A partir de estas narrativas, redactaré de forma autónoma, es decir, aunque continuaré relatando los hechos de manera secuencial y los nombres y acciones previas seguirán influyendo en la historia, intento que cada uno pueda ser comprendido por separado.
Tras la ruptura con el primer individuo que me puso los cuernos (un colega de mi esposa, profesor en la escuela donde ella enseña), ella mantuvo una comunicación muy provocativa con sus antiguos compañeros de la universidad y preparatoria (Armando y Darío, respectivamente); sin embargo, no se decidía a encontrarse con ellos, argumentaba que era demasiado pronto, yo la alentaba, mencionándole que Eder no había sido su novio ni una relación, ella entendía pero sentía que era prematuro, luego me confesaría que se sentiría muy incómoda al salir con ellos tan pronto.
Además de eso, mi cónyuge estaba muy ardiente, prácticamente todos los días teníamos relaciones, aunque la rutina era más o menos la misma; yo la excitaba con mi lengua, luego la penetraba, mientras ella me insultaba y decía cosas muy libidinosas (llamándome cornudo, diciendo que no sentía mi miembro viril, que era diminuto como el de un niño, que además de ser cornudo era un insensato, que además de tener un miembro pequeño era un impotente que no duraba ni 2 minutos, que no era un verdadero macho, que era un pobre cornudo) esto me hacía acabar en menos de 3 minutos (tal como mi esposa expresaba), ella me ordenaba descender y hacerla culminar con mi lengua, y luego limpiar toda la eyaculación que le derramaba, diciéndome: "mira, cornudo insignificante, arrodíllate en tu lugar, con tu lengua entre mis muslos como solo un tonto puede hacerme acabar".
Bajaba de inmediato y en efecto la hacía culminar mientras la limpiaba por completo. Debo ser sincero, mientras mi esposa me insultaba, me excitaba en gran medida, tanto que provocaba que acabara demasiado rápido, pero me sentía mal, temía que me abandonara, porque me hacía sentir poco viril, yo tomaba todas sus palabras en serio, pero la excitación predominaba. Así transcurrió la primera semana después de la "separación", pero el sábado en la noche, luego de finalizar y estar limpiando su zona íntima, ella estaba particularmente excitada, entonces me dijo algo que superó con creces todos los insultos previos, afirmó que era su pequeño cornudo marica, en ese momento decidí detenerme y le dije que necesitábamos conversar, ella se desanimó porque estaba a punto de alcanzar el clímax, pero accedió, le expresé mis inseguridades, mencionándole que aunque algunos comentarios me parecían excitantes, también resultaban humillantes, y temía que se distanciara de mí, que me abandonara en cuanto encontrara lo que ella consideraba un verdadero macho.
Creí que reiría o se molestaría, pero mi sorpresa fue enorme cuando acarició mi rostro, me miró con ternura y aseguró que no me preocupara, que me amaba más que a nada, que era el padre de sus hijos y que me revelaría la verdad, comentó que en realidad no le parecía que tuviera un miembro viril pequeño, al contrario, aunque el de Eder era efectivamente más grande, en realidad no lo era tanto, y que en cuanto al grosor estaban más o menos iguales, que estaba muy satisfecha con nuestras relaciones íntimas, que la pasión que le ponía a pesar de durar poco tiempo, compensaba plenamente, que aunque Eder duraba mucho más (y eso le ocasionaba dolor) no lo hacía con la misma intensidad, que lo que le atraía de él era su trato, en resumen, que era muy competente en la intimidad, que le proporcionaba sexo oral de forma incomparable y que cada vez lo hacía mejor, que siempre alcanzaba el clímax conmigo; tras decirme esto, comenzó a besarme.
Por consiguiente, le cuestioné por qué emitía esos comentarios si en verdad no los sentía o creía, a lo que ella explicó que lo percibía como parte del juego, del rol asumido, que así como la excitaba ser humillada y tratada como una prostituta (aunque en la vida real no permitiría que eso sucediera, ya que era exitosa y profesionalmente capaz), también le encantaba hacerlo conmigo; sabía que contaba con la confianza para ello, y que solo pensar en los insultos que me diría la excitaba completamente, sin que eso implicara que yo fuera lo que decía. Después de un breve silencio, ella tocó mi miembro y expresó: "El problema aquí parece ser tu mente, porque a tu amigo le agrada todo esto; ¿por qué no terminas tu tarea, cornudo maricón? ocupa tu lugar como el pendejo que eres". De esta manera, continué con la situación, confiando en que ella no solo me amaba, sino que disfrutábamos plenamente de esta vida sexual en común.
Tras esa conversación, las cosas mejoraron notablemente. Había comprendido que la humillación nos excitaba a ambos, fortaleciéndonos en lugar de separarnos. Me sentí liberado, ya que podía expresar libremente mis más oscuras fantasías y deseos de una manera cómoda (incluso desconocidas para mí, ya que en el ardor del momento decía cosas sorprendentes). Durante la siguiente semana, mantuvimos relaciones sexuales diarias y nos entregamos por completo; mi esposa continuaba insultándome plenamente, con la confianza de que no me molestaría, sino que lo disfrutaría. Incluso llevó la situación al extremo de corregirme con fuertes golpes si cometía algún error durante el sexo oral, diciéndome: "Así no, pendejo, aprende a complacerme como el buen cornudo pito chico que eres". ¡Eso me excitaba aún más!
