Habían transcurrido tres meses desde que empecé a salir con Annette. Nos encontramos a través de un conocido en común en Facebook y la relación fue progresando de forma magnífica. Compartíamos intereses en casi todo. Quizá la única discrepancia significativa era en cuanto a gustos musicales, ya que a ella le encantaba el pop y el rock, mientras que yo me inclinaba más por el metal. A pesar de ello, me sentía afortunado. Ella era delgada y menuda, con un aspecto juvenil que fácilmente la hacía parecer una estudiante de secundaria si se disfrazara de colegiala, tenía un cuerpo esbelto, piernas torneadas, una gran sonrisa y unos ojos expresivos.
Los primeros treinta días estuvieron marcados por una intensa actividad sexual, aprendí a satisfacerla con mis manos y mi lengua. Inspirado por años de consumo de pornografía, comencé a hacer ejercicio para poder cargarla. Aunque en algunas ocasiones rechazó la idea, finalmente accedió a experimentar con posturas acrobáticas en la intimidad. Aunque fue un desafío, lo logramos y parecía disfrutarlo tanto como yo. En el segundo mes, la frecuencia de nuestras relaciones íntimas disminuyó, pero no así su calidad, pasando de ser diarias a semanales. Fue en el tercer mes cuando surgieron mis complicaciones.
Todo comenzó cuando salimos a beber con su grupo de amigos y amigas. Algunos de ellos ya me resultaban conocidos de una reunión previa, en la que organizamos una cena para parejas acompañados de su amiga Tania y Gisele, cada una con sus respectivas parejas de ese momento (un tal Carlos y Alfredo, ambos igual de genéricos e intercambiables). Sin embargo, en la siguiente salida se sumaron más amigos y amigas, incluyendo a Carola.
Carola era una chica rellenita de estilo oscuro, con unos llamativos ojos verdes, piel blanca y cabello negro. Llevaba un vestido negro holgado que insinuaba sus prominentes senos. Al principio, no le presté mucha atención y me mantuve enfocado en la conversación, hasta que Anette mencionó mi gusto por el metal.
—Vaya, este chico del metal —expresó Anette.
—Oh sí, como tú, Carola —respondí bromeando.
Ella soltó una risa y brindamos chocando nuestros vasos. En ese instante, sus ojos verdes se posaron en mí y sentí una corriente recorrer mi cuerpo, despertando cierta excitación. Parecía como si tuviera un sexto sentido, pues mis ojos se desviaron hacia sus senos brevemente antes de retomar la conversación.
Decidí apartar la mirada rápidamente para no dar la impresión de un observador descarado y continué socializando. Carola empezó a hacerme preguntas sobre bandas de música y entablamos una animada conversación. Para mi sorpresa, descubrimos que teníamos gustos musicales muy similares (algo de black metal, metalcore y thrash). Mientras Anette y las demás se ausentaron momentáneamente, saliendo los novios a fumar, yo me quedé a solas con Carola.
Los nervios se apoderaron de mí, percibí la oleada de sangre hacia mi entrepierna y parecía que Carola lo notaba, ya que se sentó a mi lado acariciando su cabello oscuro, desprendiendo un perfume que me hizo pensar en una hembra en celo.
Charlamos sobre diversos temas con risas tontas propias de esos encuentros, hasta que ella me preguntó acerca de mi relación sentimental. Le confirmé que todo iba bien con Anette y posteriormente indagué sobre si ella tenía pareja. Carola negó con la cabeza y mencionó que había terminado con su última pareja hacía medio año, desde entonces no había tenido nada. Antes de profundizar en su vida personal, regresaron las demás acompañadas de los fumadores. La cena transcurrió entre tragos y canciones hasta que llegó el momento de despedirse. Al momento de abrazarnos, noté cómo frotaba sus senos contra mi cuerpo, lo que provocó una rápida reacción en mi entrepierna al presionar mi pene contra ella. Sin embargo, todo llegó a su fin
que ser rápido antes de sorprender a Anette.
Esa noche estuve con Anette y todo normal, terminé, luego la estimulé con mis dedos hasta que tuvo un orgasmo y se durmió. Yo me quedé insatisfecho y me di cuenta de que ya había echado a perder todo.
