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Las empleadas del hogar


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Roberto es un joven de 21 años, miembro de una familia de situación económica media, su padre trabaja como empresario y su madre es abogada. Disfrutan de una buena situación financiera y son personas discretas.

El chico decidió no seguir la profesión de abogado ni empresario, abandonó sus estudios de derecho para entregarse por completo al fútbol, su gran pasión. Sueña con convertirse en un jugador de fútbol de primera división, alcanzar la fama, tener muchas relaciones amorosas y acumular riqueza. Lamentablemente, su padre no compartía sus aspiraciones y al descubrir que dejó la universidad, lo expulsó de casa.

Por lo tanto, se trasladó a vivir con su abuela, Doña Elena, una anciana de 85 años que reside en una gran casa y cuenta con dos empleadas domésticas que la cuidan.

Es importante mencionar que Roberto era el nieto mimado y su abuela se alegraba de tenerlo viviendo con ella en su hogar solitario.

Allí conoció a Marina y Lucía, las asistentas del hogar. Marina era una mujer mayor que acompañaba a Doña Elena desde hace muchos años. La otra empleada, Lucía, una mujer de cabello rubio de 54 años, soltera, esbelta, de ojos claros y con flequillo. Una hermosa dama veterana.

Lucía era un tanto antipática, pero desde el principio captó la atención del joven. Lo primero que le llamó la atención fue un tatuaje sugestivo de una araña en su hombro izquierdo, además de un trasero bien formado y atractivo para una mujer de su edad. No era un trasero exagerado ni propio de una artista de revista, más bien se ajustaba a su figura pero mostraba cierta redondez y buena forma.

El joven solía consumir material para adultos. Veía videos en su teléfono todo el tiempo y desarrolló un interés especial por aquellos con contenido para mayores, los veía con auriculares puestos recostado en su cama y se aislaba del mundo.

En cierta ocasión, la mujer de cabello rubio abrió la puerta de su habitación para realizar las tareas de limpieza habituales y lo sorprendió en plena actividad mientras veía ese tipo de contenido en su celular. La mujer se asustó al presenciar esa escena, abrió los ojos grandes, se tapó la boca y pidió disculpas antes de retirarse rápidamente y cerrar la puerta.

Roberto tenía apenas 21 años, un físico atlético debido a su amor por el deporte, un rostro agradable y la naturaleza lo había dotado con un miembro de considerable tamaño.

La empleada se sintió un poco atraída por el joven, a pesar de su actitud reservada, ahora no le importaba mostrarse frente a él, se agachaba como si estuviera limpiando, usando unos shorts de jean ajustados que resaltaban sus glúteos y su entrepierna al adoptar esa postura.

Doña Elena permitía que su personal tuviera libertad para trabajar de manera cómoda y vestirse como quisieran, no les exigía formalidades, por eso Lucía solía llevar esos shorts diminutos y estar descalza, incluso los pies delataban un cierto fetiche en el joven.

Roberto ya veía sus videos para adultos en el celular y se excitaba pensando en Lucía, esa mujer rubia inalcanzable.

En una ocasión, Lucía estaba duchándose cuando Roberto la espiaba desde detrás de la puerta entreabierta, era la primera vez que la veía desnuda y esa mujer de 54 años tenía un cuerpo impresionante.

No pudo resistir la tentación de tocarse a través de su traje de baño, finalmente tuvo que sacárselo y comenzó a acariciarse mientras la miraba fijamente.

Lucía se dio cuenta y lo descubrió masturbándose, el joven estaba enormemente excitado al verla desnuda y mojada.

–¡Qué depravado!– le gritó mientras estaba completamente enjabonada, sus pezones estaban erectos, su abdomen era completamente plano y otro tatuaje adornaba su vientre debajo del ombligo, terminando en su zona íntima completamente depilada.

Él se disculpó, se cubrió con su bañador y, con una erección evidente, se alejó.

La mujer veteran.

la agraviada se sintió tentada. Desde hace tiempo había estado teniendo relaciones con jóvenes, repartidores, el cajero del supermercado, el mensajero de la verdulería y algunos ocasionales, y Fede, además de ser el nieto de su jefa, era un chico atractivo y, para colmo, bien dotado. Sin duda, pensó que podría sacar provecho de ello.

Salió del baño envuelta en una toalla, con su cabello rubio escondido debajo, y tocó la puerta de la habitación de Doña Blanca.

