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Texto sobre la tarde en el establecimiento


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Me hallaba en medio de una reunión con uno de mis clientes más destacados cuando percibí que el WhatsApp activaba la vibración de mi teléfono. Estaba convencido de que se trataba de Raúl.

“Hoy por la tarde en el hotel”

Interesante. La tarde se preveía emocionante. Creo que todos los presentes en la mesa de reunión notaron mi sonrisa; me resulta difícil disimular. Llevaba cuatro meses saliendo con Raúl, y cada encuentro que teníamos resultaba más atractivo. Traté de concentrarme en la reunión. Uno de los ingenieros de mi cliente se quejaba de la falta de estabilidad de nuestra última versión de software. Miré a nuestro director técnico y él me indicó con la mirada que dejara el asunto en sus manos. El teléfono volvió a vibrar.

“Hallarás indicaciones sobre la cama”

¿Indicaciones? Una sensación de calor ascendió por mi cuerpo, desde los pies hasta la entrepierna y finalmente alcanzando mis mejillas. ¿Acaso los demás me estaban observando de reojo desde sus asientos o era solo una ilusión? Nuestro director técnico estaba dando explicaciones sobre la calidad del software. Yo hacía esfuerzos por focalizarme en el tema, pero me resultaba imposible.

¿Habíamos llegado al punto de que me dejaran “indicaciones” por escrito en la cama del hotel? Mi incomodidad se veía equiparada únicamente por la excitación que sentía en mi entrepierna. Raúl había dejado entrever que le gustaban los juegos de dominación. En una de nuestras citas, entre risas, sugirió que le gustaría atarme las manos a la cabecera de la cama para intimar. En aquella época, influenciados por el furor de “50 Sombras de Grey”, accedí. La verdad es que disfrutamos como nunca. Experimenté un orgasmo inolvidable. Parecía que ahora quería ir un paso más allá.

“Estaré a las 7 en punto. Prepárate”

Así que debía estar lista a las 7 en punto. La palabra “preparada” resonaba en mi mente. Como para una comida. Como para un festín. Eso era lo que nos esperaba, un festín seguramente. O al menos él iba a tener un festín. La risa burbujeaba en mi interior y mis esfuerzos por disimular en la mesa de reuniones se tornaban cada vez más inútiles. La reunión concluyó y apenas pude articular unas palabras de despedida. Me miraron con extrañeza. Pasé el resto de la jornada laboral cavilando sobre los términos “indicaciones” y “preparada”.

Llegué a casa con tiempo suficiente para arreglarme tranquilamente y disfrutar del momento. Me afeité cuidadosamente el vello púbico. Tuve que resistir la tentación de autocomplacerme. Tomé una ducha y me perfumé adecuadamente. Opté por la vestimenta que más le gustaba: una blusa sin mangas y una falda ceñida por encima de la rodilla. Debajo llevaba medias con ligas, unas diminutas bragas a juego, y un sostén muy escotado. Tan escotado que casi dejaba entrever los pezones. En los pies, unos tacones finos clásicos. A Raúl le agradaban estas elecciones. Él solía vestir de forma impecable al estilo clásico. Y no era la primera vez que, estando él en traje, me despojaba de toda la vestimenta –exceptuando los tacones, por supuesto- sin permitirme siquiera quitarle la chaqueta. Nos resultaba excitante estar en esa situación. A él le gustaba hacerme sentir un tanto desprotegida e indefensa.

Me acomodé en la parte trasera del taxi. Y como siempre que llevaba ligas puestas en un taxi –la verdad es que solo me las ponía en citas amorosas- recordé una de las primeras escenas de “Histoire d’O” en la que su amante le alzaba la falda a la protagonista dentro del taxi hasta que sus muslos quedaban al descubierto y su trasero en contacto con el asiento. A Raúl también le gustaba subirme la falda con la mano mientras acariciaba mi muslo, y aprovechaba la oportunidad ya sea en un taxi o en un ascensor, aunque nunca había llegado al punto de que alguien se percatara de la maniobra. Eso no nos impedía que

Me excitas mucho y deberíamos tener relaciones sexuales lo antes posible.

