar y no pensaré mal de ti, te deseo y quiero estar a solas contigo. Nadie se enterará, mi esposa está a kilómetros de distancia y no se enterará de nada. Se acercó a mí y me besó en los labios, a lo cual correspondí sin resistencia, pero luego retrocedí rápidamente y miré a nuestro alrededor para verificar que no nos hubiera visto alguien conocido.
- Tranquilízate, aquí no, podrían vernos; dubitativa... estoy nerviosa. Me gustaría, pero no sé... Mmmm, ¿a dónde iríamos?
- Hay un hotel a unas cuadras de aquí, vamos.
- Mmmm... Está bien, vamos.
Nos dirigimos caminando por el circuito hacia plaza Galerías y a una cuadra de donde estábamos, llegamos al Hotel Del Bosque. Entramos nerviosos y él solicitó una habitación; compró dos paquetes de preservativos mientras yo me aproximé al ascensor para evitar momentos incómodos. Me sorprendió ver los dos paquetes, preguntándome para qué necesitaría tantos. ¿Qué planea hacer? Entramos en el ascensor y, dentro del mismo, comenzó a besarme apasionadamente, abrazándome contra su cuerpo. Casi me ahogo con su lengua y sentí la firmeza de su erección que rozaba mi entrepierna. Sandro ardía en deseos de poseerme. Nos separamos al detenerse el ascensor en el piso indicado. Al llegar a la habitación, Sandro no podía insertar correctamente la tarjeta debido a la ansiedad, lo que impedía que la puerta se abriera. Tuve que calmarlo y le pedí la tarjeta, la introduje y finalmente la puerta se abrió. Entramos y nos instalamos.
Nuevamente Sandro me abrazó y me besó con ansias. Pegó su cuerpo al mío, flexionando un poco mis rodillas para ajustar mejor su erección en mí. Agarró mis glúteos para acariciarlos y pegarlos más contra su cuerpo. Me abrazaba por el cuello y sentí cómo frotaba su miembro en mi zona íntima. Excitada por su desesperación, correspondí sus besos entregándole mi lengua. Incliné mi cintura, separando ligeramente mis piernas para sentir mejor su erección. Me permití ser tocada de forma muy provocativa, Sandro se movía con rapidez y su cuerpo temblaba. Recordé cuando se excitó en la oficina con solo charlar y pensé que estaba a punto de eyacular, por lo que, con voz entrecortada y separándome un poco, le sugerí:
- ¿Pedimos unas bebidas, sí?
- Sandro, fuera de sí, sacó
de ambiente y respondiendo, me preguntó: perdón ¿Qué has dicho?
- Que pidas unos tragos.
- Dudando, ¿Unos tragos? ¿acá venden?
- Supongo que sí, contesté y nos separamos.
- Fue al teléfono y se interesó si vendían bebidas, solicitando unas palomas. Sandro se acercó nuevamente a mí y me volvió a abrazar diciéndome al oído que sexy fajas, que sensual estás. Vistes muy provocativa.
- Le agradecí pero lo que sucede es que estás muy ardiente.
- Es que llevo varios meses sin intimidad y la verdad tengo muchas ansias de hacerlo. Tomándome la mano para colocarla en su protuberancia, me dijo ¡Mira cómo estoy!
- Abriendo su mano lo palpé y dije, ¡Qué sobresaliente, mira cómo lo tienes de erguido y húmedo! ¡Qué dureza se siente! Se nota que estás falto.
- Por eso deseaba estar contigo acá, para saciar mis ansias. Tengo muchos deseos de poseerte, estás muy apetecible y con tu falda corta y esas medias atraes mucho.
- ¿Sólo me vas a utilizar para eso verdad? ¿Únicamente me quieres para satisfacerte? Me deseas utilizar sólo para intimar, le respondí entre indignada y provocativa, ¿consideras que soy qué…
- Mmmmm, no pienso mal de ti, pues si deseo estar contigo, pero no solamente es eso, tú eres diferente. Sabes que te respeto y que me simpatizas.
