El anciano guía espiritual recitó unas palabras en un idioma ancestral y agitó su antorcha humeante sobre nuestras cabezas, creando una nube oscura y vaporosa. Arrojando incienso al aire, cuyo aroma no coincidía con mis recuerdos de cómo debería oler.
Tras unas cuantas frases más, procedió a bendecir a los visitantes que nos rodeaban, formando un círculo cerca de la cima de la Sierra Quemada, una montaña sagrada en la cordillera de la sierra madre occidental, ubicada en el centro de México y considerada sagrada por algunas comunidades indígenas.
El viaje de casi dos horas a caballo para participar en una ceremonia mística de procedencia incierta resultó ser una experiencia difícil de soportar para mi trasero, y aún quedaba el regreso por delante.
Real de Catorce, un pueblo mágico en el altiplano de México, fue en el pasado una próspera comunidad minera durante la época colonial. Sin embargo, entró en decadencia después de que la principal mina se inundara, obligando a la mayoría de sus habitantes a abandonar el lugar. En la actualidad, el turismo es la principal fuente de ingresos para sus escasos habitantes.
Entre las principales atracciones de Real de Catorce se encuentran su iglesia, el Cerro Quemado, el pueblo fantasma y el túnel del Ogarrio, el cual conecta el pueblo con el resto del estado a través de un túnel de 2,300 metros. Además, se pueden realizar recorridos por la sierra a pie, a caballo o en vehículos todo terreno.
Aproximándose nuestro aniversario y con unos días libres y un presupuesto ajustado, mi pareja Leslie y yo decidimos visitar la comunidad de Real de Catorce. Partimos desde nuestra ciudad en el norte de México un viernes, durante las vacaciones de primavera, para emprender el viaje de 5 horas hacia nuestro destino de fin de semana.
Somos dos jóvenes de 24 años cada uno, ambos graduados en Arquitectura, lo que nos apasiona por descubrir la historia y arquitectura colonial de nuestro país.
Leslie es una joven de belleza singular, con piel clara, cabello rubio, ojos claros y una figura esbelta resultado de su dedicación al gimnasio. Posee unos senos firmes y prominentes y un trasero redondo y firme que inspira deseo. Es el tipo de mujer que hace que te gires para mirarla de nuevo al pasar a tu lado. Por mi parte, tampoco me quedo atrás, ya que también disfruto del gimnasio y los deportes al aire libre.
Al atravesar el famoso túnel después del mediodía, nos dimos cuenta de que la ciudad de Real de Catorce, fundada en 1777, no estaba diseñada para vehículos motorizados, por lo que era necesario conducir con precaución siguiendo las indicaciones para evitar quedar atrapados. Sus calles, empedradas y estrechas, eran también muy irregulares, por lo que era recomendable utilizar un vehículo con tracción en las cuatro ruedas, algo que lamentablemente no tenía mi pequeño automóvil inglés.
—Ese último bache fue bastante grande —comenté a Leslie mientras nos dirigíamos al hotel.
La mayoría de los hoteles en Real de Catorce son antiguas casonas convertidas en alojamientos, con habitaciones espaciosas, gruesos muros y un encantador estilo colonial. Escogimos una que contaba con un patio interior y dos niveles en el borde del pueblo.
Llegamos primero al hotel para registrarnos y dejar nuestro equipaje, evitando así perder la reserva, ya que sabíamos que las excursiones por la sierra podían extenderse debido a la afluencia turística en esa época del año.
A pesar de haber reservado una habitación para dos personas, nos asignaron un espacio bastante amplio, con una enorme cama matrimonial.
albergaba una cabecera espléndida tallada en madera, dos sillones individuales con una mesita de centro entre ellos y, en una esquina, un pequeño escritorio de caoba con una silla tallada a mano que nos transportaba a los albores del siglo pasado.
A pesar de la ausencia de televisor, lo cual no suponía un problema, ello contribuía a generar un ambiente más auténtico y tradicional. El cuarto de baño, aunque carecía de tina, resultaba sorprendentemente amplio; el agua caliente era su único requisito. Además, una ventana junto al escritorio ofrecía vistas a la calle, donde se podía contemplar el amanecer sobre las colinas.
Dejamos nuestras maletas en el hotel y nos dirigimos a la entrada del pueblo en busca de una excursión que pudiéramos emprender por la sierra en ese momento. Nuestro plan inicial era visitar el pueblo fantasma, sin embargo, al ser la opción más popular entre los turistas, debíamos esperar 4 horas y sin garantía de poder realizarla.
Nuestra siguiente alternativa era un recorrido por la Sierra Quemada que incluía un ritual de purificación, llevado a cabo por un chamán de la comunidad huichol, antiguos habitantes de la sierra.
—Buen día, ¿te gustaría dar un paseo en mi caballo? —preguntó uno de los jóvenes que ofrecían paseos a mi pareja, a quien había llamado la atención.
A pesar de que Leslie llevaba un abrigo azul que le llegaba justo por encima de las rodillas debido al frío, su elegancia y porte eran inconfundibles; su melena rubia contrastaba con el tono del abrigo.
Vestía una blusa blanca de estilo sastre, pensando en tomarse las típicas fotografías como recuerdo que lamentablemente no serían posibles; pues, a pesar de estar a pleno sol, los vientos helados calaban hasta lo más profundo. Sus piernas largas y delgadas se lucían debajo del abrigo gracias a unos vaqueros ajustados al cuerpo, mientras que unos botines negros añadían altura a su esbelta figura. Era evidente por qué el joven se acercó a ella en primer lugar y no a mí; en fin, cuando tu novia es tan hermosa, te acostumbras rápido a este tipo de situaciones.
—Buenas tardes —saludó ella—. ¿A dónde se dirigen?
—Vamos a la Sierra Quemada para un ritual de purificación. Tengo dos lugares disponibles, ¿les interesa? —dijo un joven de tez morena bajo un sombrero vaquero al acercarse a mi pareja, mostrando una sonrisa blanca que destacaba en su piel.
Personalmente, no estaba muy convencido respecto a la parte del ritual del paseo, ya que ello implicaba más tiempo, por lo que pregunté si existía una opción sin el ritual.
—Lamentablemente, el Cerro de la Quemada es considerado sagrado por los huicholes —explicó el joven, dando a entender que la única razón por la que el paseo era viable era gracias a un acuerdo entre el gobierno federal y la comunidad indígena para preservar sus tradiciones—. Parte del costo del recorrido se destina a ellos, como una suerte de impuesto para preservar sus tradiciones —añadió el joven amablemente.
Aunque personalmente no compartiera la creencia en rituales de purificación y chamanes, sí reconocía la deuda histórica que teníamos con las comunidades indígenas, por lo que acepté realizar el paseo en esas condiciones.
Dado el intenso sol, la excursión no comenzaría hasta las 4 de la tarde; serían unas dos horas a caballo hasta la Sierra Quemada, con media hora para explorar los alrededores tras la puesta de sol y realizar el ritual, regresando al pueblo al finalizarlo.
Intercambiamos números telefónicos con el guía para que nos avisara con precisión a la hora de partir. Mientras esperábamos, Leslie y yo aprovechamos el tiempo para almorzar en una pequeña fonda y explorar el pueblo, hasta que recibimos el mensaje del joven para regresar al punto de encuentro.
—Este es unTexto autogenerado.Caballito asignado a tu bella novia, es el más dulce que poseo —el joven le dijo al asignar los equinos.
—Gracias —respondió ella mientras el chico la asistía a montar; ofreciendo su rodilla como apoyo para que ella subiera su negro botín y la convirtiera en improvisado peldaño—. ¿Cuál es su nombre?
Pensé para mis adentros: "Obvio que le darán el mejor caballo a Leslie, todos los hombres que la ven desean conquistarla". Supuse que el chico, al ser mi novia una de las mujeres más atractivas del grupo, quería consentirla para obtener una buena propina.
—Se llama Pinto, señorita —respondió el muchacho, quien no destacaba por ser muy creativo al nombrar a sus caballos, pues Pinto era blanco con manchas oscuras.
Siendo sincero, el recorrido resultó bastante incómodo para mis glúteos, además de no ser un camino recto, ya que la intención del paseo era explorar los alrededores de la sierra. Nuestro grupo estaba compuesto por unas 30 personas, entre guías y turistas, todos a caballo. Aunque también era posible hacer la travesía a pie, dadas la altura de la sierra y la ausencia de señalización (al considerarse un lugar sagrado), no era una actividad recomendable para los visitantes.
Los equinos tienen una memoria excepcional, por lo que no necesitan ser conducidos; ellos saben dónde ir y cómo regresar. Aparte de algunos resbalones por las piedras sueltas en el camino, el traslado fue bastante agradable. Un consejo: no olviden llevar una chaqueta o abrigo, incluso si el sol brilla fuerte, pues no querrán pasar por lo mismo que uno de los turistas.
Dado que los caballos avanzan en fila, solo los guías pueden moverse hacia adelante o hacia atrás si uno de los equinos no sigue el ritmo de la caravana. Yo iba detrás de Leslie y pude observar cuando el chico se colocó al lado de su caballo.
—¿Qué tal se porta Pinto? ¿Va bien? —preguntó amablemente el joven a mi novia.
—Sí, tenías razón, Pinto es muy apacible y se comporta de maravilla —respondió ella como si montar a caballo fuese algo cotidiano.
—Todo lo mejor para usted, güerita —dijo el chico, levantando ligeramente el sombrero como gesto de cortesía y dibujándole una sonrisa antes de continuar guiando la expedición. Al menos actuaba con gran caballerosidad.
Debido a las subidas y bajadas de la sierra, nos tomó más de una hora y media llegar al punto donde se llevaría a cabo el ritual. Estaba ansioso por descender de mi caballo y estirar las piernas un poco.
Dado que los caballos no podían ascender hasta la cima debido a lo escarpado del sendero, tuvimos que dejarlos en un lado del pico y continuar a pie en la última parte del trayecto.
Antes de emprender la subida, Leslie deseaba capturar una fotografía sobre su montura, con el paisaje montañoso de fondo, ya que al regresar al atardecer, el sol ya no permitiría apreciar esa vista.
—Si gusta, le presto mi sombrero, señorita —manifestó el chico quitándose el sombrero y sacudiéndolo para quitarle el polvo con un par de manotazos—. Le aseguro que no albergo piojos —añadió en tono jocoso.
El guía estaba mostrándose realmente amable con mi novia, gesto que a ella parecía halagarle.
—Gracias, llámame Leslie por favor.
Mientras tomábamos algunas fotografías, tuvimos la oportunidad de conocernos un poco. Resultó que nuestro guía se llamaba Gabriel, tenía 21 años y residía en un municipio cercano donde realizaba diversas labores. Dado que su familia había tenido siempre caballos, era un experimentado jinete.
Hacía un par de años, un amigo lo había invitado a colaborar en las excursiones turísticas durante la temporada alta, y como el dinero nunca sobraba, continuó desempeñándose en esa labor hasta la fecha.
A pesar de no ser muy alto, su presencia y físico robusto le conferían una apariencia genuina de vaquero. Con camisa a cuadros, chaqueta de borrego, pantalones vaqueros y, por supuesto, botas con espuelas y sombrero. Vestimenta que usaba para dar un toque más auténtico y rústico.
Cuando salían a caminar, él demostraba ser un joven urbano; si tenía un tono de piel bronceado, era porque había pasado todo el día cabalgando.
Las fotos resultaron impresionantes, ya que el sombrero negro distintivo del chico le daba a mi novia la apariencia de una vaquera elegante con las montañas al fondo.
—Gabriel, gracias —expresó mi novia al devolverle el sombrero al chico.
