Para comenzar, les contaré.
Los efectos de la gran deshumanización de esta sociedad poco solidaria han influenciado en mí, llevándome a llevar una vida bastante solitaria. ¿Se me puede comparar con algún animal? Absolutamente, algunos disfrutan de la compañía de su manada, otros prefieren la soledad y la paz consigo mismos; este último es mi caso, un híbrido entre ser humano y oso.
Antes solía ser una persona alegre, siempre rodeado de bellas mujeres que me brindaban su amor y sus cuerpos.
Sin embargo, un día todo cambió, sin poder precisar cuándo ni dónde. La alegría desapareció de mi vida, tanto que al hacer chistes o bromas, me decían:
- Qué tipo tan alegre eres, Luis.
- No, mi querido amigo, permíteme corregirte. Luis no es alegre, Luis simplemente es cómico.
A los veintidós años, algo inesperado llenó de felicidad mi existencia: conocí a Ana, la mujer más maravillosa que he tenido la suerte de conocer. Con una figura imponente y atributos femeninos muy destacados, su presencia era un deleite para la vista.
Nuestra vida sexual rozaba la perfección, incluso bromeaba diciéndole que habíamos inspirado al hindú Vatsiaiana para escribir el Kama Sutra.
Exploramos todas las formas de placer juntos, descubriendo cada detalle el uno del otro: olores, sabores, formas, hasta los rincones más íntimos que lográbamos hacer estallar en nuestra pasión desbordante.
Cuando llegó el momento que muchas parejas esperan con anhelo, el embarazo, la dicha invadió nuestras vidas.
Aunque el embarazo transcurrió con normalidad, seguimos disfrutando de nuestra intimidad, aunque de manera más moderada.
Llegó el día del parto, Ana ingresó al quirófano con calma para dar a luz a Anabela. Tras escuchar el llanto de nuestra nueva hija, todo se desvaneció: Ana ya no estaba con nosotros.
Una complicación poco común derivada del embarazo cobró su vida, rompiendo todas nuestras ilusiones. Ana se convirtió en una triste estadística de mortalidad.
Las primeras semanas fueron duras, pero logré seguir adelante con Anabela, con el apoyo de mis suegros y padres.
Curiosamente, mis suegros me culpaban a mí por lo sucedido.
Notaba algo extraño en el comportamiento de los padres de Ana, como si estuvieran distantes. Con el tiempo, se confirmaron mis sospechas: cuando Anabela cumplió dos meses, se la llevaron, según me dijeron, a pasear y tomar sol. Desde entonces, no he sabido nada de mis suegros ni de mi hija; desaparecieron sin dejar rastro, como si la tierra se los hubiera tragado. A pesar de buscar incansablemente con la ayuda de la policía, no he logrado dar con su paradero.
Así que, a mis cincuenta y cuatro años, me he convertido en ese oso solitario que deambula sin rumbo, con la esperanza de reunirme algún día con Anabela.
Faltando un mes para mi quincuagésimo quinto cumpleaños, me dije a mí mismo:
- Luis, ¿por qué no celebrar
¿Cómo celebrar un cumpleaños a distancia?
Acepté mi propuesta con entusiasmo, así que organicé un viaje para festejar en Bariloche, algo que realmente me lo merecía.
Adquirí el boleto de avión y emprendí mi viaje hacia mi destino, arribando dos días antes de la fecha de mi nacimiento.
Al llegar, Bariloche estaba rebosante de turistas. Me hospedé en un hotel en la calle Cuaglia, de cinco pisos, donde me asignaron una habitación en el último piso. La habitación era amplia y luminosa gracias al gran ventanal, con una cama de plaza y media. Lo más impresionante era la vista al lago Nahuel Huapi con sus quinientos cincuenta kilómetros cuadrados. El primer día, exploré la zona, visitando el centro cívico y alguna fábrica de chocolates. Luego cené y me fui a descansar para estar fresco al día siguiente.
