Un consolador para mi cuñada
Fue la primera vez que experimenté la sumisión.
Me vi por primera vez encerrado en una jaula, restringiendo no solo mis erecciones, relaciones y eyaculaciones, sino también mis orgasmos.
Me encontré por primera vez imposibilitado de aliviarme cuando quisiera, ya fuera con mi pareja o solo.
Cuando Andrea me propuso esta idea, despertó mi curiosidad, aunque al ver el artefacto con el que me limitarÃa, sentà un poco de temor.
Estábamos en la cama, desnudos, con ella encima de mà moviéndose de forma rÃtmica, balanceando sus caderas en cÃrculos.
Se inclinaba para besarme y luego retomaba su ritmo, mientras mis manos exploraban sus senos o se aferraban a sus caderas. Fue durante uno de estos movimientos hacia adelante cuando, teniendo su seno entre mis labios, tomó algo desde debajo de la almohada donde dormÃa.
Sacó una pequeña jaula metálica similar a las que habÃamos visto en un video de dominación femenina.
Recordé a una ama que dominaba a su esclavo, encerrándolo en una de esas jaulas mientras le sometÃa analmente.
—¿Crees que aguantarás unos dÃas encerrado en esta jaula?
Tras una carcajada, le afirmé que bajo ninguna circunstancia me colocarÃa aquello.
Colocó la jaula sobre mi pecho y reanudó sus movimientos.
Andrea siguió insistiendo mientras sus movimientos se volvieron más rápidos y profundos, y mis ojos comenzaban a nublarse de placer.
Casi al final del encuentro, en medio de mi clÃmax, me convenció de manera sutil. Inclinándose por última vez sobre mi pecho, me aseguró que la recompensa de prolongar el placer unos dÃas serÃa fantástica.
La verdadera sorpresa llegó cuando, saliendo de mÃ, se puso de espaldas, tomó sus nalgas con ambas manos, las separó y giró su cabeza para mirarme a los ojos mientras prometÃa concederme su trasero por primera vez si aceptaba la jaula.
Dicen que en medio de la lujuria perdemos la capacidad de pensar, asà que acepté. No podÃa perder la oportunidad de poseer su trasero, algo que habÃa anhelado tanto y que ella me habÃa negado en repetidas ocasiones, asà que la promesa quedó sellada.
Una promesa que desencadenó en mÃ:
Excitación
Expectativas
Sometimiento
Morbo
Lujuria
Ella serÃa la guardiana de la llave
Ella decidirÃa la duración de mi sumisión en base a mi actitud y comportamiento.
SÃ, debÃa ser: servicial, atento, educado, obediente, disciplinado.
Esa noche pude dormir en paz, al igual que las siguientes, al punto de creer que todo habÃa sido un arranque de pasión en la cama, pero estaba equivocado.
Ella habÃa estado planificando y esperando el momento oportuno. ¿Cuál era ese momento?
Sencillo, aguardaba a que mi deseo fuera tan intenso que le suplicara llevar la jaula puesta.
Aun sin saberlo, finalmente sucumbÃ, supliqué, ya que la fantasÃa de tener su trasero dominaba mis pensamientos y se estaba convirtiendo en una obsesión.
—Andrea, ¿recuerdas lo que me prometiste aquella noche en la cama?
Hizo la inocente.
—¡Oh, sÃ! ¿qué fue lo que prometÃ?
—Prometiste tu trasero
—Es cierto, ¿estás listo para pagar el precio?
—SÃ
Lo afirmé convencido de que la jaula solo serÃa parte de un juego previo, que tras unos minutos me liberarÃa y podrÃa poseerla como deseaba. Pero estaba equivocado.
—Súplicame que encierre a tu "pequeño amigo".
—No te excedas, Andrea.
—Recuerda que debes ser obediente, asà que, suplica.
La idea de que ella tomara el control siempre me excitó y ella lo sabÃa, asà que...
—Por
Por favor, Andrea.
—Por favor, qué perro.
—Por favor, encierra mi pequeño pene en esa jaula.
Cuando acepté, Andrea preparó todo: el aro, la jaula, el candado, la llave y esa sonrisa que muestra cuando tiene algo especial en mente. Luego agarró mi miembro y empezó a acariciarlo diciéndome que lo disfrutara porque serÃa mi último orgasmo en unos dÃas.
