0%

Las experiencias de Amanda: Utilizada en la eterna época estival (1)


Escuchar este audio relato erótico
0
(0)

En este momento

La residencia había comenzado su recorrido en los años 20 del siglo pasado y finalizó deshabitada a mediados de los años 90 del mismo. En la actualidad, era poco más que una ruina en ruinas. En varios lugares de ella, la nieve que se acumulaba cada año para luego desaparecer en los breves veranos de Montana, había deteriorado su estructura y había causado pequeñas caídas de tejas y grietas en la madera, por donde se filtraba el frío del invierno, volviéndola prácticamente inhabitable, salvo para animales dañinos. Tanto la pintura como las decoraciones del lugar estaban destrozadas o reemplazadas por grafitis de individuos locales, otorgando un colorido que año tras año se desvanecía para ser renovado junto a otra generación de grafiteros.

Otra ruina del pueblo donde se encontraba la casa, otra víctima del declive de la industria maderera debido a la deslocalización de empleos, el aumento del consumo de drogas y depresivos, y finalmente de las disputas internas... La familia se trasladó en busca de esperanza, quizás la halló en otro lugar. Ahora este hogar era poco más que una ruina a punto de colapsar y que nadie adquiría para evitar afrontar los gastos de su demolición. Sin embargo, durante tres semanas ha estado siendo habitada y no precisamente por buenos vecinos.

La residencia se había llenado de “objetos”, en el sentido más perjudicial de la palabra. Ellas habían arrastrado consigo a parte de la población infantil de los pueblos cercanos, sus padres y la policía los habían estado buscando, incluso habían inspeccionado la casa pasando junto a los niños pero sin dar con ellos. Sus víctimas aguardaban su momento para ser parte del alimento de esas abominaciones. Algunos niños permanecían sentados contemplando al vacío con una sonrisa idiota en sus rostros, murmurando para sí mismos en discusiones imaginarias, otros se lastimaban levemente golpeando sus cabezas contra las paredes rítmicamente, mientras la sangre que fluía por sus frentes se congelaba tras un lapso en el gélido aire, pronto colapsarían y caerían al suelo, algunos masticaban desperdicios con deleite dañando sus dientes y bocas, sus vidas se acortaban mordisco a mordisco. Aquellos que tenían aún menos suerte habían caído desfallecidos en el suelo, convulsionando ligeramente... Los que ya no contaban con suerte simplemente se habían detenido.

Rodeada del silencio que solo puede ofrecer un panorama completamente nevado, esta había sido la escena de los días previos, con los niños quizás algo más "animados" dentro de lo que permitía su trance... Pero ahora se escuchaba un sonido distinto proveniente del desván de la casa.

Con la iluminación proveniente de una tragaluz rota, se podía observar desde allí una escena repleta de lujuria y depravación. Una mujer joven de cabellos blancos como la nieve acumulada en el exterior y ojos de un azul ligeramente desteñido, se hallaba a cuatro patas sobre un colchón viejo con un penetrante olor a abandono... Al que se sumaba el de fluidos corporales tanto propios como ajenos. El colchón, ya bastante deteriorado, crujía bajo su peso y el de sus acompañantes.

Su piel impecablemente clara quedaba al descubierto de la cintura para abajo salvo por dos calcetines de tonalidad añil, ya que sus pantalones y ropa interior negra, que sin lugar a dudas acentuaban aún más ese contraste con su piel nívea, se encontraban arrojados descuidadamente en un rincón, junto a uno de esos observadores inocentes inconscientes. Movía su cuerpo al compás marcado por su montador, a quien no se le podría denominar amante, masajeando con manos groseramente deformadas el trasero respingón de la mujer que se balanceaba cada vez que movía su pelvis para introducir más profundamente su miembro erecto en el húmedo coño de la mujer.

Parece

Agusto de presenciarla excitada, aunque de vez en cuando se divierte haciéndole otra leve marca roja con una de sus uñas especialmente afiladas, cuya sangre tiñe las nalgas de ella para después coagularse. La mujer, al tener la boca ocupada por otra criatura similar, no puede gemir ni quejarse del dolor... Pero no necesariamente por voluntad propia. Su mente intenta mantenerse en blanco, esperando su momento, pero el placer y la culpa dificultan mantener esa calma mental que podría sacarla de esta situación.