En la siguiente jornada, seguí explorando la encantadora localidad y planificando detalladamente los próximos días, especialmente el día de mi cumpleaños.
Llegó el momento, ¡hoy es mi día! Me preparé para salir a algún bar o cafetería en busca de compañía para finalizar la celebración. Tras preguntar, me dirigí a un lugar llamado Grisú, donde también había mujeres solas que tal vez quisieran compañía.
Sentado en una silla baja junto a una mesa a juego, noté que una mujer de unos treinta o cuarenta años me miraba fijamente. Debo mencionar que era hermosa, con curvas atractivas y unos pechos sobresalientes. Su vestido ajustado resaltaba su trasero, y su cabello brillante caía sobre sus hombros al descubierto, con unos ojos azules que parecían celestiales desde lejos. Hice un gesto con la cabeza saludándola y levanté mi copa de Martini dulce para invitarla a acercarse. Abandonó la barra y, con un andar sumamente sensual, se aproximó lentamente moviendo sus caderas de forma espectacular.
- Hola, buenas noches, mi nombre es Luis.
- Buenas noches, puedes llamarme Abe.
- ¿Qué deseas beber?
- Lo mismo que tú, por favor.
- ¿Eres de aquí?
- No, estoy de visita. Estoy celebrando mi cumpleaños con retraso.
- ¡Qué coincidencia, hoy es el mío! ¿Has venido sola?
- Feliz cumpleaños. Lamentablemente, sí, estoy sola. Retrasé la celebración porque mi madre falleció justo antes de mi cumpleaños.
- Lo lamento mucho. ¿Y tu padre?
- Falleció hace tiempo.
- Bueno, si deseas compañía, estoy disponible.
- ¡Por supuesto, sí, gracias!
Tomamos algunas copas más, ninguno de los dos había cenado, por lo que la invité a cenar y fuimos a un restaurante, donde disfrutamos de una buena comida y bebida. Rápidamente entablamos confianza y parecía como si nos conociéramos de toda la vida.
Es innecesario decir que la invité a mi habitación de hotel.
- Luis, no, perdóname, pero prefiero ir a la cabaña en la que me encuentro.
- Está bien, no hay problema.
Caminamos por la orilla del lago, contemplando las pequeñas ondas en el agua y la luz de la luna reflejada en ella. Nos detuvimos frente a frente, confirmamos el azul de sus ojos. Nuestros labios se acercaron lentamente para sellar nuestro acuerdo tácito de intimidad que habíamos pactado al invitarnos mutuamente a compartir un momento especial.
Llegamos a la cabaña y, casi sin abrir la puerta, retomamos aquel apasionado beso que había nacido en la orilla del lago. Continuamos así hasta la cama, donde comenzamos a despojarnos suavemente de la ropa que nos cubría, quedando ambos completamente desnudos. En su entrepierna se veían unos vellos rizados prolijamente recortados que enmarcaban una brillante vagina. Mi miembro estaba erecto y palpitante.
- Déjame a mí, me encargaré de calmarlo.
Dijo mientras se sentaba en el borde de la cama e introducía mi miembro en su exquisita boca de labios finos pero carnosos, elevando sus ojos para encontrarse con los míos.
¿Qué me evocaba esa mirada? Su lengua se desplazaba de arriba abajo a lo largo del pene, a veces desapareciendo casi por completo en su interior, mientras sacaba la lengua y trataba de acariciar los testículos, permitiendo que saliera y masturbándome con mucha suavidad.
Le pedí que me dejara tomar la iniciativa, así que la tomé de los hombros y se puso de pie. Queriendo corresponder a mi excitación, levantándola, cruzó las piernas sobre mis caderas y el pene entró rápidamente en su vagina completamente mojada. Como en una película, nos dirigimos hacia la pared y apoyó su espalda en ella, rodeando mis brazos su cuello.
- Ahora sí, por favor, sigue así, lo necesito.
