Alrededor de las 8 de la noche, un 31 de octubre, en la víspera de la Noche de Brujas, me encontraba en mi apartamento arreglándome para acudir, junto con mi novio Alberto, a una fiesta de disfraces que se llevaría a cabo en un conocido bar del lugar unas horas más tarde.
Como mujer joven de 23 años, profesional y moderna, intentaba aprovechar los años de soltería que me quedaban para salir de vez en cuando con mis amigos y divertirme. Aunque, con una relación formal de casi un año, era cada vez más complicado debido a los compromisos que implica estar en una relación seria.
No me malinterpreten, la relación con mi novio ha sido lo mejor que me ha sucedido. Él ha sido el hombre de mis sueños; un joven profesional atractivo y atlético, con sólidos principios morales inculcados desde su infancia por una familia con fuertes convicciones religiosas.
Estos valores lo han convertido en un hombre íntegro, responsable, honesto y trabajador. Él sabe que en la vida no hay atajos para conseguir el éxito, sino que es necesario esforzarse para alcanzar las metas propuestas. Cualidades que no pasaron desapercibidas en la entidad financiera donde trabaja, lo que le ha permitido avanzar rápidamente en su carrera profesional.
Con su atractivo y carisma, mis amigas y algunos amigos bromearan ocasionalmente, insinuando que intentarían 'robármelo'. Aunque estas bromas no eran tomadas en serio, considerando que Alberto, aficionado a la natación y otros deportes, siempre se mantiene en buena forma física.
No obstante, no fueron esas cualidades por las que me enamoré de él. Fue su amabilidad y cortesía, siempre pendiente de mis necesidades y sentimientos desde el primer día, lo que me hizo enamorarme profundamente y no poder imaginar mi vida sin él.
Siendo un romántico idealista, presta atención a los detalles que sabe que me gustan, tratando de hacer que cada momento juntos sea memorable. Esto ha hecho que no solo imagine un futuro a su lado, sino que lo desee con ansias. Sin duda, un hombre con el que cualquier mujer sueña.
Aunque a veces, los sueños pueden perder parte de su encanto al volverse realidad. Por ejemplo, me gustaría que en algunas situaciones fuera menos formal y conservador, especialmente en la intimidad.
Debido a su sólida formación moral, Alberto trata a las mujeres con respeto y consideración en todo momento, lo cual es loable y no puedo reprocharle.
Simplemente, como mujer, con cierto grado de vanidad en mi apariencia y atractivo físico, me gusta sentir que tengo un impacto en los hombres solo con mi presencia. Incluso, no dudo en vestir de manera provocativa para llamar la atención de uno o varios chicos a mi alrededor.
Coquetear cuando mi novio no está presente es un hábito que no desapareció automáticamente al comprometernos. En varias ocasiones, llegué a provocar, de manera 'inocente', rivalidades entre chicos que discutían quién tenía la posibilidad de conquistarme y llevarme a la cama (o a cualquier otro lugar para intimar).
Y precisamente ahí radica el pequeño inconveniente en mi relación con Alberto, un detalle muy
importante ser precisos. Especialmente si, habiendo ya cumplido con la cuota 'mínima' de novios y amantes, se tiende a caer en las comparaciones siempre odiosas.
Ni Alberto ni yo éramos vírgenes al comprometernos en un noviazgo formal; por lo tanto, resulta imposible evitar recordar con algo más que nostalgia a alguno de los chicos con los que había estado antes de él. Especialmente aquellos más salvajes y rudos.
A pesar de ser plenamente consciente de las razones por las que todas esas relaciones previas habían fracasado, de vez en cuando, con la ayuda de algún ‘sintético amante’, me sorprendía añorando en la privacidad de mi alcoba la forma en que alguno de esos chicos me había conquistado en todos los aspectos.
Para ser claros, anatómicamente hablando no había motivos para quejarme de Alberto; ya que, como mencioné, él siempre ha sido un entusiasta del entrenamiento físico y el estilo de vida saludable. Esto no solo le otorga una buena apariencia, sino que también le permite prolongar el acto sexual. Sumado a que la naturaleza lo había favorecido, dotándolo con un miembro proporcional a su ‘talla’, tenía razones más que suficientes para sentirme agradecida de tenerlo a mi lado (o encima o abajo).
No obstante, el aspecto físico no lo es todo. ¿Cómo olvidar esas noches de verano desenfrenadas en las que un nuevo día me sorprendió en la playa, entregándome a algún pasajero romance sin preocuparme por la arena que se adentraba en cada poro de mi piel o temer ser sorprendida por algún madrugador bañista? O los días campestres en los que, embriagada con algún amigo, terminábamos nadando desnudos bajo la luz de la luna en el lago.
O las épicas ‘noches de chicas’, en las que, vistiendo de forma provocativa, salía a divertirme con mis amigas a algún bar o club; solo para terminar compitiendo por ver quién conquistaba primero a un afortunado extraño en el cuarto de servicio antes de que la noche concluyera. Casi siempre, saliendo yo como la ganadora, obviamente.
Aunque a Alberto le incomodaba incluso las escenas con algo de 'pornografía suave' en el cine; proponerle algo tan emocionante como el sexo en un lugar público, o esperar a que él lo sugiriera, jamás se me cruzaba por la mente. Para él, el acto íntimo tenía que ser algo más ‘reservado’ y cercano; ¡Qué locura, ¿verdad?
Bueno, quizás esa debería ser la visión adecuada del sexo en pareja, no lo sé con certeza; pero lo que sé es que una vez que se ha probado el champagne, la cerveza sabe a poco (lo cual no significa que por beber champagne no volvería a tomar cerveza, u orina; en ambos casos dependería del contexto).
“Te amo mucho, cariño” o “eres la más hermosa, mi amor”, son las frases con las que Alberto suele elogiarme durante nuestras relaciones íntimas. Aunque al principio pareciera ser lo que una mujer desea escuchar al entregarse físicamente a un hombre, con el tiempo pueden perder su significado debido a la repetición.
Muy distinto a las emociones que los chicos más salvajes con los que había estado lograban provocar en mí, al elogiarme con un lenguaje más crudo. “Te voy a tomar, preciosa”, o “sé que te encanta”, eran las expresiones que me enloquecían en materia sexual durante mi etapa de soltería. Si añadían unas cuantas caricias firmes, podían hacerme llegar al clímax en un instante.
Aunque no lo expresaba abiertamente, sabía que a Alberto tampoco le agradaba la forma provocativa en la que solía vestir en las salidas con nuestros amigos. Tenía que calmarlo insinuando que me gustaba vestir así únicamente para él; ocultándole lo mucho que disfrutaba captar las miradas de deseo.de otros individuos apenas descuidara por un instante.
Aunque había terminado mi época de travesuras en la universidad, mi vida sexual seguía siendo relevante para mí, esperaba que esta parte de mi vida fuera más activa al tener una relación estable. A pesar de que en teoría así debería ser, ya que Alberto se quedaba a dormir en mi departamento prácticamente todos los fines de semana desde el viernes hasta el domingo, la rutina en la cama llegó rápidamente debido a su seriedad.
Conscientes de mi situación, algunas de mis buenas amigas me aconsejaron probar con lencería temática para avivar el juego previo al sexo. Aunque me parecía un paso demasiado pronto en mi relación para recurrir a estas estrategias, un día encontré mi armario lleno de atrevidos conjuntos de lencería.
Así, una nurse amorosa, una policía severa o una diablita traviesa se turnaron para sorprender a mi novio en la habitación, avivando nuestra relación y dejando fuera de la puerta los problemas.
Disfrutaba atando a Alberto a una silla para evitar que usara sus manos y así torturarlo con un baile provocativo sobre su regazo, vistiendo mi lencería roja de diablita. "¿Quién ha sido malo?", susurraba juguetonamente a su oído, consciente del conflicto que podía causarle ese sensual juego por sus creencias religiosas. Sin embargo, en lugar de rechazarme, su reacción revelaba su consentimiento a mi seducción atrevida.
El problema de ser la única en llevar la iniciativa en nuestra intimidad persistía; al ser responsable de nuestros juegos, tenía que marcar los límites y esto le restaba emoción al juego de rol.
Los recuerdos de mis aventuras pasadas volvían a mí con más frecuencia, pues era complicado recrear la emoción que la seducción me proporcionaba cuando era yo la cazadora. Era ese coqueteo previo a la intimidad lo que más me emocionaba, el desafío de atraer a un atractivo desconocido.
Cuando la supuesta presa tomaba la iniciativa acortando la distancia para entablar una conversación amistosa, debía actuar de forma instantánea, incluso estando ebria, para mantener su interés sin mostrar desesperación. Si hubiera podido descifrar esa fórmula mágica, merecería un premio Nobel.
Todas esas vivencias excitantes me hacían recordar con nostalgia mi vida anterior a Alberto. A veces, lo que se necesita no es soñar con alguien que parece perfecto, sino permanecer despierto toda la noche.
