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La verga de Tomás (2)


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Capítulo previo:

“Tomás la admiró en su desnudez y la besó tiernamente en sus senos, recorrió con besos su cuerpo hasta llegar a sus labios, la hizo cerrar los ojos y Carmen, creyendo estar en un sueño, se quedó dormida. Después de cubrirla con la sábana, Tomás salió de la habitación de Carmen, cerró la puerta en silencio".

La verga de Tomás capítulo 2:

El día empezó tarde para los habitantes de la casa. La noche había sido larga para todos. El olor a sexo nocturno impregnaba la casa. Tomás fue el primero en levantarse. Como era habitual en un sábado en casa, se duchó y se dirigió a la cocina. Tomás, a veces, caminaba sin prisa por la casa cuando tenía todo el día por delante, en paños menores. Al sentir el movimiento de su miembro al andar, recordó la presencia de Carmen en la casa, por lo que regresó a su habitación para ponerse un bóxer, evitando incomodar a la invitada de su madre, a pesar de haber tenido relaciones con ella la noche anterior y tener en mente repetir la experiencia durante su estadía.

Recordar la noche con Carmen le puso erecto. ¡Qué senos, qué vagina y qué atractiva está la chica! Esperaba que no se hubiera molestado por lo ocurrido ayer. Tomás reflexionaba así mientras se preparaba una tostada y un café. Tomaba el café solo y amargo, sin añadir azúcar. Terminó su desayuno y nadie más aparecía por allí, tampoco los necesitaba. Luego, siguiendo su rutina, se dirigió al gimnasio de la casa para hacer sus ejercicios habituales, los cuales mantenían su cuerpo en forma y fibroso.

Ángela se levantó y también apareció en la cocina, observando los restos del desayuno de su hijo. Tomás ya se había levantado, pensó, recordando las imágenes que presenció ayer junto a su marido, de su hijo con Carmen, y sonrió. Esto llevó a que ella y su esposo tuvieran una noche de pasión desenfrenada. Luego, pensó en Carmen y se preguntó si aún estaría durmiendo. Decidió despertarla para desayunar juntas.

–Toc, toc ¿Carmen estás despierta?

–Sí Ángela, ya me levanto.

Carmen respondió, notando que aún estaba acostada en la cama, y Ángela entró en la habitación. Así la encontró, medio cubierta con una sábana que se enrollaba alrededor de su cuerpo; su semidesnudez dejaba ver una pierna larga con un trasero grandioso, realmente atractivo. Dio un golpecito en una nalga.

–Vamos, levántate, que ya es casi mediodía. ¿Cómo dormiste?

–Bien Ángela, dormí muy bien en realidad. Esta cama es grande y muy cómoda.

–Ven a desayunar conmigo y de paso te explico los documentos que necesito que prepares para el divorcio.

–Voy

–Te espero en la cocina.

Al llegar a la cocina, Ángela encontró a su marido tomando café. Se abrazó a él, lo besó y de forma juguetona le dio una palmada en el trasero. Estaba profundamente enamorada de él, lo había estado durante toda su vida, consciente de que era difícil encontrar a alguien con las virtudes de Eduardo y que además tuviera su destreza en la cama. La noche anterior, al ver a su hijo con Carmen, entendió que Tomás había heredado esa destreza de su padre, lo cual la llenó de orgullo.

–¿Tomás ya se levantó?

–Creo que sí, hay un plato y una taza con café en el fregadero. Debe estar en el gimnasio.

–¡Vaya! Después del ejercicio de ayer, no entiendo cómo tiene energías para más gimnasia jaja.

–Calla y no te rías, que ahora bajará Carmen y no quiero que sepa que la observamos ayer, y tampoco

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No le menciones nada a tu hijo ¿de acuerdo?

–Ja, ja, ja, entendido corazón bonito, me callo ja, ja, ja, pero hay que ver lo feliz que hizo a tu amiga ja, ja, ja…

–Detente Eduardo, no te burles de la pobre Carmen.

–¿Burlarme de ella? Seguramente esté feliz y tal vez haya pasado un momento inolvidable, ¡vaya! casi seguro, estará en las nubes.

Carmen apareció en la cocina totalmente radiante, su rostro reflejaba la felicidad que tanto Ángela como Eduardo conocían bien. Ángela preparó jugo, tostadas y café para todos. Mientras desayunaban, Carmen recibía las indicaciones de Ángela sobre la documentación que debía reunir. Escrituras de la casa, bienes comunes, nómina del marido, recibos, facturas, empadronamiento, documentos matrimoniales, entre otros...

Desde que se casó, Carmen nunca se había preocupado por esos asuntos, o mejor dicho, no se preocupaba por nada durante su matrimonio, ya que había llevado una vida de señora total, es decir, no había tenido que ocuparse de gestiones, ya que todo era responsabilidad de su marido. Ángela tuvo que explicarle muchas cosas, desde qué eran hasta dónde podía encontrar cada documento, ya que Carmen solo conocía las boutiques, el club, los salones de belleza, el gimnasio, los lugares de moda y los buenos restaurantes y hoteles. Es cierto que Carmen era atractiva, pero también era un tanto ingenua. Ángela temía que, al no tener hijos, pudiera quedarse sin nada dependiendo del contrato matrimonial, pero prefirió no mencionarlo todavía para evitar un drama antes de revisar dicho contrato.

Tomás apareció, saludó a todos, especialmente a su madre a quien le dio dos besos, y se marchó. A Carmen no se le escapó el bulto que marcaba su ropa interior blanca y transparente, recordando la noche anterior, se excitó. Carmen era una mujer muy pasional en realidad, algo que Tomás había podido confirmar, tanto por su facilidad de seducción como por la manera en que se dejaba llevar y se entregaba. La imagen de la entrepierna de Tomás ocupó su mente y decidió ir a ducharse.

Ese sábado, Eduardo y Ángela habían quedado con unos amigos para visitar un pueblo y cenar. A pesar de conocer el pueblo, siempre era agradable pasear por sus calles pintorescas y luego disfrutar de una cena en un acogedor restaurante que habían reservado.

–¿Qué hacemos con Carmen? ¿Le decimos si quiere acompañarnos?

–No estoy segura, prefiero que se quede, además tendrá tareas que cumplir, así como las instrucciones que le di, además de tener que soportar su tristeza por la ruptura no me apetece mucho la verdad.

–Está bien, le diré que se quede, ya le di una llave y que haga lo que quiera, además tiene su propio coche para moverse.

–No te preocupes, el chico la mantendrá entretenida ja, ja, ja.

–Eres así ja, ja, ja.

–Esta tarde vendrá la lavandería a buscar la ropa sucia y traer la limpia. Preparé todo ayer. También Remedios vendrá a limpiar la cocina, el gimnasio y esta parte del jardín.

–Tomás se encargará, saldremos después de comer.

Tomás se encontraba leyendo en una tumbona bajo la sombra de un árbol y fumando su cigarrillo de marihuana. Su madre y Carmen aparecieron en bikini para darse un chapuzón en la piscina. Poco después, su padre llegó con tres martinis, aceitunas, papas fritas y un poco de marihuana y tabaco. Los tres estaban bajo la pérgola; Tomás los observó un momento y luego los ignoró por completo, como solía hacer, concentrado en su lectura. La prominencia en el bóxer del padre de Tomás tampoco pasó desapercibida para Carmen. Pensó que el hijo había heredado su físico de allí y, al mirar a Ángela, sintió una pizca de celos amistosos.

