Conocí a Roxana hace cinco años, la vi por primera vez en ese momento, aunque apenas pude intercambiar algunas palabras con ella.
Fue durante un viaje en barco con mi ex esposa. Esos viajes sin sentido que las parejas con décadas de matrimonio realizan para tratar de revivir algo que lleva mucho tiempo extinto.
Después de la cena, nos encontrábamos tomando una copa en el bar, y aunque había un piano de cola, no le prestaba mucha atención, ya que la música no es lo mío.
De repente, comencé a escuchar una canción en inglés, pero seguía desconectado de la música.
–¿Has visto lo atractiva que es la cantante? –comentó mi esposa.
–¿En serio? –respondí, girándome para evitar una discusión, ya que ella no paraba hasta que miraba lo que me señalaba.
Así fue como la vi. Interpretando la canción con los ojos cerrados y sosteniendo el micrófono, de pie frente al piano.
Era una mujer alta, de aproximadamente 1,70 metros, con cabello oscuro y largo que llegaba hasta la cintura, y una tez morena.
Cuando abrió los ojos, quedé asombrado. Tenía unos ojos espectaculares, grandes y oscuros, con largas pestañas que le daban un aire de princesa árabe. Sus cejas eran densas y delicadas, lo que realzaba su rostro.
Su rostro tenía una forma ovalada perfecta, quizás con un mentón ligeramente retraído, una boca marcada con labios carnosos, nariz recta y fina.
Sin embargo, lo más impresionante eran sus ojos, que la mayoría del tiempo mantenía cerrados, pero al abrirlos, especialmente al emitir notas agudas, transmitía una sensación de inmensidad inmediata. Cada vez que los abría, sentía un cosquilleo en el estómago.
Y su boca, que al cantar dejaba entrever sus dientes blancos y fuertes, con una lengua rosada y pequeña.
Su cuerpo era simplemente increíble, llevaba un vestido negro sin adornos, el típico atuendo de trabajo de una cantante. Se podía intuir unos pechos exuberantes, una cintura estrecha, unas caderas poderosas. El vestido, largo, presentaba una abertura que de vez en cuando dejaba ver una pierna larga y esbelta. Me llamó la atención las pulseras finas en su brazo bronceado y otra en el tobillo, un poco más gruesa y que parecía ser de oro. También lucía zapatos de tacón, negros.
–¿No te parece hermosa? –preguntó mi esposa.
No podía apartar la mirada de ella, girarme finalmente para enfrentar a mi esposa fue angustiante.
–Sí, es realmente preciosa –contesté.
–Siéntate a mi lado para que la veas mejor –sugirió ella.
Agradecí internamente ese gesto de Isabel, aunque unos meses más tarde, en medio del divorcio, la situación cambiaría.
No hace falta decir que durante los diez días del crucero estuve obsesionado con esa intérprete. Descubrí que se llamaba Roxana Abraham, era argentina, y el pianista, un chico rubio y delgado con un aspecto melancólico, era su pareja.
Al día siguiente, estábamos en la piscina cuando mi esposa me alertó nuevamente.
–Mira, allí viene la cantante –señaló.
Me giré y quedé completamente deslumbrado.
Llevaba un bikini blanco estilo brasileño, es decir, la parte de abajo era un pequeño tanga que realzaba su increíble trasero. Confirmé lo que me pareció la noche anterior, sus pechos eran grandes, voluminosos, lamenté que en el barco no se permitiera el topless.
Sus piernas eran bronceadas y musculosas, y en el tobillo llevaba la pulsera de oro que tanto me llamó la atención.
Lamentablemente, llevaba gafas de sol que ocultaban sus ojos oscuros.
–Esta chica es bellísima –comentó mi esposa.
–Sí, es cierto –respondí como si apenas la hubiera visto.
lo habría percibido
–Pensé que la tripulación no tenía acceso a la piscina –expresó Isabel
–Debe recibir un trato especial –mencioné yo
Cada vez que se levantaba de la tumbona, mi corazón empezaba a latir más fuerte, su abdomen liso, delicado, sus hombros bronceados, su mentón diminuto, sus mejillas.
Su trasero era algo extraordinario, suave, impecable, dos redondeces carnosas separadas por una delgada tela blanca.