Me besó de nuevo con mucho deseo, mientras rozaba su miembro sobre el pantalón. Pude percibir lo extenso que era su pene y lo abultado que estaba. Mientras lo besaba, pensé en la pasión que me iban a dar con esas ansias y ese miembro largo y abultado. Desinhibida por el alcohol y por lo caliente que estaba, la "vergüenza" que había mostrado al principio se había esfumado. La mujer casada, fiel y respetable ahora actuaba como una hembra en celo sabiendo que era pretendida como un objeto para satisfacer los instintos básicos de un compañero de trabajo, que llevaba un buen tiempo sin tener relaciones íntimas. Este juego me agradaba y me disponía a dejarme llevar por sus deseos. Como con mis otros amantes, actuaría sin recato y sería una mujer plena que le gusta excitar a los hombres con sensualidad descarada, con frases provocativas y una actitud sumisa a las pretensiones del amante en turno.
Excitada, apretaba con fuerza ese bulto y metía toda mi lengua en su boca, en señal de total entrega y sumisión. En respuesta, él desabrochó mi blusa para acariciar mis senos, y bajó su boca para empezar a besarlos. En su desesperación me hacía suaves chupetones, mientras yo con la otra mano lo tomaba por los cabellos restregándolo en mis senos.
- No me dejes marcas, no me hagas chupetones Sandro.
- Solo uno sí, aquí a un lado de tu seno, ¿de acuerdo?
- No, por favor no, si mi pareja se da cuenta "me mata".
- No se dará cuenta, lo escondes y listo.
Me hizo uno y gemí al sentir como Sandro succionaba mi seno, pero le volví a decir:
- Hummm, no por favor, no lo hagas hummm… no, no, aahhgg nooo; mmmm, no lo hagas aahhh, aayyy nooo; bueno, pero hazlo despacio, no tan grande, me regañarán si me ven.
Sin hacer caso a mis súplicas y con mayor deseo Sandro succionaba esa parte de mi pecho tratando de formar un chupetón con sus labios hasta que tocaron la puerta. Era el camarero que traía el servicio, nos separamos y me dirigí al baño. Él fue a recibir los tragos y despidió al mesero. En el baño observé en el espejo que el chupetón no era tan grande, pero iba a estar muy morado. Sonriendo, y pensando en ello, salí al cuarto en busca de él.
Sandro tenía en la mano las bebidas y brindamos por el encuentro. Con sendos tragos nos bebimos su contenido. Me volvió a abrazar y me empezó a quitar mi blusa y mi brasier. Y empecé a quitarle el pantalón dejándolo solo en bóxer. Su pene excitado se salía de él y se lo empecé a sobar sin sacárselo, aunque su glande sobresalía. Después de haberle quitado el pantalón, se inclinó para besarme los senos. Los mordía y los chupaba ligeramente.
Finalmente, introduje mi mano debajo del bóxer y extraje su pene para acariciarlo. Limpié los fluidos de su glande con los dedos y los esparcí por su miembro. Comencé a estimularlo suavemente y luego con firmeza, disfruto tener el control de esa manera: acariciando su pene para aumentar su excitación y lograr que se ponga completamente erecto. Sandro gemía al sentir cómo le proporcionaba placer.
- Qué maravilloso cómo me masturbas, Mar. -expresó.
- ¿Disfrutas de mis caricias? ¿Te hace sentir bien? -pregunté.
- Sí, lo haces de maravilla. Me haces sentir increíble. -respondió.
- Disfrútalo, tienes un pene muy placentero. -comenté.
Durante un tiempo, Sandro permitió que lo estimulara, disfrutando de mis caricias mientras observaba cómo lo complacía. Estaba excitado y, con los ojos cerrados, mi forma de actuar lo llevó al clímax. Entonces, reaccionó y me preguntó:
- ¿Deseas que continuemos?
- Sí, deseo sentirlo. -respondí.
- Acuéstate y prepárate, te lo introduciré. -anunció.
- Sí, pero por favor, usa protección. -indiqué.
- ¿No prefieres hacerlo sin protección? -preguntó.
- Me encanta la sensación natural, pero dadas las circunstancias, es mejor usar un preservativo. -argumenté.
- No te preocupes, lo retiraré a tiempo. -insistió.
- No estoy segura, mejor no arriesgarse. -aseguré.
- Solo un momento, así podrás sentir tu calor. -insistió.
- Está bien, únicamente un instante. -cedí.
Inmediatamente, dirigió su miembro hacia mi entrada vaginal, levantó mis piernas sobre sus hombros y me penetró con fuerza. Gemí de placer al sentirlo completamente adentro.
