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Desleal debido a mi culpa. Prostituta por obligación (36)


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Engaños y artimañas adicionales.

— ¡No tan aprisa querido! Para obtener el privilegio de colocar esa porción de carne en este lugar, debes añadir más leña al fuego. —Con dulzura, moví mis labios rozando el borde de su oreja derecha, alejándome lo suficiente de su rostro para observar cómo su sonrisa se desvanecía lentamente, dando paso a una expresión de sorpresa.

—Maldita sea. ¡Esto va a acabar conmigo! —Lamentó Camilo encorvado, sin delicadeza. Sus palabras apesadumbradas resonaron en mis oídos, rebota verdadera desde el frío suelo hasta mis oídos caldeados. ¡Continúa sin saber!

—Ya que te consideras un experto y te inventas aquello que desconoces, –ignorando su angustia, continué con mi relato– quiero probar algo nuevo y emocionante. Una fantasía que no he podido realizar debido a la inflexible integridad de mi esposo, pero creo que contigo podré hacerla realidad. ¿Te atrae la adrenalina del peligro, cierto? —José Ignacio asintió, aunque no comprendía mi propuesta.

Al ver la expresión de Camilo, –frunciendo el ceño, agudizando su mirada y apretando los labios mientras echaba la cabeza ligeramente hacia atrás– también parecía no haber captado mi idea. Por lo tanto, era mejor seguir explicándole lo que ocurrió aquella vez.

—Entonces vamos a darle un toque picante a la noche. Mira, Nacho. Me di cuenta de que despiertas interés en estas mujeres y coqueteaste con cada una de ellas, especialmente con la novia de mi cliente mientras bailaban.

— ¡Jajaja! ¿Te pusiste celosa? —Respondió engreído y burlón.

— ¡Para nada, querido! Precisamente porque no me afecta, permití que mi cliente, quien tampoco me era indiferente, me cortejara un poco.

— ¿De verdad, cariño? Ni me di cuenta.

—Por supuesto, Nachito. ¡Con esos ojos curiosos que siempre se posan en algunos escotes, te has olvidado de mí! —Le reproché.

— ¿Quieres que lo detenga? —Preguntó seriamente mientras buscaba con la mirada entre la multitud.

—Tranquilo, Nacho, no hay problema. Aprovechando que Kevin me está coqueteando, se me ocurrió proponerte que ambos asumamos un reto. Veremos quién logra conquistar a alguien aquí, esta noche. ¡Ahora mismo! Tu desafío será seducir a la morena de allí, la novia de mi cliente. Y mi desafío será hacer lo mismo con él. ¡Hasta cierto punto, por supuesto!

—Espera Meli, no entiendo. ¿Acaso no me dijiste que para estar contigo, debía satisfacerte y no involucrarme con otras mujeres?

—No fue una orden, solo una sugerencia para cuando no estemos juntos. Además, aunque no lo creas, no eres tan importante para mí, Nacho. Tú y yo somos piezas de dos rompecabezas diferentes, que por un diseño similar, encajan por un extremo; pero tenemos los otros lados con espacios vacíos por ser incompatibles. La calma habitual de mi vida no es la tuya. Sin embargo, justamente por la diferencia en ti, tu frivolidad y picardía, esa insolencia y descaro tuyos, son lo que me atraen hacia ti. Lograste despertar una parte de mí que quizás no estaba olvidada, pero sí adormecida.

—Y aunque no la necesite a diario, cuando estoy en casa feliz con mi familia, quiero poder disfrutarla contigo de vez en cuando, cuando estemos juntos y quieras sacudir mi mundo. Pero ten en cuenta que esas sensaciones no son necesarias para seguir adelante con mi vida, solo endulzan la monotonía de mis días.

— ¿Entonces solo me invitaste aquí para jugar conmigo?

—Le

he escuchado a varias personas comentar que, para ser buenos amantes, es necesario dejar de lado el amor y disfrutar del arriesgado juego. En otras situaciones será el amor mismo lo que permitirá que aquellos que verdaderamente se aman se reúnan después para estar juntos para siempre. Estoy de acuerdo y sí, ¡deseo que juguemos juntos!

— ¿A quiénes escuchaste decir eso? —me preguntó de repente, mostrando interés. ¡Pufff!

Mariana suspira suavemente y me mira con sus ojos celestes, aunque un tanto apagados. Espera a que le pregunte cómo lo hizo su amante, pero yo guardo silencio, porque siento la influencia de Fadia y Eduardo en esa enseñanza.

Extiende ambas piernas y con su mano izquierda hace lo mismo con la tela abierta de su bata para cubrirlas, luego une ambas manos por las palmas, aprisionándolas en medio, como si quisiera elevar su temperatura o tal vez elevar una plegaria rogando a Dios por valentía. Parece comprender que mi silencio es un permiso para que continúe desvelando el misterio, así que gira su rostro angelical hacia mí y me observa.

—Eso no importa ahora. ¿Jugamos o no? —la desafié. — ¡Si logras hacer que esa chica pierda el control contigo primero, al salir de aquí estaremos muy excitados y podremos pasar un buen rato juntos! Pero si logro provocarla antes, dejaremos las cosas como están y no podrás tener intimidad conmigo. Me iré a casa más excitada y será mi esposo quien pague las consecuencias. ¿Estamos?

— ¡Acepto ese desafío! Será un placer ganar esa apuesta para tener relaciones contigo después, porque no quiero estar solo y excitado. —respondió con confianza y su característica rudeza.

Observo la confusión y la tristeza en Camilo, quien acaricia pensativamente su mentón con la mano derecha. ¡Ojalá pudieras comprender, amor mío, cuánto lamento hacerte sufrir al ser tan sincera ahora!

—Bailar un rato de vallenatos se convirtió en el momento oportuno para permitir que Nacho me abrazara, acariciara con ternura mi espalda, me besara la frente, me diera pequeños besos en los pómulos y humedeciera los laterales de mi cuello con su lengua, provocando con tanta insinuación sexual a más de uno. Era una estrategia muy conocida, pero que funcionaba a pesar de ser clásica, lo sé.