Al desconocer el significado de "estar lista", llegué al hotel con anticipación antes de las 7:00. Solicité la habitación que él había reservado. Siempre optamos por la misma habitación, con una amplia cama de dos por dos metros, una pequeña mesa con dos cómodos sillones y un magnífico ventanal con vistas al Paseo de la Castellana. En el frigorífico, siempre había una botella de champagne. El recepcionista me entregó un sobre con mi nombre escrito, aunque la caligrafía no coincidía con la de Raúl. Dentro, encontré la llave. Esto indicaba que él ya había estado en la habitación, posiblemente dejando las "instrucciones". En otras ocasiones, habíamos seguido el mismo procedimiento para dejar las llaves de nuestras habitaciones, aunque generalmente la escritura en el sobre con mi nombre solía ser la de Raúl. A veces me preguntaba qué opinarían el personal de recepción sobre nosotros, aunque estaba segura de que otras parejas hacían lo mismo.

Al entrar a la habitación, mi corazón latía rápidamente. La cama estaba lista y las sábanas y el edredón estaban retirados hasta los pies de la cama. Sobre la elegante sábana de lino blanco, encontré un sobre y al lado un antifaz de color negro, similar a los que proporcionan en los aviones en los vuelos transatlánticos para conciliar el sueño. Abrí el sobre: eran las "instrucciones".

"Desnúdate, ponte el antifaz y recuéstate en la cama. Cuando se abra la puerta, comienza a excitarte. Detente cuando estés cerca del clímax. No te quites el antifaz.

Raúl"

Mi corazón ardía. Esas eran las indicaciones. Él quería que me cariciara para él. Quería que me mostrara en la cama y le ofreciera un espectáculo como en un espectáculo privado. Y todo a ciegas. Sin poder mirarlo a los ojos o ver el tamaño de su miembro. Quería explorarme desde todos los ángulos mientras gimo y me acerco al clímax, pero sin alcanzarlo. Será travieso. Todavía faltaban varios minutos para las siete. Sentía cómo la humedad en mi entrepierna aumentaba sin control. Me desvestí por completo y guardé la ropa en el armario mientras planeaba mi actuación. Cuando faltaban 5 minutos para las 7:00, estaba arrodillada en la cama, completamente desnuda, con el antifaz puesto y las manos sobre mis muslos.

Puntualmente, la puerta de la habitación se abrió. Escuché pasos, la puerta se cerró y los pasos se dirigieron hacia la zona de la habitación donde se encontraban la mesa y los sillones. Se escuchó el ruido de la ropa, probablemente se estaba quitando el abrigo. Sabía que no debía hacerlo, pero no pude contenerme:

- ¿Eres Raúl?

Silencio.

Los pasos se detuvieron y escuché el sonido de alguien sentándose en un sillón. Sentía los latidos de mi corazón en la garganta. Estaba hiperventilando.

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Comencé a acariciarme los muslos con las manos, desde las rodillas hasta la vulva, por dentro y por fuera. Me elevé un poco sobre mis talones y acaricié mis pantorrillas hasta llegar a los pies. Me acaricié la planta y los dedos de los pies por debajo de mi trasero, mientras que el movimiento de mis brazos hacia atrás hacía que mi pecho sobresaliera más y mis pezones fueran más visibles. Me giré un poco para quedar de frente a donde estaban los sillones. Al fin y al cabo, se espera que una chica en un espectáculo privado muestre claramente al cliente. De esta forma, desde allí era posible observar la profundidad de mis muslos y mi pubis depilado.

Subí mis manos desde mi cintura hasta mis pechos y los acaricié suavemente. Tenía los pezones erectos. Sostuve mi pecho izquierdo con mi mano izquierda e introduje dos dedos de la mano derecha en mi boca, los empapé de saliva, luego mojé la aureola y me apreté el pezón. Repetí la acción con mi pecho derecho varias veces. Los pezones me dolían, pero me ayudaban a mantenerme consciente de la realidad de la situación. Y sabía quegustaría. Es lo que se espera de un buen espectáculo erótico. Llevaba un tiempo gimiendo, pero de repente me di cuenta, como si me asustara. Ya estaba completamente metida en mi papel.

