0%

Un diálogo con desenlace positivo


Escuchar este audio relato erótico
0
(0)

- “¡Vaya situación complicada en la que me metí por esperar hasta el último momento!”, expresé a Jorge cuando llegamos al lugar el viernes por la tarde y comenzamos a acomodarnos.

Él había organizado una escapada de tres días a una casa de campo en las afueras de Pergamino y yo me había inscrito tarde (cuando ya no había cupo disponible) porque había visto a una mujer que me interesaba entre los asistentes. Conociendo a Jorge, actuó de buena fe al permitirme unirme, aunque me advirtió que solo quedaba espacio disponible en el galpón. Este lugar estaba apartado de la casa principal donde el resto de los visitantes se alojaba en los múltiples dormitorios que tenía la residencia. Para empeorar las cosas, la mujer que me atraía ni siquiera me prestó atención y parecía tener cierta relación con otra persona. Una verdadera decepción.

Para añadir más complicaciones, Jorge me había dado la condición de ofrecer una charla sobre sexualidad en una de las noches. Había asistido a algunas de mis conferencias y creyó que sería entretenido para el grupo. Me pidió que hablara sobre “fantasías sexuales”. A pesar de las circunstancias, decidí hacer lo mejor que pude y disfrutar el momento.

El sábado lo pasé compartiendo mateadas y conversaciones por la mañana, alternando con chapuzones en la piscina. Durante ese tiempo, pude observar a un par de mujeres más jóvenes, de alrededor de cuarenta años (la mayoría de nosotros superábamos los sesenta), con una apariencia muy atractiva y que, al parecer, eran amigas ya que estaban siempre juntas.

Por la tarde, Jorge me instó a realizar la charla esa misma noche ya que se esperaba la llegada de un grupo para organizar un baile que se había retrasado. Acordamos que anunciaría que después de la cena tendría lugar mi exposición. Cuando me presenté en el salón para empezar, me sorprendí al ver que estaba repleto de personas. Casi todos los presentes habían acudido para escucharme.

Concluí la charla y recibí numerosas preguntas, además de intervenciones con opiniones y experiencias personales relacionadas con el tema que traté. Las dos mujeres de cuarenta años estaban especialmente interesadas en la discusión. El debate se intensificó y tuve que responder a muchas interrogantes. Debido a esto, la velada se prolongó hasta tarde y todos nos retiramos rápidamente a descansar, agotados por la jornada al aire libre.

Estaba a punto de conciliar el sueño cuando escuché golpes en la puerta. En mi mente, culpé a Jorge (era la única persona que se me ocurría que pudiera venir a tal hora) y, por eso, cuando abrí, mi pregunta fue un tanto brusca.

- “¿Qué sucede?”, inquirí antes de ver quién era.

- “Disculpe la molestia”, respondió una voz femenina desde la oscuridad sin poder identificarla claramente.

- “No hay problema. Pensé que era otra persona. ¿En qué puedo ayudarles?”, repliqué.

- “Sabemos que es tarde, pero con mi amiga tenemos algunas dudas que preferiríamos aclarar en privado, fuera del ámbito público. ¿Sería posible que nos respondiera?”, solicitaron.

Para entonces, ya había reconocido a las dos mujeres cuarentonas que me habían llamado la atención por la mañana. Por supuesto, accedí y las invité a pasar, acomodándonos en el lugar disponible (que no era precisamente el más cómodo). Les ofrecí mate, pero prefirieron algo un poco más fuerte.

- “Trajimos un Beefeater bien frío. ¿Te importaría compartirlo con nosotras?”, dijo la rubia (que luego se presentó como Carmen).

- “¡No puedo rechazar un Beefeater!”, respondí emocionado.

Fui en busca de los útiles necesarios para servir la bebida y, entre un vaso, la tapa de un termo y una taza, conseguimos servir el gin para los tres. Sin perder tiempo, la mujer morena (Silvia) planteó su pregunta.

- “¿Qué debe hacer un hombre para satisfacer a dos mujeres en un trío?

-

“¡¡Wow!! Has tenido experiencias sexuales no muy positivas. Para empezar, un hombre puede satisfacer a una mujer sin la necesidad de la penetración. Si no, ¿cómo disfrutan las lesbianas?”, le respondí.

