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Caricias maternales


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1.

Manuel abrió la puerta con suavidad intentando no hacer ruido. Eran cerca de las 2 de la madrugada y la vivienda estaba sumida en la oscuridad. Afortunadamente, su habitación ahora se ubicaba en la planta baja, lo que le permitía moverse sin ser detectado cuando era necesario. Supuso que sus progenitores ya se encontraban dormidos, por lo que, como era costumbre, se dirigió a la cocina en busca de un refrigerio. Sin embargo, quedó sorprendido al encontrar a Graciela, su madre, recostada nuevamente en el sofá de la sala. Esta era la cuarta o quinta vez en el mes que hacía eso, y la situación comenzaba a resultar preocupante, ya que nunca los había visto discutir de esa manera.

La fina manta se había deslizado al suelo y ella temblaba ligeramente. Inmediatamente la cubrió y fue por otra manta, pero al verla detenidamente detuvo sus pasos. Por lo general, solía llevar un pijama de una tela similar a la seda, pero en esta ocasión solo tenía puesta una camiseta. Sin sujetador, y al ser una prenda muy antigua, el cuello estaba tan estirado que dejaba al descubierto sus senos desnudos a punto de escapar de la prenda.

Su tez era muy pálida, por lo que la areola, de un tono café claro, apenas se distinguía en la piel; sus pezones estaban erectos y redondeados, del tamaño de un garbanzo. Manuel disfrutó de aquella imagen sugestiva por un momento, pero al verla moverse, corrió a su habitación en busca de las mantas. Aunque le atraían los senos grandes, hacía lo posible por ignorar los de su madre, ya que le resultaba incómodo contemplarlos. En ocasiones los veía de reojo o echaba un rápido vistazo al escote de su bata médica, siempre sintiéndose fuera de lugar porque era su madre. Al regresar con las mantas, ella estaba volteada hacia el respaldo del sofá, cubierta hasta la cabeza con la manta. Le acomodó la manta y se retiró a su cuarto. Aquella imagen quedaría grabada en su memoria para siempre.

Las discusiones entre sus padres se volvían más frecuentes y, a veces, pasaban días sin hablarse, y cuando lo hacían, no había mucha diferencia. Para Manuel, el problema era evidente: su padre era demasiado autoritario y solía menospreciar a su madre de diversas formas. Nunca había tenido una buena relación con él, pero lo respetaba, después de todo, era su padre.

Sabía que su madre sufría en ese matrimonio y su desesperación y aflicción eran cada vez más evidentes; a pesar de ser una mujer atractiva en sus cuarenta y pico, su autoestima estaba por los suelos. De estatura media, piel clara y cabello rojizo, sus mayores encantos residían en sus senos, los cuales conservaba en magnífico estado, de una generosa talla DD que realzaba sus caderas. Aunque sus glúteos eran algo pequeños, no pasaban desapercibidos, especialmente cuando vestía su ajustado uniforme de dentista, que a menudo dejaba entrever la cintura de sus bragas.

Los constantes conflictos hicieron que Manuel estrechara lazos con su madre, volviendo su relación más afectuosa y física. Realizaban actividades juntos y él la acompañaba en sus quehaceres tanto laborales como domésticos. Incluso después de una discusión, Manuel acudía para intentar animarla o simplemente consolarla, aunque a veces se sentía impotente para mejorar su estado de ánimo. Aquel abrazo inocente de empatía la reconfortaba, pero también le generaba una extraña y placentera sensación que prefería no analizar: Manuel era todo un hombre, y ella lo consideraba muy atractivo. Nunca lo había mirado con lujuria, pero era consciente de su físico: más alto que su padre y con una complexión algo robusta en comparación con él. Había ingresado al equipo de fútbol americano de la universidad y ella asistía orgullosa a sus partidos cuando salía de la consulta. Se sentía orgullosa como madre.

No tardó en percatarse de las miradas de sus amigas y poco a

Poco a poco comenzó a sentir celos. No le agradaba verlo con otras chicas de su misma edad y no aceptaba la idea de que en algún momento pudiera tener pareja, por lo que evitaba hablar del tema cada vez que su hijo insinuaba algo al respecto.

Una noche, Manuel llegó tarde del entrenamiento y al encontrar la casa en silencio, se sintió sospechoso y fue directamente a buscar a su madre. Graciela estaba sentada en la cama llorando, con las manos en el rostro. Al ver entrar a su hijo, lo abrazó con fuerza y se quedaron así un tiempo. Pronto dejó de llorar, pero aún podía sentir su respiración agitada sobre su pecho. Al reaccionar, se dio cuenta de que su madre llevaba solo un top de ejercicio, lo que hacía resaltar sus pechos. Esto tomó por sorpresa a Manuel, quien no pudo evitar excitarse al sentir su cercanía.