Hay cinco siluetas rodeándola. Si las ves desde cierta distancia por su altura, podrías intentar compararlas con chicos de entre 10 a 12 años, con ropas algo anticuadas y desgastadas... Pero al acercarte unos pocos pasos te darías cuenta de sus manos. Aunque sería más adecuado hablar de garras. Y si aún no has huido como alma que persigue el diablo, al acercarte unos metros más, te percatarías con horror de sus rostros...

Imagina rostros alterados mediante un programa de modificación de imágenes, agrandando la cabeza, achicando los ojos hasta convertirlos en pequeñas hendiduras, dejando solo mechones de lo que alguna vez fue un cabello espeso, pero lo suficientemente largo para dar una apariencia aún más salvaje, y añadiendo dientes afilados al conjunto.

Todos están sin la parte de abajo de su vestimenta, añadida al montón donde se encuentran las pertenencias de la mujer, ya sea pantalones o falda en un caso. Con sus sexos expuestos y erectos por la excitación o, en el caso de la "muchacha", con la entrepierna bien húmeda frente al rostro de la mujer obligada a "comer", aunque su lengua se mueve de manera experta impulsada por el morbo, y por el sonido de chapoteo que provoca al recibir el miembro de esa entidad en su sexo, aunque mire con desdén a las criaturas, no puede decir que sus instintos más bajos no estén trabajando para humillarla aún más.

Las otras figuras la rodean riéndose con tonos guturales, con sus miembros en sus manos, masturbándose a punto de alcanzar el clímax. La chaqueta de la mujer evidencia que no es la primera vez que lo hacen, los chorretones de semen recorren la chaqueta de color púrpura. La criatura que la penetra en cierto momento se aferra a su cintura y deja caer su cuerpo sobre ella, mientras la mujer grita: —No te corras... —Pero la criatura femenina la obliga nuevamente a continuar, y al poco, también alcanza el clímax como su compañero, aunque esta vez en el rostro de la mujer. Tras un instante de silencio, otras dos entidades reemplazan a las dos descargadas y los gemidos de la mujer vuelven a iniciarse, mientras murmura un “por favor, deténganse” antes de que el miembro de una de esas criaturas, que es más grande de lo que debería ser para alguien de su tamaño, se introduzca en su garganta.

Al lado de la habitación se encuentra el bolso preparado de la investigadora de lo paranormal, ahora vencida y utilizada en grupo. Odiaba a esas criaturas, había planeado durante años cazarlas. Pero hubo algo con lo que no contó. Y este algo sube por las escaleras raídas que conducen al desván con una pesada hacha en las manos. Los ojos de Amanda se llenan de lágrimas al ver la sonrisa feliz en el rostro del recién llegado.

Tres horas atrás en la comisaría del pueblo Big Timber, Montana

El sheriff del pueblo donde Amanda había llegado hace un par de horas es un hombre robusto que avanza tanto en años como en peso, y que en este momento se encuentra sentado frente a su escritorio. Había estado impaciente revisando los informes, había formulado preguntas a las fuentes que había podido consultar. Tenía poca información sobre la mujer con la que debía encontrarse. Una cosa estaba clara. Siempre la llamaban cuando algo se había colado por las grietas. Ese era el argot policial para referirse a casos extraños, de esos que te hacen sudar frío. Los que te hacen plantear preguntas incómodas en tus largas horas de insomnio en la comisaría. Sí, había tenido algunos casos así, pero al final alguien se ocupaba... Con el tiempo.

Sin embargo, eso no era algo que pudiera permitirse en esta ocasión.

Exhalando, tomó la fotografía de su nieta y su expresión se contrajo. No, definitivamente no podía esperar. Al escuchar que llamaban a la puerta, se sintió un poco nervioso como si fuera inexperto y, carraspeando, dijo "adelante, pase". Intentó mostrar la mayor profesionalidad posible frente a la mujer que entraba en la oficina. Tras un breve saludo, se sentó frente a él. A pesar de estar casado con una mujer maravillosa a la que estimaba, la figura curvilínea y la presencia única de la recién llegada despertaban ciertas necesidades, a pesar de la tensión que experimentaba. Trató de mantener la mirada en los ojos, aunque le resultaban un tanto inquietantes —No tengo idea de cuánto le habrán informado...