La conversación fue relajada y abierta, ambas confesaron que estaban separadas de matrimonios en los que el sexo no había sido satisfactorio. Contaron que sus intentos posteriores tampoco habían sido maravillosos y que mis relatos sobre una sexualidad diferente las habían intrigado. Hablamos sobre caricias, masajes, estimulaciones, juguetes, dominación, juegos de rol y muchas otras prácticas que para ellas eran un mundo desconocido y tentador.

"¿Tienes juguetes aquí?", preguntó Carmen, quien era más desinhibida y directa.

"Sí", respondí y les fui mostrando los pocos que siempre llevaba conmigo (por si acaso): un consolador doble (vaginal y anal), un rosario de bolitas para el ano y un vibrador pequeño. Ellas los observaban con ojos deseados e incrédulos.

"Los conocíamos, por supuesto, y habíamos escuchado de ellos. Pero nunca los habíamos tenido en nuestras manos, ni mucho menos los habíamos probado", dijo Silvia sonrojándose.

Continuamos conversando, cada vez más animadamente, ya que ellas se iban soltando gradualmente y el gin ayudaba a relajar la situación y a eliminar sus inhibiciones. Les relaté cómo usaba esos juguetes mientras notaba que imaginaban cómo se sentiría, y la curiosidad y el deseo comenzaban a reflejarse en sus rostros.

"Si queremos hacer realidad una fantasía, ¿es incorrecto?", preguntó Silvia.

“Los pecados no existen. Son invenciones de la Iglesia para reprimir a las mujeres y evitar que expresen libremente sus deseos y placeres. Nada es pecado si se hace libre y consensuadamente. El sexo no es pecado, es disfrutar de la vida”, respondí.

“Tienes razón, Carmen. Siempre te digo que debes vivir y permitirte disfrutar de lo que deseas. Anímate”, le dijo Carmen a Silvia.

"¿Quieren probar?", me atreví a preguntar al verlas tan entusiasmadas.

“¿Ahora?”, preguntaron ambas al unísono y retrocediendo un poco.

“Chicas, pueden optar por seguir imaginando o hacer realidad sus sueños”, les respondí. “Pero la verdadera pregunta es, ¿tienen ganas o no?”.

Se miraron dudando, casi consultándose la una a la otra con sus miradas, y comenzaron a hablar con monosílabos y muletillas sin decidirse a responder, pero sin oponerse en absoluto. Me adelanté, tomé a Carmen por la nuca y lentamente acerqué su boca a la mía. Ella me permitió hacerlo y en ningún momento se resistió, terminamos en un beso apasionado, intenso y nervioso al principio, que luego se fue suavizando. Silvia observaba intrigada y sin moverse.

Dejé a Carmen y fui a besar a Silvia. Al principio inclinó levemente la cabeza hacia atrás, pero Carmen nos tomó de la nuca a ambos y acercó nuestras bocas. El beso también comenzó de manera vacilante, pero en segundos, Silvia se abrazó a mí y se fundió en un beso apasionado, mientras yo sujetaba a Carmen y las iba alternando en los besos.

Me separé, tomé a Carmen y la ayudé a incorporarse mientras Silvia observaba. Abrazando a la rubia, comencé a acariciarla toda y luego a quitarle la camiseta. Ella colaboró levantando los brazos. Me acerqué y besé uno de sus pechos, bajé su sujetador y le di un suave chupetón en uno de sus pezones. Su respuesta fue un gemido y apretar mi cabeza contra su pecho.

Extendí la mano a Silvia y, cuando la tomó, la ayudé a levantarse, la puse junto a nosotros y comencé a repartir caricias entre las dos, mientras nos íbamos desvistiendo mutuamente. Mientras me entretenía lamiendo los pezones de Silvia (hermosos pezones en unos pechos pequeños y cónicos pero firmes y atractivos), Carmen se agachó para quitarme los calzoncillos (lo único que me quedaba) y, cuando mi pene quedó libre, empezó a lamerlo y chuparlo.

Silvia permanecía pasiva y con los ojos cerrados (casi como si el no verla la alejara del pecado que estaba cometiendo) pero me dejaba acariciarla y desnudarla, hasta dejarla solo en ropa interior.

