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Elizabeth


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Me topé con Elizabeth por pura casualidad. Durante una charla sobre Materialismo Histórico, ella apareció acompañando a alguien, probablemente su pareja (pronto descubrí que su relación estaba en un punto crítico). Su presencia parecía más por compromiso, pero el tema despertó su interés. Era una chica enérgica y despierta, ávida de conocimiento. En realidad, eso fue lo primero que nos conectó. Después de que la charla terminó, se quedó haciéndome un montón de preguntas y dejó al chico con el que vino plantado, el cual insistía en ir a tomar algo. Como le interesaba el tema, la invité a una conferencia sobre lógica dialéctica que tenía programada para la semana siguiente. Aseguró que asistiría y nos despedimos. Su sed de saber y su inteligencia al intercambiar ideas me habían intrigado, pero al verla alejarse, su presencia y su estilo me cautivaron.

- “¡Vaya, qué mujer tan fascinante”, pensé.

El viernes siguiente, comencé la charla programada con un cierto dejo de desilusión al no verla entre los presentes. Sin embargo, diez minutos después de empezar, la vi llegar, sentarse y escuchar atentamente. Una vez más, participó en el debate, hizo preguntas incisivas e inteligentes y luego esperó a que todos se fueran para acercarse, saludarme y disculparse.

- “Lo siento, el transporte público tardó más de lo esperado”, mencionó.

- “No tienes por qué disculparte, lo importante es que viniste y veo que te interesó”, respondí.

- “¡Oh, sí! Mucho. Te expresas de una manera clara y sencilla. Me encantó”, expresó.

- “Me alegro”.

- “De todas formas, me quedé con miles de preguntas para hacerte. Despertaste más interrogantes y ganas de saber en mí”.

- ¿Cómo te llamas?

- "Elizabeth", respondió.

- “Estaba pensando en cenar algo por aquí antes de irme, ¿te gustaría acompañarme y preguntar?”

- “No, mejor cena tranquilo”, contestó ella.

- “Elizabeth, no hay nada más insulso y descorazonador que cenar solo. ¿Qué tal si te pido que me acompañes?”

- “Bueno, así me lo pones fácil. Pero si mis preguntas te abruman, solo avísame, ¿está bien?”

-”Sí, señorita”, dije sonriendo y haciendo una pequeña reverencia.

Nos dirigimos a una pizzería cercana y, mientras disfrutábamos de una pizza napolitana, como había amenazado, me bombardeó con preguntas.

- “¿Qué estás estudiando?”, le pregunté cuando la pizza y las preguntas se terminaron.

- “Letras. Aunque dudé entre Letras y Filosofía, y aún lo hago”, confesó.

-”Ambas son interesantes. Son carreras que me encantaría estudiar. Sin embargo, no voy a cursar ninguna. Mis días de estudiante han pasado”, comenté.

- “Nunca se dejan atrás y dudo que tú no estudies. Puede que lo hagas por cuenta propia, pero seguro que lo haces. Tienes una mente muy inquisitiva para no hacerlo”.

El tiempo se nos fue escapando inadvertidamente. Los meseros recogiendo sillas y limpiando nos trajeron de vuelta a la realidad.

- “¡Vaya! ¡Se nos hizo tarde!”, exclamó con voz y gestos de alarma.

- “¿Tienes que levantarte temprano?”.

- “No, pero donde vivo no es aconsejable llegar tan tarde”.

- “¿Dónde vives?”

“En Florida, en la parte más humilde, hacia Constituyentes”.

- “Conozco la zona, viví en Martelli durante unos años. Si no te importa, puedo acompañarte. Estoy de camino a Escobar, casi paso por ahí”, propuse.

- “¿A Escobar? ¿Y vienes aquí a dar una charla”?

- “Sí, en coche, a esta hora, apenas tardo media hora”, expliqué.

- “Pero te haré desviarte mucho”.

- “Elizabeth, el coche no se queja y yo tampoco. Vamos. Tú me acompañaste a cenar y yo te acompañaré a tu hogar”.

- “O si no, acércame hasta Puente Saavedra y tomo el 161”

-”¿A esta hora? El 161 pasa cada media hora con suerte. No te preocupes, vámonos”, insistí.

- “Bueno, me da un poco de apuro”

- “No te sientas así. Es un placer”, y tomándola del brazo, repliqué.

Me apresuré a sugerirle irnos juntos.