A pesar de que Leslie y yo estábamos en buena forma física, no estábamos acostumbrados a la altura de ese lugar, lo cual nos resultó un poco difícil. Finalmente, todo el grupo llegó a la cima, donde cada uno tomó la mejor fotografía del paseo, levantando los brazos en señal de victoria. ¡Parecía que habíamos conquistado la montaña más alta del mundo!
Poco antes de las 6 de la tarde, el chamán llegó con dos ayudantes o aprendices, no estoy seguro de la terminología correcta. Encendieron una fogata con un mechero y quemaron algunas plantas que llevaban consigo, incluyendo el famoso peyote, una planta sagrada para los huicholes.
Ubicaron a todos los turistas alrededor de un círculo de piedras, y el chamán levantó una antorcha que agitaba con la mano mientras esparcía sus bendiciones místicas y cantaba.
Invitó a los más valientes a inhalar un poco del humo del peyote, una dosis minúscula con efectos más psicológicos que físicos. No sentí ningún efecto, ya que su olor no era muy diferente al de cualquier otra planta, y solo me provocó náuseas.
—El peyote se puede fumar o masticar. Algunos reaccionan más rápido al humo, otros prefieren masticarlo —explicó Gabriel a mi novia, respecto a la mejor forma de experimentar sus efectos.
Según el chamán, el principal efecto del peyote era inducir visiones del más allá a quienes lo consumían, a menudo llamados viajes astrales, con significados diversos dependiendo de quien y qué se veía. Esto se debía a que el peyote agudizaba los sentidos, permitiendo percibir una realidad que de otra manera sería imperceptible.
—Pueden ser mensajes o recuerdos de vidas pasadas —explicó el chamán, dotando a sus palabras de un efecto dramático y casi teatral.
Aunque el ritual parecía sencillo, fue fascinante descubrir cómo los antiguos habitantes de la sierra veneraban a sus divinidades.
—Esta planta posee propiedades mágicas, úsenla con sabiduría —advirtió el chamán al obsequiarle un trozo de peyote a mi novia como 'regalo', tal vez impresionado también por su belleza.
Debido a las propiedades alucinógenas del peyote, durante mucho tiempo se le atribuyeron poderes curativos, lo que llevó a una recolección indiscriminada que casi llevó a la extinción de la planta, dado su largo período de maduración de hasta diez años.
Por esta razón, su comercialización está actualmente prohibida, aunque se puede obtener de las comunidades indígenas de la sierra, a quienes se les otorga un permiso especial para su uso ritual como muestra de respeto por sus tradiciones y cultura.
—Gracias —agradeció ella después de pagar un precio simbólico por el peculiar recuerdo.
Al caer el sol durante nuestro regreso al pueblo, el viaje se volvió un tanto inquietante al escuchar los sonidos de las criaturas nocturnas mientras descendíamos. Afortunadamente, los guías llevaban linternas, principalmente para tranquilizar a los turistas, mientras que los caballos estaban acostumbrados a ese tipo de recorrido.
—¿Qué fue eso? —pregunté nervioso a mi novia al oír un extraño ruido emitido por alguna bestia que nos acechaba desde la sombra.
—Es solo un ratón de campo —respondió Gabriel con tranquilidad, cabalgando como nuestra escolta personal.
novia.
—Solo un ratón, ya tenía esa información —dije fingiendo valentía ante los roedores y otras criaturas silvestres.
Durante nuestro regreso, Gabriel nos contó que antes había turistas que realizaban sus propias excursiones nocturnas para experimentar las propiedades místicas del peyote en rituales clandestinos.
—Eran hippies que venían solo a consumir drogas bajo la luz de la luna. Imaginen personas drogadas en la oscuridad, sin saber dónde están. Eso no terminaba bien —comentó el joven.
Por ese motivo, el gobierno prohibió subir a la sierra durante la noche. A pesar de ello, era difícil evitar que de vez en cuando un grupo de imprudentes aventureros lo intentara nuevamente.
Al llegar al pueblo y entregar los caballos, nos despedimos de Gabriel. Leslie y yo nos dirigíamos hacia nuestro automóvil cuando ella me pidió que le tomara una fotografía con el chico que había sido nuestro guía durante la excursión a caballo, aprovechando que estábamos en la plaza principal.
—Está bien, si eso quieres —concordé sin importarle mucho, suponiendo que era porque el chico parecía un auténtico vaquero.
Hice una seña al chico para captar su atención mientras mi pareja buscaba el mejor escenario para la fotografía. Observándolo detenidamente, el joven era bastante atractivo. Con la tez bronceada, el pelo oscuro, los ojos claros y los hombros anchos, destacaba con sus botas y sombrero; tal vez por eso mi novia quería una foto con él como acompañante.
—Será un placer —dijo el chico aceptando posar junto a mi novia.
Gabriel se acercó a donde estaba ella, quien apresuradamente desabrochaba su abrigo.
—No quiero salir con la misma vestimenta en todas las fotos —explicó entregándome su abrigo para que lo guardara mientras ella posaba junto al chico.
—Como prefieras, cariño —respondí de manera jocosa, ya que la temperatura en el pueblo bajaba rápidamente al caer el sol.
La acción de Leslie no me sorprendió, pues en otros viajes había hecho lo mismo para lograr imágenes más diversas. Lo que me llamó la atención fue que disimuladamente desabotonó los dos primeros botones de su blusa, creando un pronunciado escote que dibujó una sonrisa lasciva en el rostro del chico al posar sus ojos en el escote de mi novia.
—¿Te importa si te abrazo? —preguntó el chico extendiendo su brazo izquierdo.
—Sí, claro —respondió mi novia permitiéndole al chico rodear su espalda y sujetarla por la cintura; mientras ella hacía lo propio con él.
Dí una señal para que sonrieran y comencé a tomar las fotografías; la mayoría resultaron similares, ya que la luz y el entorno no permitían muchas variaciones. Además, mi novia empezó a sentir frío en su cuerpo; tanto que sus pezones se pusieron lo suficientemente rígidos como para destacarse bajo la blusa.
—¿Tienen planes para esta noche? —preguntó el chico mientras mi novia se ponía rápidamente su abrigo, olvidando abotonar su blusa.
—Creo que primero iremos a cenar y luego buscaremos un lugar para beber algo —respondí rodeando la cintura de mi novia.
—Si les interesa, puedo recomendarles un bar —ofreció el chico dándonos indicaciones de un bar que solía frecuentar.
—Gracias, creo que lo tomaremos en cuenta —expresé yo.
—Aquí tienen mi teléfono, si necesitan ayuda no duden en llamarme. Que tengan una buena noche —dijo el chico al despedirse; estrechándome la mano y dándole un beso en la mejilla a mi novia.
Debido a la alta temporada, nos costó encontrar un lugar para cenar; finalmente entramos en una pequeña fonda. A pesar de que la comida estuvo excelente, pues tras una excursión de cuatro horas teníamos mucha hambre, estábamos deseosos de ir a un bar para tomar unas copas antes de dormir.
Decidimos ir al quenos había recomendado Gabriel ya que nos había mencionado que era un lugar mucho más tradicional que aquellos preferidos por los turistas; además de ser más asequible.
—¿Qué te parece si proponemos a Gabriel unirse a nosotros para tomar algo? —preguntó mi novia mientras nos dirigíamos hacia el auto—. De esta manera no pareceremos turistas.
—Si eso deseas, cariño, podríamos invitarlo —respondí a mi novia pasando por alto su solicitud, ya que siempre ha sido extremadamente amable.
Leslie envió un mensaje al chico informándole que íbamos al bar recomendado y consultando si le gustaría acompañarnos a tomarnos algo. En menos de cinco segundos, él respondió afirmativamente.
Nos dirigimos al bar en automóvil, el cual no quedaba muy lejos. Leslie, quien aún llevaba consigo el regalo del chamán, lo guardó en la guantera para evitar perderlo, ya que planeaba tomar más de una copa.
Dado que el bar carecía de estacionamiento, estacioné el coche en una calle cercana; mientras nos acercábamos al bar, Gabriel ya nos esperaba en la puerta, ya sin sus espuelas pero manteniendo su sombrero. Supuse acertadamente que moverse a pie por ese pueblo a veces resultaba mucho más conveniente.
—Buenas noches, me alegra verlos de nuevo —saludó el chico antes de darle otro beso a mi novia.
—Qué alegría que hayas venido —dijo ella con una sonrisa, reflejando un brillo especial en sus ojos al ver que el chico había aceptado unirse a nosotros.
El bar favorito de Gabriel distaba de ser un establecimiento lujoso. Básicamente, consistía en un pasillo largo con una sola entrada, una larga barra a la izquierda y mesas altas al otro lado. Nos sentaron en una de las mesas altas y pedimos una ronda de cervezas para comenzar a charlar.
Evidentemente, Gabriel, con sus incontables historias, se robó la noche, ya que en comparación con sus aventuras como jinete, nuestras vidas parecían bastante monótonas. Su imagen de vaquero rudo contrastaba con su forma de expresarse tan urbana y relajada, lo cual iba de la mano con una sonrisa amigable que tenía cautivada a Leslie; quien no paraba de reír con la forma en que narraba sus anécdotas, las cuales tendían a ser exageradas. Había surgido una bonita conexión entre ella y el chico.
—Y así, pasé toda la noche sin pegar ojo, con mi rifle al hombro —comentó al finalizar un relato en el que supuestamente se había extraviado en el desierto tras salir a cabalgar estando ebrio. Una historia en la que había sido acechado por alguna presencia malévola, o quizás un simple ratón de campo.
—¡No puedo creerlo, me hubiera asustado tanto! —exclamó mi novia entre risas al escuchar la exageración de la historia.
Después de un par de cervezas, el chico se excusó para ir al baño. Una vez a solas, Leslie se quedó callada de inmediato, jugueteando con sus dedos sobre la mesa.
—¿Pasa algo, cariño? —pregunté al notarla un tanto inquieta, pensando que quizás ya quería ir a descansar.
No era la primera vez que compartíamos una copa con un desconocido en un bar. Dada nuestra naturaleza alegre y amigable, siempre disfrutábamos de conocer nuevas personas al asistir a este tipo de establecimientos para ver eventos deportivos o simplemente pasar un buen rato.
Por supuesto, tener una buena presencia siempre jugaba a nuestro favor en estos encuentros; sin embargo, éramos cautelosos con quién nos sentábamos a brindar, teniendo como norma básica no revelar demasiada información personal a los recién conocidos por razones de seguridad.
Pero esta ocasión era distinta, estaba seguro de que a Leslie le agradaba el chico, de lo contrario, ¿por qué se habría tomado tantas fotos con él hace un momento y habría insistido en invitarlo a tomar algo? Aun así, no estaba de más preguntar.
—Nada, solo que... no sé cómo decirlo —respondió
Ella mostrando pereza.
—¿Te sientes incómoda con Gabriel? —pregunté.
—No, en absoluto, me parece un chico bastante agradable y divertido —respondió ella—. ¿Y a ti qué te parece?
—Opino lo mismo, es muy divertido y creo que podríamos entablar una buena amistad si viviera en nuestra localidad —contesté de forma casual.
—La verdad, preferiría que no resida en nuestra ciudad —comentó ella con una sonrisa que me desconcertó.
El comentario de Leslie resultó contradictorio. Por un lado, le agradaba el chico, pero por otro lado no quería que estuviera cerca de nosotros. Por un momento pensé que había entendido mal.
—No entiendo —expresé.
Leslie contuvo la risa mordiéndose los labios y cambiando la posición de sus piernas, cruzándolas de un lado a otro, lo que me hizo pensar que tenía la urgencia de ir al baño al verla retorcerse en su silla.
—Tengo algo que decirte, pero no sé cómo vas a reaccionar —manifestó en un tono dubitativo.