Disfrutaba mucho dedicándome a sus pechos y pezones, además de acariciarle la bonita colita que posee. Carmen no requirió de mi ayuda para desnudarse por completo y comenzar a practicar sexo oral en mi miembro con gran entusiasmo.

Cuando introduje mi mano entre las piernas de Silvia, ella apartó su cadera como si la timidez la dominara, pero sin apartar mis pezones de su boca. Carmen se levantó, se colocó detrás de Silvia y la abrazó contra mí, mientras yo frotaba mi pene contra su vientre y comenzaba a moverme para que lo sintiera. Abrazándola, siempre con los ojos cerrados, ella me permitió hacerlo. Carmen le bajó la ropa interior y volvimos a abrazarnos. Le tomé la mano a Silvia y la conduje hacia mi miembro. Se resistió al principio, pero finalmente comenzó a acariciarlo suavemente, para luego sujetarlo con firmeza y acariciarlo.

- “Bésalo”, le susurré al oído.

De manera suave y sin abrir los ojos, se agachó y empezó a besarlo delicadamente, para luego proceder a practicar sexo oral de forma cuidadosa, pero introduciéndolo casi por completo en su boca. Carmen y yo la observábamos mientras ella nos miraba, manteniendo mi miembro en su boca. Carmen se agachó para situarse a su lado.

- “¿Me lo prestarías un momento?, le dijo mientras tomaba mi pene y lo chupaba y lamía, y Silvia observaba.

- “Ahora te toca a ti”, le dijo y, sujetándola por la nuca, la llevó a que me practicara sexo oral a mí.

- “¿Por qué no vamos a la cama, Silvi?

Mientras seguía practicando sexo oral, la morocha asintió con la cabeza. Tomé las manos de ambas y las ayudé a levantarse para dirigirnos a la cama. Llevé las manos de Silvia hacia la cabecera y le pedí que no las moviera de allí y cerrara los ojos. Comencé a acariciarla y besarla, desde los labios hasta los pies, de manera delicada, tocándola y lamiendo suavemente sus pezones, acariciando apenas su pubis, relajándola y excitándola. Carmen acariciaba la cabeza de Silvia y, con la otra mano, me acariciaba a mí.

Fui a lamer suavemente la zona íntima de Silvia, tomé la mano de la rubia y la guié para que separara los labios y dejara el clítoris de la morocha expuesto. Lo acaricié suavemente con mi lengua, lamiendo y chupando mientras comenzaba a estimular la entrada de su vagina con los dedos, que se humedeció rápidamente, permitiendo la introducción de dos y luego tres dedos. En ese momento, Silvia gemía, se retorcía y respiraba entrecortadamente. Posteriormente, elevó la cadera para acercarse a mí, se contrajo por completo y soltó un gemido profundo y un ¡ahhhh! intenso, experimentando un orgasmo prolongado e intenso.

Dejé a Silvia descansar y me uní a Carmen para abrazarnos y acariciarnos. Me invitó a recostarme, me practicó sexo oral por un rato, se sentó sobre mí y con suavidad empezó a introducir mi pene en su vagina. Comenzó a cabalgarme de forma suave, combinando movimientos circulares, de vaivén (para que su clítoris roce contra mí) y ascendentes y descendentes. Mientras tanto, acariciaba sus voluptuosos pechos y jugueteaba con sus rosados pezones.

Así nos encontrábamos disfrutando, cuando Silvia salió de su éxtasis, se acomodó de lado y empezó a acariciarme y besarme. Carmen acarició la cabeza de Silvia intensificando sus movimientos, apretó mi mano contra su pecho, empezó a jadear y alcanzó un orgasmo, quedando rígida por un momento, con los ojos cerrados, absorta en su placer.

Le pedí a Carmen que se acostara junto a su amiga y empecé a desplazarme sobre ellas, besándolas y acariciándolas. Fui a buscar los juguetes sexuales y los utilicé, sosteniendo el vibrador contra el clítoris de la rubia mientras lamía a Silvia e introducía un dildo en ella. Luego, me coloqué al lado, apoyé el vibrador en la intimidad de Silvia y comencé a lamer a Carmen, mientras introducía un conjunto de bolitas untadas en lubricante en su derrière.