Muy complacida debía estar si el padre follaba igual que el hijo.

El servicio de catering llegó puntual y dejaron el pedido en la puerta, fue Eduardo quien les abrió y llevó la comida a la pérgola. Armaron la mesa y Ángela llamó a su hijo para que se acercara a disfrutar. La comida transcurrió de manera amena, Eduardo demostró ser un hombre con gran sentido del humor, compartiendo chistes y anécdotas que llenaron de risas el ambiente. El diminuto bikini de Carmen apenas cubría sus pezones, y este detalle no pasó desapercibido para Tomás, quien empezaba a excitarse dentro de su bóxer. A su vez, Carmen había notado el creciente bulto en el pantalón de Tomás, aunque lo disimulaba. Los padres se ausentaron brevemente, momento que Tomás aprovechó para susurrar algo al oído de Carmen. Ella se estremeció.

“Frente al rosal está tu camisón, el sujetador lo encontrarás en aquel arbusto, y el tanga está en mi habitación. Esta noche ven a buscarlos. Probablemente el viento los haya llevado desde tu balcón debido a su ligereza”, le dijo Tomás.

Antes de que Carmen pudiera responder, aparecieron Eduardo y Ángela con postres y café. Ángela detalló el plan para el resto del día: pronto se marcharían con Eduardo, Carmen tendría que recoger unos papeles y Tomás debía ocuparse de la lavandería y de Remedios. Después de la comida, recogieron todo y Ángela notó dos prendas en el jardín, decidió recogerlas. Al percatarse de que era un sujetador y un camisón, revivieron en su mente las imágenes de la noche anterior, recordando a su hijo con Carmen.

“Carmen, ¿son tuyas estas prendas? Es extraño que estén aquí, ¿las dejaste tú?” preguntó Ángela.

“Es probable que el viento las haya arrastrado desde el balcón”, respondió Carmen.

Carmen agradeció a Tomás por haber resuelto la situación con su afirmación y le sonrió cómplice. Ya ni recordaba que su camisón, tanga y sujetador estaban en el jardín. Ángela decidió incluir esas prendas con el resto de la ropa que llevarían a lavar.

Una vez que todos se retiraron a sus habitaciones, quedando solo Tomás en el jardín al lado de la piscina con un libro en mano. Desde allí observaba a Carmen en su ventana, vistiéndose. Al verla salir de la casa, notó su atuendo: un ajustado vestido negro que apenas cubría sus bragas. Le dio un saludo desde la piscina, mientras Eduardo y Ángela se despedían. Pensó para sus adentros lo atractiva que lucía su madre con su falda plisada rosa y una camiseta que realzaba sus pechos. Se quedó solo en la casa, continuó leyendo "Opus Pistorum" de Miller y se excitaba cada vez más. En ese momento, alguien tocó el timbre: seguramente eran los de la lavandería.

Tomás abrió el portón automático y la furgoneta de la lavandería entró para recoger el saco de ropa sucia, como lo hacían cada sábado. Bajó un joven, apenas mayor que él.

“Buenos días”, saludó el joven de la lavandería.

“Buenos días. El saco de ropa está debajo del gran porche”, indicó Tomás.

“¿Dónde quiere que deje la ropa limpia?” preguntó el joven.

“Déjela allí, yo me encargaré de llevarla adentro”, respondió Tomás.

Tomás notó que el joven no dejaba de mirar el bulto en su entrepierna, casi con fascinación. Decidió jugar un poco y acomodó su miembro hacia un lado dentro del pantalón, dejando parte de él al descubierto. El chico de la lavandería se puso nervioso e intentó entablar conversación. Tomás percibió que el joven también se excitaba, notando la prominencia en su pantalón. Se rió para sus adentros, disfrutando de la situación.

Había logrado excitar al chico. Después de cargar el saco en la furgoneta, se despidieron y él se marchó. Justo cuando el empleado de la lavandería se fue, sonó el timbre nuevamente. Probablemente era Remedios. Fue a abrir y se encontró con una mujer de unos cuarenta años frente a él.

–Buenos días.

–Buenos días, me llamo Anna, soy la hermana de Remedios. Ella no se siente bien y me pidió que viniera a hacer la limpieza. Ya habló con su madre, ¿no se lo dijo?

–Pues no, seguramente me envió un mensaje, pero no tengo mi teléfono encima.

–Bueno, usted me indicará qué debo hacer.

–Pase, sígame.

Tomás observó a la mujer, muy menuda, con una estatura de poco más de metro cincuenta, vestida con su bata de trabajo, se notaban sus prominentes pechos y llevaba el cabello largo en una coleta que le llegaba hasta casi los glúteos. No era atractiva, pero tampoco fea, en definitiva, era lo que se podría llamar una mujer sencilla, con un porte tosco y nada refinado. Su voz era grave, casi masculina, lo cual sorprendió a Tomás, ya que no esperaba una voz tan profunda en una mujer de su tamaño. Él sonrió.

Tomás la llevó al cuarto de la limpieza y le mostró dónde estaban todos los utensilios y productos necesarios, luego le indicó dónde encontrar la cocina, el gimnasio y la pérgola del jardín. Le dijo que si necesitaba algo, él estaría por la casa o en el jardín, y que podía llamarle si lo necesitaba. A pesar de lo animada que parecía la mujer al entrar a la casa, ahora daba la impresión de estar abrumada, sin articular una palabra, como si estuviera en otro mundo.

–Anna, ¿está todo bien? ¿Se siente bien?

–¿Eh? Oh... sí, disculpe, voy a empezar, gracias.

Lo que le pasaba a Anna era que se había dado cuenta del prominente bulto de Tomás y se quedó absorta. Sintió cómo se le humedecía la entrepierna. Nerviosa, no sabía cómo reaccionar, pero Tomás se dio cuenta del asunto y tomó la iniciativa.

–Puede comenzar por la cocina, luego la pérgola y finalmente el gimnasio.

–Sí, gracias, así lo haré.

Tomás regresó a su tumbona y continuó leyendo. Mientras tanto, Anna se puso a limpiar y ordenar la cocina y, después de un rato, salió a limpiar la pérgola. Desde su posición, cerca de la tumbona, Tomás le dirigía miradas furtivas al bulto y al cuerpo de la mujer mientras ella trabajaba, pensando en la suerte de Remedios al tener a un hombre tan atractivo en casa. "¡Qué apuesto es este chico!" pensó Anna, sintiendo cómo la excitación la invadía mientras observaba a Tomás zambullirse en la piscina.

"¡Qué hombre tan espectacular!" Estos y otros pensamientos cruzaban la mente de Anna mientras Tomás salía de la piscina y se acercaba a donde ella estaba terminando de limpiar. Tomás llevaba unos bóxers blancos de tela fina que, al estar mojados, se ceñían y dejaban entrever claramente su entrepierna, mostrando toda su virilidad. Anna se quedó atónita ante la visión y Tomás se percató de la sorpresa de la mujer. Se acercó a una nevera que había cerca y se abrió una cerveza, de la cual dio un sorbo.