Solo podÃa pensar: "¡Esto se pone interesante!".
—Cierra los ojos y disfruta.
AsentÃ...
Cerré los ojos y me dejé llevar.
Sentà su boca en mi pene mientras su mano lo acariciaba, lamÃa cada vena marcada en él, introducÃa mis testÃculos en su boca de manera delicada y exquisita. Si seguÃa asÃ, mi último orgasmo llegarÃa pronto, y ella lo sabÃa.
Cuando mis manos se aferraron a las sábanas y mis piernas se movÃan por el placer sin mi control, Andrea apartó su boca de mi miembro, su mano tomó su lugar y apretó mis testÃculos de forma tan intensa que me robó el aliento, me hizo contener un grito y, después de unos instantes, hizo desaparecer los 18 centÃmetros de mi erección.
—Perdón, cariño, pero es necesario para que tengas la mejor experiencia. Aguanta un poco más.
Cuando mi pene estaba flácido, aprovechó para introducir uno a uno mis testÃculos en el aro de acero y luego mi pene flácido.
TodavÃa quedaba por cerrar la jaula y ya estaba arrepintiéndome, pero la suavidad de sus labios en mi miembro hizo que olvidara todo. La erección regresó y volvà a disfrutar de sus caricias, pero de nuevo, cuando estaba cerca del clÃmax, se detuvo y comenzó a presionar la pequeña jaula desde la base de mi miembro, empujando con fuerza y encerrando poco a poco mi pene hasta que el aro y la jaula se unieron con un clic, y la cerró con el candado.
Ella se rió abiertamente.
—DeberÃas verte, es todo un espectáculo.
—Pero, ¿qué es esto, Andrea?
—Esto, querido Dimitri, es el inicio de tu castidad y tu nuevo entrenamiento.
La jaula apretaba, me dejaba con la frustración de no poder eyacular, con el deseo de llegar al clÃmax en su boca.
—Ahora, Dimitri, tendrás que ser obediente para ganarte la libertad y poder eyacular.
Permanecà en silencio, sin ganas de hablar y tan ardiente que me dolÃan los testÃculos.
Luego tomó su celular y buscó un juego. Era como una ruleta con diferentes opciones de tiempo.
Desde unas horas, un dÃa, dos, tres, una semana, dos, tres, un mes, dos meses, tres, cuatro, hasta completar un año. Al presionar "play", la ruleta saltaba al azar, seleccionando rápidamente una opción tras otra.
—Presiona, Dimitri, vamos a ver cuánto tiempo estarás encerrado.
Solo tenÃa una oportunidad, asà que rogué para que fueran solo unas horas. Sin embargo, al tocar la pantalla del móvil, la imagen se detuvo en un mes.
Me quedé helado, ¡un mes entero encerrado y sin poder tener relaciones sexuales!
Lejos de preocuparse, Andrea se rió.
—Vamos, Dimitri, todo esto me ha excitado.
Tu primera instrucción será complacerme oralmente hasta que tu lengua se adormezca.
Luego, dio unas palmadas en la cama indicándome dónde querÃa que me acostara. Andrea se colocó de pie justo al borde del colchón, abrió las piernas y esperó a que mi cabeza estuviera entre ellas.
Pensé que después de un par de orgasmos, sentirÃa la necesidad de algo más y me liberarÃa para tener relaciones sexuales.
Realmente estaba excitado; su aroma femenino invadió mi olfato, la humedad entre sus piernas era evidente, sus labios brillaban y una pequeña gota transparente comenzó a deslizarse hacia mi lengua.
Comencé a lamer mientras, dentro de la jaula, mi miembro crecÃa y se presionaba contra el metal. Fue una sensación increÃble, escucharla y sentirla.
Percibir su aroma, degustarlo y con un ferviente deseo de entrar en ella. No ocurrió.
Lo que sucedió fue su advertencia, tras varios clÃmax en los que casi me deja sin aliento al sentarse sobre mi rostro y mi lengua empezaba a fatigarse pero no podÃa detenerme hasta que ella lo indicara, asà que proseguà por un tiempo incierto hasta que finalmente se compadeció de mà y se levantó de mi cara.
—Tendrás que practicar más, jovencito, esto no es aceptable. Te crees el rey en la cama y no sabes ni cómo complacer a una dama. En cambio, mira cómo goteas por tu lamentable encierro.
