Me había propuesto sorprenderlo con algo especial. Había absorvido la modalidad sexual de Pier y me fascinaba. Las circunstancias no permitieron que nos encontrásemos en ese momento, ya que cuando nos conocimos, yo trabajaba en un club nocturno y él acompañaba a mujeres bastante mayores. Su acompañamiento fue algo temporal y dejó de hacerlo poco después de conocernos, pero yo aún necesitaba varios meses para ahorrar lo suficiente.
Estuve tentada de pedirle que me esperara, pero me pareció que esos meses de espera serían demasiado difíciles para un joven de veintitrés años. La esperanza era que cuando dejara atrás esa vida, pudiera proponerle iniciar una relación. Un chico como él, que me había respetado y con quien no tendría que ocultar mi pasado, ni él el suyo.
Fue un golpe duro cuando unas semanas después me dijo que ya tenía novia. Lo único bueno fue que pude dejar esa vida atrás y también encontré pareja. A pesar de que terminó con su novia, cuando nos reencontramos rechazó mi propuesta de dejar a mi pareja y emprender juntos un nuevo camino en la vida.
Nuestra química en la intimidad era perfecta. Compartíamos los mismos gustos y disfrutábamos juntos. Somos aficionados al Kama Sutra y con Pier aprendí a realizar ataduras en la cama y disfrutar de ellas. Con cuidado para no dejar marcas, siempre me he esforzado por brindarle el máximo placer, un sentimiento que él también compartía. Sin embargo, nuestro problema es que tendemos a hacer bastante ruido, lo cual puede escucharse en las habitaciones contiguas.
A él le da vergüenza, pero no puede evitarlo, experimenta un orgasmo tan intenso como el de cualquier mujer. Al principio se sentía avergonzado, casi al borde de las lágrimas. Sin embargo, logré que superara ese sentir, ya que verlo así me hace sentir más femenina y me conduce al clímax.
Quise realizar algo especial para él. Aunque suelo atarlo, esta vez quería enfocarme únicamente en su placer, para que me llevara al mío. Lo organicé atando sus brazos en forma de cruz, dejando libres sus piernas para que pudiera moverlas a su antojo. Luego lo sujeté con una correa en la cintura, asegurándome de que no pudiera moverse. Con la cabeza apoyada en la almohada, la tercera atadura fue en el cuello, impidiéndole incluso besarme. Esperaba su reacción traviesa, pero se confundió. Mi verdadera intención era disfrutar plenamente de su placer, sin permitirle moverse. Tomé el control, convirtiéndome en una Andrómaca dominante. Le tapé los ojos para que no notara que detrás de la almohada había encendido una grabadora, mi pequeña travesura.
Empecé con su miembro en mi boca hasta que me pidió que me detuviera. Luego ascendí por su pecho hasta que mi sexo y su boca se encontraron, sintiendo su lengua en mi interior y su habilidad circular en mi clítoris, acercándome al orgasmo mientras me sentía extremadamente húmeda y ansiosa, completamente entregada. Bajé y expuse su glande para envolverlo con mi calor desde el principio. La intensidad en su rostro era evidente conforme me montaba sobre él. Nada lo detenía, ya que yo misma estaba muy receptiva y su miembro, lejos de ser pequeño, se adentraba sin obstáculos.
En varios momentos noté su deseo de moverse al compás, pero lo había atrapado como una araña a su presa. Ni siquiera su intento de abrazarme o acariciar mis pechos sirvió de algo. La araña lo tenía sujeto, prisionero. Pude percibir su excitación al sentir su miembro agrandarse dentro de mí. Una excitación feroz que avivé al inclinarme para que mis senos rozaran su pecho, y así besarlo. No lo besaba cuando él quería, sino cuando yo decidía. La araña consumía a su presa.
Al escuchar sus suspiros, notaba cómo incrementaban en intensidad. Era consciente de sus gemidos, pero mi atención se centraba únicamente en escucharle a él, lo cual me excitaba y me consumía. Mi humedad aumentaba progresivamente. Los suspiros y gemidos resonaban, llegando a sacudir las paredes. Su respiración, que ya me enloquecía y encendía, comenzó a transformarse en frases y palabras, algunas cariñosas y otras groseras; en ese estado, perdía el control al punto de no saber lo que decía y luego no recordarlo. En una ocasión, al mencionarle casualmente que me había llamado de cierta forma despectiva, él se puso a llorar y a pedir disculpas. En esta ocasión, lo tenía atrapado, tanto a él como a sus palabras, en aquella grabadora roja a la que ahora llamo la cinta escarlata. Sin ser plenamente consciente, yo también estaba en camino de quedar atrapada en ese pequeño dispositivo.
