Hoy toca ir al supermercado con mi esposo a comprar en el mercado cercano a casa. Ambos somos maestros en una institución educativa para adultos que requieren alfabetización, personas a partir de los 20 años.
-¿Desea que le lave la camioneta, patrón?- Pregunta uno de los lavacoches del supermercado. La sonrisa se desvanece al reconocerme, ¡Es Luciano! Un antiguo alumno de mi marido con quien salí en una ocasión antes de casarme. Mi esposo, obviamente, no sabe nada al respecto. Nuestras miradas se cruzan por unos instantes, trato de recordar por qué acepté salir con alguien casi 60 años mayor que yo. "No, gracias", responde mi esposo mientras nos observa, intentando descifrar qué está sucediendo.
Una extraña mezcla de emoción, nerviosismo ¿o alegría? me invade, y estoy segura de que a él le sucede lo mismo, pues lo observo de reojo, siguiéndome con la mirada a pesar de que su esposa está a su lado, mirándome con desconfianza. De vez en cuando, paso por los pasillos y, sin darme cuenta, busco su figura a través de los gruesos cristales de las ventanas, pero sin éxito.
Concentrada en mis tareas de ama de casa, de repente siento su mirada y sé que es él. Es ese tipo de mirada que deseas sentir sin querer, que te eriza la piel. Una sensación extraña recorre mi espalda, poniendo todos mis sentidos en alerta. Me giro para buscarlo entre la multitud que nos separa. Parecen minutos, o quizás solo unos segundos, que se hacen eternos hasta que finalmente lo localizo. Sostenemos la mirada por un instante, mi marido nos observa, nos miramos fijamente. Veo a los vestidores, mi esposo interrumpe sacándome de mi concentración, me dirijo hacia Luciano. Él le dice algo a la encargada mientras yo entro en el vestidor que está cerca de las cajas.
Mi esposo me alcanza y me entrega un conjunto de lencería negra de encaje, al terminar, me sugiere que lo llame. No sé qué decir, ¿terminar qué? En ese momento, aparece Luciano. Mi esposo le pide a la encargada que lo acompañe, dejando libre la entrada. Entiendo el mensaje e ingreso al último vestidor, dejando la puerta entreabierta. Luciano se acerca, le sonrío. Ingresa lentamente, con el corazón latiéndole fuerte, al igual que el mío. Observa mis senos, que ya están erectos. Tardo un segundo en mirar la lencería que mi esposo me ofreció, negra y brillante, demasiado provocativa y hermosa. Levanto la vista, lo miro a él, luego a la prenda, de nuevo a él, y otra vez a la prenda. La aparto a un lado y comienzo a quitarme la ropa para probármela, dejándole ver mis senos. Un ligero temblor se apodera de sus labios. Observo su entrepierna y la prominente carpa que se forma debajo de sus pantalones, siento un estremecimiento al ver su reacción.
La última vez quedó algo pendiente, le comento mientras me coloco lentamente la lencería sobre los hombros. El roce de la tela me estremece. Finalizo colocándome el liguero y la tanga, luego me miro en el espejo. Todo encaja a la perfección, como si estuviera dibujado sobre mi piel.
Se acerca y sus manos acarician mis senos, yo jadeo al sentir su erección presionando contra mis nalgas.
¿Qué diría tu marido si nos viera así?- Me pregunta, al tiempo que toma mi cabello con ambas manos y lo recoge. Sus dedos acarician mi cuello con suavidad, inclinando su cabeza sobre mi hombro por detrás, dejando que nuestras caras se reflejen juntas en el espejo. "No lo sé, ¿le preguntamos?" Respondo, mientras sus labios dejan un húmedo beso en mi cuello, haciéndome estremecer. Nuestros ojos se encuentran en silencio mientras.
A través del reflejo en el espejo, le regalo una sonrisa sugerente. Mi amante me da la vuelta, desata el lazo que sostiene la delicada prenda y comienza a acariciar mis pechos.