–Anna, ¿quieres algo de beber?

–No, gracias, Tomás.

–Por favor, no me llames señor, llámame Tomás, si no te importa. No me gusta lo de "señor", ¿vale?

–Entendido, Tomás, gracias por la confianza.

–¿Te apetece una cerveza, Anna?

–Jajaja, es muy temprano para beber, se me sube rápido a la cabeza.

–Toma, está bien fría. Con este calor y el esfuerzo de limpiar, te sentará bien. Descansa un poco, estás sudando mucho con este calor.

–Gracias, eres muy amable, Tomás. La verdad es que hace calor. Mi hermana Remedios siempre dice que ustedes son una familia muy buena. A ella le encanta trabajar aquí.

–Es obvio que usted es menor que su hermana, pero no se parecen mucho, cualquiera diría que son hermanas.

–Somos hermanas por parte de madre, pero no por parte de padre, nuestra madre enviudó del padre de Remedios y luego se casó con mi padre.

Fue por el calor, por la sed o por los nervios de estar junto a Tomás charlando que Anna se bebió la cerveza de dos tragos. Sin decir nada, Tomás abrió otra cerveza y la colocó frente a ella antes de que interviniera con una palabra.

–¿Otra más? Dios mío, cómo voy a irme, la cerveza me sube enseguida a la cabeza.

–Permítame ser quizás un poco indiscreto ¿Está casada? ¿Tiene hijos?

–No es una indiscreción, tranquilo. Me separé hace un año y tengo una hija de aproximadamente su edad, tal vez un poco más joven, tiene diecisiete años. Al separarme nos mudamos a vivir con mi hermana las dos. A pesar de que mi ex tiene una orden de alejamiento, decidimos dejar el pueblo donde vivíamos. Aquí estamos más tranquilas y seguras.

–Lamento su situación, ¿No es usted un poco joven para tener una hija tan mayor?

–Uyyy... gracias por el cumplido, pero ya tengo cuarenta años, Tomás, no soy tan joven jajaja.

–Pues la verdad es que no lo aparenta, nadie le daría más de treinta.

–Jajaja, qué halagador es usted, aunque no sea cierto, agradezco el cumplido.

–No es un halago, es la verdad.

–Bueno, si no le importa, Tomás, terminaré de limpiar esta zona y luego iré al gimnasio. Gracias por las cervezas.

Anna comenzó de nuevo a limpiar la pérgola. Tomás se quedó sentado observando a la mujer mientras trabajaba, lo que empezó a ponerla nerviosa. Cuando terminó, estaba completamente sudada.

–Listo, terminé esta zona. Uff, qué calor tengo. Con el calor de la tarde y las cervezas, me estoy derritiendo jajaja.

–Anna, tómate un baño en la piscina y refréscate, te sentará bien.

–Jajaja, no puedo permitirme esto, sería abusar de la confianza que me has dado. Además, no tengo bikini, vine a trabajar, no a pasar un buen rato jajaja. Anna empezaba a mostrar alegría por el efecto de las cervezas.

–Ambas cosas son compatibles, Anna. El trabajo junto con el placer es más llevadero. No necesitas un bikini aquí, seguro que llevas ropa interior que es casi lo mismo, y un chapuzón te vendría bien. Tomás ya estaba planeando en su mente cómo llevar a la cama a Anna.

–No sé, Tomás, me da un poco de vergüenza, la verdad.

Sin decir una palabra, Tomás se levantó, tomó la mano de Anna y la acercó a la piscina. Cuando Tomás se levantó, Anna pudo ver cómo su gran pene estaba marcado bajo los boxers. Esto la dejó sin capacidad de reacción y se dejó llevar. Fue Tomás quien le quitó la bata. Anna llevaba un sostén común que sostenía sus dos grandes pechos y unas bragas blancas también comunes con una mancha en la entrepierna, evidenciando los fluidos que había liberado su vagina y confirmando que estaba excitada. Anna llevaba un año separada y además no había tenido relaciones sexuales en mucho tiempo, por lo que esta situación la había excitado plenamente. Tomada de la mano de Tomás, ambos entraron en la piscina.

–No sé nadar, Tomás, me refrescaré aquí, jajaja. Cuando el agua alcanzó sus pechos.

–Yo te enseñaré a nadar.

Sin decir nada, como siempre actuaba y sin darle oportunidad a reaccionar a Anna, Tomás la agarró y la tumbó boca abajo en el agua. Pasó un brazo descaradamente sobre sus pechos y el otro por su cintura, agarrándola de la vagina y los pechos. Comenzó a darle instrucciones sobre cómo mover las piernas y los brazos, pero Anna era torpe, quizás debido a los nervios que sentía al notar la mano de Tomás sobre uno de sus pechos y la otra en su vagina, se hundía y no podía mantenerse.

A flote. Ambos se reían dentro de la piscina por la situación, Anna estaba disfrutando. Tomás había avanzado maliciosamente hacia una zona más profunda de la piscina y, al darse cuenta de que ella ya no tocaba fondo, la soltó.

Esta acción provocó que Anna se hundiera inmediatamente y tragara agua. Ante la situación, no le quedó más remedio que agarrarse del cuello de Tomás, tosiendo por haber tragado agua. Tomás rodeó con las piernas de Anna su cintura y le agarró el trasero con ambas manos. El miembro de Tomás presionaba contra el coño de Anna, mientras ella seguía tosiendo.

Cuando Anna intentó hablar, se encontró con la boca de Tomás y su lengua dentro. A Tomás le recordaba a la jugada con Carmen la noche anterior, misma escena, mismo lugar, solo cambiaba la mujer, de una mujer madura a una más joven con grandes senos. A Tomás le gustaba Anna, su pequeño cuerpo esbelto y con curvas, su cintura daba paso a un trasero firme y redondeado que llenaba la mano de Tomás. La mujer ya estaba entregada a los besos de Tomás y a la fricción de su miembro.

Tomás quitó el sujetador y las bragas de Anna, las cuales se perdieron en el agua, y colocó su miembro en la entrada del coño de Anna. Con ambas manos agarrando sus glúteos, abrió las nalgas de la mujer, que estaba aferrada a la cintura de Tomás con las piernas, y al sentir el gran miembro en la entrada de su vagina, se mojó tanto que con un empujón se introdujo la mitad del miembro. Tomás le mordió el cuello marcadamente, separando los glúteos y penetrándola por completo de golpe.

Anna llegó al orgasmo en el mismo instante en que sintió todo el miembro, sus espasmos de placer comenzaron y lloró de gusto. Tomás lamía las lágrimas que caían de sus ojos, mientras la sacaba lentamente de la piscina, continuando con la intensidad del acto sexual. Anna estaba sentada sobre su miembro, que la penetraba con fuerza, mientras Tomás introducía dos dedos en su ano, marcando el ritmo del encuentro. Anna volvió a llegar al orgasmo ante la intensidad de las acciones.