Al cabo de un momento, ella lo soltó, pero mantuvo su frente cerca de la de su hijo, explicándole la causa de la pelea; se sentía emocionalmente exhausta y solo quería salir de esa habitación, pero no podía. Manuel tomó el rostro de su madre con ambas manos y trató de tranquilizarla, asegurándole que él estaría allí para ella siempre. La intimidad física junto con la vestimenta de Graciela generó un ambiente casi idílico en ese momento madre-hijo. Ambos lo percibieron y él no podía apartar de su mente la imagen de los pechos de su madre y la blancura de su piel. La mente de Graciela divagaba y se sentía sin fuerzas para moverse o reaccionar ante la evidente erección de su hijo entre sus piernas, la cual, lejos de incomodarla o sorprenderla, le produjo cierto halago.

Después de un largo silencio, Manuel acercó su rostro al de ella y, sin comprender del todo por qué, la besó. En lo más íntimo, ella también ansiaba ese momento, más por curiosidad que por morbo, recordando los gestos cariñosos de cuando era pequeño. Los corazones de ambos latían con fuerza y, a pesar de que su madre permanecía imperturbable, sus labios no se resistieron; temblorosa, sin embargo, mantuvo la serenidad.

Graciela cerró los ojos entregándose al beso, y poco a poco sus labios empezaron a moverse lentamente. Aquello ya no era un beso forzado, sino uno cargado de calidez y pasión. Abrazó a su hijo disfrutando de ese gesto prohibido, que despertó en ella una sensación cálida en la entrepierna que tenía casi olvidada. Manuel se sintió extasiado con los labios de su madre, sintiendo que su excitación estaba a punto de desbordarse en sus pantalones. Luego, ella se detuvo y volvió a juntar su frente con la de él. Así estuvieron un rato, recuperando la compostura, y tras darle unas palmaditas en la mejilla, ella se marchó sin decir una palabra.

Estaba profundamente desconcertado: ¿Le habría agradado el beso? ¿Estaba molesta? Escuchó a su madre entrar en su habitación y cerrar la puerta, sin emitir sonido alguno. No sabía si seguirla o esperar a que regresara para hablar; el roce de sus labios persistía y no podía dejar de pensar en ella.

2.

A la mañana siguiente, su padre había salido temprano, por lo que Manuel no se levantó con prisa. Al bajar a desayunar, notó de inmediato el cambio de actitud de su madre, quien lucía más relajada. Estaba más activa y con más energía que en días anteriores, lo que lo hizo sentir feliz y aliviado al mismo tiempo. Por la noche, ella quería preparar un postre, así que le pidió a Manuel que regresara temprano de su entrenamiento. Él simplemente asintió, sin lograr articular palabra alguna, y justo cuando se disponía a despedirse, su madre le dio un beso en los labios, breve pero tan húmedo que lo dejó sin aliento. No supo cómo reaccionar y solo le dedicó una nerviosa sonrisa, tropezando con la puerta al salir.

En todo el trayecto hacia la escuela, solo podía pensar en aquel beso y se preguntaba si su madre también estaría tan inquieta durante el día. Jamás habría imaginado que ella se atrevería a dar ese paso y, sobre todo, que lo recibiría de esa manera tan natural. Una vez más, se vio embelesado con esos recuerdos.

Rememoró los senos de su madre esa noche imaginando múltiples situaciones posibles.

Tras un día que pareció transcurrir de forma pausada y una agotadora sesión de entrenamiento, retornó a su hogar. Su padre se encontraba viendo la televisión en la sala y su madre lo llamó a la cocina; tal como esperaba, fue recibido nuevamente con un beso, pero esta vez, de manera más natural.

Esta costumbre se estableció entre ellos, siempre y cuando estuvieran solos. Durante su ida y venida de la escuela, su madre lo besaba con ternura y con el paso del tiempo, los besos se volvieron más prolongados hasta llegar al punto en el que uno de los dos debía ponerle fin al contacto. En ocasiones, cuando había testigos, era un simple "pico" en la mejilla o cerca de los labios, y más tarde y en privado, se daban uno más profundo. Ambos eran conscientes de que no era una conducta típica entre madre e hijo, y aunque el gesto podía parecer inocente, estaba impregnado de deseo por ambas partes: ambos deseaban explorar más allá, pero ninguno se atrevía a dar el paso.