En ese instante, pensé: "¡Debe ser algo importante lo que mi pareja quiere contar!". Desde que asumimos una relación formal, era la primera vez que la veía titubear antes de confesarme algo. Ni siquiera cuando me confesó haber chocado mi coche la vi tan nerviosa.
—Dime cariño, siempre escucho tus palabras —aseguré.
—Verás amor, me agradó mucho Gabriel, me gustaría ver si podemos invitarlo al hotel. ¿Qué te parece? —sugirió ella.
Casi escupo la cerveza al escuchar a mi novia plantear eso. Jamás habría imaginado la posibilidad de que ella quisiera invitar a un desconocido a nuestra habitación de hotel.
—¿Y para qué? —pregunté, aclarando mi garganta y solicitando más detalles para evitar malentendidos.
—Pues para... pasar la noche con él —confesó tímidamente, dejándome helado.
Según Leslie, desde que vimos una película para adultos en nuestro hogar, donde aparecía una chica muy parecida a ella teniendo relaciones íntimas con dos hombres, le había surgido la curiosidad de experimentar esa situación.
Al principio, pensó en proponer que invitáramos a un amigo a nuestra cama para explorar esta fantasía. Aunque teníamos amigos que ella consideraba atractivos para un trío, después de evaluar las opciones, llegó a la conclusión de que si lograba convencerme, sería mejor hacerlo con un extraño, alguien con quien no tuviéramos muchas interacciones para minimizar la posibilidad de crear un vínculo más allá de lo físico.
—Desde que vimos esa película para adultos, tuve la inquietud de probar algo similar; preferiría que fuera con alguien que no sea de nuestra ciudad, para evitar rumores. ¿Qué opinas? —explicó ella.
No podía culparla por tener esa curiosidad, ya que fui yo quien la animó a ver contenido erótico para avivar nuestra vida íntima. Sin embargo, fantasear después de una escena no era lo mismo que llevarlo a la realidad, así que necesitaba estar seguro de lo que me estaba proponiendo.
—¿Estás segura de querer hacer esto? —pregunté, esperando que reflexionara sobre lo que acababa de plantear, pues nunca habíamos debatido sobre involucrar a terceros en nuestra relación. Después de todo, también esperaba tener intimidad contigo esta noche, y no quería que, en el momento crucial, te arrepintieras y quedáramos en una situación incómoda con el otro individuo.
Leslie apretó los labios y miró hacia el fondo del bar, donde Gabriel había desaparecido; era evidente que se sentía tan ansiosa como nerviosa por tener relaciones íntimas con ese desconocido de apariencia ruda.
—Sí, realmente tengo muchas ganas de hacerlo —respondió con una.voz entrecortada que expresaba la amalgama de emociones que la atormentaban—; y pues yo sí creo que podré tener relaciones con los dos —agregó con valentía dando a entender que ya había considerado el esfuerzo físico que su fantasía representaba.
—Como tú decidas amor, si eso es lo que deseas así lo haremos —asentí aceptando sus deseos sin medir las consecuencias de lo que íbamos a hacer debido al alcohol que fluía por nuestras venas—, pero al menos recuerda esconder tu cartera, no vaya a ser que nos roben lo poco que tenemos —añadí en tono de broma al recordarle que en realidad no conocíamos al hombre con el que ella deseaba tener relaciones sexuales.
Entre todas las cosas que imaginé que Leslie pudiera desear para nuestro aniversario, nunca se me pasó por la mente que quisiera participar en un trío. Al menos esto era mucho más económico de lo que tenía planeado. Ahora solo faltaba decidir quién le propondría a Gabriel.
—¿Le preguntas tú? —interrogué mientras daba un último sorbo a mi bebida.
—La verdad me da mucha vergüenza, prefiero que se lo preguntes tú amor.
Dado que Leslie nunca había experimentado el placer con dos hombres, al menos hasta esa noche, era lógico que no supiera cómo reaccionar en esa situación; y por supuesto, yo tampoco lo sabía, por lo que sugerí que actuáramos de la manera más natural posible para que Gabriel no sospechara que sería nuestra primera vez haciendo este tipo de cosas.
—Solo le proponemos que nos acompañe al hotel a continuar la celebración y que él decida —sugerí para evitar plantearle la idea de tener un encuentro de tres en un lugar público.
—Me parece bien, que él interprete lo que quiera, una vez en la habitación intentaré seducirlo —concordó mi pareja asumiendo que de esta forma se sentiría menos presionada.
Antes de que regresara Gabriel, pedí otra ronda de cervezas suponiendo que estando ebrio sería más sencillo convencerlo de acompañarnos al hotel.
—¿Y ustedes qué planes tienen para mañana? —preguntó el chico sentado de nuevo frente a nosotros.
—Teníamos planeado ir a un paseo en cuatrimotos, pero todo dependerá de a qué hora despertemos porque hay que salir temprano para eso —respondí.
—Sí, es cierto, esos paseos salen a las siete de la mañana, así que si pensaban seguir bebiendo, les recomendaría que no lo hicieran —comentó el chico tratando de persuadirnos para que hiciéramos ese paseo—. Con resaca en ese tipo de vehículos es bastante peligroso.
—Bueno entonces creo que seguiremos bebiendo —concluí tras escuchar el consejo del chico—. ¿Conocen otro bar por aquí? —pregunté dando a entender que si no era necesario levantarnos temprano, sería mejor continuar la fiesta en otro lugar ya que ese resultaba un poco aburrido.
—Honestamente, todos los bares por aquí son más o menos iguales, a menos que quieran que vayamos a beber al hotel de ustedes —dijo el chico con una sonrisa insinuante dirigida a mi novia, sugiriendo la posibilidad de pasar la noche con nosotros.
¡Excelente! El chico había picado en nuestra trampa, o nosotros en la suya, no lo sabía. Lo que sí sabía es que la fantasía de mi novia, de tener un encuentro sexual de tres esa noche, estaba más cerca de hacerse realidad.
—¿A dónde acuden ustedes cuando quieren divertirse? —preguntó mi novia, extendiendo su pie por debajo de la mesa para rozar al chico en la pierna 'accidentalmente'.
Gabriel reaccionó de forma positiva con una sonrisa a ese pequeño gesto de mi novia y, bebiendo de un solo trago de su vaso de cerveza, se tomó su tiempo antes de responder.
—Cuando salgo a beber con mis amigos preferimos ir en camioneta hasta el mirador u otra colina. Pero cuando salgo con una chica hermosa, como tú, no hay mejor lugar para divertirse que el cementerio —comentó bajando la voz, consciente de que beber en un lugar de descanso eterno se consideraba irreverente.
—¡¿El cementerio?! —exclamó sorprendida mi novia.
Según Gabriel, no había experiencia más emocionante que seducir
Sobre la losa de una tumba abandonada, una chica se encontraba, ya que la atmósfera macabra del lugar hacía que cualquier mujer se viera atraída por él al mínimo ruido.
—Si lo consideras detenidamente, tener relaciones sobre una fría lápida, es un homenaje a la vida de aquel que reposa en la tumba —mencionó de manera sarcástica.
No sé si lo que decía Gabriel era verídico o simplemente estaba bromeando por efecto del alcohol, de todas formas él era el guía turístico, lo cual había que tener en cuenta.
—¿Qué opinas amor, te gustaría hacerlo al aire libre bajo la luz de la luna? —pregunté jocosamente a mi pareja sobre la idea de tener intimidad sobre una tumba abandonada.
—Definitivamente no, ni aunque me ofrecieran dinero por ello —respondió ella de forma tajante.
—En ese caso, supongo que debemos proseguir la noche en el hotel, ¿te unes a nosotros? —inquirí al chico con la mayor naturalidad posible, como si se tratara de un tema banal.
—Claro, me encantaría, solo déjenme ir por mi mochila —contestó sin vacilar.
Leslie trató de esconder detrás de su bebida la sonrisa que se formó en sus labios al escuchar la respuesta de Gabriel, derramando un poco de cerveza al inclinar su vaso prematuramente.
—Está bien, ve a buscar tu mochila mientras yo pago la cuenta —mencioné mientras ayudaba a mi novia a limpiar la cerveza de su ropa con una servilleta.
El chico salió del bar dejando a mi pareja y a mí intercambiando miradas cómplices en silencio. Ninguno de los dos tenía idea de qué decir en ese momento. Teníamos la confianza de que algún día recordaríamos esa noche de forma anecdótica.
Al salir del bar esperamos a Gabriel, quien fue a recoger su mochila que había dejado con sus amigos, y supongo que también a presumirles sus planes para esa noche, según la reacción de ellos.
Leslie se viró hacia mí en el instante en que esos chicos hacían bromas de mal gusto, su rostro reflejaba que había sucumbido al morbo de la situación. Por un lado sentía vergüenza por lo que esos chicos podrían estar pensando de ella, pero por otro lado sabía que pronto se haría realidad su fantasía de tener intimidad con dos hombres por primera vez; por lo tanto, era complicado determinar si se sentía avergonzada o ansiosa.
“¡Qué suerte tienes colega, te vas a acostar con esa chica que se ve que está muy atractiva!”, exclamó envidioso uno de los amigos de Gabriel, provocando un escalofrío en mi pareja y arrancándome una sonrisa burlona; ella misma se había colocado en esa situación y le tocaba aguantar cualquier calificativo que esos individuos le endilgaran.
Aunque jamás habíamos expresado explícitamente a Gabriel nuestro deseo de llevar a cabo un trío esa noche, al parecer, él y todos sus amigos ya lo sospechaban.
—¿Estás nerviosa? —pregunté de manera insensible al ver cómo sus ojos brillaban bajo la luz de las lámparas.
—Sí —confesó ella acercándose a mí para que la abrazara de modo protector.
“¿Y el estúpido de tu novio se quedará mirando mientras te acuestas con ella?”, preguntó otra voz, provocando que ahora Leslie se riera de mí por el calificativo con el que me habían designado.
Entre risas y comentarios subidos de tono, Gabriel se despidió de sus amigos y se acercó a nosotros, con la actitud de un afortunado concursante al que le indican que debe ir a recoger su premio.
—Listo amigos —dijo el chico abrazando a mi novia para que ella se sintiera protegida al ser acompañada por los dos hombres que la poseerían esa noche.
Nos dirigimos a por nuestro vehículo, mientras al fondo todavía se escuchaban algunas de las voces de los amigos de Gabriel rompiendo la calma de la plaza, a lo que nosotros hicimos caso omiso.
—¿Qué te decían tus amigos?—interrogué solo para fastidiar a mi pareja, ya que claramente había escuchado la manera en que habían estado hablando tanto sobre ella como sobre mí.
—Nada en particular, solo que deseaban que me divirtiera y la pasara bien —respondió él con amabilidad, a lo que mi pareja y yo respondimos con una risa burlona al saber que estaba mintiendo.
Caminamos los tres abrazados, con mi pareja en medio, como alegres compinches; volteando en la esquina para encontrar nuestro automóvil.
Abrí la puerta trasera para que Gabriel pudiera colocar su mochila en el maletero. Dado que nuestro vehículo tenía cuatro plazas pero solo dos puertas, era lógico que el joven pasara primero para sentarse en el asiento trasero.
—Entra, cariño —le dije a mi pareja, quien me miró extrañada y se sentó en el asiento del copiloto.
—¿Debo entrar por la otra puerta? —preguntó el chico.
—No, tú puedes ir en las piernas de Leslie —respondí invitándolo a subir— así podremos conversar sin tener que girar la cabeza; ¿te molestaría ir en sus piernas? —pregunté con diversión.
Leslie y Gabriel se miraron sorprendidos por mi propuesta, parecía algo inusual para ellos.