Cuando comienza a pronunciar esas frases y susurros, sé que se encamina hacia el clímax. Ajusto mi ritmo al suyo. Al percibir su orgasmo, mi excitación aumentaba, ya estaba desesperada, y alcancé el mío al unísono con él. Me recosté a su lado y realicé un gesto que indicaba que Pier lo había disfrutado al máximo, que lo había llevado al límite, observando su rostro. Estaba sonrosado y radiante, con los ojos cerrados y una sonrisa semejante a la de un niño que sueña con algo que le apasiona. Había logrado satisfacerlo completamente, me sentía poderosa, mujer, empoderada. Permaneció con los ojos cerrados durante varios minutos, respirando entrecortadamente como si aún estuviera experimentando su orgasmo, así que aproveché para detener la grabadora y liberarlo de todas las ataduras. Descansamos y dormimos un rato.
Tras ducharnos, tomé su mano y lo escolté de vuelta a la cama. Le mostré la grabadora y reproduje la grabación. Nos miramos fijamente, y al empezar a escuchar nuestros suspiros y gemidos, noté cómo su respiración se volvía más intensa y un escalofrío de placer recorrió mi cuerpo. Mi sexo volvía a humedecerse y su miembro estaba erecto como nunca. Ansiaba ser penetrada, pero no hizo falta darle ninguna indicación; me recostó y se posicionó sobre mí, penetrándome nuevamente sin encontrar resistencia. Apenas me penetró, estuve a punto de alcanzar el clímax, notando que él también se esforzaba arduamente por contenerse. La cinta escarlata nos torturaba, entremezclando los suspiros y gemidos de la grabación con los nuestros. En poco tiempo, llegamos a un orgasmo que me dejó casi aturdida y desorientada, permaneciendo inmóvil y reflexivo durante quince minutos. Cuando me sentí recuperada, aunque mi cuerpo temblaba, me acerqué al ordenador y realicé una copia de seguridad de la grabación para que no se perdiera. La cinta nos había vencido, no pudimos resistir, ni Pier ni yo.
La cinta escarlata fue parte de nuestra sexualidad durante años. De vez en cuando nos atrevíamos a reproducirla cuando estábamos juntos. Empezamos a resistir un poco más al reproducirla en más ocasiones que la primera vez, pero nunca logramos vencerla, nunca pudimos escuchar la grabación completa, siempre terminábamos antes. Esa cinta escarlata surgió de una noche especial, de un momento específico, nacida de esos minutos en los que nos sentimos como dioses o héroes, como Andrómaca y Héctor. La cinta escarlata es un objeto de los dioses, y nosotros solo somos un hombre y una mujer. Es por eso que siempre nos ha vencido y atormentado, como una maldición.
Mientras escribo estas líneas, tengo frente a mí la cinta escarlata y, como era de esperar, la contemplo y me excito. Aprovecho estas palabras para confesarle a Pier lo que hago casi a diario, ya que pienso mucho en él y en aquella noche. Me desvisto, me acuesto en la cama, reproduzco la cinta escarlata y la avanzo al minuto en que escucho sus suspiros y mis gemidos. Comienzo a acariciarme los senos, imaginando que es él quien los acaricia. Luego desciendo la mano hacia mis zonas más íntimas, que, al escuchar la cinta, ya están completamente húmedas. Introduzco los dedos, visualizando los suyos y su lengua en mi clítoris. Sus suspiros y palabras en la grabación me consumen, imaginando cómo me penetra. Todo se acelera, todo sucede rápido, y experimento un nuevo orgasmo. Observo la cinta, mi mano tiembla porque deseo llamarlo, que vuelva a visitarme, pero no me atrevo porque siento que me rechazará. La cinta es una verdadera maldición, la más hermosa de las maldiciones, mi objeto favorito, mi fetiche.
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