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Marcela la vecina de al lado


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Aunque podría parecer una dama refinada y amable, la mujer de la que hablaré a continuación despertó un fuerte deseo en mí.

Lleva gafas con aumento que le dan un aspecto reservado, unos labios ligeramente aumentados con colágeno que resultan irresistibles. Su mera presencia despierta instintos sexuales. Debe tener alrededor de cuarenta y pico de años y se nota que cuida en exceso su cabello rubio con la planchita. Es evidente su obsesión por el cuidado de su cabello, así como de sus manos y pies. Y ni hablar de su físico... tiene un abdomen plano, mide 1.73 de altura, unas piernas hermosas, juega hockey como hobby en un club amateur y participa en un equipo de "Mami Hockey", formado por madres del colegio y otras chicas. Mantenerse en forma practicando deporte, asistiendo fervientemente al gimnasio, además de clases de pilates y sesiones en el centro de estética, es primordial para ella.

Marcela es sin duda una mujer atractiva que cualquier hombre desearía. Pero analizándola de forma más mundana y con ojos lujuriosos, lo mejor es su trasero redondo, carnoso y firme. (Me excito solo al imaginarla tumbada en la camilla del centro de estética desnuda, con una diminuta tanga negra que resalta sus curvas).

Luce uñas esculpidas y he notado que a veces lleva anillos en los dedos de los pies, lo que le da un toque fetichista perfecto.

Supe que estuvo casada y tuvo dos hijos varones de esa relación, hoy adolescentes: Nicolás y Joaquín, y también una niña llamada Francesca de 4 años con su nueva pareja, un hombre mucho más joven que ella, alrededor de 25 o 30 años, que es anestesista de profesión.

Hace poco me mudé al actual edificio y coincidí con la mujer de mis fantasías. Siempre me han excitado las mujeres maduras y elegantes.

El día de mi mudanza acabé exhausto, un desastre total. Estaba tan cansado que después de dos cervezas dejé el colchón en el suelo y me dormí. Alrededor de las 12 de la noche, unos gemidos desde el piso de abajo me despertaron. Aparentemente, mi vecina (a quien aún no conocía) estaba disfrutando de un momento íntimo intensamente. Me desabroché el pantalón, tomé mi miembro y me masturbé al ritmo de los gemidos de la vecina de abajo.

Un gemido más fuerte indicó que ella había alcanzado el clímax, y al mismo tiempo parecía que su pareja también lo había logrado.

Intenté seguir escuchando, pero todo se detuvo ahí. Quedé fascinado por la forma en que gemía esa mujer.

Los días pasaron, y aunque utilizaba el departamento solo para dormir ya que pasaba todo el día trabajando fuera, escuchar a la pareja de abajo se convirtió en mi fetiche.

En la tercera noche, la acción regresó. Aunque estaba viendo una película en la televisión y me había olvidado de prestar atención, bajé el volumen cuando percibí que algo excitante estaba sucediendo abajo. Era fin de semana y la noche parecía perfecta para la pasión. Los escuché riendo cómplicemente; ella claramente deseaba hacer el amor. Reduje el volumen de la televisión y el hombre suspiró...

– ¡Ay, Marce, qué bien! –La mujer lo complacía de manera exquisita, era evidente que sabía cómo satisfacerlo. Parecía que su boca no se cansaba, continuó realizando sexo oral durante un buen rato. De repente, un sonido peculiar llamó mi atención: unos intensos golpes me hicieron saltar como un resorte.

Al parecer, su marido la puso en posición y estaban entregados a la pasión, serían alrededor de la 1:20 de la madrugada.

Qué sonido producían esas posaderas, pero ella no dejaba escapar ni un suspiro cuando se oyeron unos fuertes golpes en las nalgas. Por instinto, deduje que la estaba sujetando del cabello y tapándole la boca. El individuo estaba fuera de sí, como si estuviese poseído, tomándola con gran intensidad... me pareció un poco violento.

La situación se calmó por un momento, ella con gran destreza se liberó y volvió a practicarle sexo oral. Era todo una diosa haciéndolo, ya que su afortunado compañero de cama la estaba pasando en grande. Después volvió a penetrarla, pero esta vez ella estaba encima, dominando la situación. Fue entonces cuando empezaron a escucharse susurros, para empeorar las cosas, la cama hacía ruido... ¡uf! ¡Qué excitado me puse!