Amanda completó la frase: —En cualquier caso, prefiero conocer todos los detalles de primera mano. La información es crucial en una investigación, tanto en su campo como en el mío. —Resumió lo que sabía: —Las desapariciones de niños han ocurrido recientemente, entre edades de 5 a 12 años, comenzó con cuentagotas pero ahora hay veinticinco casos confirmados. Estos sucesos empezaron hace aproximadamente tres semanas, coincidiendo con la época más cruda del invierno, y cada fin de semana se descubren algunos de sus cuerpos abandonados en diferentes lugares... No confía en el gobierno, ya que este caso le concierne personalmente, por eso estoy aquí. Mi tarifa ya ha sido redactada y usted ha aceptado los términos, incluyendo un extra por imprevistos. —Mantuvo un tono imperturbable y profesional. Si lo que le habían transmitido era cierto, estaba segura de que el hombre frente a ella tenía múltiples preocupaciones. Le molestaba que le hubieran contactado casi un mes después. Podría haber salvado a más niños si lo hubiera hecho.

Carraspeando, él comenzó: —Mire, señorita Amanda. Este es un pueblo quizás ya grande, pero al final todos nos conocemos. No hay delitos graves y la vida transcurre entre disputas vecinales, multas impagas y algún esposo abusivo... Pero lo ocurrido en estas semanas está en otra categoría. —Abrió el expediente que tenía sobre la mesa, repleto de fotos de niños sonrientes, mapas y demás documentación: —No solo afecta a este pueblo, sino a otros dos cercanos, entre los tres alcanzamos esa terrible cifra... Sabemos quién es el culpable... O al menos las cámaras han captado algo. Una furgoneta de trabajo con los cristales tintados, con imágenes de Star Trek en sus laterales.

Enfadado, golpeó la mesa con el puño, sin inmutar a Amanda, quien comprendía cómo se sentía: —¡Ese maldito vehículo debería ser una maldita sirena! Todos deberían recordarlo si lo ven. Pero NADIE, y repito, NADIE, lo vio, según las grabaciones ha estado circulando por el pueblo, estacionándose en los lugares donde ocurrieron las desapariciones. No se ve al conductor, solo se ven a los niños entrando en él. Y luego desapareciendo, pero al tomar la carretera que se aleja del pueblo desaparece de la vista. Ninguna cámara lo registra —Negó con la cabeza: —Y ¿sabe una cosa? En varias ocasiones estuve en el lugar y en el momento en que estacionó la furgoneta, pero tampoco la vi. —Señaló un fotograma de un vídeo impreso. Allí estaba la furgoneta, tan cliché que solo le faltaba un letrero de secuestrador encima... Pero no dejó de notar cómo la imagen se distorsionaba ligeramente ¿Un hechizo?

Amanda comenzó a descartar posibilidades, y las que le quedaban no eran en absoluto alentadoras. —Por favor, continúe. —Al ver la taza de café vacía del hombre, le preguntó: —¿Desea que se la rellene?

Este pequeño gesto logró relajar un poco la atmósfera y por primera vez, el alguacil esbozó una leve sonrisa: —Sí, por favor. —Tras la breve pausa en la cual Amanda le sirvió más café y se sentó frente a él nuevamente, el hombre prosiguió, algo más calmado tras dar un sorbo a la taza: —Hicimos un rastreo en la zona, pero la búsqueda resultó infructuosa; fue entonces cuando empezaron a aparecer los cadáveres. Tirados en el hielo, con...la misma indumentaria con la que salieron de sus hogares o del centro educativo. Pero notamos que algo andaba mal cuando nuestro médico forense detectó un extraño moratón en el cuerpo de una de las niñas. Pedimos autorización a sus progenitores y estos bondadosamente nos la concedieron. Sus órganos presentaban un estado similar al de una persona de avanzada edad, el desafortunado Charles me observaba con un semblante enajenado cuando me lo comunicó.

