Cuando era joven mantuve relaciones íntimas muy placenteras con papá. Durante algunos años mantuvimos este secreto de mamá, aprovechando sus turnos como enfermera. Aunque no fue mi primera experiencia sexual, considero que él fue quien más me enseñó. Fue con él que experimenté orgasmos múltiples, tanto vaginales como anales.
Nuestra relación era libre de ataduras. A su vez, yo tenía mis novios y él estaba con mi mamá (además de una vecina con la que lo descubrí, seguramente otras también, ya que es muy bueno en la cama). No teníamos relaciones todo el tiempo, solo cuando ambos lo deseábamos y el momento era propicio, entregándonos sin tapujos.
A los 26 años conocí al que ahora es mi marido. Desde el principio supe que era diferente con él, que nos casaríamos. Comenté esto con mi papá y, sin acordarlo verbalmente, dejamos de tener encuentros sexuales. Fue como si hubiéramos hecho un pacto silencioso.
Todo transcurrió como lo esperaba. Mi novio pidió mi mano, nos casamos, tuvimos dos hijos. Con papá nunca volvimos a mencionar nuestras experiencias pasadas. Ni siquiera de forma indirecta.
En octubre del año pasado, mi marido se fue a Costa Rica a cursar presencialmente el último mes de una maestría que había estado realizando en Lima durante dos años, con clases intensivas de 5 días al mes. Para no quedarme sola, invité a mis padres a quedarse conmigo. Vivimos en un amplio departamento con habitación de huéspedes. Mi papá está jubilado, pero mi mamá no.
Finalmente, mi mamá logró tomarse unas cortas vacaciones y pudo quedarse 15 días. En cambio, mi papá podía quedarse todo el mes. Cuando mamá tuvo que regresar a casa, nos quedamos mi papá, mis dos hijos y yo. Ellos salían temprano al colegio y regresaban por la tarde. Teníamos mucho tiempo a solas con papá, pero para ser honesta, no pensé en el pasado entre nosotros en ese momento.
Sin embargo, cuando las circunstancias se alinean, las cosas suceden, y suceden para bien.
En la segunda mañana, después de que mis hijos se habían ido al colegio, estaba lavando los platos del desayuno, aún en pijama, con un pequeño vestido corto y sencillo. De repente, sentí a mi papá acercarse a mí y susurrarme al oído "hijita, tus nalgas están más espléndidas que antes".
Sus manos comenzaron a acariciar mis nalgas por encima del vestido. El morbo se apoderó de nosotros en cuestión de segundos. Sentir sus manos fuertes apretando mis glúteos era más de lo que podía resistir. Entre susurros, solo pude decir "te he extrañado, papá".
Tomó mi mano y me condujo a nuestra habitación. Me recostó boca abajo en la cama y, sin rodeos, me bajó la tanga y subió ligeramente el vestido. Como en mis años jóvenes, me dejé llevar, sabiendo que él me conduciría hacia el placer según su deseo.
Comenzó a besar mis nalgas con pasión, con besos tiernos y provocativos, con mordiscos suaves. Yo suspiraba de deseo y repetía "papito, cuánto te he echado de menos". Después de unos minutos de besos y caricias, se centró en mis glúteos. Sentí su aliento recorrerlos hasta que sus manos, lentamente, los separaron.
Su lengua comenzó a recorrer lentamente los bordes de mi trasero, para luego adentrarse con intensidad, recordándome los momentos de placer que habíamos compartido años atrás.
Pasó varios minutos entre lamidas que me hicieron estremecer de placer, y de vez en cuando me decía "tus glúteos han crecido, hija". Me sentía completa y feliz con papá, experimentando un placer profundo e intenso que no había sentido en años con mi marido.
Colocó uno de sus brazos bajo mi abdomen y, como tantas veces antes, me puso en posición de perrito sobre la cama. Sin darme cuenta, mientras me complacía con su lengua, él se había desnudado por completo. Se colocó de pie detrás de mí en la cama, sin más preámbulos, sabiendo que...
Estaba completamente rendida ante él, me penetró con su miembro largo y grueso.
Sentí su entrada en mí y justo antes de que estuviera completamente adentro, experimenté un orgasmo que emergió lentamente y alcanzó un clímax prolongado que se mantuvo por varios segundos, mientras su miembro se movía suavemente en círculos. Al finalizar mi orgasmo, él comenzó a moverse con intensidad, muy distinto a la ternura de mi esposo y su intimidad romántica y tierna.
La fuerza y cadencia de papá me llevaron a tener unos minutos después un segundo orgasmo. Al terminar, me giró, me colocó al borde de la cama y comenzó a penetrarme analmente, con las piernas sobre sus hombros. Su rostro de placer me excitaba aún más, por lo que le pedí "papá, bésame". Volver a sentir sus labios y su lengua me llevó a un tercer orgasmo. Mientras yo me sentía exhausta como siempre, él seguía fresco, con su miembro tan erecto como siempre.
Tomó mi mano. Me levantó de la cama. Me apoyó contra la pared y continuó utilizando mi retaguardia. Sus embestidas hacían que mi mejilla chocara contra la pared. Sentía que me susurraba muchas cosas al oído, pero yo estaba completamente fuera de mí. En un nuevo orgasmo, él llegó junto conmigo.
Nos acostamos, nos abrazamos, y dormimos como los amantes que solíamos ser hace más de 10 años.
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