Me volteé y adopté la posición a cuatro patas. Comenzaba la segunda parte. Incliné los hombros hasta casi tocar las sábanas y deslicé una mano entre mis muslos, acariciando mi ano con el dedo anular, que aún estaba húmedo de saliva. Recorrí lentamente la distancia entre mi ano y mi clítoris. Introduje el dedo en mi vagina y lo saqué completamente mojado. Era obvio que la intérprete estaba disfrutando tanto como el público. Repetí la escena y un espasmo sacudió mis piernas. El clímax estaba a punto de llegar.

No se escuchaba el menor sonido en la habitación. Ni un susurro, ni una respiración. Me tendí sobre la sábana mirando hacia el techo. En todo momento al moverme procuraba cumplir con las pautas del espectáculo. Movimientos seductores. El pie siempre extendido y en punta. Separé las piernas de modo que mis pies apuntaran a las esquinas de la cama y mi vulva quedara a la vista. Con la mano izquierda acariciaba mis pechos y con la derecha el clítoris. Me apretaba los pezones hasta que el dolor era insoportable. Me costaba mantener las piernas abiertas, mi intimidad me pedía que las cerrara para favorecer el orgasmo inminente. "Cuando estés a punto de llegar al clímax, detente". Esas palabras resonaban en mi mente. Mantuve las piernas abiertas y tensas, rígidas como rocas, con los pies extendidos apuntando al infinito, los dedos de mi mano derecha en mi clítoris y aquello iba a terminar si no actuaba pronto.

Dejé de acariciarme y coloqué las manos sobre mi cabeza, tocando el cabecero de la cama. Una punzada de dolor irradiaba desde mi clítoris hacia todas las partes de mi cuerpo, protestando por el orgasmo interrumpido. Junté las piernas y una sensación placentera subió por ellas. Mi vagina estaba empapada, esperando que alguien culminara el trabajo.

Pasaron unos segundos interminables. Seguía frotando una pierna contra la otra para consolarme del orgasmo interrumpido, con las puntas de los pies siempre hacia adelante y las manos sobre mi cabeza. Finalmente se escuchó algo de movimiento desde el sofá. Unos pasos se acercaban lentamente hacia mí. Me tomaron de un brazo y me obligaron a ponerme de rodillas nuevamente sobre mis talones, pero esta vez daba la espalda a quien me sostenía. Me agarró las muñecas y las unió en mi espalda, atándolas con algo que parecía el cinturón de un albornoz. Al terminar, tiró de ellas hacia arriba, obligándome a inclinar mi torso hacia delante hasta que mi rostro se apoyó en la cama, dejando mi trasero completamente expuesto. Una vez más, no pude resistirme:

-¿Eres tú Raúl?

Silencio. Me dejó en esa posición y los pasos se alejaron por unos instantes. Escuché un ruido como si buscara algo en una cartera y luego los pasos se acercaron de nuevo. Levantó mi rostro apoyando su mano en mi frente y me introdujo una bola en la boca que ató con una cinta detrás de mi cabeza. Al parecer, había hablado demasiado. Empujó nuevamente mi cara hacia la cama y mi saliva comenzó a desbordarse rápidamente por los lados de la mordaza, empapando la sábana. Intuía lo que ocurriría a continuación.

Estaba de rodillas en el borde de la cama, con la cabeza inclinada hacia la cama y la cara pegada a la sábana. Mis manos estaban amarradas a mi espalda, exhibiendo mi trasero, mi intimidad y mis muslos a quienquiera que me estuviera observando, suponía que era Raúl. Había estado a punto de llegar al clímax pero lo había detenido, y ahora anhelaba que quien fuese me tomara con fuertes embestidas para poner fin a esta tortura. Ni siquiera podía rogar, ya que al parecer había hablado demasiado y mi boca estaba sellada con una mordaza para que no pudiera pedir, quejarme ni cuestionar nada.

Mis súplicas debieron ser escuchadas, ya que después de un breve.

