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Declaraciones de Arturo (parte 1)


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“¡Adelante, la puerta está abierta!” Se escuchó una voz al otro lado de la entrada. Arturo accedió resignado y tomó asiento en uno de los asientos que se encontraban frente al escritorio. Era un espacio acogedor y actual, adornado con creaciones artísticas y certificados. Un amplio ventanal se situaba detrás de la mesa de cristal que hacía las veces de escritorio y daba al estacionamiento. También había numerosas imágenes de ella con un joven, que presumiblemente era el adolescente ahora con una chaqueta del equipo de su centro de estudios. Minutos más tarde, apareció Lorena con su bata blanca y un cuaderno en la mano. “Será mejor ir a la sala. Los sillones son muy cansadores”. Ambos se sentaron frente a frente, separados por una pequeña mesa de centro; Arturo aguardó a que ella iniciara la conversación.

- ¿Por qué crees que te llamé hoy? - Preguntó Lorena acomodándose en el sofá. Arturo demoró un instante en responder.

- Sí.

- Muy bien. Tu tía me ha comentado algo sobre una situación en tu hogar y se ha preocupado por ti. ¿Deseas hablar al respecto? - inquirió presionando el bolígrafo listo para escribir.

- Supongo que debo hacerlo, ¿cierto…? - Reflexionó por un momento sobre las palabras adecuadas y respiró profundamente- Tuve relaciones íntimas con mi madre.

Esta revelación tomó a Lorena por sorpresa y enseguida pensó en Carlos, su hijo. Desde hacía tiempo había notado comportamientos distintos en él y se negaba a aceptar la razón. A pesar de haber pasado por alto esas situaciones, no podía ignorarlas; Carlos se asemejaba mucho a su padre y, a su parecer, era más atractivo que él.

- ¿Estableciste lazos de esa índole con tu progenitora? - preguntó con calma Lorena, anotando la respuesta en su libreta. Arturo asintió con la cabeza. -No eres ni serás la primera persona en este consultorio que expone algo similar. Es algo frecuente ¿comprendes? Volvamos al inicio. ¿Qué los llevó a esa situación? -Arturo cerró los ojos brevemente y rememoró cada instancia en la que traspasaron los límites hasta llegar a la cama.

- Siempre he mantenido una relación muy estrecha con mi madre. Tenemos una gran confianza y conversamos de todo. Por ello, en ocasiones andamos en ropa interior por la casa, ella solo con un camisón o a veces con camisetas cortas y shorts muy ceñidos. Siempre me atrajo, pero al ser mi madre, intentaba no prestarle mucha atención.

- ¿Sin embargo, la mirabas?

- Sí. Resultaba inevitable no hacerlo. - Respondió Arturo apartando la mirada. Lorena comenzó a escribir en su libreta y se hizo un silencio.

- ¿Cómo describirías a tu madre? - Preguntó finalmente pasando la hoja.

- Es rellenita, sin mucha barriga, pero voluptuosa y con un buen trasero. No es muy alta, más o menos de mi estatura - mencionó haciendo un gesto por encima de la cabeza.

- ¿Consideras atractiva a tu madre?

- Sí, más que las madres de mis amigos o mis tías. Tiene un rostro muy bonito y el pelo corto. -Arturo miraba al suelo mientras respondía a las preguntas y aquella confesión lo había incomodado bastante; quería marcharse de allí.

- Arturo, ¿te atraen las mujeres mayores?

- No es que me gusten, simplemente ella me ha parecido atractiva desde siempre, no sé por qué. -Arturo encogió los hombros. Le resultaba difícil sostener la mirada y se encontraba nervioso. Lorena se percató de ello, pero continuó con sus preguntas. Estaba intrigada.

- ¿Cómo traspasaron esa barrera?

Arturo tragó saliva y se reacomodó en el sofá. Se sentía incómodo, pero al mismo tiempo algo excitado al rememorar con detalle cada circunstancia que los llevó a la cama a él y a su madre.

