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Un individuo desconcertado


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Hola, soy Israel, un hombre bastante confundido y me encuentro en una encrucijada sin saber qué camino tomar.

Para empezar, hasta hace poco tiempo estaba convencido de ser completamente heterosexual.

Mantenía una relación con una pareja, o mejor dicho, una amiga con privilegios con la que he estado saliendo durante casi seis años, aunque nuestra relación se basa principalmente en encuentros íntimos en hoteles y moteles de la ciudad. Raramente recordamos haber salido juntos sin la intención de intercambiar momentos íntimos.

Ella podría dar fe de que siempre he sido considerado con ella, asegurándome de que ella alcance el clímax antes que yo, siendo respetuoso y siguiendo las reglas de etiqueta.

Hubo una ocasión, solo una en mi memoria, en la que permití que jugara con mi región anal; disfruté de sentir su lengua en esa área, pero detuve sus avances cuando intentó introducir un dedo.

Soy pragmático. Con 32 años y una carrera exigente que absorbe la mayor parte de mi tiempo, nuestra relación es la solución perfecta: nos vemos cuando nuestras agendas coinciden, nos cuidamos mutuamente, ponemos al día nuestras vidas y luego cada uno regresa a su hogar. Puedo asumir que este arreglo también le conviene a ella, ya que no me ha dejado por otra relación más convencional.

En fin, permítanme detallar mi situación actual. No es que sea imprescindible, pero parece ser una práctica común en este tipo de relatos: soy un individuo absolutamente promedio. Ni delgado ni gordo, sin mucha musculatura pero tampoco débil, ni muy alto ni muy bajo. Con 17 centímetros, mi miembro viril es completamente estándar. Lamento si esto decepciona a alguien que esperara algo distinto.

Mi confusión actual comenzó cuando mi amiga se fue de viaje. A pesar de no ser su costumbre viajar con frecuencia, debido a su trabajo estaría ausente durante un par de semanas y me pidió que me quedara en su departamento para cuidar de su gato. A pesar de que su gato es un animal distinguido, no es relevante para esta historia, por lo que no profundizaré en ese tema. Para mantener su privacidad, le llamaremos simplemente Gato N.

Después de estar en su departamento por más de una semana, la calentura por estar con ella se convirtió en un pensamiento recurrente en mi mente, tan persistente como los anuncios en un video de YouTube.

Me atrevo a atribuir este estado a que su olor impregnaba todo el lugar y mi cerebro primitivo hacía la asociación con sus partes íntimas. Fue en un momento de excitación extrema que decidí bañarme con su champú, recordando con intensidad los momentos íntimos que vivimos juntos. Estaba sumamente excitado, eso es lo que intento expresar, y aún faltaba una semana para su regreso.

Creo que todo cambió el día en que decidí explorar sus cajones y descubrir su ropa interior. En un principio, mi plan era excitarme oliendo sus prendas íntimas; aclaro que este fetiche no estaba en mi repertorio habitual, solo pensé que, si el aroma de su champú me afectaba tanto, el olor de su zona íntima podría de alguna manera aliviar su ausencia. Y sí, por un momento logré silenciar los anuncios de YouTube. Pero fue solo temporalmente.

No me bastaba con eso. A pesar de haber tomado dos prendas, necesitaba más. Es importante mencionar que debido a la gran diferencia horaria por su viaje al otro lado del mundo, no podíamos tener conversaciones subidas de tono.

La siguiente noche, encendí mi computadora portátil y entré a Reddit. Nadie en mi círculo social sabe que tengo una cuenta en esa página, por lo que puedo expresarme libremente sin temor a ser juzgado. Navegué por una sección dedicada a la autoestimulación; pensé que tal vez encontraría ideas que me ayudaran y, en mi estado de excitación, estaba listo para experimentar.

un poco más receptivo a probar nuevas experiencias.

Sí, creo que fue ahí donde todo comenzó.