–Joven mal educado, tenemos que hablar –expresó molesta. –Te espero en mi habitación esta noche– dijo, y se retiró, ofendida.

Fede acudió a la cita pactada cuando su abuela ya estaba dormida. Timidamente golpeó la puerta de la habitación de la mucama rubia, que lo esperaba acostada, con un camisón corto negro y leyendo un libro.

–Joven descarriado, ¿así que te masturbas espiándome?... ¡Es una falta de respeto, se lo contaré a tu abuela!–

Fede intentó hacerla cambiar de opinión y le ofreció dinero a cambio de su silencio. Ella se puso de pie, dejó el libro en la cama y con una mano en la cintura se le acercó con la frente fruncida, más enojada de lo habitual.

–Más te vale darme todo ese dinero... y además, tendrás que desnudarte y mostrarme cómo te masturbas mientras me espias... ¡Vamos! ¿Qué esperas? ¿A ver si eres tan valiente!–

Perla se quitó el camisón, quedando completamente desnuda, lo que hizo que Fede se excitara. Ella le bajó el pantalón corto y su miembro viril saltó como un resorte. Fascinada, Perla no perdió tiempo y comenzó a practicar sexo oral con él.

Se acomodaron en la estrecha cama de una plaza y el joven la penetró con entusiasmo. Ella disfrutaba y gemía tan fuerte que su joven amante tuvo que taparle la boca y sujetarle el cuello, como si la estuviera asfixiando. Fue la primera vez que experimentaba esa práctica en una relación sexual y, ruborizada por la falta de oxígeno, le pidió que acabara. Fede exhausto sacó su pene y eyaculó sobre el tatuaje que la mujer tenía en su vientre.

Ella quedó impresionada por el desempeño sexual de Fede y, ya sin enojo, le dijo que no había problema con el dinero, pero de ahora en adelante él debía satisfacerla cada vez que ella lo deseara. Él aceptó encantado.

La mujer tenía un apetito sexual insaciable y, cada noche, cuando Doña Blanca se quedaba dormida, Fede visitaba la habitación de Perla y la cama de una plaza no dejaba de moverse. Perla era como una vampiresa, solo que en vez de alimentarse de sangre, se nutría de la eyaculación de Federico.

Con el paso de los días, al conversar con su abuela, notó que ella estaba triste. Resulta que Elsa, su ama de llaves y compañera de toda la vida, le había anunciado que quería jubilarse y disfrutar de su tiempo con sus hijos y nietos. Aunque Doña Blanca aceptó la decisión, le preocupaba quién ocuparía su lugar, ya que Perla no era de toda su confianza.

Entonces, Elsa buscó a alguien en quien confiaba plenamente y, durante el fin de semana, en una reunión familiar, habló con su sobrina Ingrid.

Tras recibir múltiples recomendaciones, Ingrid aceptó la propuesta de su tía y se presentó en la mansión el lunes temprano.

Mientras Fede y la abuela desayunaban, Elsa y su sobrina Ingrid llegaron. Fede se quedó asombrado al ver a la joven: una hermosa morena de 30 años, delgada, alta, alrededor de 1,77 m de estatura, con cabello negro natural y lacio, una cintura de unos 60 cm, pechos pequeños pero unas piernas tonificadas sin rastro de celulitis, caderas de 93 cm y un impresionante trasero redondo y grande.

Ingrid fue acogida favorablemente por la futura patrona, ya que demostró ser amable y cortés desde el primer momento. Su labor consistiría en cuidar de la señora de la casa y, desde el principio, recibió un trato correspondido y respetuoso.

Ella se desplazaba en silla de ruedas, la llevaba a pasear y pasaba tiempo con ella.

La señora solía llamarla "Mi Pocahontas" por su similitud física con la protagonista de aquella película de Disney. Ingrid adoptó con alegría su nuevo apodo y se sentía incluso halagada.

La jornada laboral de Ingrid finalizaba a las 15 horas. Una vez terminada su actividad, se cambiaba y se ponía ropa cómoda de gimnasia para luego ejercitarse.

Fede observaba diariamente cómo se retiraba, cada día Ingrid vestía una nueva calza, superando a la que probablemente utilizó el día anterior. Llevaba su ropa sucia en una mochila, se subía a su bicicleta de montaña rodado 29 y colocaba todo su trasero en el estrecho asiento de manera casi sugerente.

