Entré a tu residencia justo después de tu llegada, observé a mi alrededor, era un lugar muy impresionante, repleto de obras de arte, casi como un estudio, pero con más mobiliario.
-Disculpa el desorden –Fue tu comentario mientras te dirigías hacia lo que parecía ser la cocina.
-No te preocupes, soy yo la que está invadiendo tu espacio –respondí de inmediato con un tono jocoso.
-Cierto -respondiste de forma fría pero con una sonrisa.
Me produjiste escalofríos.
No pude evitar un movimiento involuntario, noté que lo percibiste.
-Aquí tienes –Me ofreciste una copa de vino tinto y la tomé nerviosamente.– Por nuestra salud –hiciste que ambas copas chocaran al brindar, y bebiste observándome.
-Termina con eso y quítate la camisa -Fue tu primera instrucción y la cumplí, me bebí de un sorbo toda la copa de vino, cerré los ojos con fuerza, no era aficionada al vino en ese momento. Dejé la copa a un lado y desabotoné mi blusa mostrando mis senos, tal como me habías indicado, sonreíste al percatarte, aunque ya lo sabías.
Me tomaste del mentón y me obligaste a mirarte –tienes que responder “sí mi señor” –justo después me abofeteaste, cerré los ojos con fuerza un tanto asustada –No, preciosa, no es para que te alarmes –Me besaste en la nariz.
Me sentí vencida y sonreí enamorada –Sí, mi señor –respondí con dulzura. Me soltaste y me pediste que me arrodillara. –Sí, mi señor –obedecí viendo cómo te desprendías el cinturón y desabrochabas el pantalón, sonreí un poco tratando de que no me notaras, la verdad es que estaba tan excitada como tú.
Coloqué mis manos en tu entrepierna acercándome a tu miembro, llevaba días soñando con hacerte sexo oral, pero era imposible, no podíamos encontrarnos y me dijiste que esperara, que me contuviera.
Llevábamos ya unos meses hablando sobre este tipo de relación, ser sumisa siempre había sido una de mis fantasías pero nunca había hallado a alguien con quien compartirla, “no todos son capaces” comentaste el día que conversamos al respecto, y ahora tengo la certeza de ello.
Tus manos en mi cabello me sacaron de mis pensamientos.
-No hagas nada que no te haya pedido –Me dijiste con ternura mientras untabas tu miembro en toda mi cara. –Abre la boca y asoma la lengua –dijiste con una orden lujuriosa pero fría.
-Aaaa –Abrí lo más que pude sacando la lengua, mientras seguías untándome el miembro en todo el rostro, sentía cómo mi saliva se mezclaba con tu delicioso líquido. Le diste unos pequeños golpecitos a mi lengua y luego me forzaste a tragármela cuando me la introdujiste de golpe. –agg –emití un sonido intentando respirar, recibí una cachetada y te vi enojada, al percibirlo sonreíste y me diste otra.
¿Esos golpes acaso me causan placer? cerré los ojos al sentir cómo mi entrepierna se humedecía y tú retirabas tu pene de mi boca. Noté tu miembro duro pasando por mi paladar y saboreé su rastro. La saliva se deslizó hacia mis senos y con una mano, cogiste tu miembro erecto y lleno de saliva para después pasarlo por todo mi rostro, volviendo a darme golpecitos. Yo moría por dentro, deseaba volver a tenerlo en la boca y succionar cada rincón que me fuera factible.
Comencé a salivar tanto que sentía los chorros de saliva mojarme los senos. Te vi sonreír al verme desesperada.
-Hazlo -Fue lo único que dijiste e inmediatamente mis manos y mi boca se alternaron en tocar y lamer todo el miembro, lo hacía con desesperación, pero es que sabía delicioso, algo en mí me hacía disfrutar cada segundo de esto.
Me tomaste del cabello y me diste una bofetada más fuerte, lo que me asustó, inmediatamente después me agarraste de los pezones, emití un grito de dolor que intenté acallar mordiéndome el labio, pero los retorciste y apreté los ojos ante el dolor. –Pídeme perdón.
-Perdón -dije rápidamente, pero recibí otra bofetada.