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En cierta ocasión, al no hallarse su padre en casa, decidieron ver una película. Manuel estaba exhausto por la rutina matutina de entrenamiento, pero optó por complacer a su madre, quien había aprovechado la soledad del hogar para limpiar y ordenar. Apenas empezó la película, ambos se durmieron. Graciela despertó con estruendo por una explosión en la pantalla y observó a su hijo dormido recostado a su lado. Sus ojos viajaron de sus labios hacia su cintura, deteniéndose en el bulto entre sus piernas. Lo miró avergonzada y se imaginó su tamaño y forma, aun estando segura de que era mayor que el de su esposo.

Verlo allí le hizo evocar el momento en el que él se dormía mientras le daba el pecho y cómo tenía que mecerlo para que no despertara; ese pensamiento la conmovió y le otorgó un delicado beso en la mejilla. Manuel despertó de inmediato y giró su rostro hacia su madre, que lo miraba con serenidad a escasos centímetros de distancia, entonces se besaron. Graciela lo abrazó y su hijo la atrajo hacia él sin separar sus labios de los de ella, y al rozar levemente la punta de sus lenguas, su madre humedeció su ropa interior.

Aquello dejó de ser un beso inocente para convertirse en un acto más pasional, jugueteando hábilmente con sus bocas; su respiración agitada delataba su deseo. Graciela se recostó sobre el sofá con su hijo encima, tomándola con firmeza por la cintura. Sin separar sus labios en ningún momento, justo cuando Manuel intentó desabrochar la blusa de su madre, la voz de su padre resonó desde el pasillo de la entrada. Graciela lo apartó de inmediato casi bruscamente y se cubrió con la manta. Manuel apenas alcanzó a ocultar su erección con uno de los cojines al entrar su padre en la sala. Les solicitó ayuda para bajar las compras de la semana de manera apresurada y se retiró hacia la cocina; su madre, sonrojada, lo miró tapándose la boca, con un gesto de pánico en el rostro. Manuel solo soltó una risilla y salió al garaje por las bolsas.

Por la noche, Graciela los dejó en la sala y se encerró en su habitación aduciendo tener dolor de cabeza. Acarició sus labios con suavidad y cerró los ojos; le agradó lo que estaba experimentando y se sintió culpable por ello. Había besado a su hijo como si fuera su esposo y ahora aquel recuerdo le había producido una extraña y nueva sensación en todo su cuerpo. Corrió la cortina y se sentó en la cama. La suavidad de las sábanas bajo sus manos la excitó y nuevamente su ropa interior se humedeció. Ansiaba tocarse, aunque le resultaba difícil hacerlo; estaba ardiente y todo gracias a su hijo.

3.

Transcurrieron varios días desde aquel fugaz encuentro y ninguno podía apartar ese momento de sus pensamientos. La tensión sexual entre ellos era casi palpable y, aunque no abordaban lo sucedido, ambos esperaban con anhelo el próximo encuentro. No tomaban medidas para propiciarlo, pero tampoco lo evitarían si llegaba.

Estaba a punto de suceder. La dinámica entre madre e hijo había cambiado por completo desde el primer beso y ahora parecía casi una confesión: experimentaban atracción mutua.

Cerca de las 3 de la madrugada, ambos escucharon el portazo en la entrada. Mario había regresado completamente ebrio, tanto que al entrar en casa se desplomó en el suelo.

Manuel, levantando a Mario por las axilas, le dijo a su madre: "Deberíamos ponerlo en el sofá". Graciela dudó un instante, luego optó por tomarlo por los pies.

"No. Sería mejor que durmiera en tu habitación. Si se acuesta en el sofá, lo manchará y la sala es nueva. Dejémoslo en tu cama y tú dormirás conmigo", indicó Graciela de forma determinante. Manuel se sorprendió por aquella proposición y, sin decir palabra, llevaron a Mario a su dormitorio.

Lo ubicaron en la cama, asegurándose de que su cabeza estuviera hacia el suelo por si acaso, y su madre lo cubrió con una sábana. "Esto debería ser suficiente", le aseguró al salir de la habitación. Manuel seguía sorprendido y emocionado por la perspectiva de pasar la noche con su madre. Estaba convencido de que algo iba a ocurrir. Se cepilló los dientes y tomó un par de almohadas antes de dirigirse a su cuarto.

Entró tímidamente en la habitación de su madre, quien, de espaldas, recogía su cabello junto a la cama. De inmediato notó que ya no llevaba los pantalones del pijama, solo la bata de color guinda que solía usar por las noches. Sus piernas parecían más largas de lo que él recordaba, y por primera vez pudo verlas más allá de los muslos. Se aproximó a ella, sin embargo, no se atrevió a tocarla ni a decir una palabra. La habitación aún conservaba el aroma de champú y cremas corporales variadas que ella utilizaba.

