Me costó esfuerzo, pero finalmente lo logré:
Me llamo Juan (nombre ficticio) y mi esposa es Ana (nombre ficticio), llevamos juntos 38 años de matrimonio, tenemos 65 y 60 años respectivamente, y dos hijos adultos de 33 y 30 años que ya no viven con nosotros en la ciudad. Desde hace aproximadamente 2 años, nos encontramos solos en casa.
Nuestra vida íntima ha sido satisfactoria, pero algo carente de creatividad. Mantenemos relaciones sexuales cada dos o tres días, a ella le gusta que le practique sexo oral, ya que al ser multiorgásmica alcanza entre 6 y 7 orgasmos seguidos con esta práctica. Después de la penetración, y antes de que yo llegue al clímax, ella experimenta un par de orgasmos más. Por esta razón, era reacia a probar cosas nuevas.
Siendo yo ya jubilado desde los 60 años y con una situación económica estable, le sugerí a mi esposa realizar viajes de vez en cuando, con la idea de que un cambio de ambiente podría avivar las llamas de la pasión.
Empecé a investigar en internet acerca de zonas swinger, hoteles con concepto liberal, y también me adentré en el mundo del BDSM, leyendo artículos y viendo videos que, debo admitir, despertaron mi deseo.
Sin embargo, surgió un obstáculo: ¿cómo podía pedirle a mi esposa que se convirtiera en mi sumisa?
Continué informándome al respecto, pero no me convencía del todo. Fue entonces cuando descubrí lo que era la Dominación Femenina. Después de leer sobre el tema y ver videos, me di cuenta de que al inicio me parecía muy intenso, con un enfoque en el sufrimiento y el maltrato físico. Sin embargo, encontré una página que explicaba la verdadera esencia de la Dominación Femenina: humillar al macho en lugar de castigarlo. Este enfoque captó mi interés y comencé a investigar más. Al toparme con un video de humillación más que de castigo, experimenté una erección poco común y, después de 40 años, terminé masturbándome. ¡Eso era lo que quería! Ahora, solo faltaba encontrar la forma de plantearle esto a mi esposa.
Comencé mi estrategia pidiéndole, cada vez que teníamos relaciones, que me pellizcara los pezones y, al llegar al clímax, que clavara sus uñas en mis nalgas, golpeándolas a la vez. Esta táctica funcionó, ya que después de varios encuentros sexuales, ella comenzó a pellizcarme sin necesidad de que se lo recordara. Incluso llegó a morderme los pezones y clavarme las uñas en la espalda y en las nalgas mientras llegaba al orgasmo.
Una mañana, como de costumbre, yo me levanté primero para preparar el café y subirlo a la cama, donde tomamos nuestra primera taza juntos. En algunas ocasiones, teníamos relaciones antes de levantarnos. Imprimí un artículo sobre dominatrix y sumisos, junto con un contrato que establecía las reglas entre la dominatrix y el sumiso o esclavo, y se lo presenté para que lo leyera. Ella me respondió que no estaba de acuerdo con esas prácticas, pero en lugar de romper los papeles o tirarlos, los guardó en el cajón de su mesita de noche.
Más tarde, encontré esos documentos en la mesa de la cocina. Al parecer, los había leído con más atención. Sonreí, pero no dije nada. Esa misma tarde, al regresar de mi paseo matutino, la encontré en la cocina. En el salón, el portátil estaba abierto y había artículos sobre Dominación Femenina. Revisando el historial, descubrí que había estado navegando en foros sobre el tema, usando el seudónimo de Atenea. También vi que había interactuado en un foro con una tal Daniela, una dominatrix con dos sumisos, uno fijo y otro ocasional. Además, resultó ser una profesional, ya que cobraba por sus servicios.
Decidí dejar el ordenador como estaba y me dirigí a mi despacho, donde pude confirmar la información en las páginas y foros mencionados, así como investigar acerca de Daniela. Esta mujer era una dominatrix profesional que ofrecía sesiones a sumisos y sumisas, con tarifas por tiempo de dedicación. Me puse en contacto con ella para reservar unas horas esa misma tarde. Mis <
Los pensamientos que me invadían eran insoportables, no podía resistir más y decidí concertar unas sesiones con ella, con el objetivo de seguir convenciendo a mi esposa. Quedamos para el martes a las cinco de la tarde hasta las ocho, en su domicilio, que se encontraba en una calle muy céntrica de la ciudad donde los precios de los pisos eran bastante elevados, lo que indicaba que su negocio iba viento en popa. Al llegar puntual, me recibió luciendo un conjunto de cuero negro con ligas y zapatos de tacón alto también negros, llevaba un corpiño que dejaba al descubierto sus pechos. Me solicitó que le explicara la razón por la cual había acudido a esa sesión, a lo que respondí que intentaba convencer a mi mujer para que se convirtiera en mi Ama, y quería poner a prueba si era capaz de soportar ser mi sumiso. Ella señaló que asistir a estas sesiones era muy diferente a convertirse en el sumiso de alguien, especialmente de tu pareja, pero que podía hacer una muestra de cómo sería soportar castigos. Declaró que ella fungía como la Ama y como tal debía llamarme "perra esclava de mierda", "cerda" u otros adjetivos despectivos que se le ocurrieran.
