Cuando tenía 19 años y estudiaba en Puebla, una ciudad distinta a la de mi origen, me costó adaptarme al conservadurismo del lugar. Mi personalidad abierta y alegre no era del agrado de todos, especialmente cuando reía con entusiasmo en lugares públicos.
A pesar de las miradas desaprobatorias, decidí seguir divirtiéndome sin preocuparme por lo que pensaran los demás.
Con una estatura de 1.86 metros y dedicado a las artes marciales, me percaté de que despertaba cierto interés en las personas a mi alrededor. Superé la inseguridad inicial de sentirme observado y comprendí que resultaba atractivo para algunos.
Aunque despertaba interés, no era un conquistador. Mi timidez con las mujeres me impedía avanzar rápidamente en relaciones amorosas.
Aprovechaba mis vacaciones en mi ciudad natal para desahogarme sentimentalmente, ya que conquistar en Puebla era todo un desafío de citas largas y expectativas inciertas.
Mientras tanto, en la escuela me encontraba en un ambiente cómodo, con tiempo libre y recursos suficientes proporcionados por mis padres.
Aprovechaba mi tiempo libre para tomar cursos de diversa índole, tanto dentro como fuera de la escuela, ya que disfrutaba adquiriendo nuevos conocimientos.
Una tarde, me inscribí en un curso de superación personal donde era el participante más joven. El grupo estaba conformado por empleados, empresarios y profesionales, incluida una mujer de unos 50 años que mostraba un interés particular en mí.
También destacaba Gloria, una mujer de unos 30 años, ama de casa, con un estilo recatado y poco expresivo. A pesar de su discreto atractivo, su apariencia sugería una cierta rigidez en sus costumbres y gustos.
Evitaba entablar conversaciones con ella durante el curso, ya que su actitud parecía indicar que prefería la distancia. A pesar de eso, notaba de vez en cuando que su mirada se dirigía hacia mí, seguramente para emitir un juicio negativo.
Cerca del final del curso, se acercó a mí después de una clase.
-Hola, quedamos en reunirnos mañana con otros compañeros para realizar el ejercicio asignado por el instructor- dijo, entregándome una dirección y confirmando la cita en su casa para el sábado a las 8 de la noche.
Acepté la propuesta y al día siguiente, después de prepararme, me dirigí a la dirección indicada.
Al abrir la puerta, Gloria me recibió luciendo un vestido verde estampado, con un semblante sereno que contrastaba con su atuendo sobrio.
de la articulación, escote en forma de V y brazos descubiertos. No era muy arriesgado, pero me sorprendió que no estuviera vestida con su atuendo habitual en su hogar.
-Te ofrezco algo de beber- me comunicó. Mientras me acomodaba en la sala y contemplaba cómo servía un vaso de ron, con la misma cantidad de alcohol que de refresco de cola. Se sirvió otro un poco más suave para ella.
Mientras yo observaba discretamente esa vivienda de nivel medio bajo, casi sin lujos, un altar de la virgen en la sala y algunas figuras religiosas más.
Y mis ojos se dirigieron a un diploma de médico con la fotografía de un hombre delgado. No había ninguna señal de que hubiera infantes en ese hogar.
Me entregó la bebida y comenzamos a conversar, a medida que iba tomando algunos sorbos empecé a percibir cómo aquella distancia que yo había establecido en mi mente hacia ella se iba desvaneciendo y ella también estaba mucho menos distante y sin ese aire de guardiana de las buenas costumbres.
-¿Es médico algún pariente tuyo?- Pregunté. Se dirigió hacia mí y extendiéndome otro vaso de bebida, se sentó a mi lado.
-Es mi esposo- Respondió. Es doctor. Hoy no está, los sábados asiste a un pueblo a una hora de aquí y se queda a pernoctar en la parroquia donde ofrece consultas gratuitas. Regresa mañana a las 7 de la mañana en el primer autobús que parte de allí.
Por cierto, no invité a ningún amigo, no dejaron ningún ejercicio- dijo, sentándose a mi lado.
Comenzó a besarme y respondí metiendo la mano bajo su falda, apretándole las nalgas firmes. Abrí su escote, saqué un pecho chupándole el pezón, busqué con mi mano su sexo y enterré los dedos en él. Estaba tibia, húmeda. Tenía la mirada acuosa, las mejillas sonrosadas y respiraba con pequeños jadeos.
De repente se levantó, me tomó de la mano y me llevó rápidamente a la habitación del piso superior que estaba presidida por un enorme crucifijo, allí empezó a despojarme de la vestimenta con ansias, la arrojó de cualquier manera junto a la cama y se desvistió. Tenía buena figura con una pequeña barriga bajo el ombligo donde comenzaba una delicada pelusa que llegaba hasta el vello liso y suave de su sexo.
Se arrodilló y comenzó a practicarme sexo oral con más desesperación que maestría.
La recosté en la cama y empecé a explorar su cuerpo succionando los pechos y entonces me tomó la cabeza entre sus manos, me guió hacia su sexo. Me daba indicaciones entre pequeños gemidos ¡Así! ¡Más fuerte! e iba instruyéndome en cómo hacerlo hasta que empezó a tener espasmos de orgasmo, seguí estimulándola mientras se retorcía.