El marido le decía –termina, termina– y la penetraba con fuerza, pero ella seguía manteniendo el control absoluto de la situación. Cuando sus gemidos se hicieron más intensos, supe que los tres íbamos a llegar al clímax al mismo tiempo. ¡Cómo gemía esa mujer! Tuvo un orgasmo muy intenso.

Un prolongado gemido y un –¡Amor, terminé! – casi sin aliento por el tono de su voz. Estaba satisfecha.

Intercambiaron besos apasionados y hubo risas al final. Me alivié con mis propias manos debido a esa situación.

El sábado por la mañana no trabajé. Fui de compras y al regresar me quedé conversando con Raúl, el encargado del edificio. Mientras hablábamos, vi llegar una mujer espectacular en bicicleta, era una milf rubia con el cabello recogido, gafas de sol, leggings negros con una franja gris en los laterales, zapatillas deportivas y medias por los tobillos. El portero, más excitado que yo, la saludó con un "Buen día, Señora Marcela", ella le respondió amablemente y empezaron a charlar.

Durante la conversación de ambos, desvié mi mirada hacia el pequeño asiento de la bicicleta, el cual parecía muy pequeño para su enorme trasero. Me daba la impresión de que ese asiento pequeño y duro la atacaba, era imposible que no se introdujera todo al andar.

En ese momento, se me puso erecto, tenía la polla muy dura pero apuntando hacia arriba, con la cabeza deseosa de salirse del pantalón.

Para empeorar las cosas, ella quedó parcialmente agachada. Aunque no se agachó por completo, sus manos sujetaban el manillar y la punta del asiento se introducía en su impresionante trasero marcado debajo de su camiseta blanca, y ella no parecía inmutarse, como si disfrutara teniendo algo dentro de su trasero. Sospeché que se dio cuenta de que la estaba observando y su voz sonaba sensual, casi como la de una locutora de radio (mientras Raúl, el portero, no apartaba la vista de esas piernas mientras le hablaba; ella tenía la pierna derecha flexionada sobre el pedal y con su pie izquierdo apoyado en el suelo sostenía el peso de su cuerpo. Yo estaba un poco más atrás, observando ese asiento negro cuya punta se metía de manera impresionante en su trasero (fantaseé con que era el miembro de un hombre penetrándola).

Y me pregunté a mí mismo: ¿habrá tenido relaciones con algún hombre de color? Y al imaginar eso, mi polla se puso al 100 por ciento erecta; quería salirse del pantalón, pero la rubia actuó como si no se diera cuenta y continuó conversando con el hombre. Se bajó de la bicicleta, se despidió del portero y entró al edificio.

El hombre me miró con picardía y me dijo –Es la Doctora Rodríguez, tu vecina de abajo... ¡Qué mujer tan hermosa!–.

¡No podía creerlo! Esa mujer era la misma que gemía intensamente.

¿Marcela Rodríguez? Le pregunté, con el corazón latiendo rápido, y él respondió que sí, que se llamaba Marcela, ¿la conoces de algún lado, chico?

Regresé a mi departamento y me masturbeé. La escena que presencié afuera me excitó sobremanera. Ese cuerpo, ese trasero macizo, redondo, carnoso, bien formado, su cabello, su piel, era una mezcla peligrosa que incitaba a la masturbación, con el añadido de descubrir que era la misma mujer que tenía sexo salvaje en el piso de abajo y gemía tanto como para despertar a todo el edificio.

Puse la oreja en el suelo, pero solo escuchaba su voz junto a la de su hija Francesca. Él realmente amaba a esa niña, ¿será porque la tuvo en sus años de plena madurez?

Mostraba una devoción especial hacia su niña, no obstante, con los dos adolescentes era más estricta en su trato. Los hijos mayores no estaban en casa, uno fue al club y el otro salió con compañeros del colegio, por lo tanto solo ella y la niña estaban en casa.

Por la tarde, el marido regresó aparentemente después de jugar al fútbol con amigos. El muchacho parecía estar muy excitado, ¿sería porque su equipo ganó? Se le escuchaba exultante. Además, quién sabe cómo su esposa lo estaba esperando, probablemente con ropa casual debido a estar relajada en casa. Se dirigieron a la habitación y estaban en pleno juego erótico.

Lo llamaba "Mi campeón" constantemente.

Lo habría llevado en brazos a la habitación a base de besos y al parecer lo acariciaba de forma intensa; entre risas cómplices, Marce pronunció un "¡Ay, noooo!..." pero era un NO falso, un NO que en realidad significaba sí... Sigue... ¡dame placer por completo!

