La chica llega corriendo a la estación de autobuses, subiéndose al último vehículo por partir; expresa su gratitud con una leve sonrisa al conductor al igual que con un educado y tímido saludo, notando que el asiento que solía ocupar justo detrás de él está tomado por un hombre mayor, fornido y que a pesar de la tenue luz del ambiente tiene algo que le resulta familiar.
Con un atisbo de melancolía, ella se resigna a que en esta ocasión no podrá conversar con el conductor, quien se ha convertido en alguien común en su rutina diaria desde hace unos meses, siendo lo más parecido a un amigo y confidente.
Ella acaba de cumplir veinticinco años, tiene un carácter serio y reservado, nunca se ha considerado especialmente atractiva, siendo su punto fuerte más bien las cuestiones intelectuales al desempeñarse como secretaria ejecutiva, considerando su trabajo y rendimiento como su único valor real, a pesar de que a los ojos de los demás, en realidad no es fea, por el contrario, las proporciones de su cuerpo parecían ser medidas por seres celestiales: un busto firme, con senos suaves y que parecen descansar delicadamente en su sostén, el cual los resguarda con delicadeza y suavidad al punto de que su discreto escote es tan cautivador a la vista que despierta la imaginación de quien la observa.
Tiene un trasero suave y al igual que sus senos, firme, tentador; ni siquiera necesita de un movimiento excesivamente sugerente para llamar la atención, pues incluso con su sobria falda, la tela parece moldearse a sus caderas y curvas mostrando un sutil balanceo. Sus rasgos conservan aún trazos de cierta inocencia juvenil, ojos expresivos de color ámbar, labios carnosos, suaves y una nariz algo redondeada, que le da un aire inocente.
Pasa por el pasillo entre los asientos sin apenas percatarse de los demás pasajeros, la tenue luz dentro del transporte apenas le permite distinguir sus rasgos, aunque lo que realmente le importa en ese momento es llegar a su asiento, situado al fondo del autobús.
Al momento en que su cabeza toca el respaldo, deja escapar un suspiro de alivio, mira hacia adelante y ve cómo el conductor la observa por el espejo retrovisor, él le sonríe, cierra las puertas, enciende una luz púrpura tenue en el interior y emprende la marcha.
Verónica siente como si tuviera un conductor personal, ahí sentada en la parte trasera siempre en ese mismo asiento que se ha vuelto exclusivamente su lugar. Ella es consciente de que el conductor del último autobús que la lleva a casa todos los días tiene un interés particular en ella desde la primera vez que se conocieron, siempre esperándola a que ella suba sin importar hacer esperar a los demás pasajeros, lo que la hace sentir... especial.
Mientras el autobús avanza, Verónica se deja mecer por el delicado balanceo del vehículo, está tan cansada y estresada que aquello se siente como un masaje para su espalda; la tenue luminosidad del interior la invita a descansar, de vez en cuando nota unos leves destellos provenientes de las lámparas fluorescentes, las cuales debido a su ubicación, las observa directamente.
Estando a punto de quedarse dormida, la voz de un pasajero llama su atención; de tono grave, algo áspero, parece quejarse de su aburrida vida con alguien más.
Escucha por tal vez cinco minutos para, paulatinamente, caer en un sueño mientras se imagina siendo la amante fiel y devota de ese individuo. Aún inmersa en esa idea, siente de pronto besos húmedos en sus labios, una mano acariciando su oreja para luego sentir una pequeña mordida en el lóbulo de la misma.
Con cada beso, que se hacen cada vez más intensos, el pensamiento de ser la amante de alguien mayor y tal vez casado le parece...
Más atractiva es su apariencia; recibe con agrado cada beso en sus labios carnosos, que la hacen temblar; mientras se entrega completamente a la pasión, en su mente se visualiza como la otra mujer en la vida de ese hombre. Él desabrocha los botones de su blusa y libera sus pechos con sus manos que entran en su saco.
En sus sueños, aquel hombre adoraba los senos de Verónica, quien se sumerge en una sensación de calor y dolor derivada de la excitación. Inmersa en esa experiencia onírica tan vívida, la joven empieza a gemir de placer y, a medida que el tiempo avanza, sus gemidos se convierten en risas tontas conforme la lengua del hombre en su mente, una silueta oscura, se recrea succionando sus pezones con pasión. Mientras tanto, ella guía con sus manos la cabeza de esta figura para que continúe.
De repente, sus zapatos de oficina son retirados y sus pies son masajeados con tal destreza que no puede resistirse y relaja su cuerpo, cediendo ante los suaves besos y lamidas que sigue recibiendo. Siente cómo un perro jadeante agradece con devoción cada gesto.
Luego, percibe la respiración agitada de alguien entre sus piernas, mientras ella ruega por más besos en su boca y extiende su lengua en busca de aquella presencia. Todos estos estímulos la hacen retorcerse en su asiento cuando una boca devora su vagina, atravesando las capas de ropa interior y panatalones, llegando con la punta de la lengua a su clítoris. El miedo se hace presente y hace mover sus piernas, mientras escucha los gemidos del perro de su sueño que disfruta de sus delicados pies. A pesar de todo, Verónica se esfuerza por mantener viva esa ilusión onírica, esos momentos íntimos en su mente que la relajan y la hacen sentir deseada.
