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Infiel por mi error. Prostituta por obligación (35)


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Sus motivos, los de ellos y más dolor.

La hermosa Cartagena de Indias en una noche común. Faroles iluminando con esplendor ámbar, fachadas con balcones coloniales de un barrio muy reconocido. ¡El Getsemaní! En otra imagen, varias parejas disfrutando de un paseo nocturno. Individuos todos desconocidos pero felices, cenando y bebiendo, sentados en diversas mesas; otros de pie junto a ellos, seguramente esperando por un lugar libre, lado a lado en la calle empedrada bajo los parasoles con su tela de lona cruda, por si acaso llovieran estrellas fugaces, ya que en el cielo no se divisaba ninguna tormenta.

Abrazos románticos, besos y risas. Manos entrelazadas de varias parejas como enamorados, y yo con el corazón destrozado. A la derecha de la foto, no tan clara la cara de un hombre alto, muy mayor y de piel extremadamente morena, con una sonrisa satisfecha que presume su suerte o su billetera, ya que lo acompaña una mujer joven y hermosa. De cabellos largos y lisos, con un vestido suelto y ligero, –de color naranja mandarina– que cubre su armonioso cuerpo hasta los tobillos, mientras lo abraza por la cintura.

No refleja felicidad en la curva de sus labios, pero los rizos de su melena ondulada dorada parecen querer elevarse hacia el cielo, animados por la brisa para alejarse, y en esa imagen a pesar de lo lejana, sus píxeles captaron la atención de mis ojos hacia los de la joven. Esa forma redonda y delineada. Esas pestañas oscuras y curvas. El par de cejas, espesas y arqueadas. Pero sobre todo, el tono de ese azul cielo, en mi noche lluviosa y fría, aumenta mis interrogantes.

¡Se asemeja a Mariana! Pensé ya sumido en el dolor, dejando escapar un solitario aguacero de lágrimas, acompañado por la mirada acostumbrada a la tristeza ajena del barman de turno, que bajo mis indicaciones, llenaba por tercera o cuarta vez de tequila, la última de las tres copas.

La llovizna persistía afuera. Lo recuerdo bien porque tenía mojadas las perneras cuando acomodé mis nalgas en el taburete, y ya tan ebrio como consciente, quería engañar a mi corazón distraiéndolo con lo que mi mente certeramente me obligaba a reconocer. Otras fotos en las páginas siguientes, –aunque borrosas– afectaban mis retinas, y a través de ellas a mi alma incrédula, la realidad de un repentino viaje de negocios.

Entraban contentos de noche a un hotel colonial, seguidos a distancia prudencial por el fotógrafo. Salían al día siguiente, –en la imagen de abajo– otra mañana de febrero, tomados de la mano y con atuendos diferentes ambos, pero en ella se notaba un reciente baño, por el brillo en su espalda de los cabellos dorados demasiado dóciles y húmedos, como desmayados. Yo... Yo apenas comenzaba, supongo, con el segundo trago de la quinta ronda.

En una de las últimas, a lo lejos el fotógrafo los enfocaba con su cámara, y el teleobjetivo acertaba en el blanco de sus rostros, al pasar la carroza en la que transitaban frente a la ciudad amurallada. Inconfundible ante mis ojos, lloré. ¡Era mi Mariana!, y con torpeza embriagada, derramé mi tercera copa manchando con tequila y mis lágrimas, las fotografías de su traición.

—Esa vez Eduardo no hizo nada. Realmente fui yo la que actué ante él como una mujer desamparada, que frente a la propuesta del magistrado, simulé un ataque de integridad y busqué su respaldo. —De vuelta a esta realidad, la escucho distante, pero sin dejar de poner atención. Quizás ya no me importe. Tal vez ya no me lastime como al principio…

— ¡Qué tonto!, pensé, al verlo tan ilusionado, confiando en poder utilizarme como moneda de cambio hacia la irracional idea del magistrado. Es cierto que

Lo de proponernos asistir a esa reunión en su residencia fue una idea suya, y ese gesto lo aceleró todo, pero aquellos dos al final pensaron que lo hacía con gusto. — ¿A qué se refiere Mariana? ¿Qué demonios aceleró?

— ¡No puede ser! – Con un gesto de resignación y modulando a propósito el tono de mi voz para hacer el drama más creíble, continué explicándoselo a Eduardo. —¿Cómo puedo enfrentar a Camilo ahora?

—Es cierto que usted, don Christopher, está acostumbrado a ganar y tener todo bajo control, pero en temas del corazón, su opinión pierde toda validez. —En ese momento soltó un suspiro, pero luego de este escuché en su carraspeo un gruñido de enojo y malestar.

—Escuche, señorita, –respondió tranquilo, sin levantarse de su asiento– antes que nada me gustaría aclarar que no pienso que usted sea una mujer cualquiera. Simplemente quiero que se comporte como una rival inesperada. Solo necesito, y aprovechando la buena impresión que le causó y lo atractiva que le pareció, tan blanca y de ojos azules, —muy diferente a mi nuera—, que haga el favor de coquetear con mi hijo delante de ella para provocarle celos y dudas, para ver si se disgustan lo suficiente y Kevin por fin abre los ojos. Por supuesto, no pretendo de ninguna manera que mi hijo se enamore de usted, ni mucho menos, ya que para él ya he elegido a la mujer adecuada para su futuro.

—Permítame explicarle, magistrado, en primer lugar, estoy casada y respeto a mi esposo. En segundo lugar, sugerir que termine una relación de varios meses en poco tiempo es absurdo. Los vi muy enamorados cuando visitaron la casa modelo. Y en tercer lugar, no necesito complicarme la vida para ganar mi sueldo y mantener a mi familia. Tengo otros clientes interesados en comprar, sin tener que involucrarme en asuntos complicados. —Le contesté.

— ¡Caramba! ¿¡Pero cómo es posible!? ¿También fue chantajeada para tener relaciones sexuales con el hijo? — Interrumpió Camilo alarmado mis pensamientos, y enojado se levantó de la mesa para ir al interior de la habitación, murmurando alguna obscenidad, en la que seguramente yo estaba involucrada, pero regresó rápidamente, aunque con los dedos apretándose fuertemente la cabeza, y yo aplasté la colilla en el cenicero con la presión de los míos.

—Esté tranquila, jovencita, –dijo al verme preocupada– verá que no es para tanto. Usted sabrá cómo hacerlo, pero la cuestión es que mi hijo se desenamore de esa muchacha o ella de él. Acérquese a mi hijo en la reunión que tendremos en casa y conquístelo. Se me ocurre que simule una relación apasionada con Kevin, real o fingida, pero de manera exagerada para que mi nuera, si no puede verlos, al menos los escuche y al enterarse de la infidelidad de mi hijo, arme un escándalo que termine con ese estúpido compromiso.

— ¡Claro, claro! Ehh… ¿Eso sería en su habitación de soltero? O si no le importa, ¿podríamos hacer el amor en la suya y la de su esposa, que seguramente tendrá una cama más grande? ¡Por favor, señor magistrado, qué cosas dice! De aceptar, apenas daría el primer paso para atraerlo y con suerte, conseguiría una cita a solas con su hijo, pero hasta la semana que viene. ¡Se lo aseguro!