Pasó una semana y solo tenía la memoria del momento que le dediqué a un abrazo. Otra semana después, una chica llamada Condesa Songs me siguió en Instagram. Revisé su perfil, tenía pocos seguidores y solo seguía tres cuentas. Tenía pocas fotos, todas en blanco y negro: un paisaje boscoso; un escote sugerente; una pierna tatuada con una rosa negra y unos labios pintados, parecía una cuenta falsa. No pasó mucho tiempo cuando recibí un mensaje de la supuesta Condesa Songs diciendo: "Hola, ¡soy Carola!".
Desde ese momento supe que estaba dispuesta a todo. Antes de continuar, tuve que actuar con cautela, ya que podría tratarse de una artimaña creada por un grupo de amigas.
La conversación transcurrió de la siguiente manera:
—Hola, qué sorpresa verte por aquí.
—Sí, abrí esta cuenta nueva y al verte pensé "voy a seguirlo".
—Me agregaste antes a esta cuenta que a tus amigas, lo tomaré como un cumplido.
—Jijiji, sí, es que en mi otra cuenta hay muchos curiosos.
—Aquí podemos charlar más tranquilos.
—Así me siento mejor.
—Recuerdo que me ibas a contar por qué no tenías novio ese día.
—Desde que terminé con mi ex, he estado en modo recuperación, ha pasado medio año y nada de nada, así que así no se puede seguir.
—Seguramente no te faltan pretendientes.
—Sí, algunos hay, pero ninguno que valga la pena, todos reciclajes de hombres jejeje, yo quiero algo más…
—Si no tuviera novia, me lanzaría sin pensarlo.
—Ay, *se sonroja*.
—Jeje, ¿qué pasa?
—No digas eso, me lo creo.
—Es la verdad, pero tengo novia y ser infiel sería muy miserable
—Sí, muy miserable.
—Tengo miedo de que le cuentes que me has enviado estos mensajes.
—Tranquilo, por eso te agregué desde esta cuenta.
—Ella confía en mí, pero desde esa noche he pensado mucho en ti.
—¿Y qué has pensado?
—Que cuando hablamos me sentí increíble y no dejo de pensar en lo hermosa que eres.
—*se sonroja* gracias.
—Me arriesgaré, quiero que nos veamos pronto.
—No sé, está mal. Anette es mi amiga.
—Sé que está mal, por eso no se lo diremos.
—Eres malo, Bart Simpson.
—Jajaja, ¿ves? podemos pasarla bien.
—Déjame pensarlo, es fuerte. Quiero verte, pero…
—Pero?
—Pero Anette es mi amiga, la conozco antes que a ti.
—Lo sé, también siento que estoy actuando mal. Nunca antes lo había intentado, pero contigo siento que puede salir bien. Después de todo, no sabía que me gustarías antes de estar con ella, ahora estamos en esta situación.
—¿Te gusto?
—Me encantas.
—Ay, *se sonroja*. Pero tengo miedo de ser descubiertos.
—No te preocupes, el miércoles Anette siempre se va con Gisele y Tania a una clase de bordado, hasta tarde, así que estaremos libres.
—Justo estaba pensando lo mismo, yo no me junto con ellas porque me aburre. Vale, el miércoles.
—Te veré en el café Los Rosales.
—Hecho.
Esperé dos días en los que me enfoqué en hacer ejercicio cardiovascular, muchas lagartijas y evité cualquier acción inapropiada. Afortunadamente, Annette estaba muy ocupada con el trabajo y los estudios en ese momento, así que no tuve que dar explicaciones, estaba tan ocupada que era imposible que nos viéramos.
Fin.
En este momento nos encontramos en el café acordado a las 6 de la tarde, Carola venía luciendo una falda de mezclilla y unos tenis oscuros, mostrando esas majestuosas, redondeadas y pulposas piernas blancas, con el tatuaje de la rosa negra que asomaba en el borde de la falda. Vestía una blusa negra escotada, llevaba el cabello recogido en un moño, gafas de sol y unos labios rojos y carnosos que ya deseaba saborear.
Le sonreí y le expresé "qué hermosa estás", ella se ruborizó y me preguntó "¿te agrada?" a lo que respondí "te ves muy bien".
