Sumido en la relectura de... ¿por vigésima ocasión? A Inodoro Pereyra, aquel gaucho creado por el Negro Fontanarrosa y a las puertas de cumplir mis veintidós años, no me había percatado de la entrada a la sala donde se encontraba mi bella y maravillosa madre.
Al levantar la mirada de mi libro, allí estaba ella de pie, observándome con rostro apesadumbrado, que contrastaba con su hermosa figura; sus ojos denotaban un dolor profundo. Mi progenitor, es decir, mi padre, había desaparecido de nuestras vidas hacía ya cinco años. Aquel día que regresamos a casa, no encontramos rastro alguno de él ni de sus pertenencias, y hasta hoy en día, no tenemos noticias de ese individuo misterioso.
Su melodiosa voz me sacó de mis pensamientos.
- Emir, debe ser fascinante ese libro en el que estás absorto. ¿Qué estás leyendo tan concentrado?
- Mamá, acabo de darme cuenta de que estabas ahí parada. Estoy leyendo al Negro Fontanarrosa, es genial.
- He leído algo de él. Tiene una filosofía de vida muy interesante y reflexiones acertadas.
- Me encantó la teoría que expone sobre nacer viejo.
- ¿En qué consiste?
- Bueno, plantea lo maravilloso que sería nacer anciano. Al venir al mundo con toda la sabiduría acumulada, se podría disfrutar de la vejez en primer lugar; luego vendrían el trabajo, la escuela, la adolescencia y la infancia, etapas que se vivirían a partir de esa experiencia. Al llegar a la etapa de bebé, se sería mimado por todos y la vida culminaría con un intenso orgasmo. En pocas palabras, todo el proceso se invertiría.
- ¡Vaya, qué interesante!
- Sí, me encantó.
- Bueno Emir, voy a hacer unas compras y vuelvo. Mientras tanto, piensa qué te gustaría hacer para tu cumpleaños, que está a solo dos días.
- De acuerdo, mamá. Si compras ropa, elige algo bonito para ti también.
Me dio un beso en la frente y salió por la puerta, balanceando sus caderas enfundadas en unos ajustados leggings azul eléctrico que resaltaban su firmeza y contorno. ¿Cómo pudo mi padre abandonar a una mujer así? Absorto en mis pensamientos, me di cuenta de repente de que mi miembro se había despertado; ¿cómo era posible excitarme con mi propia madre? Al fin y al cabo, es una mujer hermosa.
A su regreso, traía varias bolsas de diferentes tiendas. Me entregó una de ellas diciendo que era un adelanto de mi cumpleaños: un pantalón, una camiseta que combinaba con un suéter bien doblado en otra envoltura.
Los días pasaron y llegó mi cumpleaños. Me despertó con un hermoso desayuno en la cama, como hacía cada año en esa fecha.
- Feliz cumpleaños, mi vida.
No podía abrir los ojos, la luz del sol invadía mi habitación en todos sus rincones. Allí estaba ella, parada frente a mí con un camisón transparente que dejaba entrever su esbelta figura. ¡Qué gran madre y qué mujer tan hermosa! De repente, escuché su risa estridente y cómo se tapaba la boca, lágrimas de risa asomaban a sus ojos, lágrimas de pura alegría que no podía contener.
- ¿Perdón, señora? ¿Podemos compartir de qué te ríes? Así podríamos reírnos juntos.
- Sí, cariño. Parece que no fuiste el único en despertarse temprano para desayunar.
Al mirar hacia mi entrepierna, noté que estaba descubierto; a través de la tela del calzoncillo se marcaba la prominencia de mi miembro erecto. Sentí un calor intenso en mi rostro y enseguida me di cuenta de que debía estar tan colorado como un tomate, tapándome con la sábana.
- Tranquilo, hijo, es normal. Te pido disculpas por reírme.
- No te preocupes, mamá. Es solo vergüenza.
- Soy tu madre y para mí eres un orgullo, no tienes por qué sentirte avergonzado.