¡Cómo podía quejarse mi pareja cuando estaba consintiendo tener relaciones con ese chico! Por lo tanto, tuvo que aceptar mi idea sin protestar. Con el alcohol en su sangre, a Gabriel le hizo gracia mi sugerencia; de todas formas, como el hotel se encontraba a pocas calles de distancia, no estarían incómodos por mucho tiempo.
—No hay problema —respondió el chico entrando al coche gustoso.
Fue muy divertido ver a Leslie y Gabriel haciendo malabares para acomodarse en el asiento del copiloto del pequeño coche europeo. ¡Parecía que estaban jugando a Twister!
Tal vez habría sido más conveniente que mi pareja se sentara en el regazo del chico si queríamos ir los tres juntos al frente; pero admitamos que eso no habría sido tan divertido. Cerré la puerta del copiloto y me subí al auto.
Dado que el cinturón de seguridad no daba para los dos, Leslie tuvo que abrazar a Gabriel, mientras él se sostenía de su cuello. La posición era tan incómoda que tuvo que pasar las piernas por encima del separador de asientos, colocando sus botas vaqueras sobre mis piernas.
—¿Es la primera vez que secuestran a un joven guapo? —bromeó el chico.
—Estamos ensayando —respondió mi pareja entre risas, dándole una palmada en la pierna al chico y dejando su mano allí, seguramente imaginando situaciones incómodas en las que ella y su "vaquero" podrían encontrarse esa misma noche.
Parecía que a Leslie le estaba gustando tener contacto con el atractivo guía turístico. Esa iba a ser su noche de suerte; o, para ser precisos, la noche de su vida.
—La próxima vez alquilaremos un coche con maletero para que vayas más cómodo —comenté, manteniendo la idea del secuestro como juego.
—Te lo agradecería, aunque les advierto que probablemente nadie pagaría mucho por mi rescate.
—No te preocupes, cariño, ya pensaremos en cómo recuperárnoslo —dijo mi pareja con una sonrisa sugerente, reflejando sus deseos de tener relaciones con ese fornido vaquero.
Puse en marcha el coche para dirigirnos al hotel. Dado que la mayoría de las calles no estaban diseñadas para vehículos a motor, a menudo era necesario tomar una ruta diferente para regresar al punto de partida, así que tuve que dar una vuelta un par de calles más adelante.
—Mis amigos no podrían creer lo que estoy viviendo en este momento —comentó el chico en voz baja, asombrado por su buena suerte.
Probablemente, en ese momento, sentado en las piernas de mi pareja, abrazados mutuamente, ya se habría hecho una idea de por qué lo estábamos invitando a nuestra habitación de hotel.
no ser así, él no era el chico indicado para que mi novia consumara su fantasía de participar en un trío.
—Eso tiene solución —expresé yo corrigiendo el rumbo para volver a pasar por la esquina de la plaza donde estaban los amigos del chico.
El rostro de Leslie se puso pálido presa del terror de convertirse nuevamente en el blanco de los comentarios desagradables del grupo de amigos de Gabriel; retiró su mano de la pierna del chico y la colocó en mi hombro, como si intentara suplicarme en silencio que no pasara por ahí. “Tonta, no puedes obtener placer sin pagar por él”, pensé en mi interior al girar en la plaza.
Al pasar junto a los amigos de Gabriel, quien estaba sentado en el lado opuesto del coche, tuve que hacer sonar el claxon con la clara intención de llamar su atención; sacándolos de sus asuntos con el característico sonido agudo de este tipo de vehículos.
Debido a la falta de luz y a la falta de conocimiento de que ese vehículo era el nuestro, los chicos reaccionaron de forma agresiva por haberlos asustado. Solo cuando Gabriel bajó la ventanilla de su lado y asomó casi por completo su torso para saludar a sus amigos, pudieron identificarnos.
—¡Hasta mañana, amigos! —exclamó de manera vulgar. Saludo al que sus amigos respondieron de la misma manera.
“¡Ojalá amanezcas sin riñones, maldito!”, o, “¡yo tengo la verga más grande!”, fueron los comentarios con los que aquellos desconocidos nos despidieron mientras nuestro pequeño coche se perdía en las empedradas calles, no sin devolver el saludo con un nuevo toque de claxon. Todos reímos.
—Te excedes —dijo mi novia entre risas golpeándome en el hombro mientras el chico volvía a sentarse en sus piernas.
Dado que el hotel no contaba con estacionamiento, tuve que dejar el coche en una pensión un poco más adelante, por lo que dejé a Leslie y Gabriel en la puerta del hotel; además, la habitación era para dos personas, era mejor entrar por separado para pasar desapercibidos. Mientras el chico iba a recoger su mochila del portaequipaje, tuve la oportunidad de hacerle una rápida pregunta a mi novia.
—¿Cuánto tiempo necesitas?
Siendo esta la primera vez que mi novia tendría relaciones sexuales con un desconocido, decidí no presionarla y respetar sus deseos; si ella prefería tener intimidad solo con Gabriel, lo aceptaría sin reproches.
En cualquier caso, si todo salía bien con el chico y ella quería seguir adelante con la idea del trío, aún nos quedaba una larga noche y otro día en ese pueblo.
—No sé, una hora para empezar —respondió sin tener claro cuál sería su estrategia para seducirlo—. ¿Pero tú también participarás o prefieres que me divierta yo sola? —preguntó sorprendida por mi actitud tan moderna y permisiva.
—Haremos lo que decidas, cariño, pero decide pronto —insté a tomar una decisión justo cuando el chico cerraba la puerta trasera del coche.
—Una hora para conocernos y hacer algo a solas, luego te unes tú —indicó ella, despidiéndose con un rápido beso como muestra de que no tendría problemas con lo que ella y el chico hicieran esa noche.
A pesar de mostrar una actitud de calma frente a Leslie, en mi interior estaba ansioso por saber qué estaban haciendo en ese momento ella y el atractivo guía de turistas en nuestra habitación. Conduje el coche hasta la pensión dispuesto a esperar hasta que se cumpliera el plazo solicitado por mi novia. No fue sencillo.
Mi mente inquieta comenzó a imaginar diversos escenarios sobre lo que podría estar sucediendo en nuestra habitación en ese preciso instante.
“Quizás se arrepienta”, pensé, considerando que al ser la primera vez que tendría relaciones con un desconocido, Leslie pudiera cambiar de opinión. “Tonto”, me recriminé a mí mismo
Tener en cuenta que ella probablemente tuvo que reunir mucha valentía solo para proponer lo que estábamos haciendo, por lo tanto, lo más conveniente para ella sería aprovechar la oportunidad que le había brindado.
“Si en algún momento ella se arrepiente, me parecería lógico que me enviara un mensaje a mi teléfono indicándome que ya podría dirigirme a la habitación”, reflexionaba mientras observaba cómo el reloj de mi celular avanzaba a un ritmo más lento de lo habitual.
No obstante, los pensamientos que más torturaban mi mente estaban relacionados con la posibilidad de que ellos ya estuvieran manteniendo relaciones íntimas desnudos en la cama.
“Leslie es una chica sumamente atractiva y ciertamente está muy atractiva, el chico seria descuidado si no aprovecha la oportunidad de estar con ella”, pensé, justificando que el chico simplemente se abalanzaría sobre ella, la desvestiría y mantendrían relaciones íntimas en nuestra cama. “Espero que al menos la trate con firmeza para que se le pase la tentación a esa mujer de engañarme”, deseé, consciente de que a partir de ese momento existían muchas posibilidades de que yo terminara siendo el sumiso en la relación con mi novia.
“¿Quién tomará la iniciativa?” me preguntaba, intentando rememorar cómo fue la primera vez que mi novia y yo mantuvimos relaciones íntimas.
Si mi memoria no me falla, habría sido luego de asistir juntos a una fiesta durante nuestro último año en la Facultad de Arquitectura. En ese momento ya nos conocíamos, pero debido a que ella tenía pareja y yo varias relaciones esporádicas, nunca se presentó la ocasión para tener una cita, a pesar de que la había encontrado atractiva desde hacía tiempo.
Recuerdo que en esa fiesta ella estaba acompañada por unas amigas, y al percatarme de la ausencia de su novio, me decidí a abordarla; aunque yo había ido con una amiga con la que solía tener encuentros íntimos. Mi amiga entendería la situación, ya que tampoco éramos exclusivos el uno del otro.
—Hola, ¿dónde está tu novio? —pregunté a Leslie al encontrármela 'casualmente' en aquella fiesta.
—Hola, mi novio no pudo venir —respondió tímidamente.
La invité a tomar algo y estuvimos charlando sobre nuestros planes tras graduarnos, ya que era nuestro último año. Durante la conversación, descubrimos que ambos teníamos interés en realizar una maestría combinada con un trabajo en un estudio de arquitectura. Antes de que terminara la noche, le volví a preguntar por su novio y me confesó que habían terminado unas semanas atrás.
—Es algo común entre las parejas que finalizan la Universidad, el cambio les resulta abrumador —comenté, sugiriendo que mientras estudiaban, ella y su novio podían mantener la relación al pasar la mayor parte del tiempo juntos—; el problema surge cuando ya no pueden estar juntos diariamente debido al trabajo, lo que provoca desconfianza.
Ella estuvo de acuerdo con mi punto de vista y acabamos teniendo una cita, que incluyó intimidad, mucha intimidad, ya que ella llevaba un par de semanas abstinente y yo estaba muy interesado en ello.
Me sorprendí, ya que tenía la impresión de que Leslie era una chica seria y recatada en la privacidad, lo cual no resultó ser así.
Al no contar con los medios para ir a un motel, tuvimos que usar la habitación de un amigo en los dormitorios de la universidad, la cual solía prestarme para tener encuentros con alguna chica mientras él trabajaba. La primera sorpresa fue que ella aceptó ir allí.
En cuanto cerramos la puerta, comenzamos a besarnos apasionadamente mientras, con nuestras manos, intentábamos deshacernos de la ropa sin vernos. En cuestión de segundos estábamos desnudos en medio de la habitación, ansiosos por tener relaciones íntimas.
Ella se arrodilló ante mí y como toda una experta, empezó a estimular suavemente mi miembro, como si fuera su dulce favorito de la infancia. Yo no me había afeitado en
En aquel evento, ya que no me esperaba practicar sexo oral en una primera cita, supuse que la abstinencia había aumentado su deseo sexual. Incluso los susurros al otro lado de la puerta del dormitorio no la detuvieron ante la posibilidad de que alguien curioso la pudiera descubrir.
Cuando mi erección fue evidente, ella se enfocó en mis testículos, colgando entre un enredo de vello púbico. Sentir su tibia y húmeda lengua acariciando mis testículos, peinando esos gruesos cabellos, fue una sensación casi divina que aceleró los latidos de mi corazón. Demostró ser muy hábil con su lengua. ¡Había tenido mucha suerte sin siquiera comprar un boleto!
De repente, sentado en mi auto pasada la medianoche, en casi total oscuridad y recordando aquella extraordinaria primera cita con Leslie, algo en mi entrepierna atrajo mi atención. Era mi pene, excitado por los recuerdos pasados, que comenzó a palpitar contra las limitaciones que lo contenían.
Instintivamente, llevé mi mano a mi entrepierna para acariciar el bulto que reflejaba mi excitación; tratando de acomodarlo a lo largo de mi muslo para facilitar su expansión.
Una tras otra vinieron a mi mente las imágenes de los momentos más placenteros que había compartido con mi novia. Como la primera vez que celebramos su cumpleaños, o la primera vez que celebramos el mío. Todas esas ocasiones en las que hacíamos el amor con pasión desenfrenada.
Estaba completamente inmerso en mis recuerdos cuando de repente una imagen se presentó en mi mente. La imagen de mi hermosa novia arrodillada frente a un chico que habíamos conocido ese mismo día.