Tomás sabía que ahora podía hacer lo que quisiera con ella, la tenía sumisa y recordó pasajes de libros sobre sexo que había leído, ideales para poner en práctica. Para Tomás, los libros eran su guía en cuestiones de sexo.

Anna se aferraba al cuello de aquel joven que podría ser su hijo, y a pesar de haber estado casada y haber tenido sus experiencias sexuales, nunca imaginó llegar a sentir tanto placer. Nunca la habían penetrado en el agua, nunca la habían hecho el amor mientras caminaban, nunca había experimentado tres orgasmos seguidos, y nunca la habían tratado con tanta dulzura y a la vez rudeza; era ella quien buscaba los besos del joven con ansias.

Mientras continuaban con la penetración, los testículos de Tomás chocaban ahora con el ano de Anna al caminar, este permanecía dilatado después de haber sido estimulado con los dedos, sus pezones estaban erectos y por primera vez, Tomás comenzó a chuparlos para luego introducir en su boca cada vez más pecho, hasta casi llegar a introducirlos por completo. Estas succiones causaban que Anna se estremeciera de placer.

en suspenso a Anna.

Tomás llevó a Anna así hasta el gimnasio, manteniendo su miembro dentro de su vagina en todo momento. La colocó sobre un potro de gimnasia y, quitándose de encima su miembro, comenzó a recorrerla con besos desde sus senos hasta su entrepierna. Con las piernas bien abiertas, comenzó a practicarle sexo oral, comenzando lentamente, acariciando su clítoris con sus labios. Su lengua se deslizaba suavemente por la entrada de su vagina, separando los labios y succionándolos con delicadeza. Finalmente, concentró su atención en su clítoris, succionándolo cada vez más rápido hasta que Anna alcanzó el orgasmo. Su eyaculación fue intensa, empapando el rostro de Tomás, quien cambió su enfoque hacia su ano. Introdujo su lengua saliva adentro, mientras con su nariz acariciaba su clítoris y vagina.

Anna se encontraba en un estado similar al de Carmen la noche anterior, en un estado de semi inconsciencia. Ya no estaba en su mundo, entregada a la felicidad, sonreía, gemía, lloraba de alegría, entre risas y suspiros. Tomás tomó un frasco de aceite corporal que había en el gimnasio, lo aplicó en el ano de Anna y le introdujo una gran cantidad de lubricante, llegando a meter hasta tres dedos en su recto. A pesar de querer expresar su negativa, Anna no era capaz de articular palabra alguna. Tomás la bajó del potro, la colocó de espaldas, frotó su miembro en su ano y lo introdujo. Anna gemía entre el dolor y el placer, pero más aún cuando Tomás tiró de su larga coleta, la puso en pie y la penetró por completo, casi levantándola del suelo. Sintió como si la hubieran partido en dos.

En ese momento, Anna lloró, quizás por el dolor. Con su miembro totalmente adentro, Tomás comenzó a darle nalgadas, sosteniéndola del cabello con una mano y golpeando con la otra; plis... plas... Cuando notó que su miembro ya estaba cómodamente alojado en el ano de Anna, y que ella comenzaba a transitar del dolor al placer, comenzó a tener relaciones sexuales con ella. Con movimientos suaves y circulares, ayudó a que su miembro se acomodara más en su recto, y Anna comenzó a experimentar un placer diferente, mientras Tomás le indicaba que se acariciara los testículos por entrepierna, introduciéndolos en su vagina y frotando también su clítoris. Anna obedeció, llegando incluso a introducir un testículo en su interior antes de llegar al orgasmo una vez más.

Carmen había llegado a la casa hacía unos veinte minutos, miró alrededor y no vio a nadie en el jardín. Se dirigió al gimnasio y antes de llegar, escuchó los sonidos provenientes de la intimidad entre Tomás y Anna. Se acercó sigilosamente a la puerta y observó cómo Tomás bajaba a Anna del potro y le aplicaba aceite en el ano. Intentó esconderse, pero fue descubierta por Tomás, quien la miró fijamente, sonrió y continuó ignorándola durante el acto sexual. Permaneció observando hasta que Tomás retiró su miembro del ano de Anna, pudiendo ver la cantidad de fluidos que escurrían por las piernas de la mujer.

La excitación de Carmen aumentó al presenciar la escena entre Tomás y aquella mujer desconocida de la que sentía celos. Se retiró a su habitación con la imagen de la polla de Tomás en su mente, reviviendo momentos que había experimentado con él el día anterior. Con estos pensamientos, se recostó en la cama y sus dedos supieron exactamente a dónde ir y qué hacer.

Cuando Tomás retiró su miembro del interior de Anna y la soltó del cabello, ella se desplomó exhausta, abierta, incapaz de incorporarse por sí sola del suelo.

Tomás levantó a Anna en brazos con ternura, sosteniéndola como a un bebé. Ella se aferró delicadamente a su cuello y juntos se fundieron en un apasionado beso mientras la llevaba hacia la ducha. Una vez bajo el agua, Tomás enjabonó a Anna y luego se enjabonó él mismo. Luego, tomó a Anna por su cabello y la hizo arrodillar, ella supo de inmediato qué debía hacer. Comenzó a acariciar su miembro viril gigantesco mientras intentaba introducirlo en su boca, logrando llegar casi a la mitad, lamiendo, chupando y acariciando sus testículos.

Tomás se giró y acercó el rostro de Anna a su trasero.

Ella comprendió y lo lamió, besando y acariciando con su lengua, adorando cada centímetro con devoción de sumisa, complaciendo a su macho. Tomás se volteó, colocó su miembro delante de la boca de Anna y la sostuvo por la barbilla, manteniendo su boca abierta hasta el momento en que se liberó dentro de ella, para luego cerrársela. Anna entendió claramente que debía tragar, y así lo hizo. Desde su posición elevada, Tomás, de pie, observaba cómo ella se relamía sumisamente con su leche en los labios.

Luego, Tomás recogió a Anna del suelo, la cargó de nuevo en brazos y la llevó debajo de la pérgola, acostándola en una tumbona balinesa. Le acarició las mejillas con ternura, le dio un beso en los labios y le indicó que descansara por un tiempo antes de continuar con la limpieza del gimnasio. La dejó a solas y se retiró. Anna se sentía como si estuviera en el paraíso, con la sensación de que un ángel la abandonaba. Se quedó dormida.

Cuando Anna despertó y volvió a la realidad, se dio cuenta de que había tenido una experiencia sexual extraordinaria. Con sus cavidades abiertas y doloridas pero llenas de placer, primero buscó su sujetador y sus bragas, los vio flotando en la piscina. Usó un utensilio de limpieza de la piscina para recuperarlos, los vistió aún húmedos, encontró su bata de trabajo en un sillón y se la puso. La situación la dejó flotando en una nube, sonriente, relajada y feliz. Habría deseado que aquel adonis con quien había estado apareciera, pero no lo vio más. Terminó de limpiar el gimnasio, canturreando y mojada, y una vez completada la tarea, se marchó, despidiéndose con un grito en la casa, sin obtener respuesta.