Solo una vez hablé con ella, yo estaba en la barra, ella había terminado de cantar, se acercó con cierta molestia, mis ojos se perdían en su escote, el vestido esta vez era rojo
–Tienes una hermosa voz –le dije
–Gracias–respondió ella con una sonrisa forzada que desapareció de su rostro en cuanto se marchó
Debo admitirlo, en ese momento tenía cuarenta años, era padre de dos hijos adolescentes, estudiante universitario, ejecutivo de una gran compañía, una persona común con gustos habituales pero esos diez días en el crucero, me masturbaba al menos dos veces al día pensando en esa chica, incluso fantaseaba con su imagen los pocos días que tenía relaciones sexuales con mi esposa. Por supuesto, pensaba en Roxana mientras tenía relaciones con Isabel, estaba obsesionado con esta chica.
Me parecía tan exótica como una princesa de Oriente, tan sensual, exuberante y delicada al mismo tiempo, e incluso busqué videos de ella cantando en YouTube.
Había algunos videos de sus actuaciones en cruceros y eran bastante antiguos, de hace seis o siete años. Supuse que llevaba mucho tiempo dedicándose a lo mismo.
Su Instagram fue una decepción, muy pocas fotos que valieran la pena, parecía poco activa en las redes sociales.
Me divorcié, otras preocupaciones ocuparon mi mente, llegó la pandemia, la cuarentena, de vez en cuando pensaba en ella y miraba su Instagram, pero casi no había novedades.
Hace unos diez días, vinieron unos directivos de la filial de Barcelona, fuimos a tomar algo a un bar de un gran hotel, estaba en la última planta de una torre en la Castellana, con unas vistas impresionantes de la ciudad.
Había un piano, escuché su voz, cantando en inglés y mi mente se desconectó por completo.
Era ella, seguía siendo igual de deslumbrante que hace cinco años, con su larga cabellera, uno de esos vestidos de noche que realzaban su increíble figura.
Era un viernes por la noche. Éramos cuatro o cinco hombres de la misma edad, en su mayoría cincuentones, entre ellos estaba Jordi, un individuo pícaro y bastante bromista, que solía hacerme reír con sus ocurrencias.
El ambiente era selecto, relajado se podría decir, la música de piano y voz creaba una atmósfera perfecta.
Noté que el pianista era otro, un joven moreno con aire distraído.
Pronto el comentario giró en torno a lo atractiva que era la cantante
–Qué bien está –mencionó Jordi, que se encontraba a mi lado
–La he visto antes, cantó en un crucero en el que estuve con mi esposa
–Oye ¿por qué no la invitas a nuestra mesa?
–En realidad, apenas he cruzado unas palabras con ella
–Vaya lengua, yo me la llevaría a la cama fijo –afirmó Jordi
Tenía 56 años, con una gran barriga y si no calvo, contaba con unos pocos cabellos canosos y engominados a ambos lados de la cabeza, su piel grasosa, su rostro marcado con verrugas, grandes ojeras bajo los ojos.
Estaba fuera de lugar pensar en intentar ligar con ella.
–Su nombre es Roxana –dije como en trance
–Qué nombre más provocador –comentó Jordi
Me enteré a través de un camarero de que ella actuaba allí de jueves a domingo.
La noche pasó y yo no podía apartar la mirada de ella.
Cuando hacían una pausa y ella se acercaba a la barra para charlar con el barman, pensé en acercarme, pero me cohibía hacerlo con todos estos hombres al acecho a mi alrededor.
El sábado tenía un compromiso con una de mis hijas y el domingo estuve considerando ir, pero generalmente no salgo los domingos.
Ahora sabía dónde encontrarla,
recordé cada particularidad de su cuerpo, esa larga pierna morena que asomaba por la abertura lateral del vestido, con su pulsera de oro en el tobillo.
El jueves me encontraba allí, en mi puesto como un soldado, había ido solo, incluso antes de que el espectáculo comenzara, no es que me entusiasme particularmente la música, es decir, alguna melodía aquí y allá, pero no tenía una banda o cantante preferido.
Solicité un Old fashioned y estaba ansioso como un adolescente.
Ella apareció de repente, luciendo un vestido blanco con una falda tubo, qué contraste con su piel morena, era impresionante, esta mujer estaba increíble, no recordaba que alguna otra mujer me hubiese impactado de esa manera.
Comenzó a interpretar, la mayoría de las canciones en inglés y también algún bolero, respondía con tímidos agradecimientos a los indiferentes aplausos.
La mirada de ella resultaba indescriptible, el movimiento de sus manos, sus largos dedos morenos mientras cantaba, estaba completamente fascinado como lo estuve hace cinco años o más, había quedado completamente prendado por ella antes incluso de decir una palabra.
Después de cuarenta y cinco minutos, hubo un breve intermedio y ella se dirigió a la barra, reuní la valentía como pude y me lancé.