En ese sentido, pensando en el día de Halloween, cuando se consumen varios tipos de golosinas, dulces, saladas, ácidas, picantes, es como la vida misma. Al igual que con las golosinas, puede que queramos experimentar combinando diferentes experiencias para disfrutar de nuevas sensaciones.
Si solo pudieras elegir una golosina para comer durante todo el día, ¿cuál sería tu elección? Una difícil decisión,¿cierto?
Y es que, ¿cuál es la razón de tener la capacidad de vivir una parte tan significativa de tu esencia como es la sexualidad, si no puedes explorar su máximo potencial; cuando realmente tienes la aptitud física para hacerlo? ¿Qué ente malévolo cósmico, peor que cualquier bruja o psicópata, se regocijaría al darte el placer más exquisito y prohibirte únicamente imaginar su sabor sin siquiera probarlo? Ningún guionista de Hollywood sería capaz de concebir un villano tan retorcido, en mi opinión.
Hablando de antagonistas, no puede imaginarse la situación complicada que viví para persuadir a Alberto de asistir a una fiesta de disfraces donde, según él, de forma exagerada, se enaltece la maldad y la oscuridad. Habiendo sido criado en una familia muy religiosa, para él no era común celebrar esta festividad en particular.
Descartamos la opción de maquillarse o usar una máscara para representar a un ser maligno u otro tipo de espectro antes de que accediera a acompañarme a la fiesta (de lo contrario habría asistido sola). Sin embargo, dado que uno de los requisitos para ingresar al bar donde se llevaría a cabo la celebración era ir vestido como un personaje que infundiera miedo, tuve que buscar algo que él pudiera usar sin perturbar su conciencia.
Solo después de haber rechazado varias opciones encontramos una que no solo resultaba económica al no requerir una gran inversión, sino que también podíamos utilizar ambos complementando nuestros disfraces como pareja. La elección natural fue caracterizarnos como la famosa pareja de forajidos: Bonnie y Clyde.
En medio de la Gran Depresión económica de principios del siglo pasado, Bonnie Parker y Clyde Barrow, una pareja de jóvenes veinteañeros, se hicieron célebres por atracar entidades bancarias en Texas y estados colindantes. Estas fechorías solían concluir en intensos tiroteos con las fuerzas policiales. La trayectoria delictiva de esta pareja de enamorados fue tan fructífera que fueron considerados enemigos públicos número uno, un dudoso honor que compartieron con el afamado jefe de la mafia Al Capone.
Luego de una serie de atracos, la policía, con el fin de capturarlos, divulgó un conjunto de fotografías confiscadas durante una redada, buscando que fueran reconocidos y denunciados.
Irónicamente, en esas icónicas imágenes, mostraban a ambos tan elegantes, intrépidos y atractivos que capturaron la simpatía del público, convirtiéndose instantáneamente en celebridades; a ojos de muchos, esta peculiar pareja representaba a antihéroes que desafiaban el corrupto sistema bancario.
A pesar de que la sociedad los consideraba como una suerte de Robin Hood modernos, su periplo delictivo culminó trágicamente al estilo de 'Romeo y Julieta', pereciendo acribillados a sangre fría por la policía en una emboscada.
A pesar de más de cien balas que atravesaron sus cuerpos, la leyenda de un amor que desafió a la muerte y al tiempo persiste; casi cien años después, pronunciar Bonnie evoca inevitablemente a Clyde.
Ese fue precisamente el argumento que utilicé para persuadir a Alberto de sumarse a la mencionada fiesta personificando a la renombrada pareja. La idea no era enaltecer su fugaz carrera delictiva, sino conmemorar un amor que trascendió a la eternidad; obviando el desgastado "hasta que la muerte los separe".
Por otro lado, 'interpretar' a esta pareja resultaba bastante sencillo, ya que en esencia requería que Alberto vistiera un traje cruzado con un sombrero para emular a Clyde. Teniendo en cuenta que en su trabajo suele vestir traje y corbata, no le estaba pidiendo algo fuera de lo común.
El atuendo de Bonnie tampoco presentaba complicaciones, consistía simplemente en un vestido recto a la altura de la rodilla, preferiblementeajustado al cuerpo, acompañado de una coqueta boina sobre la cabeza. Lo único que me incomodaba de mi atuendo era que no permitía resaltar mis atributos; al parecer, Bonnie era una joven bastante recatada, pero portaba una ametralladora Thompson.
Alberto no solo aceptó entusiasmado la idea, sino que se ofreció a conseguir utilería para completar nuestros disfraces: armas de juguete y billetes falsos. Me aventuré a predecir que pasaríamos una agradable velada en aquel bar interpretando a la peligrosa pareja.
Al no poseer conocimiento sobre armas de esa época, Alberto se ofreció a encontrar algunas para combinar con nuestros atuendos, lo cual me sorprendió, ya que nunca antes lo vi tan emocionado por usar un disfraz, considerando su carácter serio y formal.
Por mi parte, me encargué no solo del vestuario, sino también de los accesorios para la singular pareja. Para Alberto conseguí un elegante reloj de cadena que había pertenecido a mi abuelo, y, aunque no tenía un gran valor, significaba mucho para mí.
Para mí, adquirí bisutería con perlas, obviamente de imitación, que pensé que estaría de moda en esa época. Collares, pulseras y aretes; además de varias boinas de distintos colores para combinar con los diferentes vestidos que me habían prestado mis amigas.
Al ver los diversos conjuntos sobre mi cama, cualquiera pensaría que me estaba preparando para trasladarme a los años treinta. Interpretar a la criminal más famosa de aquella época no podía tomarse a la ligera vistiendo cualquier cosa. "Había que estar a la altura", pensé justificando mi vanidad.
Estaba en mi habitación probándome una vez más uno de los atuendos preliminares sin decidirme del todo, cuando escuché a Alberto llamar a la puerta antes de entrar al departamento.
—Hola amor, ¿dónde estás? —preguntó desde el recibidor.
—Aquí, cariño —respondí invitándolo a pasar a mi dormitorio para conocer su opinión sobre mi aspecto.
—Luces muy hermosa, cariño —comentó Alberto al verme en uno de los vestidos que, aunque conservador, realzaba mi figura con su corte ceñido al cuerpo— y elegante sin necesidad de mostrar demasiado —añadió recordando las ocasiones en que se había sentido incómodo con atuendos más reveladores.
—No te hagas ilusiones, amor, no pienso cambiar mi estilo por completo —aclaré con una sonrisa, dejando claro que pronto volvería a mi forma habitual de vestir, la cual solía destacar mis encantos.
—Ya sabes que me encanta tu forma de vestir, y más cuando optas por algo diferente —expresó picaramente, refiriéndose a lo mucho que disfrutaba verme desnuda en privado.
Quizás se debía a su egoísmo básico de hombre y al deseo de tenerme solo para él, lo que lo llevaba a ponerse celoso al verme vestir de manera provocativa y sensual al salir a divertirnos.
Sin embargo, esa actitud era propia de otras épocas, cuando las mujeres generalmente no trabajaban y su única responsabilidad era la familia y el hogar. En la actualidad, se necesita un esfuerzo equitativo en todas las parejas; por lo tanto, es justo que una mujer pueda mantener sus amistades después de casarse, e incluso necesario si busca progresar en todos los aspectos de la vida.a relacionarse tanto con hombres como con mujeres.
Si en nuestra era hay una gran cantidad de individuos que no comprenden esto, es fácil imaginar lo que la pobre Bonnie tuvo que enfrentar en su tiempo. ¿Cuánto coraje tuvo que acumular para desafiar las normas y prejuicios sociales de su época al elegir su poco convencional 'profesión'? Fue precisamente esa actitud valiente y revolucionaria la que la motivó a luchar por sus metas, convirtiéndose en una de las primeras precursoras involuntarias del feminismo contemporáneo.
Afortunadamente, mi pareja, Alberto, entendía plenamente la importancia que tiene para una mujer en la actualidad mantener su individualidad, incluso estando en una relación formal. Solo que los patrones de conducta inculcados durante su crianza no coincidían con los míos. Desde mi perspectiva, una mujer tiene el pleno derecho de vestir como prefiera. Desde el momento en que Alberto se interesó en mí, aceptó este punto tácitamente, aunque quizás no lo supiera.
—Tendrás que aguardar para ello —respondí, frenando el deseo de mi pareja por ver mi cuerpo desnudo; pues en ese instante necesitaba, precisamente, lo contrario: decidir con qué cubrirlo.
Qué peculiares podemos ser algunas mujeres. La primera vez que vi a Alberto, su atractiva y atlética apariencia me cautivó tanto que estuve dispuesta a desnudarme solo para captar su atención. Al descubrir lo serio y respetuoso que era hacia las mujeres, llegué a pensar por un momento que quizás no era el indicado para mí. En lugar de desanimarme, lo tomé como un desafío, prometiéndome que ese chico caería rendido a mis pies de alguna manera u otra.
Fue solo tras una serie de coqueteos y varias citas en las que logré conocerlo mejor que empecé a valorarlo no solo como hombre, sino como persona, culminando en un profundo amor mutuo.