Apareció. -Perdón, mi señor - Alcanzé a rectificar al mismo tiempo que notaba cómo mi vagina se iba humedeciendo más.
-Aprendes rápido, más veloz que las demás - Sentí envidia al escuchar que había otras. Tomaste mis pezones nuevamente y colocaste tu miembro entre mis senos, provocando que se perdiera entre ellos. Tu pene se deslizaba por mi piel tan deliciosamente que, a pesar de sentir un leve dolor cuando chocaba contra mi pecho erecto, el hecho de sentirlo tan duro y pegado a mí me empapaba por completo. A pesar de lo mojada que estaba, a ti no te importaba; querías mi boca para tu miembro y mi boca anhelaba tener tu miembro completo en ella.
Me escupiste. Al mirarte de nuevo, algo molesta, volviste a escupirme.
-No te limpies - Dijiste enojado al ver que comenzaba a hacerlo. - Deberías estar agradecida - Me propinaste una bofetada en los pechos.
-Gracias, mi señor - respondí de inmediato, imaginando que eso era lo que querías escuchar.
-Así me gusta - Explicaste - Sumisa para mí - Introdujiste de nuevo todo tu miembro en mi boca sin previo aviso. Traté de respirar, pero sentía que no podía. Volví la mirada hacia ti, esperando que me prestaras atención. - ¿Ocurre algo? – Negué y abrí más la boca para tomar aire. Acto seguido, introdujiste más tu miembro, casi sin dejarme respirar. Sentía cómo mi saliva caía y cómo comenzabas a moverte violentamente, haciendo que mi cabeza se balanceara a tu ritmo. Todo estaba húmedo, entre mi saliva, tu líquido, algunas lágrimas que escapaban sin permiso y se perdían entre tanta humedad.
Sacaste tu miembro erecto de mi boca con un hilo de saliva descendiendo. Intenté limpiarlo, y me jaloneaste del cabello, abriendo completamente mi boca con tus dedos.
-No uses las manos, ponlas en tu espalda - cumplí, coloqué mis brazos atrás con un "sí, mi señor". – Afirma que eres mi puta – mencionaste excitado mientras te masturbabas delante de mí de manera deliciosa.
-Soy tu puta - Al pronunciarlo, sentí un intenso escalofrío recorrerme y una ola de excitación invadir mi vagina.
-Así es - continuaste introduciendo tu miembro hasta el fondo de mi boca, provocando mis arcadas, pero prolongaste la acción sin importar. - Lámelo bien, puta -
-Sí, mi señor - Hice lo que me indicaste, sin cuestionar, saboreando cada parte de ti mientras recibía golpes en los senos y en el rostro.
-No dejes de mirarme - Ordenaste y obedecí. Adentraba toda tu virilidad en mi boca sin poder respirar, siguiendo tus rudos movimientos y sin cerrar los ojos en momento alguno. Cada embestida me hacía empapar más, cada golpe más cerca del clímax y me encantaba.
-Quédate quieta - Comenzaste a masturbarte con una mano y con la otra me abriste la boca, sacando mi lengua, me mantuve inmóvil. - Sácala bien y pide mi leche -
-Por favor, mi señor – balbuceé – deseo tu leche - te miré directamente a los ojos y noté que te excitaba, sonreí silenciosamente, consciente de que estabas complacido por mi comportamiento. Abrí más la boca, sacando la lengua y emitiendo unos gemidos esperando. Tus movimientos se volvieron más intensos y depositaste tu miembro en mi lengua, liberando un gemido junto con tu semen, que se esparció por todo mi rostro y salpicó un poco en mi cabello.
-No cierres la boca - Decretaste y vi cómo el semen empezaba a caer por mis senos. Lo untaste sobre mí y presionaste mis pezones. – Vístete sin limpiarte – ordenaste al salir de la habitación. Me levanté y seguí tus instrucciones, tratando sin éxito de no manchar mi ropa. Regresaste con ropa limpia y tus llaves en la mano.
-Vamos – Recogí mis pertenencias y salí de tu apartamento tal como me habías indicado. - Buena chica - te escuché decir, y sonreí.
Otros relatos que te gustará leer