El joven se excitaba al verla partir y casi siempre terminaba aliviando su tensión manualmente.

Perla se sentía celosa tras la llegada de la morena Pocahontas a la casa. Tuvo una discusión con Fede reprochándole que desde la llegada de esa intrusa, él ya no le prestaba atención. Aunque sus encuentros íntimos eran frecuentes, notaba cierta distracción en él. Y en parte era cierto, Fede se sentía atraído por la empleada de 30 años, se satisfacía pensando en ella y con Perla simplemente liberaba toda esa tensión acumulada, pero la chica de ascendencia indígena apenas lo registraba.

Después de poner la ropa a lavar, Perla entró a ducharse y el chico se quedó con una erección al ver a Ingrid con una calza negra larga, hasta los tobillos, montando su bici y alejándose pedaleando con el contorno de su tanga marcado detrás.

Se preguntaba a sí mismo, ¿por qué desperdiciar mi energía en el suelo si tengo a alguien dispuesta a recibirla siempre?

Entró al baño donde la mucama rubia se enjabonaba el cuerpo. Estaba de espaldas y el chico, sin mediar palabra, se acercó a ella y la penetró. Luego, la sacó de la vagina y la introdujo en el ano por primera vez, a lo que Perla respondió con entusiasmo, superando su enojo inicial y gimiendo complacida. El chico la volvía loca.

Esa noche, fue ella quien quedó con deseo, entró en la habitación del nieto de su patrona y le pidió que la penetrara por detrás nuevamente. Disfrutaba del sexo anal y enseñaba a Fede, quien aprendía de su experiencia con su cuerpo.

Volviendo a Ingrid, se convirtió en la persona ideal para Doña Blanca, era "la nena", mimada y consentida por la anciana. Ingrid se desvivía por su patrona, la acompañaba al shopping, al mercado, a la plaza, pasando todo el día juntas. Sin embargo, la jornada de la joven terminaba a las 15 horas, dejando a la señora prácticamente sola. Por tanto, en una siesta, habló con Pocahontas tratando de convencerla para que se quedara a vivir en la casa a tiempo completo, es decir, como una empleada interna.

Tras pensarlo unos días, ella aceptó, con la condición de poder asistir diariamente al gimnasio y salir en caso de trámites personales. Doña Blanca aceptó y, muy contenta, triplicó su sueldo como muestra de gratitud.

El lunes, al comienzo de la semana, la morocha inició su primer día como empleada a tiempo completo, pidiendo instalarse en la habitación del fondo de la casa. Federico se encargó personalmente de acondicionar ese espacio según sus deseos y la ayudó con la mudanza.

Tanto la señora como el joven estaban felices con la presencia de la morocha en la casa las 24 horas del día.

En un día caluroso, Fede acompañó a su abuela al patio trasero, disfrutando del césped verde junto a la piscina. Mientras tanto, en una soga, las prendas de la mucama se secaban al sol. De repente, un viento del sur sopló y revoloteó algunas prendas de la chica.

una tanga de tonalidad marrón claro que terminó a los pies de la señora. Fede la levantó y guardó esa bombacha colaless de la mucamita, lo que le causó una erección natural e inesperada al tener esa lencería femenina entre sus manos.

Pocahontas regresaba de la cocina con una jarra de jugo de naranja y dos vasos de cristal sobre una bandeja, cuando la señora mencionó el incidente con el viento y su ropa, deteniéndose en el detalle de su ropa interior:

–¿Te sientes cómoda usando una tanga tan pequeña? ¡Seguro que te incomoda que la tiritita se te meta toda en el trasero!– exclamó.

La joven tomó avergonzada la diminuta prenda que le entregó el joven y, bajando la mirada, la llevó a su habitación. Federico reprendió a su abuela por su inapropiado comentario y la llevó de vuelta a la casa.

La chica quedó muy avergonzada, Fede buscó el momento para disculparse y, estando a solas con ella, le pidió perdón por aquel mal momento.

Al menos logró romper el hielo y poco a poco ella se fue soltando tras ese acercamiento.

Los días pasaron y la empleada Pocahontas ya era considerada parte de la familia, tal era el aprecio de su jefa que prácticamente la alojaba junto a ella en su propia habitación. Tenía total libertad de acción e incluso usaba el baño de los patrones, convirtiéndose en la consentida de la casa y generando envidia en Perla, la otra empleada.

