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Anécdota que finalizó de manera inesperada


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En mis años de educación superior, los trabajos en equipo estaban en auge. En el laboratorio, me asignaron como compañera a una amiga llamada Yani. A pesar de coincidir en clase y en algunas actividades, nuestra relación no iba más allá. Yani era de baja estatura, piel morena, con busto pequeño pero firme, y glúteos redondos y compactos.

Iniciamos la elaboración de nuestro proyecto, el cual teníamos un mes para completar. Terminamos la investigación y la presentación del proyecto en dos semanas, y nos dedicamos a practicar la exposición oral. Sin embargo, a medida que se acercaba la fecha de presentación, Yani se ponía cada vez más nerviosa y cometía más errores durante las prácticas. Decidí sentarme con ella para preguntarle qué le sucedía. Expresó que le aterraba hablar frente a los demás, algo que le había afectado desde su infancia. Le sugerí que encontraríamos métodos de relajación que podrían ayudarla; por ejemplo, mencioné que cuando yo me sentía nervioso, disfrutaba caminar en un bosque y sumergirme en un río, entre otras actividades. A Yani le pareció interesante la idea y acordamos ir juntos al día siguiente.

Al día siguiente, me levanté temprano y la recogí en su residencia. Desayunamos juntos y nos dirigimos al bosque más cercano para comenzar la caminata. Le aconsejé que durante el trayecto no hablaríamos sobre el trabajo, a lo cual estuvo de acuerdo. Una vez en el bosque, iniciamos la caminata hasta llegar a un río que se encontraba desierto, lo cual era comprensible al ser un día laborable y la mayoría de las personas estaban trabajando.

Decidí meterme en el río, y Yani expresó su deseo de hacerlo también, pero lamentablemente no había traído traje de baño. En tono jocoso, le sugerí que, al no haber más personas alrededor, podía meterse en ropa interior y disfrutar del baño. Tras meditar unos minutos, Yani se despojó de su ropa, quedando únicamente en ropa interior, la cual, para una caminata, resultaba muy sugerente al ser transparente y de escaso uso para hacer ejercicio. Ver su cuerpo semidesnudo hizo que me fijara en ella como nunca antes, provocándome una erección bastante evidente. Intenté mantenerme a cierta distancia para evitar que lo notara, pero fue en vano, ya que se percató y se ruborizó levemente. Sin embargo, no mencionó nada en ese momento, pero noté que se volvió más pensativa y distante.

Al concluir en el río, Yani mencionó que no disponía de ropa adicional ni de algo para secarse, por lo que le ofrecí una camisa adicional que llevaba y unos shorts. Ante mi asombro, Yani se despojó de la ropa interior frente a mí, y en esta ocasión no pude disimular mi mirada, sobre todo al notar que todo estaba depilado, invitándome de manera evidente. Al percatarse de mi observación, me preguntó:

Ella: ¿te agrada lo que ves?

Yo: Me resulta irresistible, casi tanto como para comértelo sin dudarlo

Con una sonrisa tímida, Yani respondió:

Ella: ¿No crees que te tardaste desde que me sumergí en el agua?

Estas palabras marcaron el inicio de que me acercara a ella, tomándola del brazo, y comenzamos a besarnos mientras mis manos exploraban su clítoris, susurrando gemidos entrecortados a medida que su respiración se agitaba. En un momento dado, buscó en mi pantalón y extrajo mi pene, empezando a acariciarlo y masturbarlo. Así transcurrieron unos minutos hasta que no pude contenerme más y decidí tenderla en el suelo para brindarle sexo oral, una experiencia que ella describió como la más placentera de su vida, repitiendo múltiples veces lo gratificante que resultaba y pidiendo que no me detuviera.

Posteriormente, manifestó su deseo de reciprocar el placer, dedicándome una felación de agradecimiento que casi me hizo llegar al clímax al eyacular en su boca.

Ella

Pensó que habíamos concluido, pero le dije cariño que eso solo era el principio, y le pedí que se pusiera en cuclillas agarrándose de una roca cercana. La penetré suavemente, marcando cada vaivén, introduciéndomela por completo. Aprovechando que estábamos solos, gemía y gritaba todo lo que podía, hasta que alcanzó su segundo orgasmo.

Después me indicó que me acostara y se montó encima mío, moviendo su cintura en círculos mientras nos besábamos y acariciaba sus senos. No pude contenerme más y terminé dentro de ella, ya que no quiso detenerse, alcanzando así su tercer orgasmo. Luego se recostó sobre mí y nos besamos apasionadamente por un buen rato, hasta que recuperamos el aliento. Se vistió con la ropa que le presté para secar la suya en el auto camino a su apartamento, agradeciéndome por ayudarla a relajarse.

En el trayecto a su apartamento, seguimos disfrutando mutuamente (ella me masturbaba o practicaba sexo oral, mientras yo la acariciaba, jugaba con sus pechos o su clítoris).

Al llegar, nos despedimos con un beso y acordamos seguir apoyándonos mutuamente para liberar el estrés de forma continua.

A partir de ese día, comenzaron nuestras aventuras en casi todos los lugares de la universidad y sus alrededores. Más adelante les contaré más, si así lo desean.

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