Dejo escapar gemidos al sentir su boca húmeda, rebosante de erotismo. Chupa mis pezones con destreza, los muerde, los jala para succionarlos y lamerlos sin pudor. Siempre quise probar tus pechos, murmura, atacando con entusiasmo. Acaricio su cabello gris con mis manos, permitiendo que mis pezones queden al alcance. Luego, me gira hacia el espejo para que nos veamos claramente. Con suavidad, me empuja contra el espejo, separa mis piernas con ternura y sube el negligé hasta mi cintura. Me siento sexy, estimulada, al quitarme la diminuta prenda, comienza a besarme la espalda con deleite. Me deja apoyada en el espejo mientras observo cómo saca su impresionante miembro, finalmente lo veo en toda su plenitud: grande, firme, desafiante. Retira mi tanga, la aparta a un lado, se coloca frente a mí y frota la entrada de mi vagina en mi humedad, agarrándose a mis caderas. Jadea como un perro, casi siento que se me escapa el alma cuando desvío la mirada hacia la puerta y veo a mi marido observándonos, inmóvil. Intento apartarme justo cuando Luciano entra en mí, gimo con fuerza pero trato de liberarme. Mi esposo me indica que no haga nada, sonríe dispuesto a disfrutar del espectáculo, haciendo un gesto de silencio.
¿Quieres que te penetre? Pregunta Luciano, acercando su miembro a la entrada de mi vagina con una lentitud impactante.
Por favor, hazlo, tómame, lo deseo desde hace tiempo
Me premia con una sonrisa, separa mis nalgas y entra bruscamente, sacándome un suspiro. No puedo visualizar completamente la longitud y el grosor de su miembro, siento cómo llena mi útero, martillando mi interior una y otra vez.
Gimo extasiada, sí, mi amor, sí, qué delicia, ah. Comienza a acariciar mi clítoris expuesto mientras me embiste, tirando de mis labios menores y esparciendo mi flujo. Nuestros ojos se encuentran en el espejo, murmura "mírame" con una sonrisa en el rostro.
Mientras continúa con sus embestidas, sus manos suben a mis pechos, acariciándolos suave y constantemente. Pellizca mis pezones, los retuerce con fuerza. Gimo entregada mientras me penetra con intensidad.
Muerde mi lóbulo izquierdo al ver mi expresión de excitación en el espejo.
Así, mi vida, qué grande la tienes, qué placer. Me quejo extasiada mientras observo a mi marido masturbarse por encima del pantalón. Luciano me indica que me arrodille frente a él, obedezco mientras se masturba apuntando a mis pechos. Una oleada de semen cae sobre ellos, salpicando un poco en la comisura de mi labio. Paso la lengua para no perderme el sabor del semen fresco.
Luciano gime excitado, mi marido disfruta de la escena, retorciéndose y agarrándose a la puerta mientras se masturba frenéticamente. Luciano pone su miembro aún firme entre mis pechos para liberar su leche tibia, estoy tan excitada que quiero que me monte de nuevo.
Lucio, ¿estás ahí? Se escucha una voz femenina desde afuera.
Mi amante me hace una señal de silencio al empujar su miembro hacia mis labios para que los limpie, lo hago de inmediato, succionando y disfrutando de ese último momento de placer. Me sostiene así por unos instantes, hasta que su miembro se vuelve flácido en mi boca. Luego me aparta y guarda su miembro en su pantalón, se inclina y besa mis labios impregnados con su sabor, mientras mi marido se retira sigilosamente. Luciano me da un último beso antes de salir, dejándome arrodillada allí, mientras él va en busca de su esposa. En ese momento, mi móvil suena: es un mensaje de mi marido diciéndome que ya puedo salir sin problemas. Me visto rápidamente y salgo, sonriendo.
para terminar de disfrutar las compras.
Parte 2:
Mi relato no difiere mucho de los que se narran en este tipo de espacios, soy una mujer, docente en una institución educativa para adultos, de 28 años, atractiva e interesante, de tez clara, 1.57 m de altura, con cabello rubio natural, hermosos ojos azules como el cielo, una sonrisa encantadora que muestra mis dientes perlados, con un cuerpo bien cuidado, con senos grandes pero no exagerados, una cintura plana y estilizada, un trasero redondeado y bien formado y unas piernas muy bien definidas, en resumen, la envidia de las mujeres y el sueño de todo hombre, casada con el director de la institución educativa, dos años mayor que yo. La mayoría de las personas, incluyendo mi familia, se preguntaban por qué me había casado con él, a pesar de ser atractivo, tener buenas maneras y una buena familia, era reservado, sumiso, algo cobarde e inestable. Ahora descubro que también es perverso o enfermo, ya que permitió que su esposa fuera manoseada por otro hombre en un probador de un centro comercial.