No me hice esperar, y juro, no tuve relaciones sexuales con ella, le hice el amor de verdad. Desde hace tiempo no experimentaba la sensación de hacer el amor, siempre había tenido encuentros sexuales para liberar tensión y nada más, esta vez era diferente, hacía el amor con ella. Ella lo percibía, por eso respondía de igual manera.
Pronto comenzó a gemir suavemente, aumentando junto con la intensidad de mis movimientos, hasta que soltó un gemido gutural, prolongado, sentido, acompañado de un gran suspiro y unas palabras tan dulces que jamás olvidaré.
- Me estoy corriendo, Luis, ¡qué felicidad me estás dando!
Su vagina se humedeció aún más, la deposité en el suelo con la espalda hacia la pared, apoyó sus manos en ella, extendió los brazos y puso las nalgas en pompa. La penetré desde atrás, esta vez con más intensidad para disfrutar de ese sexo épico. No pude contenerme por mucho tiempo y empecé a eyacular sin dejar de moverme. Al sentirlo, ella movió las caderas en perfecta sincronización con mis embestidas, al punto de que parecía planeado. Al terminar de gemir, lo hizo ella nuevamente, alcanzando un nuevo orgasmo. Saqué mi miembro de su cálida cavidad del placer, la tomé de la mano y nos dirigimos hacia la cama, mientras el líquido que había expulsado de mi interior resbalaba por sus muslos hasta el suelo.
Continuamos haciendo el amor hasta el amanecer, explorando todas las posiciones que se nos ocurrían. Cuando la luz del sol empezaba a brillar con intensidad en lo alto y entraba por la ventana, nos detuvimos para contemplarlo abrazados.
Luego nos entregamos al sueño por un rato.
Al despertar, tras el desayuno, me pidió conocerme mejor. Le compartí mi historia de vida y, aunque ella no quiso contarla detalladamente, me escuchó atentamente.
Nuevamente me consoló como la noche anterior, llevándome a experimentar cosas que nunca había imaginado con Ana. Me dejó tan exhausto que volví a dormir.
Después de una semana llena de pasión, llegó la noche previa a mi partida, ¿qué decir de la despedida? Aunque acordamos seguir viéndonos cuando estuviéramos en nuestros propios hogares. Esa noche fue mágica, no había experimentado el sexo de esa manera desde la muerte de Ana.
En la habitación de hotel, me dijo:
- Como despedida, hoy será inolvidable.
Desnudándose de forma seductora, me invitó a imitarla. Se arrodilló frente a mí para disfrutar de esa sesión de sexo oral que hacía tan hábilmente, bebiendo por primera vez mi semen. Luego, hice lo mismo y me dejé perder entre sus piernas, saboreando esos labios vaginales deseables que emanaban sus propios fluidos, sumamente deliciosos, sobre todo cuando tenía un orgasmo y se mezclaban con su abundante lubricación.
- Ahora, Luis, seguirás mis instrucciones.
Seguidamente, con un pañuelo de seda que llevaba al cuello, ató mis manos a mi espalda y me hizo recostar, situándose sobre mi cara para continuar disfrutando de su sexo. Me sorprendió gratamente al levantarse un poco, acercar su pelvis hacia mi boca y ofrecerme la oportunidad de saborear su orificio anal.
La lengua, a pesar de estar fatigada por la actividad que acabábamos de realizar, comenzó a explorar la zona anal rodeando el esfínter, realizando pequeñas inserciones con la punta y provocando gemidos con cada penetración. El hermoso y recóndito agujero palpita, ansioso por ser penetrado. De repente, se detuvo y me indicó que hiciera lo mismo. Tomó un frasco de lubricante de su bolsito y abrió de par en par las ventanas de la cálida habitación, afortunadamente no hacía mucho frío. Untó el lubricante en mi miembro, deslizando su mano desde la punta hasta la base, en un baile sensual que la caracteriza. Luego, se untó el líquido en los senos, la vagina y el ano.