- Al principio todo comenzó como un juego. - Relató tras un momento casi con voz temblorosa. -Siempre hemos sido muy cariñosos el uno con el otro. En un primer momento eran abrazos: ocasionalmente la abrazaba fuertemente por la cintura y luego deslizaba las manos por sus caderas. Todo era sumamente físico. En una ocasión, en tono de broma, le pellizqué las nalgas y no dijo nada, soloSe rió. Desde ese momento, intenté tomarla, siempre de manera lúdica, a lo que ella respondía riéndose y simulando reprenderme. Supongo que nunca percibió malicia en mis acciones y simplemente se dejaba llevar. En cierta ocasión, me solicitó que le brindara un masaje y creo que ahí fue donde perdimos el control. Mientras le masajeaba el cuello, lentamente mis manos se desviaron: sujeté sus senos y ella simplemente se rió. Luego se apartó y me regañó como de costumbre, pero no dijo nada más. A partir de ese momento, nuestro "juego" consistía en ver si lograba agarrarle los senos en ese momento. Al igual que con los pellizcos, al principio se resistía y trataba de alejarme, y en respuesta, intentaba pellizcarme a mí. Hasta que un día, quizás cansada de mi insistencia, no opuso resistencia y los sujeté firmemente. Eran suaves y pesados. Los agarré con ambas manos y los acaricié un momento. En esa ocasión llevaba puesto un vestido de una tela muy fina y podía sentir los pezones a través del sujetador. Ella solo me sonrió y se ruborizó un poco, y tras unos segundos se apartó. Desde entonces, los toco "accidentalmente", siempre y cuando no esté mi padre.

- ¿Se escondían?

- Siempre. Sabíamos que no era correcto, pero aun así lo hacíamos. También los miraba sin vergüenza y ella lo sabía. Incluso, cuando me sorprendía observando su escote, apretaba sus senos con los brazos para que parecieran más grandes. De igual manera, siempre riéndose o bromeando. Recuerdo que un día llegué temprano a casa y mi mamá estaba cocinando. Como de costumbre, le di un beso en la mejilla y al abrazarla, los agarré. En ese momento la noté nerviosa, pero igualmente nos dejamos llevar. Estuve masajeándolos durante tanto tiempo que creo que comenzó a excitarse, porque su respiración se volvió más profunda y dejó lo que estaba haciendo. Simplemente se quedó quieta mientras le acariciaba los senos, hasta que con una mano empezó a acariciarme el cabello.

Lorena notó que su respiración se agitaba y trató de calmarse. Un extraño hormigueo recorrió su cuerpo y suspiró profundamente. No era inusual para ella excitarse con las confesiones de sus pacientes, ya que se especializaba en terapia de pareja y escuchaba todo tipo de historias, pero aquella narrativa la estaba poniendo muy nerviosa. La forma detallada en la que le describía cómo sedujo a su madre la hizo pensar en su hijo y su corazón comenzó a latir muy rápido, algo que no le sucedía tan seguido.

- ¿Cómo reaccionó ella ante tus acciones? -Preguntó, anotando rápidamente todo lo que Arturo decía.

- En esa ocasión en la cocina, estábamos tan cerca que sentí que comenzó a mover las caderas, como si estuviéramos bailando y, por tanto, comencé a excitarme.

- ¿Nunca habías tenido una erección antes con esas acciones? -Lorena se detuvo un momento para observar su rostro: Arturo estaba sonrojado, pero mantuvo su mirada. Estaba ansiosa por conocer el resto de la historia.

- No, hasta ese momento. Como mencioné, siempre era más un juego que cualquier otra cosa. Pero esa vez creo que ambos nos excitamos porque enseguida estábamos prácticamente frotándonos con la ropa puesta mientras les acariciaba lentamente los senos. Por la intensidad del momento, intenté deslizar mis manos bajo su camiseta, pero me detuvo y dijo que "ya era suficiente", apartándose de mí. No sé si ella llegó al clímax, pero yo ya estaba muy excitado. Me abrazó, acomodó su ropa y siguió con lo que estaba haciendo.

- ¿Tu padre nunca sospechó lo que estaban haciendo? ¿Nunca los delataron? -Continuó escribiendo en su libreta.

-No. Él siempre estaba en el taller o salía con sus amigos, por lo que nos dejaba solos. Teníamos mucho tiempo para hacer de todo. -Respondió Arturo, cruzando los brazos. Ya no le resultaba tan difícil continuar con su relato, y poco a poco se sintió más confiado. Lorena transmitía esa sensación.

- ¿Cómo es tu relación con él? ¿Se llevan bien?

- En verdad lo veo más como un amigo o un tío alejado que como mi padre; nunca estaba. De hecho, la primera vez

Lo que hicimos fue casi por esa razón. Después de cenar, mi madre se puso a ordenar la casa; acostumbra a hacerlo por la noche, aunque no sé por qué. Encendió música y mientras bailaba, me acerqué por detrás. La abracé como de costumbre y lentamente fui subiendo las manos, hasta que alcancé sus senos y noté que no llevaba sostén. Sentí los pezones duros en mis palmas, lo cual me excitó aún más.

- ¿Crees que ella estaba al tanto de lo que iba a suceder?