Después de revisar algunos posts por un tiempo, encontré uno con distintas sugerencias. El individuo, quien afirmaba ser psicólogo, aunque en línea nunca se sabe, mencionaba que incluso utilizar la ropa interior de tu pareja durante la masturbación era una forma de conexión que ayudaba a ciertas personas a lidiar con la ausencia. Quisiera aclarar tres puntos aquí:

En primer lugar, nunca he sentido atracción por el fetichismo travesti. Aunque he visto algunas imágenes de mujeres vestidas de esa manera que realmente merecían ser admiradas, nunca he sentido la necesidad de hacerlo por mi cuenta.

En segundo lugar, no estaba intentando sobrellevar su ausencia, sino más bien trataba de aliviar mi deseo sexual mientras ella regresaba.

Finalmente, funcionó.

No recuerdo haber experimentado una eyaculación tan abundante en mucho tiempo. Una vez que recuperé el aliento, llevé las prendas de lino que tanto me gustaban de ella a la lavadora, aunque más que lavarlas, necesitarían un poderoso tratamiento.

Lo siguiente que hice fue enviar un mensaje de agradecimiento a la persona que me sugirió esta idea y ahí fue donde la casualidad intervino. El psicólogo, a quien llamaré Pedro N., estaba en línea. Pedro me respondió casi de inmediato proponiéndome algunas otras ideas, algunas viables y otras menos necesarias. Me comentó que era tanatólogo y que frecuentemente ayudaba a las personas a recuperar su vida sexual después de perder a sus parejas. No me parecía demasiado saludable usar la ropa interior de una mujer fallecida, pero no iba a quejarme estando aún bajo los efectos de las endorfinas.

Conforme continuaba interactuando con él, me parecía cada vez más agradable. Pasamos de mensajes abiertos a mensajes privados, y de ahí a WhatsApp. Curiosamente, en retrospectiva, debí haber sospechado algo al ver que su código de país no coincidía con el mío. Por razones obvias no proporcionaré su número, pero su código de país era +66; Tailandia estaba muy lejos, pero tras algunos intercambios de mensajes parecía que estábamos apenas a 20 minutos de distancia. Y no, tengan paciencia. No se trataba de una ladyboy tailandesa, aunque, considerando que acababa de eyacular en unas prendas de lino siguiendo el consejo de un extraño, la idea de encontrarme con una atractiva transexual en el futuro no sonaba tan descabellada. No, la situación fue completamente diferente.

Después de conversar un rato, empecé a sentirme nuevamente excitado. Aunque Pedro y yo no estábamos teniendo un intercambio sexual, compartir ideas y algunas experiencias me hacía sentir demasiado cercano a él. Mitad complicidad, mitad deseo sexual, finalmente acepté ir a su casa a tomar un par de cervezas.

En el cuerpo humano hay una zona llena de terminaciones nerviosas que, después de los órganos reproductores y el cerebro mismo, es la más sensible del cuerpo; los japoneses la llaman "hara" y se ubica debajo del estómago, justo antes del vientre, es donde sentimos las conocidas mariposas en el estómago; y precisamente esa era la parte de mi cuerpo que palpaba intensamente mientras tocaba a su puerta, con un six-pack de cervezas en mano. No se trataba de una situación sexual, sino de descubrir qué más podía aprender acerca de cómo proporcionarme placer a mí mismo. Al fin y al cabo, no es que yo sea homosexual, ¿verdad?

Pedro me recibió; maduro, distinguido, aparentaba tener unos 60 años. Distinguido, habría que decir. Un poco más alto que yo, con hombros amplios pero no musculosos, definitivamente no era un delicado ladyboy (¿tal vez sentí una leve decepción?).

Entramos a su sala, espaciosa, bien cuidada; sin ningún toque femenino, pero muy ordenada. Soltero y con recursos, no me importaría estar en esa etapa de la vida de esa manera. Me hizo sentar en su sofá y volvió unos minutos después con una maleta grande. La colocó en el suelo y se sentó a mi lado. Quizás un poco cerca. Sin pedir permiso, abrió una cerveza y me la ofreció antes de destapar una para él. Tras una charla algo innecesaria (¿tráfico? ¿costoso encontrar el lugar?) pasamos a la idea que nos había llevado allí.

