Unos días antes de que nuestro protagonista intimara con Thais, la hechicera estaba preparando una poción de amor alrededor de las 2 de la madrugada. Al repasar los ingredientes, solo le faltaba uno: el fluido de un joven aún no iniciado en el amor. Recordando, parecía que el único chico con esa característica era más que evidente, sin embargo, debía verificarlo para no cometer un error que afectara los resultados.
¿Pero cuál era la razón detrás de su necesidad de esa poción? Antes de revelarla, es pertinente describir su apariencia: una mujer de unos 38 años, de figura no delgada pero con un trasero prominente y unos pechos generosos pero proporcionados. Sin embargo, tenía un defecto, al menos a juicio del narrador: era descuidada en extremo. Rara vez se bañaba, su hogar era un desorden, vestía la misma ropa día tras día, su frente siempre estaba sucio con restos de objetos y juguetes. Además, dejaba a sus gatos vagar sin control, tenía pocas plantas ya que no le interesaba la jardinería, y salía y entraba a altas horas de la madrugada. Estas actitudes le granjearon una mala reputación y el apodo de hechicera, aunque nadie había comprobado de forma fehaciente dichas afirmaciones, era evidente que algo de verdad había en ellas. Quizás por esto, o por otras razones, el padre de su hija mayor la engañó y ella se vengó con otro individuo, del cual nació el joven.
Una noche en una colina cualquiera, las hechiceras comenzaron a llegar en sus escobas, cerca de la medianoche, donde la primera en llegar debía encender la hoguera para la reunión. Poco a poco fueron llegando todas. La última en llegar fue la más anciana pero aparentaba la más joven. Agatha era reconocida como la líder de las hechiceras, y se dirigió a todas con una voz firme que emanaba liderazgo y poder, expresándose de la siguiente manera:
—¡Compañeras! Se inicia la sesión de hoy. De inicio, pasaremos lista, discutiremos lo acontecido en la reunión anterior, tomaremos un breve receso, revisaremos los pendientes, enseñaré algunos hechizos, y finalmente cerraré la lista nuevamente. Recuerden que yo seré la encargada de apagar la hoguera. Si tienen dudas que deseen plantearme, háganlo antes de que lo haga.
Así dio inicio la sesión de la secta, cumpliendo con lo indicado por Agatha hasta que, casi llegando las 4 de la madrugada, comenzaron a retirarse, quedando solo ella para atender las inquietudes restantes. Edith se acercó a ella con timidez en la voz.
—Disculpe, poseo los ingredientes de la poción, pero me falta el último.
Agatha, con voz serena, le respondió:
—Debes traer el último ingrediente a mi local para completar la poción. No obstante, debes saber que, si es una poción de amor, ésta requiere agua infusionada con una prenda interior tuya usada. Debes sumergirla como si prepararas un té y luego mezclarla. En caso de ser una poción de lujuria, el proceso es similar, pero es fundamental que llegues al clímax mientras la preparas. En cualquier caso, continúa con el siguiente paso.
Hechicera Edith — ¿Pero cómo sabré si es virgen?
Agatha — Es sencillo, deberás probar su esencia y, por el sabor, sabrás si es dulce.
Al escuchar esto, la hechicera Edith sintió repugnancia y preguntó: —¿Tengo que...?
Agatha — Si es sexo oral, no veo por qué te incomoda si se lo harás a otro.
Hechicera Edith — ¿No sería mejor si...?
¿Podría traer su leche?
Agatha —no, porque de lo contrario ya no me sería útil.
Después de apagar la fogata, regresó a su hogar donde se recostó a dormir. En su sueño, se encontraba en un prado cubierto de hierba alta cercano a un río de corriente apacible. Se hallaba desnuda en su totalidad, sintiendo la suavidad de la hierba que le producía cosquilleos y relajación. Enfrente de ella, observó a un joven también desnudo. Su miembro se hallaba en plena erección y al verlo, sintió mojarse; ansiaba tenerlo dentro de ella. Sin embargo, en ese instante despertó, percatándose de que había tenido un orgasmo involuntario. Decidió orientar esa energía hacia su deseo sexual, por lo cual sumergió esa prenda en agua.
En otra ocasión, cuando todos en el vecindario dormían, ella, montada en su escoba, aprovechó la tranquilidad para acercarse sigilosamente a la ventana de la casa del joven. Usó un hechizo para reducir su tamaño y poder colarse por la ventana del baño. Una vez dentro de la habitación, lo vio dormir con su miembro al descubierto y revistas para adultos a su alrededor. Se dio cuenta de que, tal vez, no era tan inocente como aparentaba. Utilizó polvos mágicos para inducir sueños húmedos y evitar que despertara. Comenzó a estimularlo de forma discreta, logrando despertar su deseo. A pesar de estar a punto de despertarse, logró intensificar sus sensaciones hasta provocarle un orgasmo. Según lo que le habían contado, su semen era dulce, por lo que se aseguró de no desperdiciar ni una gota.
A partir de ese momento, esperaba con ansias la llegada del ritual. Se transformó en lechuza para confirmar que el joven estaba dormido, lo convirtió en calabacín y lo llevó a su casa. A pesar de desear tener relaciones sexuales, recordó que perdería su virginidad al penetrarse con su pene.