- Yo pienso que sí. Ya habíamos avanzado bastante. -Arturo ajustó discretamente su pantalón al notar que estaba teniendo una erección. Lorena lo percibió y de reojo vio el bulto entre sus piernas.

- Entonces, ¿también ella deseaba lo mismo?

- Sí. Posteriormente me confesó que tenía mucho tiempo sin intimar con mi padre y que prefería hacerlo conmigo. En ese momento sentía cómo movía las caderas, acercándose más y más a mí. Yo correspondí sus movimientos. Llevaba puestos unos shorts muy livianos que dejaban ver el elástico de la ropa interior, apenas cubriendo sus nalgas. Ella acariciaba mi cabeza con ambas manos y cuando me atreví a bajarle el elástico del short, ella... -Hizo una pausa pasando la lengua por sus labios. Las imágenes se agolpaban en su mente como si estuviera viendo la escena en tercera persona- comencé a bajarlos. Rápidamente me detuvo, pero no se retiró, simplemente siguió bailando. En ese punto, prácticamente estábamos rozándonos con la ropa puesta.

- ¿Ella te dio luz verde o fuiste tú quien tomó la iniciativa? -Lorena cruzó las piernas, sintiendo cómo su ropa interior se humedecía poco a poco. Estaba nerviosa.

- Deseaba bajarle los shorts, pero ella no lo permitió. Así que continué acariciando sus caderas hasta llegar a su intimidad. Se inclinó ligeramente pero no se apartó ni dijo nada. La acaricié con toda la mano y al llegar a su entrada, presionaba con más fuerza con los dedos; estaba tan excitada que tenía una mancha de humedad en los shorts; podía sentirlo en mis dedos. En ese momento dejamos de pensar, estábamos ardiendo de deseo. – Arturo aclaró su garganta y se acomodó nuevamente en el sofá. Se sentía más relajado por la calma de Lorena, quien lo observaba ruborizada y sin expresión. No se sentía juzgado y tuvo la corazonada de que ella también guardaba un secreto similar, ya que parecía familiarizada con la situación.

- Comprendo. Y... ¿qué sucedió?

- En ese instante no pasó nada, porque llegó mi padre. Regresó algo ebrio y mi madre tuvo que ocuparse de él. Se fueron a su habitación y estuvieron bebiendo hasta altas horas de la noche. Pensé que todo se había detenido ahí, pero en la madrugada, mi madre vino a mi habitación y me pidió si podía dormir conmigo porque no soportaba los ronquidos. Se quitó lentamente los shorts y la ropa interior frente a mí, creo que quería que apreciara sus nalgas y piernas, y nos acostamos en posición de cucharita. Yo ya estaba totalmente excitado. Era lo que había estado deseando y no sabía cómo reaccionar de los nervios. No sé cuánto tiempo pasamos así, acostados, simulando estar dormidos. Luego ella comenzó a menearse y supe que era una señal. Abrazados, empecé a acariciarle las caderas y los muslos, y a besar su cuello. Nunca lo había hecho antes, pero disfruté el aroma de su piel; todavía tenía vestigios de perfume. Al inicio fueron besos cortos y luego más apasionados, con lengua, recorriendo desde su cuello hasta los hombros. Con la casa en completo silencio, podía escuchar su agitada respiración y sus suspiros.

Lorena se sentía sofocada y temía que su excitación fuera evidente, por lo que se mantuvo seria a pesar de estar sumida en su propio fervor. A pesar de su aparente indiferencia, su mente seguía ocupada en su hijo y sintió el impulso de acariciarse.

- ¿En esa ocasión consumaron el acto?

- Sí. Sin temor, agarró mi miembro. Al principio lo acarició por encima de la ropa y luego introdujo la mano en mi pantalón para sujetarlo firmemente. En ese momento, nos entregamos por completo y ya no quisimos detenernos, de hecho, no lo buscábamos. Subí un poco su camisón y, al igual que ella, lo acaricié primero.