Un miércoles, llegando la hora de ir al gimnasio, la joven morena con rasgos indígenas ingresó a tomar una ducha y, apresurada porque la clase iba a comenzar, salió rápidamente, olvidando recoger la ropa sucia que se había quitado después de haberla usado todo el día.

Federico, que regresaba de su entrenamiento de fútbol, entró al baño en busca de una ducha refrescante. Para entonces, la mucama ya se había ido y su abuela estaba viendo la novela en su habitación. De forma involuntaria, desvió la mirada al suelo y notó la musculosa, un par de medias cortas, unos vaqueros prelavados y una tanga colaless blanca toda enrollada dentro de esos vaqueros tan ajustados que ella solía usar.

Hizo algo inesperado: primero tomó las medias, percibió el olor a sudor propio de los pies, hizo lo mismo con los pantalones y finalmente llevó a su nariz esa diminuta tanga blanca.

Experimentar esos olores tan personales de la joven treintañera le provocó una excitación tal que, con una mano sostenía la pequeña prenda de la empleada doméstica y con la otra se bajó los pantalones dejando al descubierto su miembro que buscaba liberarse con urgencia. Oler esa tanga blanca le infundió una energía fenomenal, como si despertara de un letargo eterno, y sin apartarla de su nariz, se masturbo y alcanzó un clímax como en sus días de adolescente. Se sintió más que bien y tras ese potente orgasmo quedó encantado con los olores de la mucama.

Al día siguiente, quiso repetir la experiencia. Deseaba encontrar esa tanga de tonalidad marrón claro que tuvo entre sus manos aquel día ventoso. Sin embargo, la chica fue más cuidadosa y esta vez recogió su ropa usada. Se dirigió directamente a la lavadora con la esperanza de hallar esa lencería usada allí, pero antes de que ella se fuera, la encendió y el nieto de Doña Blanca lo descubrió ya en funcionamiento. Se quedó con las ganas.

Pero quizás en dos horas regresaría del gimnasio, y seguro entraría a ducharse, así que tendría su oportunidad.

Y así fue, tal como lo había planeado, Ingrid regresó y después de pasar por la habitación de su jefa, se dirigió a bañarse. Fede, convertido en un voyeur obsesionado con sus tangas, esperó afuera con una paciencia digna de un monje, y cuando ella cerró la ducha, golpeó la puerta del baño fingiendo urgencia por ocuparlo. La joven se vistió apresuradamente y le cedió el lugar, sin darle tiempo de retirar toda esa ropa sudada de su tarde en el gimnasio. El plan resultó a la perfección.

Para su desgracia, no era la ropa interior que deseaba ver. Registró el interior de las mallas negras y se encontró con una tanga de tonalidad rosa con un pequeño lazo adornando la parte delantera. Era

Observó una tela muy ligera y percibió que estaba demasiado húmeda.

Se volvió loco al sentir ese aroma tan personal de Ingrid, desenrolló la diminuta bombachita y apuntándola hacia la luz, comprobó lo diminuta que era, especialmente en la parte trasera. La olió con locura y recordó las palabras de su abuela aquel día: "Esa rajita debe tragar todo". Se masturbó como nunca antes y sus eyaculaciones quedaron esparcidas en el suelo. Limpió todo, simuló apretar el botón del inodoro y, dejando la tanguita de Pocahontas donde la encontró inicialmente, salió del baño.

Esa noche ansiaba seguir descargando semen. Perla tenía el fin de semana libre, por lo que no podía ser su primera opción de alivio. Así que recurrió a Pilar, su novia con la que había discutido. Después de varios mensajes por Whatsapp, la chica cedió y acordaron encontrarse en algún lugar.

Pilar era una chica muy bella, con el cabello liso, piel blanca, rasgos faciales definidos y muchas pecas en mejillas y hombros. Era de baja estatura y tenía un trasero prominente, por lo que la llamaban "frasco chico" y "Araña Galponera".

Las discusiones con Fede eran constantes y ella decía que él solo la buscaba para "Eso", refiriéndose a que solo la deseaba físicamente.

Efectivamente, Fede enloquecía por el trasero de su novia Pilar y en sus encuentros sexuales siempre le pedía sexo anal, dejando a ella sintiéndose utilizada.

Pasó a recogerla, fueron a bailar con un grupo de amigos, bebieron mucho y luego de separarse del resto, buscaron intimidad y terminaron la noche en el departamento de Pilar. Se fueron desvistiendo y la deseó como nunca antes. Había adquirido experiencia con Perla, por lo que se aprovechó de su novia algo ebria y tuvieron relaciones con pasión.