- ¡Sandro, me has llenado por completo! -exclamé.
- Disfruta de cada instante. ¿Te gusta? -preguntó.
- Sí, puedo sentir toda tu extensión dentro de mí, se siente cálida. -respondí.
- Es todo tuyo, disfrútalo al máximo. -aseguró.
- Sigue así, me encanta cómo lo haces. -manifesté.
- Qué excitante te ves en esa posición. ¿Te agrada la penetración? -inquirió.
- Sí, haz lo que quieras conmigo. Aprecio cada embestida. -respondí.
- Tus movimientos son deliciosos, Sandro. Siento tu pene caliente y grande adentro de mí. -añadí.
Al escuchar mis palabras, Sandro incrementó la intensidad de sus embestidas. Aprovechaba para acariciar mis pechos y se sujetaba de mis hombros para tener más fuerza en sus movimientos. Su ritmo acelerado me provocaba un placer indescriptible. En determinado momento, detenía su ritmo para adentrarse por completo.
- Me estás alcanzando en lo más profundo, Sandro. ¡Qué delicia! -exclamé.
- Sí, disfruta de cada instante. -dijo.
- Puedo sentirlo todo, siento que explotaré. -comenté.
Aquellas palabras me hicieron reaccionar. Sentía la intensidad del momento y su próxima eyaculación. Le detuve unos instantes y le pedí con firmeza:
- Por favor, colócate un preservativo para evitar inconvenientes.
- Estaba tan excitado que tardó en comprender mis palabras, eh… -dijo.
- Sí, por favor. -insistí.
- Pero lo retiraré antes de terminar. -aseguró.
-
Sin embargo, estás muy excitado y tal vez no puedas resistir las ganas de hacerlo.
- ¡Ay! exclamó.
- Por favor, no esta vez. En otro momento lo haces, pero no ahora.
- Está bien. Vacilante y no muy contento, fue a buscar los paquetes que había comprado y sacó uno para ponerse lo lo más rápido que pudo. Al acercarse a mí, vi lo roja que estaba su cabeza a punto de estallar.
Sandro volvió a levantarme las piernas para penetrarme de nuevo, de un solo golpe me la introdujo y retomó el ritmo. Con movimientos rápidos y violentos, golpeaba sus testículos en mis glúteos y embestía con fuerza, parecía que pronto terminaría.
- ¡Ay Sandro, se siente bien, pero me vas a atravesar, ay…
- ¿Te gusta cómo me muevo, te gusta cómo te penetro?
- Sí, siento mucho calor, ay, siento tu cosa muy grande, ay, qué rico, ay…
- Qué deliciosa estás, qué deliciosas están tus nalgas, con razón todos te las miran, todos te desean, desearían penetrarte como yo lo hago, desearían disfrutar introduciéndote su pene en tus glúteos, para que lo sientas rico. Siéntelo rico, Mar, siéntelo rico mi pene…
- Sí, tómalas tú, tómalas rico, ahora son tuyas, disfrútalas rico, ay, así, así…
- Ya me voy a correr, ya me voy a correr.
- Sí, muévete bien, cáete ya, muévete bien, ay…
- ¡Ay, me estoy corriendo, ay!, ya necesitaba esto, ya necesitaba venirme así…
- Qué rico siento, qué rico se mueve tu pene, ay, muévete más, ay, sí, siento cómo salen tus fluidos, ay, siento rico cómo se mueve tu pene, ay…
- ¡Ay, ya terminé, ya me corrí por completo.
Después de unos momentos, Sandro se separó una vez terminó de vaciarse, observé su pene y el condón le colgaba de tanto semen que había eyaculado. ¡Vaya, sí que la tenías acumulada! Fue al baño para quitárselo y limpiarse. Instantes después, regresó aún con su pene erecto y se recostó a mi lado. Me dijo que se había corrido muy rico, que ya necesitaba sentir eso. Yo aún no había tenido mi orgasmo.
Mientras conversábamos, le agarré el miembro para ponerlo erecto nuevamente; sin embargo, grande fue mi sorpresa al encontrarlo erecto y duro como cuando se lo acaricié la primera vez:
- ¡Increíble Sandro, mira cómo lo tienes, erecto y duro; ¡tu cabeza está hinchada y muy roja, caliente! Realmente estás muy excitado, le decía esto mientras lo masturbaba, acariciando cada parte de él.