—Fue Kevin precisamente quien, al terminar una canción de Iván Villazón, me invitó a bailar con él, primero con una canción de Silvestre Dangond y luego con una de Jorge Celedón. Las miradas entre él y yo eran sugerentes, y continuó con sus piropos, ya un poco ebrio, al oído izquierdo, que apenas lograba entender debido al volumen alto de la música. Más que la razón, en el joven abogado predominaba el placer y el tacto, por cómo bailaba conmigo, restregándome de forma descarada su... su parte íntima. Todo hombre bajo los efectos del alcohol se siente más valiente y seductor, el mejor bailarín, el macho más conquistador.

— ¿No fue una excepción, verdad? —intervino finalmente Camilo, imaginando parte de lo sucedido.

—Exactamente, mi amor. Pero José Ignacio también decidió actuar. De hecho, bailó con la novia y la hermana, acercándose mucho a ambas. Con un brazo rodeó a una y con el otro a la otra, dando varias vueltas durante la misma canción. Debía sentirse muy deseado, causando envidia en otros hombres del grupo y en las otras chicas que compartían gustos similares, pero todas ellas colaboraban para que mi nuevo pretendiente no se diera cuenta.

—Yodebía mantener la serenidad. Evitar excederse con la bebida y los reproches de su pareja, la hermana o alguna amiga entrometida, sin dejar que su excitación y las ganas de tenerme a solas para él, se le disminuyeran. Por lo tanto, agitada, me alejé de Kevin y me dirigí hacia la mesa para descansar las piernas, masajearme el pie izquierdo tras un pisotón, darle un buen sorbo a mi cerveza y reflexionar sobre cómo adelantar mi plan de acción. Y por suerte se me apareció la virgen, o mejor dicho, llegó la chica ajetreada, no sudorosa, pero muy animada.

— ¡Chicas! ¿Qué les parece si nos vamos a dar un giro por el primer piso donde hay un ambiente increíble? Hay muchos chicos disfrazados de chicas, simplemente espectaculares, y un travesti de esos bien altos, cantando un remix de reguetón. Aprovechemos que abajo vi buen ganado para "perrear" un rato. Es que tanta música vallenato seguida ya es "mamona". ¿Qué opinan? ¿Vamos? —Por supuesto que no fue difícil convencerlas, ni a varios de los hombres que también escucharon y se animaron a bajar, incluido José Ignacio.

—Sígueme el juego e improvisa algo para que parezca que estamos disgustados por mis celos, así yo me alejo con él y ella se queda contigo. Le comenté a José Ignacio cuando se acercó para llevarme consigo. —Enseguida captó mi idea y me guiñó un ojo.

— ¿Sabes qué? ¡Vete al diablo Nacho! Deja tus problemas para otro día. —Le grité, asustando a la chica y captando el interés de Kevin.

—Gracias por la invitación, pero de hecho te puedo decir que vengo de allí. ¡Es más, pedazo de necia, para tu información nací entre montones de basura y vapores de orines! —Me respondió con enojo, –apretándome el brazo– y su habitual vulgaridad.

—Me solté de su agarre simulando una gran molestia, lo cual, por supuesto, llamó poderosamente la atención de la pareja de enamorados, acercándose a nosotros para averiguar qué había sucedido. Kevin, muy caballeroso, se interpuso entre aquel que me insultaba y yo, la ofendida e indefensa. Su novia, mientras tanto, tomándolo del antebrazo y la cintura, se alejó con Nacho hacia la otra esquina para hablar con él y calmar los ánimos.

—Después de unos minutos alejados, durante los cuales lo miré con fingida furia, respiré hondo y fingí necesitar ir al baño. Me acerqué al grupo donde se encontraba Kevin bebiendo más, y tocándolo en el codo, –pidiendo disculpas de antemano a sus amigos– al oído le susurré con el tono de voz más seductor que pude...

—Voy al baño un momento, pero cuando vuelva me encantaría que me enseñaras a bailar bachata, ya que me pareces un bailarín extraordinario. ¡Eso si tu novia no se molesta! —Engreído me respondió enredándose en las palabras, que encantado me enseñaría.

—Sentada dentro del cubículo, mientras meaba y tras la mampara metálica podía escuchar como alguna mujer se lavaba las manos, le envié a Eduardo y al juez, el mismo mensaje informándoles sobre la situación y dándoles a entender que había una posibilidad de cumplir con nuestro trato. Y en otro mucho más breve, le escribí a José Ignacio, iniciando nuestro desafío. Estaría impedido para escribir porque como respuesta me envió tan solo, el risueño y malicioso emoji del diablito. ¡Me emocionó pensar que ya estaría al acecho!

Camilo se remueve nervioso en la silla, y alza las manos hacia los costados de su cabeza. Las entrelaza con los dedos sobre la coronilla y exhala con fuerza su descontento. Traga saliva y continúa desvelándole lo que oculté esa noche.

—Regresé a la mesa y enseguida Kevin vino hacia mí. Noté que solo estaban tres chicos de su grupo, los demás se habían ido, incluidas las chicas y su novia. Únicamente me dejó colocar mis cosas a un lado del sillón y me ofreció su mano. Miré a ambos lados y él entendió lo que yo buscaba con la mirada.

—Por ella no te preocupes, Melissa, porque ha bajado con sus amigas para ver el espectáculo de esos artistas. ¡Ven,que me debes unas clases de bachata! —Me dijo con arrogancia, y nos aproximamos a la plataforma donde hizo una señal al Dj con la mano. Inmediatamente, empezó a sonar la «puberfonía» de Romeo Santos.

—Con cada vuelta en la pista de baile, y los atrevidos roces de sus dedos, por debajo de mi estrecha cintura cuando me recibía de espaldas, pensó que podría seducirme y al final de esa canción, lograr que le permitiera tener una relación rápida y secreta, con una mujer abandonada por su amante y que olvidaba a su marido. Con cuatro dedos más arriba, se adentra entre mis cabellos utilizándolos como un tenedor para desenredar mi melena sedosa y acercar su boca a la mía.

—Mientras me besaba, no se dio cuenta de que fui yo quien inició la provocación al aceptar quedarme con él en vez de bajar a la planta baja con su novia y amigos, dejando a su prometida peligrosamente libre en otras manos. Luego, continuamos charlando mientras fumábamos en una de las terrazas más alejadas y privadas.