La travesía resultó ser beneficioso para conocernos mejor. Tenía 24 años y una vida tranquila. Sus progenitores eran propietarios de una librería y, aun estando jubilados, seguían laborando, ya que el negocio, la interacción con los residentes, constituía su razón de ser. Sus dos hermanos mayores se encontraban viviendo en España y ella optó por comenzar la universidad tarde. Contribuía con sus progenitores unas horas por la mañana y luego se dedicaba a estudiar y a salir.

Le compartí detalles de mi existencia. Mi activismo de larga data, mis hijos ya adultos, mi situación actual, con escasas responsabilidades (poseía dos pequeñas propiedades que rentaba y le había dejado mi empresa de construcción a mi socio, y de allí obtenía algo de ingresos). Consideré la posibilidad de falsear mi edad, pero me pareció poco sensato hacerlo, así que le revelé que tenía sesenta años. Había practicado deportes toda mi vida y siempre había cuidado mi salud, por lo que normalmente aparentaba menos edad, pero no me parecía correcto mentir al respecto. Agradeció enormemente al llegar a su domicilio y me despidió con un abrazo afectuoso después de intercambiar nuestros números de teléfono celular.

Dos semanas más tarde, me habían invitado a dar una conferencia sobre el origen del patriarcado en un local perteneciente a un colectivo feminista, y se me ocurrió enviarle un mensaje a Eli, invitándola a asistir si así lo deseaba. Su respuesta me dejó sorprendido: "Por supuesto que iré. ¡Al fin apareces!" con un emoji de sonrisa y un beso. "¿Quieres que pase a buscarte?" le pregunté. "No, es demasiado, excesivo" fue su respuesta. "Tal vez lo sea para ti, no obstante, para mí no; me encantaría hacerlo". Su respuesta se hizo esperar más de treinta minutos. "Bueno, si lo insistes". "Estaré en tu casa el viernes a las 18 h" le dije. "No, por favor, espérame en la Puma de San Martín y Constituyentes" contestó de inmediato. "De acuerdo. Allí te esperaré".

Cuando la vi llegar, me dejó sin palabras. Lucía hermosa y elegante (según supe más tarde, esa era su forma de vestir habitual), pero muy bien arreglada para resaltar su figura. El saludo con un abrazo y un beso me pareció más cálido y prolongado de lo esperado, pero temí estar dejándome llevar por mis anhelos. Conversamos durante todo el trayecto. Estaba alegre y desenvuelta (más que yo, sin duda). La plática fue animada y una vez más, Eli intervino con perspicacia, planteando preguntas y aportando opiniones fundamentadas e interesantes. Cuando terminé de responder, saludar, agradecer e incluso tomarnos selfies, la vi esperando apoyada en una columna.

- "Veo que conquistaste a todas las chicas", me dijo entre risas y, a la vez, con un tono que me pareció de queja.

- "Es un tema muy mencionado y debatido, pero con poca información. Por eso les proporciono únicamente los datos científicos sobre lo que ellas experimentan, padecen y luchan por cambiar", respondí.

- "Entendido, profesor", replicó, entre risas y ligeramente escéptica. "¿Y ahora? ¿Compartimos otra comida?"

- "No. Nada de comida rápida. Si vamos a cenar, será en un lugar de calidad con buena gastronomía", afirmé.

- "Como usted disponga", contestó, haciéndome una reverencia.

Nos dirigimos a Casa Austria, en San Isidro, donde compartimos un guiso de carne, salchichas con chucrut y pastel de queso. Ella quedó encantada. Me confesó que ni ella ni su madre se desenvolvían bien en la cocina y que no habían probado esa clase de comida antes. Acto seguido, fuimos a tomar café al bar Santa Teresita, frente al río, donde seguimos conversando sin percatarnos del paso del tiempo. Cuando vi la hora, le dije que la llevaría a casa. A dos cuadras de su hogar, me pidió que la dejara allí y nos abrazamos para despedirnos; tenía la intención de darle un beso en la mejilla, pero ella giró la cabeza, haciendo que nuestros labios se encontraran. La besé lentamente y con ternura al principio, y luego le di un beso apasionado al que ella correspondió plenamente. Tras un largo beso, la miré y le dije:

- "Lamento si parezco más torpe de lo que soy, pero no me lo esperaba".

- "¿Te gustó?"

- "Mucho. ¿Qué planes tienes para este fin de semana?"

- "No lo sé, no tenía nada planeado".

- "Pues ya tienes algo planeado. Si deseas, pasaré por ti el domingo temprano y nos iremos de paseo a algún lugar o... puedo recogerte el sábado por la noche, te invito a cenar en casa y el domingo iremos a...".

pasear”.

-”Perdóname, pero me diste la oportunidad perfecta, ja, ja. Veo que has dejado de ser ingenuo” dijo sonriendo

- “No, pues mira…” comencé a decir, pero me interrumpió.