Ella lo quería dentro de su vagina, y así fue, pero luego la puso en cuatro y volvieron al sexo anal. Pilar lamentó la situación: Fede la quería solo para eso.

Después de la relación sexual, las cosas terminaron mal. Ella le dijo que seguía siendo el mismo niño inmaduro de siempre, y él se vistió y se marchó.

El sábado por la mañana Perla no estaba, tenía el fin de semana libre. Esto implicaba que la morocha tendría que encargarse de las tareas de la casa. Fede acababa de regresar después de pasar la noche en el departamento de Pilar y se le veía con una fuerte resaca. Dado que ya eran cerca de las 8 de la mañana, decidió quedarse despierto para ayudar a Ingrid y a su abuela. Desayunaron los tres juntos y luego Fede ayudó a la chica a lavar los utensilios. Hubo risas cómplices entre ambos y miradas mutuas que la anciana, muy perspicaz, había notado desde el momento en que compartían la mesa. De alguna manera, le agradaba ver esa incipiente cercanía entre su nieto y la chica; la joven era su adoración y el chico su nieto favorito, y aunque la chica era mayor que él, eso no era un problema.

La anciana le indicó a su mucama que se pusiera cómoda para trabajar, y la joven así lo hizo: se dirigió a su habitación para cambiarse y optó por una camiseta blanca con detalles fluorescentes, unos crocs azules y una malla de algodón en un tono gris claro ajustada que la hacía parecer como si no llevara nada debajo, era como una segunda piel.

Fueron al mercado a comprar frutas los tres. Apenas entraron, Fede notó cómo los trabajadores y ayudantes se quedaban mirando a la chica. Sin problema alguno, ella se agachaba poniéndose en cuclillas o, cuando veía alguna fruta o verdura con buen precio en algún puesto, se detenía para observar inclinándose sin flexionar las rodillas, resaltando su trasero al máximo. Tal vez lo hacía sin intención, pero su cuerpo no pasaba desapercibido en ese entorno mayoritariamente masculino. Luego, empujó la silla de ruedas de la señora y caminó lentamente e inclinada, volviendo a exhibir su trasero por donde pasaba. Fede la seguía desde atrás, observando ese trasero tan sensual, escuchando a esos hombres rudos y groseros decirle cosas atrevidas a Pocahontas; esto le provocó tal excitación que su pene comenzó a endurecerse.

todo lo experimentado. Tuvo que ocultarlo con las bolsas llenas de las compras para disfrazar la tienda de campaña que tenía debajo de los pantalones.

Regresaron a la casa grande, subieron a la camioneta y mientras Federico se encargaba de bajar y llevar adentro a la abuela, Ingrid sacaba del maletero las bolsas de las compras. El joven acudió en su ayuda y la vio con la mitad de su cuerpo dentro del vehículo, inclinada y mostrando su redondo trasero en pompa. Una vez más, se le endureció el miembro al ver a la empleada doméstica exhibiendo el trasero con esos leggings de color gris claro, donde se marcaba muy bien el contorno de la tanga.

Las ganas de poseerla eran insoportables; ahora solo quedaba encontrar el momento y la manera de abordarla.

—¡Fede, me estás carcomiendo la retaguardia con tanta mirada! —le reprochó Ingrid, ya sin tapujos.

Ella tomó la iniciativa primero, dio el primer paso.

No le dio oportunidad de una respuesta, ya que él no estaba preparado para esa respuesta de la tímida chica. La convivencia y pasar todo el día juntos en la casa alimentaron el deseo sexual de ambos, tarde o temprano iban a caer en la tentación. La situación se prestaba para el juego y a pesar de tener nueve años más que él, eso pasaba a un segundo plano.

La chica se puso a limpiar el suelo, Fede se sentó a ver una serie en Netflix, aunque en realidad estaba más concentrado en ese espectacular cuerpo. Ingrid se calentó y anudó su camiseta dejando al descubierto su abdomen adornado con un piercing de color plata en el ombligo, aunque lo más excitante era verla desde atrás; Ingrid tenía una prominente retaguardia, y al verla casi agachada, a Fede se le puso dura.

Ella lo sorprendió mirándola y le empezó a gustar, se agachaba más sabiendo que lo estaba excitando.