—Tomé mi bolso y prácticamente lo arrastré hacia la zona de fumadores. Caminamos sin prisa esquivando a las personas que bailaban cerca de otras mesas, sin entrelazar nuestras manos. Entramos en la segunda terraza, la más apartada y angosta, con solo espacio suficiente para tres mesas cuadradas de madera, con dos sillas plegables a cada lado y sus respectivos parasoles, separados para mantener la privacidad entre los fumadores, sin mezclar conversaciones privadas, pero sí compartiendo el humo de sus cigarrillos.

—Sus ojos recorrieron mi cuerpo con la misma fascinación que tendría un adolescente al subirse por primera vez a una montaña rusa. En cuanto encendí mi cigarrillo, sentí cómo deslizaba sus dedos entre mis cabellos, justo detrás de mi cuello, y luego se acomodaba contra mi costado en un abrazo tímido, imaginando que yo deseaba un gesto más cariñoso y romántico. Surgió una charla animada y fluida, con comentarios sobre mis ojos, sonrisa y forma de bailar; sus piropos eran extrovertidos, los míos con doble sentido y una mirada traviesa a la protuberancia que crecía en su entrepierna.

Abre las piernas y posa sus manos sobre los muslos desnudos. La postura recta le impide a la cadena de oro moverse sobre su pecho. Niega con la cabeza, rechazando lo obvio. Escucho sus suspiros profundos, y tras esas respiraciones, se levanta del sillón caminando hacia la terraza. Camilo saca un cigarrillo de su cajetilla y lo enciende. Observa el horizonte mientras exhala el humo, pero después de un momento se vuelve hacia mí.

Parece aburrirse de contemplar la distancia, centrándose en mí y en sus temores que cree que se volverán realidad, aunque en realidad desconoce la verdad detrás de aquel pasado engaño. Todo lo analiza en silencio, evaluando mis recuerdos, asumiendo con amargura mi nuevo éxito, otro sacrificio no tan forzado, y por supuesto, una herida adicional, provocada por mi culpa.

—Eres una mujer… ¡Fascinante!

— ¿De verdad, Kevin? ¿Por qué tienes esa impresión de mí?

—Mira, Melissa, además de ser hermosa, eres inteligente y culta. Tienes mucha personalidad y seguridad al expresar tus ideas. Es realmente fácil quedar impresionado contigo. Ganaste la confianza de mi padre por tu elocuencia, lo cual es bastante difícil, te lo aseguro. Pero al igual que todas las mujeres, tienes una debilidad.

—No creo tener ninguna. ¡Jajaja! Pero, ¿podrías decirme cuál es?

—Tienes debilidad por la apariencia.

—¿Qué tiene de malo querer lucir bien?

—No me refiero a tu apariencia, que de hecho no necesita de ropa costosa o maquillaje llamativo. Tu error está en elegir salir con… Ese tipo que...

acompaña es un engreído. ¡Creo que no te merece!

—Es simplemente un platillo común. Nada destacado. Un dulce que quiero saborear un poco esta noche y ya. —Le respondí.

— ¿Entonces me dejarías compartir esa comida? —Su propuesta no me sorprendió, pero por supuesto, al principio me ofendí.

— ¿Eres aficionado a las sobras? —Le pregunté.

—Entonces… ¡Podemos adelantar tu cena! —Me contestó.

— ¿Y tu pareja qué? ¿Planeas engañarla conmigo? —Contraataqué.

— ¡De vez en cuando no pasa nada! Si nos apuramos, ni ella ni tu amigo se darán cuenta. ¿Qué opinas?

—Un, ¡Puede ser!, dije aceptando su propuesta de encontrarnos en algún lugar secreto, pasando desapercibidos para los demás, -él para su pareja y yo para mi amante del momento- fue la respuesta que él esperaba escuchar para emocionarse aún más.

— ¡Por ahora es imposible!, concluí con una sonrisa. Ante mi ingenua resistencia para salir del aparente apuro, su insistencia tras haber bebido se interpuso entre la pared y el acceso abierto al oscuro espacio, donde seguramente nos esperaban los demás.

— ¡Está bien! Déjame ver cómo escapo, no vaya a ser que decida buscarme. Y tú, piensa dónde podemos escondernos para divertirnos. —Con el celular en la mano, escribí a José Ignacio frente a él.

— ¡Ya lo tengo listo, querido! Creo que esta vez, la brevedad de mi falda venció a tus palabras. —Y le sonreí con picardía.

Con Camilo fumando en el umbral de la ventana, fiel a su promesa de escucharme, dejé la comodidad de la cama y me puse de pie para acercarme a él, no para confrontarlo, sino para emularlo, al pasar a su lado derecho, rozándolo sin intención, pero deseando fumarme uno de los míos.

—Sin obtener respuesta, –inhalo, retengo y exhálo el humo– llegamos a nuestra mesa y allí estaban, bebiendo, sus tres amigos de la universidad. Kevin se alejó de mí, habló con ellos y uno le entregó las llaves de algún coche. En ese momento, recibí una serie de miradas lujuriosas, con tres bocas aparentemente complacidas.

—Recordé que Shakira cantaba junto a Prince Royce, «Deja Vu», cuando pisaba el primer escalón de las escaleras metálicas hacia el piso superior de la discoteca, sin tomarnos de la mano, por supuesto, pero una de sus manos me agarraba por detrás de la cintura, la más cercana a su cadera. Yo, con mi bolso colgando del hombro opuesto y el teléfono celular en mi mano izquierda, bajaba con cuidado, esperando ver la notificación que tanto esperaba en la pantalla.

—La fiesta allí era simplemente incomparable. Mucha gente saltando, otras parejas bailando, pero no reggaetón, sino música salsa. Había mucha energía en el ambiente, pero en el escenario principal ya no estaban la cantante ni sus bailarinas espectaculares. Sería fácil escapar sin ser vistos, aunque la ansiedad de ser descubiertos se reflejaba en la precaución con la que caminaba el joven abogado, como una jirafa estirando su cuello en busca de las ramas altas. En ese momento, solo buscaba con la vista el cabello rizado de su amada pareja.

Un tono de mensaje entrante en el teléfono de Camilo interrumpió mi relato. Con tranquilidad, se acercó al escritorio y tomó el móvil. Leyó primero, se giró y regresó con el teléfono en la mano. Mostró la pantalla y leí las preguntas de William.

