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Pesca recreativa


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En un día de intenso calor en agosto, una semana después del fin de la temporada de vacaciones de verano, mi encantadora novia y yo decidimos aprovechar un fin de semana en la playa de una famosa isla en el sur de Texas. Este destino vacacional es muy popular entre los habitantes del norte de México.

El viaje en coche desde nuestra ciudad hasta la isla, que dura solo tres horas, lo convierte en un lugar ideal para disfrutar del sol, la arena y el mar. Además, si se visita en temporada baja, se pueden tener unas vacaciones económicas, lo cual es perfecto si se cuenta con un presupuesto modesto o limitado.

No era la primera vez que Leslie, mi novia, y yo íbamos a esa larga isla. De hecho, la conocemos bastante bien, ya que la hemos visitado en diferentes momentos: con nuestras familias, como pareja consolidada e incluso en visitas individuales con amigos.

Llegamos al hotel después del mediodía, hicimos el check-in rápidamente para ir a la habitación y descansar un poco antes de ir a la playa. Al entrar en la habitación, todo el cansancio desapareció: nos desnudamos de inmediato y nos metimos en la cama, con ganas de intimar después del corto viaje en coche.

A pesar de que nuestra vida sexual ha sido satisfactoria, después de dos años de relación sentimos la necesidad de ser más creativos para evitar caer en la rutina. Por eso, hacía un tiempo que habíamos incorporado el divertido hábito de fantasear durante el sexo para excitarnos mutuamente y llegar al orgasmo, lo cual siempre daba buenos resultados.

En algunas de nuestras fantasías eróticas incluíamos juegos de roles donde fingíamos ser personas famosas, como estrellas de cine o deportistas, que debíamos seducir o dejarnos seducir como parte del juego.

De vez en cuando, preferíamos adoptar roles más comunes, como el clásico fontanero o mecánico que ayudaba a una dama en apuros en ausencia de su pareja. Esta fantasía, además de ser excitante, ofrecía más posibilidades de llevarse a cabo, dado lo comunes que son esos personajes en la vida real.

Estas fantasías nos permitían explorar cómo reaccionaríamos en situaciones hipotéticas, como si estuviéramos dispuestos a llevarlas a cabo. Por ejemplo, si en mi rol de amante le preguntaba a Leslie si estaría dispuesta a engañar a su pareja, juntos intentábamos encontrar la respuesta más adecuada para que la fantasía se hiciera realidad.

Las respuestas automáticas de Leslie solían ser "No te preocupes por mi novio" o "A él le excita verme con otro hombre", pensando que con esas respuestas sería más fácil convencer a un posible amante de participar en nuestra fantasía.

Aunque era imposible prever todos los escenarios posibles, coincidíamos en que, si queríamos hacer realidad alguna de esas fantasías, debíamos actuar de forma natural, ¡incluso entre nosotros! Por lo tanto, era un acuerdo tácito no cuestionarnos mutuamente sobre la sensatez de nuestras acciones en esos momentos.

Cualquier malentendido que surgiera debía quedarse para después, asegurando así que al menos uno de los dos disfrutara plenamente de la experiencia.

de la realización de nuestra fantasía. Algo que a mi novia le agradaba mucho, ya que evitaba que tuviera que consultarme en caso de surgir la oportunidad de tener un encuentro con otro hombre.

Pocos días antes de este viaje, habíamos jugado con la idea de que mi novia pudiera tener una experiencia íntima con un atractivo millonario durante esas cortas vacaciones, preferiblemente en mi presencia; una situación que estábamos seguros nos causaría mucho morbo y excitación a ambos. Este juego de rol erótico y aparentemente inofensivo me dejó con una sensación persistente en lo más profundo de mi mente; una que no se disiparía fácilmente.

Después de mantener una sesión de sexo un tanto apresurada, decidimos descansar un par de horas mientras el sol bajaba un poco antes de dirigirnos a la playa. Una vez que nos recuperamos, nos colocamos nuestros trajes de baño. ¡Leslie lucía espectacular!

Un pequeño bikini de color rojo resaltaba su esbelta figura, exhibiendo generosamente sus hermosos pechos bajo su rizada cabellera rubia; mientras que sus glúteos eran resaltados sensualmente por el corte a la cadera de su tanga.

Antes de salir de la habitación, Leslie tomó una camisa turquesa de botones para cubrirse con discreción durante el breve recorrido hasta la playa. Salimos de la habitación caminando abrazados hasta la puerta del ascensor; al entrar en el reducido espacio, nos encontramos con una dama mayor a la que saludamos cortésmente antes de que nos alertara sobre el calor que se sentía en el exterior.

—¡Oh chicos, la playa está tan caliente! —comentó cordialmente la dama con su marcado acento texano.

—Gracias por avisarnos —agradecimos con una sonrisa, mi novia y yo, antes de intercambiar miradas divertidas ante su obvia observación sobre el clima.

El ascensor se detuvo en el vestíbulo, un piso antes del nuestro, y la dama se despidió amablemente antes de salir; deseándonos un buen día y dejándonos solos en el interior del ascensor.

—Esa mujer es muy observadora —comenté a Leslie con una expresión algo seria en mi rostro, una vez que la puerta del ascensor se cerró.

—¿Por qué lo dices? —preguntó mi novia intrigada por mi comentario repentino.

—Apenas te vio unos segundos y ya dijo: 'esta chica está tan hot' —bromeé, sugiriendo posibles malentendidos lingüísticos con los que la dama aparentemente habría calificado a mi novia.

En lugar de molestarse, Leslie tomó mi comentario con humor, riendo levemente y aceptando la broma; para luego lanzar un suave golpe en mi costado como señal de protesta.

—No sé a qué se refería —dijo Leslie con voz sugerente, simulando de manera traviesa abrir un poco su escote al jalar las solapas de su camisa hacia los lados con las manos.

—Quizás sabe algo de la última vez que viniste con tus amigas —insinué, continuando con la broma, jugando con la idea de que ella me había sido infiel la vez anterior que estuvo en la isla.

—Ya tengo fama —dijo orgullosa mi novia, con una actitud altanera y vanidosa.

Animado por su respuesta pícara, tomé a Leslie por la cintura y le di un gran beso en los labios; beso que no terminó hasta que las puertas del ascensor se abrieron nuevamente en el nivel de la piscina. Salimos tomados de la mano con un buen humor evidente, riendo a carcajadas y con muchas ganas de seguir disfrutando juntos.

Habíamos elegido un hotel en el extremo apartado de la isla, buscando tener la máxima privacidad posible y ahorrar unos cuantos billetes, o más precisamente, dólares. Dado que era temporada baja, el hotel estaba casi vacío;Algunas parejas mayores estaban alojadas en ese momento, prácticamente sin ningún niño cerca debido al recién comenzado ciclo escolar.

Decidimos dirigirnos primero al bar junto a la piscina para tomar un par de copas. Dado que Leslie parecía ser la mujer más atractiva en el área, atrajo de inmediato la atención del único barman. Era un joven y apuesto hombre de ascendencia latina, al igual que nosotros; quien se dispuso a atendernos de manera amable sin perder la oportunidad de echar un rápido vistazo a los encantos de mi novia bajo su blusa, de manera muy sutil en el momento que nos estaba sirviendo. Algo innecesario desde mi punto de vista, considerando que tarde o temprano mi novia tendría que quitarse la blusa a escasos metros adelante de él.

Agradecimos al barman y tomamos nuestras copas para dirigirnos a sentarnos en un par de tumbonas frente a la piscina. Tras brindar en honor a nuestras merecidas vacaciones, Leslie se despojó de la blusa mostrando su hermosa figura para deleite no solo del barman, sino de todos los hombres presentes; y quizás de alguna otra mujer, ¿quién puede saberlo?

Tras unos sorbos más de nuestras bebidas, decidimos entrar a refrescarnos en la piscina. Con el clima cálido, el agua resultaba deliciosa, y al haber pocos huéspedes, prácticamente teníamos la piscina exclusivamente para nosotros. Animado por el alcohol, me aventuré a acariciar los encantos de mi novia bajo la tranquilidad del agua.

Tomé a Leslie por la cintura acercándola hacia mí para dar un apasionado beso antes de sumergirnos bajo el agua, zambulléndonos rápidamente como si fuéramos una pesada plomada. Aproveché la oportunidad para acariciar con lujuria los glúteos y senos de mi novia fuera del alcance de curiosos a nuestro alrededor.

De vez en cuando, cargaba a Leslie en mis brazos elevándola sobre el nivel del agua, simulando estar salvándola de ahogarse; para luego dejarla caer casi de inmediato, fingiendo un cansancio repentino y proceder a sumergirnos nuevamente abrazados, repitiendo el travieso ciclo de mis caricias bajo el agua.

Después de pasar un rato jugando alegremente en la piscina, Leslie y yo empezamos a sentirnos un poco incómodos debido a la atención involuntaria que habíamos captado. Por ello, decidimos que era hora de dirigirnos al mar para continuar con nuestra erótica actividad subacuática.

Al salir del agua, Leslie lucía espectacular. La humedad en su piel hacía que la luz del sol se reflejara en miles de pequeñas gotas, haciendo que su esbelta figura brillara en todo su esplendor; justo en el momento en que alzó los brazos para recogerse el cabello y recogerlo detrás de su nuca, empujando su pecho hacia adelante para mostrar orgullosa sus bien formados senos.

Seguramente esa espontánea acción de mi novia dejó impresionados a más de uno de los caballeros que la observaban. Dimos el último trago a nuestras bebidas y nos dispusimos a dar un breve paseo por la blanca arena.

Al igual que la piscina, la playa estaba casi vacía; solo algunas personas dispersas por la costa, unas cuantas más adentro del mar y a lo lejos un par de aficionados a la pesca con caña, probando suerte en medio del mar. Si buscábamos privacidad, sin duda habíamos elegido la mejor época del año.

El agua en la costa estaba un tanto turbia debido a la arena; por lo que decidimos adentrarnos un poco más para encontrar agua más clara; precisamente donde estaban ubicados los pescadores. Estaban a unos 60 metros de distancia en pie sobre lo que parecía ser un rompeolas artificial; de tal manera que el agua les llegaba hasta las rodillas.

La función de un rompeolas es asegurar olas moderadas para los huéspedes del hotel durante las fuertes mareas altas. Pero al crearse una caleta entre el rompeolas...y la costa esto provocaba que el líquido no corriera libremente; este era el motivo por el que el líquido se encontraba tan turbio en la orilla, porque no permitía que el sedimento se acumulara durante las mareas bajas.