No obstante, ahora que él era completamente mío, no sentía ninguna prisa por entregarme físicamente; él tendría que esperar sin protestar a que decidiera cuál sería nuestro momento íntimo. Injusto, lo sé.
—Eres tan astuta como 'Bonnie' —respondió Alberto en tono jocoso al escuchar mi negativa a mostrarle mi cuerpo. Mientras tanto, abría una bolsa de plástico que traía consigo.
Alberto vació el contenido de la bolsa sobre la cama para mostrarme los accesorios que había conseguido. Un par de pistolas de juguete, una escopeta de aire, varios fajos de billetes falsos y el accesorio más curioso: un pequeño saco con el símbolo de dinero impreso en un costado, repleto de monedas falsas de algún juego de mesa.
No pude evitar sonreír al ver los peculiares regalos que Alberto había adquirido para complementar nuestros disfraces.
Si yo me sentía agradecida con Alberto al ver el 'botín' que había obtenido para mí, imaginen cómo se sintió la dulce Bonnie cuando su amante Clyde hizo lo mismo, pero con dinero real. "Qué envidia", pensé.
—Permíteme —dije, tomando la pistola de juguete y el pequeño saco de dinero para simular que acababa de asaltar un banco—. ¿Qué te parece? —pregunté mientras soplaba la boquilla del 'humo' de la pistola.
—Te ves tan hermosa como peligrosa —respondió Alberto, halagando mi apariencia como solía hacer.
Sonreí al escuchar los cumplidos de mi pareja, para luego cambiar de postura inmediatamente, soltando el saco de dinero y sosteniendo el arma con ambas manos apuntando hacia su pecho.
"Si piensa que soy peligrosa, aún no ha visto nada", pensé absurdamente para mí misma; después de todo, había muchas cosas que no le había contado que había hecho, otras que seguía haciendo y muchas más que esperaba hacer sin que se enterara.
—No puedes alcanzarme el corazón dos veces —dijo Alberto con una sonrisa, mostrando lo enamorado que estaba de mí.
Ese último comentario de mi pareja me
Hizo soltar una fuerte risotada, lo que me llevó a bajar el arma y cerrar los ojos mientras inclinaba la cabeza hacia atrás. En ese instante, Alberto aprovechó la oportunidad para acercarse a mí, sujetarme por la cintura y besarme en el cuello.
—Tranquilo cariño, mi novio Clyde estará llegando en breve —comenté de forma bromista, comenzando a asumir mi rol de peligrosa pero atractiva criminal.
—Tienes razón señorita, no queremos enojar a su novio —respondió Alberto siguiendo el juego, y decidió retirarse antes de su regreso —añadió antes de salir de la habitación rápidamente.
El comentario de mi novio me dejó perpleja, pero como aún no se había vestido con el traje de Clyde que le había preparado, supuse que había ido a cambiarse de vestimenta en otra habitación para regresar caracterizado como el famoso criminal. Sin embargo, para mi sorpresa, escuché que salía del departamento al cerrar la puerta tras de sí.
—¡Tonto! —exclamé al sospechar que tal vez había olvidado algo en el coche; dejando ese asunto de lado para concentrarme en ajustar los últimos detalles de mi disfraz.
Después de convencerme de que lo que llevaba puesto era lo que mejor se adaptaba a mi cuerpo, procedí a elegir la bolsa, la boina y otros accesorios que complementarían mi atuendo. Justo cuando estaba probándome los aretes, alguien llamó a la puerta de mi departamento.
—Adelante, está abierto —grité, pensando que era Carlos, el atractivo vecino del departamento contiguo, ya que mi novio tenía copia de la llave.
No sería la primera vez que mi amigo aparecía sin previo aviso en mi hogar, pues teníamos una amistad de muchos años, prácticamente desde que llegué al edificio; la única diferencia en esta ocasión era que él también solía entrar cuando la puerta estaba sin cerrojo. Aunque siempre me había parecido un chico guapo y agradable, debido a que tenía una novia muy celosa, nuestra relación se había mantenido en coqueteos "inocentes" (esto es relativo, ya sabrán por qué), compartiendo alguna copa ocasionalmente a altas horas de la noche en su departamento o en el mío.
“Háblame cuando se marche”, solía bromearle a Carlos, indicándole que me llamara cuando su novia se fuera para encontrarnos en secreto. Él, a su vez, respondía a mi propuesta hipotética con frases humorísticas como "pero guarda tus calzones esta vez", insinuando que yo podría desnudarme estando en su departamento (lo cual era una posibilidad).
Contar con un 'mejor amigo' varón viviendo tan cerca tenía sus beneficios además de las bromas esporádicas que nos jugábamos mutuamente. Saber que tenías a alguien a quien acudir en caso de emergencia en casa o para hablar de algo que no podías con nadie más, era reconfortante.
Como contrapartida, yo le proporcionaba a Carlos no solo mi amistad, sino también acceso completo a mi hogar incluso cuando yo no estaba presente. Tanta era la confianza que me tenía, que ya me había visto desnuda en más de una ocasión.
Estábamos acostumbrados a compartir una copa, por no decir cerveza, una vez por semana cuando nuestras parejas no estaban, justificándolo como evitar beber solos como un bebedor solitario. Aprovechábamos esas ocasiones para ponernos al día con lo ocurrido durante la semana.
Nos encantaba acurrucarnos en el sofá tomando un café, viendo una película hasta que el sueño nos vencía, terminando siempre compartiendo la cama del departamento en el que nos encontráramos. Por supuesto, siempre teniendo cuidado de no ser descubiertos por nuestras respectivas parejas; aunque la posibilidad latente de que esto sucediera era lo que hacía todo tan divertido y excitante.
Resultaba inevitable sentir celos cuando Carlos me narraba cómo solía seducir a
con su pareja; siempre tratando de sorprenderla con detalles inventivos y valientes.
“Esa mujer no merece eso”, pensaba al escuchar a mi amigo contándome cómo había seducido a su novia en la ducha en la casa de sus suegros, o cuando le regaló un juguete sexual cuando tuvo que irse de viaje de repente para que ella no lo extrañara.
Me limitaba a sonreír para no tener que lidiar con la envidia que me provocaba el hecho de que su novia tenía como pareja a un chico tan espontáneo. Un sentimiento que, en otras ocasiones, mi amigo también experimentaba.
Una vez, en la noche en la que Alberto acudió de visita la misma noche en la que solía recibir a Carlos, mi amigo no quería perderse la oportunidad de compartir nuestra clásica cerveza de mitad de semana. Por eso esperó a que mi novio subiera al ascensor, estando a punto de irse, para cruzar el estrecho pasillo desde su vivienda hasta la mía, ¡tan solo con sus calzoncillos puestos!
¡La sorpresa que experimenté al verlo entrar semidesnudo por mi puerta casi a medianoche no tiene comparación! En lugar de sentir incomodidad por el riesgo de que mi novio regresara y me pillara con un hombre en calzoncillos en mi casa, me agradó la situación. A pesar de que Carlos no tiene un físico tan definido como el de Alberto, sigue pareciéndome atractivo por su complexión fornida y su altura.
Dado que era demasiado tarde para ver una película o beber cerveza, le propuse a Carlos que se quedara a pasar la noche en mi cama como muestra de agradecimiento por su paciencia. Aunque nuestra relación era mayormente platónica, en esa ocasión dejamos que las caricias bajo las sábanas fluyeran.
Por supuesto, no podía esperar una semana para devolverle a Carlos la cortesía de su inusual visita. Así que, la noche siguiente, cuando su celosa y presumida novia se fue, me preparé para aparecer en su vivienda, ¡solo llevando puesta mi ropa interior!
Dado que Carlos había echado el cerrojo a la puerta, tuve que llamar y esperar a que me recibiera, pretendiendo ser su novia que volvía por algo olvidado. Fue una grata sorpresa para mi amigo cuando abrió la puerta y me vio luciendo mi delicada lencería rosa. El deseo en su mirada lo delataba.
“Permiso”, dije mientras entraba en su vivienda antes de que nos sorprendiera algún vecino, sin necesidad de una invitación formal (dadas las circunstancias, no parecía ser necesario en absoluto). ¿Qué hombre se negaría a dejar entrar a una atractiva mujer a su hogar estando prácticamente desnuda? ¡Solo un ciego lo haría!
Tras aceptar tomar una cerveza para que Carlos pudiera deleitarse con mi hermosa figura, me desafió no solo a pasar la noche en su cama, algo a lo que ya estaba dispuesta como en otras ocasiones, sino ¡completamente desnuda!
Después de aceptar el desafío, dejé caer los tirantes de mi sujetador lentamente sobre mis hombros, como señal de aceptación. Sin palabras, me dirigí al dormitorio, deslizando mi prenda inferior hasta mis pies y dejándola caer en el camino.