- “Me parece genial que me invites a cenar a tu hogar. ¿Qué te parece mañana a las 20h?”

- “Por supuesto” respondí mientras la acercaba a mí para besarla.

Me retiré a mi casa con la mente llena de pensamientos y con una emoción imparable. Ni siquiera había considerado que Eli pudiera estar interesada en mi. No porque no me atrajera, sino por la diferencia de edad. No podía creer que la hubiera besado y que al día siguiente iba a pasar la noche conmigo. Al día siguiente organicé la casa, preparé la cena por la mañana y dormí una buena siesta, no quería estar somnoliento por la noche, ya que no planeaba dormir. La fui a buscar, llegó con un pequeño bolso y el encuentro fue muy cálido y tierno. Al llegar, le mostré la casa, encendí la chimenea a pesar de que el invierno no era riguroso. Siempre es agradable comer con el fuego presente.

Cenamos sopa borsch (que le encantó) y cerdo asado con una salsa dulce y salteado de verduras. Mientras salteaba en el wok, ella exploraba cada rincón, hojeaba mis libros, me hacía preguntas sobre mi vida y ocasionalmente venía por detrás, me abrazaba y me llenaba de cariño. Había preparado unas natillas de postre, las cuales ni siquiera probamos. Insistió en que dejara todo sin lavar, que ella se encargaría por la mañana, y se dirigió al dormitorio, pidiéndome que fuera cuando me llamara. Cuando lo hizo, y fui, estaba acostada y tapada. Me desvestí y al meterme entre las sábanas descubrí que estaba completamente desnuda.

- “¿Te gusta que te mimen?” pregunté.

- “Mucho”.

- “Entonces, gírate y permíteme mimarte. Si algo no te agrada, házmelo saber, pero si no, por favor, déjame disfrutar de tu cuerpo”.

- “Está bien”, respondió, un poco intrigada.

Utilizando una crema para masajes, comencé a frotarle el cuello y la espalda con suaves movimientos, pasé por sus glúteos para trabajar sus piernas, descendiendo hasta sus pies, los cuales masajeé detenidamente.

- “¿Te gusta?”

- “Me encanta. Pero yo no hago nada”, se quejó.

- “Claro que haces algo. Estás disfrutando y me permites saborear la belleza de tu cuerpo. Pero si algo te molesta, dime”.

- “No, todo está bien, es maravilloso. Pero no estoy acostumbrada a recibir tantas caricias sin participar”.

- “Ya llegará tu turno, ten paciencia. Ahora, cierra los ojos y déjate acariciar”.

- “Está bien, profe”, dijo con una risa.

- “Ahora, gírate, pero por favor, mantén los ojos cerrados. Te permitirá disfrutar más. ¿O prefieres que te venda los ojos?”.

- “Sí, me gustaría”

Le coloqué una venda en los ojos con un pañuelo y ella me permitió hacerlo sin decir nada. Ya boca arriba, comencé a acariciar su pecho, evitando sus senos. Cuello, costados, vientre y poco a poco, descendiendo sin llegar a su pubis. Bajé a las piernas y, al terminar, subí de nuevo. Empecé a acariciar y lamer sus pezones suavemente mientras ella suspiraba y tensaba su cuerpo. Luego, comencé a acariciar la parte interna de sus muslos rozando su vulva, pero sin tocarla. Su cuerpo se movía en busca de más contacto. Cuando sentí que estaba muy excitada, bajé para lamerla suavemente, pasando la lengua por sus labios hasta llegar al clítoris, al cual apenas rozaba con el aliento o leves toques de mis labios. Sus manos apretaban las sábanas y su cuerpo se arqueaba ante el contacto.

Al notarla lista, empecé a introducir un dedo y después dos, muy suavemente, moviéndolos delicadamente, mientras seguía lamiéndola. Fue entonces cuando experimentó su primer orgasmo. Esperé a que pasara y continué con los dedos y la lengua, besando y succionando de vez en cuando el clítoris. En ese momento, tomé un pequeño vibrador de la mesita de noche y comencé a deslizarlo por su vagina, variando la intensidad de la vibración. Ella se removió inquieta y preguntó:

- “¿Qué es esto?”.

- “Un juguete para mejorar la experiencia. ¿No te gusta?”

-

"No, me pareció curioso, pero atrayente, prosigue".

Seguí con el juguete sexual, mis lamidas y mis besos. Deslicé el juguete por su vagina, acariciando su zona trasera ligeramente y luego colocándolo sobre su clítoris. En ese instante, ella posó sus manos en mi cabeza y la empujó hacia ella. Mientras yo succionaba de manera intensa, alcanzó su segundo clímax. Permanecí inmóvil por un momento mientras ella jadeaba y recuperaba el aliento.