Nadamos hasta el rompeolas y nos colocamos a la derecha de los pescadores; manteniendo una distancia adecuada entre nosotros y ellos para no entorpecer su actividad. Estando más cerca pudimos notar que ambos hombres eran estadounidenses, de cabello rubio y piel bronceada por el sol, de aproximadamente 50 años. Vestían los atuendos típicos de pescadores profesionales: gorra con señuelos, chaleco lleno de bolsillos y una mochila térmica en sus hombros. Podrían ser residentes de algún pueblo cercano.

—¡Buenas tardes! —saludaron los extranjeros mientras levantaban la mano para saludar.

Nosotros respondimos al saludo para no parecer descorteses; sin embargo, a pesar de que los extranjeros fueron amables y amigables a pesar de nuestra presencia, decidimos mantener nuestra posición alejada para no asustar a sus posibles presas.

Como era de esperar, el agua del otro lado del rompeolas era mucho más clara que en la costa, por lo que Leslie y yo nos aventuramos a nadar unos cuantos metros mar adentro, para disfrutar de las suaves olas que rompían contra la barrera artificial.

Una vez que logramos cierta distancia, nos abrazamos para flotar libremente, dejando que las olas nos llevaran de vuelta hacia el muro; mientras nos perdíamos en otro beso apasionado que no cesaba hasta que nuestros pies tocaban la base del rompeolas. Solo para volver a nadar buscando repetir nuestra romántica deriva una y otra vez ante la mirada de dos desconocidos.

¡Todo parecía ideal! Sol de mediodía, un clima agradable y un mar de agua templada con la mujer más hermosa y sensual a kilómetros de distancia. "¿Qué más podía desear?", pensé para mí mismo, satisfecho con mi buena suerte; la respuesta no tardaría en llegar.

Antes de que el sol se escondiera, uno de los pescadores se retiró, probablemente cansado luego de su larga jornada, ya que llevaban más tiempo allí que nosotros; se despidió de su amigo y se dirigió hacia la costa a nadar, dejando al otro hombre continuando completamente solo con su pesca. O al menos eso creí que ocurriría.

Unos minutos después, Leslie y yo nos sentamos en el rompeolas para descansar un poco, tras haber estado nadando durante casi una hora. Cuando el extranjero que seguía pescando se percató de esto, recogió el sedal de su caña, ajustó su mochila térmica y se acercó hacia nosotros con una actitud amigable.

—¡Hola, amigos! —saludó nuevamente el extranjero en nuestro idioma, al haber notado que nosotros hablábamos español.

—¡Hola, buenas tardes! —saludamos Leslie y yo, casi al unísono.

—¿Cómo están, amigos míos? —preguntó el extranjero con una amplia sonrisa blanca en su rostro bronceado por el sol.

—Muy bien, gracias —respondí yo—. ¿Y usted, cómo le fue de pesca, logró conseguir su cena? —añadí en un tono bromista.

—Oh, no, no —negó el extranjero sacudiendo la cabeza—. Esto es solo mi pasatiempo, atrapo un pez y lo suelto —explicó señalando el anzuelo vacío de su caña de pescar.

Claro que nosotros sabíamos a qué se refería con la 'pesca deportiva', y aunque esta era una afición que no compartíamos con ese hombre, en el espíritu de la tolerancia y amistad entre nuestras naciones no pusimos peros; después de todo, nosotros tampoco éramos vegetarianos.

—¿Y entonces qué lleva ahí? —preguntó Leslie con curiosidad, señalando la mochila térmica del extranjero; donde suponíamos al principio que guardaba sus capturas.

—Oh cariño, esto es solo mi tónico mágico para el calor del día —respondió sonriendo con una actitud divertida, dejándonos completamente intrigados con su peculiar respuesta.

El extranjero se dio cuentade que no habíamos comprendido del todo, decidió abrir la mochila para enseñarnos su contenido; en el que había una botella de agua a medio consumir y diversas latas de cerveza, todas vacías excepto una.

—¡Ahora sí entiendo, para el calor! —gritó Leslie, mostrando una leve sonrisa.

Finalmente habíamos entendido todo. La mochila térmica no servía para mantener frescos los peces que hubiera pescado, sino para mantener frías las latas de cerveza y así combatir las altas temperaturas de ese día caluroso.

—¿Y no tienes una para mí? —preguntó Leslie con picardía.

Estaba prohibido consumir bebidas alcohólicas en la playa, menos aún en el lugar donde nos encontrábamos, sobre el rompeolas en medio del mar. El extranjero sonrió ante la actitud juguetona de Leslie y, tras asegurarse de que no hubiera nadie observando desde la costa, se situó detrás de nosotros y extrajo su última lata de cerveza para ofrecérsela a mi pareja.

—Disfrútala, querida —dijo el extranjero, después de abrir la lata de cerveza y dársela a Leslie.

Leslie aceptó la bebida agradeciendo el gesto de nuestro recién conocido, giró la cabeza hacia mí para dedicarme su característica sonrisa traviesa antes de dar un sorbo de la lata. Al probar la amarga bebida, hizo una mueca de desagrado provocando la risa del gringo.

Aunque no era su bebida habitual, ella sabía que debía dar unos sorbos más para ser cortés; después de todo, el extranjero le había cedido amablemente su última cerveza. Por lo tanto, volvió a llevar la lata a sus labios para beber otro sorbo, soportando una vez más el amargor de una bebida casi tibia.

Leslie hizo más muecas de disgusto que al principio, sintiéndose repugnada por el sabor de la fermentada bebida, lo que desencadenó la risa del extranjero. Era evidente que mi pareja no podía continuar bebiendo de la lata, así que me pidió que la terminara por ella.

—¿Quieres un poco, cariño? —preguntó Leslie, pasándome la lata de cerveza sin esperar mi respuesta. Estaba claro que no le había gustado.

John, que así se llamaba el extranjero, se alejó unos pasos para intentar pescar de nuevo; mientras intentaba impresionar a Leslie contándole sus 'hazañas' deportivas de ese día en particular; y dándonos una breve explicación de la técnica correcta de pesca con mosca, que era artificial.

En cada lance, primero recogía todo el sedal girando el carrete, luego quitaba el seguro para que el sedal pudiera salir libremente antes de lanzar el anzuelo y el señuelo con un movimiento de látigo de su brazo. Dependiendo de la fuerza del movimiento, se liberaba una cantidad de sedal del carrete alcanzando entre 8 y 10 metros hasta que el anzuelo se sumergía en el mar; marcando el flotador el punto de hundimiento.

Después, recogía lentamente el sedal girando el carrete. Con cada giro, el flotador avanzaba sobre el agua y el anzuelo bajo ella, atrayendo a los peces que estuvieran cerca. Cuando un pez se enganchaba, este tiraba del sedal hacia atrás luchando por su vida; señal de que había capturado algo. Aunque sonaba un poco cruel, ni Leslie ni yo hicimos comentario alguno; en cambio, escuchamos atentamente fingiendo interés.

El anciano intentaba justificar sus acciones explicándonos que al liberar los peces que capturaba, tenían más posibilidades de vivir más tiempo; ya que, como él argumentaba,A los seres humanos "los animales rara vez repiten el mismo error", una verdad incuestionable. Después de varios intentos fallidos, finalmente un pez picó el anzuelo, despertando la emoción del extranjero.

—¡Lo atrapé, ¡atrapé al grande! —exclamó el extranjero, contento de no haber quedado en ridículo frente a nosotros, tras su tediosa explicación sobre técnicas de pesca.

—¡Mira cariño, atrapó uno! —dijo mi pareja contagiada por el entusiasmo de nuestro amigo, mientras yo seguía esforzándome por acabar de beber la amarga y tibia cerveza.

Sin apuro alguno, el extranjero empezó a recoger el sedal, detallando cada giro del carrete que realizaba, añadiendo un toque de suspenso a la situación. En mi mente, desesperado por conocer el tamaño del pez, pensaba "Esto es más aburrido de lo que parece".

El extranjero recogía el sedal lentamente, avanzando primero con tres giros al tambor del carrete para posteriormente girar en sentido contrario, con el fin, según sus palabras, de cansar a la presa antes de sacarla del agua, evitando así una lucha en tierra firme. ¡Parecía que había atrapado un tiburón blanco!

Mi pareja escuchaba con atención la explicación del hombre; observando con fascinación la supuesta lucha entre el hombre y la bestia; jamás hubiera imaginado que ella se interesaría en esa cruel afición. Esto me hizo suponer que quizás aquel experimentado pescador sabía más del arte de la pesca de lo que yo pensaba.

Minutos después, con el pez luchando por su vida, el flotador quedó justo bajo la caña, frente al hombre. Poniendo todo el dramatismo posible, el extranjero pidió un redoble de tambores antes de sacar su presa del agua con un enérgico tirón.

—¡Aquí está el monstruo! —exclamó el extranjero orgulloso, inclinando su cuerpo hacia atrás, simulando un gran esfuerzo físico.

Frente a él, un pequeño pez gris brillante quedó suspendido, enganchado por la garganta al frío y rígido anzuelo; agitando vigorosamente sus escasos 15 cm de longitud, intentando liberarse del gancho de acero inoxidable. Supongo que el extranjero, con los tirones en el sedal, ya tenía una idea del tamaño de la presa, por lo que exageró su hazaña con un toque casi cómico.

Leslie observaba sorprendida, con sus hermosos ojos verdes esmeralda abiertos como platos, maravillada por la hazaña del improvisado y valiente 'héroe', sin considerar el posible dolor de su pequeña e indefensa presa.

— ¿Quieres soltarlo, cariño? —preguntó el extranjero a mi pareja, ofreciéndole la gracia de perdonar la vida a la presa que había “costado tanto esfuerzo” capturar.

Sin dudarlo, Leslie aceptó; se sumergió lentamente en el agua y se deslizó cuidadosamente bajo la caña del extranjero, quien la observaba con orgullo y altivez desde el rompeolas. Mi novia unió ambas manos justo debajo del diminuto pez, el cual ya evidenciaba fatiga al detener bruscamente su esfuerzo por liberarse.

El extranjero colocó el mango de la caña entre sus muslos, sujetándolo con firmeza con sus extremidades inferiores, mientras con sus manos liberaba al pequeño pez del anzuelo clavado en su garganta. Fue una imagen extraña que estimuló mi imaginación, como si aquel desconocido estuviera agitando su miembro erecto ¡sobre el rostro de mi amada novia!