Ya en el dormitorio, me quité la última prenda en la penumbra, justo frente a la cama; y completamente desnuda, me deslicé bajo las sábanas a la espera de mi valiente compañero de juerga. ¡Extasis y un toque de ebriedad se apoderaban de mí! ¡Qué suerte tuvo mi amigo esa noche! ¿No les parece?
Carlos se desnudó en la penumbra de la habitación mientras lo observaba con interés. Hasta ese momento, solo lo había visto en traje de baño cuando coincidíamos en la piscina.
del conjunto residencial. Donde el agua fría hacía resaltar por unos instantes el bulto en su zona genital antes de que éste se contrajera debido al descenso en su temperatura corporal; por lo que mi interés por conocer la medida de su miembro era más que justificado.
Al estar desnudo, Carlos simuló, jugueteando un par de veces, con lanzarse a la cama para caer justo sobre mí.
“¡Detente!”, exclamé entre risas, asustada por su falsa amenaza mientras levantaba las sábanas para invitarlo a meterse debajo de ellas de manera más suave.
Ya los dos en la cama, bajo los efectos del alcohol, nos abrazamos cariñosamente como en otras ocasiones; sin embargo, en esta ocasión el contacto de nuestros cuerpos desnudos provocaba que cada caricia que nos prodigábamos, por más delicada que fuera, hiciera que nuestra piel ardiera de deseo. Especialmente, cuando nuestros órganos sexuales estaban involucrados.
Finalmente, esa noche no hicimos nada más que dormir abrazados con brazos y piernas; esforzándonos al máximo por ignorar cada sensación que surgía alrededor de nuestras zonas erógenas. Supongo que en el fondo ambos teníamos el mismo temor de arruinar nuestra sólida amistad por una única noche de pasión, por más tentadora que fuera la oportunidad que se nos presentaba.
Sin embargo, eso no impidió que al día siguiente disfrutáramos de tomar una ducha juntos antes de ir a nuestros trabajos. Nos vimos obligados a utilizar ambas parejas de manos para hacer rendir la única barra de jabón que teníamos; enjabonando mutuamente cada rincón de nuestros cuerpos. ¡Juro que nunca antes me había sentido tan limpia (o sucia, dependiendo de cómo se mire)!
Después de aquella emocionante ocasión, Carlos y yo aprovechamos cada oportunidad para desnudarnos frente al otro. Me hacía temblar de emoción cada vez que mi vecino entraba a mi apartamento exhibiendo su erecto miembro, lo que lógicamente indicaba que se había estado masturbando pensando en mí. Por mi parte, hacía lo mismo, pero dado que Carlos siempre ponía seguro a su puerta, debía esperar unos segundos en el pasillo, ¡totalmente desprovista de ropa! ¿Se lo imaginan?
En retrospectiva, quizás todo ese coqueteo con Carlos, y otros de mis amigos, habían contribuido a que mi relación con Alberto cayera rápidamente en la monotonía; pero hay que comprender que la mayoría de esas amistades las había establecido antes de conocer a mi novio, y es sumamente difícil cambiar los términos de una amistad cuando no hay motivos reales para hacerlo.
Por ejemplo, me resultaba casi imposible evaluar la conveniencia y sensatez de desnudarme frente a uno de mis amigos, si este ya me había visto desnuda con anterioridad; pues si mi cuerpo y nuestra amistad no habían cambiado, ¿por qué debería actuar de manera distinta con ellos?
Dado que mi amistad con Carlos había comenzado antes incluso de conocer a Alberto, no tenía problemas en mantener los mismos términos de esta relación, ya que ambos disfrutábamos de los beneficios que conllevaba tener esa amistad tan estrecha.
A pesar de que no lo crean, hasta ese momento siempre le había sido fiel a Alberto. Sin embargo, extrañaba las inesperadas llamadas telefónicas de alguno de mis amigos durante mi etapa de soltería (o de relaciones pasajeras), invitándome a una fiesta improvisada o pijamada solo como excusa para intimar conmigo.
Siendo honesta, en realidad no echaba de menos a una persona en particular por cómo me tratara o por lo que pudiéramos haber hecho en la cama. Extrañaba la imprevisibilidad de mi vida y la emocionante adrenalina que la espontaneidad me brindaba. La incertidumbre de comenzar una divertida noche sin saber con certeza dónde amanecería ni con quién, era insustituible.
Por razones obvias, desde que inicié una relación formal con Alberto,tales escapadas fueron reduciéndose con el paso del tiempo; por lo que Carlos se convirtió en una parte importante de ese vacío emocional que me invadía.
A pesar de eso, la memoria indeleble de las aventuras y travesuras que experimenté antes de mi relación actual, provocaba en mí una melancolía que me llevaba a cuestionar los beneficios de sumergirme en la previsible monotonía del matrimonio. Aunque pareciera perfecto desde el exterior.
¿Acaso esa fue la razón principal por la cual la mujer en la que se inspiraba mi personaje para esa noche optó por una vida de riesgos y peligros, que eventualmente la condujeron a su final, en lugar del tradicional matrimonio de su época?
¿Quizás Bonnie, al encontrarse presionada por su familia y la sociedad a la que pertenecía a elegir entre una vida larga de rutina insulsa, o una más breve de emocionantes y frenéticas aventuras prefirió esta última?
Si esta era la verdadera razón detrás de sus acciones, tenía motivos suficientes para creer que mi vida guardaba ciertas similitudes con la de la desafortunada Bonnie; obviando su trayectoria delictiva, por supuesto. Aunque debo admitir que un poco de dinero extra no estaría mal.
Claro que Carlos sabía de mis planes con Alberto para esa noche, pero por temas de tiempo, no había podido mostrarle las diferentes indumentarias que había adquirido. Por ello, pensé que no habría mejor momento para hacerlo que en ese preciso instante; ya que después de esa noche difícilmente volvería a tener esa oportunidad. Además, contaba con todos los complementos que Alberto tan gentilmente había conseguido.
Así que tomé de nuevo mi pistola de juguete, los fajos de billetes y el pequeño saco con el símbolo de dinero; y me dirigí hacia el recibidor lista para sorprender a Carlos en cuanto entrara al departamento. Sin embargo, para mi sorpresa, la única respuesta a mi invitación fueron más golpes en mi puerta, aún más fuertes que los anteriores.
“¿Quién podría ser?”, me pregunté al ver que mi invitación a entrar a mi departamento era ignorada. Tanto Alberto como Carlos tenían permiso para entrar a mi piso, por lo que llegué a pensar que tal vez se trataba de la persistente administradora del edificio reclamando algún pago adicional por mantenimiento.
—¡Un momento, por favor! —grité a la persona que llamaba desesperadamente por tercera vez a mi puerta.
Decidí detenerme por un instante para dejar sobre la mesa los objetos que llevaba en las manos, con el fin de evitar tener que dar explicaciones a quien suponía que debía ser la estricta administradora; quien solía aparecer con quejas de mis vecinos.
Por precaución, me asomé por la mirilla de la puerta a pesar de que en el décimo piso era poco probable que se presentara alguien como el delincuente que intentaba interpretar en ese momento.
¡Qué sorpresa la mía al descubrir que la interrupción no era causada por un malhechor, sino todo lo contrario, ¡por un agente de policía!
Parpadeé varias veces intentando despertar de lo que creía era un sueño, pero el policía seguía de pie al otro lado de la puerta.
Y no era un oficial cualquiera, sino uno bastante atractivo y imponente, con un físico atlético y una estatura considerable. Vestía impecablemente su uniforme azul marino ajustado a su figura, con una gorra adornada con distintivos dorados que le conferían una apariencia de oficial de alto rango.
Unos lentes oscuros ocultaban la chispa de unos ojos que creía reconocer; mientras sus musculosos brazos hacían que las mangas cortas de su camisa parecieran a punto de reventar bajo la presión de sus músculos.
“No puede ser, es demasiado alto”, reflexioné en mi interior al tratar de adivinar quién era mi inesperada visita al echar otro vistazo.
¡Dios mío!
¡Maravilloso día! ¡No podía creer lo que veían mis ojos! En el preciso momento en que lamentaba la falta de espontaneidad en mi vida, la vida me sorprendió gratamente con una de mis fantasías más anheladas: un apuesto y robusto policía estaba a punto de entrar a mi hogar. "Doy gracias al cielo", pensé sintiéndome merecedora de tal acontecimiento (aunque sin estar segura del motivo).
Parpadeé un par de veces para enfocar mejor la silueta al otro lado de la puerta, disfrutando la vista de aquel fornido 'agente del orden'. "Si hubiese sabido que los arrestos se realizaban de esta manera, hace tiempo que hubiese decidido cometer un delito", me dije ingenuamente, bromeando para mis adentros.
—¡Abran, es la policía! —ordenó con firmeza el 'supuesto oficial', indicándome que el juego estaba a punto de comenzar.
Entre risas, estuve a punto de obedecer al que me resultaba bastante familiar, pero logré contenerme y me cuestioné: ¿Qué haría Bonnie Parker en estas circunstancias? La respuesta no se hizo esperar.