Dejó su cerveza en la mesa de centro y tomó también la mía; el gesto, un tantoque debió activar alguna alerta; reproducía el gesto que usualmente empleo con mi amiga cuando quiero pasar a la acción. Sin embargo, al encontrarme con la mirada de Pedro directamente, observando fijamente mis ojos oscuros, me sentí extrañamente a gusto.

¿Fue útil mi sugerencia sobre la vestimenta? - preguntó sin desviar la mirada.

-... bastante - respondí con tono más bajo.

¿Qué llevabas puesto? - un escalofrío me recorrió, concentrándose en mi abdomen, casi pude sentir cómo mi erección comenzaba a humedecer ¿Cómo diablos supo que llevaba puesta más ropa de mi amiga? Además, ¿Por qué me ruboricé como una adolescente?

Una prenda que me encanta que ella utilice, de hilo atrás. – Indiqué sin dudar. – ¿Cómo lo supiste? – Pedro sonrió y, al hacerlo, tuve que devolverle la sonrisa.

Es normal, una vez que rompes ciertas barreras, es mucho más sencillo seguir haciéndolo. – mencionó mientras extendía su mano para tomar el control remoto de su televisor. Mi vista se dirigió a la pantalla cuando comenzaron a reproducirse gemidos muy sugestivos. En el video, dos chicas en diminutos bikinis se untaban aceite acariciándose mutuamente.

Aunque se tratara de pornografía de buen gusto, no estaba seguro de cómo reaccionar. A pesar de haber aceptado la invitación de un desconocido para ir a su casa y agradecerle por ayudarme a satisfacerme sexualmente, vistiendo ropa interior femenina y con cerveza en mano, no sabía qué esperar, pues jamás me había imaginado en esa situación.

Pedro cambiaba los canales con pausa, cada uno dedicado a pornografía. Hombres, mujeres, orgías, hasta que se detuvo en uno donde un hombre usaba un masturbador masculino. Desnudo, musculoso, con los ojos entreabiertos y gimiendo para la cámara, empleaba un juguete que me resultaba familiar. Quizás me quedé observando más de lo debido, ya que fue en ese momento en que Pedro me preguntó si me gustaba el video cuando noté que tenía la boca abierta. Él me miró sonriente. – No te avergüences, muchas personas desconocen sus gustos hasta que los experimentan... ¿te gustaría probar ese juguete? – Preguntó sin apartar la mirada de mí. La excitación en mi vientre me llevó a asentir con la cabeza. En aquel instante, me faltaban las palabras. Pedro extendió la mano hacia la maleta y la abrió. Dentro, perfectamente organizados, se encontraban varios juguetes de diversa índole.

Quítate los pantalones. – Ordenó, aunque con mi excitación sonaba más bien a una autorización. En breves instantes, me vi solo con la tanga que llevaba puesta. Él tomó una crema con un aroma dulce, a coco, y vertió un poco dentro del juguete antes de ofrecérmelo. – Pruébalo. - me instó. En ese momento, una mancha oscura en la tanga y mi prominencia luchando contra la tela dejaban en claro mi total cooperación. Pedro me observaba fijamente mientras yo, torpemente, bajaba un poco la tanga e introducía mi pene erecto entre el látex ajustado del dispositivo. El escalofrío previo se intensificó. Cerré los ojos para concentrarme en la deliciosa sensación, que resultaba a la vez novedosa y conocida. Al abrirlos, vi a Pedro acariciando su propia prominencia sobre la tela. – ¿Te molesta si lo hago también? – preguntó, mirándome tan profundamente que solo pude asentir mientras manejaba el masturbador. Mientras me acomodaba para mi clímax, observé a Pedro. Estaba completamente desnudo, con un miembro venoso, largo y grueso de un tono púrpura oscuro, palpitante, acariciándolo mientras me miraba.

Para mi sorpresa, su mirada llena de deseo me excitó mucho más de lo que hubiera imaginado. Pude ver cómo comenzaba a segregar fluidos y a acariciar la punta de su glande, impregnando sus dedos con su propio líquido antes de llevárselos a la boca. No pude resistir más; culminé con un gemido sonoro, extenso, primitivo. Pedro se acercó a mí y, con cada contracción de mi miembro, hundía el dispositivo más y más profundamente. Mi orgasmo debió durar unos segundos, pero sentí que permanecía suspendido en un lapso indefinido. Cuando regresé a la realidad, a lo que intuía como una nueva realidad para mí, Pedro acariciaba

Su miembro de arriba abajo, ahora increíblemente erecto. Poco a poco, alzó la linterna y mi pene, ahora húmedo y flácido, salió goteando.