El extranjero sujetó la cabeza del pez con sus manos ásperas y rudas; usando su mano izquierda para abrirle la boca al máximo y, así, extraer el anzuelo de manera brusca con su mano derecha. Resultaba imposible saber cuánto sufrimiento experimentaba aquelpequeño y frágil ser.

—Es tuyo —informó el extranjero al entregar con suavidad el pez a mi pareja, quien sonreía nerviosamente.

En lugar de soltar de inmediato al asustado pez en el agua, a escasos centímetros por debajo de sus manos, decidió tomarse su tiempo para observarlo detenidamente, sin prestar atención a los lastimeros jadeos del pez al intentar respirar. Embriagada por esa extraña sensación que provoca la droga más adictiva que se conoce: el poder.

—¡Mira cariño, qué bonito es! —exclamó mi pareja, maravillada por los brillantes colores en el lomo del agonizante pez.

El pez se movía débilmente, golpeando su cola contra la palma de la mano que lo mantenía prisionero, rogando a su captora que lo regresara al agua por misericordia. Pero Leslie, imperturbable, simplemente lo contemplaba sin que las silenciosas súplicas lograran despertar en ella ni un ápice de empatía por el sufrimiento de su cautivo.

—Es un pez arcoíris —explicó el extranjero refiriéndose a esa especie de pez—, son muy comunes por aquí.

De vez en cuando, mi pareja volteaba hacia el extranjero fingiendo escucharlo; mientras él detallaba cómo distinguir a este tipo de peces en particular de los demás de la zona.

—¿Te gustaría volver al agua, amiguito? —preguntó mi pareja al pez con una voz tan dulce como cruel.

¡No lo podía creer! ¿Qué tipo de pregunta era esa? ¿Acaso ella esperaba que el pez dijera que no quería ser liberado? ¡Que prefería quedarse en sus manos y morir asfixiado! Yo observaba impotente, o al menos así lo creía, esperando a que mi pareja terminara con el tormento de ese desafortunado ser vivo; sin comprender por qué prolongaba su sufrimiento.

Unos instantes después, mi pareja se dispuso a liberarlo. Bajó su rostro hacia sus manos, como si le diera un tierno beso de despedida antes de soltarlo, mientras yo observaba ansioso preguntándome: “¿Por qué no lo libera de una vez por todas?”, consternado por la larga y cruel agonía del pequeño pez.

—¡Que tengas un buen día, amiguito! —exclamó Leslie, sumergiendo sus manos en el agua; sonriendo con soberbia por haber controlado por unos momentos el destino de aquel desdichado.

Al sentir el frescor del mar alrededor de su pequeño cuerpo, el pez recuperó milagrosamente sus fuerzas, que momentos antes lo habían abandonado, y nadó desesperado para huir de su hermosa y cruel captora.

Aliviado, solté el aliento que había retenido voluntariamente hasta ese momento. En verdad, creo que aguanté la respiración tanto como aquel infortunado pez. Como si estuviéramos conectados espiritualmente, permitiéndome compartir no solo su sufrimiento, sino también su deseo de venganza; mientras veía cómo mi pareja y el extranjero reían, burlándose de la justificada huida de su víctima.

—Mira cómo se va —dijo el extranjero, apuntando al rastro que el pez dejaba sobre el agua al escapar.

Definitivamente, ya no podía permanecer indiferente ante esa muestra de injusticia y crueldad hacia ese inocente ser viviente; debía hacer algo para dar una lección a esos dos individuos, sin importar que uno de ellos luciera una sensual y esculpida figura en un diminuto bikini rojo.

En ese momento, no sabía exactamente qué haría, pero sin duda tendría que ser algo sumamente perverso y humillante, como lo exigía el principio básico de justicia y equilibrio del universo. Y de repente, la respuesta surgió en mi mente; si mi pareja y el extranjero habían usado la ‘pesca deportiva’ como medio de tortura, yo emplearía esa misma técnica para cobrar venganza. ¡Justicia poética en todo su esplendor!

—¿Por qué no lo intentas tú, cariño? —sugerí a mi pareja secamente, llevando la lata de cerveza a mis labios sin esperar respuesta.

Simulandono dar relevancia al acto de maltrato del que acababa de ser testigo, sutilmente insinué a mi pareja que intentara ella misma atrapar una nueva presa; de ese modo, continuaría experimentando esa embriagadora sensación de orgullo y poder que la tenía cautivada.

Hubiera deseado observar la reacción de mi pareja al escuchar la inusual sugerencia, pero mi papel en ese momento exigía que mostrara calma e indiferencia, dando a entender que estaba completamente de acuerdo con lo presenciado, así que volví a pegar mis labios a la lata que sostenía en la mano.

—¿Puedo probar? —preguntó Leslie al extranjero, con una voz dulce y suave desde su posición frente al hombre, casi rogando por la oportunidad de capturar a otra desafortunada presa.

No pude evitar esbozar una sonrisa al escuchar a mi encantadora pareja pedir una ocasión a su nuevo ‘mejor amigo’ para practicar su misma afición. Por primera vez en ese día, inocentemente ella había caído en la trampa que yo había tendido. Ni siquiera el sabor amargo de la cerveza tibia podría evitar que mis labios dibujaran una sonrisa astuta.

—¡Por supuesto, cariño! —respondió el extranjero, extendiendo amablemente su mano derecha para ayudar a mi pareja a salir del agua.

Leslie tomó la mano del extranjero y salió del agua para ponerse de pie en el rompeolas, mostrando su esbelta figura para deleite del hombre, quien no tuvo reparo en demostrar su admiración por el cuerpo semidesnudo de mi pareja, abriendo los ojos impresionado por su extraordinaria belleza.

—¡Realmente estás muy atractiva! —exclamó el extranjero, sin preocuparse por ocultar la sonrisa de deseo en su rostro.

—Gracias —agradeció mi pareja, volviendo la mirada hacia mí para dedicarme un breve guiño, como si intentara comunicarme algo.

El extranjero procedió a enseñar a mi pareja cómo sujetar la caña para lanzar el anzuelo. Según su explicación, el anzuelo, el flotador y la carnada sintética debían ser lanzados con fuerza para que tiraran del sedal enrollado en el carrete. Mientras más fuerte los lanzara, más sedal se desenrollaría, aumentando así la distancia y las probabilidades de que la carnada fuera vista por alguna presa al ser recogida, lo que provocaría que esta se enganchara en el anzuelo al intentar alimentarse. En ese momento no pude distinguir si el extranjero realmente estaba explicando su técnica de pesca o la mía propia.

El primer intento de mi pareja por lanzar el anzuelo fue un completo fracaso. Enredó el sedal en su brazo al intentar blandir débilmente la caña hacia adelante. Afortunadamente, la afilada punta del anzuelo no se incrustó en su suave piel. Todos nos reímos ante su patética tentativa.

—¡No te rías! —amenazó mi pareja bromeando—, 'es mi primera vez' —añadió, disculpándose con doble sentido.

—No te preocupes, cariño. Si es tu primera vez, seré muy amable contigo —comentó el extranjero también con doble sentido, captando la broma e insinuando que sería considerado con mi pareja en caso de que accediera a tener relaciones con él.

Leslie, nerviosa, sonrió y se inclinó hacia adelante, golpeando accidental o intencionalmente la entrepierna del extranjero con sus firmes glúteos, resultaba imposible determinarlo. Mi pareja buscó mi reacción con la mirada, pero yo, con astucia, decidí soltar más sedal para confundir a mis dos presas.

Alegando que necesitaba refrescarme, después de unos minutos al sol, me sumergí nuevamente en el agua, dándole la espalda a mi pareja. "No requeriste ayuda para torturar un pez, entonces no me necesitas para salir de esta situación", reflexioné interiormente, dejando la lata de cerveza olvidada sobre el rompeolas.

Por supuesto, al darse cuentaEl extranjero que contaba con cierta intimidad, decidió aprovechar la oportunidad colocándose detrás de Leslie con la excusa de instruirla con mayor detalle. Posicionó su mano izquierda en la cintura de mi pareja, justo sobre el lazo que sostenía la tanga en su cadera; mientras que con su mano derecha agarró el codo del brazo derecho de ella, el mismo que usaba para sostener la caña.

Como si fuera un experto titiritero manejando una simple marioneta, el extranjero tomó el control de los movimientos del frágil cuerpo de mi pareja. Pretendiendo lograr el lanzamiento perfecto del anzuelo, la tiraba del brazo hacia atrás, haciendo que ella apoyara su espalda desnuda en el bronceado y velludo pecho de su instructor; mientras mantenía la mano izquierda firme en su cintura.

Esta posición el extranjero la mantuvo por solo unos instantes, antes de cambiar los movimientos, haciendo que mi novia impulsara su torso hacia adelante, al mismo tiempo que acercaba su cadera descaradamente a la suya. Una lección de pesca que, cabe decir, el extranjero llevó a cabo más de una vez, ¡con gran lentitud!; disfrutando del casual contacto entre sus manos ásperas y la suave piel delicada de mi pareja, acompañado del inevitable roce de caderas.

Yo seguía nadando unos metros lejos de ellos, simulando no darme cuenta de esos roces 'accidentales', dándoles la oportunidad de intensificarse. “Apuesto a que el viejo ya se emocionó”, pensé para mis adentros, al ver de reojo los tocamientos entre mi compañera y el extranjero.

La curiosidad por saber si el extranjero estaba teniendo una erección mientras enseñaba a mi pareja la técnica correcta de pesca, provocó en mí el mismo efecto excitante. Al sentir cómo mi miembro crecía descontroladamente bajo mi bañador, luchando por liberarse de la presión que ejercía la tela, sonreí tontamente, burlándome de la surreal situación.

Después de la 'intensa' clase de pesca que el extranjero dio a mi pareja; llegó el momento en que ella hiciera su lanzamiento final. El extranjero retiró las manos de su cuerpo dando un paso atrás, dándole espacio para efectuar su lanzamiento.

—¡Mira cariño! —exclamó mi pareja intentando llamar mi atención hacia su nuevo intento.

Me volví hacia donde Leslie estaba, de pie sobre el rompeolas mostrando orgullosa su esbelta figura. Sin embargo, en lugar de enfocar mi atención en su técnica de lanzamiento, dirigí la mirada a su cadera, la cual desde mi posición estaba cerca de la entrepierna del extranjero; ya que en ese momento mi prioridad era saber si él había caído en la seductora trampa frente a él y había tenido una erección.