Me ordenó que me despojara por completo de la ropa y dio inicio a las sesiones. En primer lugar, se desarrollaron instancias de humillación, donde debía besarle los pies, lamer sus zapatos y adoptar posturas de sumisión, como la de un perro, convertirme en un mueble o un cenicero. Posteriormente, comenzó con sesiones de prácticas sadomasoquistas: me ató a unas correas sujetas al techo, estirando mis brazos y asegurando mis tobillos a anillas en el suelo, lo cual provocaba que mi cuerpo se tensara por completo al estirar de las correas. Me colocó pinzas en los pezones y al emitir un grito de dolor, me abofeteó y colocó una mordaza en mi boca para callar cualquier queja, refiriéndose a mí con los epítetos anteriormente mencionados. Luego, con un látigo de tiras de cuero, comenzó a castigarme los genitales, la espalda y las nalgas al quedar mi torso totalmente expuesto y tenso. Después de una hora de este tormento, pasamos a la última fase de la sesión: la sexual. Me condujo a su cuarto de baño, me arrodilló y me hizo abrir la boca, colocándome una mordaza que la mantenía completamente abierta. Acto seguido, se quitó la ropa interior y comenzó a orinar en mi boca, advirtiéndome que no debía dejar caer ni una sola gota al suelo y debía ingerir todo. Cumplí sus órdenes temiendo un nuevo castigo. Posteriormente, me arrastró por la correa hasta el centro de la habitación o "mazmorra", como a ella le gustaba llamarla. Me retiró la mordaza, me vendó los ojos, me ató las manos a la espalda y arrodillado, me obligó a buscar su entrepierna para practicarle sexo oral. Cada dos segundos que tardaba en localizarla, me golpeaba con el látigo en cualquier parte del cuerpo, hasta que finalmente logré encontrarla y comencé a lamer con ansias desmedidas. Sentía cómo alcanzaba el clímax y liberaba sus flujos en mi rostro, lo que marcó el fin de la sesión. Posteriormente, ingresé al baño para tomar una ducha, me vestí y me despedí diciendo:
- Gracias, Ama. Han sido unas horas maravillosas. Ahora sé que puedo soportar estar en esta situación con mi esposa.
Al regresar a casa, escuché a mi mujer hablando por teléfono y agradeciendo a alguien, creí oír el nombre de Daniela.
A la mañana siguiente, luego del desayuno, me pidió que le practicara sexo oral mientras colocaba una almohada debajo de su trasero para estar más cómoda. Cumplí con su pedido, pero inesperadamente recibí un golpe fuerte en la espalda y otro en las nalgas. Ella creyó que iba a reaccionar, sin embargo, logré contenerme y seguí complaciéndola, mientras sus orgasmos se intercalaban con latigazos más intensos y repetitivos. Fue entonces cuando noté que usó la correa de mi pantalón para azotarme. Una vez finalizado el acto sexual, me pidió que bajara al salón con el contrato de Ama y sumiso para discutir al respecto.
Al entregarle el documento, me dijo:
- Juan, he repasado el contrato varias veces, investigué en internet sobre el mundo BDSM e incluso consulté con una especialista, Daniela, que creo visitaste en su lugar de trabajo ayer, ¿es correcto?
- Sí, fui para comprobar si podría tolerar este tipo de situaciones. Vi en tu ordenador su número de teléfono y pensé que podría darte una idea de lo que realmente quiero en nuestra relación.
y ubicación.
- Por supuesto, ella y yo acordamos llevar a cabo esa estrategia para tenderle una trampa.
- Muy bien planificado.
- Bueno discutimos estos términos, todo parece estar en orden excepto tres de ellos que consideramos necesario eliminar, aunque Daniela sugirió que no lo hiciéramos. ¿Qué opinas tú?
- Veamos si coincidimos en los mismos:
- El primero de ellos es el que establece que “El Ama podrá prestar, alquilar o ceder a su sumiso a quien ella decida, ya sea Ama o Amo”.
-El segundo dice “El Ama obligará a su sumiso a presenciar actos sexuales o de dominación con otra sumisa, sumiso o cualquier persona ajena al mundo BDSM que tenga relaciones sexuales con ella”-
- Y el tercero indica que “El Ama puede tener sumisos o sumisas de manera eventual o permanente, fuera de la residencia que comparta con el sumiso de este contrato”.
- ¿Qué te parece si eliminamos estos?
- Estoy totalmente de acuerdo, parece que estamos en sintonía con todo esto.
- Si estás de acuerdo, ve a tu despacho, imprime un nuevo contrato y lo firmamos.