Su zona íntima, la cual estaba muy húmeda, no sabía si a causa del sudor o de sus fluidos. No solía depilarse y llevaba mucho tiempo sin rasurarse, por lo que presentaba un denso vello púbico. Era la primera ocasión en que tenía contacto físico con una mujer en esa zona y me sorprendió su temperatura. La acaricié con suavidad, imaginando su forma, hasta que separó las piernas y comprendí sus deseos. Introduje mis dedos lentamente y en ese instante comenzó a gemir, especialmente cuando detenía mis movimientos para estimular su clítoris. Inicialmente lo hacía de manera pausada, pero a medida que ella aumentaba la intensidad, yo correspondía a ese ritmo. Así continuamos complaciéndonos mutuamente hasta que llegué a un punto de excitación irresistible y me quité la ropa interior. Sin pronunciar palabra alguna, ella simplemente me miró con el rostro sonrojado, como indicándome con su expresión: “hazlo”. Inclinó ligeramente su cuerpo hacia adelante para acomodarse mejor, momento que aproveché para colocar mi miembro en la entrada de su vagina. La humedad era tal que sus jugos empezaban a mojar la sábana. Primero acaricié su entrepierna a lo largo, tal como se ve en las películas pornográficas. Quería disfrutar de esa experiencia tal y como siempre la había imaginado. Elevé una de sus piernas mientras la penetraba lentamente, y cuando estuve completamente dentro, emitió un fuerte gemido. Experimentaba un intenso calor interno y me sorprendió lo estrecho de su interior. De manera instintiva comencé a moverme, realizando cada vaivén con cuidado y lentitud para prolongar el placer y asegurarme de que ella también lo disfrutara. Se apoyó en la cama con un brazo, correspondiendo a mis embestidas, hasta que ambos encontramos un ritmo armonioso. Yo jadeaba, intentando controlar mi respiración para no llegar al clímax demasiado rápido, mientras ella gemía cada vez que sentía mi miembro por completo en su interior, sin importarle la presencia de mi padre en la habitación contigua. Pero al escuchar sus ronquidos, dejamos de preocuparnos por ello.

Ella jadeaba con agitación, pasando la lengua por sus labios y acariciando sus muslos mientras se cubría con una libreta. Respiraba profundamente y su mano se deslizaba sobre su entrepierna, que en ese momento se encontraba empapada. Arturo no se percató.

- ¿Hubo palabras durante el acto sexual? -inquirió Lorena.

- No, bueno, sí. Las típicas expresiones... Solo gemidos, susurros y indicaciones de “así” o “más rápido”. Cuando empezó a temblar y a jadear con mayor intensidad, supe que estaba por alcanzar el orgasmo. Aumenté la velocidad de mis movimientos hasta que gritó mi nombre con fuerza, quedándose sin aliento. Me indicó que me detuviera momentáneamente mientras descendía su pierna. Permanecía dentro de ella sintiendo cómo su cuerpo se contraía y se expandía rápidamente. Le besé la espalda y el cuello en un intento por calmarnos a ambos. Luego se incorporó y se quitó el camisón. Jamás olvidaré el movimiento de sus senos al ubicarse sobre mí. Poseía unos pezones grandes de un color rosado casi imperceptible en contraste con su piel, algo que nunca había imaginado. Los sujeté con ambas manos y los estimulé con deseo, hasta que ella rodeó mi cuerpo con los brazos, indicándome que lo hiciera con delicadeza. Se acomodó sobre mi miembro y de una sola vez se introdujo por completo. Se quedó quieta por un momento para luego comenzar a cabalgar con lentitud. Yo me recosté en la cama mientras colocaba sus manos en mi pecho, sin cesar de moverse; me embriagaba ver cómo mi falo desaparecía en su interior. Ella estaba totalmente entregada, disfrutando al máximo del placer sin importar que fuera su hijo, solo ansiaba que la poseyera.

Lorena mordió suavemente el bolígrafo mientras dirigía su mirada al texto subrayado en las páginas, intentando mantener la compostura. Había plasmado todo lo que recordaba de aquel encuentro, pero la excitación le impedía continuar.

- ¿No utilizaron protección? -preguntó Lorena mientras guardaba el bolígrafo entre las páginas. Arturo movió la cabeza y ajustó nuevamente su pantalón.

- Ni siquiera cruzó por nuestras mentes en ese momento. La pasión nos dominaba. Ella cabalgaba con tal fervor que no pude resistir mucho tiempo. -Arturo cerró los ojos, reviviendo mentalmente aquel instante sin percatarse.Se acarició levemente el pene. -Los pechos saltaban tanto…No dejé de tocarlos mientras estuvo encima de mí. Tiraba de los pezones o los mordía suavemente. No supe cuánto tiempo pasó, pero no pude aguantar más. Le avisé que iba a eyacular y ella solo aumentó la velocidad de sus caderas. Después de unas embestidas más, eyaculé en su interior. Nunca había tenido un orgasmo así, tan intenso, y creo que ella tampoco. Quizás fue más intenso porque lo que estábamos haciendo era incorrecto, y por eso mismo fue tan placentero. Lancé varios chorros antes de que dejara de moverse, y no supe si ella también llegó al clímax. Solo se quedó quieta con mi miembro adentro y los ojos cerrados, y cuando se retiró me dio un beso en la boca, prolongado pero sin utilizar la lengua. Había deseado besarla antes, pero no entendía por qué no me había atrevido. Permaneció recostada allí conmigo acariciándome el pene y besándome lentamente hasta que se quedó dormida. Yo también me quedé dormido, y al despertar por la mañana, ya no estaba, tampoco mi padre.-