¡Rayos! Aunque me complacía recordar aquellos gratos momentos, por otro lado, saber que mi novia, al igual que me había practicado sexo oral en nuestra primera cita, podría estar haciendo lo mismo con Gabriel me inquietaba.
De manera extraña, esa imagen que en otro momento podría haberme enfurecido no vino sola. Como si fuera una reacción en cadena, una escena tras otra de Leslie con Gabriel se proyectaron en mi mente, con un nivel de detalle que rivalizaba con una pantalla de cine de alta definición.
“Seguro que ese tipo la tiene arrodillada frente a él, haciéndole sexo oral”, pensé acomodando mi propio miembro debajo de mi ropa, “luego la pondrá en posición de perrito en la cama, algo que a los hombres nos gusta, para luego penetrar a Leslie con sus piernas en sus hombros sobre el colchón”.
Parecía un guionista de películas para adultos al imaginar cómo esos dos adúlteros podrían estar disfrutando sin mi presencia.
“Al menos no los tendré que volver a ver”, me dije nuevamente al recordar que aquello solo fue una aventura de mi novia durante nuestras vacaciones. ¿O no? ¿Habría la posibilidad de que después de esa noche ella se sienta atraída por el chico?
La incertidumbre me invadía mientras seguía creando posibles escenarios; sin embargo, curiosamente, a mi entrepierna parecía no importarle, rogándome salir para poner fin a su agonía.
¡Jamás habría imaginado que Leslie y yo estaríamos celebrando nuestro aniversario con ella teniendo relaciones sexuales con otro hombre! Estaba muy excitado y lleno de morbo, por lo que terminé cediendo a los deseos de mi miembro.
Bajé la cremallera de mi pantalón y un misil salió disparado de mi entrepierna formando un ángulo perfecto con mis muslos, quedé estupefacto. ¡Vaya, mi pene lucía enorme, mucho más grande de lo habitual! Desde que tengo memoria, no lo recordaba con tales dimensiones; es posible que la curiosidad y el morbo le hubieran afectado al igual que a mí.
Pero no solo mi miembro había experimentado tal transformación; mis testículos, que estaban cubiertoscon un enredo de cabello se habían inflamado de tal forma que hacía imposible que mi falo se inclinara hacia adelante. Me quedé paralizado al observar ese único ojo acuoso en la punta de mi glande mirándome inquisitivamente.
—¿Entonces te gustaría que Leslie nos engañara a ambos? —pregunté al que suponía mi miembro, aunque no estaba seguro de reconocer a ese monstruo.
Él pulsó en respuesta, dejándome en claro que le daba igual con quien Leslie estuviera copulando mientras él pudiera disfrutar de eso.
—Estás loco, mira que si el chico está bien dotado puede que Leslie nos deje a ambos —comenté intentando razonar con él mientras usaba mi mano izquierda para acariciarlo.
Él volvió a pulsar.
—¿No crees que Gabriel esté más dotado que tú? Quizás tengas razón, ya que no recuerdo haberte visto como estás ahora mismo —dije al reconocer que esa noche mi falo se veía realmente impresionante.
Con dos pulsaciones más mi miembro respondió con altivez, sin temor a enfrentarse en duelo con lo que Gabriel pudiera tener entre las piernas.
—Si tú dices —acepté concediendo a mi falo esa última idea—. Pero entonces, ¿qué deseas hacer?
Sin titubear mi miembro me confesó que deseaba seguir disfrutando con las imágenes de Leslie teniendo relaciones íntimas con el guía de turistas; pulsando repetidamente en dirección a la guantera delantera, donde estaba guardado el tubérculo alucinógeno.
—Está bien, pero luego no me culpes si algo sale mal —acepté cediendo a sus deseos. Mi falo estaba a cargo esa noche; como la mayor parte del tiempo para todos los hombres.
Abrí la guantera y saqué el fruto místico que habíamos traído como recuerdo de la Sierra Quemada. Yo no estaba muy convencido de sus propiedades mágicas, pero mi miembro sí lo estaba, por lo que procedí a probarlo.
Usando las uñas para tomar un pequeño trozo y llevarlo a la boca, masticándolo a pesar de su amargo sabor. Gracias al alcohol que aún recorría mis venas mi escepticismo había disminuido considerablemente, por lo que de inmediato comencé a divagar.
Sostuve mi miembro por el tallo y con suavidad empecé a frotarlo, de abajo hacia arriba, de arriba a abajo, lentamente, mientras intentaba transportarnos en un viaje astral hacia la habitación del hotel; como nos había enseñado aquel antiguo chamán en la sierra quemada.
Inmerso en un estado onírico pude verme dentro del auto, con los pantalones bajados acariciando mi falo con una mano y en la otra un trozo de peyote. Como un ser omnisciente era capaz de verme dentro del coche desde cualquier ángulo de visión, sin que el metal de la carrocería o el techo representara obstáculo. ¡Era como un etéreo fantasma. No podía creerlo!
Este inesperado poder era justo lo que necesitaba en ese momento para observar lo que Leslie y Gabriel estaban haciendo en mi ausencia. Definitivamente debía agradecerle mucho a ese antiguo chamán, al que equivocadamente en un principio consideré un charlatán.
Dejando mi cuerpo en la oscuridad de la noche, mi consciencia se dirigió hacia la entrada del hotel, flotando sobre la calle empedrada mientras era deslumbrado por los faros de un coche muy similar al mío.
“¡Caray!”, pensé al reconocer tanto al conductor que manejaba el coche como a la pareja que bajaba de éste. “Somos nosotros”. Al parecer, las propiedades del tubérculo no se limitaban a permitirme abandonar mi cuerpo, sino también mi propio tiempo.
El coche pasó bajo mi yo incorpóreo mientras Leslie y Gabriel entraban al hotel, riendo divertidos. Parecían una pareja de enamorados por la forma en que el muchacho la abrazaba por la cintura con la excusa de evitar que tropezara por estar ebria. Ella no se resistió.
Entré tras ellos y vi cómo Leslie saludaba al chico que hacía guardia en
la recepción. Quien, al percatarse de que mi pareja regresaba al hotel acompañada de un hombre diferente al que había llegado con ella esa mañana, no pudo contener una sonrisa. A mí me resultaba imposible determinar si esa sonrisa estaba dirigida hacia ella, por su comportamiento promiscuo, o hacia mí por ser un 'perfecto cornudo'.
Leslie y Gabriel subieron las escaleras tratando de no hacer ruido para no molestar a los demás huéspedes. Ella parecía nerviosa pero feliz al saber que por primera vez en dos años tendría relaciones íntimas con otro hombre que no fuera yo. La expresión en su rostro dejaba en claro lo que sentía al intentar abrir la puerta de la habitación.
—¡Qué despistada! —exclamó entre risas al dejar caer las llaves justo frente a la puerta.
—Deja que yo lo haga, preciosa —dijo el chico al recoger las llaves.
Gabriel abrió la puerta y le hizo un gesto a mi pareja para que pasara, colocando su mano en la cintura de ella. La puerta se cerró, pero en mi estado actual, era capaz de atravesarla con tan solo desearlo.
El chico dejó su mochila en la silla frente al escritorio mientras mi pareja se despojaba del abrigo, mostrando que su blusa seguía sin estar abotonada. La dobló y la colocó en uno de los sillones.
—¿Tu novio se va a demorar? —preguntó el chico al quitarse la chaqueta, fijando la mirada en el pronunciado escote de mi pareja.
—Sí —respondió ella con un extraño tartamudeo al pronunciar un monosílabo—. Va a tardar un poco.
La respiración de mi pareja se aceleró de inmediato, su pecho subía y bajaba mientras desabotonaba su blusa, quedando solo con un sostén rosa sobre su torso.
—Perfecto —dijo el chico, quien sin dudarlo, se despojó de las prendas que cubrían su torso.
Una camisa a cuadros y una camiseta negra volaron por la habitación antes de que Gabriel se sentara en uno de los brazos del sillón para quitarse las botas. El esfuerzo que le costó descalzarse probablemente fue la única vez que se arrepintió de usarlas.
Recordando mi consejo, mi pareja empujó disimuladamente su bolso debajo de la cama, ya que, al fin y al cabo, no conocía demasiado al chico.
Leslie ya estaba en ropa interior cuando el chico aún se disponía a quitarse los pantalones, así que dio un paso hacia él y lo ayudó con el cinturón. Sus labios se sellaron sin decir una palabra mientras dos pares de manos luchaban por bajar los vaqueros del chico.
Desde mi dimensión, exclamé en voz baja: "¡Vaya, parece que tenías muchas ganas, zorra!", al ver cómo ella agarraba la cremallera para bajarla. Sus manos acariciaron brevemente la entrepierna del chico para evaluar el tamaño del miembro de su amante de esa noche.
Una sonrisa lujuriosa se dibujó en los labios de Leslie al calcular mentalmente las dimensiones de aquella anatomía. "No podría haber elegido mejor", pensó ella, al parecer también podía leer la mente de los demás.
Con prisa, mi pareja se arrodilló frente a Gabriel y, con un tirón brusco, le bajó los pantalones hasta las rodillas, quedando frente a unos calzoncillos de un color muy desgastado.
En otras circunstancias, el olor que provenía de esa zona podría haber sido un impedimento para que él pudiera tener relaciones íntimas con Leslie, pues después de una jornada de más de 18 horas, la mayoría de ellas sobre un caballo, el olor en sus partes íntimas era tan fuerte que hasta podía sentirla en mi plano astral. De eso no me había avisado el chamán. Sin embargo, en ese momento, con la libido de mi pareja en su punto álgido, a ella no le importaba en absoluto.
Pasó su mano izquierda por debajo del bulto del chico y, de manera juguetona, amenazó con morderlo al dar un mordisco en el aire antes de levantar la mirada; para que su acompañante tuviera una idea de la noche de pasión que le esperaba.
le esperaba.
—Eres toda una mujerzuela —pronunció llevando la mano izquierda hasta la mejilla de mi novia. Ella rió.
Leslie apoyó su barbilla en la entrepierna de Gabriel, dejándose acariciar con la rugosa mano de un vaquero mientras sus manos buscaban la cinturilla del calzoncillo. Al tirar de él, mi novia liberó el miembro que se escondía debajo de esa sucia prenda; salió disparado como un resorte, golpeándola en la cara. Ambos rieron ante la cómica escena.
El pene de Gabriel, aunque no era tan grande como el mío, estaba muy duro y caliente. Un fuste de color rojizo oscuro surgía de una espesura de gruesos vellos púbicos, proyectándose hacia el rostro de mi novia con una cabeza morada en forma de seta.
El olfato de mi novia recorrió toda la extensión de ese rígido miembro, casi inhalando algunos de los gruesos y sucios vellos por sus fosas nasales. Aspirándolos como si fueran una fina esencia europea.
—Se nota que te gusta el pene —manifestó él burlonamente.
"Es obvio, idiota", respondí desde mi posición privilegiada al ver cómo mi novia, tomando el control del miembro de su amante, se golpeaba con él en el rostro.
¡Jamás Leslie había hecho eso con mi pene! De ahora en adelante tendría que exigirle el mismo trato para conmigo.
Sin pedir permiso a su dueño, mi novia lamió desde la base hasta la punta de ese viril miembro. Humedeciendo y peinando con su lengua los vellos que ocultaban su base, creando con ellos unas venas oscuras que lo recorrían como enredaderas.
—¡Oh, qué placer! —exclamó el chico justo cuando la lengua de mi novia pasaba por su glande—. Sigue así, mujerzuela, sigue así —ordenó sujetándola por las orejas para evitar que retrocediera.
Ella devoraba el pene como si su vida dependiera de lo bien que lo hiciera, como si no hubiera un mañana. Introduciendo poco a poco la cabeza en su boca para luego avanzar y retroceder, con ese falo clavado en medio de su rostro, provocando una serie de arcadas al tocar lo más profundo de su garganta.