Debo decir que soy un hombre alto, que me cuido bastante, que no soy desagradable y que desde mi divorcio, había tenido relaciones con muchas mujeres, incluyendo un par de novias de mi edad o un poco más jóvenes. Supuse que esta mujer tendría unos treinta o treinta y pocos años.
–Disculpa, quería felicitarte, cantas de manera hermosa –comenté
–Gracias –respondió ella con una sonrisa automática, sentada en un taburete de la barra.
–Ya te había escuchado en el crucero tal y tal… con mi esposa.
–Ah, hace un tiempo ya que no participo en cruceros –su voz tenía un leve matiz nasal y un acento que no me sonaba del todo argentino
Tener esos ojos tan cerca me mareaba y contar con esas curvas a mi lado, esa piel morena tan suave, con pequeñas venas azules, era complicado de manejar, pero seguí adelante.
–En ese crucero estabais con otro pianista, un chico rubio
–Sí, con Matías, pero ya no estamos juntos –mencionó con un tono de tristeza
Por dentro me alegré, si era su pareja, significaba que ya no estaban en una relación.
–¿Y ya no vuelves a los cruceros? Por cierto, me llamo Javier –mencioné extendiendo la mano
Ella estrechó mi mano por cortesía, al sentir ese contacto cálido y suave, tuve una erección, así de simple.
–Soy Roxana, un placer. No… pasé muchos años… doce años cantando en cruceros
–¿Y cuántos años tienes? –me apresuré, estaba ansioso por conocer más acerca de ella
–Tengo treinta y seis años… una anciana.
–¡Pero qué dices! Te daba menos –respondí asombrado
–Bueno… gracias –expresó ella, alisándose su larga melena hasta la cintura
El pianista se aproximó a ella, le susurró algo. Ella se volteó
–Con tu permiso, fue un gusto –dijo y se fue con él
–¡Qué hermosa, ¿verdad?! –comentó el barman mientras se alejaba, su figura envuelta en ese ajustado vestido era espectacular.
–Totalmente –pensé para mis adentros
–Y además es simpática –añadió el barman
Escucharle decir eso despertó un poco de celos en mí.
Después escuché como un niño durante los siguientes cuarenta y cinco minutos de música.
Estaba absorto, embobado, completamente cautivado por ella y la breve conversación que habíamos tenido me daba la impresión de que era una mujer normal y amable, no una diva vanidosa.
Observaba su esbelto cuello bronceado, las numerosas pulseras en su brazo, sus prominentes pechos, sus piernas, sus curvas asombrosas, era abrumador.
El espectáculo finalizó, ella se quedó luego a un costado del piano con su bolso y un abrigo en la mano.
Me acerqué con algo de temor.
–Perdona
Roxana, no quisiera ser insistente pero me encantaría charlar un rato más contigo, ¿te gustaría aceptar una copa?
Observé cómo su rostro mostraba desacuerdo, hizo una mueca.
–No... lo siento... pero yo no llevo a cabo ese tipo de cosas... mi función aquí es solamente cantar –expresó.
Me sentí desanimado.
–Sí... lo siento... no he querido ofenderte... de ninguna manera... es que... te digo la verdad... sinceramente... en ese crucero donde te escuché cantar... me quedé... tan impresionado contigo... con tu voz, tu carisma... disculpa si he dado a entender algo... –hablé atropelladamente, intentando ser franco.
–Está bien... está bien... perdóname tú también... pero no quiero que se malinterpreten las cosas... esto es un hotel y yo... –comentó esto desde una cierta vulnerabilidad que contrastaba con su atractivo físico, con ese cuerpo.
–Oye, déjame invitarte a tomar un café o cenar en otro lugar entonces.
–No... por las noches yo estoy cantando aquí y...
Parecía sentirse tan incómoda con la situación que preferí abandonar la idea.
–Está bien, no te molesto más Roxana, lamento si te he ofendido, ha sido un placer volver a verte –dije resignado, dispuesto a retirarme.
–Espera... espera... ¿Tu nombre es Javier, verdad? –preguntó ella.
–Sí, Javier... –respondí
–Verás... no es que yo sea desconfiada... pero pasé muchos años trabajando en los barcos y allí... todo era más claro... y es la primera vez que estoy sola... trabajando sin mi pareja, quiero decir... y todo resulta un poco extraño ¿entiendes?
–Claro, lo comprendo, pero no te preocupes, podríamos tomar un café... algún día... durante la tarde si prefieres... –me aferraba a la lejana posibilidad y no entendía por qué de repente se había puesto tan tensa
–Está bien... –ella parecía escudriñarme detenidamente con el bolso en el brazo, sus ojos oscuros me penetraban el corazón
El pianista se acercó y mencionó que ya había solicitado un coche.