Tomás se había despertado y descansado en su cama hasta que el hambre lo llamó. Pidió una pizza y unas alitas de pollo al servicio de catering. Bajó a la bodega y seleccionó un vino rosado fresco y espumoso de la región del Ampurdán, lo enfrió en una cubeta con hielo y sal en la cocina. Puso música ambiente de blues suave y abrió una lata de berberechos aliñados. Sirvió una copa de vino para él y en ese momento apareció Carmen.

–Hola Tomás.

–Hola Carmen.

–Vaya Tomás, qué bien cuidas de ti mismo.

–¿Te gustaría una copa de vino? ¿O quizás unos berberechos?

Sin esperar respuesta, le acercó una copa y se la llenó. Pinchó un berberecho en un palillo y lo llevó directamente a la boca de Carmen.

–Tomás, puedes estar tranquilo, no diré nada a tu madre sobre lo que vi hoy.

–Jajaja, no me hagas reír Carmen. ¿Y lo de ayer sí se lo dirás? ¿Quieres que se lo cuente yo? Carmen, en realidad, me da igual lo que quieras contarle, no tengo secretos con mis padres, pero tampoco voy divulgando cosas que para nosotros son irrelevantes.

–Tomás, por favor, no te lo tomes a mal, estoy muy sensible y desesperada. No sé qué hacer. Veremos qué me dice tu madre mañana, pero estoy algo molesta.

–¿Qué ha pasado? Espera un momento. Mi cena.

En ese instante sonó el timbre de la puerta. Tomás tomó el dinero preparado y salió a recoger la pizza y las alitas. Al regresar, Carmen admiraba a ese joven atractivo y atlético.

con una prominente virilidad y que mantiene relaciones sexuales excepcionales, lleno de habilidades para todo, su confianza y serenidad, sin variaciones, su forma razonada y segura de expresarse, le parecía inimaginable que con su edad actuara con tanta madurez. El joven cautivaba.

–¿Te apetece un trozo de pizza, unas alitas?

–No gracias Tomás, he quedado ahora con Rosi y Pili para contarnos cosas y comer algo en el club de tenis.

–Lo que estaba mencionando Tomás; he llegado a casa y mi esposo no me ha permitido entrar, me entregó un sobre. Me dijo que no era necesario que solicitara el divorcio, ya que él ya lo había iniciado y se haría cargo de los gastos que este conllevara y su abogado me informará. Me indicó; que debía saber que no tengo nada excepto una cuenta a nombre de ambos y que en ella hay solo seis mil euros, de los cuales tres mil son míos. Que nuestro pacto matrimonial es de separación de bienes. También me dijo que en el sobre está detallado todo y toda la documentación que necesito, además de la dirección y una llave de un trastero donde se trasladarán el lunes toda mi ropa y mis objetos personales para que los recoja, que el alquiler del trastero está pagado por un mes. Que también hay fotografías mías con mis amantes desde hace un año hasta la fecha y que serán presentadas como evidencia para el divorcio. Que entregara el sobre a tu madre, que ella sabría qué hacer. Me deseó felicidad, me dijo adiós y cerró la puerta.

Mientras devoraba la pizza y las alitas, Tomás había estado escuchando atentamente lo que Carmen estaba explicando, aunque no lo demostrara por la indiferencia que mostraba. No decía nada, para desesperación de Carmen, él permanecía impasible. Tomó la botella de vino, llenó la copa de Carmen y luego sirvió la suya.

–¿No tienes nada que decir, Tomás?

–¿Qué puedo decirte, Carmen?

–Algo, tu opinión ¿No ves cómo me siento?

–¿Realmente quieres saber lo que pienso?

–Sí, ayudaría, supongo, vamos.

–Que te has quedado sin un céntimo y en la calle.

–Qué manera tan sarcástica de compadecerte tienes. No te burles de mí. Esto no puede ser, tengo muchas ganas de que llegue tu madre para aclarar este lío que me ha soltado Raúl y entregarle el sobre.

–Hoy no creo que la veas, y si la vieras, te aseguro que como mínimo no revisará nada hasta mañana. Veo que conoces poco a mi madre, mis padres cuando salen de fiesta, lo hacen a lo grande.

–¿Entiendes algo de todos estos documentos?

–No lo sé, no los he visto.

–Si te los dejo, ¿podrías decirme exactamente qué dicen?

–Podría, seguramente, pero fíjate, Carmen, seré sincero contigo, no tengo ningún interés en tu divorcio.

–¡Vaya con el muchacho! Qué manera de animarme y colaborar.

–Deja el sobre sobre la mesa, cuando regreses de tu cita a las doce, ni un minuto más, ni un minuto menos, porque de lo contrario, no me encontrarás, vienes a recoger tu tanga a mi habitación y te informaré sobre el contenido de los documentos y demás.

–¿Sabes qué te digo? Eres desconsiderado y el tanga te lo puedes quedar de recuerdo.

Furiosa, Carmen se retiró a su habitación. Al poco tiempo, salió vestida de manera elegante y sofisticada, como siempre, maquillada y arreglada. Llevaba el sobre en la mano. Se dirigió a Tomás a la distancia solo para decirle secamente:–Aquí te dejo el sobre. Adiós. Y se fue.

Una vez que Tomás terminó de cenar, enrolló un porro de marihuana, conectó la música en el jardín, tomó la cubitera con la botella, el vaso y el sobre que dejó Carmen y se tumbó en el camastro balinés bajo la pérgola.

Tomás observaba las copias de las fotos de Carmen con sus amantes. Realizadas por un detective contratado por Raúl, estaban organizadas por fecha, hora, con nombre y dirección del amante y una breve anotación en cada foto contando detalles de las mismas. Tomás se rió. Había un año completo de infidelidades. Se rió aún más imaginando la expresión que pondría su madre cuando viera las fotos de Carmen en las que

Sorprendida con algunos conocidos y amigos en común, la mayoría casados y del círculo social de ellos. También revisó todos los documentos que estaban dentro del sobre; los acuerdos y papeles firmados entre ambos, el convenio matrimonial, etc., y con la mente tranquila y satisfecha empezó a urdir un plan. Podría tener a Carmen bajo su completo dominio.

Carmen volvió a casa un poco ebria, eran solo las once de la noche, pero decidió dirigirse a la habitación de Tomás. Llamó a la puerta, pero Tomás no respondió, insistió con otro llamado y unas palabras, pero Tomás no abrió. Enfadada y maldiciendo en su embriaguez, se encaminó hacia la cocina. Abrió el mueble bar, se sirvió un licor 43 con hielo y comenzó a enviar mensajes desde su móvil a sus amantes, sin percatarse de que de esta forma se le estaban cerrando puertas que quizás habrían sido de apoyo.

A medianoche, Carmen llegó a la habitación de Tomás. Estaba ebria. Tomás abrió la puerta, al ver el estado embriagado de Carmen, le impidió entrar.

–Carmen, estás demasiado ebria para entrar a mi habitación -le dijo Tomás.

–Por favor, Tomás, dime algo sobre los papeles del sobre, me angustiaré si no sé lo que dicen y cómo me afectan -suplicó Carmen.

–Dudo que en tu estado puedas comprenderlo -replicó Tomás.