Me coloqué entre sus piernas y la penetré sin dificultad, estaba empapada, caliente y empecé a moverme cada vez más rápido y no tardó en volver a alcanzar el clímax, con sus talones empujaba mis nalgas marcando el ritmo cada vez más veloz y terminamos en un orgasmo simultáneo que terminó de inundar su vagina.
Pero aún no estaba satisfecha, nada de la tranquilidad que invade a otras mujeres, seguía empujando con los talones exigiendo que continuara.
Y continué, a mis 19 años y con esa calentura que teníamos, eso no era un obstáculo. Cuando sintió que podía seguir, cambió de posición poniéndose en cuatro patas. A esas alturas cada embestida, cada bombeo se escuchaba un chapoteo, puso su rostro en el colchón para dejarme más expuesto el sexo y yo parado en el borde de la cama abrí sus nalgas y podía ver mi miembro chorreante que entraba y salía y el rosado anillo de su ano. Mordía la colcha, gemía y me pedía más y más. Volvió a terminar en un orgasmo prolongado.
Acto seguido me tumbó en la cama y se montó sobre mí y siguió moviéndose. A esas alturas yo ya no sentía el miembro, tenía que enderezarme y bajo sus nalgas me lo palpaba para saber si seguía erecto mientras ella continuaba con su movimiento de caderas.
Intentaba llegar al clímax pero no podía, no sentía, estaba congestionado, hinchado. Se tumbó boca arriba en la cama y coloqué una almohada bajo sus caderas levanté sus piernas y al ver que era bastante
Con flexibilidad, doblé sus piernas en posición de loto de yoga y las aplasté contra su pecho antes de penetrarla profundamente. Comencé a moverme cada vez más rápido, el sonido de nuestro encuentro se volvía más intenso. Aunque no sentía nada en mi verga, era consciente de los cálidos fluidos que recorrían mis piernas y ella se excitaba más, gritándome: ¡Lléname! ¡Lléname! ¡Haz lo que mi marido no puede! Mientras alcanzaba otro orgasmo vibrante.
Me levanté para ir al baño a intentar orinar, pero la congestión me lo impidió y apenas pude expulsar algunas gotas. Al regresar a la habitación, aún con la erección presente, ella se lanzó a practicarme sexo oral, pero yo tenía otros planes en mente. Necesitaba llegar al clímax rápidamente, sentía un dolor agudo justo debajo de los testículos.
La coloqué en cuatro patas sobre la cama, me arrodillé detrás de ella y lubriqué mi miembro en su vagina con fuertes embestidas que ella recibió con gemidos de placer. Con una mano presioné su espalda para mantener su rostro hacia abajo en la cama y dejé disponible su ano, apuntando en esa dirección.
¡No! ¡No! ¡No ahí! Comenzó a gritar mientras intentaba evitar mi penetración anal. Trató de escapar, pero su intento fue en vano, su rostro chocó contra el cabecero de la cama y empezó a mover las caderas de un lado a otro para impedir mi entrada.
Vi mi pantalón en el buró junto a la cama, lo alcancé, le quité el cinturón y lo doblé. Me incliné hacia atrás y le propiné un fuerte golpe en las nalgas con el cinto. El sonido resonó como un disparo.
¡¿Quieres que te trate como a tu santurrón marido o como a la mujer lasciva que eres?! Grité.
Ella se quedó quieta, entonces posicioné mi miembro en la entrada de su ano y empecé a empujar. La miraba de costado, con el rostro presionado contra el cabecero, sus ojos abiertos de sorpresa y temor.
Ella apretaba sus glúteos para evitar la penetración, pero finalmente cedió. Tomé mi miembro por la base y con el peso de mi cuerpo comencé a presionar hasta lograr la penetración completa.
¡Santo cielo! ¡Perdóname, Señor! Gritaba. Sin piedad, continué con mis movimientos mientras ella gemía y jadeaba.
A medida que aceleraba el ritmo, sus gemidos se transformaron en gemidos de placer. Incrementé la velocidad y finalmente alcancé el alivio con una explosión.
Me desplomé sobre ella todavía conectado y percibí cómo mi erección se iba desvaneciendo dentro de su recto. Se giró y empezó a besarme suavemente la cara, así nos quedamos dormidos.
De repente escuché un ruido en la puerta de entrada. Salté de la cama y me asomé por la ventana, pero no vi a nadie. Ya había amanecido.
Maldición, pensé. Comencé a vestirme apresuradamente, pensando que la persona podría estar dentro de la casa. Sin embargo, ella, que también se despertó con el ruido, me agarró del brazo y me pidió que me quedara. Entré en pánico, bajé a medias vestir, listo para huir y pasar sobre su marido, mientras ella intentaba detenerme.
Por suerte, era una falsa alarma, el marido no estaba en casa, pero el pánico persistía en mí.
Salí a la calle, logré liberarme de sus intentos y me alejé rápidamente.
Miré atrás unos metros más adelante y la vi desnuda, de pie en la acera murmurando "No te vayas, no te vayas", mientras las cortinas de las casas vecinas se movían discretamente.
No regresé a esa situación, no volví a encontrarme con ella hasta muchos años después de forma fortuita. Pocas noches tan intensas como esa en mi vida. Pero a esa mujer hipócrita y conservadora no deseaba volver a verla jamás.
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