Después de tomar un sorbo de su bebida y con Amanda atenta, prosiguió diciendo —Esos infantes no perecieron a causa de golpes, falta de alimento o frío, sino de manera natural. Fue un colapso de sus cuerpecitos, debido a una vejez prematura. Así fue como los hallaron en otros cuerpos... Fue entonces cuando nos comunicamos con las autoridades federales. Sin embargo, mi colega se retiró anticipadamente y al contactarlo, me instó a no preguntarle nunca más, mencionando que prefería no involucrar a su familia en dificultades. Los cadáveres fueron puestos bajo la investigación estatal y aquí no ocurrió nada ¿Entiende?

Amanda asintió y la situación no le agradaba. Han sido meses complicados, pero no tiene intenciones de volver a tener vínculos con el gobierno. El hombre volvía a mostrar creciente irritación. —Hallaron a un individuo, supuestamente responsable de secuestrar niños. Un imitador y todo quedó resuelto. Se informó a las familias sobre la disolución de los cuerpos de los niños aún no encontrados en ácido. Compensaciones, silencios...

Amanda intervino inquiriendo: —Pero ¿seguirán desapareciendo niños, verdad? —El sheriff asintió y, al levantarse y mirar hacia un pequeño terreno baldío donde los pequeños jugaban a lanzarse bolas de nieve bajo la atenta (y algo temerosa) mirada de sus progenitores. —Sí. Además, ocurrió algo más. Uno de los chavales logró escapar de su captor y regresar a casa. No sobrevivió mucho más, sufrió un fatídico ataque al corazón prematuro... Les relató a sus padres acerca de su encierro, mencionando a un individuo corpulento que les suministraba alimentos, mientras jugaban en una residencia donde era eternamente verano y donde se encontraban con niños muy singulares con los que jugaban... Pero una vez siguió inadvertidamente al hombre corpulento hasta la salida. Se percató de que había transcurrido demasiado tiempo y que debía regresar a su hogar... Pobre crío —El sheriff desafió a Amanda con la mirada.

No, Amanda no se burlaba, sino que apretaba los puños hasta blanquear sus nudillos y lastimarse. "No, ellos no. ¿A cuántos debo perseguir para evitar que esto se repita?". Finalmente, con gran seriedad, expresó intentando contener sus emociones —¿Sabe dónde se encuentra esa residencia? —El sheriff respondió, reordenando los documentos y sacando finalmente fotografías de una antigua casa de campo de dos pisos: —Sí, la hemos investigado exhaustivamente, pero no hay nada, ABSOLUTAMENTE... Aun así. —Guardó silencio por un momento y continuó: —Mi nieta ha desaparecido, es un angelical niña de apenas seis años. Mi hijo ruega que la encuentre... Pero juro por Dios que escuché la risa de mi pequeña Angélica en ese lugar. —A pesar de su firmeza habitual, sus ojos estaban a punto de derramar lágrimas. Amanda se decidió y tomó la fotografía. El sheriff no lo advirtió, pero ella sí reparó en las rostros distorsionados que observaban desde las ventanas.

Hace una hora, en los alrededores de la antigua residencia de los Thompson

Amanda se frotó ligeramente las manos para calentarlas. Seguramente tendría que cuidarlas una vez concluido el caso. Sin duda, una reconfortante ducha caliente le vendría bien. A pesar de sus deseos, no podía utilizar guantes debido a la necesidad de precisión al colocar dibujos y artefactos, por lo que estuvo un buen rato merodeando la casa entre el frío. Sus presas no se percataron de su presencia. Ya disponía de varios amuletos para tales situaciones.

Gracias a una serie de precauciones, pudo disminuir el glamour, la ilusión que ocultaba las verdaderas actividades del lugar, y así podría localizar a los niños... Aunque no albergaba muchas esperanzas de poder salvarlos. Ha transcurrido mucho tiempo. Lo único

Lo que cabía esperar era que las criaturas no habían sido muy glotonas.

Sin embargo, era imperativa la labor de rodear de resguardos el lugar. Su intención no era apartar a las criaturas y rescatar a los niños... No, pretendía erradicar cualquier indicio de la existencia de esas entidades y, en segundo plano, rescatar a los pequeños. De lo contrario, el problema se trasladaría a otra localidad. Nada irritaba más a Amanda que las hadas, y entre todas ellas, aquellas que robaban los días eran los seres que detestaba más. Esto se debía en parte a un enfrentamiento que tuvo en su infancia, del cual prefería no olvidar, solo para mantener ardiendo la llama de la venganza.