- Sí, Mar, la verdad es que tenía ganas de estar con una mujer para eyacular. Ya necesitaba a alguien con quien tener relaciones, estaba muy ansioso.
- Te creo, lo noté en la oficina, desde aquel día que platicábamos y vi que tenías el pantalón húmedo, ¿No me dirás que te viniste?
- Sí, estaba excitado. Te confieso que ese día te vi llegar al trabajo temprano con tu falda corta y al subir las escaleras, pude ver tus piernas y parte de tus glúteos, tus medias de ligas y tu tanga. Mientras conversábamos, recordé ese momento e imaginaba cómo serías en la cama, qué tan fogosa podrías ser.
- ¡Ah, qué travieso eres!, ¿no que me respetabas?
- Jaja, discúlpame, pero es que no puedes pasar desapercibida cuando te vistes así. Realmente llamas la atención y es inevitable voltear a verte. Quizás tú no te des cuenta, pero muchos voltean a ver tu caderas cuando pasas, los he visto, incluso me han comentado: ¿Has visto qué sexy vino Mar?
- No seas mentiroso, no exageres.
- En serio, ¿por qué crees que me excito? Te ves muy atractiva y la verdad es que en mi caso me excitas y me pongo caliente.
- ¡Increíble, tu pene sigue caliente y no se ha bajado, sigue firme, ¿Siempre eres así?
- Sí, la verdad es que soy muy fogoso y tarda mi miembro en decaer, pero tú no te quedas atrás, se ve que eres fogosa, muy cachonda.
- Pues sí, me gusta tener relaciones, se siente muy bien cuando tienes un orgasmo, me
libero, percibo que pierdo todo control y siento que me elevo. ¿Qué opinas de repetirlo de nuevo?
- Con mucho gusto, de hecho toda esta conversación me ha excitado y estaba a punto de proponértelo.
Sandro me solicitó subirme sobre su falo para cabalgarlo. Con gusto lo hice, pero antes le pedí que se colocara un preservativo. A regañadientes aceptó, pero me indicó que lo pusiera yo misma. Fui al mueble y tomé uno, abrí el envoltorio, subí a la cama y, tomando su miembro, desenrollé el condón sobre su falo. Lo miraba de forma sugerente mientras lo colocaba. Con su miembro protegido, comencé a moverme colocando su miembro en la entrada de mi vagina, y de golpe me dejé caer, permitiendo que su falo entrara completamente.
- ¡Aahhh, se siente tan bien, qué delicioso falo tienes!
- ¡Sí, cómetelo todo, muévete deliciosamente!
- Sí, lo siento todo dentro, qué exquisito siento aahhgg, qué delicioso lo tienes, aahhh, qué placentero…
- ¡Qué increíble, Mar, qué delicioso te entregas a mi falo y qué maravillosos movimientos realizas! ¡Aahhh, muérdele así, muérdele, aahhh qué increíble…
- Aahhh qué exquisita lo tienes, qué exquisita verga tienes, siento que me atraviesas, aayyy siento tu glande cálido hasta lo más profundo; Me siento realmente bien, aayyy qué exquisito lo haces, aahhh, ¿Te agrada cómo lo hago?
- Sí, estás moviéndote de forma muy ardiente, qué deliciosamente agitas tus caderas, aahhh mamacita, qué delicioso me lo haces, cómetela toda, cómetela toda mi verga…
Incrementé la velocidad de mis movimientos, sentándome con fuerza sobre el falo de Sandro, sintiendo que ambos estábamos a punto de llegar al clímax nuevamente. Comencé a gemir más fuerte, indicativo de mi inminente orgasmo:
- ¡Aayyy, qué placer estoy experimentando, aahhh, qué delicia me estás dando, seee, see aayyy, seee, me estoy corriendo, me estoy corriendo, aayyy, qué fantástico falo estoy disfrutando, aahhh ya llegué, cabrón, aahhh...seeeee, qué maravilloso…
- Disfruta todo, siente todo mi falo, cómetelo, disfruta la experiencia al máximo.
- ¡Aayyy, qué increíble me corrí, qué maravilloso me penetraste, muévete más, muévete más, aahhh, qué bien siento tu glande, qué rica verga tienes, aahhh, a seee, aahhgg.