—Muy graciosa, señora Melissa. En cualquier caso, si no es en mi casa, usted encontrará la forma de encontrarse con mi hijo, pero eso sí, mi nuera debe enterarse de esta infidelidad. A cambio, Melissa, prometo comprar esa casa pagando su valor total en efectivo. La mitad tan pronto Kevin cancele su compromiso, y la otra mitad cuando esté por firmar las escrituras. Tengo el dinero listo, pero usted, señorita, no tiene mucho tiempo para considerar mi oferta.

—Me volteé con placidez

con gesto de enojo mirando a Eduardo, que hasta ese momento no había participado en la conversación, para consultarle…

— ¿Qué opinas de esa propuesta, jefe? ¿No te parece una falta de respeto lo que este caballero me está planteando? ¡Creo que hemos sido engañados!—En ese instante, la expresión de Eduardo cambió a una sonrisa maliciosa, como si estuviera disfrutando de la situación. ¡Qué astuto!

—No es para exagerar, Melissa. –Respondió con seriedad y firmeza, pero con un tono más gerencial y administrativo que protector y paternal. – En mi opinión, el juez Archbold solo está pidiendo nuestra colaboración a cambio de cerrar la compra de la casa hoy mismo. Ehh... ¡y con un adelanto del veinticinco por ciento! ¿No es así? —Dijo dirigiéndose a él, presionando al juez.

—Soy un hombre de palabra, señor. Haré lo que les prometí. Mitad y mitad. Si esta señorita cumple, recibirán de inmediato lo acordado. Además, habrá un bono extra para ambos, por su colaboración y discreción, siempre y cuando ella se destaque. —Respondió el juez con seriedad.

— ¡Buena idea! –Intervine sin inmutarme, dejando al juez y a Eduardo sorprendidos. – Así nos deshacemos de ella de una vez, la constructora vende otra de las casas, y yo actúo como intermediaria por una compensación. ¡Excelente! Mancho la reputación de mi esposo y ensucio mi honor por casi nada, y ustedes dos se benefician entregando mi cuerpo. ¿No les parece desventajoso para mí? Porque a mí no me interesa su dinero. ¡Yo quiero algo más valioso! —Tanto él como Eduardo me miraron con perplejidad. ¡Camilo, igualmente!

—Usted tiene algo más valioso para mí, juez. ¡Sus contactos! Proporcióneme una lista de personas cercanas con las que podría hacer negocios. Hable con ellos sobre la casa que vendí a su hijo, ya que la envidia que generará en esos clientes referidos, me generará más ganancias que el bono planeado.

—Inteligente y hermosa. Kevin no se equivocaba al hablar maravillas de usted y al insistir en que la conociera lo antes posible. Muy bien, Melissa, la recomendaré con aquellos que puedan estar interesados en las casas de descanso. Pero, ¿qué pasa si no tiene éxito con ellos?

—Entonces volveré para que usted me compre dos casas como mínimo. —Respondí mientras me levantaba, extendiéndole la mano sobre su escritorio para cerrar el trato.

—Hay un pequeño problema, o dos, para que eso ocurra, juez. Su hijo está profundamente enamorado de su novia, por lo que sería difícil que se interesara en mí. ¿Cuándo es la boda? —Pregunté, y él me respondió con preocupación que estaba programada para dentro de veinte días.

— ¡Justamente! Necesitamos encontrar otra manera para que Melissa pueda acercarse a ellos sin levantar sospechas. Debemos tener acceso a su vida social, involucrarla en sus eventos, para que pueda cruzarse en su camino en el momento oportuno. —Dijo Eduardo, asumiendo la responsabilidad. Había caído en mi trampa, tal como esperaba.

—Podemos aprovechar la comida que organizaremos este sábado en la casa. Se reunirán ambas familias con algunos invitados especiales, incluidos políticos importantes para mi futuro y el de mi hijo. Ustedes dos estarán invitados, con la excusa de discutir la compra de la casa, cómo involucrarse con ellos quedará a su criterio.

—Esa idea le agradó a Eduardo, siempre le gustó codearse con gente de la alta sociedad. —Le recordé a Camilo mientras alcanzaba el vaso que estaba a mi alcance.

Igualado descuidado.

—Busca la manera de integrarte con el grupo de ellos – me indicó. – Haz que parezca un encuentro casual y, sobre todo, aprovecha para impresionar a Kevin frente a ella, y luego, bésalo o algo parecido. Tú sabrás cómo hacerlo, porque eres mujer y seguro sabrás sacar provecho de tus encantos. Yo y mi amigo el senador nos encargaremos del resto, para que mi hijo se olvide rápidamente de ella, dirigiendo su nueva vida y su carrera política junto a la mujer con la que realmente podría tener un futuro seguro. Además, mi nuevo suegro en el senado podrá asegurarme el apoyo que necesito para ser nombrado como fiscal general de la nación en un futuro. —El magistrado usó un tono pausado en sus últimas palabras, pero cambió el timbre de su voz a uno más bajo y lastimero, que resonó en mis oídos como una súplica.

—Claramente estaba comprando tu apoyo, aprovechando la buena impresión que le habías causado a su hijo, para acercarte a él y actuar –de una forma u otra– para poner fin a esa inoportuna relación, en beneficio del futuro del abogado, y por supuesto del suyo, así como del tuyo. Al concretar esa transacción, tanto tú como el equipo de ventas del hijo de Eduardo podrían impresionar a los miembros de la junta directiva con los excelentes resultados. Todos ganadores. Sin darme cuenta, seguía perdiendo a la esposa que mantenía el mismo amor hacia su hijo y su esposo en casa, haciendo malabares peligrosos y desleales, pero siempre ocultándolos tras una sonrisa amorosa y maternal.

Me esfuerzo por contener mi enojo al mirarla y me concentro en mi puño derecho firmemente cerrado dentro de mi otra mano, haciendo crujir mis articulaciones varias veces, pero no puedo evitar expresar mi asco y dolor en voz alta; y desde debajo de la mesa, esas emociones se elevan hacia el techo en una palabra que he guardado por mucho tiempo y que me ha atormentado desde que la descubrí, por lo que ahora, ella, arrepentida, se enfrenta a mí. Mi corazón la rechaza, pero mi mente la etiqueta como… ¡Prosti!

— ¡Exactamente! Esa era la impresión que quería darles, cariño. No me ofendes en absoluto –me digo a mí misma–. No te preocupes. Sabía perfectamente que, a pesar de estar en una situación comprometida después de tantos errores, debía ganarme la confianza de Fadia y de Eduardo para poder deshacerme de ellos más adelante y, por supuesto, alejarlos de los frágiles cimientos en los que sostenía nuestra estabilidad matrimonial, para que así pudiéramos vivir en paz tú y yo. Tú, desarrollando ese proyecto hotelero en Nuquí y yo, preparándome para dar el golpe final.

— ¿Qué golpe? ¿Qué tenías planeado, además de andar con todo el mundo? —Mis ojos la buscan ahora, observándola con decepción.

