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En un café de moda, acordé reunirme con algunas de mis compañeras de la universidad en una tarde de martes. Intentábamos mantener la tradición de encontrarnos al menos una vez cada dos semanas para no perder contacto, aunque con el paso del tiempo se hacía cada vez más complicado. Así, el grupo original de unas diez amigas en estas reuniones se redujo a cinco o menos.

Esta vez éramos solo tres: Silvia, Paty y yo. A pesar de estar casadas, ninguna de nosotras tenía hijos, lo cual dificulta encontrar tiempo en la agenda para actividades sociales como esta.

Disfrutábamos de una conversación amena sobre temas triviales (sobre todo acerca de las amigas ausentes), con cócteles en mano para hacer más entretenido nuestro encuentro. Incluso coqueteábamos traviesamente con un atractivo y joven camarero que nos atendía esa tarde. En un juego entre nosotras, competíamos por ver quién resultaba más atractiva para él.

—¿Vieron cómo me sonrió? —preguntó Silvia retóricamente con cierto aire de satisfacción, refiriéndose al joven camarero—, creo que le atraigo.

—Qué exagerada, crees que todos los hombres te desean —bromeó Paty, riendo sobre la presunción de nuestra amiga—. Lo único que quiere es que en esta ocasión sí le dejemos propina —añadió con un toque de sarcasmo.

—Bueno, no sería la primera vez que le pago a un hombre por una experiencia placentera— dijo Silvia de forma desinhibida, provocando la risa de las tres.

Dentro de nuestro grupo de amigas, Silvia siempre fue la más atrevida en cuanto a relaciones con hombres. Sus aventuras tanto en la intimidad como fuera de ella durante nuestra época de estudiantes eran conocidas en todo el instituto.

Amante de la emoción, se acostumbró a salir con más de un chico a la vez, volviéndose adicta a la adrenalina que le provocaba el riesgo de que sus pretendientes descubrieran sus escapadas paralelas.

Para Silvia, una noche de diversión con un hombre no implicaba más que eso, una noche. No veía razón para que hubiera consecuencias o compromisos más allá del placer físico que disfrutaba con su acompañante temporal. Claro, si la experiencia había sido particularmente satisfactoria, no descartaba la posibilidad de querer repetirla.

Como era de esperar, su reputación de mujer liberada le causó roces con otras compañeras de generación que la veían como una amenaza para la estabilidad de sus propias parejas.

Sin embargo, debo admitir que en ocasiones sentí envidia de mi amiga y sus aventuras, no solo por haber encontrado atractivo en alguno de sus amantes, sino también por su valentía y determinación frente a las críticas. "Si te critican por disfrutar, disfruta aún más", solía decir Silvia como una afirmación más que una amenaza, cada vez que se enfrentaba a algún comentario malintencionado de sus detractoras. Si su libertad sexual le acarreaba críticas, estaba dispuesta a pagar ese precio.

Pero eso fue hace más de tres años; ahora, con dos años de matrimonio a cuestas, se consideraba una mujer respetable. Aunque eso no le impedía coquetear con algún chico que le pareciera interesante, especialmente si Juan, su esposo, no estaba presente.

Por su

Contrario a Paty, adoptaba una postura un tanto más conservadora en lo que se refería a las relaciones amorosas. Se trata del típico caso de la mujer que decide casarse con su primer novio al culminar sus estudios, perdiendo la oportunidad de conocer a otros hombres con los cuales compartir su juventud y sexualidad. Sin embargo, a pesar de ello, mostraba una gran tolerancia al aceptar sin prejuicios los puntos de vista diferentes a los suyos.

En el caso de mujeres como Paty, desde mi punto de vista personal, es inevitable que en algún momento de su vida matrimonial lleguen a cuestionarse si tomaron la decisión correcta al casarse tan tempranamente. O si, por el contrario, se perdieron alguna etapa crucial en sus vidas al buscar cumplir una fantasía romántica.

En lo que a mí respecta, me ubicaba en un punto intermedio entre mis dos amigas. Solía frecuentar fiestas y bares, al igual que muchas otras mujeres durante mi soltería; sin embargo, definitivamente no consideraba tener relaciones íntimas con cualquier hombre. Para mí, era de suma importancia conocer a fondo a mi pareja antes de llegar a ese nivel de intimidad. Quizás un poco idealista en asuntos de amor y sexualidad, pero sin llegar a ser considerada una mojigata anticuada.

Por supuesto, toda esa idealización romántica casi siempre se desvanece una vez que se firma el acta matrimonial. Por ello, es completamente normal que ciertas personas o parejas modifiquen sus hábitos y costumbres luego de casarse. Parecía ser el caso de estas tres mujeres y sus respectivos esposos.