- Voy a llegar al orgasmo de nuevo, Mar, qué deliciosamente te mueves, qué placenteramente agitas tus caderas, qué deliciosamente aprietas mi miembro, me vengo, me vengo, eres una ardiente Mar, aahhh, aahhh.
- ¡Sí, así, llega deliciosamente, siente cómo te mordisqueo, exprímete deliciosamente, disfruta de cómo te vacías!
- ¡Qué exquisito trasero posees, qué deliciosamente lo mueves, ya llegué de nuevo, qué sorprendente eres, aahhhh, qué placentera eres, qué delicias, aahhh.
Hundiendo su falo en mis nalgas, Sandro liberaba las últimas gotas de semen, disfrutando intensamente al encajarle mis nalgas en su miembro y al mordisqueárselo. Continué moviéndome, procurando exprimir al máximo su miembro. Ambos habíamos llegado casi al mismo tiempo. Poco después, me incliné y le di un beso apasionado en los labios para luego separarme. Una vez más, su miembro seguía erecto con el preservativo lleno de semen.
- Fíjate cuánto aún había adentro, impresionante ¿De dónde sacaste todo eso?
- Estaba muy excitado y además, entregas tanto que me estimula aún más. Me imagino muchas cosas, no te imaginaba así, por eso al finalizar todo esto me sucede.
- Se nota, pero también eres muy fogoso, y te excitas bastante.
Sandro se levantó y se dirigió al baño para desechar el preservativo y asearse. Yo también lo hice, abriendo la ducha para lavarme y refrescarme. Sandro hizo lo mismo, y juntos nos bañamos. Mientras nos enjabonábamos, nos besamos y le limpié su miembro que aún permanecía rígido. Terminamos y salimos para descansar. Él sugirió pedir más bebidas y yo estuve de acuerdo. Por un tiempo, continuamos hablando sobre lo sucedido, y le rogué que mantuviera discreción para evitar posibles problemas. Él me aseguró que guardaría silencio, que respetaría ese momento, y que no divulgaría nada a nadie.
Se informaría.
En una conversación, pregunté el motivo por el cual había expresado que no me imaginaba de esa manera, cuestionándole a qué se refería. Respondió que suponía que me gustaba mantener relaciones sexuales, pero de manera más reservada, sin imaginar que era tan apasionada. Apreció mi actitud liberada para disfrutar del sexo, entregándome por completo, actuando como si llevara mucho tiempo sin tener relaciones. Me sorprendió tu sensualidad y tu valentía para disfrutar de mi miembro, cómo gimes y gritas cuando estoy dentro de ti. Cómo me estimulas y me dices cosas excitantes. En ese momento, tocaron a la puerta y él salió a buscar las bebidas. Regresó a la cama y brindamos nuevamente por ese instante, recostándose a mi lado. Permanecimos así, hasta que se giró hacia mí y comencé a acariciar su pene. En silencio, Sandro se dejaba llevar y poco a poco volvió a excitarse. Luego, se giró también y me besó.
Sus besos estaban llenos de deseo, mostrando un anhelo por poseerme por completo. Nuestras lenguas se entrelazaban, simulando una actividad similar a la penetración. Yo acariciaba con fervor su miembro, disfrutando del líquido pre-eyaculatorio que embarraba su pene, acariciaba sus testículos y presionaba con ansias su virilidad, con el deseo de satisfacerlo lo más rápido posible. Él jadeaba al sentir mis caricias, su pene pronto se endureció por completo. Al notarlo, aumenté la intensidad de mis movimientos, recorriendo firme toda su extensión. Se separó y se inclinó para succionar mis senos, mordiéndolos con intensidad pero con delicadeza. Chupaba mis pezones y los lamía con pasión. Comenzó a dejar marcas en mis senos, pero le pedí que parara, preocupada por las señales que dejaría en mi piel debido a mi esposo.
- Por favor, Sandro, no me dejes marcas visibles, me regañarán, aaaaah... Ya hiciste una.
- No te preocupes, casi no se notarán, serán leves marcas, decía esto mientras continuaba chupando.
- Aaaaah, no, por favor, ya no lo hagas, se notará, le decía excitada mientras seguía estimulándolo con pasión y fuerza.