Salió de la habitación y no regresó en toda la noche.
Era cierto, estaba tan excitado que de mi miembro brotaba un hilo de lÃquido transparente que habÃa empapado la sábana y, por más que intenté auto-complacerme, no pude lograrlo.
Los primeros dÃas transcurrieron lentos y arduos, a diferencia de lo que habÃa imaginado, todo el dÃa estaba excitado y emanando con ansias de tocarme, incluso llegué a usar protectores para no mojar mi ropa interior y delatar mi humedad.
Cualquier acción que ella realizaba o solicitaba me estimulaba.
Ella lucÃa más seductora que nunca, me enviaba mensajes provocativos a mi lugar de trabajo, fotos Ãntimas, instrucciones detalladas sobre lo que debÃa llevar a cabo a lo largo del dÃa.
"Hola, lujurioso, es hora de ir al baño de tu empresa y acariciar tus partes Ãntimas durante 2 minutos...
O llegaba un enlace con la indicación:
"Hola, traviesa, sé buena y enciérrate en tu oficina mientras ves este video para adultos…"
De repente, llegaba alguna imagen suya en lencerÃa, o en algún lugar público con las piernas abiertas mostrando la ropa interior con el riesgo de que alguien la viera, alguna foto desde su escritorio enseñando el escote y con el mensaje: tal vez deberÃa enviársela a Mauricio y decirle que vaya hoy al departamento para hacerte cornudo.
En otra ocasión me escribió: ayer fui con mi jefe y no te diré lo que hizo dentro de su auto.
Descubrà que esto último me excitaba más que nada.
Otra orden que decÃa:
"Bebe un litro y medio de agua y cuando sientas la urgencia de orinar, llámame para pedirme permiso. No olvides grabarte mientras miccionas"
Le complace burlarse porque debo orinar sentado.
La privacidad al momento de ir al baño se esfumó, ya que debÃa hacerlo con la puerta abierta. La primera vez que lo intenté, no pude hacerlo.
También en casa tenÃa obligaciones: no todo era erótico. A veces debÃa limpiar y organizar su calzado y ropa, quitar el polvo en casa, contar los granos de un kilo de arroz, separar los frijoles uno por uno en un tiempo determinado o atenerme a un castigo. Hizo hincapié en que la escuchara y prestara atención cuando me hablaba porque generalmente cuando estamos en casa, mientras ella habla, estoy viendo la televisión, en el celular o leyendo y eso la molestaba, asà que era algo que debÃa corregir sà o sà para poder liberarme de la jaula.
Casi todos los dÃas la ayudaba a bañarse y enjabonarse, lo cual me dejaba sumamente excitado y frustrado, poder acariciar su cuerpo y sentir el deseo de poseerla pero no poder hacerlo. En ocasiones, ella me bañaba y el efecto era peor, porque sus manos me acariciaban, pero siempre estaba la sensación de querer más.
Las humillaciones se convirtieron en algo cotidiano.
—Mira estos tacones, son más grandes que esa pequeña cosa que cuelga entre tus piernas.
Al igual que los apretones en los testÃculos y llamarme traviesa o lujuriosa, la sumisión y las nalgadas eran rituales que nunca faltaban. Algo extraño, pero todo eso me fue gustando y ahora esperaba escuchar ese apelativo de lujurioso que salÃa de lo más profundo de ella, posicionaba mis nalgas en alto para recibir sus palmadas o ese apretón en los testÃculos que me dejaba sin aliento, aguardaba con impaciencia su próxima tarea y me encantaba sentir su mano en mi escroto y notar ese fuerte apretón que me dejaba doblado y en el...
Los dÃas transcurrieron entre quehaceres, desafÃos y sexo oral de mi parte hacia ella. Me indicó cómo le gustaba que mi lengua la acariciara y yo me esforzaba por satisfacerla, prestando atención a sus deseos y procurando complacerla. También aprendà la forma en que deseaba que mis dedos la acariciaran. Cada dÃa me dedicaba a tocarla y darle placer oral hasta dejarla satisfecha, lo que me dejaba a mà cada vez más excitado, frustrado y con ansias de eyacular.
Estaba caliente y parecÃa que ella también lo estaba. SentÃa la urgencia de tener relaciones sexuales, pero dudaba de sus intenciones, desconociendo si estaba involucrada con alguien más o lo disimulaba hábilmente.