—Hermano, ¿Cómo va todo? ¿Se han reconciliado?

Sin pedir permiso, tomé su móvil y respondí a su hermano holandés… — ¡Estamos en ello! Le mostré mi respuesta y mi esposo apenas movió la cabeza. No se lo devolví, pero lo dejé sobre la mesa, sinsonar otra vez. Para mantener la coherencia, continúo con mi relato...

—Junto a la plataforma, noté destellos plateados en un vestido demasiado corto para esas piernas tan largas, y las altas plumas acariciando su belleza, bailando alegremente por el movimiento de unas caderas estrechas con un caminar sensual pero exagerado, cuando se alejaba por un pasillo angosto –justo al lado del escenario– captando mi atención. Fue allí donde vi a la hermana de la novia y a la amiga gordita, conversando animadamente con el amigo de José Ignacio y otra Drag Queen, de igual altura que él. Al acercarnos a ellas, suponiendo que sabrían el paradero de José Ignacio, mi corazón comenzó a latir más rápido al ver la expresión en el rostro de la hermana al encontrarnos allí, lo que me hizo sospechar con quién estaba la novia. Respiré aliviada, querido.

—Ambas negaron nerviosas conocer su ubicación, pero Fabio, sin entender, miró inocentemente hacia la puerta que permanecía cerrada tras las espaldas de las dos mujeres, cuyas cabezas no lograban ocultar por completo las puntas de una estrella dorada, y sobre ésta, el letrero luminoso del vestuario.

—Un agudo timbrazo anunció a todos los presentes que había recibido un mensaje. Quedé sin palabras al ver en la pantalla de la aplicación, cómo en lugar de letras se descargaba lentamente un breve video enviado por José Ignacio. Pasados unos segundos, tras apartarme al menos tres cuerpos de distancia de todos ellos, le di al botón de reproducción.

—Con manos temblorosas, sostuve el móvil a la altura de mi pecho, grabando el movimiento de la melena castaña y rizada de la novia del abogado. Arrodillada, claramente estaba realizando sexo oral a José Ignacio con fervor, y en ese instante entendí dos cosas. Primero, que él había ganado la apuesta. Y la segunda, que, sin darme cuenta, gracias a mi plan y su ayuda, había cerrado otra venta. Solo faltaba presentar al hombre que sería el propietario de esa casa.

—Intenté poner mi mejor cara de falsa sorpresa y me dirigí hacia la puerta del vestuario para abrirla con precaución de par en par. Kevin y su amigo barranquillero –el cómplice que le había entregado las llaves donde se llevaría a cabo mi traición sexual– me siguieron. En el centro de la habitación, apoyado en el borde de una mesa con espejos iluminados por bombillas ámbar, rodeado de un sinfín de productos de maquillaje, cepillos, rizadores de cabello, secadores y pelucas por doquier, se encontraba José Ignacio con los ojos cerrados.

—Entre sus labios, sostenía la tira trasera de un tanga rojo que se movía suavemente, mientras aún agarraba el móvil en su mano, grabando las imágenes de su osadía. La mujer morena, sentada en una silla frente a él, reclinada con el top fucsia arrugado y subido alrededor de su cintura desnuda, no se había percatado de nuestra presencia. Absorta en su agradable tarea, al parecer no le importaba en absoluto tener un pecho grande con areola marrón –parecido a una galleta María– sobresaliendo por encima de la copa del sostén.

— ¡Caray! ¡Qué sorpresa tan impactante! ¡Es increíble! —Exclamó el amigo barranquillero del abogado que estaba a mis espaldas. Mientras tanto, Kevin, aunque con la boca abierta, no emitía sonido alguno. ¡Johanna! Gritó su hermana, y de inmediato la acción se detuvo. Sorprendida, dejó al descubierto un pene baboso y alarmada, – con el rímel corrido y el brillo del labial diluido por sus propias babas– nos miró asustada mientras se acomodaba la ropa y José Ignacio guardaba apresuradamente su miembro, sin soltar el teléfono ni abrir la boca para liberar la prenda que le había entregado su dócil presa.

— ¡Estúpido! ¡Miserable! –Grité. – Nunca más vuelvas a dirigirme la palabra en tu maldita existencia. ¡Y tú, mujer despreciable, ojalá hayas disfrutado de lo que dejé atrás!

—Kevin, tras escuchar mis insultos, también reaccionó lanzándose contra José Ignacio para golpearlo, pero su amigo y las dos Drag Queens reaccionaron con...velocidad y se interpusieron para evitar una pelea que ya no tenía sentido que se iniciara. ¡Todo se había ejecutado! No está de más aclarar que mi cliente también la mandó al infierno, y elevando la voz aún alterado, profirió su veredicto.

—Ni pienses en casarte conmigo. Se termina todo en este momento. Mis amigos sí me habían advertido que eras una "casquivana". Y usted, rostro de queso, podría desaparecerlo pero sabe algo, a la larga me ha hecho un favor. Pero eso sí, no se atreva a cruzar mi camino de nuevo, porque si lo vuelvo a ver le juro que lo denunciaré, para que pase unos años en la cárcel. ¡Usted no sabe quién soy yo! —José Ignacio no se movió, pero permitió que la joven recuperara de entre sus dientes, la evidencia de aquella traicionera rendición.

—Entre el llanto de la novia, la palidez exagerada y asustada en el rostro de José Ignacio, salí de esa habitación simuando un gran enojo, pero realmente conteniendo la felicidad que me causaba haberlos descubierto en esa situación. Erótico para ellos, doloroso para mi cliente, pero afortunado para mí. Ofrecí llevar a Kevin hasta la casa de sus padres, pero sus amigos lo escoltaron rápidamente hasta la salida y apenas pude despedirme de él a lo lejos.

—Tenía el video en mi teléfono laboral, que por razones obvias no compartí, y al llegar a mi auto y recostarme en la puerta del conductor, les envié al magistrado y a Eduardo, el mismo mensaje...

—Objetivo logrado. ¡Por mi parte, todo salió perfectamente! Como acordamos, necesito la mitad para la próxima semana y la otra mitad, cuando Kevin lo haya superado. Antes de que termine el mes, si no le importa.