Mi pareja inclinó ligeramente su cuerpo hacia atrás, preparándose para lanzar; y con un rápido movimiento de su brazo proyectó su cuerpo hacia adelante, dándome un fugaz vistazo a la entrepierna del extranjero, a la cual sujetaba sospechosamente con ambas manos tratando de contener algo bajo su pantalón. ¡Su erecto y, al parecer, enorme miembro! Con una sonrisa satisfecha, viendo que la primera víctima había caído en la trampa, faltaba una más.

Leslie estaba radiante; al parecer su último lanzamiento había sido mejor que el anterior, o al menos eso deduje al no ser testigo directo. Viendo a mi pareja saltar de alegría en el rompeolas, haciendo que sus senos rebotaran alegremente, supe que era el momento de lanzar mi propia carnada y continuar con la pesca.

Pero justo cuando nuestras miradas se encontraron, Leslie me guiñó un ojo pícaro, dejándome entender que estaba de acuerdo con lo que estaba ocurriendo; recordándome nuestro juego de rol de hace solo unos días.

Ese juego erótico en el que practicábamos cómo actuaríamos en el hipotético caso de que ella recibiera una propuesta de algún…millonario durante nuestras vacaciones. Increíblemente, todo parecía estar en línea con nuestras expectativas, con la excepción de lo del millonario, por supuesto.

Dado que acordamos mutuamente no hablar sobre el asunto mientras se desarrollaban los acontecimientos, en ese momento solo podía ser un mero espectador, sin intervenciones, para comprobar la exactitud de nuestra predicción.

Sin previo aviso, una descarga eléctrica recorrió mi columna desde la nuca hasta el coxis, dejándome paralizado por completo, mientras una inesperada duda se apoderaba de mi mente: "¿Quién de los dos era la víctima que había caído en la trampa de manera tan ingenua?"

La emoción de Leslie la llevó a recoger el anzuelo apresuradamente, girando el carrete con tanta rapidez que era imposible que algún pez cayera en la trampa. Sin embargo, esto no importó mucho, ya que mi novia se había convertido en una experta en la pesca, así que no tuvo problemas en intentarlo de nuevo casi de inmediato.

—Ahora eres una experta, querida —dijo el extranjero elogiando la técnica recién aprendida por mi novia.

—Gracias, tuve un gran maestro —respondió ella devolviendo el cumplido con coquetería.

Con la puesta de sol, solo hubo un par de intentos infructuosos más por parte de mi novia para atrapar algo. Pero eso no importaba, ya que ella realmente disfrutó de las lecciones del extranjero y del examen práctico.

—Creo saber qué regalarte para tu cumpleaños, cariño —dije con una sonrisa, refiriéndome a la nueva afición de mi novia.

—Más te vale, porque pienso regresar exclusivamente para seguir pescando con John —prometió mi novia mientras devolvía la caña al extranjero.

—Será genial —dijo el extranjero, satisfecho por la promesa de mi novia—. Estaré encantado de mostrarte un poco —ofreció amablemente.

—Me parece bien, ¿qué les parece si vamos al bar a tomar algo por ahora? —pregunté, accediendo a las futuras clases particulares de pesca que recibiría mi novia a las que se refería.

John recogió la lata que flotaba a la deriva, guardando la evidencia de su delito en su mochila, mientras los tres cruzábamos el rompeolas para nadar hacia la playa, antes de que la oscuridad nos envolviera por completo. Dado que estábamos un poco cansados, el trayecto nos llevó más tiempo y esfuerzo de lo anticipado.

Al llegar a la playa, nos dirigimos al bar junto a la piscina; Leslie y el extranjero se sentaron en la barra mientras yo iba a recoger la ropa que habíamos dejado en las tumbonas. No tuve problemas en ponerme mi camisa para protegerme del viento de la noche, pero entregarle la blusa a mi novia para que se cubriera era un asunto completamente distinto.

El hecho de que Leslie usara su blusa para cubrirse parecía algo trivial, pero no lo era. Si ella me pedía la delicada prenda para usarla, significaba que no se sentía cómoda mostrando su cuerpo semidesnudo frente al extranjero; por lo tanto, el juego de roles que habíamos preparado previamente no avanzaría más.

En cambio, si ella estaba de acuerdo en seguir exhibiendo sus encantos ante ese hombre, significaba que debía prepararme para lo que vendría, porque esa noche estaba lejos de terminar.

Al unirme a ellos en la barra del bar, noté que Leslie estaba sentada con las piernas cruzadas frente al extranjero, sin preocuparse por lo poco que su diminuto bikini rojo cubría su cuerpo, ofreciéndole una vista generosa de su anatomía. Después de todo, estábamos de vacaciones en la playa, ¿qué otra cosa podría vestir mi novia en esa situación?

Ella estaba tan absorta en la conversación con el extranjero que ni siquiera notaba las miradas furtivas con las que nuestro conocido camarero aprovechaba.para disfrutar la vista apreciando los encantos de mi pareja en primer plano cuando servimos nuestras bebidas.

Puse las sandalias de mi pareja cerca de sus pies, para que estuvieran a su alcance cuando se levantara de nuevo. Con astucia, decidí colocar su blusa en el respaldo de la silla en la que estaba sentada, dejando a mi pareja la responsabilidad de decidir el rumbo de nuestra futura anécdota.

—Gracias cariño —agradeció mi pareja, simulando dar un beso al aire sin apartar la mirada del gringo.

Nos tomamos nuestras bebidas y brindamos por la nueva amistad que había surgido ese día. Leslie con su elegante copa de cóctel, y el gringo y yo con unos vasos de cerveza fría.

—¡Salud! —brindamos los tres antes de dar un gran trago de nuestras respectivas bebidas; el clima cálido lo pedía a gritos.

El cóctel de Leslie, lleno de hielo triturado, le causó un escalofrío repentino que hizo temblar todo su hermoso cuerpo sorpresivamente. Era el momento crucial para saber si nuestra fantasía se materializaría. ¡Todo dependía del siguiente movimiento de mi pareja!

Si ella decidía cubrirse con su blusa, las posibilidades de hacer realidad nuestra fantasía disminuirían notablemente. Pero si optaba por seguir soportando la fresca brisa de la noche y su helada bebida, luciendo un diminuto bikini rojo que dejaba poco a la imaginación; eso significaba que esa noche íbamos por todo.

La respuesta no se hizo esperar.

Leslie encogió los hombros automáticamente, debido al descenso repentino de su temperatura corporal al probar el hielo de su bebida. Sonriendo nerviosa, dirigió su mirada hacia mí, como si tratara de transmitirme con la mirada: "tranquilo amor, vamos hasta el final".

Aunque estaba prohibido hablar abiertamente de nuestra fantasía, el lenguaje corporal de mi pareja era más que elocuente.

—¿Está helado, cariño? —preguntó el gringo sonriente al ver la reacción de mi pareja tras beber su cóctel.

—Por supuesto que no. Está perfecto —respondió mi pareja con una sonrisa traviesa, dejando en claro que no le importaba sentir frío con tal de seguir siendo cebo para atrapar a una presa mucho más grande.

El gringo, por su parte, no perdía detalle del bello cuerpo frente a él; por lo que supuse que Leslie no solo lo había notado, sino que también lo había tomado en cuenta al decidir seguir mostrándose ante él.

Sonreí satisfecho al escuchar la respuesta de mi pareja; en ese momento comprendí que ella ansiaba tanto como yo hacer realidad la fantasía que habíamos ensayado días atrás con tanto esmero. Espontáneamente abracé a Leslie para aliviar, aunque fuera momentáneamente, el frío que su cuerpo semi desnudo podría estar sintiendo.

—¡Por una buena captura! —exclamé, alzando mi vaso para brindar de nuevo, sin estar seguro de si mi pareja o el gringo entendían la insinuación.

—¡Salud! —brindamos todos antes de dar otro sorbo a nuestras bebidas.

—¡Por la pescadora más hermosa! —exclamó ahora el gringo, levantando su vaso para proponer un nuevo brindis en honor a mi encantadora pareja.

Ese último brindis me pareció bastante predecible, considerando que no había otra mujer en el local. ¿A quién más podía estar dirigido si no era a ella? Afortunadamente para el gringo, estábamos allí más por diversión que por originalidad.

Sin darme cuenta, empecé a percibir un bulto creciendo bajo mi traje de baño. Por suerte, era

de mi pene y no de otra cosa. Que como si se tratara de un infame delator expresaba abiertamente mi sentir respecto a la situación actual en la que me hallaba, causando dolor debajo de mi ropa.

Aprovechando la cerveza que acababa de tomar como pretexto, decidí retirarme al sanitario, ubicado al otro lado de la piscina, para liberar un poco la presión que aumentaba sin control bajo la tela de mi bañador, en total privacidad.

Al llegar al sanitario, que se encontraba vacío y casi a oscuras, me dirigí a uno de los mingitorios y, desesperado, bajé mi bañador, mostrando mi miembro completamente erecto. ¡No podía creer el nivel de erección que había alcanzado mi pene, estaba irreconocible! ¡Era impresionante!

Ningún juego de rol que Leslie y yo hubiéramos practicado en nuestra alcoba, o fuera de ella, me habría preparado para el nivel de excitación que experimentaba en ese sucio y mal iluminado cuarto de servicio. Estaba completamente fascinado por el tamaño que había alcanzado mi miembro, lamentando solo que mi novia no estuviera presente para admirarlo en su esplendor.

“Debería haber traído mi teléfono”, pensé para mí, lamentando no poder capturar una imagen de mi pene para compartirla con Leslie; se veía tan extraño y familiar al mismo tiempo, estaba seguro de que ella nunca lo creería. Comencé a orinar para tratar de reducir la hinchazón de mi enorme miembro, pero la hinchazón era tal que la orina solo podía salir gota a gota.

Después de unos cinco minutos de estar de pie frente al mingitorio, intentando en vano orinar, acepté que la única forma de disminuir la hinchazón era estimular la eyaculación por mí mismo.

No es que la masturbación fuera algo desconocido para mí en ese momento; de hecho, se sabe que incluso los hombres con pareja estable continúan masturbándose durante la relación. La diferencia era que desde que Leslie era mi novia, ella solía encargarse de esta tarea íntima, y al no poder ayudarme en ese momento, tendría que arreglármelas solo.