—Después de conversar con tu asistente en esa fiesta, empecé a dar forma a la idea que surgía en mi mente, esculpirla, decorarla, aumentando las cifras, superando los presupuestos, pero sobre todo, inflando su ego hasta límites insospechados.

Camilo toma los vasos de la mesa y se retira a la soledad de la habitación, colocándose frente a la bandeja y las botellas.

—El problema, cariño, es que salí de allí al mediodía del miércoles sin hambre y con una misión desagradable en mente, pero decidida a no entregar mi cuerpo a nadie más. —Soy yo ahora quien se levanta de la mesa y camina hasta el rincón del balcón, repasando mentalmente cada detalle.

—Mientras íbamos hacia la oficina, te resumí la reunión mientras estaba sentada al lado de Eduardo. ¿Recuerdas? Ese tonto conducía con calma pero sonriente por la avenida circunvalar, y metiéndose donde no lo llamaban, a gritos para que lo escucharas.

El favorable resultado de aquella reunión de negocios con su diligente aprendiz era motivo de optimismo. —Y al concluir su última oración, Camilo llegó con dos cócteles en sus manos.

— ¡Muchas gracias, cariño! –Agradecí después de dar el primer sorbo al cóctel preparado por él.

—Tu alegría es contagiosa como siempre... ¡Vaya! Este quema. Te pasaste un poco con el tequila, amor.

—Perdona... ¿Por dónde íbamos? Ah, sí. Me comentaste de pasada tu viaje al día siguiente para supervisar las obras en Peñalisa, acompañado de Elizabeth. —No se sentía cómodo, por lo que se apartó de mí y se refugió en una esquina para beber y fumar, buscando calma que mis recuerdos no le proporcionaban.

—Al llegar al noveno piso, me dediqué a revisar más detenidamente la carpeta del negocio que me había "pasado" Diana, aprovechando la tranquila soledad de la tarde, mientras Carlos visitaba a un cliente y las demás personas trabajaban en la sala de ventas de los apartamentos de interés social. "La Pili" necesitaba adjuntar algunos comprobantes de ingresos por su trabajo de publicidad en redes sociales, y su pareja debía aclarar algunos recibos de su labor en montajes y escenografías en un teatro en La Candelaria.

—Para ser sincera, no veía cómo avanzar con ese negocio, aunque me puse en contacto con el gerente del banco para pedir ayuda en cuestiones financieras. De alguna manera debía finalizarlo, y dos cabezas pensarían mejor que una. ¡Y su cerebro era ideal para manejar las finanzas! —Mi esposo me miró con desaprobación y estoicismo, entre el humo de su cigarrillo.

— ¡Sí, lo sé! También me beneficiaba de su interés en mí, pero él obtenía su parte, aunque no cobrara directamente por la asesoría que me brindaba.

—Ya en casa, después de revisar los deberes escolares con Mateo, llegaste a la hora habitual para jugar un rato con nuestro travieso hijo, y antes de la cena, nos ayudaste a armar un mural sobre un safari infantil con papeles de colores, tijeras y pegamento. Podría haberlo hecho yo sola, pero no tenía el ánimo ni la habilidad para recortar y pegar. —Una sonrisa se dibujó en el rostro de mi esposo, a pesar del cansancio evidente. Recordaba esos momentos familiares con cariño.

—Por eso los dejé solos y me retiré al sofá, aparentando cansancio y mostrando interés en las noticias deportivas que te gustaban, aunque en realidad maquinaba estrategias y conversaciones banales para ganar confianza y llamarte la atención. Fácil en mi mente, complicado llevarlo a cabo.

—Pensar en cómo hacerlo me mantuvo despierta aquella noche, anteponiendo tus deseos de intimidad a mi rechazo, usando una fuerte jaqueca como excusa. —Guardé silencio y aparté la mirada.

Tres pisos más abajo, entre las palmeras, vi a dos mujeres con batas azules claro empezando a limpiar alrededor de la piscina. Mientras tanto, le restregaba a Camilo la suciedad de mis pensamientos.

—Pero tú, como siempre, –me giré para mirarlo– colocaste mi cabeza en tus piernas peludas y con ternura, acariciaste mis sienes, aliviando mis preocupaciones. —Inquietando mi conciencia aún más— con círculos de presión para aliviar mis dolores.

Aunque no fuera allí precisamente donde se encontraba mi malestar. Mi fidelidad, cielo, luchando por prevalecer, se retorcía bajo las garras de mi próxima deslealtad, por lo que tus atenciones no podían consolarla por más que te esforzaras.

En su boca reposa el contorno del cristal y el cóctel mantiene desafiante su nivel horizontal, ocultando con su mezcla anaranjada, lo oscuro del pequeño lunar en su labio de abajo. El líquido se balancea libremente y provoca pequeñas marejadas al ser absorbido tras el primer sorbo, deslizándose hacia el cálido interior y contrastando su aliento con la fría brisa marina de este primer día de la semana, que hace bailar las hebras sobre su frente.

Por mi parte sigo escuchándola, con mis antebrazos apoyados en la barandilla de madera, agitando mi bebida alcohólica, mientras Mariana se sumerge en recuerdos de lo acontecido esa noche. Ella desvelada, mientras que probablemente yo dormía tranquilo, con mis piernas extendidas como si estuviera muerto.

—Al verte sumergido en un sueño profundo, me levanté sin hacer ruido, caminando de puntillas hasta el estudio y tomé el móvil de trabajo. Lo encendí para releer, una vez más y por última vez, las conversaciones que tuve con él antes de borrarlas todas. Tú nunca lo hiciste, pero necesitaba asegurarme de no dejar rastro.— Conforme la confesión sale de mi boca, doy dos pasos hacia la mesa y tomo un corto sorbo de mi cóctel, antes de agarrar un cigarrillo y el encendedor con la misma mano derecha.

—No tenía motivos para eso. Siempre te consideré honesta y leal. ¿Desconfiar de mi esposa? Nunca me diste razones para tener que espiar tus conversaciones. —Le respondo sin alzar la voz, a pesar de que en algún rincón de mi mente, "arpía" sería la palabra adecuada para recriminártela.

Mariana sacude la cabeza después de beber otro breve sorbo de su tequila, después de fumar. Se atraganta y tose varias veces. Se inclina y el humo forma una neblina blanca que se niega a tocar el suelo. Se eleva evitando su rostro y finalmente se endereza.

—Ahora tengo tiempo y privacidad. Dime qué deseas. —Fue el primer mensaje que le envié por la tarde, sentada con las piernas cruzadas sobre la alfombra de la sala y mi espalda apoyada en la estructura baja del chaiselongue de nuestra sala. —Despejo a Camilo el velo de lo desconocido, acercándome avergonzada tres pasos más a su esquina.

—Buenos días Bizcocho. Es agradable despertar así, con un mensaje tuyo, aunque preferiría que fuera tu voz diariamente y directamente en mi oreja. ¡Jajaja! —Recuerdo con precisión su respuesta, mi vida. Pero créeme que no la he olvidado porque me haya agradado su cursilería. Es todo lo contrario. Su petulancia y vanidad de macho deseado me disgustaron.

