0%

La repostera


Escuchar este audio relato erótico
0
(0)

En ciertos instantes de la existencia es necesario desempeñarse en lo que surja. A todos nos agrada disponer de un sueldo elevado, unos horarios magníficos y un empleo que nos apasione. No obstante, en otras ocasiones, simplemente aceptamos la primera oportunidad que se nos presenta. Fue así como finalicé laborando en una panadería. Aunque fue por un corto periodo, guardo ese periodo como uno de los más gratificantes. Y todo gracias a Héctor.

Héctor constituía un cliente frecuente en esa panadería. Desempeñaba funciones en el ámbito de la seguridad privada y su turno concluía a las cuatro de la madrugada. Un horario bastante inusual, que propiciaba que coincidiera conmigo al abrir el establecimiento, en un momento en que no había más personas presentes.

Si bien mi labor comenzaba a esa hora, la tienda no abría hasta las cinco. Durante ese lapso, debía organizar la panadería con todos los productos que nos entregaban durante la noche y preparar la repostería. Ambas cosas eran las más solicitadas de cinco a seis, ya que numerosos trabajadores buscaban algún bollo para acompañar su café o pan para prepararse un bocadillo a media mañana. Eran clientes que realizaban compras rápidas y se generaba un buen volumen de trabajo.

No era ingenua. Desde el primer día me di cuenta de que Héctor acudía corriendo para presenciar mi apertura. A lo lejos, podía percibir cómo sus miradas recorrían mi figura y, cuando estaba cerca, de reojo, intentaba adivinar si mis labios se marcaban a través de las mallas.

¿Me incomodaba? En absoluto. Era extremadamente atractivo, con ojos verdes, elevada estatura, buena forma física, un cuerpo bien constituido, un trasero loable, un bulto notable y una sonrisa que me cautivaba. Además, su charla pícara derribaba mis defensas con facilidad. Aunque solo nos habíamos visto en contadas ocasiones, en el fondo, ansiaba intimar con él.

Ese día, todo transcurría con normalidad, salvo por tratarse de una jornada festiva y esperar un mayor número de clientes más tarde. Subí la persiana bajo su atenta mirada y encendí las luces mientras él esperaba con paciencia mi autorización para ingresar.

Una vez dentro, entablamos conversación. Percibí su interés por invitarme a salir y yo ansiaba que lo hiciera. Deseaba tener compañía esa noche. Su compañía. Anhelaba que se lanzara y que todo saliera bien.

Observé cómo se apoyaba en una de las mesas metálicas mientras precalentaba uno de los hornos. Todavía quedaba algo de harina del día anterior, por lo que seguramente se mancharía. Le advertí al respecto y, al mirarse las manos, descubrió que las tenía completamente blancas. Le señalé dónde podía lavarlas, pero al pasar a su lado, me palpó el trasero.

–¿Qué es esto?

–Es un experimento.

–¿Experimentas tocándome el trasero? –pregunté con una sonrisa.

–Sí. Así es –su sonrisa ocultaba algún tipo de juego desconocido para mí.

–¿De qué se trata?

–Hoy has optado de nuevo por las mallas negras. Me encantaba cuando usabas las blancas. Las negras ofrecen un juego distinto. Tenía la mano llena de harina y quería averiguar si, al dar una palmada, quedaba marcada la forma exacta de mi mano.

Giré para intentar observarme, pero tuve que acercarme al espejo para verme. Aunque no se había marcado como él deseaba, sí lo suficiente. Cualquier persona que viera mi trasero en ese momento, sabría que había sido tocado.

–Eres un travieso. ¿Y si nos descubren?

–Hoy es día festivo. Nadie nos verá.

–Quizás a ti sí.

Me aproximé a él y, tras pasar mi mano por la mesa y embadurnármela de harina, le toqué la entrepierna, donde ya había deducido que, si bien no estaba excitado, estaba bastante complacido.

–Me lo merezco. Es lo que obtengo por ser ingenioso. Aunque estoy inquieto.

–¿Inquieto? Explícate.

–Te toqué una nalga. Pero la otra podría sentir envidia.

Pasó su otra mano por la mesa y aprovechó la proximidad que teníamos en ese momento para palparme el trasero.

en el extremo contrario al de la primera ocasión. En este caso no fue un gesto repentino. Mantuvo agarrado mi trasero con firmeza. Por ser delgada, su mano cubría gran parte de mi nalga, apretando mientras me mantenía contacto visual, sabiendo que, en esta ocasión, iba a dejar una marca evidente.

No pude resistirme y le besé. Con mi mano derecha, sujeté su cuello para acercarlo a mí y evitar que se separara, sabiendo que no lo haría. Con la otra mano, acaricié su rostro, guiándolo para unir nuestros labios.

Dejé de sentir una de sus manos agarrando mi trasero para comenzar a sentir ambas. Con fuerza, me atrajo hacia él, pegándome a su cuerpo. Las mallas, esa tela tan fina, hicieron que no tardara en notar su firmeza. Movía mi cuerpo de un lado a otro hacia él, frotándose contra la zona de mi pubis. Deseaba desvestirlo, deseaba que me desnudara, que me poseyera, entregándome a él, pero no teníamos preservativos.

A pesar de ello, se despojó de ellos. Desabrochó su cinturón, se bajó los pantalones y los boxers, liberando su fornido miembro, rígido como una roca. Me acercó nuevamente a él, sintiéndolo más, rozándose contra mí. Nuestra excitación era tal, que incluso percibí su palpitar.

El sonido de la puerta nos interrumpió. Era un cliente y tuve que salir rápidamente para atenderlo, tratando de ocultar mi respiración jadeante, con el corazón latiendo a toda velocidad.

Evité voltear para que no notaran las marcas de harina en mi trasero. Me despedí con una sonrisa mientras él me observaba atónito.

Miré a Héctor de reojo. No pudimos contener la risa. Yo examinaba su miembro mientras él contemplaba mi entrepierna.

Fue una de las primeras ocasiones en las que descubrí que los hombres, al estar muy excitados, pueden humedecerse. El líquido preseminal se manifiesta temprano, en forma de gotas que emergen hacia afuera y, en este caso, empapan la tela de mis leggings.

Allí, en ese momento, descubrí que ese cliente no notó la harina en mi trasero. Pero, seguramente, sí percibió la mancha de humedad en mi entrepierna.

¿Te ha gustado este relato erótico?

¡Haz clic en las estrellas para puntuarlo!

Puntuación promedio 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este relato.

Ya que que te ha gustado este relato...

Puedes compartirlo en redes sociales!

¡Siento que este relato no te haya gustado!

¡Déjame mejorar este contenido!

Dime, ¿cómo puedo mejorar este contenido?

Otros relatos que te gustará leer

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Subir
Contacto | A cerca de Nosotros | Seguinos en Ivoox y en x.com