Aprovechando la ausencia de personas en el cuarto sanitario, me dirigí a uno de los cubículos con el bañador en las rodillas, para no restringir con la ropa mi miembro erecto; parecía un pingüino ridículo caminando, ¡debí lucir patético!

Buscando la mayor privacidad para lo que estaba a punto de hacer, entré en uno de los cubículos, el que se encontraba al fondo. Cerré la puerta detrás de mí, me coloqué frente al excusado y comencé a frotar mi miembro lentamente, disfrutando sin reparos de su extensión; sabía que no era seguro que volviera a verlo en ese estado, ¡debía aprovechar la oportunidad!

“¿Cómo lo haría Leslie?”, me pregunté tratando de imaginar cómo mi novia me masturbaría; mientras con mi mano derecha acariciaba cada centímetro de mi miembro. Desde la base del tallo donde colgaban mis, por esta vez, también enormes testículos hasta la punta de mi glande, que terminaba en una gran cabeza rojiza; probablemente debido a la sangre que lo inundaba.

“¡Dios mío!”, murmuraba absorto por una excitación nunca antes experimentada; mientras mi mano empezaba a sentir el presemen que había usado para lubricar toda la zona de contacto entre ella y mi miembro, disminuyendo la fricción de la autoestimulación.

Mis caricias juguetonas se mezclaban con imágenes mentales del cuerpo desnudo de mi novia; que, como era lógico, conocía perfectamente. Sus senos voluptuosos y hermosos, y sus...

los glúteos redondos y firmes de Leslie eran lo que más ocupaban mis pensamientos, al menos al principio.

De forma sutil, como ladrones en la oscuridad, las últimas imágenes que tenía de mi pareja se fueron infiltrando en mi mente; sentada cómodamente en la barra del bar, exhibiendo sin ningún recato su escasamente cubierto cuerpo ante un desconocido que fácilmente le doblaba la edad.

Pero esas imágenes no venían solas, también recuerdo el erótico juego de roles que habíamos llevado a cabo días atrás; en el que Leslie y yo fantasiamos sobre la idea de que ella me fuera infiel con un hombre mayor, de preferencia un millonario. Sin embargo, dadas las circunstancias actuales, no podíamos ser muy exigentes.

"¡Oh, cielos!", exclamé una vez más, anhelando que esa excitación que estaba experimentando no se detuviera y, en cambio, se intensificara para poder seguir disfrutando desenfrenadamente de mi delirio. Y para mi sorpresa, mis ruegos fueron contestados de la forma más inverosímil.

Repentinamente, la puerta del baño se abrió y al menos dos personas entraron interrumpiendo mi agradable momento. Eran dos hombres, probablemente uno de los huéspedes del hotel y un miembro del personal, quienes se disponían a orinar en los urinarios frente a mi cubículo.

—¿Qué tal la noche? —preguntó el huésped en español, entablando conversación con el empleado del hotel mientras orinaban uno al lado del otro.

—La noche ha estado tranquila, hay poca gente debido a la temporada baja —respondió el empleado con cortesía.

—Sí, noté que solo hay una chica en el bar —comentó el huésped, refiriéndose a Leslie.

—Exacto, ella es la única mujer esta noche —confirmó el empleado, ratificando lo dicho por su compañero de urinario.

—Al menos tú la tienes cerca, yo ni puedo acercarme con ese viejo verde que la acompaña —se quejó el huésped en referencia al extranjero que estaba con mi novia en ese momento—. ¿Crees que la chica sea tan atractiva de cerca como parece de lejos?

Dada la dirección de la conversación, supuse que el empleado debía ser uno de los camareros del bar, o quizás el camarero que nos había estado atendiendo. ¿Quién más sino alguno de ellos podría acercarse a mi novia lo suficiente como para apreciar su esbelta figura?

—Bueno, la verdad es que... —titubeó el empleado por un instante, reflexionando si estaba cruzando los límites de la formalidad entre empleado y huésped— ¡ella está espectacular, ese h.. de p..! —finalizó de forma vulgar, dejando de lado la formalidad.

—¡Eso es seguro, has debido pasarte toda la noche mirando a esa fantástica z..! —acusó el huésped al empleado, riendo sonoramente.

—¡He pasado la noche limpiando la barra justo enfrente de ella para poder echarle un vistazo a las t.. de esa z..! —confesó el camarero riendo con desvergüenza.

—¿Y lograste verlas? —preguntó el huésped ahora de manera morbosa.

—¡Por supuesto que sí! —respondió orgulloso el camarero, alardeando de su falta de discreción—. ¡Esa fantástica z... muestra todo cada vez que ajusta su bikini!

No podía creer lo grosero que estaba siendo el camarero al hablar de mi novia. "¡Definitivamente no habría propina para él!", pensé molesto por sus palabras. Sin embargo, contradictoriamente, mi instinto masculino aprobaba lo dicho por el chico, indicándome con un pulso intermitente en mi zona baja que quería escuchar más.

—Pero ese viejo con el que está va a disfrutar toda la noche con esa z... —se lamentó resignado el camarero—. ¡Seguramente hoy se la f...!

—¿Cómo, ¿no viene con el viejo? —preguntó el huésped extrañado, aparentemente sugiriendo que mi novia era una especie de acompañante, por no decir prostituta.

—¡Qué va! —exclamó

el camarero, mofándose de las palabras del cliente—. ¡Esa mujer llegó con un individuo que ni se imagina que esta noche le van a ser infieles!

En otras circunstancias, podría haberme sentido ofendido por lo dicho por el camarero. Sin embargo, la realidad era otra; no era el extranjero quien iba a coquetear con mi pareja, éramos Leslie y yo quienes íbamos a seducir al extranjero, desarmarlo y exhibirlo como trofeo esa misma noche. ¡Pobre ingenuo!

Sonreí en silencio desde mi cubículo, burlándome de la candidez del empleado del hotel. "¿Quién era el verdadero ingenuo?", deseaba decirle para dejarlo en ridículo frente al cliente que estaba a su lado orinando. Lo habría hecho si no fuera porque mi miembro seguía palpitando ante mí, a punto de explotar de forma rítmica y angustiosa. Probablemente, la conversación morbosa en el exterior lo había excitado aún más. Comencé a sudar frío.

Incapaz de disminuir la erección de mi miembro, comencé a pensar en maneras alternativas para controlarlo. ¡Cuánto desearía tener un poco del hielo de la bebida de mi novia para aplicarlo en mi miembro! "Seguro que eso ayudaría a reducir mi excitación", pensé de manera un tanto absurda.

No era momento para entrar en pánico, necesitaba que Leslie me ayudara a volver a la normalidad, después de todo, mi miembro era su responsabilidad. Casi al borde de la desesperación por la falta de riego sanguíneo en mi cerebro, decidí que en cuanto esos dos hombres salieran del cuarto de servicio, regresaría con mi novia y el extranjero, sin siquiera ocultar mi miembro.

Pocos segundos después, mientras el cliente y el camarero seguían haciendo comentarios obscenos sobre mi pareja, escuché cómo abrían el grifo del lavabo para lavarse las manos antes de salir del cuarto.

—Si ese caballero no satisface adecuadamente a esa mujer, ¡estaré dispuesto a dar una mano para complacerla! —dijo el cliente de manera vulgar con una risa falsa, sugiriendo que el extranjero, debido a su edad, podría tener algún problema de disfunción eréctil que le impidiera satisfacer a mi novia en la cama u otro lugar donde ella deseara intimar.

—Para satisfacer a esa mujer, ¡yo también estoy dispuesto a colaborar! —dijo el camarero, también con una risa fingida.

Tras secarse las manos, ambos hombres salieron del baño entre risas forzadas y chistes de doble sentido, dejándome con una excitación terrible, aún mayor de la que había experimentado minutos antes. ¡Irónico!

Con cuidado, volví a colocarme el bañador, procurando no lastimar el apéndice palpitante y abultado que pendía de mi entrepierna. Quizás fuera solo mi impresión, pero sentía que me faltaba el aire.

Como pude, me dirigí hacia el bar, cruzando toda el área de la piscina preocupado de que alguno de los otros huéspedes notara mi vergonzosa situación. En retrospectiva, quizás habría sido mejor cruzar la piscina nadando para que el agua fría me ayudara a controlar mi excitación. Pero en ese momento, la sangre claramente no fluía a mi cerebro, al menos no al que utilizo para pensar.

Al llegar al bar, noté cómo mi novia y el extranjero reían animadamente, bromeando sobre tonterías. Él había movido su silla para estar más cerca de mi novia, casi tocando la pierna de Leslie con su parte íntima; mientras, disimuladamente, apoyaba su mano izquierda en la rodilla de ella pretextando estar un poco ebrio.

Y como si esa imagen no fuera suficiente para aumentar mi ya exagerada excitación, detrás de ellos estaba el atrevido camarero, que, según sus propias palabras, limpiaba una y otra vez la barra con una servilleta al lado de mi novia con el pretexto de apreciar su belleza de cerca.

Leslie y el extranjero estaban tan absortos en su conversación que ni siquiera notaron mi atormentadaCaminaba simulando tener una pierna acalambrada. Al no poder sentarme, opté por permanecer de pie detrás de mi pareja, mientras alcanzaba otra cerveza que había sido gentilmente pedida para mí. En las circunstancias en las que me encontraba, una cerveza fría podría tener un efecto similar al de una ducha fría.

—Cariño, John nos invita a continuar la fiesta en su habitación — informó mi pareja emocionada, girando su hermoso rostro al notar mi retorno.

Durante mi ausencia, mi pareja y el extranjero aparentemente habían planeado seguir divirtiéndose; la incógnita radicaba en cuánto me incluirían en esos planes. Sin embargo, contagiado por la charla lasciva entre el barista y el misterioso huésped, pensé para mí mismo: "¿Cómo negarle algo a esa gran mujer?"

—¡Me parece genial! —confirmé con una sonrisa al apartar mis labios de mi bebida—. Pero creo que primero necesitamos algo más fuerte —aseveré sin consultar a mis colegas de fiesta.

Desafiando con la mirada, dirigí mi atención al barista, quien no dejaba de limpiar la superficie de la barra junto a Leslie, con los ojos abiertos como platos, ansioso por no perder detalle de la atractiva figura de mi pareja.

—¡Amigo, sirve unos tragos de tequila! —ordené con determinación sin borrar la sonrisa de mi rostro.