Graciela apagó la luz, sumiendo la habitación en penumbras. Solo la luz que se filtraba por la cortina permitía entrever su silueta. Su madre posó ambas manos en su pecho y lo besó con ternura, esta vez, sin apuros ni remordimientos. Ambos habían ansiado ese beso, sabiendo que llegaría en esas circunstancias. Con valentía, aprovechando la oscuridad, Manuel deshizo el lazo de la bata y la abrió lentamente. Recorrió su vientre desnudo con los dedos hasta llegar a sus senos, todavía contenidos por el sostén. La piel de Graciela se erizó y un estremecimiento recorrió todo su cuerpo. Sus pechos resultaron más suaves y cálidos de lo que esperaba, pero también más pesados: los acarició lentamente en círculos, sin dejar de besarla. Graciela percibió la erección de su hijo entre sus piernas húmedas y comenzó a moverse contra él. Lo ayudó a quitarse la camiseta y se recostaron en la cama, sin cesar los besos, con ella debajo de él. Manuel recorría su espalda con las uñas, mientras su hijo besaba y lamía su cuello. Pronto sus labios descendieron hasta sus pechos, que mordisqueaba sobre el sostén. Graciela gemía suavemente cada vez que sus dientes atrapaban sus pezones, ahora duros como piedras. Alternando con ambas manos, los estrujaba y acariciaba con intensidad.

Continuó descendiendo por su vientre en círculos con la lengua hasta llegar al borde de su ropa interior. Se detuvo un instante para disfrutar del aroma que emanaba de su entrepierna y besó la parte interna de sus muslos. La respiración de su madre se aceleraba, y sosteniendo su cabeza, le mostró lo que deseaba. Manuel retiró con lentitud la prenda íntima, intensificándose aquel sensual aroma. Como esperaba, su madre no se depilaba completamente en esa zona, mostrándose ante él un sutil pero frondoso vello púbico corto. Acarició delicadamente con los dedos toda su vulva, mientras su madre abría las piernas y dejaba escapar pequeños gemidos conforme se acercaba al clítoris.

Deslizó la lengua lentamente a lo largo de su intimidad, causando que se estremeciera. Luego cubrió toda su vagina con la boca, trazando círculos con la lengua alrededor del clítoris. Graciela estaba extasiada y no dejaba de gemir: "¡Sí, cariño! ¡Justo así!", murmuraba mientras acariciaba sus senos con ambas manos.

manos, y cuando insertó un dedo provocó un gemido que muy probablemente se escuchó hasta la calle pero no le importó.

Movía la lengua de arriba a abajo y penetraba velozmente con los dedos. Graciela jamás había experimentado con tanta intensidad el placer en su interior, lo que la llevó a cuestionarse si su hijo había estado con otra mujer antes, pues la habilidad con la que la estimulaba y masturbaba su vulva tenía que ser fruto de la práctica constante. «¡Voy a llegar al clímax!» exclamó entre gemidos. Manuel aumentó la velocidad de su mano y lamió con más intensidad su clítoris. Su madre se estremeció y explotó en un potente y sonoro orgasmo que la hizo cerrar las piernas. Manuel dejó de lamer y le regaló suaves besos en los muslos mientras se recuperaba.

Se levantó y fue directamente hacia su boca, abrazándola con fuerza. Aun temblaban sus piernas y no había recuperado completamente el aliento, pero ansiaba más. Giró hasta quedar sobre él y se sentó de inmediato sobre su pene, apenas contenido en sus pantalones cortos. La tenue luz azulada le permitía observar cómo la delicada figura de su madre se despojaba primero de la bata y luego del sostén; sus manos buscaron las de su hijo y las posó sobre sus pechos al descubierto. Eran suaves y cálidos, con pezones grandes y erectos. Graciela cerró los ojos mientras iniciaba un lento vaivén sobre la protuberancia de su hijo. El movimiento llevó al pene a salirse del pijama y situarse a lo largo de su entrepierna.