De por sí, las criaturas no representaban un peligro, siendo menos fuertes que un ser humano. Aunque contaban con garras y dientes, según lo que le habían enseñado sus tutores, a menos que hubiera un grupo numeroso de ellas, no suponían una amenaza física. Amanda sabía que estas criaturas eran los recuerdos de niños extraviados, sí, al estilo de Peter Pan. Hadas que se alimentan de juventud, ya que, por lo que sabía, lo hacían tanto por la nutrición como por la compañía, disfrutaban de la compañía de los niños. Era como criar un cerdo vietnamita para luego degustarlo en una parrillada. Por eso atraían a los infantes, como niños nuevos atractivos que siempre tenían lo que los demás querían y que, con sus fantasías, los seducían para llevarlos a su lugar especial. Un lugar donde el verano nunca llegaba a su fin. "Malditos monstruos repugnantes", pensó Amanda mientras concluía la última salvaguarda.

Además de sus extraordinarias habilidades con el glamour, debía tener en cuenta la presencia de su protector. Normalmente un adolescente o adulto que realizaba las tareas necesarias, compraba alimentos reales para los niños, atendía sus requerimientos de caza, los transportaba en vehículos camuflados con glamour, los protegía (a pesar de que usualmente estaban tan absortos en las fantasías que les proporcionaban que eran bastante lentos e ingenuos) y actuaba como una suerte de "padre" para ellos. Estos seres obtenían dinero sacrificando una parte de sí mismos; su sangre era un rejuvenecedor genuino, aunque temporal, por supuesto. Los "padres" recolectaban la sangre de las criaturas y la vendían a "Houdinis" desalmados. Individuos influyentes utilizaban esta sustancia y les resultaba tan vital como para obstruir investigaciones policiales, sobornar a los progenitores, comprar niños y, en algunos casos sonados en el mundo mágico, establecer algo análogo a granjas de engorde. No obstante, en esos casos, el gobierno solía intervenir con firmeza y contundencia.

Amanda se preparó con una pistola estándar y otra provista de balas de hierro puro, además de varios amuletos contra el glamour. No deseaba terminar como un zombi mirando fijamente a la pared y golpeándose la cabeza o jugando a las casitas con esas monstruosidades. Además, había dejado mensajes preventivos a varios conocidos... Aunque confiaba en no necesitar su ayuda, ya que había estado cazando a estos seres durante años y conocía a la perfección sus conductas. No quería revivir episodios como los vividos con el caso de la cripta Matheson, que la habían afectado especialmente desde entonces. Había acabado cediendo a una cena y... habían mantenido relaciones durante unas semanas de idas y venidas, pero al final... lo había mandado al diablo de nuevo. Prefería no rememorarlo.

Estaba segura de que esas entidades estaban a punto de partir. Una comida y podrían permanecer dormidos unos años en alguno de sus refugios perdidos en la nada, con sus cuidadores, inmersos en un éxtasis del cual solo despertaban cuando salían de caza, si bien manteniendo su proceso de envejecimiento. Por ello, se colocó una pesada chaqueta donde portaba todo su equipo y dio inicio a la caza. Avanzó hacia la casa con sigilo, tratando de no hacer mucho ruido, aunque no le preocupaba en exceso.

Los ladrones de días solían ser descuidados, ya que la gran mayoría no podía verlos y eran disuadidos por el glamour, ignorando las consecuencias de sus actos. Tan bulliciosos y alborotadores como los niños de los que se nutrían, eran vistos por estos últimos como los chavales más geniales.

Y amigables que jamás había encontrado. Para Amanda (igual que a todos los adultos inmunes al encanto), sus rostros siempre le traían a la mente algo salido de una pesadilla... Al menos agradecía que al tener mentes infantiles, nunca habían mostrado interés en ella. Sin embargo, la raíz de su aversión se remonta a años atrás, cuando llevaba un par de años en su nuevo hogar tras la disolución de la secta, la engañaron. Tenía solo nueve años, a punto de cumplir diez. Y por su culpa desapareció su hermanastro de 13 años.