Se retiró de la habitación, dejando que su camisón transparente me permitiera vislumbrar su entrepierna. Llevaba puesta una ropa interior que, si bien ya la había visto al secarse después del lavado, era distinto percibirla puesta "in situ", con dos tiras que sobresalían.ambos extremos de la cadera que convergían en el inicio de la separación de los glúteos con otra banda un poco más ancha que se perdía entre ellos.
Dando la vuelta, me sorprendió al verme observándola, sin apartar la mirada de la zona, quedé absorto con ese triángulo de tela que cubría su zona íntima rodeada de unos bellos aparentemente rubios, no se cubrió, solo colocó una mano por delante obstruyendo mi vista.
- Estaba segura de que no habías planeado nada, por eso se me ocurrió ir esta noche a cenar, me voy a la peluquería, vuelvo en un rato.
Dicho esto, quitó hábilmente la mano que cubría su parte delantera deteniéndose unos segundos para que pudiera admirar un poco más, dándose la vuelta con una sonrisa en el rostro desapareció de la vista de mi puerta.
Desayuné rápidamente, llevé la bandeja a la cocina para lavarla después de darme un buen baño, le avisé a mamá que iba a bañarme y me dirigí a la ducha. Una vez desnudo, mi erección no cedía, el agua caía desde mi cabeza hasta perderse por el desagüe, la imagen de mi madre daba vueltas en mi mente con esa fotografía que había quedado grabada en mis ojos, sin dudarlo tomé mi miembro para masturbarme frenéticamente, de mi boca brotaban pequeños gemidos y repetía su nombre, Ana, hasta que el líquido seminal salió disparado por mi uretra para impactar contra la mampara de vidrio y deslizarse lentamente hasta el suelo de la ducha.
Oí a Ana gritándome desde la puerta.
- Emir, en un rato vuelvo, ya ordené la cocina.
- Está bien, mamá.
Comencé a secar mi largo cabello (cinco centímetros debajo de los hombros) para luego vestirme con ropa deportiva, sentarme en un sillón y esperar a que llegara mi madre, me quedé dormido viendo una película.
Entre sueños escuché su voz diciéndome...
- Arriba, remolón, vamos que se hace tarde.
Abrí mis ojos y la vi frente a mí, su cabello recién peinado en la peluquería, maquillada en ojos y labios, con un brillo especial en sus ojos color café, parecía otra persona, me habían cambiado de madre.
Al verificar la hora, vi que ya era tarde por la mañana y parte de la tarde, comimos algo rápido y nos preparamos para salir.
Cuando llegó la hora de partir, la vi salir de su habitación, mis ojos no podían creer lo que veían, pantalones vaqueros ceñidos que marcaban sus piernas y trasero, camiseta ajustada al cuerpo con un escote discreto pero que dejaba entrever sus dos pechos redondos y firmes, no llevaba sujetador, pues se marcaban sus pezones, que se veían espectaculares, con una chaqueta también de tela vaquera como los pantalones, corta, por encima del ombligo y un par de zapatos de tacón fino y alto, no aparentaba tener cincuenta años. Se me escapó un largo silbido y a ella una risita con un rubor en las mejillas.
Nos dirigimos hacia un lugar que ella había reservado para nuestra noche, nuestra gran noche.
Ya sentados y cenando a la luz tenue, charlamos mucho y me sorprendió.
- Emir, ¿cómo la estás pasando?
- Genial Ana, hasta ahora ha sido la mejor noche de mi vida. Estoy celebrando mi cumpleaños con la mujer más hermosa del mundo.
- Gracias por el cumplido.
- No es un cumplido, es la verdad.
- Sabes, me quedé pensando en la teoría del negro Fontanarrosa, tiene mucha razón en lo que dice, qué bello sería.
- Totalmente de acuerdo, un genio.
- Por favor, hoy soy Ana, quiero que la gente piense que estoy con mi amante jajaja
- Claro, Ana, como prefieras.
Concluida la cena y el debate sobre la teoría expuesta, pedimos un postre, al terminar, nos retiramos ante las miradas extrañadas de la gente al vernos salir tomados de la mano, ella se dio cuenta y me dio un rápido beso en los labios. Riendo a carcajadas, regresamos a casa para continuar allí la charla frente a una taza de café.