—¡Fuera de aquí, despreciable sujeto! —grité en voz alta, olvidando por un instante que mis vecinos podrían escuchar mis insultos; en ese momento, no me importaba preocuparme por ellos y sus justificadas quejas, era el momento de sumergirme en mi propia fantasía erótico-romántica.
Después de improvisar algunos insultos, prudentemente me alejé de la puerta anticipando lo que estaba por ocurrir; algo que sólo había visto en películas de acción. Como en una serie policíaca de televisión, la puerta fue abierta de una patada (después de haber retirado el cerrojo), en un gesto dramático.
—¡Policía! —anunció el intruso enérgicamente una vez que la puerta cedió.
La puerta golpeó la pared con estruendo, resonando en toda la habitación. "¡Dios santo!", pensé al observar la imponente figura de aquel hombre, sin la distorsión de la mirilla de la puerta, pudiendo notar algunos detalles que se me habían escapado en el primer vistazo.
Unas botas negras pesadas resolvieron el misterio de su altura excesiva que había calculado inicialmente. En su cinturón llevaba todos los utensilios necesarios para su labor: una radio, una linterna, un spray de pimienta y un revólver que lucía más real que el que yo había dejado sobre la mesa. También portaba un largo bastón en su cintura, evocando pensamientos intrépidos; imaginándolo como un eficaz consuelo. Y no faltaban las brillantes esposas de acero listas para someter a quien intentara resistirse.
Incluso mi disfraz de policía sensual no estaba tan equipado como el del oficial que acababa de entrar por la fuerza en mi hogar.
Estuve a punto de esbozar una sonrisa, anticipando el emocionante juego de rol sexual que se avecinaba; sin embargo, debía contenerme debido al austero personaje que interpretaba. ¿Cuándo tendría otra oportunidad de encarnar a la cautivadora y letal Bonnie Parker? No lo sabía, pero debía aprovecharla.
Instintivamente, di un paso atrás elevando las manos en señal de 'rendición' ante quien estaba dispuesto a arrestarme.
—Estoy desarmada, oficial —dije con voz temblorosa, mostrándome 'indefensa'.
—¿Bonnie Parker? —inquirió el hombre con voz profunda y ronca, apretando la mandíbula.
—Quizás, ¿quién pregunta? —respondí con voz suave y una leve sonrisa, retrocediendo hacia mi arma.
El oficial esbozó una sonrisa maliciosa al escuchar mi respuesta y cerró la puerta tras de sí. "Seguramente no tiene orden de registro", pensé, viendo una oportunidad para tomar mi revólver. En cuanto se distrajo, me precipité hacia la mesa en el centro del departamento donde estaba
mi pistola.
—¡Detente muñeca! —ordenó el hombre al agarrarme por detrás; abrazándome por la cintura con ambos brazos justo antes de lograr mi objetivo.
En distintas situaciones habría interpretado esa orden más que como un simple cumplido, como una invitación a estar más cerca, pero debido a las circunstancias no podía perder tiempo pensando en placer físico. Al ver frustrada mi tentativa por tomar mi arma, tendría que convencerlo para que me dejara marchar de otro modo.
—Tengo dinero, mucho dinero; todo puede ser tuyo si me dejas ir —ofrecí al oficial señalando el pequeño saco con el símbolo de dinero sobre la mesa.
—¿Crees que puedes sobornarme con unas monedas perra?
¿Perra? No lo podía creer, pasé de ser una muñeca a una perra en menos de 5 segundos. Al parecer persuadirlo para que me soltara no sería tan sencillo como yo esperaba. ¿Pero qué otra opción podría tener una delincuente como yo además de armas y dinero?
—Si esto no es suficiente, en mi habitación tengo más —reiteré mi oferta recordando los fajos de billetes que me había dado mi novio ‘Clyde’ minutos atrás.
—¡Silencio! —volvió a ordenar el incorruptible agente de la ley —¿De veras piensas que puedes comprar con tu dinero manchado de sangre?
“¡Maldición!, de todos los policías del mundo me tenía que tocar el único que no era corrupto”, pensé lamentando mi mala suerte; ya que no sería la primera vez que Clyde y yo utilizábamos dinero para evadir la justicia.
El oficial soltó mi cintura para empujarme con fuerza sobre la mesa, agarrándome de los hombros para impedir que tomara mi arma a escasos centímetros de mi rostro.
Usando la fuerza de su fornido cuerpo, sujetó cada una de mis muñecas para doblar mis brazos detrás de mi espalda y poder someterme con una sola mano; empleando la mano libre para sacar las esposas de su cinturón.
Una vez que me esposó, en un extraño gesto de arrogancia acercó su cadera a mis glúteos colocando su firme miembro entre mis magníficos atributos; mientras dejaba caer todo su peso sobre mí al apoyar una mano en mi espalda. “Solo un sádico disfrutaría frotando sus genitales contra una mujer indefensa”, pensé angustiada.
—Central, tengo a la sospechosa bajo custodia, procedo a cachearla —dijo el oficial claramente, al comunicarse con sus superiores a través de la radio que llevaba en su cinturón.
“Cachearme, la oportunidad perfecta del hombre para tocar mi exquisito cuerpo bajo la excusa de buscar armas, ¿cómo podría él dejarla pasar?”, continué pensando ansiosa por lo que vendría a continuación.
Colocando la radio a mi lado, permitió que escuchara el ruido blanco incomprensible que emitía como banda sonora para su depravación. Comenzó lentamente a palpar mi cuerpo con ambas manos, descendiendo desde el cuello hacia la espalda, como si de verdad creyera que podría ocultar un arma debajo de mi ajustado atuendo. Ridículo.
—¡Qué bien se siente! —exclamó con lujuria al deslizar sus manos por los costados de mi torso y tocar mis pechos.
Mordí mis labios tratando de ignorar la afrenta de la que era víctima; pero mi propio cuerpo me traicionaba provocando que emitiera un suave y reconocible gemido de placer al ser estimulada por las firmes manos de aquel hombre.
—Sé que te gusta, perra —dijo continuando con su ‘protocolo’ de arresto.
El oficial deslizó sus manos por mi vientre hasta llegar a mis glúteos, separó su cadera de ellos para deleitarse con su firmeza y volumen mientras los apretaba descaradamente con sus manos.
Una vez satisfecho sus fúnebres deseos con mis glúteos, comenzó de nuevo a deslizar sus manos por mis muslos subiéndome la falda sin necesidad; para tocar mi piel directamente con sus ásperas manos. Tratando de separar mis piernas.
a medida que ascendían a través de ellas.
¡Imposible refrenar el escalofrío que se apoderó de mi ser entero, al sentir sus indecorosas caricias en mi zona íntima!
—¿Observas que en verdad te agrada? —inquirió retóricamente, tirando de mis muñecas para elevar mi torso desde la mesa y posicionarme frente a él.
"¿Sería que ese rudo oficial ya había saciado sus infames anhelos con mi cuerpo?", qué ingenua fui al pensar de ese modo.
Antes de lograr reincorporarme, me empujó con fuerza contra la pared detrás de mí, ocasionando que mi cabeza impactara en ésta en un rápido movimiento al encontrarme inmovilizada por la espalda.
Sin poder yo replicar debido a la contusión que me había causado, empezó a acariciar mis pechos por el frente con ambas manos; apretándolos con fuerza, como si pretendiera hacerlos estallar entre sus dedos.
La intensa jaqueca que invadió mi cabeza, provocándome cerrar los ojos, me impidió notar cómo desabotonaba mi delicada blusa buscando exponer ante sus ojos mis bellos y generosos senos.
Únicamente tras unos instantes, mientras recuperaba la consciencia, pude percibir cómo ese infame 'hombre de la ley' se recreaba con mi figura sin ninguna reserva. ¡Esto no podía proseguir así!
—¡Maldito desgraciado! —exclamé furibunda contra el individuo que satisfacía sus indecentes deseos conmigo— ¡Cuando Clyde se entere de esto te aniquilará como a un perro! —amenacé tratando de amedrentarlo con la violenta furia de mi ausente amante y cómplice.
—¡Silencio, perra! —replicó el rudo 'oficial' al abofetearme el rostro con fuerza utilizando el dorso de su mano; demostrando su molestia por mi actitud desafiante.
Yo callé en cuanto sentí el escozor que su violenta 'amonestación' me había dejado; mientras mis ojos se llenaban de lágrimas debido a la rabia que me embargaba.
"Si tan solo Clyde estuviera aquí, él le mostraría a este desdichado su suerte nefasta llenándolo de agujeros", pensé ingenuamente; completamente metida en mi papel como la novia del enemigo público número uno. ¡Dios santo, deberían nominarme para un premio Óscar por mi magnífica actuación!
Sin embargo, hubo un inconveniente con ese último pensamiento que mi mente había sugerido, por más perfecto que fuese el guion que creyera estar siguiendo. Pues las imágenes que recordaba haber visto de la criminal más buscada del país, distaban mucho de mostrar únicamente a una atractiva chica veinteañera con buen gusto para vestir, y más que cuestionable gusto para los chicos.
