En cada vínculo matrimonial surgen dificultades emocionales, de convivencia, culturales e incluso sexuales, y el mío parecía marchar bien a mi parecer hasta que este capítulo se presentó en mi existencia.
Inadvertidamente caímos en la rutina de buscar siempre la compañía de terceros, ya sea en tríos o grupos, pero carecíamos de intimidad cuando estábamos a solas, lo que llevó a que mi esposa se involucrara sentimentalmente con un colega de su trabajo. Este hombre llamado Pedro tenía una conexión familiar con nosotros, era un buen amigo e incluso habíamos compartido la cama con él. Con el tiempo, me di cuenta de que su relación con mi esposa era más íntima de lo que pensaba, mientras nosotros nos distanciábamos. No supe cómo afrontar la situación y fui tolerándola, viviendo en esa realidad, creyendo que se trataba solo de un asunto sexual, pero en realidad ya no había amor ni de parte de ella ni de la mía.
Una noche, concerté un encuentro con una mujer trans en un hotel y al llegar, por casualidades de la vida, vi a mi esposa salir junto a Pedro. Pude evitar ser visto por ellos, pero entre la rabia y el dolor, me interpuse y les dije: "¿Acaso vienen sin invitarme?" Con desfachatez, ella respondió: "De hecho, ya nos íbamos. ¿Y tú, qué haces aquí? Vine a disfrutar un rato, si quieres únete". La situación estaba fuera de control, se miraron entre sí y decidimos subir a la habitación para hablar. Le confronté diciéndole que conocía sus acciones y que no había necesidad de engañarme, ya que siempre habíamos sido sinceros y habíamos compartido mucho juntos. Con serenidad y sin titubear, ella me dijo: "Sabes que me gusta el sexo y siempre he estado abierta a todo, pero me descuidaste en la cama y conoces las habilidades de Pedro en ese aspecto. Además, sabes que te gustan las mujeres trans..."
De repente, comenzó a enojarse y me preguntó elevando el tono de voz: "¿Te gustan o no? ¡Dime! ¿Te excita ser penetrado? A mí también me gusta. ¡Pero tú dejaste de hacerlo! Con tu culo puedes hacer lo que quieras. Incluso acepté que otros te penetraran delante de mí, y aunque disfrutábamos juntos, me fuiste descuidando y ya no hay vuelta atrás. Pedro es un hombre de verdad, de mente abierta como nosotros, pero no se deja dominar por nadie. Tú, en cambio, eres... asqueroso". Ella pronunció estas palabras humillándome frente a Pedro, quien, me di cuenta, ya sabía todo, seguramente incluso tenía fotos de nuestro encuentro previo. Parecía no cuestionarla porque al final se había involucrado con nosotros en tríos y sabía que mi esposa era muy activa sexualmente.
Estaban por retirarse cuando llamaron a la puerta. Era la mujer trans que había contactado anteriormente. Al abrir la puerta, mi esposa expresó en voz alta antes de marcharse: "Lo tuyo es una enfermedad, ¡y nuestro vínculo ha llegado a su fin!". Me quedé destrozado emocionalmente y le pedí a la mujer que se retirara porque no me sentía bien. Ella se ofreció a quedarse y me acompañó. Comimos, conversamos y al final, terminé como siempre, entregándome por completo.
Ha pasado ya tres meses desde aquel momento. Mis hijos viven con su madre, mientras Pedro continúa presumiblemente disfrutando de sus encuentros. Tras la separación, decidí desahogarme escribiendo de manera anónima sobre cómo llegué a este punto, a pesar de mi falta de destreza en escritura. Mis experiencias son reales, con algunas modificaciones en lugares, tiempo y nombres, pero todo es verídico (mis aventuras callejeras, la doble penetración y la orgía). Mi cuerpo ha sido recorrido por diversos penes de mujeres trans, y aunque disfruté de cada experiencia, Pedro me arrebató a mi esposa para siempre. Creo que el error no fue abrirme con ella, sino descuidarla. En los tríos con otros hombres, yo me dedicaba más a observar cómo la complacían. La he perdido...
¡Desearía cobrarle a Pedro lo sucedido!
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