Cuando ella le dijo con voz sensual: "Bueno... solo sexo oral y nada más".

Se escuchaba claramente, como en alta definición, la estimulación oral que la doctora Marcela le estaba proporcionando a su marido.

Yo eyaculé prematuramente, sabiendo cómo era ella, lo que implicaba que la situación no se quedaría solo en un acto de sexo oral.

En un sábado por la tarde, con los hijos fuera de casa y la niña viendo videos en YouTube, solos el marido y la mujer en la habitación, si yo tuviera a una mujer tan hermosa, obviamente disfrutaría de ella en todas las posturas imaginables.

Al parecer, el anestesista X (lo llamo X porque hasta entonces no conocía su nombre) le practicó sexo oral, ya que ella gemía complacida. El hombre estuvo entre sus piernas por un largo tiempo, tomándose su tiempo o tal vez respetando los deseos de su esposa. La hizo mojar tanto que Marce llegó al clímax.

El hombre quería más, jugaba con su miembro viril frotándolo contra su húmeda zona íntima, haciéndola desear ese trozo de carne erecto. Parecía que iba a penetrarla, pero luego cambió a estimular su zona trasera y luego nuevamente la zona íntima, como si estuviera indeciso acerca de cuál de los dos orificios penetrar primero, claramente era un juego para excitarla aún más. Ella, ansiosa por tener relaciones sexuales, le dijo:

– Vamos, no seas malo... muy ansiosa, Nacho continuó jugando y provocando a la rubia que ardía de deseo, y finalmente la penetró.

Un gemido desesperado escapó de Marcela, no esperaba esa intensidad, la penetración fue profunda.

Este hombre adivinaba mis pensamientos ya que mantuvo relaciones sexuales con ella en varias posturas, demostrando tener una gran resistencia. Marcelita estaba en éxtasis y agradecida al mismo tiempo.

Contarlo y escucharla gemir eran dos experiencias completamente diferentes, pero la emoción era indescriptible.

Hubo unas palmadas en sus nalgas y aparentemente él le practicó sexo anal de forma frenética... –¡Qué delicioso!– dijo la rubia.

Me la imagino a la doctora Marcela Alejandra en posición de cuatro y su marido disfrutando entre sus glúteos... La hizo disfrutar plenamente, le encantaba ser estimulada en esa zona, que le dieran lengüetazos y mucha saliva.

El juego previo para un buen sexo anal era esencial para la mujer madura, nada de penetración sorpresiva: ese trasero primero debía ser conquistado.

El hombre disfrutaba al máximo, tener su lengua en el ano de esa rubia con cuerpo de bailarina era un placer exclusivo, él lo disfrutaba y ella también... hasta que de repente escuché un... –¡No por ahí, no!– ... Pero era tarde... El hombre ya había apuntado la punta en su retaguardia.

Yo, debido a la excitación, ya estaba a punto de llegar al clímax escuchando sus gemidos. Nunca imaginé que le harían sexo anal.

¡Ay, Marcela! fue lo primero que él mencionó... Ya estaba completamente adentro.

–No– dijo ella... Le gustaba ser penetrada por esa vía. No se oponía al sexo anal. Una experta que se expresaba con pocas palabras.

–Despacio... despacio!!! Mmm, amor– le decía... –Oh, mi amor– susurraba la mujer... Me encanta tu pene– El hombre estaba extasiado...

–¡Marcela... Marcela... Marcela!– balbuceaba continuamente.

gustaba mencionar su nombre mientras le hacía el amor por la retaguardia... Y durante la penetración, ella le rogó que le diera placer manualmente... es decir, la estaba penetrando analmente, la estimulaba con los dedos y le daba nalgadas, era un actor de películas para adultos, cómo resistía a esa mujer tan atractiva.

Marcela anhelaba tener un orgasmo. Quizás el chico eyaculó por completo, pero ella siempre quería más. Oh, no podía creerlo... era como ver una película para adultos en una televisión de 55 pulgadas.

De repente, la sacó de golpe y observó ese trasero muy abierto, y exclamó ¡Ay, Marcela!, lo cual seguro se escuchó en todo el edificio.