Como es sabido, el tequila no solo es la bebida tradicional por excelencia de México, sino que también es una de las que contiene mayor grado alcohólico. Y es de conocimiento común que el alcohol suele provocar flacidez en los hombres; un efecto que en ese momento podría resultar bienvenido.

Nadie que no haya experimentado una erección tan intensa como la que yo estaba sufriendo podía culparme por pensar en eso. Debía hacer lo que fuese necesario para aliviar esos calambres que atormentaban mi entrepierna.

—¡Bien hecho, amigo! —exclamó el extranjero, complacido con la idea de que todos bebiéramos un poco más, especialmente la encantadora chica frente a él.

—¡Ahora beberás como un auténtico macho mexicano! —desafió Leslie al extranjero, esbozando su característica sonrisa pícara.

—¡Sí, quiero ser un macho mexicano! —respondió el extranjero sin amilanarse ante el desafío de mi pareja.

El barista amablemente colocó tres pequeños vasos junto a unas rodajas de limón y un salero frente a nosotros, preparándose para llenar los vasos hasta el borde con el tequila de mayor graduación que tuviera disponible. Era evidente que también estaba de acuerdo en que mi pareja disfrutara de unas copas más; después de todo, entre más ebria estuviera ella, más desinhibida debería volverse.

—Tú me enseñaste a pescar, ahora te enseñaré a beber tequila como un macho mexicano —propuso mi pareja, sin saber si era necesario explicar al extranjero la forma correcta de tomar tequila.

Leslie tomó una rodaja de limón con la mano izquierda y esperó a que el extranjero hiciera lo mismo; luego, pasó lentamente su lengua por el dorso de su mano de manera tan sugerente que hizo que el extranjero se sobresaltara, moviendo la cabeza de un lado a otro en un intento por recobrar la compostura.

—¡Wow, eso fue muy caliente! —exclamó sorprendido el extranjero por la forma tan sugerente en que mi pareja había pasado su lengua por el dorso de su mano; posiblemente imaginando que ella lo estaba acariciando en otra parte de su cuerpo.

—¡Por favor, cálmate! —pidió mi pareja golpeando la rodilla del extranjero con su mano derecha.

—Lo intento, pero es imposible con una chica tan atractiva como tú —se excusó el extranjero riendo descaradamente, lo que causó que mi pareja lo golpeara de nuevo.

Pero no fue el único sorprendido por la actitud sensual y traviesa de mi pareja. Al otro lado de la barra, el barista había conteniendo la respiración.completo de incredulidad por la escena erótica que acababa de presenciar a escasos metros de distancia.

De repente, sus manos se retiraron sigilosamente de la barra donde reposaban hace unos instantes. Observé en el espejo detrás de él lo que ya sospechaba; el barista rozaba de forma indecente su miembro justo frente a mi novia.

En mi mente, pensé con satisfacción: "Te creías muy valiente, idiota", recordando con victoria cómo el barista se había insinuado de forma descarada ante mi novia en el baño hace unos minutos. Olvidando por completo mi propia implicación en la situación, lo acusé mentalmente de no poder controlar su deseo.

Con enojo interno, lo sentencié: "Quédate con la fantasía de estar con mi novia, porque eres un tonto si crees que tendrás a Leslie esta noche".

Sin esperar a que mi novia terminara de explicar cómo beber tequila, tomé mi vaso de un trago sin pestañear, controlando cualquier gesto que pudiera delatarme. Después de todo lo vivido por culpa de mi insaciable deseo, esta tarea resultó sencilla.

Continuando su tutorial sobre el tequila, Leslie esparció sal en su mano, humedecida previamente con la lengua, para que se adhiriera. Tomó el vaso de tequila con la otra mano para beber. El gringo imitó sus movimientos siguiendo el ejemplo de mi novia.

Leslie lamió la sal de su mano y bebió el tequila de un trago, seguido por el trozo de limón que tenía en la otra mano, lo que provocó expresiones faciales por el ardor en la garganta y el sabor agrio en su paladar.

El gringo, ansioso por mostrarse como un auténtico macho mexicano frente a Leslie, imitó la acción, bebiendo el tequila de un trago. Ante las muecas que hizo por el fuerte sabor, captó la atención de los presentes con su piel enrojecida por la bebida.

La vestimenta del gringo y la intensidad del tequila hicieron que se sofocara rápidamente, despojándose del chaleco y desabotonando su camisa sin reparos, mostrando su barriga abultada y sus senos caídos con total naturalidad, lejos de la perfección física.

Divirtiéndose con los diferentes tonos de piel del gringo bronceado por el sol, Leslie bromeaba sin ofender, mientras el gringo, de buen humor, jugaba con su barriga prominente y sus senos caídos en respuesta.

—Mis pechos son más grandes que los tuyos, cariño —presumió el gringo en tono bromista, agarrando sus propios senos con las manos, animado por el alcohol.

—Sí, son más grandes que los míos —respondió Leslie siguiendo la broma, simulando abrir el sostén de su bikini para compararlos, entre risas.

Después de reír, Leslie posó su vaso en la barra y se cruzó en la mirada con el barista, quien parecía seguir excitado según la posición de sus inquietas manos.

—¡Llena de nuevo los vasos! —exigió Leslie, olvidando las formalidades.

El barista se vio obligado a dejar de masturbarse momentáneamente para rellenar los vasos con tequila. Apenas terminó, retomó su actividad clandestina, masajeando su miembro en secreto. En el fondo, lo envidiaba; ambos en la misma situación con la excitación a flor de piel, pero él al menos podía aliviar esa tensión acariciándose.

Unauna vez más vaciar mi vaso de tequila directamente en mi garganta, con la esperanza de que el alcohol me ayudara a no prestar atención a la parálisis fálica que me abrumaba. Sin embargo, fue en vano, mi miembro seguía firme como una roca. Atormentado, por un momento pensé en irme a la habitación a autocomplacerme, dejando a mi novia la total responsabilidad de cumplir nuestra fantasía con el extranjero. "Después ella compartirá los detalles conmigo", pensé.

—¡Salud! —exclamó mi novia con una sonrisa, antes de beber su tequila de manera convencional.

—¡Salud! —repitió el extranjero, siguiéndola.

El último trago les afectó a ambos con más intensidad. No solo se apoderó de sus gestos faciales, sino también de su sentido del equilibrio. Leslie se inclinó hacia adelante apoyando su mano izquierda en el muslo del afortunado juerguista, quien a su vez se acercó a ella abrazándola con su otra mano y aprovechando la cercanía para susurrarle al oído.

Parado detrás de la silla de mi novia, no lograba escuchar lo que el hombre le decía; sin embargo, tenía mi propia vista, ya que a pesar de la visión borrosa, podía ver cómo el barman no soltaba el bulto bajo su ropa, acariciándose con más intensidad. Después de la charla, Leslie asintió en señal de sumisión, sin dejar de reír mientras recuperaba la compostura.

—Cariño... él quiere que... vayamos a su habitación ahora mismo —dijo Leslie girando hacia mí con voz entrecortada por el alcohol.

—Como prefieran ustedes —respondí a mi encantadora novia, accediendo a su petición—. ¿Quieren que los acompañe o prefieres ir tú sola? —pregunté en un intento de escabullirme para dirigirme a nuestra habitación y satisfacerme solitariamente.

Bajo los efectos del alcohol, no recuerdo cuán alto estaba hablando en ese instante. A juzgar por las caras del extranjero y el barman, supongo que debió haber sido lo suficientemente audible como para que ambos escucharan lo que sugería a Leslie.

El barman abrió los ojos de par en par, incrédulo ante mi disposición. Después de todo, ¿qué hombre en su 'sano juicio' permitiría que su pareja, bajo los efectos del alcohol, acompañara a un desconocido a su habitación del hotel?

Por otro lado, el extranjero sonrió visiblemente entusiasmado ante mi actitud relajada y complaciente. Sin duda, ¡no se esperaba esa respuesta de mi parte en absoluto! Lleno de entusiasmo, pidió otra ronda de tequila, anticipándose a la respuesta de mi novia.

—Otra ronda, por favor —solicitó el extranjero al barman con alegría, golpeando la barra.

Honestamente, a pesar de que el extranjero podría estar muy agradecido, en realidad había hecho esa extraña sugerencia pensando únicamente en mí mismo; desconociendo cuánto tiempo necesitaría para culminar en caso de unirme a ellos, lo cual sentía urgente llevar a cabo. A pesar de ansiar ver el desenlace de nuestro juego erótico de rol en tercera dimensión, estaba dispuesto a esperar a otra ocasión.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó mi novia a punto de romper nuestra regla tácita de no consultar la opinión del otro respecto a concretar una fantasía, establecida especialmente para este tipo de situaciones.

—Sí, cariño, estoy completamente seguro. Tengo un asunto pendiente que resolver —respondí en tono jocoso, haciendo alusión a mi miembro erecto—. Bueno, no tan pequeño, en realidad —añadí entre risas.

Sin comprender mi broma, Leslie tomó el vaso de tequila que acababa de servir el sorprendido barman, y sin más que agregar, lo alzó en alto para

Acompañar un brindis nuevo sugerido por el contento gringo.

—¡Salud! —brindó ella con una sonrisa en el rostro.

Sin seguir el ritual de la sal y el limón, los tres bebimos el último trago de tequila hasta la última gota, soltando una carcajada al final. Después de recuperarnos de los efectos inmediatos que nos causó la ardiente bebida, el gringo pidió al camarero que cargara la cuenta a su nombre y llevara la botella a su habitación, donde continuaría la celebración con mi pareja.

Resulta que John, también conocido como el gringo, vivía en un pueblo del centro de Texas. Al igual que muchos residentes del interior del estado, le gustaba tener una propiedad en la isla para pasar sus fines de semana. En el caso de John, tenía un tiempo compartido en el hotel, lo que le permitía disponer de una habitación varias semanas al año. Aunque solía ir acompañado de su esposa, en esta ocasión había decidido viajar solo para disfrutar de la pesca deportiva.

—¿Estás seguro de que no quieres venir con nosotros? —preguntó mi pareja una vez más, con un tono más animado, mientras se agachaba para buscar sus sandalias a tientas en el suelo.

—Por supuesto, cariño —respondí, acariciando su rostro con ambas manos y dándole un beso tierno en la frente—. Diviértete, preciosa —añadí, aceptando silenciosamente que esa noche tenía total libertad para hacer lo que quisiera.

—Está bien... —asintió mi pareja, satisfecha con mi benevolencia—. No te esperaré despierto —sentenció con una sonrisa traviesa, insinuando que no pensaba regresar hasta el amanecer.