Ingresamos al café, ella se quitó las gafas y fijó sus ojos verdes en mí, la miré fijamente y le dije "tienes unos ojos preciosos", ella se sonrojó y murmuró "ay, gracias". Solicitamos unos americanos, nos sentamos en una pequeña mesa y ambos reíamos nerviosamente, en ese momento tomé sus manos, la miré directamente a los ojos y comencé a besarla. Fue un beso que supo a una victoria anhelada, fue un beso apasionado. Ella rió y me dijo "eres bastante directo, ¿verdad?". Acaricié su delicada mejilla, suave y redonda, acaricié su mentón y deslicé mis dedos por su cuello suave y terso. Fue ella quien luego buscó mis labios y nos dimos otro beso, esta vez permitiendo que nuestras lenguas se encontraran, mientras nuestras manos exploraban todo.
Nos sirvieron el café interrumpiendo nuestra intimidad. Agradecí, y le pregunté "¿en qué estábamos?" pero ella detuvo mis palabras con su dedo en mis labios antes de continuar besándonos y expresar "esto está mal pero sabe tan bien" y nos besamos de nuevo.
No podía dejar de acariciar sus piernas con ternura y rodear su cintura con mis manos, sintiendo su vientre cálido y deslizándome hacia sus generosos pechos. Ella también acariciaba con su mano mi ya evidente excitación. Le dije "¿te gustaría ir a otro lugar?" y ella respondió "me da vergüenza, quiero, pero me siento insegura por mi cuerpo". La miré con paciencia y le aseguré "tal como eres, me encantas", ella sonrió, pagamos y salimos del café. Aunque para muchos hombres pudiera ser considerada una mujer con curvas que no merecía la atención, yo no podía evitar pensar en su espléndido trasero, pechos, piernas, en su hermoso rostro redondo con cautivadores ojos verdes y en la pasión que irradiaba, una ardiente pasión que me encendía, su figura de talla grande me tenía cautivado y no iba a dejar pasar la oportunidad de disfrutar su compañía.
Abordamos el metro y continuamos nuestra complicidad en la estación como si solo existiéramos nosotros dos. Alguien bromeó gritando "échenles agua" justo cuando nos bajamos. Conocía un discreto y modesto hotel donde había estado con otra persona, antes de eso, hicimos una parada en Oxxo, compré condones con sabor y unas cervezas. Ella notó los condones y riendo dijo "prefiero el sabor natural". Sonreí en respuesta y ella devolvió la sonrisa, como si fuéramos dos gourmets a punto de disfrutar de un delicioso manjar, ambos ansiosos por el festín que estaba por comenzar.
Ingresamos con ansias a la habitación de hotel y lo primero que hice fue liberar sus imponentes pechos, los acaricié mientras besaba y succionaba sus pezones. Ella mencionó "te gustan, ¿verdad?" y con uno de sus senos en mi boca respondí "me encantan". Pidió que los mordiera suavemente mientras, de forma sorprendentemente ágil, desabrochaba mi cinturón y acariciaba mi miembro con sus manos suaves. Lentamente subí su falda y retiré su ropa interior, antes de proceder, ella solicitó cierta paciencia y se puso de pie para desnudarse frente a mí. Su cuerpo era extraordinariamente hermoso, una belleza primitiva que evocaba a las célebres Venus de la Edad de Piedra. Sus pechos, de copa D, con pezones rosados apuntando al cielo, reaccionaban con gemidos ante cada lengüetazo y succión. Sus amplias caderas marcaban una barriguita que dejaba ver una coqueta ropa interior de encaje, le pedí que diera una vuelta y ella accedió,
Logré divisar su trasero, tan amplio que podría cubrirlo con mis manos extendidas y mi rostro, y aún así sobraba espacio por abordar. Sus prominentes glúteos expandían al máximo esa prenda íntima. Al agarrarla de las caderas, le planté un chupetón en una de sus nalgas, a lo que ella respondió: "¡Eres un goloso!". Continuamos besándonos sin ropas, mientras ella acariciaba mi miembro, sin soltarlo con una mano, y con la otra jugaba con mis testículos. Nuestra respiración se agitaba, yo ansiaba penetrarla, pero antes deseaba comprobar su grado de excitación.