Después de ese incidente, no tocamos el tema, seguimos con nuestras vidas, quizás pensando que hablar al respecto sería contraproducente. Es viernes y para empeorar las cosas, nuestro auto se descompuso, así que caminamos hacia la parada del autobús que pasa por la institución. Al llegar, los alumnos, en su mayoría mayores, nos ceden el paso para subir al autobús que ya está casi lleno de personas de otros barrios. Como puedo, me abro paso hasta el centro, agarrándome del pasamanos de un asiento, ya que no llego al tubo del techo.
De repente, me veo rodeada de personas, todas apretadas, mirándose unas a otras para no caerse mientras el autobús brinca por los baches en la carretera. En medio de la multitud y el movimiento, percibo la presencia de alguien justo detrás de mí, no de manera respetuosa como cuando alguien se coloca detrás de otro, sino con una confianza excesiva que me hace sentir incómoda. Doy un paso adelante con gesto de molestia, pero la persona da un paso adelante también, dejándome claro que no me dejará en paz. Pasados unos minutos, siento claramente sus manos en mis caderas.
Por un instante pienso que es mi esposo, pero no, él está al otro lado conversando con otro maestro de la institución. Retiro mi cuerpo con firmeza y le menciono en voz baja a mi esposo que alguien me está tocando, pero como siempre, él solo sonríe y sigue con su plática. Después de unos minutos, siento nuevamente esa presencia detrás de mí, poniendo su mano en mi trasero firme y redondeado, acariciándolo lentamente sobre mi minifalda azul de mezclilla ajustada a mis curvas. Observo de reojo y confirmo que es la misma persona, un hombre mayor, gordo, feo, maloliente, un poco más alto que yo y con una gorra del América, para colmo.
El individuo sigue mirando al frente como si nada sucediera, con su mano en mi cadera, acariciándome de un lado a otro. La situación no me agrada en absoluto, no sé si sentir miedo o vergüenza. Miro a mi esposo, quien continúa sonriente y absorto en su conversación. En lugar de enfrentar al hombre, me desplazo hacia atrás, pegándome a su cuerpo. Por un momento se queda desconcertado. La incertidumbre es agobiante, ¿se atreverá o me dejará en paz? No pasa mucho tiempo antes de que se acerque más, su rostro justo encima de mi cabeza, sin dejar de tocar mis nalgas. Aprovechando la multitud del autobús, siento cómo empieza a acariciar por completo mi trasero con sus manos gruesas y cálidas como si nada estuviera ocurriendo. Sigo agarrada con una mano al pasamanos del autobús.
y en la otra mis cuadernos y libro de asignaturas, sintiendo cómo este individuo afortunado amasa y aprieta mis posaderas una y otra vez.
En un movimiento veloz retira sus manos para dar paso a su abultado miembro restregándolo contra mí, es evidente que el individuo está excitado y erecto, aferré mis cuadernos contra mi pecho entrecerrando los ojos decidida a saber hasta dónde llegarían los límites de este osado caballero, coloca su paquete en la curva que se forma entre mi cintura y la cadera, es increíble sentirlo, comparado con el de mi esposo es más extenso y fornido, por mucho, se sitúa exactamente a la mitad de mis nalgas de inmediato siento emanar ese agradable calorcito que tienen los penes respondo levantando mis caderas apoyándome sobre el tacón de mis botas pero el bullicio de la gente hace casi imposible nuestro acople.
Pensando en que nos puedan descubrir, discretamente tomo el miembro con la mano muy firmemente por encima del pantalón y comienzo a restregárselo contra mi cuerpo, desplazándolo desde mi cadera hacia mi cintura y viceversa amasándolo, acariciándolo, masturbándolo enérgicamente aprovechando el movimiento del camión ya que hay un tramo de terracería y baches por donde transitamos, el individuo de repente eyacula en mi mano, es tanta la cantidad de semen que comienza a filtrarse por la tela del pantalón y se mancha en mi mano y mi falda, la mirada de mi esposo me saca de mis pensamientos, limpio el semen en mi chamarra y continúo el viaje a casa mientras el individuo se abre paso hacia el fondo del camión.
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