Carmen, entre lágrimas, se acurrucó en los brazos de Tomás. Él la abrazó y Carmen, compungida, dejó que sus lágrimas fluyeran libremente. Viendo el estado de Carmen, Tomás la condujo hacia el jardín. Allí, empezó a desvestirla: le quitó el vestido, el sujetador, las medias, el tanga y los zapatos. Carmen, sollozando, se dejaba desvestir sin oponer resistencia. Tomás también se desnudó. Abrazándola, la llevó hasta la ducha, ubicada frente a la piscina, y se colocaron bajo su chorro. El agua fría de la medianoche ayudó a estabilizar a Carmen. Tomás introdujo dos dedos en la boca de Carmen hasta tocar su campanilla, provocando que esta vomitara. En sus arcadas, solo salieron líquidos pestilentes, indicando que Carmen no había comido nada, solo bebido en abundancia. Poco a poco, Carmen fue recobrando fuerzas y Tomás la sentó en un sillón bajo la pérgola.

Tomó un albornoz y la cubrió con él. Carmen, más calmada, comenzó a relatar a Tomás los motivos que la habían llevado a tal estado. Le reveló que sus amigas le habían contado las habladurías que circulaban en su entorno sobre su divorcio. Le informaron que se rumoreaba que su esposo contaba con pruebas de sus infidelidades y que en el proceso de divorcio la dejaría sin un solo centavo. Había un ambiente tenso entre muchas amistades suyas, ya que tanto quienes habían mantenido relaciones con ella como quienes no, temían quedar salpicados por su asunto. Lo comprobó al ver que ninguno de sus amantes respondía a sus llamadas ni mensajes, incluso la bloquearon. Muchas de sus amigas, temiendo ser víctimas de sus líos amorosos, apenas la saludaban y evitaban entablar conversaciones. En el club de tenis, los saludos eran breves y la gente la evitaba, ella, que solía ser el centro de atención. Nadie deseaba conversar con ella.

Tomás se sentía en su salsa, le encantaba esa situación, aunque mostró compasión hacia Carmen. La levantó del sillón, acomodó el albornoz, primero introdujo un brazo y luego el otro en las mangas. El roce inevitable de su miembro con el cuerpo de Carmen y sus perfectos pechos con los pezones erectos por el frescor de la noche, provocó que a Tomás se le pusiera la erección como un mástil. A pesar de su estado, esto no pasó desapercibido para Carmen, que entre sollozos se aferró a Tomás, dejando caer sus lágrimas de desesperación en su hombro. En aquel abrazo, la altura de Tomás colocó su miembro entre el escote de Carmen. Tomás la sentó en un banco cerca de la mesa de la pérgola. Le dio un beso en la frente y otro en la boca, repitiéndolos varias

En ocasiones, eran besos que parecían ser de amor, cariñosos y tan necesarios para ella, una demostración de afecto de alguien, después del rechazo que su presencia generó entre sus amistades, eso la reconfortó, requería este gesto de cariño. Carmen ya se encontraba recuperándose.

–¿Qué dicen los documentos Tomás? ¿Lograste comprender algo? Dime que no es cierto que mi esposo pueda dejarme sin dinero.

–Carmen, voy a prepararte un café y revisaré en la nevera si hay algo para que puedas alimentarte. No has ingerido nada ¿cierto?

–No, no he comido, pero tampoco tengo apetito.

–Debes alimentarte, y no por hambre. Tu organismo es el que necesita comida y te lo agradecerá.

Tomás se encaminó hacia la cocina y regresó con una taza de café y una bandeja con tostadas, mantequilla, paté, dulce de membrillo y varios tipos de queso. Carmen observaba cómo se acercaba con la bandeja, no podía dejar de mirar aquella entrepierna del joven balanceándose con toda su magnitud entre las piernas. Le llegaba hasta la mitad del muslo y no estaba erecta ¡dios mío, qué miembro viril! pensó. Tomás colocó la bandeja en la mesa, untó una tostada con mantequilla y se la acercó a la boca de Carmen. Ella la consumió, y así prosiguió hasta que se comió varias tostadas. El café caliente le sentó de maravilla y corroboró que el joven tenía razón y era eso lo que su organismo necesitaba.

Cada vez que Carmen conocía a Tomás, quedaba cada vez más sorprendida, por su actitud imperturbable, calmada, su seguridad al expresarse y saber en cada instante qué hacer y decir. El carácter de Tomás la estaba cautivando. Carmen se sentía cada vez más a gusto en su presencia.

–Carmen, he examinado todos los papeles y documentos que hay en el sobre, he observado las fotografías que te incriminan definitivamente como adúltera. Tu acuerdo matrimonial es bajo el régimen de separación de bienes, esto significa que lo de él es suyo y lo tuyo es tuyo, lo cual indica que todo lo que ha ganado económicamente él, le pertenece y todo lo que has ganado tú, es para ti. Ha restringido el acceso a sus cuentas bancarias, solo puedes disponer de una que está a nombre de ambos. En esta cuenta hay seis mil euros, por lo tanto te corresponden tres mil. Solicita también una orden de alejamiento de su persona y de su vivienda, alega que eres peligrosa y teme que puedas causar daño o molestias con tu comportamiento histérico a sus padres, ya muy ancianos. Para respaldar esta orden presenta una serie de facturas de un psiquiatra llamado Luís Liñán al que visitas cada quince días por problemas de histeria.

–Esto es falso, pacté con Luís el psiquiatra que me diagnosticara esto para poder mantener relaciones íntimas con él cada quince días.

–Parece que estos encuentros íntimos te han resultado costosos, Carmen, además, este señor debe de ser muy talentoso en la cama, ya que cada encuentro sexual te ha salido bastante caro; hubiera sido más conveniente contratar a un profesional del sexo, pues cada sesión te ha costado quinientos euros. Es decir, has pagado quinientos euros por cada acto sexual con este psiquiatra.

–¡Maldito desgraciado! Lo he llamado dos veces y no me contesta, me tiene bloqueada.

–Es comprensible, es un hombre casado, probablemente teme que orgaizares un escándalo, aunque él no aparezca en las fotografías, es prudente, debieron mantener su relación solo en su consultorio, nunca debieron salir juntos a la calle.

–Solamente teníamos relaciones en su consultorio.

–Carmen, ahora te aconsejo que te calmes y no cometas más equivocaciones, no contactes a nadie, ya has metido la pata al comunicarte con tus amantes. Eso los ha puesto alerta. Considera que ahora para tu círculo social eres una mujer infiel que engaña a sus esposos con individuos del mismo círculo, y todos temen ser dañados por este caso. Te van a rechazar.

–Qué panorama me describes Tomás, parece que te regodeas con mis desgracias. Carmen volvió a sollozar.

–Es la realidad, y debes aceptarla, me pediste que leyera y te explicara todo esto, y así lo he hecho. Verás que mi madre te dirá lo mismo.

De hecho, no retornarán hasta la siguiente noche. Finalizan pasando el fin de semana con sus compañeros.

–¿Qué debo hacer ahora? - preguntó.

–Podrías empezar a practicarme sexo oral, pero en este momento no me apetece - respondió él.

–Eres un desgraciado - exclamó ella.

–Y tú muy promiscua - contestó él.