— ¡Meliiii, espera por favor! —Gritaron mi nombre detrás de mí.

— ¿Y ahora qué deseas Nacho? Tremenda metida de pata la tuya.

— ¡Bahh, tampoco fue tan grave! Esa pareja terminará arreglándose en unos días.

— ¡Ojalá te equivoques, querido! —Le respondí.

— ¿Cómo así, bizcocho?

—No me importa. El caso es que te pasaste de la raya y ahora es probable que se arruine la venta. —Mentí.

—Nos dejamos llevar un poco por la emoción. El caso Meli, es que vengo a reclamar mi premio. ¿Dónde te gustaría ir?

—Yo no sé en qué mundo vives, Nacho. Con todo esto, se me quitaron las ganas por completo. Además, mira la hora. Prefiero irme a descansar. Veré cuándo me viene bien entregarte el premio.

—Por supuesto, frunció el ceño y delante de él te llamé para avisarte que ya salía hacia nuestra casa. Un timbrazo, otros dos y al quinto respondiste.

— ¡Hola cielo! ¿Te desperté? Ay, perdóname. Nos acaban de echar de la discoteca. La fiesta estuvo genial y apenas tomé dos cervezas. Por la mañana te cuento todo. Estoy bien, así que no te preocupes. Nos vemos más tarde, mi amor. ¡Te quiero!, dije antes de terminar nuestra breve conversación y a él... Con un beso lo despedí.

—Entonces no ocurrió lo que le... ¡Casi la rego! Mariana me mira con extrañeza y antes de que arme algo, termino por preguntarle...

— ¿No sucedió lo que imaginé? ¿Con ninguno de esos dos sujetos?

Avergonzada, Mariana baja la cabeza y acaricia la muñeca de la otra. Juega con el cordel rojo estirándolo un poco, haciéndolo girar. Y en mi mente, -con los ojos abiertos- retrocedo en el tiempo. En el informe se resaltaba que hubo una conspiración entre Eduardo y Mariana para concretar la venta de una casa para un abogado, a cambio de un favor sexual. ¿Leí mal? ¿O todo fue un malentendido? ¿A quién debo creerle? ¿A las personas ajenas que redactaron esto, o a la mujer con la que convivo desde hace varios años atrás? Extrañas en este momento, ambas partes.

Ahora me mira con serenidad y mucha calma en esos dos

de firmamento. De un azul luminoso… ¿Totalmente despejado? Respira suavemente, antes de contestarme…

—Te lo puedo afirmar por el recuerdo de mi padre que así ocurrió todo, y nada más pasó. Llegué a la casa sola, hummm. Serían las tres y media de la madrugada. Me despojé de todo y ni siquiera me coloqué el pijama de lo cansada que estaba.

— ¿Y lograste descansar bien, luego de todo el caos que provocaste? Arruinaste una relación para concretar otro negocio inútil. ¿No sentiste vergüenza por eso? ¿No consideraste el dolor de ese abogado o las consecuencias para esa chica?

—No hubo lugar para el arrepentimiento, pues un cariñoso maremoto, de poco más de un metro de altura, sacudió el colchón de nuestra cama. Mateo saltó sobre mí muy emocionado y me despertó con sus alaridos y numerosos besos. Si soñé con aquello o no, la verdad no lo recordé. Llegaste con la bandeja del desayuno, te acomodaste a mi lado y te conté lo más esencial. Lo que querías y podías conocer.

—El resto del día, entre almorzar en el centro comercial, el habitual paseo con nuestro hijo al parque de atracciones, y la posterior visita de Iryna y Natasha al finalizar la tarde, por suerte todo eso me distrajo de reflexionar en lo acontecido. Fue después, al empezar la semana laboral que me sentí mal. Eduardo me solicitó detalles en privado, José Ignacio una fecha para recibir su pago, Diana chismes sobre mi viaje con La Pili a Peñalisa y K-Mena una cita para hablarme de su amor. ¡Un día de mierda, para una persona de mierda, obviamente!

—Pero sabes algo, Camilo. También me sentí bien después de analizar lo positivo y lo negativo. No tuve que traicionarte, acostándome con nadie más. Eso fue lo más relevante. Evalué igualmente que con mi supuesta entrega, favorecería el aumento en la confianza que Eduardo depositaría en mí. Me dejaría decidir qué hacer, cómo hacerlo y con quién. Todo para obtener reconocimiento y poder, al igual que él. La excelente aprendiz, su dedicada… ¡Puta!

—Naty nos informó sobre el próximo receso escolar, –a los dos se nos había pasado por alto– e Iryna nos extendió la invitación para pasar el siguiente fin de semana en una casa de veraneo que habían alquilado en los llanos orientales, con el fin de celebrarle la mayoría de edad a su hija en compañía de su padrastro, que por motivos de su trabajo en los pozos petroleros no podía bajar a Bogotá.

—Aceptaste de inmediato sin consultarme, y por supuesto te llevaste un chasco cuando te informé que no podría acompañarlos. ¡Ya estaba agendada para pasar, desde el sábado hasta el siguiente lunes festivo, trabajando en Peñalisa! Y aunque intenté convencer a Eduardo para que me concediera esos días, la salida de vacaciones de Diana, hicieron imposible reorganizar mi horario de trabajo.

— ¿Preparo dos cócteles más? —Objeta mi esposo sin mirarme, pues su atención se centra en apagar el cigarrillo aplastándolo contra el fondo del cenicero.

—Entonces hazlo si así lo deseas. ¿Te sientes bien, cariño? –Y ahora sí me mira. Te noto nervioso amor, pero si es por eso… —Camilo hace una mueca de consciente temor, en la que sus labios se aprietan y su rostro palidece al recordar esos momentos.

—Realmente, no tienes por qué estarlo. Como te mencioné, lo que hiciste en ese viaje no fue tu culpa, cariño. Solo el desenlace del plan que urdí para que Naty diera los primeros pasos para obtener de ti, la atención que ansiaba.

— ¿Cuándo lo planeaste? —Le respondo mientras añado un poco de tequila al jugo de naranja en su vaso y un poquito más en el mío, para disipar la somnolencia de este nuevo día.