—Ajá. ¡Claro, cómo no! Ya es tarde para que te des cuenta. ¿No crees que deberíamos aclarar nuestra relación? —Le contesté con calma y la necesidad de alejar esa molesta presencia de mi entorno.

—¿Dormí tanto? Hummm, entonces ¿tenemos algo? Qué bien que lo hayas notado. ¡Más vale tarde que nunca! —Me respondió de inmediato y caí en cuenta del error que acababa de cometer.

Mariana imita mi postura inclinándose un poco, y apoya sus antebrazos en la baranda. Voltea su rostro y sus ojos azules se fijan en los míos. Le tiembla el pulso, titubea la ceniza. Finalmente cae al vacío. Lo que tenga para decirme le cuesta mucho, pues repentinamente deja de mirarme y su mirada recorre el suelo, cerrando sus ojos para concentrarse. ¿Será algo muy grave para mí? ¿O para ella?

—¿De verdad piensas eso? A ver Chacho, grábatelo bien en la cabeza. No somos nada porque cada uno ya pertenece a otra persona. Tú estás con Grace y yo estoy bien con… Mi marido. ¡Que te quede bien claro! Los momentos íntimos que hemos compartido han sido simplemente caprichos míos. No eres la causa, sino la consecuencia, así que olvídalo.

de suponer que soy una de tus ingenuas capturas diarias, estimado. —Respondí de inmediato y claro, para que negarlo, Camilo. Lo hice un tanto molesta.

— ¡Ay, hermosa! Justamente no sabes cuánto anhelo aferrar mis garras sobre ese cuerpecito tuyo una vez más. Me haces arder de deseo cada vez que estás cerca y a solas conmigo. Deberíamos repetirlo más seguido… ¿Podríamos vernos hoy? —Terminó escribiendo.

— Qué lamentable, Nachito, dejarte con las ganas, pero sucede que tengo mi día lleno de actividades. –Me tomé unos momentos en responderle algo más, pensando en cómo hacerle sentir menos relevante para mí.– En la aplicación vi que me estaba escribiendo, pero me adelanté y fui yo quien continuó el mensaje y se lo envió antes de recibir el suyo.

—Ya sabes, primero debo dejar mi hogar impecable para cuando mi hijo regrese del colegio, y luego una sesión de embellecimiento en la peluquería, para que mi esposo, al llegar del trabajo, me encuentre radiante y atractiva, lista para que me aprecie. ¡Oh, cierto que tú no tienes esas responsabilidades tan aburridas porque al mantenerte tan disponible, no disfrutas de una relación estable con tu amada novia, que te pueda brindar esta estabilidad!

— Jajaja, Meli. ¡El que es atractivo, es atractivo! Ya lo sabes. Además, bombón, tú me despertaste. Y justo en este momento me encuentro con algo bastante grande, grueso y firme, totalmente disponible para ti. Si quieres constatarlo, podemos conectarnos por video y hacer un calentamiento matinal para ir avanzando. —Y tras esa respuesta, enseguida el tono de llamada de la aplicación me alertaba de su intención de vernos.

—No lo tomé por sentado. –Camilo me mira con incredulidad. – ¡Te lo juro! Y recibí otro mensaje sin palabras pero con muchos emojis de enojo, todos rojos, de su parte indicándome su molestia. —Le respondí con solo una carita burlona y me dejó en visto por unos instantes.

— ¿Cómo piensas que me voy a mostrar así como estoy? Estás completamente desquiciado. Aprovecha mejor tu situación, y alegra a tu novia. —Le escribí al ver que él no lo hacía pero seguía en línea.

—Grace en estos momentos debe estar sobrevolando el Atlántico. ¿Acaso no estás sola? Anda, no seas traviesa y hazme el favor de mostrar esa cosita descuidada. ¡Jajaja! —Me respondió, burlón como siempre.

—Qué malintencionado eres. Pues resulta que no se va a poder, porque con el frío que hace la tengo bien abrigada con mi pijama térmica de vaquitas. ¡No vaya a ser que me resfríe! Mejor levántate y date una ducha con agua fría para que se te pase la hinchazón. En serio, ¿qué deseas? —Le pregunté con deseos de concluir esa conversación y dirigirme efectivamente hacia el salón de belleza para estar radiante al día siguiente, en la cita con el padre del abogado.

—Me prometiste algo adicional por mi cumpleaños y me corroe la intriga por saber qué será. —Me recorrió la espalda, de abajo hacia arriba, un repentino escalofrío al terminar de leer.

Camilo está evidentemente enojado, de hecho bastante irritado al conocer los detalles de ese intercambio de mensajes, pues me observa con esos ojos marrones que antes me reconfortaban cada mañana al despertar, ahora veo en ellos destellos de desilusión y de… ¿Odio?

—Pensé que tenías una buena imaginación. —Le respondí.

—La tengo, –me escribió al instante– pero preferiría más hacerla realidad al tenerte aquí, en cuerda cuerda. ¿Por qué no te decides y vienes para acá, tal como estás, no me importa, porque aquí me encargaré de quitarte ese pijama de vaquitas y saborear esas nalgas que no me dejas tocar, o darle mordiscos a tus muslos.

—Ya sabes que para que eso suceda, debo estar segura de que cumplas la promesa de no introducir ese miembro tuyo en

cualquier trampa. Entonces, ten buen comportamiento y luego veremos si mereces descubrir ese regalo. —Le respondí.

— ¡Eres un desastre conmigo, pastel! Es que primero me seduces y luego me exiges, pero ahora no quieres mostrarte desnuda para satisfacer esta excitación matutina.

—Pues sé amable y seré para ti, como el fuego que dices que te hago sentir. —Y decidí arriesgarme al todo o nada con él, y dejar claras mis intenciones de inmediato.

— ¿Quieres encenderme por dentro? Entonces intenta no consumirme de una vez. —Le escribí con determinación y continué explicándole.

— ¿Deseas encenderme con tu pasión? Entonces deja de lado esa estúpida soberbia cuando estemos a solas, y esfuérzate en hacerme vibrar y alcanzar el clímax, usando la experiencia que supuestamente has adquirido con otras. Pero no intentes acaparar todo mi tiempo porque solo puedo compartir contigo algunos momentos. ¿Lo entiendes? —Podía ver en la pantalla cómo comenzaba a escribir algo, pero inmediatamente se detenía al tener que leerme primero.

—Mantendremos la distancia en público, actuando como siempre. Tú seguirás siendo el conquistador arrogante que todos conocen, y yo, la mujer respetable que rechaza tus avances y te ignora.

—No escucharás de mí un te quiero o un cariño cuando estemos juntos, –le expliqué– porque en mi hogar es donde lo siento y lo expreso a diario. Esa expresión… Esa exclusividad le corresponde a mi esposo, pues ha conquistado mi corazón hace años. En tu caso… Bueno, tú puedes referirte a mí como desees, pero reserva esas palabras para tu novia Grace, si realmente te importa y hay algún sentimiento de afecto hacia ella.

—No habrá intercambio de regalos entre nosotros. No los deseo ni los necesito. No dejes sobre mi escritorio ramos de flores que se marchiten, o cajas de chocolates con tarjetas y dedicatorias con tu nombre o anónimas, para que otros las vean. Tampoco esperes recibir de mi parte otros obsequios, como corbatas o gemelos dorados para tus camisas, o plumas personalizadas, acompañadas de notas románticas escritas con su tinta, y perfumadas con mi fragancia.