Tomé la mano de Silvia y la guié hasta la zona íntima de Carmen, le entregué el vibrador para que lo sostuviera allí y empecé a jugar con mis dedos en la vagina de la rubia, quien gemía y disfrutaba al máximo, culminando con un largo gemido. Llevó su mano hasta apretar

la palma de la morena contra sí misma y con la otra la abrazó. Agarré ambas de la nuca y acerqué sus bocas. Se detuvieron antes de llegar, como si no estuvieran seguras de continuar.

"Vamos chicas, ¿un besito?" les pedí.

Sus labios se rozaron por un momento y yo me uní besando a ambas, volviendo a unir sus bocas. Esta vez se besaron y mantuve la presión para mantenerlas unidas en ese beso.

"¿Quién de las dos se anima a usar la lengua?" pregunté.

Hubo un momento de silencio y después Carmen introdujo la lengua, y Silvia abrió la boca para recibirla. Me moví y las incité empujándolas para que se abrazaran. Cuando lo hicieron, me coloqué detrás de Silvia, metí la mano para agarrarle un pecho mientras besaba su cuello. Después solté el pecho, acaricié a Carmen para dejarlas abrazadas y fui a acariciar el trasero de la morena con mis dedos lubricados. Ella se tensó al ser tocada allí, pero Carmen la abrazó y siguió con los besos mientras yo jugaba con ese hermoso trasero con un pequeño consolador.

Mientras el consolador entraba y salía sin problema en Silvia, me posicioné detrás de ella y apoyé la punta de mi pene en su trasero. Se retorció nuevamente, y una vez más la rubia la abrazó para que se quedara quieta. Con delicadeza y lentitud jugué en ese agujero hasta que la cabeza de mi pene entró en ella. Gimió y emitió un susurro, pero nada más. Mientras ellas se besaban, permití que entrara completamente hasta el fondo. Una vez dentro, aparté a Carmen con una mano, agarré los pechos de Silvia y comencé a moverme lentamente.

Después de un rato, la penetraba en su trasero mientras ella gemía y apoyaba la cabeza en los brazos de su amiga. La puse boca abajo y monté sobre ella, comenzando a moverme con fuerza sin quejidos. Se retorcía y gemía de placer hasta llegar a un grito que ahogaba en las sábanas. Salí lentamente y le dije a Carmen:

"Hermosa, ahora es el turno de tu trasero, ponte boca abajo".

La rubia no dudó, se posicionó como le pedí y colocó dos almohadas debajo de ella para levantar su trasero. Subí sobre esa hermosa mujer que me ofrecía tan tentadoramente su trasero, le saqué el juguete y, sin dudarlo, la penetré hasta el fondo. Se acomodó para recibirme y disfrutó cuando empecé a moverme.

"Más fuerte, cógeme más fuerte", pidió.

Tomé sus muñecas y la penetré violentamente, disfrutando de ese apretado y cálido trasero que estaba penetrando, hasta llegar al clímax junto a ella mientras Silvia me acariciaba y besaba. Me acosté jadeando y cada una a un lado mío, apoyaron sus cabezas en mi pecho abrazándome.

"Tenemos que irnos. Les dijimos a todos que íbamos a dar un paseo. Sabes cómo son estos grupos, si se enteran, seremos el tema de conversación", me dijo Carmen.

"Ok chicas, pero por la noche las espero," les dije.

Cuando salieron del baño, bañadas y vestidas, les di un abrazo y un beso a cada una y las acompañé hasta la puerta. Salí primero para asegurarme de que nadie las viera y ambas se fueron a dormir. Al día siguiente actuaron como si nada hubiera sucedido. Pero por la noche, tarde, escuché un golpe en la puerta y allí estaban las dos, con ganas de volver a disfrutar del sexo compartido.

¿Te ha gustado este relato erótico?

¡Haz clic en las estrellas para puntuarlo!

Puntuación promedio 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este relato.

Ya que que te ha gustado este relato...

Puedes compartirlo en redes sociales!

¡Siento que este relato no te haya gustado!

¡Déjame mejorar este contenido!

Dime, ¿cómo puedo mejorar este contenido?

Otros relatos que te gustará leer

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Subir
Contacto | A cerca de Nosotros | Seguinos en Ivoox y en x.com