- "¿Estás disfrutando?", pregunté.

- "Mucho", respondió.

- "¿Puedo continuar un poco más?", inquirí.

- "¿Aún más?", dijo sorprendida.

- "Sí, a menos que te resulte desagradable".

- "No, sigue, sigue".

Regresé a su hermosa zona íntima, lamiendo y explorándola. Tomé dos consoladores de la mesita de noche y comencé a utilizarlos, introduciendo uno con suavidad en su vagina mientras la estimulaba oralmente, y con el otro, de menor tamaño, acariciaba delicadamente alrededor de su ano. En ese momento, ella se contrajo ligeramente.

- "¿No te gusta? ¿Debería parar?", pregunté.

- "No, no. Solo necesito que lo hagas muy despacio", dijo.

- "Jamás deseo causarte dolor, ni realizar algo que no te agrade. Si algo te incomoda, házmelo saber y detendré. Pero si estás disfrutando, confía en mí y permíteme, solo deseo brindarte placer".

Continué explorando su intimidad con cuidado y delicadeza. A medida que se relajaba, su cuerpo comenzaba a disfrutar y desear más. Poco a poco, ambos consoladores encontraron su lugar en medio de besos y lamidas. En un instante, ella presionó mi cabeza hacia su pelvis nuevamente, arqueó su cuerpo, gimió por un momento y alcanzó un orgasmo con un gemido ahogado, mientras sus manos se aferraban a mi espalda y presionaban mi cabeza. Luego relajó la presión y quedó relajada, quieta y en silencio. Retiré con suma lentitud ambos consoladores, me situé a su lado y comencé a besar su cuello y pezones.

- "Detente, no puedo más", dijo al acercarme a ella y darnos un largo beso, quitándose la venda.

La abracé y nos quedamos en esa posición por un buen rato. Poco a poco fue recuperando fuerzas y comenzó a acariciarme. Tomó mi miembro delicadamente con sus manos y lo acarició. Luego me empujó suavemente para que quedara boca abajo, me indicó "Ahora tú quédate quieto" y se dispuso a estimularme oralmente, pasando su lengua por mi miembro ya erecto, dándole pequeños besos y succiones suaves. Cuando me acomodé con más almohadas para poder observarla, ella se acomodó para continuar estimulándome mientras me miraba con una expresión de placer que me excitó aún más. Sin decir nada, le pasé un preservativo que ella colocó en mí, sin dejar de besarme ni acariciarme.

Luego se sentó sobre mí e introdujo mi miembro en su intimidad. Una vez que estuvo completamente dentro de ella, comenzó a moverse suavemente en círculos, sacando y volviendo a introducir mi pene, mientras guiaba una de mis manos a sus pechos. Me miraba con una expresión de deleite que me enloqueció. La besé, acaricié sus senos, la tomé por las caderas para dirigirla a mi gusto. Ella me permitía hacerlo y al mismo tiempo tomaba el control, y yo seguía su ritmo. En un momento dado, la giré para colocarla de espaldas a mí.

- "Preciosa, abre un poco más las piernas", le pedí.

Ella obedeció y me aproximé un poco más a ella, logrando que mi miembro se adentrara profundamente en su intimidad. Abrió los ojos y lanzó un gemido ahogado.

- "¿Te duele? ¿Retiro?", pregunté.

- "No, no, no. No se te ocurra sacarla. Es que nunca experimenté esto".

- "¿Disfrutas?", pregunté.

- "Sí, mucho".

- "Entonces abrázame y déjame disfrutar de tu hermoso cuerpo".

Comencé a moverme lentamente y continuamos así durante un buen rato hasta que nuevamente su cuerpo se contrajo, me abrazó con fuerza y comenzó a gemir continuamente.

- "Así, sigue, no pares", dijo mientras alcanzaba un orgasmo.

Permanecimos abrazados mientras seguía penetrándola y de vez en cuando me era

- Movía apenas para mantener su erección.

- “¿Quieres que te des la vuelta? ¿Sería posible?”.

- “Sí. Pero muy despacio, por favor”.

Saliendo de ella, ella giró para ofrecerme su espalda, le coloqué una almohada debajo de su pelvis para elevar su trasero, me acosté sobre ella, dándole besos en el cuello y en la espalda, luego, guiando mi miembro con la mano, lo apoyé contra su ano y lo dejé allí, ejerciendo apenas presión. Al principio estaba inquieta, pero lentamente, al ver que no aplicaba fuerza, se fue relajando y su trasero se fue abriendo hasta que la punta de mi pene ingresó en su colita.