—Para ti seré simplemente la mujer con la que deseas estar para satisfacer tus deseos, pero aunque me entregue a veces, nunca lo haré por completo. Ten en cuenta que lo haré a mi ritmo, sin presiones de tu parte, y tus deseos tendrán que adaptarse a los míos y sobre todo a mis tiempos. A las mujeres nos gusta que estén pendientes de nosotras, pero no nos gusta que intenten controlar todo lo que hacemos a cada momento. —Ya no escribía, pero inmediatamente sus dos chulitos se ponían azules, mostrando que leía con atención.

— ¿Querido? Habrá algo parecido al cariño, por supuesto. Pero solamente con el placer de recibir una mirada deseosa, o una bonita sonrisa que me incite a algo más, no aumenta mi emoción. Para eso puedo simplemente ir al gimnasio más cercano a «hacer mercado de ojo» cada dos días.

—Pero esas muestras de cariño, de haberlas, serán privadas y no tan frecuentes. Sí, José Ignacio, en la oficina actuaremos como siempre, igual de distantes, evitándonos mutuamente como si fuéramos polos iguales de dos imanes. Tú, el orgulloso lobo con piel de cordero y yo, la caperucita casada, fiel y prudente, a la que tanto le gusta molestar por mojigata.

— ¿Quieres tenerme para ti? Entonces actuemos discretamente y evitemos problemas. No me menciones con nadie, ni te jactes frente a tus amigos, mucho menos en la oficina, sobre lo poco que ya has experimentado conmigo. Porque si llego a enterarme de algo, te perderás la oportunidad de probar el resto. Me reservaré el gusto de disfrutarte por completo y tú a mí, siempre y cuando no involucremos a nadie más entre nosotros. Seremos leales pero infieles. ¿Queda claro mis condiciones?

—Son muchas.

directrices pastel. Y además, esta idea de mantenernos lealtad me resulta comprometedora y tan monótona, que sinceramente creo que voy a reflexionar sobre ello, a menos que...

—Cerré la aplicación y desconecté el teléfono, sin preocuparme por leer el resto. Si no quería aceptar mis normas, para mí estaba bien. Sería un problema menos y me enfocaría en mantener a K-Mena alejada de él, de alguna manera, hasta lograr llevársela a Sergio, virgen al altar.

—El fuego se contrarresta con fuego, y yo ardía en llamas por hacerle caer en mis redes y así, hacerle tragarse todas esas burlas y sus ofensas. Como mujer, tenía las armas para mantenerlo interesado cuando me plazca, pero por el momento no me centraré en eso, ya que mi objetivo era concretar la venta de la casa para el abogado al día siguiente en la oficina de su padre, el magistrado.

—En ese momento no consideré involucrar sentimientos afectuosos porque era una venganza, lo juro. En mi propia hoguera, utilizando mi vanidad y su tentación como combustible, también me quemé junto a él.

—Entonces... Si no lo amaste como afirmas... ¿Se quisieron? —Mariana me mira directamente. No tiembla en absoluto, –lo hace mi mandíbula– pero no oculta su vergüenza y me responde con... ¿Honestidad?

—Él creyó que entre los dos surgió algo similar al amor, pero en realidad por mi parte, al principio solo sentí un prolongado hastío por tener que simularle cariño después de todo lo que me hizo sentir al principio, ofendiéndome y burlándose de ti. Nunca, cariño, se me pasó por la mente que pudiera ser una mujer tan rencorosa. No me reconocía. —Me mira incrédulo, así que debo ser completamente sincera con él. ¡Quizás hubo algo de afecto más adelante! O quizás lo confundí con lástima al conocer su pasado de huérfano. Termino por aclararle.

—Anhelaba morder sus labios como venganza, aunque tuviera que besarlo apasionadamente, y que el sudor de mi piel infectara la suya con el veneno de mi odio, aunque fuera yo la que le insistiera en besar mis partes íntimas de arriba abajo. No esperaba que tan pronto accediera a hacerlo, pero al verlo tan sumiso entre mis piernas, supe que mi venganza estaba en marcha, sin darme cuenta de que al tenerlo arrodillado finalmente, nuestra vida y la mía... ¡Nuestra hermosa historia, una mañana se desmoronaría!

—No imaginé un desenlace así entre tú y él. Con la golpiza que le propinaste al final. Antes de eso, tenía en mente otra solución. Alejarme progresivamente, mientras ocupaba su lugar en la constructora como la mejor asesora comercial y cuando me confrontara por no querer volver con él, hacerle entender, destrozando su enamorado corazón, que todo lo que le di a escondidas y los gemidos fingidos que escuchó cuando poseía mi cuerpo, fueron mentiras, un deseo de una mujer herida; y que al abrirme de piernas, en realidad le abría las puertas a una trampa para hacer que se enamorara de mí, y luego de tenerlo acorralado, empujarlo hacia el abismo del desamor.

—Verlo destrozado emocionalmente, primero desde la seguridad que tenía en nuestro hogar, y luego en el trabajo al superarlo en ventas, era mi mayor anhelo. ¡Sin dañarte... Sin que supieras o sufras por mi engaño!

Camilo se ríe de forma cínica. Es posible que su risa esté traspasando las paredes de las habitaciones cercanas, despertando a los huéspedes dormidos y, de paso, adelantando su veredicto. ¡No me cree!

—En serio estás loca Mariana. ¿Quieres que me trague toda tu historia? Tu estúpida venganza destruyó nuestra familia, mis sueños y nuestro futuro. El cariño que no se da, nunca se recuerda, y justamente hasta la fecha, sigues recordando esas conversaciones. Podrías haberlas borrado de ese dispositivo, –y con la punta de mi dedo índice, presiono su frente– pero aquí siguen muy presentes.No pienso que se pueda confundir conmiseración con estima ni experimentar atracción por lástima. ¿Él huérfano? Y ahora ambos sin un nosotros, ¿qué?

— ¡Porque eran necesarias para seguir avanzando en lo que me faltaba por cumplir! Por eso no las he olvidado. —Le replico elevando la voz, pero la frustración es conmigo misma, al considerar lo sencillo que sería que creyera en mis palabras.

Con el deseo de llorar, me alejo de este rincón y su lógica desconfianza, para dirigirme hasta la cama y al recostarme de nuevo, retomar después de ese último paso y el acomodo de la almohada bajo mi cabeza, la historia del abogado que dejé estancada.

—El jueves por la mañana, tras acompañar a Mateo y su niñera hasta la parada del autobús escolar, conduje reflexiva hasta la oficina, para encontrarme allí con él y encarar su decisión. Nuestro saludo no difería de lo habitual y ese hecho me tranquilizó. Hablamos poco, pues él debía resolver trabajo acumulado, y yo, en compañía de Eduardo, gestionaba los contratos para tenerlos listos para el magistrado. Sin embargo, me dijo que aceptaba y estaría disponible siempre que lo necesitara. Más tarde, recibí la llamada de María del Pilar, confirmando la hora y el lugar para visitar la casa en Peñalisa.