Carmen, en un arrebato de enojo, se retiró a su habitación llorando. Se acostó en la cama y se quedó dormida. Más tarde, después de fumarse un porro de marihuana, Tomás notó la ropa de Carmen esparcida en el césped del jardín. Recogió únicamente su tanga y se dirigió a su habitación llevando consigo solo esa prenda. Pasó luego por el cuarto de Carmen para apagar una luz que ella había dejado encendida. La encontró dormida con el albornoz puesto, se acercó sigilosamente, le abrió ligeramente el albornoz, dejando al descubierto sus senos. Impresionado por el tamaño y perfección de los mismos, se excitó y empezó a masturbarse. Al alcanzar el clímax lo hizo sobre sus senos, limpió su miembro con el albornoz y se retiró a dormir.

A la mañana siguiente, Tomás siguió con su rutina habitual al levantarse. Descendió a la cocina, preparó su café, unas tostadas, las degustó tranquilamente y luego de desayunar se fue al gimnasio a ejercitarse como acostumbraba. Tras terminar, se duchó, tomó el libro que estaba leyendo, puso música, se armó un porro de marihuana y se tumbó en la hamaca bajo la sombra de la morera para leer.

El sol comenzaba a calar y el calor se hizo sentir. Tomás se refrescaba ocasionalmente con un chapuzón y regresaba a la hamaca. Carmen se despertó, escuchó la música proveniente del jardín a través de la ventana. Al incorporarse, notó los restos de la eyaculación de Tomás en sus senos. Se preguntó si aquel desgraciado la había poseído mientras dormía. Acarició su entrepierna y no percibió nada allí, y menos aún habría pasado desapercibida aquella penetración, incluso si estuviera dormida y ebria. Se duchó y, con la mente dispersa, repasó los acontecimientos del día anterior, lo que la llevó a llorar nuevamente.

Asomada a la ventana, observó a un desnudo Tomás recostado en la hamaca leyendo. Intrigada, se preguntó qué estaría leyendo él, ya que ella nunca había leído un libro. Revisó su armario en busca de ropa y se decantó por unos delicados shorts de seda rosa que a veces usaba para dormir, y una camiseta blanca de tirantes, para luego sentarse en la cama a esperar por una solución. Sin lágrimas ya en sus ojos, Carmen no lograba encontrar una salida a su futuro. No contaba con familia a quien acudir, solo un hermano mayor que había perdido el contacto hace años en América. Sus amistades y amantes la habían rechazado, siendo vista en sus círculos como una vulgar mujer a evitar.

Lamentaba ahora haber confrontado a su esposo cuando descubrió su infidelidad. Se reprochaba por no haber planeado con más perspicacia, especialmente desde el punto de vista económico, su divorcio; se dejó llevar por la ira y los celos hacia su rival, y ahora pagaba las consecuencias. ¿Qué haría ella con apenas tres mil euros? Esa cantidad no le alcanzaría ni dos meses. Una vez más, las lágrimas afloraron en sus ojos. Al mirar de nuevo por la ventana, notó que Tomás ya no estaba en el jardín.

Ya era mediodía y el estómago de Carmen le recordaba que tenía hambre. Descendió a la cocina y allí vio a Tomás en cueros hablando por teléfono. Por el tono de la conversación y las pocas palabras que alcanzó a escuchar, intuyó que hablaba con su madre.

–¿Estás hablando con tu madre, Tomás? Por favor, déjame hablar con ella, lo necesito - solicitó.

Tomás informó a su madre que Carmen estaba presente y deseaba hablar con ella, obteniendo el permiso de la madre para pasarle el teléfono.

Tomás entregó el auricular a Carmen.

–Por favor, Ángela, necesito tu ayuda, lo que me ha pasado es terrible.

–Tranquilízate, Carmen, escúchame atentamente. Tu ex marido, Raúl, me llamó esta mañana para ponerme al tanto de la situación. También Tomás me informó sobre todos los documentos del sobre, las fotos y demás. Lamento profundamente en lo que te encuentras. Al parecer, Raúl ha asegurado bien el proceso de divorcio con la ayuda de sus abogados, y parece que tenemos pocas opciones. Raúl ya ha decidido no querer tener más relación contigo, y esto es algo que debes empezar a aceptar. Lamento decirte que si llevamos este caso a juicio, tu situación empeorará aún más. Se revelarán detalles de tu vida extramatrimonial y la sociedad te rechazará aún más. Además, si perdemos el caso, es seguro que no podrás cubrir los costes judiciales a pesar del dinero que Raúl te ha dejado.

–¿Qué debo hacer, Ángela?

–Por ahora, mantén la calma. Hoy tampoco vendremos a casa, nos hemos quedado los cuatro en un hotel y mañana haremos un paseo en yate hacia una isla desierta para pasar el día. Si necesitas algo, pídeselo a Tomás, él sabrá cómo ayudarte; aunque seas más joven, es una persona muy capaz. Síguele el consejo, saldrás beneficiada. Debo dejarte ahora. Nos vemos el martes.

–Ángela, me siento desesperada.

–Adiós, Carmen. Nos vemos.

Ángela finalizó la llamada, Carmen soltó el auricular y se echó a llorar. Tomás la rodeó con sus brazos y la abrazó. Aunque sintió la erección de Tomás contra su abdomen, lo ignoró, necesitaba el consuelo de alguien que tuviera compasión por ella. Apoyó su cabeza en el pecho de Tomás y lo abrazó también.

–Carmen, ve a arreglarte, vístete bonita, y baja, iremos a comer fuera hoy, invito yo.

–¿A comer fuera? ¿Dónde iremos?

–Arréglate, no quiero verte llorar más, ¡vamos, date prisa, que tengo hambre y nos divertiremos!

Carmen siguió las indicaciones de Tomás. En poco tiempo, ambos estaban listos para salir y con hambre.

–Toma las llaves del coche, las necesitaremos.

Carmen lucía hermosa. Tomás le ofreció el brazo para que se apoyara en él, como si fueran pareja, y salieron al estacionamiento. Tomás pidió las llaves del coche a Carmen y esta se las entregó. Había reservado una mesa en el restaurante de un pueblo cercano con vistas al lago. Eligieron una mesa discreta en la terraza con buenas vistas. Cuando llegaron, el camarero reconoció a Tomás, ya que había ido muchas veces con sus padres al restaurante, y lo saludó cordialmente; esto hizo sentir bien a Carmen. Les asignaron una mesa y les dieron los menús. Tomás consultó a Carmen sobre sus preferencias en la comida y le recomendó algunos platos del menú. Ante la indecisión de Carmen, Tomás tomó la iniciativa y sugirió compartir mariscos y pescado, acompañados de una botella de cava bien fría, a lo que Carmen asintió entusiasmada y Tomás realizó el pedido.

Durante la comida, intercambiaron pocas palabras.

–Tomás, ¿no tienes pareja?

–No.

–Es curioso, deberías tener una, eres atractivo, seguro que encuentras a alguien pronto.

–No estoy interesado en tener pareja, eso comprometería mi libertad.

–Eres peculiar, ¿sabes?

–Me gusta tener relaciones con mujeres como tú, si tuviera pareja no podría hacerlo.