Habla más despacio, cariño... ¡los vecinos pensarán cualquier cosa! -le dijo ella, algo sonrojada- después añadió: -¿te excita ver mi cola tan abierta y enrojecida? -con un tono seductor, entre inocente y provocativo (nadie podía resistirse a tal insinuación) y, por supuesto, lo enloqueció aún más: separaba sus nalgas y veía ese agujero rojo ansioso de más, lo lubricaba, le introducía uno, dos e incluso tres dedos, lo lamió con la lengua durante un buen rato, hasta que se cansó... Luego de humedecer la erección completamente con su saliva, volvió a introducirla en el abierto agujero de la madurita de perfectas nalgas.

¡Ay, Marcela, qué culo! –exclamó el hombre, y ella ardió de deseo.

Estaban en el clímax... cuando la niña abrió la puerta de la habitación y dijo inocentemente: "Mamá, se me está quedando sin batería", señalando el celular...

¡Franche! -le dijo ella, asustada... Imaginen por un momento la escena. La mujer desnuda, a cuatro patas, sudorosa, con su marido detrás sujetándola de las caderas y tomándola por detrás. Francesca los sorprendió en pleno acto.

–Solo un momento, mi amor, ve a tu habitación– alcanzó a decirle, y Franche obedeció.

El joven amante no quería dejarla ir... creo que ninguna persona querría alejarse de esa rubia excitada que entregaba su trasero como toda una experta, y ella deseaba más, eso era evidente, pero tuvieron que interrumpir la situación por culpa de la hija de ambos.

- ¡Espera, vuelvo en un momento, ¿sí? -Escuché decirle a su marido. Se mimaron, estaban muy cariñosos, existía una increíble complicidad entre ellos, la pasión y el deseo mutuo los unía. El chico seguía con el miembro erecto y deseoso de continuar, al parecer intentaron una nueva ronda, a lo que ella, algo molesta, le dijo -¡Mi amor, ya es suficiente! -él le dio una fuerte nalgada y la dejó ir. Esta vez Marce no pudo llegar al clímax.

La demora con Francesca fue más extensa de lo esperado, la niña le pidió algo de comer y que se quedara con ella para ver dibujos animados en la televisión, hasta que finalmente concilió el sueño y Marce, después de casi 45 minutos, fue en busca de una nueva ronda con el anestesista.

Pero regresar a la habitación y retomar la situación se hacía difícil. El marido se puso a jugar en la Playstation... Aunque parezca increíble, eso fue lo que hizo, y al verlo frente a la pantalla, ella se enfureció muchísimo. Salió de la habitación dando un portazo y fue a recostarse en la cama de su hijo Joaquín.

Esa noche salí con María José, mi novia. Ella es odontóloga y regresa a la ciudad los fines de semana porque trabaja en el interior. No volví a casa, ya que después de salir a cenar y dar un paseo, me fui a dormir con ella. Debo decir que le hice de todo, incluso la cola, pero mi mente estaba completamente concentrada en la rubia, pobre María José, hasta la traté un tanto bruscamente sin darme cuenta.

Marcela me encendía tanto. Daría cualquier cosa por encontrar una excusa para acercarme a ella, ya no podía soportarlo más.

Tengo que obtener más información del portero del edificio, hacerme amigo de su marido o simplemente abordarla directamente. Debo idear una estrategia, pero no hay duda de que quiero estar con ella.

El domingo regresé a casa, terminé mal con María José, nos veíamos solo una vez a la semana y en ese único día juntos, la arruiné por completo. Me reprochó por estar distante y actuar de manera brusca. Mi mente estaba en otro lugar.

Quizás entré alrededor de las 10 de la mañana.

En el apartamento de al lado, como era costumbre, me recosté en el suelo para tratar de escuchar a los vecinos. Se percibían sonidos de sillas siendo movidas y puertas abriéndose y cerrándose; los niños mayores tal vez se habían ido a pasar el día con su padre, ya que no estaban. La pareja y su hija Francesca se estaban preparando para salir.

Estaba decidido, quería verla, así que opté por bajar y sentarme afuera del edificio, ansiaba contemplarla.

No pasó mucho tiempo antes de que la viera descender con unos bolsos, parecía muy ocupada, así que me levanté y le ofrecí ayuda, a lo que ella accedió gustosamente.

Marce llevaba puesta una camiseta negra sin mangas, su cabello recién alisado, y lucía unas sandalias de plataformas muy altas con suela de corcho que la hacían destacar. De manera casi obsesiva, llevaba unos vaqueros básicos prelavados que se había colocado con dificultad, resaltando sus 95 centímetros de cadera o un poco más. Eran unos vaqueros tan ajustados que parecían una segunda piel. Qué mujer tan espectacular, esas costuras parecían a punto de explotar y me excitó al verla.