- A pesar de tu resistencia, Sandro dejaba sus marcas, acariciaba mi cabeza con su mano mientras seguía estimulando mi seno. Hizo otros cinco chupetones grandes y morados, como si quisiera dejar su señal en el trofeo que sostenía. ¿Te agrada cómo estimulo tus senos? ¿Disfrutas, preciosa?
- Seee, aahhh, se siente bien, pero por favor, no dejes marcas, decía suplicante pero sin insistir demasiado, aahhh se siente excelente. ¿Te gusta cómo acaricio tu miembro con pasión?
- Sí, sabes cómo estimular muy bien, ¿Dónde aprendiste eso, cariño? ¿Siempre lo haces así? ¿Siempre te comportas así?
- Así es como lo hago con mi esposo, así lo hago cuando estamos juntos. "No he hecho esto con nadie más".
- No te creo, parece que tienes experiencia y disfrutas del sexo, pero continúa estimulándome. Debe ser placentero estar con él, me da envidia, aahhh, me tienes agarrado el miembro de forma deliciosa.
Me incliné para besarle el cuello con intenciones de dejar una marca. Lo hice y él no se quejó, incluso me pidió que hiciera una en su pezón. Con gusto, sin dejar de acariciar su pene, comencé a chupar, quedándome pegada durante un tiempo succionando hasta casi lastimarlo. La marca era notable y de un rojo intenso. Con una sonrisa traviesa, volvió a besarme y me pidió que continuara.
- ¿Lo harías de nuevo, mírame, listo para ti?
- Claro, te lo haré de nuevo, ponerte a cuatro patas, así te penetraré.
- Sí, me encanta así, sí.
Me giré obediente, adoptando esa postura. Disfruto al ser tomada desde atrás, me siento desinhibida, dominada, como si fuera una mujer deseada por un desconocido, sumisa para la penetración.']
y se derramen en mí, para satisfacer sus ansias de poseer a una mujer a la que solo le desprecien. Él solicitó que me ubicara en el borde de la cama. Entonces, sin colocarse un preservativo, introdujo su miembro viril en la entrada de la vagina y de una sola estocada me penetró por completo.
- ¡Aahhh, ya me has penetrado por completo, qué deliciosa verga tienes, aahhh, qué placentero...
- ¿Te agrada así? ¿Te gusta que te penetren de esta manera, Mar?
- Sí, así me place, me gusta que me tomen por detrás, aahhh, muévete, muévete con firmeza, Sandro.
- Sí, te voy a penetrar por completo, siéntela, disfruta de mi miembro viril.
Sandro comenzó a embestir con energía, aferrando mis nalgas para sujetarme mejor. Golpeaba mis glúteos en cada embestida. Percibía cómo me traspasaba su falo, cómo sus testículos chocaban contra mis nalgas. Ambos nos contemplábamos en el gran espejo situado frente a la cama, disfrutando morbosamente de esa postura. Fascinados, nos observábamos mientras me poseía en esa posición: él empujando vigorosamente y sujetando mis nalgas; yo, sumisamente, empujaba y movía mis nalgas para sentir más adentro su miembro viril.
- ¡Qué placentero me estás penetrando de esta manera, Sandro, hace mucho que no me penetraban así… que me monten por detrás, me gusta mucho! Ay, me la introduces por completo, aahhh. ¿Te agrada, te gusta cómo me muevo? ¿Te agrada cómo luzco de esta forma?
- Sí, estás muy atractiva, te mueves muy bien, muy deliciosamente. Así imaginé que te moverías en la cama, así… Te ves muy lujuriosa en esta posición, muy excitante, muy... aahhhh, cómo disfrutas moviéndote, aahhhh…
- ¿Qué pretendías decirme, eh? ¿Cómo me ves de esta manera…?
- Mar, no me hagas decir cosas, me provocas mucho.
- Dime, Sandro, dímelo ¿Sí? Dime cómo me ves… aahhhh
- Te ves como una hembra en celo, así te ves con tus glúteos erguidos, ansiosa de ser penetrada, pidiendo ser montada. Así te ves, así se aprecia muy bien tu trasero, ansiando ser poseído.