Después de colocar la linterna sobre la mesa, posó sus manos en mis rodillas abriéndolas. Yo sujeté sus muñecas y, mientras me abría de piernas, en lugar de detenerlo, subí mis manos hacia sus brazos, atrayéndolo hacia mí. Por alguna razón, extendí aún más mis piernas sorprendido, pero excitado, muy caliente, ardiente.

Pedro se arrodilló entre mis piernas llevando sus manos de mis rodillas a mis muslos por detrás. De repente, empujó su pene hacia el mío. Cuando ambos se unieron, mi cuerpo saltó de anticipación. Mis brazos rodearon su cuerpo mientras él susurraba al oído lo mucho que disfrutaba los penes lechosos como el mío.

Su cuerpo irradiaba calor, como si estuviera ardiente, y esa misma calidez se concentraba en su miembro. Con cada embestida, podía sentir cómo mi pene chocaba contra el suyo. La humedad entre ambos nos lubricaba y, envuelto en unas pantaletas empapadas de mi semen y su líquido preseminal, levanté mis piernas para abrazarlo por completo. No quería soltarlo nunca.

Permanecimos así durante un buen rato, sintiendo mi pene extremadamente duro, resbaladizo, frotándose contra su enorme falo. Su cuerpo cada vez más candente. Su lengua, ahora en mi cuello y mis oídos, enviaba descargas eléctricas de mi nuca a mis nalgas. En algún momento, de alguna manera, tomé su cabeza entre mis manos y lo alejé lo suficiente para besarlo. Fue mi primer beso a un hombre, no los delicados labios de una mujer, sino los firmes y ásperos labios de un hombre mucho más viril que yo. Mi lengua exploró cada rincón, él correspondió mientras seguía frotándose, mis piernas aún estrechamente unidas a su cuerpo ardiente.

Por un instante efímero, me di cuenta de lo que realmente ocurría: sus dientes, ordinarios a simple vista, se tornaron muy afilados al contacto con mi lengua, el calor de su cuerpo, encima de un cuerpo febril, y el hecho de que me mirara después de un largo beso, pero ahora con pupilas amarillas, me llenó de terror.

Intenté apartarlo, empujarlo, pero mi cuerpo no respondía. Al contrario, el abrazo de mis piernas se hizo más firme, mi respiración acompasada y agitada. Mi boca se abrió, pero en lugar de un grito de terror, escapó un gemido de satisfacción mientras arqueaba mi cabeza hacia atrás y aceptaba mi destino.

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Yo gemía con cada movimiento y separaba mis nalgas tanto como era posible para facilitarle su labor.

Después de un tiempo de intenso placer, Pedro se levantó tomándome de las manos para hacerme sentar derecha. Mi cuerpo, todavía sin control, agarró su pene y lo acercó a mi boca; En cuanto mi lengua lo tocó, perdí la noción de si mi cuerpo seguía bajo su dominio, o si era yo quien lo controlaba, sin embargo, llevé su pene hasta mi garganta, deseaba sentirlo dentro, corresponder a todo lo que él me había hecho sentir.

Su pene era ancho, sólido, mi boca apenas podía rodearlo; era imposible que lo tragara por completo sin ahogarme, pero no me importaba, sentía las lágrimas acumulándose en mis ojos, lágrimas de placer. Mi boca, produciendo gran cantidad de saliva, lo humedecía y lubricaba. Él, paciente, me permitía chuparlo a mi ritmo, sin forzarme, sabía que lo haría más adelante. Y sí, no solo había aceptado ser penetrado, lo deseaba fervientemente.

Cuando lo solté, todo su cuerpo estaba ahora rojo, sus cuernos grandes disipaban cualquier duda sobre si había sido real o producto de mi imaginación, pero su sonrisa, cómplice, amo y amante, todo en uno, me dieron el coraje para lo que vendría a continuación.