—Desde la comodidad de la cama, Mariana me desvela más detalles de esa semana. Deberé ingresar también a la habitación para escucharla mejor, pero creo que me sentaré mejor en el sillón de la esquina, para observarla con claridad y, de paso, tranquilizarme.

—Tú y yo nos comunicamos en los mismos horarios, por la mañana y al mediodía, pero al caer la tarde, te informé de mi viaje al condominio al día siguiente. Te alegraste al vislumbrar la posibilidad de vernos, pero como recordarás, tus ocupaciones en el extremo opuesto del condominio o el horario en que llegué con los clientes para mostrarles la casa coincidieron, y nuestro encuentro no fue posible. Antes de regresar, te llamé para informarte, y tan decepcionado como yo estaba porque no pudimos siquiera besarnos y abrazarnos, me contaste de una reunión en casa de tus hermanos el sábado por la noche.

—No había considerado comunicarte la noticia así. Quería hacerlo cuando estuviéramos juntos, pero no tuve más opción que informarte que Eduardo y yo ya habíamos sido invitados a una cena formal en casa del cliente que habíamos visitado. Sin reprocharme nada, aceptaste mi salida, pues era beneficioso para mí y asistiría bajo el amparo de tu amigo y mi benefactor.

—La reunión se organizó en una hacienda a las afueras de la ciudad. Allí llegué siguiendo al automóvil en el que iban Fadia y Eduardo. Te envié un mensaje para informarte que todo iba bien y me respondiste que ya estabas reunido con todos tus hermanos y Mateo jugando con sus primos. Un te amo tuyo, –inmenso como siempre– escrito en mayúsculas, y por mi parte, un gif de un corazón rojo palpitante, nos despidieron esa noche, junto con la promesa de avisarte cuando saliera hacia nuestra casa.

—Al parecer, la alta sociedad se encontraba allí reunida en pleno, lo que hizo que tuviera que obsequiar sonrisas y besos en las mejillas a cada personaje que Fadia y Eduardo saludaban cortésmente o decían conocer. Conoces bien cómo la vanidad los consumía al socializar con las personas de alta clase. Para ellos, todo era relaciones públicas. Ministros y senadores, jueces y concejales, según nos contó el magistrado, todos ellos de diversos partidos políticos, brindando con sus vasos de whisky, acompañados por sus esposas luciendo glamurosos vestidos de diseñadores y peinados perfectamente lacados, congeniando sonrientes. Periodistas entrevistando a la pareja de novios y fotógrafos capturando a todo aquel que se moviera. En fin, parecía que había acudido toda la élite de la ciudad, mientras que la familia de la novia, sencilla y sin abolengo, quedaba apartada y relegada a dialogar entre ellos, en otra sala.

—Por otro lado,

los conocidos del letrado llevaban ropas confortables, el clásico «estilo» de su época relajada. Me resultaba complicado abordar mi tarea en medio de tanta gente. Me acerqué para saludarlos y mostraron sorpresa al verme allí. Parece que el magistrado no les había informado previamente. De todos modos, Kevin parecía mostrar cierta alegría y después de presentarme a todos sus amigos, aproveché para entablar conversación con ellos alejándolos por un momento de su grupo y de algunas chicas, incluida su hermana mayor.

—A pesar de que no les faltaba dinero, tampoco les vendría mal una ayuda extra para equipar su futuro hogar, así que les hablé sobre el negocio de una amiga mía, que podría encargarse de organizarles un espectacular Home Shower. A Kevin no parecía interesarle mucho el tema, pero a su novia, por el contrario, le llamó mucho la atención y logré hablar con ella durante unos instantes, ofreciéndole mi desinteresada colaboración para completar el diseño interior de su futura residencia.

— ¡En la ciudad, –me dijo iluminándose los ojos marrones– viviremos en el apartamento amoblado de aquel senador, el que conversa con mi suegro. —Más tarde se nos unieron dos amigas suyas y me la quitaron. Regresé desanimada hacia donde estaban Fadia y Eduardo, ya que el tiempo pasaba y no lograba nada.

—La aburrida reunión continuaba en el salón principal, con el magistrado, Fadia y Eduardo conversando, atentos a mis avances. En la sala contigua, otras personas ya charlaban con la familia de la novia y en los pasillos algunas parejas y dos grupos de jóvenes se entretenían chateando o mostrándose fotografías y videos, riendo sin cesar. Kevin no se separaba de su novia en ningún momento, y realmente no veía cómo o cuándo podría acercársele. Sin embargo, dos amigos se acercaron y conversaron con el hijo del magistrado, sugiriéndole algo. Ambos asintieron, aceptando la propuesta. Cuando se aproximaron a nosotros, que conversábamos con el magistrado y su esposa, escuché que se marchaban a una discoteca donde les esperaba otro grupo de la universidad, para terminar la noche bailando.

— ¡Se van a ir! - le comenté angustiada a Eduardo y Fadia. Intentaré conseguir que me inviten y si lo logro, tal vez pueda cumplir mi objetivo esta misma noche. Le mencioné con cautela al magistrado Archbold.

—Al estrecharme la mano, me acerqué a su mejilla para darle un beso, pero de inmediato le susurré al oído...

— ¡También me aburro, sácame de aquí! Kevin sonrió, pero no respondió. Mientras lo veía alejarse escoltado por sus amigos, un mensaje llegó a mi teléfono celular de trabajo. El hijo del magistrado me enviaba la ubicación y con emoticonos de enojo y caritas de desagrado, me preguntaba si iría con «el anciano de tu jefe». ¡Ni loca! Le respondí.

—Si no te importa, me gustaría llevar a alguien más, pero mantenlo en secreto, ya que no se trata de mi esposo. —Le recalqué, advirtiéndole que no era tan recta como él creía, ni mucho menos aburrida como aparentaba frente a sus padres. ¡Un juego para que esa misma noche, él se sorprendiera!

—Antes de continuar, cariño, debo aclararte que nunca fui una de esas mujeres "quita novios", ya que siempre respeté a mis amigas, y de hecho en más de una ocasión, aprovechando algún descuido alcoholizado en una fiesta, varios intentaron pasarse de listos conmigo. Pero supe frenar esos intentos de tener conmigo uno de esos encuentros pasajeros y traicioneros. Sin embargo, en esta ocasión, fui yo quien coordinó todo, pensando y manipulando a todos. Incluso a él, ya que lo necesitaba y aunque tuviera que engañarlo como lo hacía contigo, le prometí que después de la fiesta, esa noche... La culminaríamos de forma apasionada en un motel. —Camilo permanece sentado, observándome con su pierna derecha cruzada sobre la otra, y sus...

unidas las manos, –palma contra palma– frente a su boca.

Entre el borde de la cama en la que descansa y la punta del dedo gordo de mi pie izquierdo, se extienden dos anchas tabletas de cerámica beige que nos separan. Sin embargo, entre el esculpido perfil de su rostro de diosa romana y mis fosas nasales se percibe una atmósfera densa, donde reside la tensión del momento que tal vez ella no desea revelar y que yo, al escucharla, prefiero no imaginar.