—Ella estaba emocionada por el viaje y se entusiasmó demasiado, cuando le comenté que me sería imposible ir. Le aconsejé cuidar de ti y estar pendiente de nuestro Mateo. No estaba segura de que entre ustedes dos sucediera lo que ocurrió, pero sí esperaba que Naty aprovechara la ocasión para lucir su cuerpo como pretendía.

delante de ti. Realmente no pensé que sería capaz de llegar hasta ese punto y... ¡De seducir tanto a su amor platónico y provocarlo un poco más!

—En la noche del jueves, cuando ustedes dos tenían planeado unirse con sus amigos para jugar hasta tarde una partida de ese juego de policías y ladrones que tanto les emocionaba, al fallar repetidamente en la misión de asaltar un banco, ella fingió angustia y acudió a mí en busca de consejo sobre cómo una mujer puede insinuarse al hombre que le gusta, sin parecer demasiado atrevida. Le di algunas sugerencias, con posturas sugerentes y formas de expresar deseo al mirar de reojo, transmitiendo sin palabras lo que se desea que ocurra.

—No pensé que llegarían a algo, te lo juro. Los ojos de Jorge e Iryna estaban sobre ustedes, y la presencia de Mateo era un obstáculo para su… ¡Diversión! Aunque debo admitir que, querida, tal vez deseaba en el fondo que entre ustedes dos sucediera lo inevitable. Pasaba esos días sintiendo angustia y remordimiento.

— ¿Angustia? Probablemente por dejarnos ir a esa fiesta de cumpleaños sin ti. ¿Remordimiento? Quizás por reconocerte como la herramienta utilizada para destruir la felicidad de una pareja y colaborar con la carrera política de ese corrupto juez. ¿Me equivoco, Mariana? —Me acerco y le entrego su vaso.

Ahora, al notar el temblor en su mano derecha al tomar su cóctel de la mía, y al girarse rápidamente hacia la baranda de madera del balcón sin mirarme directamente a los ojos, extendiendo y contrayendo repetidamente los delgados dedos de la mano izquierda, es ella quien parece más incómoda que yo.

—Reprimir, fue la palabra que usamos en esos días. Tú, ante Naty durante el fin de semana largo, no lo tuviste tan sencillo, y yo, de lunes a jueves la semana anterior a tu viaje, frente a K-Mena y José Ignacio, fui más afortunada al llegar la menstruación, extendiendo así el límite a lo que esos dos querían hacer conmigo.

Me interesa saber más. ¿Ahora un trío? Tomo un trago, sin darme cuenta de que estoy acercándome a su espalda y en el momento que esperaba, ocurrió ese fin de semana, entre ella, su amiga y ese maldito séptimo hombre.

— ¿Pospusiste tus encuentros entre semana para disfrutarlos todo el fin de semana? ¡Vaya! Debes haber hecho un esfuerzo considerable. —Le refriego con cierta ironía en su rostro la desazón que empiezo a sentir.

— ¡No! –Exclamo ofendida. – Claro que no... Te equivocas en parte, pero tienes razón en la otra mitad. Dios, cariño, yo... No me encuentro bien. Permíteme sentarme un momento. —Le pido tiempo, ya que para resolver su duda que tanto lo atormenta, debo elegir si contarle todo como lo experimenté, o apenas darle un vistazo del ambiente que, junto a Nacho, viví.

—Sabes, cariño, a pesar de ser consciente en mi interior de lo que tanto te afecta, no logro entender... ¿Por qué demonios quieres sufrir más? —Escucho mi voz elevarse y, en silencio, nuevas lágrimas saladas brotan de mis ojos, rodando por mis mejillas y cayendo al vacío al precipitarse desde mi barbilla contra el vidrio martillado de la mesa.

—Los mártires mueren felices en su fe, sin importar quién decida cuándo y cómo morir. Como yo no soy uno de ellos, necesito que seas tú, la mujer que me brindó los días más felices de mi vida, la que ahora me los arrebate contándome, ya sea con placer o sufrimiento, la verdad de lo que... ¿Te sentiste más pleno haciéndolo con él?

— ¿Finalmente deseas escuchar lo que durante todos estos meses, la incomodidad ha corrompido en tu mente? Entonces lo haré, pero no para destruirte, amor mío, sino para que encuentres tu paz y en medio de mis recuerdos dolorosos descubras la verdadera razón de lo que tanto te ha herido, para que puedas finalmente liberarte de mí. Odiame. ¡Detestame tranquilamente, cariño, pero yo seguiré amándote!

—No veo

Otra forma de avanzar en la historia es necesitar escucharte decirla, para poder asimilar que lo nuestro ya no tiene solución. Hazme el favor de satisfacerme un poco más, Mariana. Concluye tu tarea dándome ese gusto.

—Bien, lo haré para que puedas visualizarme como la mujer que te fue infiel, aunque en realidad, al venir aquí en busca de tu perdón, ya no seas capaz de ver en mí a la mujer leal que fui antes.

Mariana se seca las mejillas con las palmas de las manos y las pasa a ambos lados de su rostro hasta juntarlas en su mentón. Aspira por la nariz para contener las lágrimas, y luego exhala profundamente preparándose para lo que va a decir sobre el amor que le tuvo.

—El viernes por la tarde me llamaste para preguntarme si podía acompañarte a comprar ropa nueva para Mateo y unas zapatillas de tela para ti. Esa noche teníamos planeado darle la bienvenida a Diana en el bar, celebrando su merecido descanso con unos tragos y karaoke. Yo ya había acordado con los demás que me quedaría un poco más para despedirme de mi compañera. Te enojaste y seguiste insistiendo, pero yo me mantuve firme en mi decisión.

De reojo, veo cómo Camilo da un sorbo a su bebida con tequila y jugo de naranja. Se recuesta en la baranda y desvía la mirada hacia el mar, quizás intentando calmar su estrés observando cómo la brisa mueve suavemente su melena.

¿Cómo lograré que me perdone de verdad si, a pesar de seguir amándolo, mi esposo no deja de adorarme?