Hizo una pausa en esta último, dedicándole tiempo, y luego se dio la vuelta para permitirme ser espectador de su "show". Fue aplicando aceite y, uno a uno, introdujo sus dedos, del más pequeño al más grande, añadiendo uno tras otro hasta llegar a cinco. Se apoyó en la baranda del balcón con los brazos, formando así una "L" perfecta con su trasero hacia mí. La invitación estaba clara. Me acerqué lentamente y apoyé la punta de mi pene en ese agujero rosado y palpitante que ahora se mostraba a plena luz. Al ejercer presión, el exceso de aceite dificultaba el movimiento, entonces ella, apoyando su cabeza en la baranda, separó sus glúteos, facilitando la tarea. Una vez en camino, sentí una leve presión hacia afuera por parte de ese canal hermoso y apretado, lo que me permitió deslizarme en su interior y comenzar a moverme con pasión, al igual que ella, quien embestía contra mi cuerpo y hacía círculos, resonando en la habitación el golpeteo de mis testículos contra su vagina; mientras con una mano estimulaba su clítoris para llegar al clímax.
Al llegar a su orgasmo, comenzó a gemir y suspirar, señales que ya conocía, y me preparé para alcanzar juntos ese momento tan anhelado. Creo que ambos teníamos ese deseo en mente, y así coincidimos en ese divino y esperado intercambio de fluidos cuando mi semen se derramó en su interior.
Después de disfrutar de un reconfortante baño, nos entregamos al sueño hasta el día siguiente, que marcaría nuestra despedida.
Al despertar, me encontré solo en mi cama y me pregunté si todo había sido un sueño. La busqué en la habitación y no estaba, solo había dejado una carta sobre la mesa.
· Querido Luis, estos días juntos han sido maravillosos. Nunca imaginé celebrar un cumpleaños de esta forma tan intensa, con alguien que me llevó al séptimo cielo, despertando sensaciones nuevas tanto a nivel sexual como personal. Lamento haberte dejado de este modo, pero creo que fue lo mejor, no me gustan las despedidas, quizás por memorias que no tengo sobre mi infancia, pero me han contado. Espero que al terminar esta carta, desees seguir viéndome y quizás incluso avanzar hacia algo más. Estoy dispuesta, pues pasé mucho tiempo en el extranjero, en un lugar donde lo que hicimos no estaría mal visto.
He escuchado de muchos amigos en común detalles sobre tu vida sexual, y no exageraban, también me contaron sobre la gran persona que eres y cómo cierta gente me ha mentido a lo largo de mi vida.
Para concluir, me di cuenta de que no recordaste mi fecha de cumpleaños, la cual deberías saber, pero bueno, una persona no es la única que nace en un día determinado. Quiero aclararte que al principio no sabía quién eras, pero al escuchar tu historia rápidamente caí en la cuenta.
Te he buscado durante años.
Te amo, ANABELA.
P.D. Si todavía te interesa mi propuesta, encontrarás mi teléfono y dirección dentro de tu billetera, en un sobre. La decisión está en tus manos, puedes abrirlo o mantenerlo cerrado. Sé que lo que ocurrió es impactante, pero si decides llamarme, sé que nuestra vida cambiará. Tengo tantas cosas para compartir y vivir a tu lado.
Impensable aún para mí, mi hija se ha convertido en toda una mujer, sin embargo... he mantenido relaciones íntimas con mi propia hija. La tristeza me invadió de repente, aunque los sentimientos eran contradictorios, por un lado estaba sorprendido, por otro lado recordaba los encuentros sexuales con Ana.
Fui capaz de experimentar la felicidad nuevamente. No puedo decir que no haya lamentos, ya que no sabía quién era en realidad, pero fue duro enterarme, sobre todo sabiendo que ella lo descubrió y continuó adelante.
Finalmente, hice la llamada. El encuentro fue muy emotivo, nos reencontramos como padre e hija, y sin ninguna duda, también como amantes. Llevamos tres años viviendo juntos, con muchos temores debido a que estamos esperando una niña. Siento que estoy recuperando esa alegría que alguna vez tuve.
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