Ella notó mi reacción y me observó disimuladamente, me hice cargo de los bolsos y la acompañé hacia su coche, estacionado en diagonal en la acera de enfrente, frente a nuestro edificio.

Abrió la puerta de su vehículo, un Toyota Ethios sedán blanco, en el que colocó su bolso debajo del asiento del conductor y vino a ayudarme a guardar los bolsos en el maletero. No dejaba de mirar el bulto en mi pantalón, se notaba mi erección, incluso tomó sus cosas y se inclinó mientras las guardaba en el maletero del Ethios. Cuando la vi en esa postura, con medio cuerpo dentro del maletero y ofreciéndome una vista privilegiada de su trasero, retrocedí un poco y la observé sin pudor.

Extendió su mano para pedirme el último bolso y en ese momento se percató de que me había tocado a través de mi pantalón. Me sentí avergonzado, me quedé paralizado, pero ella hizo como si no hubiera pasado nada.

Noté que le gustaba provocar, a pesar de haber guardado todo, permaneció en la misma postura. Incluso levantó ligeramente su pie derecho sin moverse, me excitó aún más al ver esos zapatos tan sensuales y ese talón reluciente y bien cuidado que sobresalía de la plataforma. Hizo ruido con las cremalleras como si estuviera buscando o acomodando cosas, pero su intención era excitarme con su trasero, y lo conseguía sin mucho esfuerzo.

Era realmente un culo espectacular, ya tenía ganas de meter mi rostro entre esas nalgas redondas y morir asfixiado. Todo parecía encajar perfectamente en su trasero, era como un imán, absorbía la tela, ese culo era como un pozo de arena movediza que lo engullía todo. Al parecer, no llevaba ropa interior, o si lo hacía, debía de ser una tanga muy diminuta.

Se enderezó y me dijo: “¿Tú eres el nuevo vecino, verdad? Yo soy Marcela, tu vecina de abajo”, y me pasó la mano.

Era tan femenina, delicada y elegante, toda una dama. ¿Quién iba a imaginar que era una máquina sexual incontrolable y que ese trasero había sido disfrutado por hombres tanto mayores como menores que ella?

Entablamos una conversación trivial para romper el hielo, justo en ese momento cruzó la calle la pequeña Francesca y se acercó a su madre. Detrás de la niña apareció un chico muy atractivo y musculoso, quien al llegar donde estábamos, Marce me lo presentó: “Él es Nacho, mi marido”, y en mi mente volvió el recuerdo de cómo ese esposo, unos 20 años más joven, había hecho todo con ella, oral, vaginal y anal. Nacho se la había pasado muy bien en los primeros días de mi alquiler.

¡Dios mío, no puede ser! Pensé... Había dejado a su esposo por un chico joven con una enorme… bueno, ya saben. Un juguete sexual, es más, ¡incluso la había dejado embarazada! Todo ese morbo me atormentaba.

Nacho fue muy amable, charlamos como si nos conociéramos de toda la vida, era muy sencillo y se notaba que venía de barrio. A pesar de que yo era mayor que él, hubo una química evidente en nuestras palabras. Marcela acomodó a Franche en el asiento trasero, puso en marcha el...

Automóvil y se detuvo para darnos prisa.

–Cariño, ¡vamos! ¡Síganla después! – reprochó, se aproximó hacia mí, observó mi prominencia que en ese momento ya había disminuido y me tomó por sorpresa al darme un beso en la mejilla seguido de –Un placer conocerte, ¿hablamos luego, sí?– y con una seducción embriagadora se dirigió hacia el habitáculo del coche mostrando sus encantos sabiendo que yo la miraba con deseo. Esas nalgas se movían de forma encantadora.

Nos despedimos con un abrazo con Nacho y subieron al vehículo, ella manejaba, él en el asiento del copiloto. Nacho bajó la ventanilla con el automóvil en movimiento y me preguntó: –¿Te gusta el fútbol?– A lo que respondí Síii levantando el pulgar.

En realidad me interesaba más su esposa que jugar al fútbol, pero ya era un avance haber conectado con la pareja.

Ingresé a mi apartamento imaginando cómo la doctora presentaba su trasero de forma tan provocativa. Era una especialista en estimular varones con ese arma de seducción que exhibía con orgullo.

Sigamos con el relato en el siguiente párrafo.

Espero que les haya gustado.

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