En ciertos instantes de la existencia es necesario desempeñarse en lo que surja. A todos nos agrada disponer de un sueldo elevado, unos horarios magnÃficos y un empleo que nos apasione. No obstante, en otras ocasiones, simplemente aceptamos la primera oportunidad que se nos presenta. Fue asà como finalicé laborando en una panaderÃa. Aunque fue por un corto periodo, guardo ese periodo como uno de los más gratificantes. Y todo gracias a Héctor.
Héctor constituÃa un cliente frecuente en esa panaderÃa. Desempeñaba funciones en el ámbito de la seguridad privada y su turno concluÃa a las cuatro de la madrugada. Un horario bastante inusual, que propiciaba que coincidiera conmigo al abrir el establecimiento, en un momento en que no habÃa más personas presentes.
Si bien mi labor comenzaba a esa hora, la tienda no abrÃa hasta las cinco. Durante ese lapso, debÃa organizar la panaderÃa con todos los productos que nos entregaban durante la noche y preparar la reposterÃa. Ambas cosas eran las más solicitadas de cinco a seis, ya que numerosos trabajadores buscaban algún bollo para acompañar su café o pan para prepararse un bocadillo a media mañana. Eran clientes que realizaban compras rápidas y se generaba un buen volumen de trabajo.
No era ingenua. Desde el primer dÃa me di cuenta de que Héctor acudÃa corriendo para presenciar mi apertura. A lo lejos, podÃa percibir cómo sus miradas recorrÃan mi figura y, cuando estaba cerca, de reojo, intentaba adivinar si mis labios se marcaban a través de las mallas.
¿Me incomodaba? En absoluto. Era extremadamente atractivo, con ojos verdes, elevada estatura, buena forma fÃsica, un cuerpo bien constituido, un trasero loable, un bulto notable y una sonrisa que me cautivaba. Además, su charla pÃcara derribaba mis defensas con facilidad. Aunque solo nos habÃamos visto en contadas ocasiones, en el fondo, ansiaba intimar con él.
Ese dÃa, todo transcurrÃa con normalidad, salvo por tratarse de una jornada festiva y esperar un mayor número de clientes más tarde. Subà la persiana bajo su atenta mirada y encendà las luces mientras él esperaba con paciencia mi autorización para ingresar.
Una vez dentro, entablamos conversación. Percibà su interés por invitarme a salir y yo ansiaba que lo hiciera. Deseaba tener compañÃa esa noche. Su compañÃa. Anhelaba que se lanzara y que todo saliera bien.
Observé cómo se apoyaba en una de las mesas metálicas mientras precalentaba uno de los hornos. TodavÃa quedaba algo de harina del dÃa anterior, por lo que seguramente se mancharÃa. Le advertà al respecto y, al mirarse las manos, descubrió que las tenÃa completamente blancas. Le señalé dónde podÃa lavarlas, pero al pasar a su lado, me palpó el trasero.
–¿Qué es esto?
–Es un experimento.
–¿Experimentas tocándome el trasero? –pregunté con una sonrisa.
–SÃ. Asà es –su sonrisa ocultaba algún tipo de juego desconocido para mÃ.
–¿De qué se trata?
–Hoy has optado de nuevo por las mallas negras. Me encantaba cuando usabas las blancas. Las negras ofrecen un juego distinto. TenÃa la mano llena de harina y querÃa averiguar si, al dar una palmada, quedaba marcada la forma exacta de mi mano.
Giré para intentar observarme, pero tuve que acercarme al espejo para verme. Aunque no se habÃa marcado como él deseaba, sà lo suficiente. Cualquier persona que viera mi trasero en ese momento, sabrÃa que habÃa sido tocado.
–Eres un travieso. ¿Y si nos descubren?
–Hoy es dÃa festivo. Nadie nos verá.
–Quizás a ti sÃ.
Me aproximé a él y, tras pasar mi mano por la mesa y embadurnármela de harina, le toqué la entrepierna, donde ya habÃa deducido que, si bien no estaba excitado, estaba bastante complacido.
–Me lo merezco. Es lo que obtengo por ser ingenioso. Aunque estoy inquieto.
–¿Inquieto? ExplÃcate.
–Te toqué una nalga. Pero la otra podrÃa sentir envidia.
Pasó su otra mano por la mesa y aprovechó la proximidad que tenÃamos en ese momento para palparme el trasero.
en el extremo contrario al de la primera ocasión. En este caso no fue un gesto repentino. Mantuvo agarrado mi trasero con firmeza. Por ser delgada, su mano cubrÃa gran parte de mi nalga, apretando mientras me mantenÃa contacto visual, sabiendo que, en esta ocasión, iba a dejar una marca evidente.
No pude resistirme y le besé. Con mi mano derecha, sujeté su cuello para acercarlo a mà y evitar que se separara, sabiendo que no lo harÃa. Con la otra mano, acaricié su rostro, guiándolo para unir nuestros labios.
Dejé de sentir una de sus manos agarrando mi trasero para comenzar a sentir ambas. Con fuerza, me atrajo hacia él, pegándome a su cuerpo. Las mallas, esa tela tan fina, hicieron que no tardara en notar su firmeza. MovÃa mi cuerpo de un lado a otro hacia él, frotándose contra la zona de mi pubis. Deseaba desvestirlo, deseaba que me desnudara, que me poseyera, entregándome a él, pero no tenÃamos preservativos.
A pesar de ello, se despojó de ellos. Desabrochó su cinturón, se bajó los pantalones y los boxers, liberando su fornido miembro, rÃgido como una roca. Me acercó nuevamente a él, sintiéndolo más, rozándose contra mÃ. Nuestra excitación era tal, que incluso percibà su palpitar.
El sonido de la puerta nos interrumpió. Era un cliente y tuve que salir rápidamente para atenderlo, tratando de ocultar mi respiración jadeante, con el corazón latiendo a toda velocidad.
Evité voltear para que no notaran las marcas de harina en mi trasero. Me despedà con una sonrisa mientras él me observaba atónito.
Miré a Héctor de reojo. No pudimos contener la risa. Yo examinaba su miembro mientras él contemplaba mi entrepierna.
Fue una de las primeras ocasiones en las que descubrà que los hombres, al estar muy excitados, pueden humedecerse. El lÃquido preseminal se manifiesta temprano, en forma de gotas que emergen hacia afuera y, en este caso, empapan la tela de mis leggings.
AllÃ, en ese momento, descubrà que ese cliente no notó la harina en mi trasero. Pero, seguramente, sà percibió la mancha de humedad en mi entrepierna.
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