—No hace falta que lo menciones, eso ya lo sabemos —dijo Paty de forma sarcástica, refiriéndose al último comentario de Silvia donde insinuaba haber pagado por servicios sexuales en el pasado—. Como en la despedida de soltera de tu prima en el club de striptease.

—¡Cómo olvidarlo! —añadí con una sonrisa irónica en mi rostro—, donde estuvo con uno de los bailarines en un lugar privado. Lo malo fue que nosotros financiamos ese momento —continué con la broma recordando la ocasión en la que Silvia nos pidió dinero prestado para costear el sensual 'baile' del atlético danzarín con quien había tenido un encuentro íntimo.

—Y hasta el día de hoy aún no nos ha reembolsado el dinero —apuntó Paty, secundándome en la broma sobre la imprudencia de nuestra 'loca' amiga.

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—No recuerdo que fuera así —dijo Silvia, dando un sorbo a su bebida e intentando desviar la atención de nuestras bromas de manera inútil.

—Si termina yéndose con el mesero, esta vez que sea ella quien deje la propina —dije entre risas.

Como era de esperarse en este tipo de reuniones entre amigas de antaño, con unas cuantas copas de más, el tema principal siempre giraba en torno al sexo; con quién lo habíamos tenido y con quién nos hubiera gustado tenerlo, aprovechando la excusa de recordar los viejos tiempos durante nuestra última etapa universitaria. Era el momento ideal para liberar nuestros deseos más íntimos y posibles fantasías no cumplidas.

—¿Recuerdan al chico atractivo de la biblioteca? Quien solía seguir a Paty —preguntó Silvia intentando desviar la conversación de sí misma—. ¿Por qué no te relacionaste con él, amiga?

—¡Por supuesto que no! —respondió Paty con recato—, en ese momento ya estaba en una relación con Miguel.

—Desde que tengo memoria, ya estabas saliendo con Miguel en plan de novios —comenté de forma exagerada, riendo por la prolongada relación de pareja de Paty.

—Casi se casó el mismo día que la bautizaron —bromeó Silvia, añadiendo leña al fuego y riéndose de Paty; quizás buscando un poco de revancha por la broma anterior.

—No exageren; nos hicimos novios un año antes de graduarnos —trató de aclarar Paty, molesta por ser el blanco de las bromas en ese momento.

—¡Por supuesto que no! —exclamó Silvia elevando el tono para contradecir a Paty—, ¿recuerdan cuando fuimos de paseo a las cabañas del lago en el tercer año de la universidad? Tú no fuiste porque Miguel no te dio permiso de ir sola —acusó sin disminuir su tono

de voz.

—Estoy de acuerdo —afirmé coincidiendo con Silvia.

—Está bien —convino Paty, admitiendo la prolongada duración de su relación—, tuve mucha suerte con mi primer novio —añadió con satisfacción, mencionando las supuestas cualidades anatómicas de su esposo.

Es común que entre amigas cercanas se muestren mutuamente las bendiciones que han recibido en la vida, por más superficiales que puedan parecer. Una buena figura, un cabello sedoso, una casa hermosa o un gran empleo suelen ser temas recurrentes. En el caso de Paty, el destacado miembro de su esposo era mencionado con orgullo, del cual solo tenía referencias verbales, literalmente.

“No pude hacerlo completo”, esas palabras seguían resonando en mi mente al recordar la historia que Paty nos contó sobre su intento de practicar sexo oral a su entonces novio, Miguel; insinuando que las dimensiones de su pareja eran tan considerables que simplemente no cabían en su boca.

“Estás exagerando”, fue la respuesta que recibió de sus amigas, incluyéndome a mí. Le pedimos pruebas en forma de fotografía, pero ella se negó rotundamente, más por temor a que alguna intentara seducir a su novio que por modestia.

—No importa el tamaño —argumentó Silvia, molesta por la supuesta suerte de Paty—, a veces es bueno explorar cosas nuevas para evitar la rutina. ¿Acaso sus esposos nunca les han propuesto cumplir alguna fantasía en la habitación? —preguntó con picardía en voz baja.

La pregunta de Silvia llegó en el momento justo, ya que se acercaba el cumpleaños de mi esposo y, aunque inicialmente sugirió una cena y unas copas, él propuso algo distinto para salir de la rutina de nuestra relación de pareja.

—¿Quiere ir a un motel? —preguntó Sorprendida Silvia cuando le conté los deseos de mi esposo—. ¿Qué tipo de motel? —preguntó con más curiosidad que morbo.

—Alguno de los que están en la carretera antes de llegar a la autopista; los que suelen ser frecuentados por parejas no casadas, amantes —expliqué a mis amigas la peculiar solicitud de mi esposo para su cumpleaños.