A pesar de eso, nuestra dinámica se mantenÃa igual y mi cuñada Nidi venÃa casi a diario a casa. Ella residÃa en el departamento contiguo y solÃa estar presente para la cena todas las noches.
Nidi estaba al tanto de todo, al principio le expresé a Andrea que esto no estaba convenido, pero al mismo tiempo saber que una persona ajena a la relación estaba al tanto de los detalles de mi castidad me generaba excitación y ardor. Después de todo, ellas compartÃan todo y aunque en presencia de Nidi Andrea solÃa ser menos demandante, en ciertas ocasiones me asignaba tareas sin importar la presencia de mi cuñada, aumentando asà mi nivel de humillación.
Nidi también se burlaba de mà cuando Andrea me ordenaba ponerme en cuatro frente al sofá para que ambas pudieran apoyar sus pies en mi espalda mientras veÃan televisión, o cuando, viendo un video sobre cómo convertir a tu esposo en un buen esclavo, se me cayó la bandeja que sostenÃa con las manos extendidas, derramando los vasos de agua en la alfombra y teniendo que secarlos, o cuando fungà como mayordomo con un moño en el cuello, mi jaula de castidad y una cadena atada a la misma jaula con la que me llevaban literalmente de los testÃculos.
HabÃan pasado 22 dÃas de los 31 acordados de encierro cuando Andrea llegó al departamento con Nidi.
Por lo general, no vestÃa de cuero como en los videos que solÃa ver como parte de mi entrenamiento, sino que llevaba ropa común y corriente. Sin embargo, en esta ocasión estaba vestida de manera diferente: una blusa negra, medias negras semitransparentes debajo de la blusa y botas cortas plateadas y brillantes con tacones altos y relucientes que alcanzaban hasta el tobillo.
Nidi también estaba arreglada y muy atractiva, con un escote revelador y los pezones marcados bajo la tela. Su vestido, que llegaba hasta medio muslo, dejaba ver un trasero hermoso; le quedaba perfectamente.
Permanecà absorto mirándolas, mis ojos saltando de una a otra.
Tan distintas y a la vez tan similares en esa mirada que irradiaba autoridad.
Andrea, por lo general reservada, tÃmida y recatada, era un poco más alta que su hermana, de tez morena, cabello negro y liso, grandes ojos color café claro, labios delgados y una sonrisa cautivante. Aunque sus senos eran pequeños, poseÃa un trasero que me volvÃa loco.
Nidi era más baja y parlanchina, un poco más rellena, de piel blanca, cabello rizado y claro, con poco trasero pero unos senos enormes.
A simple vista, nadie sospecharÃa que compartÃan esa faceta oscura de sadismo y control. Nadie pensarÃa que bajo esas apariencias inocentes se escondÃan dos pervertidas que disfrutaban del sexo sin inhibiciones.
Andrea tomó el control y, con una sonrisa, me dijo:
"Sabiendo que siempre has sentido atracción por mi hermana y que te has portado bien, hablé con ella y está de acuerdo.
Incluso está ansiosa porque esto suceda. Hoy tendrás tu recompensa y podrás acostarte con ella mientras yo observo".
Pensé que estaba bromeando, pero acto seguido los tres nos dirigimos al departamento de Nidi.
Acostumbradamente ordenado, el departamento lucÃa hoy desordenado y con ropa tirada por todas partes.
Andrea me indicó que me desnudara y asà lo hice, dejando mi ropa doblada.
En el piso como ella me indicó.
De inmediato, Andrea se acomodó en el sofá junto a Nidi y me solicitó que preparara un trago para ellas y luego limpiara la habitación. Mientras tanto, observaban cómo realizaba mis labores domésticas, riendo y desordenando de vez en cuando algunas cosas que ya habÃa ordenado.
Después de un par de horas de limpieza, Andrea mencionó que querÃa comprobar si habÃa aprendido cómo satisfacer a una mujer.
Nidi ya se encontraba de pie a mi lado, miré hacia Andrea y un gesto de su cabeza me indicó comenzar.
Comencé por quitarle el vestido, descendà uno a uno los tirantes de sus hombros y la tela se deslizó fácilmente por su cuerpo.
La observé por unos instantes, Nidi es hermosa. Vi su trasero dentro de esas bragas de seda, su espalda perfecta, el cuello largo y limpio, sus senos firmes y erguidos.