¡Las palabras finales de mi pareja aceleraron los latidos de mi corazón! La idea de que pudiera engañarme con un desconocido me generaba una excitación incontrolable. En un instante, la flacidez que el alcohol podía haber causado en mi miembro desapareció por completo con esa breve frase de Leslie. Estaba a punto de estallar de deseo.

Anhelaba quitarme el bañador para liberar a mi miembro y acabar con mi angustia, ¡pero aún no era el momento! Debía esperar a que mi pareja y el gringo se retiraran a su habitación; no quería faltar el respeto ni ser descortés.

—Hasta luego... cariño... —se despidió Leslie, aferrándose al gringo para no tropezar al caminar.

—Adiós, amigo —dijo el gringo de manera seca, sujetando fuertemente a mi pareja por la cintura y luciendo una sonrisa de felicidad en su rostro.

Titubeantes, la alegre pareja se alejó hacia el ascensor, olvidando la blusa de mi pareja en el respaldo de la silla. “No tiene sentido alguno”, pensé, reflexionando sobre lo inútil que sería retrasar su partida para devolverles la prenda de color turquesa; suponiendo, con seguridad, que en cuanto llegaran a la habitación el gringo se encargaría de desnudar a Leslie.

Dado que no podía caminar en ese instante debido al bulto entre mis ropas, opté por sentarme a tomar otra cerveza antes de retirarme a mi habitación, bajo la mirada curiosa del desconcertado camarero.

—Tu pareja es realmente hermosa —comentó el joven, con una sonrisa astuta, intentando romper el hielo mientras me servía otro vaso de cerveza.

—Gracias, pero esa mujer no es mi pareja —mentí con astucia, evitando tener que explicar lo que acababa de ocurrir—, solo es una amiga.

—Oh, disculpa, señor, me dio la impresión de que eran pareja cuando los vi esta tarde jugando en la piscina —dijo el camarero, confesando que nos había observado horas antes mientras Leslie y yo nos divertíamos en el agua.

—No te preocupes, amigo, para mí es un honor que me vean con una mujer tan hermosa como ella; además, antes de bajar a la piscina.

Estuve intimando con ella en la habitación —mencioné con un aire de superioridad antes de beber un sorbo más de mi cerveza.

—Vaya suerte la suya, ¡cómo anhelo tener la oportunidad de estar con una mujer tan atractiva como su acompañante! —expresó el camarero con envidia y suspiro.

En mi mente, mientras me burlaba internamente de aquel chico humilde que momentos antes se jactaba con la ilusión absurda de estar con mi novia en el baño, pensé: "¿Qué tipo más iluso es este, pensando que puede tener a Leslie, no tiene la hombría suficiente!".

—¡Llegas tarde amigo, ese extranjero blanquito te ganó la partida! —dije riendo en tono jocoso, y di otro trago generoso a mi cerveza.

Apenas acomodé mi vaso en la barra, otro empleado se aproximó al camarero para solicitar un pedido para una de las habitaciones. Supuse que se trataba del cuarto del extranjero, ya que había pasado un tiempo desde la última vez que escuché sonar el teléfono para algún requerimiento de bebida.

—Claro, aquí está la botella —respondió el camarero, entregando al colega la botella de tequila de la cual habíamos estado disfrutando, junto con un par de vasos limpios, unas rodajas de limón y un pequeño salero, elementos esenciales para degustar el tequila de forma tradicional.

El empleado procedió a colocar los objetos en la bandeja de servicio que solían utilizar para llevar los pedidos a las habitaciones de los huéspedes, cubriéndolos con una brillante tapa de acero inoxidable en forma de cúpula. Antes de que se dirigiera hacia la habitación del extranjero, el camarero se acercó a mí con una pregunta curiosa.

—¿Quiere enviar algún mensaje a su amiga? —inquirió el camarero con una sonrisa burlona, antes de despachar a su compañero.

Al parecer, el camarero intentaba bromear acerca de mi condición de cornudo frente a su colega, aprovechando mi estado ligeramente ebrio. Él estaba jugando sucio, pero no pensaba dejar que se saliera con la suya tan fácilmente.

—¡Claro! —respondí astutamente, mientras tomaba la blusa de mi novia del respaldo de la silla y la ponía en la bandeja de servicio—. ¡Dile que se le olvidó esto y asegúrate de obtener una buena propina! —añadí riendo con sarcasmo, sin dejarme intimidar por la broma del camarero.

Ambos empleados rieron abiertamente, aceptando la respuesta con naturalidad; el camarero deslizó la blusa de mi novia debajo de la cubierta de la bandeja y se retiró rápidamente para realizar la entrega, mientras el camarero seguía riendo ante la situación increíble. Yo, sin inmutarme, continué bebiendo mi cerveza.

—Perdón por la pregunta, señor —interrumpió el camarero despreocupadamente—, ¿usted cree que alguien como yo tendría alguna oportunidad con su amiga? —preguntó descaradamente, tomándome por sorpresa.

¿Cómo podía hacerme esa pregunta? Tal vez confiando en que yo no estaba en mis cabales, se atrevió a romper todas las barreras de la formalidad entre huésped y empleado.

—Hay dos formas de conquistar a una mujer como mi novia —respondí influenciado por el alcohol, olvidando que minutos antes negaba que Leslie fuera mi pareja—: ¡con una gran billetera o un gran atributo masculino! —sentencié irónicamente, asumiendo que él no contaba con ninguna de las dos.

El chico rió complacido por mi respuesta audaz, y arrojó bruscamente el paño con el que, una vez más, limpiaba la barra frente a mí.

—Pues entonces, ¡creo que tengo posibilidades con su novia! —presumió el muchacho dando un paso hacia atrás, y mostrando con actitud orgullosa que estaba bien dotado, anatómicamente hablando—. Solo necesito un poco de ayuda para...estar en privado con ella —comentó descaradamente, aprovechando mis propias palabras.

No pude evitar reír ante la dualidad de ese chico. Por un lado, presumía ser todo un galán y un instante después pedía mi ayuda para conquistar a una mujer. ¡Qué lamentable era todo!

No iba a dejar pasar la oportunidad de divertirme a costa del camarero; después de todo, él también se había burlado de mí minutos antes. Y si podía utilizar a Leslie como cebo, mucho mejor; ¡era como ir de pesca en un fin de semana deportivo!

—¿Qué te parece si en lugar de ayudarte a quedar a solas con mi pareja, prefiero quedarme para ser testigo de tu encuentro? —pregunté con un tono travieso y sensual, que solía usar únicamente en la intimidad con mi pareja durante nuestros juegos eróticos.

—No me molestaría en absoluto, señor. Estoy seguro de que disfrutaría viendo cómo me acuesto con tu novia —dijo el camarero con confianza en su virilidad, lo que nos hizo soltar una carcajada a ambos.

Me gustaba la actitud fanfarrona y obscena con la que este chico solicitaba mi ayuda. Su forma de bromear sobre tener relaciones con Leslie, a quien no dudaba en llamar de cierta manera cada vez que podía, era divertida y excitante.

—Está bien —asentí, dejando claro que aceptaba cerrar el trato; yo lo ayudaría a tener relaciones con mi novia, siempre y cuando obtuviera un lugar preferente para presenciar el evento.

Toda esa conversación erótica volvió a poner mi miembro en alerta máxima; esa noche, ninguna cantidad de alcohol parecía ser suficiente para controlar la imponente erección que dominaba mi entrepierna. ¡Estaba muy excitado!

Sin previo aviso, una nueva fantasía se apoderó de mi mente: ¡ver a este chico fogoso en acción con mi pareja delante de mí! Sin duda, eso me proporcionaría una dosis extra de morbo; después de todo, mi pareja no era la única que iba a disfrutar en ese momento.

Antes de que pudiéramos seguir con nuestra emocionante charla, el camarero que se había llevado la botella de tequila y la blusa de mi pareja hacia la habitación del extranjero regresó con una sonrisa pícara en su rostro. Puso la bandeja con la tapa frente al barista y le susurró algo al oído.

El camarero forzó una sonrisa, mostrando incredulidad al escuchar el susurro de su compañero. Se inclinó hacia la bandeja, levantó la tapa para echar un vistazo a lo que estaba bajo ella.

Tras satisfacer su curiosidad, dejó caer la tapa bruscamente mientras se doblaba de risa, mientras yo lo miraba sorprendido por su reacción tan inesperada.

Una vez repuesto, limpió sus ojos aún risueños y chocó los puños con su compañero en complicidad, indicándole que podía retirarse. Luego, clavó sus ojos en los míos y me entregó la bandeja de forma burlona.

—Aquí tienes una sorpresa para ti, señor —dijo con una sonrisa traviesa en los labios.

Ansioso por descubrir la causa de su reacción tan repentina, levanté la tapa de acero inoxidable, revelando lo que estaba debajo. Una vez que vi lo que ocultaba, solté una risa fuerte

Rió con fuerza lanzando la cabeza hacia atrás, casi perdiendo el equilibrio y a punto de caer hacia atrás.

Se trataba de la misma vestimenta que le había enviado a Leslie, su blusa turquesa, ¡y también su pequeño traje de baño rojo! No podía creer lo que veían mis ojos, la ropa de mi pareja presentada como si fuera un postre en una bandeja plateada. Si alguna vez había tenido dudas sobre la relación entre mi pareja y el extranjero, estas ya habían desaparecido. En ese momento no quedaba ninguna incertidumbre de que mi pareja estaba completamente desnuda en la habitación de ese hombre, y las posibles actividades que estarían realizando eran claras.

Pero la bandeja no solo revelaba la vestimenta de mi pareja, también mostraba la tarjeta de seguridad que abría la puerta de la habitación del extranjero, donde seguramente estarían disfrutando juntos. Esto solo podía significar una cosa: ¡una invitación directa para unirse a ellos en su diversión!

Quizás al recibir la blusa, mi novia se dio cuenta de inmediato de que se la había enviado yo y, en un acto de jugarreta, decidió devolverla junto con su traje de baño y la tarjeta de seguridad, indicándome que en ese momento no necesitaba ropa, pero que estaba abierta a que me uniera a ellos. O tal vez el extranjero, siendo mayor, no cumplía con sus expectativas en la intimidad y esta era su forma de pedir refuerzos para satisfacerla.