En la mayoría de las fotografías que la policía repartió para incentivar la denuncia de la pareja de fugitivos; Bonnie aparecía portando un arma de fuego en sus manos, ¡con total naturalidad! Como si fuese algo perfectamente corriente para ella. Esto sin duda era evidencia de que Bonnie era más que solo una chica que tomó decisiones incorrectas por el motivo correcto, su amor por Clyde; sino que más bien se trataba de una mujer de personalidad fuerte y dominante, una chica acostumbrada a vivir en peligro. Una mujer decidida, literalmente.
En resumen, basándose en esas fotografías, era fácil deducir que Bonnie no sería el tipo de chica que suplicaría por su existencia al sentirse amenazada por un insignificante madero, sino todo lo contrario; lo retaría con arrogancia a cumplir sus amenazas para vencerlo en su propio juego, sin importar los riesgos que sus acciones conllevasen.
Definitivamente el tipo de chica que siempre habría deseado ser; muy distante de las actitudes de niña tonta o ingenua que acostumbraba a adoptar cuando intentaba conquistar a algún chico. Como cuando finges no saber cambiar un neumático para evitar ensuciar tu impecable atuendo; y terminas perdiendo más tiempo del necesario por aceptar la ayuda de un galante pero incompetente pretendiente.
Por suerte para mí esa noche, tendría la oportunidad de viviren primíparo como tendría que haber sido la existencia de esta célebre y arriesgada delincuente. Claro estaba en mi pensamiento que esto no sería regalado, tendría que abonar un costo ‘justo’ por esta inestimable vivencia de inmersión teatral.
—No mostrarías tanta audacia si mi pareja Clyde estuviera presente —reiteré lo expuesto previamente con una sonrisa irónica en mis labios, recuperándome de la bofetada que acababa de recibir, cuestionando la hombría de mi captor.
—¡Silencio! Mi compañero fue ultimado por ustedes —expresó el hombre con enojo en su tono.
“¡Diantres!”, volví a reflexionar. Era racional que este asunto era más personal que oficial; esa era la verdadera razón por la cual aquel servidor público había declinado mi tentadora oferta monetaria a cambio de concederme la libertad.
En nuestras correrías, Clyde y yo habíamos logrado escapar en tantas ocasiones a ‘punta de pistola’ que era lógico que habíamos segado la vida de más de un detestable guardián del orden. “Se lo merecen por insulsos”, así calmábamos nuestra conciencia al justificar que, si alguien era tan incompetente para poner en riesgo su vida por los bienes materiales de otro, merecía lo que le aconteciera.
Aún viene a mi mente, como si fuese ayer, la ocasión en que ‘amordacé’ a un par de esos desgraciados con mi propia escopeta mientras imploraban por sus vidas en Grapevine. Lejos de compadecerme por ellos, estaba convencida de que lo haría de nuevo sin titubear; pues quien se interpusiera en el camino de mi amado Clyde y yo no merecía clemencia. No obstante, reconocía que en algún momento la vida me pasaría la factura por todas mis acciones. ¡Rogué al cielo para que ese día no se presentara aún!
—Recuerdo a tu amigo —falsifiqué con una sonrisa irónica en mis labios, ya que eran tantos los oficiales que habían caído anónimamente por nuestras balas que era imposible recordarlos a todos—. ¡Gritaba como un cerdo al implorar por su vida! —añadí ampliando mi sonrisa y fijando la mirada en las gafas oscuras de quien me tenía prisionera.
¡Necia! ¿Cómo era posible que me mofara de esa manera tan ruin del mejor amigo del hombre que acababa de abofetearme? ¿Acaso Bonnie, quien parecía haberse apoderado de mi determinación, pretendía exasperarlo aún más para demostrarle de paso que estaba muy lejos de sentirse intimidada por él?
Si esa fuese la situación, quizás sería conveniente que me desvinculara de las acciones de esta famosa delincuente, arrodillándome para rogar perdón, antes de que ella provocara una reacción mucho más violenta del fornido y robusto oficial.
No obstante, era un hecho que Bonnie Parker poseía mucha más experiencia que yo en este tipo de circunstancias extremas; por lo que suponía que ella debía contar con un plan para evadirse, quizás debía depositar más confianza en ella.
Al final, ella no se encontraría en esta situación si no fuese por mí, ya que yo era quien la había conjurado para que esta noche fuese inolvidable (lo cual hasta ese momento había funcionado); así que me sentí obligada a brindarle un voto de confianza. Ambas estábamos comprometidas con esto, no podía abandonarla ahora. ¡Escaparíamos las dos, o ninguna lo lograría!
—¿Te crees muy valiente? —inquirió el oficial agarrándome por la garganta dificultándome respirar.
—Más que tú sí, perro —contestó Bonnie por ambas, sin dejar de sonreír a pesar de que a ambas las estaban estrangulando.
—A ver si es verdad —dictaminó el oficial retirando de su rostro los lentes oscuros para arrojarlos sobre la mesa, descendiendo junto a su radio.
Después de liberar mi garganta, el oficial dio un paso hacia atrás permitiéndome observar cómo extraía gradualmente de su cinturón el rígido garrote de policía; despiadado instrumento de tortura ideado para someter a sus prisioneros a garrotazo ‘limpio’. Una vez que lo extrajo, comenzó a balancearlo con la mano derecha, golpeando en repetidas ocasiones la palma de su mano izquierda. Indicándome que
Estaba completamente preparado para usarlo con el objetivo de reprendernos.
Por unos breves instantes, en la habitación imperó solamente el sonido producido por el golpe de la madera contra la piel de su mano. Una vez que quedó manifiesta su amenaza, el oficial extendió su brazo hacia adelante, colocando el extremo de su porra en el centro de mi pecho; ejerciendo presión con fuerza sobre mi esternón para mantenerme pegada contra la pared detrás de mí.
¡Sentía un miedo indescriptible! El pensamiento de que ese hombre pudiera usar esa fría y dura herramienta de tortura para golpearme mientras estaba totalmente desprotegida me aterraba. Sin embargo, Bonnie, acostumbrada a vivir en situaciones peligrosas a diferencia de mí, mantuvo una actitud tranquila asumiendo la responsabilidad por ambas.
Mediante un sutil gesto con los ojos, Bonnie desafió al oficial a emplear la porra no para torturarnos, sino para abrir nuestra blusa sin utilizar las manos. ¿Sería lo suficientemente astuto como para no caer en la trampa?
—¿Es eso lo que deseas? —preguntó el oficial en tono retórico, esbozando una sonrisa de deseo en su rostro; sin embargo, a diferencia de la anterior, esta vez había sido provocada por nosotras.
Sin pronunciar palabra alguna, Bonnie respondió a la increíble pregunta del oficial simplemente manteniendo la mirada fija, otorgando nuestro consentimiento. ¡Qué magnífica demostración de comunicación no verbal por parte de ella! Definitivamente había mucho que aprender de mi nueva mejor amiga.
Aceptando el desafío, el oficial utilizó el extremo de su porra para abrir los pliegues de la blusa; al mismo tiempo que aprovechaba para "explorar" mis senos presionándolos con el extremo de esta. El hombre se quedó absorto en mi busto mientras este se hundía en las zonas que presionaba con firmeza; buscando no solo abrir la blusa, sino también bajar mi sujetador.
Como si fuera un utensilio, el oficial usó la porra para introducirla entre la piel de mi pecho izquierdo y la tela de mi sostén, intentando hacer palanca para sacarla hacia afuera; mientras mordía su labio inferior con deseo y sus ojos se abrían desmesuradamente, ansioso por ver mi torso desnudo.
Tras varios intentos, tirando hacia abajo de mi sujetador logró su objetivo soltando un suspiro de satisfacción; maravillado de poder contemplar mi seno perfecto. Firme y voluptuoso. Casi babeando y sin dejar de morder su labio, ahora usó su dura porra para trazar círculos alrededor de mi seno; precisamente en la zona de mi erguido pezón.
Por supuesto que causaba cierto dolor. El busto de una mujer fue diseñado para ser tratado con delicadeza y ternura, no con un palo de madera duro y frío. Pero dado que éramos nosotras quienes dirigíamos los movimientos de ese hombre, no podía quejarme... al menos no del todo.
Una vez que había examinado la firmeza de mi seno izquierdo, dirigió su atención al derecho; aún parcialmente cubierto por mi sujetador. Mostrarlo a sus ojos fue más sencillo, bastó con un simple tirón justo en la unión de las copas para que se asomara; provocando que el oficial instintiva e inconscientemente llevara su mano izquierda hasta su "arma" peligrosa.
No, no se refería a la Beretta 9 milímetros semiautomática con cargador de 11 tiros que portaba en su cinturón. Hablaba de una de mayor calibre y mucho más potente (aparentemente por la abultada protuberancia que se había formado en su entrepierna). Su miembro viril.