Su vulva lucía cubierta de vello, cálida, empapada. Empecé a estimularla con mis dedos, lo cual provocó gemidos y entrega por parte de ella. Retiré mis dedos y los chupé para saborearla, descubriendo un sabor divino con matices frutales y un toque graso. Ansiaba descender y practicarle sexo oral, sin embargo, ella detuvo mis avances: "Ahora me toca a mí", me tumbó en la cama y de inmediato tomó mi pene en su boca.
Parecía disfrutar tanto que llegué a pensar que mi miembro le sabía a chocolate. Cada vez que lo sacaba, le propinaba palmadas en sus regordetas mejillas, y ella lo recibía de nuevo en su boca, afirmando: "Me encanta el sabor de tu pene". Yo le decía: "¡Cómelo todo!" y la tomaba de la cabeza para introducírselo por completo en la boca. Aunque no era muy dotado, me esforzaba. Sus ojos verdes y lujuriosos me devoraban, su aliento tan próximo y sus caricias en mis testículos casi lograban que me corriera en su boca. Ella continuaba con su pericia. Recorrió mis testículos con su lengua y sentí cómo otra oleada de excitación fluía hacia mi miembro, listo para poseerla con pasión. Le dije: "Ya quiero penetrarte, déjame ponerme condón", ella me lanzó una mirada extasiada y expresó: "Desde que te conocí, fui a colocarme el DIU, métela así", sus palabras actuaron como un afrodisíaco.
Se recostó y abrió sus regordetas piernas, el ambiente se impregnaba de sudor y, al separar las piernas, percibí el embriagador aroma de su trasero, tan dulce como la mantequilla. Me posicioné y encaminé mi miembro hacia su destino. Inicié despacio, sintiendo cada movimiento y el calor en mi glande. "Qué bien te lubricas", le dije mientras ella gemía: "Así me pongo por ti, papacito". Comencé el vaivén con entusiasmo. Sus gemidos delataban su deleite ("¡Ay, ay, ay!"). Elevé sus piernas sobre mis hombros con cierto esfuerzo y la embestí con fuerza y rapidez, cada contacto de mis caderas con sus glúteos era música para mis oídos. Ella gemía con mayor celeridad. Para cambiar, reduje la velocidad y realicé movimientos circulares con mi miembro dentro de ella, su vientre se arqueaba y sus senos rebotaban con cada embestida, apreciando cómo me aprisionaba con su húmeda vagina. Su piel se sentía cálida y húmeda al tacto.
En cada embestida, mi glande se hundía más en su interior. Fue ella finalmente quien tomó la iniciativa y dijo: "Ahora quiero estar arriba". Me recosté y se montó sobre mí. Verla desde abajo me hizo apreciar la divinidad de la carne, casi cien kilos de mujer encima de mí. Me miró con su rostro de niña traviesa, sus hombros adornados con arabescos. Con sus manos guió mi miembro dentro de ella y lo utilizó para estimularse el clítoris. Continuó así por unos momentos hasta que, de repente, se empaló en mi miembro. Sentí otra descarga de sus fluidos mientras se movía hacia adelante y atrás, rozando su clítoris contra mí, sus generosos glúteos presionando sobre mí. Sus senos quedaban a la altura de mi rostro y aprovechaba para succionar sus pezones cada vez que podía.
Inclinó levemente su espalda hacia atrás y adoptó un ritmo constante, emitiendo jadeos ("¡uff, uff, uff!") que aceleraban o desaceleraban nuestro vaivén, mientras yo le propinaba nalgadas y acompañaba su ritmo. A pesar de su peso, se sostenía principalmente con sus propias piernas, y el peso que recaía sobre mí no era excesivo. Sus curvas se movían, pero lejos de provocarme rechazo, me excitaban aún más. Entonces, entre fuertes gemidos, gritó: "Estoy llegando, ay, me vengo".
Sentí una oleada fluida más en su interior y me dejé llevar, liberando una cantidad de esperma aunque sentí que no salió por completo, ella se arqueó hacia atrás y pude sentir una presión en el miembro.