Tomé sus senos con mis manos, abrazando mi cuerpo al suyo y empecé a besarla lentamente desde su cuello hasta la parte baja de su espalda. Sin apuros, repetà este proceso varias veces antes de iniciar a acariciar sus senos. Estaban tan suaves que mi lengua disfrutó enormemente del contacto, memoricé el contorno y las texturas de sus pezones rosados.
La conduje suavemente al sofá y le bajé las bragas, mirando sus ojos antes de sentarla junto a Andrea.
Abrà sus piernas con mis manos y aprecié su aroma femenino antes de tocarla. Inhalé su fragancia entre sus pliegues y percibà su humedad, desprendÃa un olor delicioso y estaba caliente, húmeda y ansiosa.
Comencé a emplear mi lengua tal como Andrea me habÃa instruido, fui despacio por la parte interna de sus muslos hasta llegar a su sexo. Una vez más, me tomé mi tiempo variando los movimientos de mi lengua y su ubicación, centrándome especialmente en los puntos donde Andrea me habÃa señalado como más placenteros. La llevé a un lÃmite y retiré la estimulación en esa zona para cambiar el ritmo desde otro ángulo, llevándola poco a poco a la locura. Nidi ansiaba liberarse, agarró mi cabeza al momento del orgasmo, se corrió en mi boca, fue increÃble recibir sus fluidos en mi lengua. Continué moviendo mi lengua en cÃrculos, explorando cada centÃmetro de sus pliegues, aprisionando su clÃtoris entre mis encÃas y succionándolo, lo cual la volvÃa loca.
De repente, Andrea me indicó que detuviera mis acciones. Me quedé arrodillado en medio de la sala. Nidi se dirigió a su habitación y regresó rápidamente.
Cuando Andrea mencionó que tenÃa la suerte de poder tener relaciones con su hermana esa noche, no fue lo que esperaba.
Nidi llevaba un juguete en la mano.
¡Un arnés!
Efectivamente, Andrea colocó un arnés sobre mi miembro encerrado, el cual protestaba con deseo dentro de la jaula.
Nidi se puso a cuatro patas al borde del sofá y me mostró su espectacular trasero. Me coloqué detrás de ella y escupà sobre el falo de plástico que llevaba encima de mi miembro enjaulado.
Si estuviera libre, podrÃa haberle dado una doble penetración por mi cuenta.
Después de controlar mis impulsos, comencé a penetrarla con el falo de plástico, lenta y profundamente, con vigor como si fuera realmente mi miembro el que la penetraba. El deseo estaba presente y se lo di con toda esa rabia y anhelo acumulado, la penetré con fuerza y ​​profundidad. Fue fácil llevarla nuevamente al clÃmax.
Un par de orgasmos más tarde, Andrea se masturbaba frente a nosotros dos mientras yo penetraba a su hermana. La escena estaba candente.
Cuando Andrea se sintió satisfecha, me ordenó recostarme en el sofá. Nidi se sentó a horcajadas sobre el falo de plástico y Andrea se colocó sobre mi boca.
Mientras Nidi se movÃa buscando su placer, mi lengua acariciaba ávidamente el clÃtoris de Andrea.
Ambas quedaron satisfechas y yo con un dolor terrible en los testÃculos.
Andrea me preguntó:
—¿Deseas llegar al clÃmax?
—SÃ.
—Tengo una forma, puede parecerte una locura y quizás al principio no te guste la idea, pero créeme que lo disfrutarás y luego suplicarás por ello.
—Lo que sea.
Extrajo un juguete diferente y mientras Andrea se sentaba en mi cara, Nidi colocó las vibraciones del juguete directamente en la jaula y los testÃculos, llevándome rápidamente al placer.
Cuando sentà que estaba a punto de llegar al clÃmax, retiraron la estimulación.
—Por favor, deseo llegar al clÃmax.
Ellas rieron ante mis súplicas.
—Suplica.
—Por favor, Andrea, déjame acabar.
Terminé con el miembro encerrado y un consolador en la boca y otro insertado en el ano. Debo decir que fue el orgasmo más intenso que he experimentado, tanto que creà desmayarme de placer y que me estaba dando un infarto.
Y la promesa de que al finalizar los 31 dÃas podrÃa disfrutar del trasero de Andrea y la sospecha de que no serÃa la última vez que me divertirÃa con Nidi.
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