- Sí, así me siento, por eso me agrada que me penetren por detrás. Me gusta que me tomen de esa forma, sumisa para que me domine hasta alcanzar el clímax, que agarre mis nalgas con lujuria. Aahhh, qué deliciosamente me penetras, qué delicioso choque de tus testículos en mis nalgas. Introdúcela con más fuerza, adéntrala con ímpetu, muévete de esa manera, ay, qué delicioso me tomas, ay, así fuerte, introdúcela toda, más…
- Pues aquí está tu macho que te está penetrando por detrás, siente mi miembro viril, cómetelo todo, te estoy penetrando por completo, siéntelo, aahhh…
- Qué deliciosamente me estás poseyendo, cómo maravillosamente me penetras, dale con fuerza, introdúcemela toda con firmeza, así, así, hazme el amor de esa manera, ay, qué miembro viril posees, siento como tu glande me atraviesa, ay, dámela más, entrégamela por completo, hasta el fondo, maldito, me estás llevando al clímax, ay, maldito, ay, estoy llegando de nuevo al clímax, ay, me estremezco con tu falo, muévete más, así… Qué miembro viril, qué formidable miembro viril posees, ay…
Al escuchar estas palabras, Sandro se excitó aún más. Sus movimientos se aceleraron y me agarró fuertemente las nalgas dejándolas marcadas con leves rasguños. Embestía con fuerza para introducir su falo en mi interior, lo que me hacía gemir con intensidad, gritaba en ocasiones, adicta al placer que experimentaba. Él no resistiría por mucho más tiempo, sus movimientos eran más enérgicos y jadeaba de excitación. Yo me dejaba llevar y había olvidado que Sandor me había penetrado sin preservativo. Ajena a todo, movía en círculos mis glúteos y me inclinaba para recibir mejor su miembro viril. Él incrementó con fuerza sus movimientos y gimiendo se corrió instantes antes de alcanzar el clímax para descargar en mis nalgas.
- Aahhh, estoy llegando, estoy llegando, aahhh, qué delicioso me hiciste llegar, qué maravillosamente mueves tus nalgas, qué provocativa luces, como una hembra que llevó al clímax a su macho.
- Ay, sí, eso es lo que quería, uhmm. Así deseaba hacerte llegar, sentir calientes tus fluidos, que untaras mis nalgas con tu semen. Échamelos todos, Sandro, échalos todos, aahhh, qué deliciosamente has llegado, disfrútame de esa manera, así me gusta ser poseída,
Me agrada observarme así, inclinada con el pene detrás, aahhh...
- Acabo de terminar de eyacular otra vez, ya he acabado, aahhh...
- Sí, has eyaculado mucho, me has dejado las nalgas completamente mojadas de tanto semen que has soltado.
Separándose de mí y dejándome la espalda y el trasero manchados de fluidos, se tumbó a un lado para recuperar el aliento. Permanecí tumbada boca abajo durante un tiempo, recuperándome del acto sexual que acabábamos de tener. Un rato después, nos dirigimos al baño para limpiar nuestros cuerpos. Al levantarme, sentí una sensación rara al notar cómo los fluidos de Sandro resbalaban por mis piernas.
Al regresar a la cama, nos quedamos recostados un rato más. Eran cerca de las nueve de la noche, llevábamos aproximadamente tres horas en esa habitación hablando de manera erótica y manteniendo relaciones con intensidad, parecía que él quería continuar. Tres encuentros sexuales de su parte y dos de la mía eran el resultado de esa batalla en ese momento. Sin embargo, le indiqué que era momento de irnos, lo cual no le agradó. A pesar de sus intentos por convencerme de quedarme un poco más, me hice la difícil y le comenté que sería mejor dejar para otra ocasión pasar más tiempo juntos. Aceptando resignado pero satisfecho, ambos nos vestimos para salir del hotel. Nerviosa por la posibilidad de ser vista saliendo de ese lugar, aunque fuera de noche, aceleré el paso para alejarnos y tomar un taxi. Abordamos uno en el circuito y nos dirigimos a Chapultepec, donde él se bajó. Durante el trayecto apenas hubo intercambio de palabras y antes de llegar, se despidió con un beso provocativo en mis labios. Minutos más tarde, llegué a casa contenta y feliz de estar con mis hijos y mi esposo.
De esta manera, concluyó un primer episodio, del cual relataré más adelante otros. Sandro fue mi amante fijo durante un tiempo considerable, sin dejar de tener pequeñas aventuras con mis otros amigos.
Otros relatos que te gustará leer