Bart era un chico grande, demasiado, incluso para su edad, y su corazón era igual de grande, siempre amable con ella, atento con los vecinos y obediente a su padre. A pesar de todo, solía meterse en peleas; los chicos mayores lo consideraban una amenaza, pero nunca se atrevían a enfrentarlo solos. Temían a Bart... Y ella, con sus nueve años, veía al chico como su gigante protector, no especialmente atractivo, pero eso no le importaba, para Amanda era su defensor. Antes de convertirse en una mujer, más atractiva, solo era una niña albina, delgada y propensa a ensuciarse, aficionada a conversaciones peculiares. No le gustaban los cuentos de hadas de Disney, prefería las historias menos convencionales como Shrek. Para ella, Bart era su mejor amigo, su apoyo y, de alguna manera, su primera "atracción" que una niña de su edad no podía comprender del todo.

Sin embargo, Bart a veces la asustaba cuando se enojaba, generalmente por culpa de alguien que se metía con ella. La primera vez que Bart la vio, una niña pequeña y asustada escondiéndose tras las piernas del único adulto en la sala. Bart la encontró la niña más hermosa y adorable del mundo. Su padre le dio un consejo que siguió al pie de la letra "un hermano mayor siempre debe proteger a su hermana menor, aunque le cueste"... Y eso era lo que hacía de manera contundente. Los niños nunca molestaban a Amanda, porque si Bart se enteraba, entonces Bart les hacía sufrir, ¡y mucho!

Por lo tanto, acababa castigado en su habitación en varias ocasiones. Amanda se sintió muy sola esa tarde de invierno y entonces apareció ese chico tan encantador, con un atuendo que recordaba a las películas antiguas de nobles y damas. Se hacía llamar "emperador", un apodo tonto, pero a ella le hacía tanta gracia que seguía la broma. Y lo mejor de todo, a pesar de ser diferente, quería jugar, la hacía reír con sus respuestas a los problemas de Amanda y durante unos días siguió apareciendo hasta que ella aceptó ir a su casa a jugar... Amanda no llegó a vivir el eterno verano, porque Bart hizo lo que siempre hacía cuando su hermana estaba en problemas. Salir en su defensa.

La siguió hasta la casa y se enfrentó al "padre". Amanda arrugó el ceño al recordar cómo el hombre se agarró el cuello cuando el cuchillo de caza de su padre se hundió en su garganta hasta el mango y luego cayó al suelo. Bart se enzarzó con varios de los criminales, dando tiempo a Amanda para escapar. Cuando su padre le hizo caso al anochecer al ver que Bart no regresaba (pues no creía en los cuentos de hadas de Amanda) fue demasiado tarde... Ya se habían ido, quedaba solo el cadáver del hombre en el suelo, y Bart nunca fue encontrado. Desde entonces, los ocasionales tragos de su padrastro se hicieron más frecuentes... No es que dejara de quererla, pero ya no era la misma persona.

Alejando los recuerdos, tenía que estar alerta ya que estaba cerca de la puerta principal, observaba a su alrededor. No veía al "padre" por ningún lado, ni tampoco la furgoneta, por lo que suponía que había salido de compras o de cacería. En cualquier caso, eso facilitaría mucho poner fin a esas cosas. Una casa de verano, típicamente. Con unos tres o cuatro criminales y el "padre". Tan pronto como disparara a uno de ellos, el resto o bien resultaría herido al intentar atacarla o intentaría huir y chocarían contra la

protección inmovilizándolos y eliminándolos hasta la finalización de sus vidas. Fácil.

Al adentrarse percibió el aroma a polvo y sus prendas íntimas comenzaron a humedecerse (esto siempre la disgustaba, especialmente con estas criaturas a las que tanto menospreciaba), sin duda allí se hallaban esos seres. Gracias a los medallones, también percibió el olor a sudor y excrementos, ya no enmascarado por el encanto. Asimismo, se dejaban escuchar los susurros de los niños y de las criaturas que los rodeaban. Debía estar alerta porque sobre su cabeza había aberturas que daban al piso superior. Podrían ser aprovechadas para que las criaturas se abalanzaran sobre ella, si le arrebataban los medallones podría encontrarse en serios aprietos.

Para que la absorción resultara efectiva, los saqueadores de días debían estar cerca de sus presas para consumir su tiempo. Cada paso sobre la tabla de madera generaba un leve ruido, revelando la posición de Amanda, aunque confiaba en que los descuidados monstruos no se percatarían de ella hasta demasiado tarde.