El sonido de telas, percibí cómo unas manos separaban mis muslos, elevaban aún más mi trasero y después, con un solo empujón, un pene de considerables dimensiones penetraba mi vagina hasta lo más profundo, haciéndome retorcer de dolor y placer. Intentaba cerrar mis muslos para facilitar el orgasmo, pero las manos me sujetaban firmemente impidiéndolo. Experimenté los embates con un placer creciente mientras sentía mis senos balancearse rozando la sábana con mis pezones.

Mi rostro se frotaba contra la sábana, humedeciéndola con la saliva que salía entre mis labios y mi mordaza. Así estuvimos por unos minutos, mientras percibía cómo la excitación de Raúl (o quien fuera) iba en aumento, hasta que finalmente, con movimientos espasmódicos, sentí cómo eyaculaba dentro de mí al tiempo que reducía gradualmente los embates y finalmente retiraba su miembro, empujándome de costado y dejándome caer de lado en la cama, adoptando una posición fetal sobre mi lado izquierdo, con las manos atadas a la espalda, el antifaz y la mordaza puestos, y mi entrepierna llena de semen. No alcancé el orgasmo, ya que necesitaba estimulación en el clítoris, algo imposible en la posición en la que nos encontrábamos.

Oí pasos en dirección al baño de la habitación y luego el sonido del agua correr. Estaba limpiándose. Me preguntaba qué sucedería a continuación. Después de un tiempo, escuché nuevamente pasos acercándose. Me colocó boca arriba y abrió mis piernas, aunque no desató mis manos, que seguían atadas detrás de mi espalda. Puso una toalla húmeda y tibia entre mis piernas para limpiar el semen que se esparcía por mi vulva y muslos. Cada vez que la toalla pasaba por mi clítoris, experimentaba un placer intenso, levantando la pelvis para prolongar la sensación. Tras unos minutos, se deshizo de la toalla y comenzó a acariciar mis muslos y vulva con una mano, mientras con la otra acariciaba mis senos. Me retorcía a ambos lados para disfrutar al máximo, cerrando las piernas intentando aprisionar su mano entre mis muslos. Después de unos instantes, entre gemidos ahogados por la mordaza, experimenté el orgasmo más intenso y prolongado de mi vida. Mi cuerpo se contorsionaba de placer mientras una de sus manos presionaba mi vulva y la otra, mis pezones y senos. La saliva se desbordaba de la mordaza en gran cantidad.

Continuó acariciándome hasta que me calmé, extendiendo las caricias por todo mi cuerpo: piernas, pies y cintura. Pasó un buen tiempo de esta manera, mientras mi respiración se calmaba. Sentía sus manos suaves y cálidas con un placer inmenso. Experimentaba una paz y bienestar nunca antes vividos en ninguna otra experiencia sexual. Finalmente, me giró ligeramente en la cama, liberando mis manos, dejándome recostada con la mordaza y el antifaz puestos y las manos libres. Escuché sus pasos primero hacia los sillones, luego, tras una breve pausa, en dirección a la puerta. Sentí cómo se abría y cerraba la puerta. Podría haberme quitado el antifaz rápidamente para confirmar si quien salía era Raúl, pero decidí respetar sus deseos y conservar el recuerdo tal como él lo había dado. Entonces, cuando los pasos se perdieron en el pasillo del hotel, me quité la mordaza y el antifaz, me incorporé lentamente, me duché y, tras vestir la provocativa ropa que había elegido para mi amante (Raúl o quien fuera) y que él no había visto, salí de la habitación y llamé un taxi en la puerta del hotel.

Al día siguiente no nos contactamos. A los dos días, Raúl me llamó.

-¿Te gustaría salir a almorzar?

Comimos juntos en un restaurante cerca de mi oficina. Mantuvimos una conversación banal. No mencionamos el sexo. No hicimos referencia al encuentro del otro día. Después de comer, nos despedimos porque él tenía un breve viaje por la tarde.

A los cuatro días (ayer), nos encontramos en el mismo hotel de La Castellana. Nos vimos en el bar y subimos juntos a la habitación, haciendo el amor como de costumbre. Nadie mencionó el antifaz, la mordaza o la toalla tibia. Pasé toda la tarde escrutando su rostro en busca de alguna sonrisa, rastro de ironía o indicio que confirmara que él había sido la persona que me había llevado al clímax más intenso de mi vida.

No encontré nada.

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