Permanecieron un rato frotándose hasta que su madre ya no pudo resistir más. Con una mano tomó el glande y lo dirigió hacia su vulva; estaba tan lubricada que, con un solo movimiento, lo absorbió por completo. No experimentó ardor ni incomodidad como cuando lo hacía con su esposo, así que se quedó inmóvil por un momento disfrutando de cómo aquel falo llenaba completamente su interior. Su hijo se acomodó adecuadamente y, abriendo un poco más las piernas, comenzó a moverse lentamente. Graciela gemía profundamente con cada embestida que recibía de su hijo, quien además acariciaba sus pechos y pezones, los cuales no tardó en llevarse a la boca. Los succionaba con fuerza mientras masajeaba sus senos. Después de un momento, alternaron los movimientos de sus caderas y adoptaron un ritmo rápido y constante. Estaban haciendo el amor, finalmente lo estaban haciendo. Manuel lamía y succionaba con fuerza sus pezones. «Muerde despacio, "Manu"» le pedía, acariciando su cabello. Su hijo apretó un pezón con los dientes y el otro con los dedos, alternando también con la lengua. Esto provocó que su madre perdiera el ritmo, ya que adoraba la sensación, era verdaderamente su punto más sensible.

Las vigorosas embestidas provocaron que se deshiciera el "nudo" que se había formado en el cabello y ahora le caía libremente en la cara. Se inclinó sobre su hijo, colocando ambas manos en su pecho y abriendo más las piernas. Así aceleró el movimiento de sus caderas con fuertes movimientos ascendentes; sentía que el orgasmo estaba cerca. Manuel dejó de moverse mientras su madre lo cabalgaba con ímpetu, levantando a veces tanto las caderas que el pene se salía. Lo agarraba con los dedos y lo volvía a introducir sin contemplaciones. El crujido del colchón junto con los gemidos de su madre lo distraían y aumentaban la excitación en ambos. Manuel sujetaba sus nalgas con firmeza y le propinaba nalgadas con ambas manos. Su madre solo se mordía los labios o suspiraba más fuerte; su esposo a veces también lo hacía, pero no generaba el mismo efecto. Todo lo que su hijo le hacía era novedoso para ella. Incluso cuando le introducía un dedo en el trasero, se estimulaba tanto que su interior se contraía vigorosamente y Manuel lo percibía. El orgasmo estaba próximo para ambos.

«¡No pares, amor mío! ¡Estoy a punto de llegar!» exclamaba su madre casi en un susurro. Ambos aumentaron la cadencia hasta que Manuel sintió las contracciones de su madre, que dejó caer todo su peso sobre él al besarlo y, sin poder más, eyaculó en su interior. Su madre gimió con fuerza con los labios aún

respecto a los suyos y explotó nuevamente en un clímax más prolongado. Su interior se contraía intensamente mientras los últimos chorros la colmaban por completo. Sus lenguas se entrecruzaron y no cesaron de besarse hasta que el miembro de Manuel fue perdiendo su erección.

Graciela se tumbó a un lado de su hijo aún incapaz de reponerse; ambos tenían la respiración agitada y les punzaba el rostro. No intercambiaron palabra alguna. Manuel abrazó a su madre y sin darse cuenta se quedaron dormidos.

Al cabo de unas horas, Graciela despertó con delicadeza a su hijo. Eran casi las 6 de la mañana y la luz ya se filtraba a través de la cortina.

- Mi amor, debes irte a la sala. Tu padre no puede encontrarte aquí-. Le susurró con ternura. Manuel se estiró y con dificultad se puso en pie. Podía ver claramente a su madre que aún estaba desvestida y le sonreía mordiéndose los labios casi con malicia.

- Está bien, mamá, ya me marcho-. Respondió. Su madre se inclinó hacia él y le dio un beso en los labios.

- Ya tuviste suficiente, nos vemos más tarde-. Le dijo mientras cubría sus pechos con la sábana. Manuel le sonrió y salió de la habitación tan sigilosamente como le fue posible.

Estaba tan absorto reviviendo lo sucedido que no se dio cuenta de que caminaba desnudo con la ropa en la mano. Miró a su cuarto y vio a su padre en la misma posición en que lo habían dejado. Estaba tan inmóvil que si no fuera por los ronquidos, habría pensado que estaba muerto. Se vistió torpemente y bajó a la sala, pero no sin antes coger un par de almohadas y mantas.

Permaneció recostado en el sillón pero no logró conciliar el sueño. Sentía que estaba flotando y que la noche anterior había sido solo un sueño. Uno increíble. Pero la sensación de ardor en el miembro por los fluidos que aún llevaba consigo confirmaban que era cierto: había mantenido relaciones con su madre y había sido el mejor día de su vida. «¿Qué sería de ellos ahora? ¿Lo repetirían?» Se preguntaba con una mezcla de emoción y temor. Su madre lo había despertado como si nada hubiese ocurrido y se despidió de él con un beso, y aunque esa acción ya era habitual entre ellos, en esta ocasión se sentía distinto. Deseaba descansar pero le resultaba imposible, y faltaba escasamente una hora para levantarse e ir a la universidad.

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