–¿Qué te parece el sábado por la tarde? –pregunté
Pensé que realmente diría que no.
–Está bien, te daré mi número–dijo por fin
No podía contener mi alegría, sentir ese entusiasmo por salir con alguien a los 45 años no era poca cosa.
El viernes transcurrió lentamente y el sábado por la tarde, nos encontramos en la entrada del Parque del Retiro.
Fue como una cita de jóvenes casi. Ella llevaba unos vaqueros ajustados, bastante ajustados en realidad, y una camiseta de tirantes que dejaba al descubierto sus hombros bronceados y tonificados, era la primera vez que la veía vestida de esa manera, sin su traje de cantante o en bikini.
Nos dimos dos besos en las mejillas, su aliento era fresco, su fragancia, qué embelesado estaba, no podía creerlo a mi edad.
Andar a su lado era como volver a vivir. Me contó que era de la provincia de San Juan, un lugar que desconocía por completo y que era descendiente de sirio-libaneses, salvo por una abuela italiana por parte de madre. Al final, no estaba tan equivocado en ese aire oriental que le percibí desde el principio.
–Estoy divorciado desde hace cuatro años, tengo dos hijos, que ya son mayores –mencioné
–Yo me separé hace dos meses –volvió a decir con tristeza
–Vaya, qué pena ¿llevaban mucho tiempo juntos?
–Dieciséis años con Matías, desde los 20
–¿Desde los veinte? –dije incrédulo
–Sí, es difícil de creer ¿verdad? Creo que ya no podíamos más... pero... Compartíamos todo, la música, los sueños, el trabajo...
–¿Comenzaron juntos en los cruceros?
–Sí, nos presentamos a un casting, parece increíble que hayamos pasado doce años en un barco
–¿Así de fue ?
–Bueno, eran contratos de seis meses, pero no parábamos, algunas vacaciones de dos o tres meses en Argentina y luego otra vez a embarcarnos, no podíamos dejarlo, hasta pasamos...la cuarentena en un barco.
Observaba sus sandalias que descubrían los delicados dedos de sus pies, las uñas casi blancas, su caminar era ágil como el de un felino, parecía una pantera. Noté su pulsera en el tobillo.
–Por cierto, eres alta ¿Cuánto mides?
–1,71 ¿Y tú?
–1,80 –respondí
–Nos separan nueve centímetros –comentó ella, a veces parecía inocente como una niña
–Nueve centímetros y también nueve años –dije
–Yo creo que la edad no es relevante, siempre y cuando se mantenga la juventud de espíritu –afirmó ella
Qué lugar común, pensé; sin embargo, proveniente de ella, resultaba encantador.
La abracé por los hombros y la besé, se dejó llevar, el calor y el sabor de sus labios eran exquisitos.
No podía creer que estuviera besando a esa divinidad inalcanzable con la que fantaseé tanto durante el crucero.
–Javier, lo que quiero es... ir despacio...
–¿Ir despacio?
–Sí, ten paciencia... pasé muchos años con Mati y aún... siento que estoy en proceso de duelo, ¿comprendes?
–No hay prisa, cariño, yo no tengo ninguna prisa –intenté besarla nuevamente, pero ella apoyó su cabeza en mi hombro.
–Tomémonos las cosas con calma... por favor... –dijo
Tomamos café juntos, luego me hizo más preguntas sobre mis hijos y mi trabajo.
M confesó que estaba un poco cansada de su carrera en la música, e incluso notaba la falta de su ex pareja desde el punto de vista financiero.
–Antes no dividíamos el dinero, todo iba al mismo lugar –explicó
–Podría aprender a tocar el piano –sugerí, y ambos reímos
–Además, me sentía segura con él, siempre cantaba con él, desde que era pequeña, y los tipos de alguna manera, al saber que él era mi pareja
–En cambio ahora, hay cada persona... –bromeé
–No me refiero a ti... eres encantador, pero hay individuos... hay seres indeseables en esta vida –dijo, mientras yo quedaba hipnotizado por el escote de sus pechos, realmente exuberantes y morenos, la exhuberancia de sus cejas tan densas y a la vez delicadas, me sería complicado ir despacio con ella.
Nos besamos de nuevo, un breve roce en los labios y al sentir la punta de su lengua en mis dientes, tuve una intensa erección.
Al dejarla en la entrada de su casa y regresar a mi apartamento, me masturbé frenéticamente, esta argentina me excitaba de una forma brutal, llegué al clímax sobre el sofá, pensando en ella.
Esa noche de sábado, fui a escucharla cantar, parecía disfrutar de la situación; en cada descanso de cuarenta y cinco minutos, se acercaba a mi mesa.