Allí vislumbró al primero de ellos junto a un niño. Apoyando sus cabezas, parecían susurrar entre sí, mientras el niño mostraba una mirada vacía y una sonrisa tonta de felicidad en su rostro. Amanda se tomó su tiempo para apuntar y disparar, y la bala dio en el blanco de la mole de la criatura que ni siquiera emitió un grito de alerta antes de caer fulminada.

Otra de esas entidades se acercó apresuradamente desde una habitación contigua y al ver a Amanda comenzó a susurrar para sí misma. Claramente, utilizando el encanto para apaciguarla y someterla. Los amuletos de Amanda vibraron mientras le brindaban protección y Amanda se volvió hacia él. Sorprendido, intentó huir, lo que resultó en un agujero en su fea testa cuando Amanda empleó la munición de acero frío contra él.

La siguiente criatura no vaciló y salió disparada hacia el exterior. Fue entonces cuando se activaron los resguardos. El asaltante de los días chocó contra una barrera invisible que comenzó a calcinarlo hasta la muerte, mientras lanzaba alaridos que parecían casi humanos al perecer, alertando a toda la casa. Aunque Amanda estaba prevenida, no quería llevarse ninguna sorpresa. Podía casi saborear la recompensa de un baño caliente por un trabajo bien hecho. Aún persistía en ella la intranquilidad y la excitación, suponiendo que al menos quedaba un superviviente, por lo que se preparó para cazarlo.

Fue entonces cuando escuchó el ruido de un motor aproximándose. Amanda había sido lo suficientemente astuta como para esconder su vehículo y haber llegado a pie hasta la casa. Sus disparos, aunque sonoros, al llevar silenciador, no creía que hubieran sido percibidos. Solo restaba tender una emboscada al "padre". Había hablado con el Sheriff sobre sus sospechas y él le había asegurado que no presentaría cargos por un disparo en "legítima defensa". Por ello, guardó su arma especial y preparó su revólver clásico, un Cold Phyton. Un obsequio que jamás le había fallado y cuidaba como si fuera su propio vástago. A pesar de su fuerte retroceso, Amanda no era precisamente una persona compasiva.

Se ubicó a un lado de la puerta, oculta, a la espera de que llegara el individuo y apuntó en dirección al pecho, sin tener certeza de la altura exacta, pero un disparo al abdomen sería suficiente para que debatiera entre sujetarse las vísceras o enfrentarse. Por lo general, optaban por lo primero y rápidamente quedaban debilitados para lo segundo. Los pasos se aproximaban, mientras escuchaba los susurros de los saqueadores de días escondidos en las habitaciones "Parece que había más, parece que he hallado una pequeña granja". Las cinco entidades restantes observaban aterrorizadas. Sabían que si informaban al "padre" serían asesinadas antes de poder reaccionar y si seguían en esa actitud, también perecerían. Por pura desesperación, tres de ellas corrieron hacia Amanda lo más rápido posible para intentar someterla.

Pero no fueron ellas las responsables de que Amanda fuera derrotada, sino la sorpresa de quien irrumpió por la puerta. Se trataba de un hombre de elevada estatura, quizás alrededor del metro noventa y bastante corpulento, con el cabello demasiado largo y descuidado, y una frondosa barba, sin embargo, conservaba el brillo en los ojos y la cicatriz en la frente de cuando intentó protegerla de un chico con un bate de béisbol. Su dedo se quedó congelado en el gatillo justo antes de disparar y solo pudo articular —¿Bart? Qué... —antes de que las criaturas le empujaran las piernas por detrás desequilibrándola, no habría sido complicado recuperarse, pero su cabeza impactó con un mueble en la casa, perdiendo totalmente el control y cayendo.

Continuará.

Parte 2

¿Te ha gustado este relato erótico?

¡Haz clic en las estrellas para puntuarlo!

Puntuación promedio 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este relato.

Ya que que te ha gustado este relato...

Puedes compartirlo en redes sociales!

¡Siento que este relato no te haya gustado!

¡Déjame mejorar este contenido!

Dime, ¿cómo puedo mejorar este contenido?

Otros relatos que te gustará leer

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Subir
Contacto | A cerca de Nosotros | Seguinos en Ivoox y en x.com