—Sabía lo que iba a suceder, que tarde o temprano aparecería Sergio para llevarse a K-Mena a una reunión familiar. Diana no podía quedarse mucho tiempo, ya que su madre estaba enferma y no podía cuidar a la niña hasta tarde. Eduardo y Carlos no eran una preocupación, ya que habíamos acordado la dirección del motel en Chapinero donde nos encontraríamos para saldar una apuesta que perdí, pero que gracias a él, sin saberlo, había ganado una venta que me permitiría superarlo en el tablero al final del mes. Él salió primero, luego salí yo.

Mariana respira profundamente mientras yo, con pesar, me giro para mirarla. Toma un trago y exhala el humo del cigarro. Luego cierra los ojos, como buscando relajarse. Al abrirlos de nuevo, sus ojos se clavan en los míos y deja caer la colilla en el cenicero.

—Al encender el auto, mi teléfono móvil se iluminó y era tu llamada, preguntando por la talla de los zapatos de Mateo. Te di la información sin saludarte y pude escuchar a mi hijo al fondo gritando para que lo escuchara... ¡Papito, me vas a comprar una gorra de Mickey Mouse pero me queda grande porque no he comido la sopa y tengo la cabeza pequeña!

—En lugar de responderle a él, preguntaste por mi ubicación al notar la ausencia de ruido o de la música habitual de fondo.

— ¡Me pillaste en el baño haciendo pipí! Apenas había tomado una jarra de cerveza y un sorbo de mi cóctel "Orgasmo" que me invitó Eduardo.

— ¿Un qué? ¿Quién es ese? —preguntaste con sorpresa.

— ¡Es un cóctel, mi amor! No te imagines cosas raras. Eduardo me lo invitó. Por favor, no te dejes engañar por sus caras largas y los dulces, no vaya a ser que Mateo se ponga mal del estómago más tarde. Cuídense mucho. ¡Adiós! —Finalmente, pude seguir las indicaciones del navegador recordando tu tenue "Te amo" al despedirte de mí.

—Relámpagos

Iluminaron la solitaria avenida y luego una intensa lluvia empapó las ramas de los árboles, las fachadas de los establecimientos, el asfalto de las calles y los truenos, uno tras otro, advirtieron al vigilante del hotel con el paraguas desplegado que era urgente refugiarse entre los brazos de aquel hombre recostado sobre el capó de un sucio Honda blanco, ansioso por cobrar una apuesta bien ganada.

La detallada descripción que hago transforma la calma previa en el rostro de mi cónyuge, convirtiéndolo en uno de evidente angustia, tristeza y dolor. Sin embargo, él ha insistido tanto en equipararse a él, ¡así que a quien no quiere caldo, se le dan dos tazas!

—Mientras avanzaba hacia la recepción, sus palabras cariñosas me seguían. Avergonzada, mantuve mis ojos fijos en el reluciente mármol vetado del suelo, imaginando su sonrisa y aquel andar triunfal detrás de mí. Repentinamente, una de sus manos se apoderó de uno de mis senos delante de la chica que aguardaba detrás del mostrador. Acercó su pecho a mi espalda, con la otra tomó la llave de la habitación y con tres dedos debajo de mi oreja, su lengua recorría mi cuello. No fue su osadía, sino la mirada risueña de la jovencita lo que logró ruborizarme.

—No quería recordar esa etapa de mi vida. Desde que nos abandonaste hace meses, me prometí a mí misma hacer todo lo posible por olvidarlo. Pero como siempre dices para evitar discusiones conmigo. ¡Como gustes, deseo!

—No logro precisar el tiempo transcurrido desde que se abrieron las puertas del ascensor, recorrí el pasillo del cuarto piso y llegué a la puerta de la habitación, pero a su excitación le bastaron cinco segundos para empezar a besarme apasionadamente, estamparme contra la pared, introducir una mano rápidamente bajo el dobladillo de mi falda subiéndola, y con la otra intentar quitarme a la fuerza el saco de mi traje.

Camilo gira el torso, no para deshacerse de la detallada honestidad de mis recuerdos, sino para buscar entre las frondosas copas de los árboles de Watapana cercanos, al mimetizado turpial que, al amanecer, trina sin cesar captando su atención. Yo permanezco quieta en mi sitio sin parpadear, pero me pregunto si será el mismo pájaro madrugador. ¿Habrá recuperado a su hembra extraviada? En fin.

—A pesar de conocer el acuerdo, –prosigo revelando– mientras recibía sus besos y diversas caricias apresuradas, me sumergí en una íntima comparación, al ver alrededor el mobiliario dispuesto para consumar lo pendiente y saldar mi deuda, mientras en mi interior una sensación ya conocida, –experimentada contigo– me apretaba el corazón.

—Yo… Camilo… Amor, ¿Es realmente necesario? No creo que te haga… Que nos haga ningún bien rememorar lo sucedido con él. —Sin responderme, avanza tres pasos y se acomoda en la silla frente a mí. Sus ojitos cafés ya están húmedos y su deseo de sufrir se une al llanto en los míos.

—Por favor, continúa Mariana. —Su petición suena temblorosa y da otro sorbo a su tequila con poco jugo de naranja. Nervioso juega con el encendedor.

—Ufff, Vale. Recuerdo que me hizo dar la vuelta, quedando de espaldas y a su total disposición, con mi mejilla ardiente pegada a la fresca pared. Supongo que te estás imaginando cómo fue. –Camilo asiente. – Pues así, tosco y rudo como lo conociste, fue que aquella cita pecaminosa comenzó.

¡Dios mío! ¿Cómo satisfacer su malsana forma de querer detestarme, sin que me duela hacerle sufrir aún más, contándole la pura verdad?

—No sabría decir con certeza si fueron sus manos las que empujaron mis caderas hacia él, o si… Si fui yo quien frotó mi trasero contra su entrepierna, –Camilo suspira mientras junto mis párpados. – pero cuando volví mi cabeza, vi en esa mirada profunda la intensidad avellanada del deseo con el que José Ignacio pretendía devorarme y pues...

… «Realmente, sus miradas reflejan la repulsiva lujuria que le desperté, al sentir cómo con la firme redondez de mis glúteos le frotaba, de arriba abajo, su pene excitantemente erecto. Con los ojos cerrados, calculaba toda su longitud mientras movía mi trasero en círculos para evaluar el grosor. Mientras tanto, dejaba que sus dedos subieran mi falda hasta la cintura, sin importarme en absoluto que al día siguiente las arrugas delataran mi falta.»