Lamentablemente, en ese momento no podía aceptar la invitación. Sin embargo, si ella estaba buscando un nuevo compañero para seguir con la diversión en la habitación del extranjero, mi responsabilidad era conseguirlo. Afortunadamente, sabía exactamente dónde encontrarlo.

—Si buscabas la oportunidad de estar con mi pareja, aquí la tienes —dije con generosidad, entregándole la tarjeta del extranjero al barista, quien la atrapó sin problemas.

—¿En serio? —preguntó el barista incrédulo ante mi propuesta.

—¿Quieres aprovecharla o no? —pregunté, molesto por su vacilación.

—Sí, claro que sí —respondió tras reconsiderarlo.

No podía creer lo que acababa de hacer. Había dado a este humilde chico la oportunidad de intimar con una mujer que de otra manera estaría fuera de su alcance: mi hermosa novia Leslie. Si hubiera un premio Nobel para la generosidad, seguro que yo sería el ganador.

Una vez más, la tensión en el ambiente aumentó, haciendo que mi cuerpo reaccionara y deseara liberarse de la opresión de la ropa. No aguantaba más, necesitaba ir a mi habitación para masturbarme de inmediato; ya no había tiempo para seguir divirtiéndome a expensas del barista.

—Perfecto, solo necesito que me hagas un pequeño favor antes —condicioné mi oferta.

—Lo que sea, señor —respondió el barista sin dudarlo.

“Pobre ingenuo”, pensé, estaba tan ansioso por estar con mi novia que hubiera aceptado cualquier cosa que le pidiera. Por suerte, solo tenía un objetivo en mente.

—Primero necesito que me lleves a mi habitación, estoy tan ebrio que dudo poder caminar —mentí con astucia, ocultando el verdadero motivo que me impedía andar con normalidad.

—Claro, sin problema —aceptó el chico.

El barista llamó a un colega para que lo cubriera en la barra. Luego, colocando mi brazo sobre sus hombros, me ayudó a llegar a mi habitación, ante la vista de los pocos presentes que observaban la escena con extrañeza; aunque en un lugar como ese, no sería raro ver a alguien pasado de copas durante sus vacaciones.

El trayecto hacia mi habitación fue ...bastante complicado, con dificultades para doblar los muslos de manera adecuada, arrastraba la pierna derecha, donde mi miembro se encontraba pegado como un objeto inmóvil que no mostraba señales de flexibilidad; crujiendo de forma dolorosa a medida que avanzábamos. Por suerte, había un ascensor disponible para subir hasta la habitación.

Dado el bajo nivel de ocupación y el procedimiento de rotación de habitaciones del hotel, no era sorprendente que la habitación del gringo y la mía coincidieran en el mismo piso, separadas únicamente por un par de puertas.

—¡Qué suerte que las dos habitaciones estén en el mismo piso! —comentó el barista en tono algo imprudente, como si bromeara.

“Sí, qué casualidad”, pensé sin responder, tratando de ocultar mi erección con una expresión de angustia.

Ignorando las palabras del chico, pasamos junto a la habitación donde se suponía que Leslie y el gringo estaban teniendo relaciones. Puede que fuera producto de mi inquieta imaginación, pero juraría haber escuchado la característica respiración entrecortada que mi novia emitía durante el acto sexual.

¡Cómo deseé detenerme para observar! Después de todo, teníamos una llave de seguridad. Sin embargo, en ese momento mi prioridad era llegar a mi habitación.

Le entregué mi tarjeta al barista para que abriera la puerta de la habitación; una vez dentro, él prácticamente me empujó sobre la cama sin molestarse en encender las luces, ansioso por unirse a mi novia y el gringo. No tenía intenciones de demorarlo más; en cuanto cerró la puerta tras de sí, bajé bruscamente mi bañador hasta las rodillas.

—¡Rayos, qué dolor! —mascullé al sentir el rozar áspero de la tela de mi bañador sobre la sensible piel de mi miembro.

Un sudor frío perló mi frente mientras mordía mis labios y cerraba los ojos en un intento de detener el mareo que experimentaba. Mientras esperaba a que el repentino dolor, causado por mi imprudencia, disminuyera.

—Gracias al cielo, gracias al cielo —dije repetidamente, una vez que el dolor comenzó a disminuir hasta casi desaparecer por completo.

Abrí los ojos y dirigí la mirada hacia mi palpitante miembro. A pesar de estar en total oscuridad, podía distinguir claramente lo lleno de vigor que se encontraba; parecía como si hubiera tomado algún estimulante, lo cual no era el caso. ¡Estaba impresionante!

Con pequeños movimientos, retiré el bañador de mis piernas mientras desabotonaba torpemente mi camisa, para finalmente quedarme desnudo sobre la cama en la más completa privacidad; listo para disfrutar de una estimulación que me llevara a un orgasmo supremo. Eso era lo que mi caprichoso miembro exigía.

Como es bien sabido, la masturbación va más allá de un acto físico, también tiene un componente mental. Por lo tanto, para lograr un mejor resultado, es necesario recurrir a las imágenes más excitantes que se tengan a disposición. Afortunadamente, contaba con material fresco para este morboso juego: ¡la imagen mental de mi novia teniendo relaciones con dos desconocidos a un par de habitaciones de distancia! Eso debería ser suficiente.

Llevaba un rato liberando líquido preseminal por la punta de mi glande, sin ningún pudor lo utilicé como lubricante para reducir la fricción entre mi pene y mis manos. Comencé a frotar mi miembro lentamente con una mano mientras acariciaba mis testículos con la otra, jadeando de placer.

La sensación en la piel expuesta de mi robusto pene al subir y bajar con la mano untada de ese viscoso fluido era excepcional. El aroma de mi propio semen se mezclaba con las imágenes más inverosímiles que mi mente era capaz de concebir: mi bella novia siendo complacida por dos hombres a la vez, uno joven y otro mayor. ¡El placer era indescriptible!

Todo este erotismo hizo que mi miembro alcanzara su máximo esplendor. “¡Cómo desearíaque Leslie observara mi órgano en este instante”, suspiré resignado. Repentinamente, una idea surgió en mi mente, “¿por qué no tomar una foto?”. ¡Eureka!, la solución a mi problema estaba justo al lado de mi cama, sobre la mesita de noche para ser más específico: mi teléfono inteligente.

Detuve por un instante mis caricias mientras alcanzaba mi teléfono. Abrí la app de la cámara y me preparé para capturar la mejor imagen posible de mi órgano para luego compartirla con mi pareja. Dado que me encontraba en total oscuridad, encendí la linterna de mi dispositivo para iluminarlo, mientras utilizaba mi mano izquierda para mantenerlo erecto agarrándolo por los testículos.

Bajo la luz de mi teléfono, no podía creer cómo lucía mi pene; es decir, sabía que debía ser mi propio órgano, mi compañero de tantas batallas, pero simplemente no lo reconocía. Era como si fuera la versión fálica del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

Justo antes de capturar la imagen del ‘monstruo’, fui interrumpido por un mensaje de un remitente desconocido. “¿Quién demonios puede ser tan inoportuno?”, pensé mientras abría, más por inercia que por curiosidad, el mensaje que carecía de texto pero tenía una foto adjunta.

—¡Oh no! —exclamé al ver la imagen sin texto que la acompañaba.

No podía creer lo que veían mis ojos. ¡Era la imagen más erótica y morbosa que había visto en mi vida! ¡Tomada apenas unos segundos atrás, a pocos metros de donde me encontraba!

Una fotografía de alta calidad mostraba a una bella y joven mujer junto a dos hombres mayores, ¡totalmente desnudos teniendo relaciones sobre la cama! Eran mi hermosa novia Leslie y los dos pescadores que habíamos conocido ese día en el muelle.

En la imagen se veía a John acostado en la cama, sosteniendo la cintura de mi novia quien montaba sobre él como si fuera un jinete montando un corcel. Mientras el otro pescador abrazaba a Leslie por la espalda, simulando una penetración anal.

Al parecer, John olvidó mencionar que su amigo de pesca, el otro extranjero, compartía la habitación con él ese fin de semana. Quizás la excitación que les habíamos causado con nuestro juego les hizo pasar por alto las necesidades de su amigo. O tal vez, fuimos nosotros quienes picamos, como peces ingenuos, en su experimentado anzuelo.

No importaba la razón de la omisión por parte del extranjero, el resultado lo justificaba; la sonrisa en el rostro de la chica en la imagen recibida mostraba lo mucho que estaba disfrutando en ese momento. Se veía tan hermosa y perversa a la vez. ¡Me fascinaba!

El sensual cuerpo de Leslie contrastaba con las grandes barrigas de esos dos hombres mayores. Pero esa marcada diferencia era lo que daba a la imagen ese toque de morbo y perversión. Mucho más excitante que si en la imagen hubiera estado el joven barista en lugar de cualquiera de los dos hombres; quien, según el enfoque, ángulo y perspectiva de la foto, debió ser quien la tomó.

¡Pobre chico!, pensé sintiendo compasión por el barista, quien aparentemente tendría que esperar su turno para estar con mi novia, hasta que esos dos viejos quedaran satisfechos. “En fin, eso ya no es asunto mío”, reflexioné.

Como si mi órgano hubiera estado esperando el mensaje recién recibido, rompiendo la quietud, un potente chorro de esperma fue lanzado directamente hacia el techo, salpicando toda el área alrededor al no tener la fuerza suficiente para alcanzar su objetivo. Finalmente, se desinflamó después de casi dos horas de excitación, al momento.

que una sensación de placer máximo se apoderaba de todo mi inerte cuerpo.

—¡Oh, cielos! —exclamé, entre la confusión del placer y el dolor que sentía.

Por un lado, había alcanzado el orgasmo más sublime y elevado que recordaba. Y por otro lado, me había perdido la oportunidad de capturar la imagen perfecta del monstruo más escurridizo; oportunidad que no sabía si volvería a presentarse próximamente.

Desanimado, solté el teléfono para poder limpiar el líquido que había caído sobre mi pecho. Tomé con mis dedos unas pocas gotas y las llevé a la punta de mi lengua, deseando saber si el sabor de mi semen había sufrido alguna metamorfosis similar a la que había experimentado mi miembro unos momentos antes. ¡Realmente, su sabor era divino!

Aceptando la situación y sin nada más que pudiera hacer al respecto, me dispuse a responder amablemente el mensaje de texto de mi novia y sus dos nuevos amigos, que estaban a solo dos puertas de distancia, con la única frase que se me ocurrió en ese momento: “Buena pesca”.

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