—¡Qué rico! —exclamó nuevamente el chico marcando el ritmo que deseaba con su mano en la nuca de mi novia.
Un líquido blanco empezó a brotar por las comisuras de los labios de mi novia, una mezcla de sus fluidos con los de su amante, encontrando su recorrido hasta la alfombra al deslizarse por su barbilla y caer al suelo.
La habitación se llenó de sonidos ininteligibles más propios de animales en celo que de un hombre y una mujer en la intimidad. Gabriel era quien más lo disfrutaba, según indicaba su ronco jadeo.
Unos minutos después, cuando mi novia ansiaba sentir ese ardiente y grande falo en su interior, sacó de su boca el miembro del chico totalmente lubricado, goteando una sustancia pegajosa y transparente que conectaba su rostro con la entrepierna de su amante en una distancia de casi treinta centímetros. Ambos rieron al ver la fugaz y frágil estructura que parecía una tirolesa que habíamos visto ese día.
Leslie se levantó y con habilidad desabrochó su sujetador mostrando sus hermosos senos, para luego hacer lo mismo con su tanga. Un par de empujones de Gabriel bastaron para deshacerse de su pantalón y calzoncillo.
Ambos quedaron desnudos frente a la cama, fusionando nuevamente sus cuerpos al unir sus labios. Las manos de Gabriel se deslizaron por toda la espalda de mi novia hasta llegar a sus glúteos; aferrándolos por un instante antes de buscar la hendidura donde se unían sus redondos y firmes atributos.
Las manos de Leslie no cesaban de acariciar el miembro de Gabriel, como si temiera que al detenerse este perdiera su firmeza.
—Ahora,sí maldita zorra, vas a saber lo que es una buena verga! —exclamó el chico de manera altanera y vulgar al girar a mi novia hacia la cama y empujarla bruscamente, dejándola en cuatro patas.
Una sonrisa lasciva se dibujó en los labios de mi novia. Había anhelado este momento todo el día, desde que aquel rudo vaquero le propuso montarse en su caballo.
—¡Tú cabalgaste mi caballo, ahora yo te voy a montar a ti, maldita zorra! —sentenció el jinete.
Utilizando sus rodillas, Gabriel abrió las piernas de mi novia y ubicó su pelvis justo detrás de sus glúteos, de manera que su miembro rozara la vulva de ella. Un escalofrío recorrió su cuerpo al sentir el contacto entre su sexo y el del chico.
—¿Qué? ¿No era esto lo que querías? —preguntó retóricamente al ver la reacción de mi novia—. ¡Pues ahora disfrutarás como la puta que eres! —sentenció.
Colocó su mano izquierda en la cadera de Leslie y con la derecha guió su miembro hasta la entrada de la vagina de ella, trazando círculos antes de introducir la cabeza de su glande en el sexo de mi novia, haciéndola gemir de placer en lugar de dolor.
—Te gusta, ¿verdad? Ahora gozarás como la zorra que eres.
Gabriel estiró la mano derecha para agarrar el cabello de mi novia y tirar hacia atrás, similar a lo que haría con una yegua, y desde esa posición empezó a embestir con fuerza, utilizando su erección para penetrarla con más intensidad.
El abdomen de mi novia se contraía mientras su espalda se arqueaba al ser embestida con violencia por aquel vaquero rudo. Solo faltaban las botas y el sombrero para que la escena fuera completa.
¡La escena era completamente surrealista! La expresión en el rostro del chico daba la impresión de que montaba un caballo en la sierra, mientras que mi novia, en su papel de yegua, gemía de placer al sentir cómo su jinete la incitaba a seguir ‘cabalgando’ con una reata en su interior.
La temperatura baja de la noche no era suficiente para detener el brillo en el cuerpo de mi novia, cubierto de sudor al aumentar su temperatura corporal; mientras su boca se entreabría de placer al experimentar, por primera vez desde que nos conocimos, la sensación de estar con otro hombre, que no era yo.
Mientras Leslie y Gabriel estaban al borde del climax, yo me sentía casi en la misma situación, con una extraña mezcla de placer, morboso y excitación al presenciar a mi pareja siendo penetrada por otro hombre. Era una experiencia singular.
Como si fuera una yegua en una carrera de velocidad, Gabriel aumentó la intensidad de sus embestidas, propinando algunas nalgadas en el trasero de mi novia, asumiendo por completo su papel de vaquero.
El rostro de mi novia lo decía todo, había llegado al orgasmo mucho antes que nosotros. Intentó recostarse en la cama, pero su jinete la detuvo tirando de su cabello bruscamente. ¡La estaba domando como un auténtico vaquero!
Minutos después, el chico no pudo contener sus emociones y eyaculó dentro de mi novia, haciendo que su vagina gotease profusamente. “Menos mal que estaba tomando la píldora”, pensé disfrutando de la escena morbosa.
Con un jadeo ronco y visiblemente exhausto, el chico se dejó caer en el sofá, buscando instintivamente su teléfono en el bolsillo de su chaqueta; mientras mi novia se retorcía de placer en la cama.
—Fue increíble —dijo ella con voz entrecortada, incapaz de ocultar la sonrisa de satisfacción en su rostro.
Gabriel no dijo nada, continuaba
Tratando de recuperar el aire mientras leía los mensajes en su móvil.
—¿Qué sucede, cariño? —preguntó mi pareja intrigada.
—Solo un amigo, preguntando dónde estoy. Déjame responderle.
Gabriel llamó a su amigo y comenzó a charlar con él, aprovechando para contarle sobre su aventura de esa noche con mi pareja. Su amigo parecía algo escéptico ante lo que le contaban, ya que como mencioné anteriormente, nuestro guía tenía la costumbre de exagerar sus historias.
—¿Cuándo te he engañado, tío? Te digo que estoy en un hotel con la rubia —dijo el joven por teléfono—. La rubia que estuvo con nosotros esta tarde en el ritual de Cerro Quemado, ¡idiota! ¡La que estaba buenísima!
Leslie observaba divertida cómo su amante discutía por teléfono tratando de convencer a su amigo.
—¿Tu amigo no te cree que estás conmigo? —preguntó mi pareja riendo divertida.
—No, ese tío no me cree.
—Dame el teléfono, quizás yo pueda convencerlo —dijo ella desplazándose hacia su amante sobre la cama.
Gabriel entregó su teléfono a Leslie, quien de manera juguetona empezó a conversar con la persona al otro lado de la línea.
—Hola cariño, ¿por qué no le crees a Gabriel? —Leslie se colocó boca arriba sobre la cama, mirando a Gabriel.
—Sí, hemos estado en el hotel divirtiéndonos toda la noche; él me ha estado haciendo disfrutar mucho. Gabriel tiene un miembro encantador, grande y grueso, me gusta más que el de mi novio; de hecho, creo que voy a volver a complacerlo ahora mismo —dijo de forma traviesa y pícara.
Gabriel sonrió orgulloso al escuchar los elogios hacia su miembro y comenzó a acariciarlo, tratando de que se volviera a erectar; mientras veía cómo Leslie seguía hablando con su amigo.
—¿Por qué elegí a Gabriel? La verdad es que tenía ganas de estar con un cowboy desde hace un tiempo, y cuando lo vi en el pueblo me pareció muy atractivo. Cada vez que lo veía manejando su látigo con el caballo, me imaginaba a él montándome, dominándome como si fuera su yegua. Así que engañé a mi novio haciéndole creer que quería hacer un trío con él y con Gabriel. Una vez en el hotel, le pedí que me diera el placer de estar primero con Gabriel a solas, y eso hice; ahora ya no sé si llamar a mi novio o seguir disfrutando solo con mi cowboy, porque la verdad es que disfruté tanto de su miembro, tan grande y grueso, que ya no quiero probar otro esta noche —confesó Leslie con una sonrisa picarona.
¡No podía creerlo! ¡Fui un verdadero idiota al creer la historia de Leslie de querer hacer un trío conmigo y otro hombre! Y para colmo, ella estaba tan orgullosa de haberme engañado que incluso se lo confesaba a un desconocido.
—¿Quieres hacer un trío conmigo y con Gabriel? Podría considerarlo, pero primero tendrías que convencerme; ¿tienes un miembro tan grande y delicioso como el de Gabriel? —preguntó ella al teléfono riendo de forma pícara.
Leslie pidió al chico que le enviara una foto de su miembro para evaluar si valía la pena tener intimidad con él. El chico del otro lado de la línea, astuto, exigió primero una foto de mi pareja desnuda para asegurarse de que no era una broma.
—Te enviaré algo mejor que eso, cariño —dijo Leslie antes de colgar.
Leslie le indicó a Gabriel que se arrodillara frente a la cama, de manera que su miembro quedara al alcance de su boca, ofreciéndole realizarle sexo oral en esa posición con su rostro invertido.
Gabriel siguió las instrucciones y con la ayuda de su teléfono, no solo tomó algunas fotos de su miembro en la boca de mi novia, sino también un video donde se apreciaba el cuerpo desnudo de mi pareja tendido en la cama mientras…
le practicaba sexo oral.
Ellos enviaron los archivos al amigo y mientras aguardaban por su respuesta, Gabriel se acercó al cuerpo de mi novia y comenzó a lamer su entrepierna, creando un placentero 69. Sin embargo, su disfrute se vio interrumpido al recibir la respuesta del amigo de Gabriel apenas unos minutos después. Ambos rieron al ver la imagen que les había enviado.
—¡Idiota! Seguramente se excitó viendo las fotos que le enviamos —se burló Gabriel al observar la imagen del miembro viril completamente erecto de su amigo.
—Bueno, no se ve nada mal. Dile que venga al hotel, pero que se dé prisa antes de que llegue mi novio —comentó mi novia mientras buscaba su propio teléfono.
—¿No te preocupa que tu novio llegue y te descubra con dos hombres? —preguntó Gabriel mientras observaba a mi novia revisar su teléfono.
—Para nada. Llevo años siéndole infiel con mi exnovio sin que se dé cuenta —respondió ella sin tapujos al admitir su engaño—. No tengo ningún mensaje suyo, seguro se quedó dormido el tonto. Si llega antes que tu amigo, le pediré que vaya a comprar cerveza u otra cosa mientras disfruto con ustedes dos —añadió, habiendo ideado un plan de contingencia en caso de que llegara antes de lo previsto.
Gabriel llamó a su amigo y le indicó cómo unirse a ellos. Al parecer, mi novia finalmente cumpliría su fantasía de tener un trío con dos hombres, con la ventaja adicional de que ambos eran auténticos vaqueros.
“¡Qué suerte tiene esa mujer!”, pensé mientras observaba a Leslie y Gabriel acercarse a la ventana, completamente desnudos, para ver al amigo de nuestro guía correr por las oscuras y empedradas calles del pueblo.
—¡Allí va! Casi se cae el tonto —comentó riendo Gabriel al ver a su amigo tropezar y perder su sombrero.
—¡Qué emoción! ¡Voy a tener relaciones con dos vaqueros! —exclamó mi novia bailando y saltando frente a la ventana.
La actitud de mi novia era descarada, como si quisiera que algún afortunado vecino no solo la viera desnuda a través de la ventana, sino que también la deseara. Sin embargo, eso era poco probable, ya que Real de Catorce es un pueblo fantasma, después de todo.
Leslie hizo señas al chico que corría por el callejón. Al ser su habitación la única iluminada a esa hora de la noche y la única con una pareja desnuda frente a la ventana, el amigo de Gabriel, llamado Felipe, los reconoció fácilmente.
—¡Qué emoción! —dijo mi novia, yendo hacia la puerta para recibir a su invitado.