Decidió acostarse en su cama, cerrar las cortinas y dejar a su hijo viendo una película. Tomó el calabacín, lo acarició y lo chupó como si fuera un falo. Mientras lo hacía, estimulaba sus pechos y su clítoris, experimentando un placer intenso al introducirlo en su interior. Tras un rato de éxtasis, exhausta, se vistió. Su hija llegó y se quedó al cuidado de su hermano. Transformó el calabacín en una maceta, abordó su escoba y se dirigió a la tienda de Agatha en la calle Felipe Carrillo. Allí se encontró con Agatha, Betty y Millicent, vestidas con túnicas blancas y rosadas, mientras realizaban un rito dedicado a Asmodeo sobre un pentagrama.
Por esa razón, en la oscuridad, Asmodeo se presentó con una voz potente anunciando el propósito de su visita. Edith contestó:
—Es menester llevar a cabo un conjuro que solo puede ser completado con su presencia. Asmodeo contempló al joven atado. Abrió un portal del cual emergieron dos demonios con cuerpos esbeltos, luciendo ropas elegantes en blanco y negro, con piel pálida, cuernos cortos, colas delgadas y alas de murciélago proporcionales a sus cuerpos.
Agatha aceptó la propuesta obtenida.
En ese instante, las ataduras de ambas desaparecieron, y la de cabello blanco como la nieve se presentó y dijo:
—Soy Blanca, fui una yegua salvaje domada para ser montada por cualquier jinete. Visto de negro como la noche.
Clara prosiguió con su intervención.
— Los medios por los cuales se adquieren las cosas fueron un vehículo para mi crecimiento hasta que el polvo blanco me sumió en el sueño. Una vez ambas presentaron sus señas, Blanca tomó su libro y solicitó a Edith que todo lo obtenido anteriormente fuera hervido. Clara se despojó de sus vestimenta y desvaneció la ropa del joven. Blanca trazó un pentagrama sobre el cual estaban reunidas, recitó un conjuro mágico de pasión que involucraba a Clara y al joven. Esto provocó un incremento de la libido y la erección del joven.
El demonio también hizo que su cola creciera, tomando la forma de un corazón en la punta. Sus cuerpos crecieron, sus colmillos se agudizaron. Una vez preparados, ella se dirigió directamente a realizarle sexo oral. Al presenciar la escena, Blanca no dudó en darle placer a Clara con su lengua en su región anal, tal como se mencionó, aplicando únicamente saliva en los labios exteriores. Las cuatro brujas fueron testigos de aquel festival de lujuria. Una vez listo el miembro, fue liberado de la cruz y el hombre tomó la delantera. Clara adoptó la posición de vaquera invertida de forma anal, moviendo su trasero con un frenesí inédito, pero una idea cruzó su mente y exclamó:
—¡Doble penetración! —tomando control del cuerpo inerte.
Separándose, se situó en posición de perrito. El joven le propinó una fuerte nalgada y la penetró analmente. Al principio, Clara no estaba acostumbrada a esa sensación de placer, pero la incomodidad se convirtió en éxtasis cuando él le agarró del cabello. Inclinó su cabeza hacia atrás y le hizo una señal a Blanca indicando que estaba cerca del clímax, pero entonces sacó su miembro y desistió de la doble penetración. Lo acostaron en una cama para someterlo a sexo oral, introduciendo vegetales en sus orificios. Blanca colocó las verduras en un recipiente. Su compañera alcanzó el orgasmo al encontrar su punto G. Todas las brujas quedaron atónitas ante la cantidad de semen eyaculado.
Blanca percibió algo peculiar. Al notar la reacción de Agatha, esta le preguntó:
—¿Ha detectado algo extraño?
Blanca respondió:
—No es solo eso.
—Saborea lo que quedó en ese miembro y solo puede humedecer sus labios mientras dice:
—Señoras, en todos mis años como demonio de la lujuria jamás he probado una semilla tan dulce, de tonalidad clara y densa. Sin dudas, este joven es especial. Pero bueno, supongo que sabes qué hacer, Agatha.
Agatha — de nada.
Blanca — no hay problema.
Clara — fue un placer para mí.
Regresaron a casa donde las esperaba una pizza. Tras culminar el acto, todas las brujas se retiraron, a excepción de Edith, quien aguardaba a que el elixir estuviera listo.
Una vez preparado, le explicó brevemente que la poción solo debería ser utilizada cuando deseara despertar los deseos de otra persona.
Al llevarla consigo, volvió a soñar con el lugar verde junto a un río sereno. Excitada, el joven reapareció con su miembro erecto para entregarse a ella en posición misionera, penetrando con fuerza mientras ella gemía descontroladamente pidiendo más.
La siguiente postura fue la de Andromaca, con ella sobre el falo, controlando mejor los movimientos para estimular a su compañero hasta culminar en un éxtasis de gemidos al despertar, encontrándose nuevamente empapada, percatándose de la salida de la semilla de ese joven, ansiosa por volver a satisfacerlo.
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