En una noche cálida de verano, decidí salir con algunos compañeros para distraerme y escapar del calor. Después de varias cervezas y música, llegó la madrugada y opté por regresar a casa. La calle estaba desierta, iluminada por focos y en completo silencio, solo interrumpido por mis pasos y el canto de grillos esporádico. Aún un tanto aturdido por el alcohol, percibí un sonido diferente.
Al doblar una esquina, divisé a lo lejos la figura de una mujer entre las sombras, luciendo un vestido ceñido que realzaba sus curvas. Avanzaba con tacones altos que resonaban en la tranquilidad de la noche. Permanecí observándola mientras se acercaba, hasta que a unos tres metros de distancia la saludé con un sencillo "hola", algo desinhibido por las bebidas.
-Buena noche- respondió con una voz suave y sugerente.
-¿A dónde te diriges con este calor? -inquirí.
Ella continuó avanzando hacia mí sin detenerse, sus tacones resonando en la quietud de la noche.
-En realidad, vengo justo aquí- mencionó antes de posar sus manos en mis hombros.
La miré incrédulo, sin poder asimilar lo que estaba sucediendo. Nuestros ojos se encontraron y nos besamos. Antes de poder comprenderlo, nuestras lenguas danzaban y nos acariciábamos mutuamente.
Mi cabeza daba vueltas y mi corazón latía con fuerza. Temía despertar de ese fascinante sueño. Mis manos se posaron en sus firmes glúteos, como si temiera que desapareciera en cualquier instante. Una de sus manos se deslizó hacia mi entrepierna, acariciando suavemente mi creciente excitación. Correspondí el gesto, levantando su vestido para acariciar su cálido sexo sobre la ropa interior, una tanga negra con un diseño de corazón en el frente. Nos entregamos a esas sensaciones por un breve lapso; yo explorando su humedad a través de la tela, mientras ella estimulaba mi miembro a través del pantalón.
Me miró a los ojos, sonriéndome con excitación y picardía. Tomó mi mano y me guió con ella. Con una incómoda erección, caminé a su lado durante tres calles hasta llegar a un automóvil estacionado frente a un edificio de varios pisos. Abría la puerta y nos adentramos directamente en los asientos traseros.
Una vez dentro del vehículo, se despojó de la parte superior del vestido, revelando unos senos hermosos con pezones rosados que no dudé en saborear de inmediato. Sus gemidos se intensificaban mientras mi lengua y labios exploraban cada rincón de sus pechos. Los apretaba con mis manos y los succionaba como si fueran la última gota en el desierto. Ella intentaba abrir mi pantalón y me aparté de sus pechos para ayudarla. Pronto, estábamos con pantalón y calzoncillos a medio bajar, con mi miembro apuntando al techo del coche. Ella se deshizo de su tanga, la apartó a un lado y se montó sobre mí, besándome mientras su ardiente sexo rozaba contra mi virilidad.
Entonces, me miró nuevamente fijamente a los ojos y ella misma se introdujo mi miembro. Pude sentir la humedad, calidez y presión de su estrecha cavidad envolviendo mi dureza. Comenzó a cabalgarme lentamente, aumentando el ritmo con el tiempo. Apreté sus glúteos animándola a seguir el compás. Hundiéndome entre sus senos, disfruté del mejor encuentro íntimo en mucho tiempo. Sus gemidos resonaban fuertemente, igualando el ritmo de sus caderas contra mi cuerpo una y otra vez. Absorto en la pasión, me movía también, procurando que la penetración fuera lo más profunda posible.
Mientras continuábamos, deslicé una de mis manos hacia su espalda y exploré con mis dedos su zona anal. Ella volvió a sonreírme, en un gesto de excitación y picardía.
Con consentimiento, introduje uno de mis dedos en ese trasero cerrado. Lo mantuve dentro y sentí su estremecimiento de placer por la estimulación en ambos agujeros. No pasó mucho tiempo antes de concluir. Ella apretó su vagina y se entregó a un orgasmo que dejó tanto mis piernas como el asiento empapados. Justo después de que ella terminara, lo hice yo. Mi miembro palpitó vigorosamente y expulsó varios chorros de semen en su interior. Permanecimos abrazados, recuperándonos de un encuentro sexual fantástico.
Ella se incorporó, sacando mi pene de ella, y se sentó a mi lado para colocarse de nuevo su tanga y arreglarse el vestido. Yo me puse el calzoncillo y los pantalones y estuve a punto de preguntarle su nombre cuando divisé a alguien saliendo del edificio y aproximándose hacia el coche donde estábamos. En ese momento ella me instó a salir rápidamente del coche y así lo hice. El individuo que se acercaba nos vio salir, se detuvo por un par de segundos observando la escena de cerca y luego una expresión de ira se manifestó en su rostro. Surgieron gritos entre ambos mientras yo, en silencio y un tanto temeroso, escuchaba atentamente. En ese instante, a través de la disputa, comprendí todo lo que acontecía. En medio de los insultos, la mujer le recriminaba al hombre su infidelidad y le confesaba que estaba enterada de todo. Reveló que aquello era una venganza, deseaba que él sintiera el mismo dolor que ella experimentó al descubrir a su esposo con otra persona.
La pelea prosiguió entre gritos y amenazas. El hombre apenas reparó en mí por unos instantes y no me dirigió la palabra. Haber sido descubierto y haber recibido una lección ya era suficiente motivo de preocupación como para ocuparse de la presencia de un extraño que se encontraba allí por casualidad. Nervioso y alerta a todo, no me atreví a moverme de mi posición. Permanecí inmóvil incluso cuando la discusión llegó a su fin, el hombre se subió al coche y se marchó. Frente al edificio nos quedamos ella y yo. La observé, visiblemente agitada, con los ojos llorosos y respirando aceleradamente.
Después de unos minutos se serenó, me miró y me aconsejó que me fuera. También mencionó que entraría en su apartamento en ese edificio para recoger sus pertenencias e irse a casa de una amiga. Entonces, me miró fijamente, como ya había hecho varias veces esa madrugada, guardó silencio por unos segundos, sonrió y me confesó:
- Disfruté mucho cuando me introdujiste el dedo por detrás. Adoro la práctica del sexo anal.
Me guiñó un ojo y se marchó.
Conmocionado por todo lo sucedido, regresé a casa caminando, reflexionando, o quizás anhelando, con suerte, un nuevo encuentro. Ingresé a mi habitación y me acosté. Lo único que ocupaba mi mente era su figura, su calor, su sonrisa y la imagen de su marido partiendo en aquel auto que, sin lugar a dudas, evocaba fuertemente el aroma del sexo.
Otros relatos que te gustará leer