Así procedí, eliminé estos artículos e imprimí dos contratos que luego llevé a la habitación. Al entregárselos, ambos firmamos uno, pero se negó a firmar el otro argumentando que solo era para ella. Según explicó Daniela, se habían presentado denuncias por abusos y, con este contrato firmado, aunque no era del todo legal, el 98% de las denuncias habían sido desestimadas.
- Pero cariño, yo jamás haría algo así.
- El nunca no es suficiente.
De este modo, ella guardó el contrato en su mesita de noche, luego me dijo que estaba muy excitada y me pidió que volviera a practicarle sexo oral.
Al finalizar, me anunció que al día siguiente, a las 8 de la mañana, comenzaríamos nuestra nueva vida juntos.
A la mañana siguiente, como de costumbre, me levanté de la cama, fui a la cocina y preparé café para ambos. Al regresar a la habitación, mi esposa ahora Ama, estaba sentada en la cama y al verme, exclamó:
- ¿Qué haces, maldito esclavo? ¿Quién te autorizó a tomar un café? Dame el mío y deja el tuyo en la mesita.
- Quiero que estés desnudo todo el día, ponte unos calzones por si llaman a la puerta, pero quítatelos inmediatamente.
Luego, cuando me traigas mi café diario, acuéstate en el suelo boca arriba para que mis pies no toquen el frío suelo, después te daré nuevas instrucciones.
Así que, tras tomar su café pisoteándome los genitales, se calzó las zapatillas, agarró la taza -que supuestamente era mía- y me lo vertió sobre el abdomen, pene y testículos. Por suerte, ya había perdido algo de calor. Acto seguido, me ordenó:
- Limpia todo el suelo con tu lengua, luego pasa la fregona y dirígete al baño, allí te estaré esperando.
Mientras realizaba la limpieza, ingresé al baño y la encontré sentada en el inodoro, indicándome:
- Enjuágate la boca y sécame la vulva con la lengua hasta que alcance orgasmo. Después, entraremos juntos a la ducha, donde me lavarás. Cuando termine, me secarás y me vestirás con la ropa que encuentres en la cama.
Lo único que atiné a decir fue:
- Haré lo que desees, mi Ama, pues desde hoy soy tu sumiso, esclavo, perro, lo que desees, mi Ama.
- Así me gusta, perrito, que seas obediente.
Una vez completada la tarea, instruyó que retirara las sábanas sucias de la cama, tomara mis ropas y las llevara al cuarto de nuestro hijo, ya que esa sería a partir de ese día mi habitación. Luego, descendí al salón y me arrodillé a su lado mientras me dictaba las tareas diarias a realizar. Yo las revisaría posteriormente, y cualquier fallo sería severamente castigado.
Tras cumplir con todas las órdenes de mi Ama, me posicioné de rodillas a su lado en el salón y ella dijo:
Desde ahora en adelante, mi nombre no se pronuncia, debes dirigirte a mí como Ama o Señora, prefiero Ama. Quiero verte siempre desnudo, ya he solicitado que venga una asistente un día a la semana para encargarse de la plancha, específicamente de mi ropa, por supuesto, la poca que tengo.
Si utilizas la plancha, te encargarás de la limpieza completa de la casa, incluyendo los patios. Por ahora, yo me encargaré de cocinar y hacer las compras, pero es importante que te apresures a aprender a cocinar y a comprar, ya que pronto también tendrás que hacerlo. Esto ocurrirá cuando estemos solos o en compañía de personas con nuestro mismo estatus. En situaciones donde estén presentes los niños o en reuniones familiares, volveremos a la dinámica anterior. Sin embargo, ten cuidado con lo que dices o cómo te expresas, ya que si me enfadas, desataré toda mi ira sobre ti.
Así será, mi Señora, es lo único que se me ocurre decir en esta situación.
Dado que sabes dónde están los productos de limpieza, comienza por los baños, los cuartos y las escaleras esta tarde después de la comida. Tú comerás cuando yo termine y mientras descanso en el sofá, estarás junto a mí en el suelo por si necesito levantarme o pedirte algo. Después de servirme el café de la tarde, te encargarás de recoger y limpiar la cocina. A partir de mañana, ya sabes cómo será tu día, cualquier modificación te la comunicaré previamente.
Entendido, mi Señora.
Por cierto, lleva todos tus productos de higiene al baño del pasillo, ese será tu espacio personal a partir de ahora. En cuanto a mi baño, no quiero que lo uses para nada más que para limpiarlo, a menos que te llame para secarme con tu lengua o frotarme el cuerpo en la ducha.
Lo haré tal como ordena mi Señora.
Comencé con todas las tareas indicadas por mi Señora, y al no estar muy familiarizado con ellas, me llevó bastante tiempo completarlas, especialmente la limpieza de los baños. A la hora de la comida, mi Señora me pidió que preparara la mesa en el salón. Bajé a la cocina y le pregunté si prefería comer en el salón o allí mismo. Ella me respondió que en el salón.
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