Me levanté y lo hice sentarse. Con su miembro bien erguido. Le di una última lamida para lubricarlo, y me senté a horcajadas. Esta vez era yo quien controlaba mi cuerpo. Él ahora solo se dejaba llevar. Tomé su pene con mi mano, la otra reposaba en su pecho. Lo besé una última vez antes de acomodarme sobre su pene y dirigirlo hacia mi entrada. Al principio fue maravilloso, sentía su glande abriéndome. Luego, cuando la punta entró, estuve a punto de gritar de dolor, era enorme, ardiente, devastador. Pedro me tomó la cabeza y me hizo mirarlo. Su mirada me aseguraba que todo estaría bien, que el dolor sería pasajero. El dolor pronto se convirtió en placer. Aunque sentía cómo mi trasero se adaptaba, cada milímetro me acercaba al éxtasis (sin ofender a mi nuevo mejor amigo). Sentía cómo mis entrañas se reorganizaban para acomodar semejante miembro. Me sentía poseído, dominado, a pesar de que era voluntariamente quien se estaba sentando, me sentía propiedad de mi nuevo señor. Cuando sus muslos me impidieron bajar más, me quedé quieto por un tiempo. Ahora era uno con Pedro, y no podía imaginar una vida sin ese inmenso placer.

Lo agarré por los cuernos para apoyarme y empecé a subir y bajar, primero despacio, después más rápido. Podía sentirlo en mi interior, deslizándose, untándome con su abundante líquido preseminal. Mis gemidos superaban el sonido de la televisión (nadie volteaba a verla). Él me tomó de la cintura guiando mi ritmo. Me besaba en el cuello, mis pezones erguidos, a ratos en la boca, cuando necesitaba tomar aire.

Sentía cómo mi miembro se endurecía de nuevo y rebotaba con cada movimiento que hacía, eso me excitó tanto que tuve que detenerme, no quería llegar al clímax; no quería que terminara. Él, comprendiéndome, me levantó sin esfuerzo alguno, con un sonido característico cuando su pene salió de mi interior. Me puso de rodillas en su sillón, y yo, como la buena sumisa de mi amo, me puse en cuatro y le ofrecí mi trasero. Él tuvo la gracia de aceptar y entró de golpe. Un grito de dolor, placer y éxtasis salió de mi garganta, que se repitió cuando me penetró de nuevo de un solo golpe; nunca imaginé que ser una mujer tan complaciente fuera tan gratificante. Él me poseía a su antojo y yo estaba feliz con ello. Mi tanga, apartada a un lado, estaba empapada con mi fluido, sus secreciones, mi saliva, y probablemente lo que aún no le había entregado de mi ser.

De repente, sin previo aviso, me agarró por la cintura y avanzó, si se puede, un poco más en mí. Su primera eyaculación me llenó de calor, quiero decir, más allá del calor de su semen, mi cuerpo se inundó de una calidez nueva, como si mi ardor se hubiera multiplicado por todo mi ser y sintiera una sensación agradable en cada centímetro de mi piel. Las siguientes eyaculaciones me inundaron como si elhambre, el frío, la tristeza del mundo, podrían haber sido solo una ilusión. Me sentía satisfecho, pleno. Mi señor exhaló por última vez antes de liberar un último y generoso torrente dentro de mí. Al salir finalmente de mi agotado trasero, su semen goteaba hacia afuera de mí, llenándome de vacío. Contraje los músculos para retenerlo y fue entonces cuando noté que era de color oscuro. Si todo en él era peculiar, ¿por qué su leche tendría que ser diferente?

Se recostó a mi lado en el sofá y solo puedo recordar cómo me sonrió antes de caer profundamente dormido.

Ahora yace a mi lado en la penumbra, el calor de su cuerpo aleja el frío de la noche, su respiración constante me indica que logré hacerlo descansar también; mi mente es un torbellino de incertidumbres, de interrogantes, sin saber qué deparará el futuro, pero, la pregunta que más me inquieta en este instante es: ¿sería adecuado despertar a un demonio con sexo oral o es mejor esperar a que despierte y me permita hacerlo de nuevo?

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