Y yo, por Dios, contemplaba ese cuerpo y pensaba que pronto sería mío, me volvía loco.
Esta vez llevaba un vestido azul marino que se ajustaba a su figura, con una falda larga y abertura lateral que mostraba esas piernas morenas hasta el muslo, musculosas y esbeltas.
Y esos pechos, como si la naturaleza la hubiese bendecido con todos los dones posibles.
Y esa boca de la que ya había probado su sabor, cuando acercaba el micrófono a sus labios, no podía evitar imaginarla con esos labios carnosos alrededor de mi miembro.
Me sentía algo culpable por tener pensamientos tan vulgares, pero es lo que hay.
Parecía salida de las mil y una noches, una princesa árabe argentina con un cuerpo espectacular.
En el último descanso entre canciones, incluso tomé su mano y ella no la retiró, esos ojos oscuros me miraban de una manera...
Pensé, a pesar de lo que me había dicho sobre ir lento y todo eso, que esa noche terminaríamos en la cama.
Porque la notaba ardiente y apasionada, a veces un poco ingenua sí, pero cuando me miraba con esos enormes ojos negros y mostraba esos pechos desde su escote, se notaba la lujuria en ella, y ese trasero envuelto en el vestido, era impresionante.
Debía ser increíble acostarse con una mujer así.
Cuando salimos del hotel, yo tomándola por su delgada cintura, su cuerpo pegado al mío, era asombroso, me sentía en las nubes.
Nos besamos antes de entrar al coche y luego al estacionarnos frente al portal de su casa nos dimos un apasionado beso, era un beso desenfrenado y la notaba excitada y respirando agitadamente, buscando aire en mi boca, acaricié su abdomen por encima de la tela y luego rocé con el dorso de mi mano uno de sus pechos maravillosos.
–Javier… espera… espera… no continuemos
–¿No?–dije desilusionado.
–Te invitaré a subir... pronto... pero hoy no es el día…
–Está bien… –dije sin poder ocultar cierta decepción
Me acarició el rostro con una mano exquisita, delicada y firme al mismo tiempo.
–Eres divino –me dijo y bajó del coche
Esa noche fue similar a la tarde, regresé a la soledad de mi apartamento y me masturbé hasta llegar al clímax pensando en ella.
El domingo decidí no ir a escucharla cantar, tampoco quería parecer insistente, me costó tomar esa decisión, intercambiamos mensajes cariñosos como adolescentes.
–Ya te extraño una noche que no vienes –me escribió
–Me visto y voy –respondí
–No... jaja... quédate en casa... ojalá pudiera quedarme yo también–escribió.
Me di cuenta de que estaba un poco hastiada con la música y tal vez quería dejar de andar de actuación en actuación por esos lugares. Me imaginaba como el príncipe que rescata a la princesa, ofreciéndole vivir juntos y ¿quién sabe? Tal vez incluso casarnos en un futuro.
Volví a acariciarme pensando en Roxana.
El lunes charlamos durante una hora por teléfono y la invité a cenar, ella me dijo que esa noche no podía y que el martes tampoco, quedamos para el miércoles.
El martes por la mañana me sorprendí al recibir un mensaje de Jordi.
–Estoy en Madrid, amigo ¿por qué no almorzamos juntos? Tengo una historia que te dejará boquiabierto – me decía
–También tengo algo para contarte –respondí
Pensaba en la expresión que pondría cuando le contara que estaba a punto de ser novio de Roxana.
Nos encontramos, él con su aspecto de siempre, un poco pasado de peso, un poco deteriorado, era más bien bajo, no sé si llegaría al 1,70. Sus escasos cabellos peinados hacia un lado de la cabeza. Tenía once años más que yo, pero a cierta edad si no te cuidas un poco.
Cuando nos sentamos a la mesa, vi que sus ojeras ya eran bolsas bajo sus ojos, un poco inyectados en sangre, las verrugas prominentes en su cuello.
–¿Qué haces aquí, bribón? –le dije, llevábamos mucho tiempo conociéndonos
–Inventé una excusa para escaparme, mi esposa me tiene en un sinvivir, más abrumado que a Messi
– ¡jaja! ¿Hoy hay anécdota o qué? –exclamé jovial
–Oye, ¿recuerdas a la cantante argentina esa que estaba tan atractiva? ¿La del bar del hotel?
–Sí... ¿Qué pasa con ella?
Pensé que alguien nos había visto y que Jordi se había enterado de lo nuestro.
–Pues el sábado siguiente a esa noche que estuvimos con los chicos allí, volví por ella, vaya, te vas a asombrar cuando escuches esto –me dijo.
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