Más tarde, Carola se separó de mí, se recostó y quedamos frente a frente. Introdujo los dedos en su intimidad, visualizó mi eyaculación y expresó “oh, qué delicia que también hayas acabado”. Le di un beso y ella mencionó “espera, aún no me he recuperado por completo”. Me reí y fui por unas cervezas, le entregué la suya. Ella permanecía recostada, pero ahora estaba posicionada de forma que sus glúteos quedaban al descubierto. Aunque seguía muy excitado, primero di dos sorbos a la cerveza. Ella comentó “no puedo creer que estemos aquí”. Dejé mi bebida, me situé detrás de ella cuyo rechoncho cuerpo recostado parecía una colina de carne suave, blanca y sudorosa, esa imagen de una mujer rellenita con las nalgas al aire solo aumentó mi deseo. Entonces me incliné apoyado en mis brazos hasta quedar a la altura de su rostro, inhalé su fragancia capilar, le di un beso en el cuello y le dije “no puedo creer lo atractiva que estás, ¿te encuentras lista para otra vez hermosa?” y ella correspondió diciendo “oh ¿tan pronto? bueno, supongo que sí, ¿así?” y movió sus caderas para rozar mi miembro, con una mano guié mi miembro hasta introducirlo en ella, soltó un chillido, seguía muy lubricada. Una vez dentro, tuve la mejor vista de todas, ese descomunal trasero, esas nalgas blancas y rellenas listas para empezar un erótico recorrido, suaves como duraznos, mullidas y al propinarle una fuerte nalgada, ella gritó y se excitó.
Me propuse dar lo mejor de mí, para esto había estado ejercitándome con cardio y abdominales. Traté de ser gentil y estar pendiente de sus reacciones. Jugué con su cabello y seguí penetrándola. Sus glúteos rebotaban y ver su piel vibrar al compás de mis embestidas me excitaba sobremanera. No es que lo tenga grande pero se defiende y en esta posición se sentía como un impulso adicional que hacía mi miembro más grueso y sus gemidos más intensos, como los de una felina en celo (“au au au”). Crucé mis manos sobre la base de sus nalgas y al mover mi cadera hacia arriba, sentía cómo su intimidad me apretaba con más fuerza, debía hacerlo al ritmo adecuado para no salirme, sus gemidos eran melodía celestial. La penetré con cierta intensidad, casi brusquedad, algo que desconocía en mí, seguí embistiéndola una y otra vez, tan lubricada, tan carnosa. Ya estaba a punto de explotar de placer. Ella movía su trasero de forma frenética, yo acariciaba sus glúteos, palmeaba sus carnes. Casi al límite, finalmente, exclamé “voy a eyacular” y me desahogué dentro de ella con intensidad. Sentí cómo el semen salía en un torrente y ella gemía diciendo “oh, qué placentero, qué placentero” y cuando creí que había acabado todo, experimenté otra expulsión más. Luego, agotado, me desplomé a su lado. Jadeaba y ella también se recostó de espaldas. La euforia alcanzada me sumió en un estado de ensimismamiento, por unos instantes me quedé tumbado mirando al vacío. Estaba feliz, muy feliz. Le expresé “esto es increíble, me encantas”. Ella tomó mi mano, la colocó sobre su pecho, y la guió entre sus pechos diciendo “siente mi corazón”. Percibí un latido potente y acelerado. “Ahora me siento culpable, pero si deseas saber la verdad, todo esto es tuyo, tantas veces como quieras, no me importa que tengas novia” mencionó mientras recorría su cuerpo con la mano y luego chupaba uno de sus dedos.
Llevábamos casi hora y media en el hotel, afuera ya había oscurecido. No quería marcharme de allí. Anhelaba a Anette, pero esa experiencia con Carola era algo fuera de lo común. Quizá en ese instante debí ser más sincero y dejar a Anette, pero en aquel momento opté por un camino más sencillo y le pregunté “¿todo esto es mío?” apretando sus pechos, acariciando su abdomen. Era como un sueño hecho realidad. Ella me besó y con una mano volvió a tomar mi miembro flácido y a jugar con él. Como si fuera una niña manipulando plastilina mientras me besaba. Me dejé llevar por los besos y las risas.
y ella se inclinó para realizar sexo oral otra vez.