La simple empleada de oficina disfruta fantaseando en su camino a casa, en su asiento del autobús que la espera en la terminal. Se imagina que el pasajero de voz ronca es su amante, haciéndola vibrar al tocar sus pechos. Otra persona le masajea y humedece sus pies con saliva, mientras una boca entre sus piernas se esfuerza por excitar su clítoris a través de la ropa, llevándola a mover su brazo para romper sus medias y, entre suspiros y gemidos, invitar a esos personajes a disfrutar de su cuerpo.
Los susurros de sus amantes la seducen y encienden, especialmente cuando su clítoris húmedo recibe la atención ansiosa de una lengua que busca saciar su deseo devorando los jugos de Verónica. Las palabras sucias y lascivas del trío, clamando cada uno por llevarla al orgasmo, llenan de orgullo a la simple secretaria, que en su sueño se siente hermosa, ardiente y sensual, ansiosa por ser penetrada y más femenina que nunca.
Las paredes de su vagina son acariciadas por un miembro carnoso, lo que la hace gritar de placer y aferrarse desesperadamente al asiento, con las piernas apoyadas en los hombros de un hombre maduro cuya identidad no distingue, pero cuya voz reconoce en los gruñidos y gemidos. Este hombre la posee sin contemplaciones, sin preguntar, algo que a ella le encanta, imaginando que son observados por los otros pasajeros que se masturban deseándola mientras disfrutan del espectáculo.
Las gotas cálidas y pegajosas que caen sobre su rostro, pecho y pies la hacen desear más, lamiendo alrededor de sus labios para saborear el semen que alguien ha dejado allí, mientras es sacudida sin descanso por el vigoroso miembro que la penetra de forma frenética.
Sin embargo, justo cuando está a punto de alcanzar el ansiado clímax, se interrumpe abruptamente su disfrute, los embates del miembro se detienen de repente, y ella busca...
Extiende la mano y percibe que ya no está presente, al igual que los susurros de esas voces que antes se escuchaban a su alrededor; ahora reina el silencio.
El sueño se convierte en pesadilla y Verónica se deja caer al suelo del pasillo entre los asientos de aquel autobús, comenzando a estimular su zona genital mientras sus caderas se mueven anhelando esa parte íntima pulsante. El aroma del semen en su piel la incita a lamerse desesperadamente buscando un poco de líquido lechoso masculino, pero este ya se ha secado en su cuerpo.
La mujer empieza a temblar de angustia, su cuerpo le pide liberación, pero por más que intenta alcanzar el clímax por sí misma, no lo consigue. Es en ese momento cuando la punta de ese órgano masculino golpea su rostro, haciéndola estirar la mano rápidamente, avanzando sobre sus rodillas hasta que, a unos pocos centímetros, vuelve a sentir el impacto.
Sin perder tiempo, agarra ese órgano con la mano, que se encuentra flácido, y se apresura en introducirlo en su boca, moviéndose de atrás hacia adelante sin descanso, tal vez logre estimularlo lo suficiente para al menos recibir su semen, por lo que se dispone a estimularlo y cubrirlo de saliva.
Nuevamente llegan a sus oídos los murmullos de esas entidades de su sueño, una vez más es el centro de atención y no se detendrá hasta lograr que ese hombre adulto que busca una amante grite; nada evitará que ella sienta en su estómago el manjar que solo un hombre puede proporcionarle, nada.
No es hasta que el chorro estalla en su garganta con tal fuerza que siente que se ahoga, que el líquido seminal le sale por las fosas nasales, que finalmente alcanza el éxtasis convulsionándose para caer al suelo y... despertar.
Al abrir finalmente los ojos, se siente increíblemente relajada y... satisfecha, al darse cuenta de su siesta se percata de que el vehículo está estacionado a escasos pasos de su residencia, se levanta y camina entre las filas de asientos, no hay nadie más que ella y el conductor; no le sorprende, ya que siempre es la última pasajera en bajar, por lo que confía en que él la despertará al llegar.
Está tan tranquila que ni siquiera se da cuenta de que las medias que lleva puestas son nuevas, tampoco le preocupa lo mal abrochada que tiene la blusa o lo arrugada que lleva la falda; lo único que desea es acostarse en la cama e intentar revivir esa fantasía que soñó.
El conductor del autobús, al asegurarse con la mirada de que Verónica está a salvo en su hogar, sabe que debe cuidarla; cierra las puertas y reanuda la marcha. Agradece que la mujer, en ese estado, no se haya dado cuenta de las manchas de semen en su pantalón, sacando de uno de los bolsillos de su chaqueta las medias rotas y sucias de ella, las huele rápidamente y después palpa su bolsillo, repleto de los billetes que ha obtenido gracias a esa joven.
Había valido la pena esperar, día tras día, aprovechando el cansancio e insatisfacción de Verónica, condicionándola para caer en un trance profundo gracias a los destellos y la tenue luz del transporte, al suave movimiento del autobús, estratégicamente elegidos para que ella, gracias a sus sentidos adormecidos, cayera en esos "sueños" lúcidos que poco a poco la hacían más moldeable.
Después de esas dos horas de trayecto diario, logró, tras treinta días, no solo despojarla de su virginidad sin que ella lo recordara, sino también convertirla en una prostituta que satisface los deseos de pasajeros dispuestos a pagar por un servicio así.
Así, para Verónica, cada noche, de regreso a casa en el último transporte del día, disfruta de placenteros sueños eróticos y complace a hombres que buscan desahogarse de sus impulsos, mientras que el conductor del autobús se deleita observando por el retrovisor ese espectáculo peculiar y obteniendo beneficios, disfrutando así de la... última descarga del día.
FIN
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