—¿Qué miras? —le espetó.

—¡No puedes tener un trasero tan perfecto! —respondió él, sin poder disimular la erección; ese culito entangado y esas mallas grises le pusieron la verga dura y erecta como la de un caballo.

—¿Puedo saber por qué me miras tanto el trasero? —interrogó ella.

—No te enojes, Ingrid... es que... no sé cómo decirlo, es que quiero que me enseñes la tanga —expresó Fede con timidez.

—¿Qué? ¿Te das cuenta de lo que me estás pidiendo?

—Es que me atraes demasiado, estás buenísima, me gustas mucho —se sinceró él.

—¿En serio? ¿Y por qué debería mostrarte la tanga?

—Porque tienes un trasero increíble, es perfecto... Y me vuelve loco cómo tu panty se te mete toda por detrás —insistió él.

Ante el evidente rechazo de la situación que se estaba dando, recalculó su estrategia.

—Está bien, soy un imprudente, asumo mi error... pero te pido que me respondas... con un Sí o un No: ¿Es la color café con leche que se te voló del tendedero aquella vez? —preguntó con astucia.

Ingrid quedó callada y reflexionó antes de contestar

—Y si ya me la viste en el patio, ¿qué ganas con verla ahora? —cuestionó.

Era un sí velado, ya estaba inmersa en el juego morboso.

—Vamos, no seas cruel... verla puesta ahora sería mil veces mejor que aquel día en el patio —insistió.

—Pendejito degenerado... ven aquí... Rápido, que si tu abuela nos atrapa, moriré de la vergüenza —lo esperaba de espaldas.

Fede se aproximó por detrás, fijando la mirada en las posaderas de Ingrid. Ella, rogando para que Doña Blanca no los sorprendiera en esa actitud tan candente, posó las manos en sus caderas, bajó los leggings, tiró suavemente como si fuera un striptease y dejó al descubierto el elástico de esa prenda tan ansiada por el joven.

Y sí... era de un color marrón claro, como la que se le voló aquel día...

Con lentitud, fue bajando la tanga, creando suspenso y jugando con su presa. Quedaron sus nalgas ya semidesnudas, moviendo ese trasero como si la prenda gris se resistiera a despegarse de su piel, y con un tirón más brusco, finalmente la bajó hasta a la altura de los muslos.

Fede la observaba atónito, la tanga era diminuta... o bien ella poseía un trasero muy robusto, redondo y voluminoso. La prenda se le enterraba profundamente en la zanja.

Tras mirarla fijamente, se bajó los pantalones y su miembro quedó al descubierto, se masturbó

observando a la chica y poniéndola más rígida, se fue acercando cada vez más hasta apoyarla firmemente en el centro de esas redondeces.

–¡Fede!– exclamó en tono enérgico, lo suficientemente alto como para que la Nona lo escuchara.

–Por favor, guarda eso – le suplicó, pero él ya había visto todo. Aquello que le colgaba entre las piernas al chico era considerablemente grande.

Con prisa, ella se ajustó la calza y le dijo que era suficiente por hoy.

La abuela llegó a la sala, y para entonces él ya había vuelto a sentarse, mientras ella continuaba limpiando el suelo.

–Niña, ¿qué te está haciendo este chico?–

–No, nada señora, solo estábamos jugando –respondió ella avergonzada–.

–Deja eso, querida, ve a tomar una ducha... has trabajado mucho hoy –le indicó amablemente Doña Blanca.

–Uff, sí, gracias Doña Blanca–

Juntó todo y se marchó. Fede la seguía con la mirada.

La chica fue al depósito a dejar el balde y demás utensilios de limpieza, pensando que todo había terminado, pero estaba equivocada. De repente, mientras vaciaba el agua sucia en un piletón de cemento, Fede se acercó por detrás y comenzó a frotarse contra su prominente trasero.

–¡Fede, estás loco, sal de ahí!– fue lo único que pudo decir... Pero él ya había sacado su miembro enorme y lo estaba presionando por completo desde atrás.

Con los movimientos pélvicos de Fede sobre su cuerpo, ella comenzó a mojarse; llevaba días sin tener relaciones y, bueno... el estímulo físico y las ganas hicieron su efecto, mientras que el chico le bajaba la calza y, deslizando su tanga, intentaba penetrarla por detrás.

–No por ahí, no quiero –le dijo a Federico, que tal vez intentaba hacerle lo mismo que a su novia o a Perla últimamente.