- “Ahhhh”, gemía. “Espera”.

- “No tengo intenciones de hacer nada. Tu colita tiene que permitirme entrar, de lo contrario, no deseo penetrarte”.

- “Deseo que estés adentro, pero dame tiempo”.

- “Tómate todo el tiempo que necesites, hermosa”, le expresé mientras la besaba.

Poco a poco, casi sin darse cuenta, mi miembro fue penetrando su colita hasta estar completamente dentro.

- “¿Lo sientes, Eli? Está todo en tu colita”.

- “Sí, sí. Déjalo quieto allí por un momento. ¿Puede ser?”.

- “Por supuesto, lo que te produzca placer. Quiero tomarte por completo. Quiero disfrutarte por completo. Pero juntos. Si no disfrutas, no me satisface a mí”.

- “Gracias”.

- “No agradezcas. Es lo mínimo que mereces. Y ahora, hermosa mujercita, voy a empezar a poseerte por ese culito hasta que alcances el clímax”.

- “Sí, sí. Tienes un miembro grande. Me cuesta al entrar, pero luego es muy placentero”

- “Me complace que te guste, porque va a permanecer allí un rato. Me encanta tu colita. Siento cómo te poseo por completo”, le decía mientras mi miembro salía y entraba de su anillo a un ritmo cada vez más intenso. Eli no solo no se quejaba, sino que estaba muy excitada.

- “Sí, papi, sí. Penétrala toda a tu nena”

- “¿Te gustaría que te posea sin protección y eyacular dentro de ti?”

- “¿Te agradaría?”.

- “Me encantaría”.

- “Retíralo y poseme hasta acabar”.

Retiré mi miembro, me quité el preservativo y lo introduje de nuevo en su colita.

- “Ahora sí, nena, agárrate a la almohada porque voy a embestir ese hermoso trasero tuyo y llenártelo de semen”

- “Sí, papi, sí. Quiero sentir cómo acabas dentro de mí”.

Comencé a embestirla sin reservas mientras ella se acomodaba para permitirme una penetración más profunda, hasta que la abracé con fuerza, inseré mi miembro con intensidad y acabé con un gemido ahogado, mientras ella se estremecía acompañándome en un orgasmo. Retiré mi miembro y me tendí a su lado, sin fuerzas y jadeando. Todavía sin aliento, sentí cómo me acariciaba el pecho y luego descendía hasta tener mi miembro en su boca, chupándolo suavemente. Luego se recostó a mi lado nuevamente, tomó mi mano y dijo:

- “Me gustó mucho, de verdad”

- “Me alegra, porque a mí también. Eres una mujer preciosa. Disfruto del sexo contigo”.

- “Debo confesar que al principio me sentí un tanto extraña. No estoy acostumbrada a que me mimen tanto. Los hombres no suelen prestar tanta atención a las caricias previas. Por lo general, soy yo la que baja a practicar sexo oral. Y tú me hiciste llegar al clímax tres veces antes de penetrarme. Lo disfruté mucho. Además, nunca antes había experimentado con estos “juguetes”. Como mucho, solía usar el consolador cuando estaba sola”.

- “Eli, deseo tener todo tipo de relaciones sexuales, siempre y cuando ambos sintamos placer. Quiero que seas mi compañera de juegos eróticos y yo seré tu amante. Estoy dispuesto a probar todo lo que desees, con tal de que ambos estemos de acuerdo”.

- “¿Quieres que sea tu amante sumisa?”

- “Totalmente. Para poseerte de todas las formas y hacerte llegar al éxtasis muchas veces”.

- “Dime, ¿podremos estar juntos el fin de semana, y mejor dicho, hoy (dijo tras mirar el reloj), sin la necesidad de salir a pasear?”.

- “¿Por qué?”

- “Porque deseo que me poseas durante todo el fin de semana. ¿Puede solicitármelo tu amante?”

- “Totalmente de acuerdo”, le dije abrazándola y besándola. “¿Vamos a ducharnos?, pregunté.

- “Los dos juntos”.

-”Sí, deseo enjabonarte por completo y tal vez, hacerte el amor en la ducha”.

- “La idea de compartir el baño comienza a resultarme muy atractiva”.

- “Entonces, ¡a bañarnos!”, le dije mientras le daba una suave palmada en el trasero.

- “Ay, me gustó esa palmada. Sumémosla a nuestro repertorio sexual”, dijo mientras se ponía de pie.

- “Con mucho gusto”, y nos dirigimos hacia el baño.

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