—Sabes mi amor, siempre he aprendido mucho de ti. Prestar atención a los pequeños detalles para planificar mejor. Es por eso que decidí apostar por la carta que guardaba en secreto, pero que resultó ser ganadora para lograr separar al joven abogado de su "curiosa" prometida.

—Le escribí de inmediato a José Ignacio diciéndole que me sentía aburrida y que quería ir a bailar aprovechando una invitación de unos amigos. Era la oportunidad de encontrarnos antes de que su novia lo acaparara. No obtuve respuesta a mi mensaje y me preocupé. Llamé a Fadia mientras seguía las indicaciones del navegador, ya que el plan "A" parecía no funcionar y tendría que pasar al plan "B", es decir, el de ellos.

—Es muy sencillo Meli, querida –me dijo Fadia. – Acércate a ellos y atrae a José Ignacio utilizando la belleza de tus ojos, tu luminosa sonrisa y las curvas de tu trasero. Luego, usa tu inteligencia para entablar una conversación íntima y con ayuda del alcohol, podrás seducirlo. Haz que se sienta atraído por ti en frente de ella, provócale celos y haz que su novia se desespere y se vaya desilusionada de la discoteca. Después de embriagarlo, llévalo al apartamento de Eduardo asegurándote de grabarlo todo, incluso si quieres, simula tener relaciones con él y envíale esas grabaciones por la mañana. Seguro que ella no lo perdonará y terminará la relación.

—Aja. ¡Claro, como si fuera tan fácil! Todo lo haces ver tan sencillo, Fadia. A ti no te toca poner ni el rostro ni el trasero en estas situaciones. —Le respondí entre enojada y resignada. Sin embargo, recibí una notificación de un mensaje en mi teléfono empresarial que me alegró la noche, aunque enseguida me asusté al recibir una notificación de un mensaje tuyo en mi móvil personal, como si tuvieras el don de la ubicuidad. Tu preocupación por mi bienestar no me abandonaba, siempre presente sin estar. Siempre me ha gustado esa parte de ti, pero la incomodidad se apoderó de mí al tener que modificar mi mentira.

— ¡Amor, justo iba a llamarte! –le hablé emocionada. – Me invitaron a conocer una discoteca. Voy con mi cliente, su novia y unos amigos. No creo que tarde mucho y apenas he tomado algo de alcohol. ¡De verdad, cariño! Solo dos copas de champagne. Pero si prefieres que no vaya, no hay problema, mi vida.

—Le respondí que no había problema. Aproveché que Mariana suspiraba para recordarle que todavía lo tengo presente. Le mencioné que esa noche me quedaría en casa de mi hermano, ya que Mateo, cansado de jugar con los primos, se había quedado profundamente dormido. También te pedí la ubicación del local por si me necesitabas. Así, mi confianza amorosa te dio más libertad.

— ¡Y te la envié por supuesto! Así nos despedimos casi al amanecer. —Me respondió a la defensiva, girando un poco la cabeza para mirarme con una expresión... ¿Dominante?

—El lugar elegido por sus amigos para bailar estaba repleto de gente. Le escribí a Kevin para informarle que ya había llegado y luego a Nacho para saber cuánto tardaría. Mientras tanto, aproveché para fumar un cigarrillo, resaltar aún más mis ojos, rizar mis pestañas y pintar mis labios con un color más intenso. Escuché su voz llamándome a gritos. Había llegado a la discoteca como por arte de magia y al abrazarnos él y yo... Nos besamos en los labios al saludarnos. Obviamente, se le frunció el ceño a Camilo mientras desentrecruzaba las piernas para acomodarse

Diverso, frota la nariz con la parte posterior de su mano en silencio, pero con sus ojos acusándome.

—Mencioné al ingresar, que fui invitada a ese local por el hijo de un cliente y su novia. Él se escapó de su Grace, y le informé sobre el permiso que me habías dado. Una pantalla gigante a la izquierda nos dio la bienvenida y en las otras cuatro esquinas, varias elevadas más, transmitían el espectáculo de una artista que ofrecía su propia interpretación de una canción de Madonna, en un escenario muy iluminado. Luces láser sobre ella y sus "sorprendentes bailarinas", así como por toda la inmensa sala. Humo creando una neblina baja, y fragancias a vainilla, fresa y sudor, todo tan mezclado y sin embargo distinguible al caminar evitando empujones y pisotones.

—Nos disponíamos a abandonar ese primer nivel, lleno de gente festejando y avanzamos hasta llegar a las escaleras de metal cromado, para subir al tercer nivel, donde la música electrónica ya no dominaría, sino que en cambio el vallenato, la música tropical y caribeña, –profesionalmente mezclados por el Dj en su escenario– dominarían las próximas horas.

—Un grupo de Drag Queen bailaba ejecutando una coreografía sensual en el escenario principal. Todos bajaron por las escaleras iluminadas, desfilando entre el público que los aplaudía, lanzando besos a diestro y siniestro. Cuando uno de ellos se nos acercó, interrumpiendo nuestro camino, saludó de mano y abrazó a José Ignacio. Bastante alto y vestido de manera similar al vestido plateado que yo llevaba esa noche, pero más corto y con exuberantes plumas de colores surgiendo de su espalda; el escote extremadamente pronunciado, con múltiples hilos de plata que desviaban gracias a su movimiento hipnótico, las miradas curiosas y con botas de cuero blanco brillante cubriendo sus musculosas piernas por encima de las rodillas.

— ¡Hola señora, qué bueno que vinieron a vernos! —Me saludó con voz ronca. No lo reconocí de inmediato tras ese fabuloso atuendo y su exagerado maquillaje, pero me recordó que era Fabio, uno más del grupo de amigos de José Ignacio en su fiesta de cumpleaños y con los que realizaba carreras ilegales los jueves por la noche. Antes de continuar con su desfile, nos invitó a visitarlo más tarde en los vestuarios para tomar algo.

—En un rincón a mi derecha, vi a todo el grupo y nos acercamos con José Ignacio tomando mi mano con la suya, algo sudorosa. Presenté a José Ignacio al grupo y observé el rostro de la novia. Sorprendida al principio al vernos, chispeante al instante al verlo, y disimuladamente coqueta al saludarlo inclinándose con un beso lento en su mejilla derecha. La química había comenzado, luego con las bebidas y un poco de charla mezclada con miradas furtivas, esperaría pacientemente a que la física del roce hiciera el resto.

—Como era de esperar, José Ignacio se integró fácilmente al grupo, pavoneándose frente a los hombres al pasar su brazo por encima de mis hombros y apretándome contra él, provocando varios comentarios entre risueños y secretos entre las mujeres. Nos acomodamos en dos sofás semicirculares, para solo seis personas. Las mujeres nos sentamos y los hombres se quedaron de pie. Nos sirvieron unas jarras de cerveza, pero José Ignacio insistió en que los hombres tomaran algo más fuerte, y junto a otros dos hombres, fueron por una botella de ron y dos de "Old Parr".

—Mientras sonaban los vallenatos interminables, sin que ninguno de los hombres nos sacara a bailar, las chicas y yo hablábamos animadamente sobre temas de la boda, la novia incluso pidió mi opinión como si fuéramos amigas de toda la vida, y los hombres a gritos, debatían dónde celebrar la despedida de soltero.