Una vez en casa.
- Emir, ¿qué opinas?
que todavía puedo agradar a alguien.
- Claro que me atraes mucho.
- Me di cuenta esta mañana.
- Si no fueras mi madre...
- Te dije que soy Ana.
Me quedé sorprendido por su respuesta, quizás fue por el alcohol o no sé qué pensar.
Fuimos a la cocina para llevar las tazas de café y ella propuso otro brindis, tomamos una copa de vino tinto al sonido de un fondo blanco.
Después de lavar los vasos, vi que me miraba de reojo mientras pasaba por detrás de ella, movió su trasero hacia mí, acercándolo a mi paquete. La abracé por detrás y se giró hábilmente para fundir su boca con la mía, no podía creerlo.
Abrazados y besándonos, la llevé al comedor mientras íbamos quitándonos la ropa, ella hizo lo mismo. Cuando llegamos, ya estábamos en ropa interior. La agarré de la cintura y la subí a la mesa, la hice recostarse después de quitarle la bombacha y usé prendas del suelo como almohada. Su trasero perfecto quedó alineado con la mesa. Traje una silla para sentarme, mientras besaba suavemente sus pies y subía lentamente por sus piernas. Noté que su vagina brillaba por la humedad que quería salir, sus pies se apoyaron en el respaldo de la silla, dejando su parte íntima expuesta a mi lengua, que rodeaba sus labios cuidadosamente recortados y rubios, tal como los imaginaba. Hacía círculos alrededor de ellos, buscando penetrar esa barrera jugosa, que cedió cuando coloqué la punta de mi lengua justo en el centro, ingresando suavemente y permitiéndome saborear el agridulce sabor de Ana.
No alcancé a llegar al clítoris cuando mi boca se llenó del orgasmo que experimentó entre gemidos de placer. Jadeante, casi en un susurro, me pidió que la penetrara. Sin dudarlo, bajé sus piernas de la silla para colocarme entre ellas. La agarré de la cintura, sacando su trasero hacia afuera, sus piernas suaves subieron a mis hombros y en esa posición entré en ese lugar que veintitrés años atrás ella había visto pasar. Comencé con fuerza los movimientos en medio de gemidos por ambas partes. Estiró sus manos tomando mi cabello para marcar el ritmo, logrando su cometido de inmediato.
- Más fuerte, Emir, qué hermoso miembro tienes, tal como lo imaginé cuando te vi esta mañana, dame con fuerza, hijo.
No alcanzó a terminar de hablar, volvió a tener un orgasmo y se escuchaba mi miembro chapoteando en su interior, hasta que liberé mi semen en grandes chorros, sintiendo que mi pene se contraía interminablemente para expulsarlo.
Después de bajar de la mesa para sentarnos, con su zona íntima goteando el semen que tímidamente resbalaba por sus piernas, nos abrazamos y besamos como dos jóvenes.
- Ana, ¿qué hicimos?
- Nos dimos amor, mi vida, estuvo perfecto, después de tantos años sin sentir a un hombre dentro de mí y más siendo tú.
- Pero somos madre e hijo...
- ¿Y qué importa?, pasaste todo el día en mi mente, y no precisamente vestido... criada en un ambiente muy católico, nunca pensé en algo así, pero fue una relación verdadera que me brindó mucho placer. Si nos basamos en la biblia, ¿cómo se pobló el mundo si solo había dos seres humanos? Debió haber incesto, ¿no es así? Y leyendo libros y páginas de relatos, exacerbó mi instinto sexual y el deseo de sentirte dentro de mí de nuevo. Según lo que había leído, muchas madres describían esta experiencia como un placer único e increíble, algo que acabo de comprobar al sentir gota a gota, chorro a chorro, cómo te derramabas dentro de mí.
- Te entiendo, Ana, pero... lo hicimos sin protección en el calor del momento, ni siquiera te pregunté.
- Jaja, no te preocupes, tuve una menopausia precoz, así que las posibilidades son nulas.
- Recapacitando... entonces debo entender que la narrativa presentada durante tantos años no es negativa ni pecaminosa si ambos acordamos esto.