Se produce un silencio. Durante esta breve pausa que toma Mariana, percibo cierto arrepentimiento mientras utiliza la piel de su antebrazo para secar su nariz enrojecida.

—No hubo preliminares exquisitos ni largas introducciones, simplemente se acercó a mí con un deseo desbordante, como si no quisiera soltarme, mucho menos permitirme salir de esa habitación para regresar a mi hogar y refugiarme entre tus brazos. Nos besamos de pie durante un tiempo…

… «Su boca humedece mi cuello proficientemente, saliva la zona con destreza y aparta mi cabello para recorrer mi nuca con su lengua de un lado a otro. Experimento un escalofrío delicioso, similar al que he vivido con mi esposo. ¡No es lo mismo y no debo mezclarlo ahora!».

—Me di la vuelta por completo. No era para enfrentarlo y frenar su deseo apresurado, sino para aumentarlo al quitarme la chaqueta de mi traje de manera seductora frente a él, provocando una expresión de admiración que exageré con un silbido prolongado al ver cómo desabotonaba mi blusa, temiendo que por su descontrol arrancara los botones y llegara a casa hecha un desastre. Y tú…

… «Cierro su boca con uno de mis besos apasionados, y hago que mi mano izquierda le sirva de guía para que la suya encuentre mi muslo y pueda acariciar sin prisa el elaborado encaje de mis medias. Siento cosquilleos cuando sus dedos, ascendiendo por las ligas de este nuevo liguero, pellizcan mi cintura y se adentran en mi ombligo. Con la otra mano no tengo prisa, ya que con esa él se encarga de marcar con una nalgada que me toma por sorpresa. Duele y grito, pero él calla mis quejidos con un beso. Siento arder la nalga derecha, pero curiosamente logra elevar la temperatura y el deseo en otras partes de mi cuerpo.»

—Si me esperabas despierto como solías hacer, sin poder descansar y acostarte, seguramente examinarías detenidamente mi rostro para asegurarte de que tu esposa estaba intacta. Por eso también me deshice de la falda, quedando frente a él, con tacones y mi tanga brasileña a juego con el sujetador de encaje transparente y ribetes rojos sobre fondo negro.

Ignora la incomodidad de su asiento y se dirige al interior. Se detiene por un momento frente a la bandeja y vuelve, agarrando la botella de tequila por el cuello, olvidando o dejando abandonado lo que queda del zumo de naranja. ¿Fue tan intenso y excitante lo que vivió Mariana con ese maldito trío que necesita tomar más alcohol? ¿Y yo? ¡Probablemente necesite de otro trago también!

—Tal vez para continuar con todo esto, tanto tú como yo necesitemos fortalecernos con más alcohol para mis confesiones y tu dolor emocional, soportando así un mayor sufrimiento. ¿Quieres más o estás bien así? —Me pregunta sin esperar respuesta, sirviendo más tequila en mi vaso y sin siquiera mirarme.

— ¿Me desnudo yo o me desvistes tú? —Preguntó temeroso. Aunque su indecisión no me agradó, le perdoné su nerviosismo de novato, ya que no quería que tu imagen se interpusiera en mi mente al compararlos, pues dentro de mí sabía que él saldría perdiendo.

El ardor de este trago ya lo siento descender por mi garganta. Hay movimiento en mi nuez y en sus labios apretados noto que se percató…

de su ardor.

—Contigo ya no era necesario expresar con palabras los cuestionarios para darnos placer. ¡Con nuestras miradas nos ha sobrado y bastado! —Camilo se encoge de hombros y sonríe incrédulo. Entiendo que me mire de forma burlona, pero lo que le estoy diciendo es cierto.

—Sus dos… Ejerció presión con los dedos sobre mi vulva, por encima de la tanga y con brusquedad. Fue su primer intento de excitarme, acariciando el exterior de mi vagina, de arriba hacia abajo por unos instantes y…

… «Sus dedos aprietan con mayor firmeza la tela de mi tanga, la introducen entre mis labios no muy húmedos y la deslizan hacia arriba por completo. Experimento una sensación inusual de incomodidad, seguida de un ligero dolor que estremece y contrae, al mismo tiempo que el placer de la precisa presión, tosca y nueva, logra que me estremezca y lo bese para sentir su lengua, y buscar ávidamente acomodar el bulto de su pene desplazado entre los mechones cortos de mi vello púbico, moviéndome de un lado a otro».

—Me aferré a su cuello con mis manos, cuando me solicitó que levantara una pierna. La alcé y la sostuvo por la corva. Luego tuve que arquear mi espalda al sentir que con dos dedos me empezaba a penetrar. Gemí, lo hice cerca de su oreja izquierda y luego se la mordí, al tiempo que ya sentía corrientes eléctricas y los retiraba de mí… húmedo interior. Me enderecé para observarlo deslizar la cremallera del pantalón con una sola mano y bajar el bóxer liberando su pene, ya que la otra mano hacía malabares para esquivar el aro de mi sostén, soltar el broche y liberar mis pechos de la opresión. Después se dedicó a acariciarme un seno con firmeza y deseo…

… «¡Ufff, qué hermosos senos! Los acaricia con salvaje admiración, y yo lo atraigo hacia mí por la nuca, para guiar sus labios por el costado de mi cuello, quiero que me lo humedezca con su saliva y que su lengua se deslice fácilmente hacia el interior de mi oreja derecha, mientras jadeo y saboreo sin reparos, mis fluidos en los dedos que me hacían delirar un instante antes, embistiendo dentro de mi vagina empapada».

Ahora desciendo de la nube de mis recuerdos, y adolorida al saber que le estoy causando un gran daño, me doy cuenta de que mi esposo llora, pero lo hace en silencio, con la boca muy abierta, para no atormentarme, negándome la oportunidad de consolarlo, ya sea como su esposa o al menos como su amiga leal.

—¿Cómo vamos, bien? ¿O prefieres que obvie las artimañas del experimentado Don Juan y mis actos de esposa infiel, para finalmente llegar a ese desenlace que tanto anhelas tú… realmente deseas llegar!

—¿Hummm? Disculpa, me distraje. Voy al baño y cuando regrese, quiero continuar escuchándote. ¿Estamos?

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