El oficial continuó jugando con mis senos, pasando de uno a otro con la rígida extensión de su cuerpo en la que se había convertido su porra. Mientras con su mano izquierda masajeaba descaradamente su otro "garrote", uno que a pesar de no ser de madera y caucho, era igual de firme y largo.
Era entretenido presenciar desde la primera fila cómo aquel alto y robusto hombre era reducido a algo menos que una simple marioneta; cautivado por la belleza perfecta del cuerpo femenino. Mientras Bonnie y yo lo observábamos sin mostrar ninguna emoción. ¡Buena estrategia amiga!
En ese instante entendí la estrategia original de Bonnie. El propósito no consistía en huir de ese rude oficial, sino en enfrentarlo con coraje y someterlo a nuestra voluntad sin levantar sospechas (básicamente lo que solía hacer todos los días con los hombres que conocía).
No importaba si ambas encontrábamos la muerte en ese fatídico día, al menos lo haríamos juntas con la frente en alto sin retroceder, ¡sin amilanarnos! “Será un honor perecer a tu lado amiga”, pensé, aceptando cualquier consecuencia que resultara de su plan.
Con un guiño y humedeciendo mis labios con la punta de mi lengua, Bonnie indicó al oficial cuál sería su siguiente tarea; la cual él aceptó con entusiasmo.
Dejando de lado mis pechos, el oficial dirigió su rígido bastón hacia mi rostro, acariciando mi mejilla de manera notablemente perversa. “Mantengamos contacto visual”, sugerí a Bonnie, completamente consciente del efecto estimulante que tiene para un hombre ver a una mujer a los ojos mientras la penetra analmente.
El oficial mordió su labio nuevamente, mientras me observaba proyectar mi lengua para alcanzar a saborear la fría madera que acariciaba mis mejillas. Quizás pensando con qué parte de su cuerpo podría reemplazar su bastón.
Realizando una sustitución mental, el oficial apartó su bastón de mi rostro y lo colocó en posición vertical justo a la altura de su entrepierna; simulando que se trataba de su propio miembro erecto. Invitándome a mostrarle de lo que era capaz.
¡En tantas ocasiones me había llegado una invitación tan irresistible de algún afortunado hombre, que me resultaba imposible rechazar una más! Sin embargo, antes de arrodillarme, como era mi costumbre, decidí consultar a Bonnie; ya que ahora ella era quien llevaba las riendas de la situación.
—¡Eso me gusta! —exclamó el oficial apretando los dientes; una vez que me arrodillé frente a él y comencé a lamer su enorme bastón de arriba abajo. Lentamente.
Utilizando únicamente los músculos de mis muslos, ascendía y descendía procurando recorrer con mi lengua cada centímetro de la ahora tibia madera; como si se tratara del más exquisito palo de caramelo que hubiese probado. Todo esto sin perder detalle del frenético manoseo que el hombre frente a mí dedicaba a su propia virilidad bajo el pantalón.
Sin darme cuenta, me vi envuelta en un éxtasis de lujuria que provocó que comenzara a salivar en exceso; haciendo que cubriera con una espuma blanca el rígido objeto de mis deseos. ¡Juro que nunca antes me había sentido tan excitada!
¡Dios mío!, pensé al acelerar el vaivén de mi lengua por toda la extensión de ese sólido palo de madera. Entré en pánico; pues me conocía lo suficiente para saber que pronto esta acción no sería suficiente para satisfacer mis deseos. Debía idear algo pronto para calmar mi súbito deseo. Afortunadamente, Bonnie podía escuchar mis pensamientos.
—Necesito algo más grande —murmuró Bonnie después de hacerme separar los labios del falso miembro viril.
¡Gran movimiento por parte de Bonnie! Toda mujer sabe que no hay hombre en el mundo (al menos no heterosexual) que no piense que tiene el miembro más grande entre todos. Era previsible lo que el hombre frente a mí me ofrecería.
Al igual que sus lentes, el oficial lanzó su bastón sobre la mesa, produciendo un sonido estruendoso al golpearla antes de rodar al suelo; llenando la hasta ahora silenciosa habitación con su resonancia.
Acto seguido, el rudo oficial empezó a desabrochar uno de sus dos cinturones; aquel que sostenía su equipamiento táctico de forma pausada y sugestiva y, a diferencia de su bastón, lo puso con delicadeza sobre la mesa; evitando cualquier activación accidental de su arma.
Inmediatamente después, continuó con su seductora exhibición desabrochando su otro cinturón, que ajustaba su pantalón a la cintura; jalándolo
Él utilizó las presillas para mostrar toda su longitud como una introducción a lo que estaba a punto de revelarme.
Al abrir su pantalón fue veloz, al igual que al bajar su cremallera. Claramente, la presión de su ropa sobre su gran miembro erecto lo motivaba a quitársela rápidamente.
Mis ojos se abrieron como platos al ver al oficial quitarse la ropa, mostrándome su herramienta más efectiva de tortura (o de placer, dependiendo del caso); en efecto, su otro ‘garrote’, no de madera y caucho, pero quizás más firme y letal.
Repentinamente, el aroma de las ‘partes nobles’ de un hombre inundó la habitación por completo. A pesar de sus métodos policiales violentos, no podía negar que, al ser un hombre, ese aroma me resultaba familiar.
El oficial agitó su ‘garrote’ amenazadoramente frente a mí, listo para usarlo sin piedad; mientras mis ojos lo observaban con ansiedad. ¿Alguna vez han sentido esa extraña desesperación al saber que algo malo está por suceder? Justo así me sentí por unos instantes.
Sin previo aviso, el oficial golpeó fuertemente mi rostro con su nuevo ‘garrote’, intentando separarnos a Bonnie y a mí; sin embargo, no lo lograría sin encontrar resistencia. Si él estaba dispuesto a usar su mejor arma contra nosotras, debíamos responder de la misma manera.
En vez de retroceder ante esta nueva arma, reuní coraje y, en nombre de ambas, toqué su duro ‘garrote’ con mis labios, dándole un tierno beso. La artillería más efectiva que una mujer segura de su sensualidad tiene contra la brutalidad de un hombre.
El oficial esbozó una sonrisa de lujuria mientras emitía un leve gemido de placer al sentir la calidez de mis labios en su miembro erecto; cerrando los ojos y elevando la mirada hacia el techo.
Como lo había hecho con su arma anterior, bajo la mirada de Bonnie, continué explorando su miembro de arriba abajo con mi lengua hábilmente; desviándolo de su propósito original de estar en mi departamento. Mi meta estaba clara, ya que logré despojarlo de sus armas sin ningún esfuerzo, pronto obtendría su sumisión; sin importar lo lejos que tuviera que llegar.
Sin embargo, debo admitir que la calidad y tamaño de su actual ‘herramienta’ de tortura facilitaba mi tarea, por lo que no dudé en continuar durante unos minutos más (era mi fantasía, después de todo).
Así, en solo unos segundos, logré cubrir completamente el nuevo ‘garrote’ con mi saliva y una sustancia blanquecina, viscosa y dulce que emanaba de su punta, siendo recogida por mi lengua. ¡Delicioso!
Por un instante, me sentí avergonzada de mí misma. ¿Cómo podía sentirme cómoda en esta situación, siendo sometida por un hombre que apenas conocía? “Bueno, no es la primera vez”, me consolé mentalmente.
Repentinamente, mientras lamía la punta húmeda del nuevo ‘garrote’, un escalofrío me recorrió al ver el nombre en la placa de identificación en el pecho de mi captor: Hammer.
¡Demonios! Era de esperar que el oficial asignado para irrumpir en mi departamento fuera el peor enemigo de Bonnie y Clyde. Aquel que cobardemente les quitó la vida en una emboscada. ¿Cómo reaccionaría Bonnie al encontrarse con este despreciable hombre? (metafóricamente hablando, ya que no estábamos cara a cara).
—¡Cobarde!¡Cabrón! —grité enfurecida siguiendo el impulso de Bonnie al reconocer al individuo que tenía la tarea de detenerla.
Como si estuviera esperando la reacción de Bonnie, el oficial sonrió con arrogancia y vileza dispuesto a dejar de lado los buenos modales y castigar sin piedad a sus prisioneras tomando el control absoluto de mi persona.
Con los pantalones aún bajados, alzó su pierna derecha para colocar su pie en mi hombro. Yo estaba indefensa, con las manos esposadas detrás de la espalda, y me hizo perder el equilibrio empujándome al suelo con su bota policial pesada.
De repente, me vi en el piso cegada por la luz de las lámparas, totalmente desprotegida y retorciéndome de dolor al caer con todo mi peso sobre mis brazos. En mi mente pensaba "¡Vaya!" al intuir lo que estaba por venir: ¡ese bruto estaba a punto de abusar de mí!
Afortunadamente, no tendría que enfrentar esta horrible pesadilla sola, ya que contaba con una buena amiga a mi lado; una que no se amilanaba ante nada. “Que sea lo que sea”, pensé con valentía aceptando mi destino.