- Exactamente, hijo, así es como lo describes.
además de la costumbre de tu padre. Después de tantos años casados, nadie me hizo sentir tan bien como tú en este momento.
- ¿En serio? Entonces prepárate para lo que está por venir.
- Como tú quieras, mi dulce hombre.
Ya en la cama, en ese lugar donde la vestimenta no tiene lugar y con mi madre desnuda, que solo con verla me excita, quiero conocerla aún más, poseerla, tenerla solo para mí.
- Hijo, deja volar tu imaginación y hazme completamente tuya, quiero cumplir tus deseos
Con ansias de llegar al clímax, el gran intercambio de suspiros donde solo se escuchan gemidos, aullidos, expresiones que despiertan la pasión, pero no las palabras, comencé con caricias suaves.
Al tocar su entrepierna, sentí el cálido fluido de sus jugos clamando por sexo, con ganas de complacerla tuvimos otro encuentro íntimo cuerpo a cuerpo, logrando mi bella compañera dos orgasmos deliciosos.
Se acostó de lado, permitiendo que mi cuerpo se acercara para abrazarla, formando una especie de cuchara, con su hermoso trasero pegado a mi pelvis, nuestras respiraciones agitadas se sincronizaron en un solo ritmo.
Después de unos veinte minutos aproximadamente, en un estado entre el sueño y la vigilia, siento el movimiento del suave trasero de mi madre rozando mi miembro, que orgulloso volvió a cobrar vida, sin dudarlo ni un instante, apoyé la punta en el esfínter anal, sin ejercer presión. Ella puso su mano en mi cadera como si fuera una barrera, aparentemente para evitar lo inevitable. Le susurré al oído que se relajara, que disfrutara. Al aflojar la tensión, me dejó avanzar. Solo apoyé, a medida que se relajaba más, seguí adelante sin presionar, ganando terreno lentamente, hasta que finalmente entré.
- Deberías hacer un poco más de fuerza, como si estuvieras yendo al baño.
- Nunca lo he hecho de esta manera.
- Sigue mis instrucciones y lo disfrutarás.
Poco a poco se fue animando, sentí el movimiento de ese espacio que indicaba que estaba haciendo lo que le pedí. Hice un poco de presión y la primera parte de mi miembro entró sin dificultad, lo confirmó con un pequeño gemido. Permanecí inmóvil hasta que ella misma comenzó a mover las caderas hacia atrás, facilitando mi entrada. Lo hizo a su ritmo y resultó, ya estaba todo dentro. Sin cambiar de posición, continué con el acto amoroso con su deseable trasero, la excitación que me invadía no me permitió contenerme mucho tiempo y pronto eyaculé en ella. Entre mis gemidos creí escuchar los suyos mientras movía las caderas y expresaba - Por favor, no pares, sigue así - de manera lasciva, a pesar de no haber tenido experiencia previa en sexo anal, parecía toda una experta.
- No sabes cuánto tiempo he imaginado y deseado esto, gracias vida mía.
- Tocarte y hacerte el amor es mi mayor placer, nunca pensé en esto, pero alguna vez también deseé tu hermoso cuerpo.
- No sé por qué esperamos tanto tiempo.
- La verdad es que no lo sé, lo que sí sé es que desde ese primer beso que me diste, mi mundo cambió.
- Vamos a entregarnos sin reservas a todas nuestras pasiones y siempre seremos felices. La conciencia no es la voz de la naturaleza, sino solo la voz de los prejuicios. ¿Qué te parece si adelantamos la noche de mañana?
Y así lo hicimos, nos entregamos a nuestro amor sin la presencia de la ropa, hasta el día de hoy seguimos siendo la pareja más feliz, como dijo el célebre Fontanarrosa, alcanzando intensos orgasmos en cada encuentro donde regresaba por donde había venido hace muchos años.
- Quiero explorar contigo todos esos lugares ocultos donde desaparece el mundo y solo quedamos nosotros, entregados al éxtasis de nuestro encuentro íntimo.
Fueron sus últimas palabras antes de quedarse dormida.
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