Ella se inclinó más, dejando al descubierto sus hinchados labios que sobresalían debajo de esa tela color marrón y con sus manos se los separó para que su amante pudiera dirigir su miembro allí.

Pocahontas agarró el borde del piletón con fuerza, cerró sus ojos negros esperando ser penetrada, Fede no pudo resistirse y la penetró por completo.

La embestía con fuerza y ella gemía conteniéndose, aunque le gustaba... y mucho... no podía disfrutar al máximo porque la anciana rondaba por la casa. Sin embargo, con el grosor y tamaño del miembro de Fede, la crema blanca de su intimidad empapaba completamente al joven amante.

En medio de ese constante movimiento, aunque su objetivo era el trasero de gran tamaño, él se agachó, separó sus nalgas y notó un agujerito muy estrecho. No era como el de Pilar, que ya estaba algo dilatado, y en comparación con el de Perla, parecía un ano virgen, ya que la veterana rubia lo tenía extremadamente expandido, dando la impresión de que incluso podría haber alojado dos miembros al mismo tiempo.

Separó las redondeces de las nalgas de la morocha y acercó su rostro al apretado orificio, observando de cerca cuántas líneas rodeaban su cerrado ano. Estaba ansioso por explorar de esa manera.

–¿Tanto me vas a observar? –dijo Ingrid mientras se estimulaba el área genital.

–¡Pendejo depravado, mira las cosas que me haces hacer, obsérvala bien porque será la primera y última vez–.

Se inclinó aún más y, con ambas manos, separó sus nalgas de tal manera que su cavidad se abrió como una flor y el ano parecía palpitar, contrayéndose y expandiéndose, como la boca de un pez al emerger del agua.

Mostrarse de esa manera ante el nieto de su jefa la hizo sentir muy deseosa; estaba sumamente excitada. Nunca se había sentido tan liberada, tanto que incluso llegó a olvidarse de que tenía un esposo.

De nuevo, Fede introdujo un par de dedos en su húmeda intimidad; esa zona estaba completamente mojada, y sus jugos fluían, llegando hasta sus muslos.

Finalmente, sin aguantar más, volvió a penetrarla, deslizando fácilmente su miembro en su cavidad ya lubricada. Ella gemía de placer al recibir esas embestidas desde atrás.

Ingrid tenía un marido apodado El Enano, su miembro era corto y, cuando se le erectaba, tenía forma de plátano. Aunque se había acostumbrado al miembro de su esposo...

Ahora estaba descubriendo algo nuevo, el miembro de Fede superaba en dimensiones y grosor, además de ser prominente, el chico lo penetraba con entusiasmo.

–Así, así, joven desvergonzado–

–No puedes tener un miembro tan grande– murmuraba ella, ya completamente excitada de nuevo.

Y en pleno acto, escucharon a la abuela llamándola –Ingrid, ¿dónde estás, cariño?–

¡No podía haber sido más inoportuno el momento! Fede retiró su miembro y, debido al revuelo, derramó toda su semilla sobre las nalgas de la mucama. Su generoso líquido se escurrió por su esfínter y otro último chorro saltó en la dirección de su vagina abierta. Ella, asustada, se ajustó la tanga y las calzas grises, nerviosa por ser descubierta, y no tuvo tiempo de limpiarse.

Su diminuta tanga tipo colaless quedó completamente manchada, su vagina quedó bien penetrada, pegajosa y caliente. El chico hizo lo mismo y se apartó simulando estar ayudándola a ordenar sus cosas.

Tal vez la abuela se percató de todo, no era ingenua. Ellos, por su parte, quedaron intrigados y no sabían cómo reaccionar; la evidencia de ser sorprendidos in fraganti y su nerviosismo los delataba.

Veremos qué sucederá con Perla, Pilar y el esposo de Ingrid, cómo interpretarán sus papeles.

En cuanto a Fede, se dio el gusto de tener relaciones con Ingrid, aunque no logró penetrarla analmente, estuvo a punto; eso quedó pendiente y la mujer disfrutó de esa rápida relación sexual y, obviamente, deseaba continuar.

Fue la primera vez que fue infiel a su esposo y, al igual que a Perla, le encantaron las cosas que el joven y atrevido hizo.

No sé qué pasará con ellos, quizás continúen a escondidas o con el consentimiento de Doña Blanca, pero eso será tema de otra entrega.

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