Sin poder hacer nada, el oficial se arrodilló entre mis piernas y se inclinó sobre mí para satisfacer sus deseos impúdicos con mi cuerpo. Probando con sus labios mis pechos perfectos; no perdiendo la oportunidad de morderlos con lujuria. Prestó especial atención a mis pezones erectos, apretándolos con sus dientes para estirarlos maliciosamente, provocando una extraña mezcla de excitación y adrenalina que me hizo dudar un poco sobre mis sentimientos.
“No le dejes el gusto a este sujeto de humillarte, disfruta como si realmente lo quisieras”. ¿Qué acababa de decir Bonnie? ¿Estaba sugiriendo que fingiera deseo por un completo extraño en medio de la situación? Aunque la idea parecía un tanto descabellada al principio, no estaba en posición de cuestionar la sabiduría de la delincuente más buscada por el FBI. Por suerte, tenía algo de experiencia siguiendo sus consejos.
Siguiendo ciegamente las indicaciones de Bonnie, cerré los ojos y me mordí los labios 'simulando', frente al hombre que me dominaba, reprimir un gemido de placer al sentir esas caricias estimulantes en mi torso. ¿Cuánto tiempo podría seguir 'fingiendo' que fingía? No lo sabía.
Sin previo aviso, una de sus manos ásperas abandonó mi torso y se encaminó hacia una de mis piernas debajo de la falda; con caricias indecentes buscando el camino hacia mi entrepierna, hacia mi tanga. Lo lograría.
—¡Demonios! —exclamé al sentir esa mano tosca dentro de mi delicada prenda interior.
—¡Calla, perra, sabes que te gusta! —ordenó el oficial como si pudiera leer mis pensamientos.
Ignorando mi protesta falsa, prosiguió explorando mis partes íntimas con sus dedos largos; acariciando con su dedo índice la entrada de mi vagina. Introduciéndolo en mí, solo para simular jalar mi clítoris como si fuera el gatillo de su arma.
“¡Cielos!”, pensé después de que el oficial fingiera haber disparado su pistola en mi vagina, desencadenando una serie de temblores involuntarios en todo mi cuerpo. ¡Hasta las pistolas Beretta no tienen tantas balas, juraría!
Él sonrió satisfecho por mi reacción espontánea, olvidando momentáneamente su intención inicial de hacerme pasar un mal rato.
Con un movimiento veloz, el oficial metió ambas manos bajo mi falda; las deslizó hasta mi cadera para agarrar el borde de mi tanga y tirar hacia abajo, hasta mis tobillos, con la clara intención de preparar el camino para llevar a cabo la mayor afrenta que una mujer puede sufrir a manos de un hombre.
Otra vez cerré los ojos y apreté los labios, anticipando
lo ineludible. Y al instante siguiente lo sentí justo en la abertura de mi vagina.
Sí, su rígido y enorme ‘mástil’ golpeaba contra mi ‘entrada’ intentando acceder con fuerza; como aquel individuo que había logrado entrar sin mi permiso a mi vivienda tan solo unos minutos antes.
Me hallaba completamente desprotegida, no por las esposas que mantenían mis manos detrás de la espalda, sino porque por tanto tiempo había imaginado vivir un momento tan excitante que simplemente no podía rechazarlo. ¿Cómo oponer resistencia a algo que en el fondo ansiaba?!
“Mi mejor amiga comprenderá”, pensé un momento antes de perder el dominio de mi cuerpo por la excitación que me invadía, cediendo ante las más profundas fantasías que esa noche se materializarían en la habitación: ¡las mías!
Otra vez el oficial arremetió contra mi puerta ingresando de forma tan violenta, con su ‘mástil’ desplegado, que resultó imposible contener mis gritos ante tal demostración de abuso policial.
—¡Caray! —exclamé antes de que el oficial tapara mi boca con una de sus manos, evitando alertar a los vecinos.
Sujetándome del brazo con su otra mano, el oficial empezó a insertar su ‘mástil’ en mí; lentamente, con firmeza, alcanzando cada rincón de mi ser. Como si pretendiera llegar hasta lo más hondo de mis entrañas con cada embestida.
Me sentía completamente aturdida; confusa acerca de qué emociones habría de experimentar en mi interior. ¿Infeliz o afortunada? Pues tenía la impresión de que ese individuo no era un novato en allanamientos, dada su destreza en el manejo de su ‘arma’.
Estaba tan excitada por su ‘ataque’ que resultaba imposible controlar los movimientos de mi cuerpo mientras era sofocada. Irónico.
Tras soportar con valentía ser sodomizada por ese hombre tosco por dentro; sin piedad descargó una serie de disparos directamente a mi corazón hasta vaciar su ‘arma’, haciendo arder mis entrañas por completo.
Y en ese instante no pude más y me ‘rendí’, entregándome para disfrutar del orgasmo más intenso que había vivido hasta ese día.
—¡Dios mío! —exclamé en silencio pidiendo perdón por haber disfrutado con mi supuesto tormento y haberle fallado a mi amiga.
“No te preocupes, no importa lo que este individuo te haya hecho, nadie conocerá su paradero”, sentenció Bonnie consolándome mientras Hammer retiraba su ahora ‘inerte arma’ de mí antes de levantarse para dirigirse hacia la mesa, aún con los pantalones bajos y caminando de manera cómica como un pingüino.
En ese momento comprendí claramente. Efectivamente, ese supuesto ‘hombre de ley’ no solo no había conseguido obtener la fama que esperaba al acabar con las vidas de Bonnie y Clyde; sino que, irónicamente, había creado una leyenda mucho mayor que la suya. No en vano cuarenta mil personas acudirían al sepelio de esa inusual pareja.
De la misma forma, toda esa rabia que había intentado desquitarse al abusar de mí había sido en vano; pues Bonnie se había encargado de recordarle su relativo anonimato y demostrar quién era la verdadera leyenda viviente entre los dos. Mi humillación había valido la pena.
A pesar de los calambres en codos y brazos, por haber soportado el peso de mi captor y el mío propio sobre ellos, intenté incorporarme para apoyarme en la pared y recuperar el aliento. Finalmente, la humillación y degradación que había vivido junto a mi compañera de fantasía, la valerosa Bonnie, habían llegado a su fin. ¿O no?
—Aquí oficial Hammer reportando que la sospechosa sigue oponiendo resistencia al arresto; —dijo el rudo oficial al tomar su radio con un tono burlón en su voz; observando el vulnerable cuerpo de su víctima con actitud soberbia y perversa—. ¡Solicito apoyo de inmediato,
reitero, necesito apoyo urgente! —subrayó.
“¿Qué había dicho mi hosco agresor?", me cuestioné mientras observaba atentamente el rostro alterado de ese ‘desconocido’. “¿Podría ser posible que ese individuo, a quien creía conocer bien, hubiera convocado a algunos amigos para unirse a nuestro inocente juego de rol? ¿O acaso sus palabras en la radio, que parecían ser una farsa, no eran más que un engaño?”
Justo cuando pensaba que todo estaba llegando a su fin, la última transmisión por radio de ese rudo hombre insinuaba lo contrario. ¿Hasta qué punto guardaría maldad en su ser?
‘Demonios’, reflexioné al finalizar la comunicación del oficial; sin tener claro si debía temer o ansiar que su amenaza fuera real. En vez de lamentarme por el nuevo ‘peligro’ que se avecinaba, suspiré profundamente y me puse a imaginar cómo mi actual heroína actuaría en esas circunstancias.
—¡Espero que sean suficientes, desgraciado! —exclamé desafiante, buscando transmitirle al maldito que nos había ‘ultrajado’ que, a pesar de la humillación, mi orgullo seguía intacto; lista para enfrentar con valentía a cualquier hombre que entrara por la puerta de mi departamento.
Él sonrió complacido por mi altanera respuesta; era de esperar que no esperara menos de la mujer que se había enfrentado a más de mil policías en diversas balaceras y siempre había salido victoriosa hasta ese día. ¿Lo lograría de nuevo? Solo el tiempo lo revelaría.
Sin duda, las sorpresas de la vida, sobre todo en el ámbito sexual, son las más gratificantes. Esas que, con su espontaneidad, revitalizan como una bocanada de aire fresco en la rutina monótona.
¿Qué más podría desear además de una intensa sesión de sexo desenfrenado para iniciar la noche de Halloween? Afortunadamente, para mí y para la mayoría, cuando se trata de placer sexual, la respuesta siempre será ‘más sexo’.
—Entendido equipo Bravo, en marcha, cambio y fuera —sentenció una voz con acento enérgico a través de la radio, que antes consideraba trivial, provocándome un escalofrío que recorrió mi cuerpo de arriba abajo, mientras una sonrisa se asomaba, revelando mis secretos deseos más íntimos.
Sin reparo alguno, cerré los ojos para dejarme llevar por un instante al sueño de mi fantasía, sin la certeza de que se hiciera realidad. Sin preocuparme por ocultar esa sonrisa genuina, pues en ese momento quien tomaba el control de mi ser no era otra que Bonnie, la chica sin temor alguno.
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