Ese detalle llamó su atención. En la mayoría de las relaciones incestuosas, los besos son comunes, pero en este caso, no se habían mencionado hasta entonces. Brevemente imaginó cómo sería besar a su hijo en varios escenarios posibles e inconscientemente se mordió el labio inferior. Estaba fascinada por el relato y, sobre todo, por cómo un juego que consideraban "inocente" los había llevado inevitablemente al encuentro sexual. Pero, sobre todo, se sentía intrigada por esa aparente falta de conexión íntima entre los dos y que solo se da en las parejas, limitando su relación únicamente al sexo. Incluso le parecía algo comprensible.

- ¿Qué sentiste al besarla? ¿Fue similar a algún beso anterior que hayas recibido?

- No. Fue muy diferente. Pero se sintió extraño y me excitó mucho tener su aliento tan cerca, no sé por qué. Creo que esos detalles, como su aliento, el aroma de su piel o de su cabello, son propios de una pareja. Tener todo eso para mí realmente me excitó mucho.

- ¿Tu madre también incitaba a los siguientes encuentros?

- Los dos. Ese día tuvimos que esperar hasta la noche para volver a hacerlo.

Lorena recordaba las miradas y caricias de su hijo cuando no estaba su padre. Era más afectuoso, pero sin cruzar la línea del coqueteo, aunque secretamente deseaba que lo hiciera. Parecían personas distintas cuando estaban a solas. Le costaba concentrarse en las palabras de Arturo, ya que su mente estaba ocupada en su hijo.

- ¿Finalmente fue solo entre ustedes dos? -Preguntó retomando el hilo.

- Sí, ya estábamos muy envueltos en eso.

- ¿Cómo fue el siguiente encuentro? -Indagó Lorena después de un momento.

- Fue esa misma noche. Mi "mamá" ya no podía esperar y me pidió que la acompañara a la tienda por algunas cosas porque no quería cargarlas. Caminamos un poco más allá de la casa y nos metimos en un terreno baldío. Estaba muy oscuro y no se veía nada. Fue un encuentro rápido. Se bajó el pantalón corto y se apoyó en la pared abriendo las piernas. Saqué mi miembro por la bragueta y la penetré con fuerza; tuvo que taparse la boca para no hacer ruido, pero aún así gemía. Tuve que ser rápido para evitar ser vistos, y terminé dentro de ella nuevamente.

- ¿Nunca te mencionó nada por eyacular dentro de ella?

- No, al contrario, le gustaba sentir el semen dentro. Pero luego me explicó que era mejor eyacular afuera, porque a veces tardaba en salir todo y le preocupaba que mi "apa" la descubriera y sintiera algo que no debería estar allí. En ese punto, ya no la veía tanto como mi madre, sino más como mi novia. Su actitud hacia mí cambió, volviéndose más cariñosa de lo habitual. Empezamos a hacer más cosas juntos e incluso me llamaba por teléfono varias veces cuando estaba fuera de casa. Cuando no estaba mi padre, nos besábamos y acariciábamos a ratos, pero no pasaba nada porque sabíamos que podía llegar en cualquier momento.

instante. Incluso cuando estábamos juntos, solíamos buscar un cuarto o la despensa, o nos escapábamos al garaje para besarnos; siempre con prisa. La vez siguiente que lo hicimos también fue en la casa.

- ¿Justo después de eso o hubo un lapso de tiempo? -Lorena volvió a revisar sus apuntes página por página.

- Sí, pasaron algunos días porque mi ‘viejo’ ya no frecuentaba tanto el taller por las mañanas y cuando estaba en casa comenzó a mostrarse muy posesivo con ella debido a su cambio de actitud hacia mí. No sé si sospechaba algo, pero definitivamente noté un cambio.

- ¿No les dijo nada?

- No, nunca. Todo seguía como si nada. En la ocasión siguiente, simulé que me iba a la uni y esperé a que mi papá se fuera. Me escondí entre las buganvillas del terreno baldío de la otra noche hasta que vi pasar su auto. Esperé un momento y luego regresé a casa. Mi mamá ya me estaba aguardando para meternos juntas en la regadera.

Continúa.

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