A diferencia de lo que pensaba, se volvió a poner erecto sin dificultad. Esto rara vez me sucedía. Solía ser un hombre de tardar en recuperarse después de eyacular y esperar unas horas. Esta mujer despertaba en mí niveles de excitación que iban más allá de mi comprensión. Nunca antes me había acostado con una mujer tan corpulenta y ahora ella me estimulaba el miembro viril con gran entusiasmo. Lo lamía y succionaba con dedicación. "Como una tutsi", pronunció mientras le daba chupetones a la punta de mi miembro. Me sentí con energía para tener relaciones nuevamente, a pesar de estar exhausto. Antes de preguntar, ella empleó sus grandes pechos para hacerme una masturbación cubana. Sentía cómo se endurecía entre sus senos, mientras yo le acariciaba y apretaba los pezones. Ella adoptó una actitud de chica tímida y me miraba con sus ojos verdes mientras me preguntaba "¿te gusta?" Comencé a experimentar otra oleada de excitación, pero yo deseaba penetrarla, así que le expresé: "Quiero eyacular dentro de ti". Ella rió. Le indiqué que se pusiera de costado y, con mi cuerpo en un ángulo, comencé a penetrarla de nuevo. Al principio no estaba tan lubricada como antes, pero pronto sentí la cálida bienvenida de su vagina.
Esta vez fui más pausado, pero constante. Siguiendo el frenesí del momento, me atreví a decirle: "Me encantas, ¿quieres ser mi amante?" y ella se excitó ante mis palabras, respondiendo con un "soy tu amante voluptuosa". El ritmo estaba marcado por el sonido de sus nalgas chocando, un constante "paf paf paf" entremezclado con gemidos. Le expresé: "Me volveré adicto a tus glúteos" y ella replicó: "Yo ya soy adicta a tu miembro viril", le propiné una palmada en sus nalgas y aceleré el ritmo, comentándole: "Me encanta escuchar cómo gimes de placer", a lo que ella respondió con más gemidos y mayor humedad. En ese momento sentí que estaba listo para eyacular, así que le dije: "Ahora te llenaré de semen" y ella respondió: "Sí, por favor, papi", mientras experimentaba un intenso orgasmo que provenía desde lo más profundo de mis testículos. Grité con el éxtasis de la descarga y ella se contorneaba con cada espasmo, como si su cuerpo estuviera exprimiéndome por completo.
Le pregunté: "¿Quieres que te ayude a llegar al orgasmo con mis dedos?" y ella asintió. Abrí sus piernas y comencé a masturbarla con destreza usando mi dedo anular y medio, los cuales ya tenían experiencia gracias a Anette, mientras besaba sus pies. Escuché cómo me decía: "No pares, casi estoy ahí", luego exclamó: "Me estoy corriendo" y sentí cómo apretaba mi mano con fuerza, viendo cómo se tensaba, estiraba los dedos de los pies, arqueaba su cuello hacia atrás y con la boca entreabierta gemía un "ohhh" al tiempo que sentía cómo se derretía en mi mano.
En un instante eterno nos quedamos tendidos en la cama. Su orgasmo la dejó exhausta y a mí apenas me quedaban fuerzas para mantenerme despierto. Antes de que nos ganara la oscuridad, le dije: "Ya son las 9:30, no quiero irme". Con una sonrisa cómplice, ella respondió: "No es necesario, total, no vivimos juntos, ¿o sí?" Rápidamente ideé una excusa para contarle a Anette. Si preguntaba, le diría que estaba con mis amigos. Después de todo, ella no se llevaba bien con esos tipos. Le pregunté: "¿Estás segura de que quieres quedarte aquí? Mañana hay que trabajar".
Ella se sorprendió por la interrupción de nuestro momento y me preguntó: "¿Entonces, qué sugieres?" Le dije: "Salgamos de aquí y en el camino pensamos, ¿tu casa es una opción?" Su rostro se iluminó de satisfacción al responderme: "¡Claro que sí! Vivo con mi hermana y en estos momentos no está, se fue de viaje esta semana. Iba a sugerirte mi casa, pero nunca he venido a un hotel y pensé que sería emocionante ser infiel aquí". Me reí y disfruté de ese comentario, lamentando la situación con Anette, debía terminar con ella rápidamente antes de que mi aventura con su amiga corpulenta le causara dolor.
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