—Una de ellas al ver llegar de nuevo a José Ignacio con las botellas, me felicitó por el buen gusto que tenía, pensando que éramos una pareja.

Me reí. ¡Solo somos colegas y a veces nos tomamos un descanso juntos! Nada serio. —Les expliqué. El pobre está en una disputa con su pareja y mi marido me ha dejado de lado. Así que decidimos aprovechar la situación. ¿Por qué lo dices? ¿Te atrae? Le pregunté.

— ¡Por supuesto! ¿Qué mujer no se sentiría así? –Respondió la más rechoncha y baja. – ¡Tranquilízate serpentina, tu momento de brillar ya pasó! Para calmar esa agitación, aquí tengo este entretenido asunto para ti. —Intervino la hermana de la novia. Todas soltamos una carcajada que llamó la atención de los hombres, incluidos Kevin y José Ignacio, quien incluso me lanzó un beso con un guiño incluido.

—El tema de los regalos pasó a un segundo plano y se concentraron en mí, deseando saber directamente de mí un poco más sobre el hombre que las había cautivado. ¡A cada una de ellas! Así que lo más sencillo ya estaba hecho. ¡Solo necesitaba seducir un poco más a ese individuo tan atractivo!

—Cuando los presenté, noté en ella y en todas sus amigas, la atracción que solía ejercer en las mujeres. En sus miradas furtivas ya había notado el interés, y aunque no podía imaginar lo fácil que sería, todas esas chicas deseando probar lo mismo, contribuyeron a que ella, en particular, también imaginara lo tentador que sería acercarse a él.

—Que él fuera un verdadero macho alfa y un amante excepcional, fue la clave. Solo faltaba que ella cayera en la trampa del deseo. La conexión que se generó al verlo, la hizo sentirse atraída hacia él de forma muy instintiva. Y él lo percibió con claridad. Estaba acostumbrado a detectar a las hembras en celo a distancia. — ¿Me sigues, cariño?

—Claro. ¿Y tú, por ejemplo? —Respondí con sarcasmo, pero Mariana continuó reviviendo el momento con los ojos cerrados.

— ¡Chicas, de verdad! No estoy exagerando cuando les digo que Nacho es difícil de contener cuando lo mantienes excitado con tus gemidos. Le gusta dominar, tirar del cabello, pellizcar los pezones y dar nalgadas mientras te dice cosas atrevidas, sin dejar de disfrutarte. ¡Uff, chicas! Es el mejor amante que he tenido. ¿Y saben qué? Después del primer orgasmo, dejándote exhausta y sudada, lo miras y parece como si nada. Su miembro sigue firme, y no te da ni un segundo para recuperarte, listo para continuar. No es el tipo que se conforma con una sola vez y se duerme a tu lado. Nacho puede hacerte tener dos, tres, cuatro e incluso un quinto orgasmo antes de terminar por segunda vez.

— ¿Y de qué tamaño la tiene? —Preguntó la amiga menos atractiva.

— ¡La tiene tan grande, es gruesa como mi muñeca! - Contesté, separando mis manos y juntando los pulgares con los dedos índices, mostrando de manera exagerada su aparente grosor.

—Evidentemente, solo la apariencia de José Ignacio no era suficiente. Debía acercarlos, para que él pudiera usar su otra gran arma con ella. La labia. De esta forma, podría influir en la atracción que ella sentía hacia él y, por eso, con el cuento de mis encuentros con ese semental, la mantuve interesada y logré socavar su intachable fidelidad.

—Cuando tenemos relaciones con intensidad, siento que me parte en dos. ¡No pueden imaginar cómo me siento en ese momento! Y mueve esas caderas deliciosamente, como cuando baila, empujándome con ese miembro como si quisiera sacármelo por la garganta. —Afirmé, mostrando en mi rostro la sonrisa y la mirada de felicidad que se experimentan en esos momentos.

—Inventé también que debido a su enorme tamaño y grosor, no le permitía penetrarme por detrás, pero compensaba al hacer lo que más le gustaba. Darle sexo oral de forma excelente, atragantándome, y luego permitirle vaciarse.

vertí toda su leche en mi boca y le mostré lentamente cómo me la bebía por completo. Me acerqué mucho a ella y, mirando a José Ignacio, le dije que eso lo volvía loco. —Observo la reacción en los ojos de mi esposo, quien debe sospechar que lo que les conté a esas chicas lo dije basándome en mi experiencia real.

— ¡Nunca antes me sentí tan bien mintiendo!

Escuché molesto su declaración, y lo cierto es que puedo detectar la verdad en sus palabras, por el orgullo en su tono de voz y el brillo en su mirada al dirigirse a mí.

—Supuse que al contarles todo eso, la mera idea de probarlo las excitó, mojando sus bragas y aumentando el deseo en más de una, deseando que Nacho las invitara a bailar o... ¡a algo más! Entre ellas, una chica que, a pesar de no querer engañar a su novio, riendo nerviosa no podía ocultar su deseo irresistible de hacer algo con ese atractivo hombre criollo. Y no me equivoqué, cariño, pero me faltaba ese empujón final.

Mariana recoge las piernas hasta juntarlas con su pecho, curvándose y sujetándolas con sus brazos. La bata se arruga y la hermosura blanca de sus muslos vuelve a aparecer ante mis ojos, admirando sus formas, recordando su textura con un anhelo inusual y aquel deseo interior que se niega a olvidarla.

—Su mano extendida, acompañada de una sonrisa amplia en sus labios y la mirada de conquistador orgulloso en sus ojos avellana, me invitó a levantarme y alejarnos abrazados a un espacio vacío en la semioscuridad de la pista; con las notas del acordeón de uno de los tantos vallenatos y las voces masculinas coreando las estrofas, le permití rodear mi espalda y cintura con sus brazos, y esa íntima conexión pidió más parejas.

—Bailamos extensamente. –Mi esposo me observa desde su rincón con sorpresa y desasosiego, pero aclaro. – ¡Bailé con la mayoría! De hecho, al estar cerca de la pareja de novios, intercambiamos parejas durante dos vallenatos y una tanda de clásicos del tropipop, donde coqueteé disimuladamente con Kevin, sin perder de vista a su novia, quien hablaba poco pero se dejaba abrazar sin resistencia y reía mucho con lo que José Ignacio le susurraba al oído.

—El DJ interrumpió el momento para dar paso a una mezcla de reguetón y volvimos a cambiar de pareja. Nos detuvimos, mientras ellos seguían moviendo las caderas y las pelvis.

— ¡Ven, déjame decirte algo! Le dije a José Ignacio tras tomar un necesario sorbo de la refrescante cerveza. —Me estoy aburriendo con tanta vulgaridad.

—Entonces, ¿qué estamos esperando, cariño? ¡Vámonos ya! Y con algo que tengo aquí, haré que tu aburrimiento desaparezca. —Me respondió sonriente y con su viril ego elevado por encima del techo del local. Finalmente, me dio un beso y me hizo inclinar la cabeza para que viera cómo acariciaba por encima del pantalón su pasional idea.

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