Llegamos a tener hasta dos encuentros sexuales al día (donde eyaculaba en ella dos veces y luego me veía obligado a limpiarla en ambas ocasiones). Con mayor desinhibición, le pedía que no me hiciera sufrir más, y la animaba a entregarse a otro macho de verdad, deseoso de ser "alimentado" con leche masculina. Incluso mencionaba lo mucho que extrañaba verla después de ser "destrozada" por hombres que sabían satisfacerla, prefiriendo limpiar sus "agujeritos" complacientes en lugar de penetrarla yo mismo.
Tras una sesión especialmente intensa, en la que recibí bofetadas e incluso me senté en mi cara, debido a que se había cansado de mi torpeza al limpiarla, comenzamos a hablar sobre nuestras fantasías. Le confesé mi deseo de presenciar cómo era usada plenamente y ser sumiso, mostrándole a su amante lo feliz que estaba de que se acostara con mi esposa frente a mí. Por su parte, ella compartió dos fantasías: la primera, más convencional, era ser la "putita" de su jefe (ante lo cual sugerí el nombre del director de la escuela donde trabajaba, aunque ella mostró incomodidad al ser mayor); la segunda fantasía, mucho más intensa y detallada, consistía en tener relaciones con seis hombres de forma rotativa, sin que estuvieran presentes en la habitación,
Aquel lugar estaba destinado únicamente para ella, el macho de turno y yo arrodillado a su lado, esperando a que uno de los hombres terminara de utilizarla para que ella me ordenara inmediatamente limpiar y aliviar un poco la abertura que había sido usada. Debía indicar al siguiente hombre que pasara a usar a mi esposa. ¡Uf, eso realmente me excitó y sorprendió! Le pregunté de dónde la había sacado y ella comentó que no lo sabía, pero que incluso se había masturbado imaginando la escena, los seis tipos y yo como su fiel cornudo, limpiando y hablando con los demás.
Dentro de esa semana, también le pregunté sobre sus experiencias sexuales pasadas. Me sorprendió descubrir que no había tenido muchas; perdió su virginidad con un primo que venía de Estados Unidos y su exnovio anterior a mí. Con su primo, tuvo experiencias que sí le gustaron. Durante tres años, el cabrón se la cogía cada vez que venía de Estados Unidos. Me contó que la primera vez fue una semana antes de su fiesta de quince años. Su primo acababa de llegar de Estados Unidos para dicha celebración y aprovecharon que los padres y hermanos de mi esposa salieron al centro de la ciudad a comprar cosas para la fiesta. Entraron a su habitación como cuando eran niños, pero ya no lo eran. Su primo la abrazó por detrás, mi esposa fingió estar dormida pero sintió claramente su pene en su trasero. También me dijo que le gustaba sentirlo. Su primo comenzó a tocarle los senos y a restregarle su paquete. Le susurró al oído: "Sé que estás despierta, si quieres que continúe, no hagas nada". Y mi esposa no hizo nada. Él la acarició por todo su cuerpo, senos, nalgas, piernas, y mi esposa empezó a gemir. Entonces su primo se inclinó para hacerle sexo oral. Mi esposa no sabía qué hacer, entonces su primo le dijo: "Vamos, te ha gustado todo, estás mojada". Entonces ella comenzó a gemir. Luego le abrió las piernas y la penetró. Me dijo que le había dolido mucho, pero que fue de manera abrupta, sintió como un pinchazo muy doloroso, pero después comenzó a sentir placer. Su primo estuvo bombeando por un buen rato hasta terminar en su vientre.
Ella no está segura si esa primera vez terminó, pero en las siguientes semanas su primo se aseguró de tener relaciones casi a diario, aprovechando cualquier momento en el que estuvieran solos. Incluso en su fiesta de quince años, la poseyó con el vestido incluido. Fue ahí donde le enseñó a realizar sexo oral y la tomó por detrás. Sin embargo, me contó que siempre fue muy responsable y nunca terminaba dentro de ella, siempre fuera, en su vientre o nalgas. Cuando le enseñó a practicar sexo oral, él acababa en su boca. También me dijo que cada vez que él venía de Estados Unidos, ella le daba su cuerpo siempre que pudiera, disfrutaba de hacerlo con él. Aunque cree que le había gustado por ser sus primeras experiencias, dejaron de verse después de que él se enlistara en el ejército de Estados Unidos.
El otro hombre en su vida fue su exnovio de la universidad, con quien el sexo no le satisfacía realmente. Aunque duraron 4 años juntos, el sexo nunca fue placentero, ya que era muy conservador y miedoso. Solo practicaban la posición del misionero y no realizaban sexo oral mutuo, consideraba que era asqueroso. ¡No podía creer que aún existieran hombres así! También me contó que casi lo viola la primera vez porque él quería esperar hasta el matrimonio.
Una semana más tarde, quedó de verse con su excompañero de preparatoria, Darío, pero eso lo contaré en el próximo relato.
Continuará.
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