Hola a todos, mi nombre es Mónica y en esta ocasión quiero compartirles la ocasión en la que fui desleal. No imaginé que llegaría a ese punto, pero la rutina en mi matrimonio me llevó a experimentar un momento intenso.
Todo comenzó en el 2019, celebraba mi décimo aniversario de boda. Me casé a los 18 años por amor, pero recientemente había empezado a sentirme insatisfecha a pesar de que mi esposo siempre ha sido atento y amable. Aunque debo decir que él es hábil en la intimidad y está bien dotado, a veces eso no es suficiente.
Quedé en encontrarme con mis amigas para una noche de chicas, algo que necesitaba desde hacía mucho. José no se opuso, de hecho, me animó a salir prometiéndose encargarse de los niños esa noche.
Con su aprobación, salí a disfrutar con mis amigas, como si necesitara la autorización del "jefe" (con ironía). Inicialmente estábamos planeando ser un grupo numeroso, pero al final solo aparecieron Maylet y Sonia, quienes siempre han sido las más fiesteras.
Desde que llegamos, captamos la atención de todos; ellas lucían atrevidas con minifaldas, mientras que yo opté por un atuendo más discreto con una licra negra, aunque admito que mis curvas no pasaban desapercibidas. Eso sí, llamábamos mucho la atención, lo cual siempre me ha divertido. Cerca de la medianoche, dos hombres, Marco y Luis, se acercaron para bailar con nosotras, y dado que ya estábamos animadas, aceptamos su invitación. Sin embargo, el baile no fue lo único, ya que nos invitaron a una segunda ronda. Lamentablemente, Sonia tuvo que retirarse, quedando solo Maylet y yo. Maylet se quedó con Marco, mientras que yo bailaba con Luis simulando ser una pareja.
Luis despertaba en mí un interés particular, con su estatura de 1.80 metros, su piel morena y una sonrisa pícara que denotaba su reputación de mujeriego. A pesar de eso, disfruté de su compañía mientras bailábamos y conversábamos animadamente. Sus piropos empezaron a confundirme y sus intentos de contacto físico me inquietaban y, al mismo tiempo, me atraían.
Cuando retornamos a la mesa, nos dimos cuenta de que Maylet y Marco ya no estaban, obviamente se habían retirado para estar juntos, dejando a Luis y a mí solos en la mesa. En ese momento, percibí una creciente tensión cuando Luis se acercó más a mí, acariciando mi pierna y susurrando al oído.
M: Creo que debo irme ya.
L: ¿Tan pronto? Pensé que esto apenas empezaba.
M: Maylet no va a regresar y ya es tarde, son las dos de la mañana.
L: Mónica, deseo estar contigo, quiero que suceda. M: No puedo, soy casada y esto no está bien. Luis besaba mi cuello y acariciaba mi muslo, provocando escalofríos en mi piel y despertando algo dentro de mí que anhelaba liberarse. Lo miré y, sin pensarlo, correspondí a su beso; era un beso cargado de pasión y deseo, como no experimentaba desde hacía tiempo. Sus labios eran adictivos, y sus caricias me hicieron caer rendida ante su seducción. Salimos del lugar y afortunadamente encontramos un motel cercano; entramos a la habitación, yo nerviosa pero ansiosa al mismo tiempo. Una vez dentro, Luis y yo continuamos con los besos hasta acabar en la cama. Me resultaba increíble encontrarme a punto de entregarme a otro hombre después de una década de matrimonio. Luis empezó a desvestirme, besando mis pies, pantorrillas y muslos, mostrando especial interés en mis piernas. Sin titubear, me quitó la ropa interior y empezó a darme placer con su boca. L: ¡Qué delicioso, Mónica! Sentía cómo mi cuerpo reaccionaba al contacto de sus manos y su lengua, disfrutando de sensaciones que no experimentaba desde hace mucho tiempo. Quité el sujetador y empezó a estimular mis senos, los besaba, succionaba mi pezón mientras sus dedos me acariciaban deliciosamente, yo ya estaba totalmente entregada. Luis comenzó a desvestirse y tenía un magnífico cuerpo masculino y sobre todo su pene se veía impresionante, duro, grande y venoso. Luis se acercó abriéndome las piernas y sin protección comenzó a introducir la punta, yo gemía de placer, esa punta era prominente y mi vagina ansiaba recibirla. Me penetró más y más y empezó a moverse, se sentía maravilloso, sus movimientos de cadera y su miembro rígido me volvían loca, nos besábamos con pasión, estaba disfrutando siendo suya. Yo: ¡Ah, sí, uf, qué placer! L: ¡Qué placer aprietas, amor! Luis me embestía deliciosamente, su forma de moverse me hacía excitarme más y más, me puso de lado, levantó mi pierna y me tomó en cucharita, se sentía delicioso su miembro entrando en esa posición. L: Mony, estás deliciosa, desde que te vi me antojaste, ¡tienes unas nalgas exquisitas! Yo: Tú también me antojaste, por eso estoy aquí contigo. Me pidió que me pusiera en cuatro patas y lo obedecí, Luis jugaba con mis nalgas golpeándolas con su pene y mordiéndolas para luego introducirlo lentamente mientras yo me movía hacia él. Yo: ¡Qué placentero! ¡Así, papi, así! L: ¡Mony, qué rico! Sus embestidas me tenían enloquecida, yo también me empujaba, él se movía con fuerza, en ese momento olvidé que estaba casada y uniéndome a él me vine por primera vez esa noche. Luis no me dejó descansar después de ese orgasmo, se tendió y me pidió subir sobre él, lo hice y cabalgué como una loca, Luis gemía de placer, yo estaba fuera de mí y solo quería disfrutar con mi macho. Yo: Papi, me encantas, ¡ah, ah, qué delicioso pene, amor! L: ¡Qué bien te mueves, mamacita, me vas a hacer acabar! Me moví frenéticamente y él solo gemía hasta que finalmente no pudo contenerse más y eyaculó dentro de mí, el orgasmo fue fenomenal ya que alcanzaba mi segundo clímax esa noche. Decidí bajar a saborear su delicioso pene, lo lamió, lo limpié y lo succioné, confieso que me encanta el sexo oral y un pene como el de Luis no podía dejarlo pasar. Terminamos ese encuentro y, lamentablemente, tenía que irme, me quedé con ganas de más, así que ese día decidí que Luis sería mi amante.
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