Sin hacer ruido, Felipe ingresó a la recepción del hotel y subió las escaleras, lo cual con las pesadas botas vaqueras no resultó sencillo. Aun así, logró llegar a la habitación donde lo esperaban.
—Bienvenido cariño —saludó mi novia al abrir la puerta antes de que el chico pudiera llamar.
Felipe no podría haber tenido una mejor bienvenida a la fiesta que había organizado mi novia. ¿Qué podía ser mejor que ser recibido por una atractiva y voluptuosa rubia desnuda?
—A ver si la próxima vez me crees amigo —comentó Gabriel al saludar a Felipe.
—Los vi por la ventana, estaban desnudos. Espero no haber llegado tarde —dijo Felipe mientras comenzaba a desvestirse.
—Por supuesto que llegaste en el momento justo, la fiesta apenas comienza —respondió mi novia después de saludar a Felipe con un beso y ayudarlo a despojarse de su ropa.
El amigo de nuestro guía tampoco era un galán de telenovela. Con tez blanca y la misma estatura que Gabriel, tal vez un poco más fornido, pero nada destacable. Fue su actitud arrogante y soberbia, propia de un verdadero macho, lo que conquistó de inmediato a mi novia.
Mientras Leslie desabrochaba el cinturón y los pantalones de Felipe, ella estableció sus condiciones para llevar a cabo la
el trío que tanto había deseado.
—Aceptaré todas sus peticiones, con tal de que mantengan sus sombreros y botas puestos —prometió ella—. ¡Quiero tener encuentros íntimos con dos vaqueros!
La solicitud de mi pareja era extraña y divertida. Ansiaba tanto tener un trío con dos vaqueros que consideraba imprescindible que los hombres conservaran sus botas y sombreros mientras estaban con ella. Ambos estuvieron de acuerdo.
Gabriel se calzó sus botas mientras Leslie y Felipe desvestían al chico; aprovechando para acariciar el nuevo miembro masculino que tenía disponible. Finalmente, los dos hombres quedaron desnudos ante mi pareja, solo con sus botas y sombreros puestos. La escena era totalmente grotesca y cómica, pero a ella le encantaba.
—¡Qué atractivos! —dijo mi pareja mordiéndose los labios al ver esos dos miembros viriles que colgaban de los hombres—. Lástima que no trajiste tu látigo, me habría gustado que me acariciaras con esa fuerte vara —añadió ella, jugando con la idea de ser montada como una yegua por ellos.
—¿Quién dijo que no? —preguntó Gabriel mientras buscaba en su mochila.
El chico sacó de su mochila no solo la vara de madera forrada en cuero con la que dirigía a su caballo, sino también dos pares de espuelas, entregando uno a Felipe.
Gabriel hizo sonar la vara contra su mano izquierda, provocando un estruendo que llenó la habitación. Afortunadamente, las paredes del hotel eran gruesas, por lo que no molestarían a los demás huéspedes.
—¡Sí! —exclamó mi pareja emocionada al ver que su vaquero venía preparado con todos los accesorios para cumplir su fantasía.
Luego de saltar de alegría, Leslie se giró y ofreció su trasero a Gabriel para que la azotara con el látigo.
—Ni lo sentí, ¡dale más fuerte! —pidió mi pareja después de que apenas la acariciara con la vara en su mano.
Una vez más, el hombre azotó el glúteo derecho de mi pareja con más fuerza, aunque todavía no se comparaba con el golpe que había dado en su propia mano.
—¿Acaso eres cobarde? ¡Más fuerte, maldito! —exigió ella desafiante que la azotara con mayor fuerza, utilizando un lenguaje vulgar inusual en ella.
Ofendido por las palabras de mi pareja, Gabriel azotó nuevamente el glúteo de ella con una energía que superó la anteriormente empleada cuando se golpeó la mano.
—¡Ay! —exclamó mi pareja, conteniendo la maldición mordiéndose los labios. No quería mostrar debilidad frente a los hombres.
Leslie cayó de rodillas mientras se frotaba el lugar azotado por Gabriel. Aunque mostraba dolor en sus hermosos ojos, la sonrisa de deseo en sus labios revelaba que esa noche buscaba ser maltratada por esos dos desconocidos.
—¿Te dolió, zorra? —preguntó Gabriel con una sonrisa sarcástica.
—Sí, pero me gustó —respondió ella—. Ahora tú —indicó a Felipe que la azotara en el otro glúteo.
Felipe tomó el látigo de su amigo y, utilizando ambas manos, lo dobló formando una "U" invertida. Colocó sus manos cerca del trasero de mi pareja, quien abrió los ojos sorprendida ante lo que se avecinaba. Al soltar un extremo de la vara, ésta recuperó su forma lineal y azotó el glúteo izquierdo de mi pareja con un estruendo que volvió a llenar la habitación.
Los hombres rieron insensiblemente mientras mi pareja caía de rodillas al no aguantar el dolor del último azote en su delicado cuerpo. A pesar de todo, orgullosa, mantuvo la sonrisa en sus labios.
Leslie
de espaldas tumbada sobre la alfombra mientras que Felipe, ya con las espuelas puestas, colocó su bota derecha sobre su vientre; de forma que la afilada espuela de acero brillante estaba justo sobre su vagina y la punta con casquillo en medio de sus dos senos.
—¿Aguantas? —inquirió el chico desafiante.
Mi pareja comprendió claramente lo que el chico pretendía ejecutar. Él deseaba apoyar todo su peso corporal sobre su vientre; poniendo a prueba si ella verdaderamente estaba dispuesta a permitir que le hicieran lo que quisieran. Ella no retrocedería.
—Sí.
Felipe sonrió complacido con la actitud sumisa de mi pareja y modificando su centro de gravedad despegó el pie izquierdo de la alfombra, poniendo todo su peso sobre el plano abdomen de mi compañera.
El bello rostro de mi pareja se deformó por el esfuerzo que estaba realizando. ¡Era una auténtica tortura! Afortunadamente, Felipe no tenía mucha destreza para mantener el equilibrio y ella sí era una adicta al gimnasio, por lo que el chico terminó por apoyar nuevamente sus pies en la alfombra.
—Te dije que es una joven bien portada —expresó Gabriel mientras colocaba cada una de sus botas al lado de la cabeza de mi pareja; de tal modo que su miembro quedaba justo sobre su rostro.
—Ya vi que esta mujer se dejará hacer todo lo que deseemos —mencionó Felipe mientras tomaba su teléfono para capturar una foto de mi pareja tendida a sus pies. Nuevamente el chico colocó su pie derecho sobre el vientre de Leslie y procedió a tomar una foto con ella bajo su pesada bota, posicionando la punta en medio de sus dos senos, mientras mi pareja proyectaba la lengua fuera de su boca para lamer la sucia suela del calzado de trabajo de aquel vaquero, sacándole una sonrisa que se esforzó en ocultar para no abandonar su papel de rudo hombre de campo.
—¡Arriba, mujer! —ordenó Felipe después de ejercer presión con su bota sobre el abdomen de mi pareja.
Leslie se puso de rodillas de modo que su rostro quedó justo a la altura del miembro de Felipe, quien parecía ahora ser el macho dominante, y sin esperar una invitación comenzó a practicarle sexo oral al chico. Engullendo ese grueso pene completamente de tal modo que sus labios inferiores llegaban a tocar los testículos.
Felipe gemía de placer al sentir la húmeda y cálida cavidad bucal de mi pareja; mientras Gabriel, celoso por la atención que su amigo recibía, golpeó con su miembro en la mejilla de mi pareja haciéndola sujetarlo con su mano derecha para masturbarlo suavemente.
De repente mi pareja se vio obligada a alternar su boca entre los miembros de esos dos amigos, sus dos vaqueros, quienes orgullosos y soberbios esgrimían sus sombreros a semejanza de lo que hace un jinete cuando monta una indómita yegua.
—Vamos, mujer, déjame ver esa cara de mujerzuela que tienes —ordenó Felipe, deteniendo el frenesí de mi pareja sobre sus partes nobles, para tomarle una fotografía con su miembro duro completamente cubierto de saliva junto al rostro de ella.
—Tómala bien, que se vea bien su cara de mujerzuela para que nadie dude que es ella —dijo Gabriel colocando su pene al otro lado del rostro de mi pareja.
Ignoro qué pensarían hacer esos pervertidos con esas fotografías que le tomaron a Leslie. Si mi intuición no me fallaba, debería ser algo muy perverso y humillante. Sin importar lo que fuera, ella lo había aceptado con gusto, su rostro sonriente en medio de los miembros erectos de esos chicos así lo dejaban entrever; ese era el precio que tendría que pagar por hacer realidad su fantasía. Y por lo visto lo haría con gusto
—¡Arriba, mujer de mala muerte! —exclamó Felipe jalando a mi pareja por el cabello para ponerla de pie.
Felipe agarró a Leslie por las orejas y colocando el rostro de ella frente a su entrepierna le clavó su duro miembro en la boca a la primera embestida; de tal modo que su pene pasó por toda la garganta de ella golpeando en su.
Glotis.
El organismo de mi amada reaccionó con fuerza tratando de expulsar, mediante el reflejo del vómito, al intruso en su garganta. Sin embargo, no logró su cometido; por el contrario, éste retrocedía y avanzaba de forma acelerada, adentrándose cada vez más, provocando que su torso fuera invadido por una serie de arcadas que le impedían respirar.
—Así es como me gustan las mujeres —dijo Felipe con sarcasmo—, sumisas como una yegua.
—Espera, también quiero participar con esta mujer —manifestó Gabriel, mientras posicionaba su erecto miembro detrás de la espalda de mi novia.
Gabriel tomó a Leslie por la cintura y con un fuerte impulso volvió a penetrar su vagina con su pene. Ajustando el ritmo de sus embestidas para que coincidieran con las de su compañero, haciendo que el cuerpo de mi novia se extendiera y contrajera como un acordeón en cada embestida. ¡Mi novia estaba siendo sometida indignamente y a mí me resultaba excitante!
“¡Sigan así, dándole duro a esa gran mujer!”, pensé mientras observaba cómo estos dos individuos hacían lo que querían con el delicado cuerpo de mi novia.
Transcurrieron casi 5 minutos y los chicos intercambiaron los orificios que penetraban, girando el cuerpo de Leslie para que su boca ahora fuera penetrada por el erecto pene de Gabriel, mientras que su vagina era invadida por el de Felipe.
—La dejé bastante abierta —comentó Gabriel a su compañero, refiriéndose a la vagina de mi novia.
Por supuesto, los cambios de posición no siempre eran tan coordinados, ya que las pesadas y toscas botas de los chicos terminaban casi siempre sobre los delicados pies de mi novia, quien valientemente soportaba el dolor de ser pisoteada en los dedos con tal de complacer a sus dos hombres, a sus dos machos.
Así estuvieron ese par de depravados y sucios vaqueros disfrutando del cuerpo de mi novia durante casi 10 minutos, intercambiando posiciones a su antojo, hasta que a Felipe le apeteció probar algo distinto.
—Estoy cansado, ven aquí, mujer —ordenó Felipe al sacar su lubricado miembro de la boca de mi novia y recostarse en la cama detrás de él.
Felipe se deslizó hacia atrás utilizando los codos, arrugando las gruesas sábanas; su sombrero de vaquero saltó de su cabeza como un corcho al recostarse sobre la cama.
Leslie humedeció sus labios al ver el pene de Felipe apuntando al techo, como un mástil de bandera, jadeando un par de veces más al tener aún el miembro de Gabriel dentro de su vagina. Solo después de que el chico la soltara, ella subiría a la cama.
—Permíteme, cariño —dijo ella, tomando el sombrero de Felipe para usarlo mientras se montaba sobre él—, si tú no lo usas… —agregó sin concluir la frase.