–Por favor, sé respetuoso. La otra noche estuvimos juntos porque me encontraba mal por todo lo que está ocurriendo.

–¿Te agradó?

–Para ser sincera, sí, me gustó, aunque me hace sentir mal, eres más joven y parece como si traicionara a Ángela.

–¿Te sentiste mal también cuando estabas con el marido de tu amiga Pili?

–Tomás, por favor, no hables así.

–¿Cómo debo hablar entonces?

–Tomás, por favor, háblame con respeto.

–¡Dios mío, Tomás, qué manera de hablar!

sin recriminaciones, reconozco que he cometido errores de los cuales me arrepiento, pero por favor, no me trates de manera despectiva, me hace sentir incómoda.

–¿Te apetece un café? ¿O quizás un licor?

–Sí, sería una buena idea.

–¿Has disfrutado de la comida?

–Tomás, muchas gracias por invitarme a comer contigo. Realmente me has ayudado a relajarme y a dejar de obsesionarme con mis problemas.

–Carmen, una de las razones por las que te traje aquí es para proponerte algo.

–Ya sospechaba que querías intimar conmigo.

–Se trata de una propuesta de negocios, por favor, escúchame sin interrumpir y luego podrás emitir tu opinión. Es por tu propio bien y para que tengas oportunidades en el futuro.

–¿Una propuesta de negocios? ¿A qué te refieres, a ventas?

–Algo parecido. Pero antes, ¿estás dispuesta a escucharme sin interrumpir?

–Sí, adelante, escucharé atentamente mi porvenir jajaja

–Dada tu situación actual, sin un céntimo y en una situación complicada, es poco probable que encuentres trabajo en alguna empresa, perdona la franqueza, pero no pareces tener las habilidades necesarias. No te veo trabajando en una fábrica ni en un supermercado, y no puedes quedarte indefinidamente en mi casa. Necesitas comer, vestirte y tener un lugar donde vivir, tampoco te veo viviendo en la calle.

–Podrías optar por trabajar en un club como acompañante, tienes buen aspecto y seguramente tendrías clientes, pero debes tener cuidado con las redes de prostitución, que suelen aprovecharse de las trabajadoras. Si decides trabajar por tu cuenta, deberás encontrar un lugar seguro para atender a los clientes. Si los llevas a hoteles, además de reducir tus ingresos, corres el riesgo de que te engañen o incluso te roben.

–Dado que tu salida parece ser trabajar como acompañante, debes tener en cuenta que a tus cincuenta años, quizás te queden pocos años para ejercer esta profesión, ya que a los sesenta es probable que encuentres menos demanda. Es una realidad que debes considerar antes de decidir.

–Tengo una idea de negocio que considero viable, si estás interesada puedo compartirla contigo.

–Me has dejado sorprendida, Tomás. No sé cómo reaccionar ante tus palabras. Estoy confundida entre enojarme contigo, golpearte o darte la razón. Me has desconcertado, Tomás.

–Piensa en lo que te he dicho, Carmen. No necesito una respuesta inmediata, tómate tu tiempo para meditarlo. Ya has experimentado las consecuencias de actuar sin pensar. Cuando estés lista para expresar tu opinión, házmelo saber y veremos cómo proceder. Si decides no decir nada, lo respetaré, después de todo, yo no soy quien realmente necesita esta oportunidad, tú sí.

–Tomás, tu forma de expresarte es única. Incluso tu madre me advirtió que te escuchara, pero realmente me sorprendes. No sé qué decirte, tu seguridad al hablar me impresiona, de verdad que me impones respeto.

–Deja este asunto de lado por ahora, reflexiona al respecto y si decides aceptar la propuesta, házmelo saber. Tienes hasta el martes para pensarlo. Si el miércoles no has dado una respuesta, consideraré que no estás interesada y olvidaré el tema.

–¿No puedes explicarme de qué se trata ahora mismo?

–No, lo siento.

–¿Por qué no?

–Porque ahora iremos a dar un paseo por el lago. Es beneficioso para la digestión.

–Vaya, siempre con sorpresas, ¿verdad?

Tomás pagó la cuenta del restaurante, agradeció al camarero con una generosa propina, tomó del brazo a Carmen y juntos se dirigieron hacia el lago para dar un paseo. Bajo la sombra de los álamos a la orilla, caminaron de la mano de forma romántica. Carmen disfrutaba del paseo, observando a Tomás; se cuestionaba cómo era posible que incluso en algo tan sencillo como un paseo, él tuviera razón. La comida perfecta, el paseo reconfortante, rodeó la cintura de Tomás con su brazo y él correspondió abrazándola por los hombros, creando un momento de complicidad.Una pareja de amantes caminaba en silencio, solo el canto de los pájaros rompía la quietud de su paseo. ¡Qué romántico! Carmen se sentía en las nubes, esa tranquilidad era justo lo que necesitaba. Tomás la llevó a un rincón lleno de vegetación junto al lago, la respaldó en un árbol y la besó. Ella correspondió al beso, sintiéndolo como un verdadero deleite. Tomás comenzó a acariciar su trasero mientras se besaban y luego pasó a acariciar sus senos. Tomó la mano de Carmen y la llevó a su miembro viril. Carmen comenzó a acariciar la protuberancia.

– ¡Qué miembro tan impresionante tienes! – dijo Carmen.

– Sácalo, aquí no nos ve nadie – respondió Tomás.

Carmen extrajo el miembro de Tomás y, sin dejar de besarse, descubrió que estaba enorme, erguido y creciendo en la mano de Carmen. Ella lo palpaba, lo acariciaba, no podía rodearlo completamente, sus dedos formaban una "C" con su mano. Comenzó a frotarlo contra su zona íntima, lo colocó debajo de su falda y apartó un poco la ropa interior para que entrara en contacto con sus labios vaginales. Carmen ya estaba muy excitada, se agachó y humedeció ese gran glande con su boca, luego lo llevó a su zona íntima, estimuló su clítoris y lo posicionó en la entrada de su vagina. Con movimientos de cadera, ella misma se introdujo el miembro.

De pie, en un escenario que parecía estar destinado al romanticismo, su vagina fue acogiendo el miembro. Tomás liberó los senos de Carmen y los manipuló con besos, chupones y mordiscos, mientras ella mantenía las manos aferradas al miembro, hundiéndoselo en su interior. Así estuvieron un rato hasta que Carmen alcanzó un orgasmo. En ese momento, Tomás tomó la iniciativa y comenzó a tomar el control, la penetraba contra el árbol en el que se apoyaba, puso las piernas de Carmen alrededor de su cintura y abandonó el romanticismo para embestirla hasta que sus testículos chocaron contra su zona trasera. El ritmo era frenético y llevó a un segundo orgasmo a Carmen, finalmente él culminó llenando su vagina con su semen. Se besaron apasionadamente.

– Tomás, eres increíble, te has corrido y tu miembro sigue erguido – bromeó Carmen.

Tomás guardó su miembro, Carmen arregló su ropa, acomodó sus senos en el sostén y salieron de ese rincón. Mientras regresaban al coche caminando, se rieron juntos al darse cuenta de que en cada paso que daba, Carmen sentía como salían restos de semen de Tomás de su vagina.

Continuará.

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