Hola lectores, soy Nina y les contaré la continuación de esta experiencia.
En la semana posterior a la celebración donde el superior de mi marido me tomó por primera vez, él me informó que lo habían trasladado a otra ciudad por trabajo y debía residir allí de lunes a viernes, regresando los fines de semana. Aunque sería por seis meses y le pagarían bien, sospeché algo más detrás de esta decisión.
Dos días después de su partida, sonaron en la puerta en hora de la cena y al abrir me encontré con Carlos. No me sorprendió su visita, pero sí me alegró. Le di paso a mi casa.
Al entrar, colocó una botella de vino en la mesa auxiliar y sus manos se dirigieron rápidamente a mis pechos al notar que no llevaba sostén. Sonreí con los ojos cerrados mientras disfrutaba de su toque en mis senos, sintiendo cada apretón, masaje, pellizco y estirón de mis pezones. Mi excitación creció y mi coño se humedeció.
Comencé a acariciar su grande y erecto miembro por encima de la tela, recordando su tamaño. Desabroché su pantalón, liberé su polla y empecé a acariciarla. A pesar de estar semidura, medía unos 18 cm y mis labios se humedecieron al anticipar lo que vendría a continuación.
Después de despojarme de la camiseta, pantalones y bragas, me arrodillé frente a él y tomé su enorme miembro en mi boca, deleitándome en cada centímetro, especialmente en la cabeza bulbosa que rápidamente se endureció.
Luego, me puso de espaldas, inclinándome sobre la mesa, con las manos apretando mis pechos. Sintiendo su dura verga penetrar mi coño mojado, experimenté un intenso orgasmo gracias a sus embestidas, mientras gemía y susurraba. Sus manos recorrieron mis caderas acelerando el ritmo, culminando en una cálida descarga de su semen en mi interior.
Tras recuperar el aliento, retiró su miembro suavemente. Me arrodillé frente a él, limpiando con mi boca y lengua cada rastro de su placer, acariciando su piel con ternura.
Suavemente exprimí hasta la última gota de su esperma. Sellé su hermoso miembro con un beso y luego me erguí para contemplarlo.
Durante nuestra charla, seguí acariciando su pene flácido. Una vez más, me sorprendió su tamaño, incluso en reposo. También, jugueteaba con mis amplios pechos, halando o pellizcando de vez en cuando los pezones, lo cual intensificaba y prolongaba mi satisfacción post orgasmo.
Ya era hora de regresar con su familia, así que a regañadientes cesé de acariciar su pene. Lo guarde de nuevo en sus pantalones y subí la cremallera. Antes de irse, me dio un último apretón en mis senos, besó cada uno de mis pezones y partió a casa. Sabía que este encuentro no sería el último. Con una sonrisa, cerré la puerta tras él y, aún desnuda, caminé por el pasillo hacia el baño para darme una ducha, dejando que mis pechos rebotaran y se balancearan con cada paso.
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