De un salto, Gabriel subió a la cama, aún con sus sucias botas puestas, situándose al lado izquierdo de Leslie mientras esta se sentaba en la cadera de Felipe, introduciendo el miembro del chico profundamente en su vagina.
—¡Vamos, maldita mujer! —exclamó Felipe al ordenar a mi novia que comenzara su 'cabalgata' sobre él, dándole una palmada en el muslo.
Leslie descendió sobre la cadera de Felipe, haciendo que ambos emitieran un gemido de placer al unir sus cuerpos. Una expresión involuntaria que despertó los celos de Gabriel, quien una vez más se sintió desplazado.
—¿Y yo? —preguntó Gabriel, poniendo su miembro frente a la boca de mi novia, invitándola a llevárselo a la boca.
"Amigo, ahora somos dos a quienes esa mujer nos ha engañado esta noche", pensé al verlo agitar su miembro frente al rostro de mi novia, salpicándola con la mezcla de fluidos que lo cubrían por completo.
Leslie no pudo evitar sonreír al posar con orgullo para un público imaginario, que debería estar ubicado donde me encontraba yo en espíritu, con el sombrero sobre su cabeza, asumiendo ahora el papel de una valiente vaquera lista para montar a una fogosa bestia: un robusto.
y gran miembro como nunca había experimentado antes en su vida.
"Sonríe bella", dije yo como único espectador de tan sensual espectáculo. Ella sonrió, no sé si por su propia voluntad o porque tenía la habilidad de comunicarme a través del espacio y el tiempo con ella e influir en sus acciones. Era mi primer Viaje Astral.
—Ven aquí cariño —dijo ella antes de que el pene de Gabriel se perdiera en su garganta.
Como si fueran una máquina perfectamente diseñada para provocar las imágenes más sensuales y excitantes, los tres cuerpos comenzaron a moverse frente a mis ojos, con mi novia subiendo y bajando sobre el miembro de Felipe mientras su boca y lengua atendían al pene y testículos de Gabriel sin descuidar a ninguno. Todos sincronizados entre sí. ¡Incluso jadeaban y gemían al unísono con el chasquido de las espuelas de fondo!
Observando cómo Gabriel y Felipe disfrutaban del cuerpo de Leslie de manera coordinada, era evidente que no era la primera vez que compartían a una mujer. Llegué a esta conclusión al ver cómo se ubicaban estratégicamente para que la mujer pudiera acceder a sus miembros viriles, y también porque parecían no importarles los fluidos del otro hombre en sus cuerpos.
Así estuvieron durante varios minutos, a veces siendo penetrados por ella, otras recibiendo sexo oral, intercambiando posiciones en la cama cada vez que deseaban probar el orificio del otro chico en ese momento; mientras yo me sorprendía de la faceta promiscua que ella mostraba.
No era una queja, al contrario, era un placer extraño y pecaminoso que me avergonzaba sentir, pero no lo suficiente como para apartar la mirada y salir del trance.
Sentía una extraña admiración al saber que podía seducir a dos hombres rudos; a dos auténticos vaqueros. "¡Vamos amor, sigue así!" exclamé animándola a continuar disfrutando con esos dos hombres hasta quedar exhausta.
Gabriel y Felipe pusieron a Leslie en posición de cuatro patas sobre la cama. Felipe se arrodilló frente a ella introduciendo su pene en su boca de un solo golpe; Gabriel hizo lo mismo por detrás. Con un intercambio de miradas entre ellos, comenzaron a embestir nuevamente el sensual cuerpo entre ellos; de forma firme y enérgica, casi partiendo en dos el cuerpo de mi novia al sentir cómo dos hombres de unos 90 kilogramos se arremetían contra ella.
Una nueva y memorable imagen se presentaba ante mí, la de mi novia en cuatro patas siendo penetrada por dos hombres, quienes solo llevaban puestas sus botas, mientras ella lucía un sombrero de vaquero en su cabeza.
“¡Vaya, esta mujer sí que está entregándose por completo!”, pensé al ver cómo soportaba las embestidas de esos dos hombres sin inmutarse. “Si hubiera sabido que era tan liberal, hace tiempo habríamos tenido un trío con alguno de nuestros amigos”.
—¡Arriba que viene lo mejor! —ordenó Felipe después de sacar su miembro completamente lubricado con la saliva de mi novia.
Felipe tomó la pierna izquierda de mi novia por debajo de la rodilla para abrirla, quedando en posición de compás frente a él con un solo pie, colocando la cabeza de su miembro en la entrada de la vagina de ella.
—¡Vamos a enseñarle a esta mujer lo que es una buena cabalgata! —dijo el chico a su amigo.
Gabriel sujetó a mi novia por la cintura y con la ayuda de Felipe la sostuvieron en el aire, de modo que sus pies no tocaban el suelo, y en esa posición posicionó su gran glande en la entrada del ano de ella. ¡Estaban planeando hacerle una doble penetración con sus duros miembros!
Leslie reía nerviosa, pues parecía que
que ella jamás había experimentado la penetración anal. Aunque en este punto tampoco me sorprendería que fuera mentira y que ella fuera totalmente desenfrenada en temas de intimidad.
Con un simple intercambio de miradas, Felipe y Gabriel comenzaron a levantar con suavidad el cuerpo de mi pareja para luego dejarlo caer sobre sus firmes miembros, de manera que con cada movimiento ascendente y descendente penetraban un poco más en su cuerpo.
—¡Ay! —exclamó mi compañera al sentirse empalada por esos individuos.
—Silencio, mujer de poca virtud —ordenó el joven que estaba de frente a ella.
En un instante, los gemidos de malestar de mi pareja se transformaron en gemidos de placer, los cuales resonaron en la habitación a medida que los chicos sujetándola aceleraban su ritmo. Era evidente que no era la primera vez que aquel par de hombres compartían a una mujer, pero también era claro que nunca habían tenido a una dama tan hermosa para tales acciones, como dejaban entrever sus palabras.
—¡Esta mujer está buenísima! —exclamó Felipe—. Hay que satisfacerla por completo para que quede bien satisfecha.
—¡No se irá! Después de esta noche, querrá quedarse con nosotros para recibir placer todas las noches —comentó Gabriel de forma arrogante y altiva.
El cuerpo de Leslie fue sacudido por espasmos al escuchar cómo esos individuos planeaban tener relaciones con ella en todas las formas posibles. Era claro que ya había alcanzado el clímax tanto vaginal como anal.
Por su parte, los chicos continuaban comportándose de la misma manera, insultando y menospreciando a mi pareja mientras la profanaban como unos degenerados.
—¡Vamos, sigue sonriendo! —exclamó cruelmente Felipe al ver cómo el rostro de mi compañera cambiaba de expresión debido al nivel de placer que estaba experimentando.
Ya no podía contener más mi propio cuerpo, sintiendo calambres internos provenientes de un plano inferior de la realidad; sin embargo, no podía permitirme eyacular antes que los amantes de mi pareja. Eso hubiera sido imperdonable.
Un par de minutos después, cuando los rostros de Gabriel y Felipe comenzaron a mostrar signos de aproximarse a su propio clímax, detuvieron bruscamente sus penetraciones en el cuerpo de mi pareja. Retiraron sus miembros de su vagina y ano, la colocaron de rodillas entre ellos y la obligaron a abrir la boca justo debajo de la punta de sus penes.
Sin dar aviso alguno, procedieron a eyacular directamente sobre su hermoso rostro, dejando una línea blanca con cada potente chorro de semen; un semen que mi pareja se esforzó en recoger con su lengua. ¡Nunca antes había visto tal cantidad de semen sobre el rostro de mi compañera! Era una imagen que se percibía como erótica y grotesca al mismo tiempo.
El aroma característico del semen fresco llenó la habitación mientras mi pareja, ávida, limpiaba con su lengua los penes ahora flácidos de los chicos; eliminando cualquier rastro de aquella sustancia blanca y viscosa.
Abatido, Gabriel se dejó caer en el sillón detrás de él, y Felipe hizo lo propio en la cama; mientras Leslie dio unas vueltas en la cama antes de levantarse para buscar su teléfono. Lamentablemente, a pesar de los poderes omniscientes que se me habían otorgado esa noche, no fui capaz de averiguar qué hizo mi pareja con su teléfono.
Sumido en una especie de trance, observando las imágenes más perversas y vulgares que aquel alucinógeno exótico me permitía ver, fui sacado de mi ensimismamiento por un sonido metálico y artificial que rompió el silencio de la noche. Era mi teléfono inteligente vibrando en el bolsillo interior de mi chaqueta.
“Todo fue un sueño”, pensé al salir de mi ensueño y encontrarme en mi coche, con mis manos cubiertas de una sustancia cálida y pegajosa con un olor reconocible. Mi ojo izquierdo lagrimeaba intensamente.
Sustancia al encender la luz del espejo de vanidad para revisar.
¡Rayos y más rayos! Mi rostro estaba completamente salpicado con la substancia que había sido eyaculada por mi pene, mi esperma, blanco y espeso, salpicándolo con hilos que seguían la gravedad. Era como si un mismo artista hubiera usado la misma inspiración para dibujar esa noche en el rostro de mi pareja y el mío con la misma clase de tinta. "¡Increíble!", pensé.
Tras limpiar mi rostro de ese viscoso líquido, tomé mi teléfono y procedí a leer el mensaje recibido de mi pareja.
"Una hora más", escribió ella. ¡Demonios! Parece que una hora no fue suficiente para saciar su deseo de intimidad con el que había sido nuestro guía turístico en ese Pueblo Mágico. En fin, en ese momento no había nada que pudiera hacer.
Sintiendo un placer morboso e incapaz de invocar una vez más el poder místico que me llevara a la habitación del hotel en mis alucinaciones, guardé el resto del peyote en la guantera, me acomodé en el asiento y me dejé caer en un profundo sueño.
Cerca de las 3 de la mañana me desperté de golpe al sentir la baja temperatura del altiplano. Descendí del coche y me dirigí al hotel. A esa hora, no había nadie en la recepción. Subí las escaleras, utilizando mi llave para abrir la puerta y entrar a una habitación completamente oscura.
Leslie y Gabriel dormían profundamente, por lo que concluí que el tercer chico solo había existido en mis delirios. El fuerte ronquido de mi amante era lo único que se escuchaba en esa hora de la madrugada. Por suerte, la cama era lo suficientemente grande para los tres, así que tras desvestirme, me recosté al lado de mi pareja.
Gabriel fue el primero en despertar, ya que su reloj biológico estaba programado para levantarse antes del alba. Se dirigió al baño a ducharse mientras Leslie y yo nos despertábamos.
—Buenos días, preciosa —le dije a mi pareja al atraer su cuerpo desnudo bajo las sábanas hacia mí. Ella tenía un olor acre, el olor a semen.
—Buenos días, amor.
Decidí no preguntarle a Leslie cómo le había ido con Gabriel, ni cuestionar por qué no me había invitado a unirme a ellos para realizar su fantasía de un trío; no era el momento oportuno con el chico en el baño.
Además, en el fondo sabía que nada de lo que ella pudiera haber hecho superaría la imaginación que mi mente inquieta había creado durante su encuentro. Un beso en los labios era todo lo que cabía en ese momento.
Gabriel se despidió, besando a Leslie en la mejilla obviamente, dejándonos para que nos arregláramos antes de bajar a desayunar; prometiendo encontrarse con nosotros en el bar al terminar su jornada. El chico estaba ansioso por repetir la fiesta con Leslie; yo solo esperaba ser invitado esta vez.
—No recuerdo dónde dejé mi cartera —dijo mi pareja antes de bajar al comedor.
—La pateaste debajo de la cama, amor —respondí, viendo cómo nuestros rostros palidecían.
Otros relatos que te gustará leer