Un cómplice intercambio de miradas y una sutil sonrisa se dibujaron en los rostros de Silvia y Paty antes de elevar sus copas y dejar volar su imaginación sobre los posibles desafíos de mi relación.

—¿Por qué se ríen? —Pregunté intrigada por sus pensamientos.

—Claro que sí, amiga —dijo Silvia, con una sonrisa burlona—, tu esposo busca salir de la rutina sexual. ¿Estás segura de que no te pidió algo más? —inquirió como si supiera la respuesta.

—Bueno, puede que haya algo más… —confesé tímidamente, sintiéndome acorralada por mis amigas.

Y así era, ¡algo bastante sorprendente! No habían pasado ni dos semanas desde que mi esposo me había solicitado tener relaciones íntimas por vía anal. Aunque no era la primera vez que me lo pedía, aquella vez lo hizo con una intensidad inusual; casi me lo rogó entre lágrimas.

Sin embargo, para mí era un tema tabú, algo que no consideraba placentero y que además implicaba riesgos. Según mi manera de pensar conservadora, eso simplemente no era apropiado.

—Así que de eso se trata —dijo Silvia, sonriendo burlona luego

de oír la sugerencia adicional de mi esposo—, quiere penetrarte por detrás. Por lo tanto, es conveniente que te prepares para no poder sentarte cómodamente en una semana, querida —añadió antes de soltar una carcajada que contagió a Paty.

Yo reí nerviosamente, tratando de aparentar que la broma no me afectaba. Sin embargo, por más que lo intentara, era evidente que la idea de ser penetrada analmente por mi esposo me incomodaba en gran medida. Mucho antes de que sucediera.

—Los hombres son tan previsibles —afirmó Silvia con una sonrisa, mientras daba un sorbo a su copa.

Según mi experimentada amiga, el plan de mi esposo consistía en llevarme a un lugar lejano a nuestra casa, fuera de mi zona de confort, un espacio neutral por así decirlo. Un lugar donde me sintiera capaz de expresarme libremente y sin inhibiciones. Donde él pudiera seducirme y embriagarme con facilidad. Y precisamente allí...

—¡Darte con fuerza por detrás! —exclamó Silvia bruscamente, soltando otra carcajada estruendosa y olvidando por un momento el lugar donde nos encontrábamos.

Resultaba imposible mantener una conversación seria con estas dos amigas. Sin embargo, en algo tenía razón, al no tratarse de nuestro hogar donde presumiblemente mi marido quería cumplir sus deseos lascivos, existía una mayor probabilidad de que yo lo interpretara como un juego de rol ocasional, un evento único en lugar de algo que se volvería recurrente en nuestra relación.

—Preocúpate cuando deje de pedírtelo, querida —indicó Silvia levantando una ceja como muestra de su gran sabiduría mundana—, ya que las amantes suelen concederle todo a los hombres con el fin de retenerlos —concluyó.

—Lamentablemente debo admitir que tiene razón —concilió Paty con lo expresado por Silvia—, es mejor complacer a tu esposo de vez en cuando para satisfacer su curiosidad y evitar que busque en otro lugar lo que necesita.

Las palabras de mis amigas resonaron en mi mente. ¿Acaso tendrían razón y estaría yo de alguna manera propiciando una infidelidad de mi esposo al negarle el sexo anal? Si mi esposo deseaba cumplir con tanto ímpetu su fantasía sexual, era seguro que no dejaría de pensar en ello hasta que la llevara a cabo, aunque fuera con otra mujer. Definitivamente, eso era algo que no podía permitir que ocurriera.

Sin embargo, lo bueno era que recientemente me había solicitado que lo complaciera de esa manera, lo que indicaba que nadie más le estaba brindando el mencionado 'favor', al menos no por ahora. Todavía tenía la oportunidad de satisfacerlo en ese aspecto y demostrarle, de paso, que aún guardaba algunas sorpresas para mostrarle en la intimidad.

—¿Causa mucho dolor la penetración anal? —pregunté con preocupación, considerando la posibilidad de finalmente acceder a los deseos sexuales de mi esposo.

—Querida, nosotras las mujeres siempre experimentamos dolor la primera vez durante el sexo —respondió Silvia con sarcasmo—. Pero te acostumbrarás, amiga.

Acto seguido, en un tono más discreto dado que recordó que nos encontrábamos en un lugar público, Silvia explicó la importancia de la lubricación y el ángulo adecuado para llevar a cabo esa tarea. Según ella, si no había una buena lubricación, el dolor se incrementaría considerablemente, pudiendo incluso ocasionar un desgarro en la abertura del esfínter.

Todo esto me generó una sensación de angustia, ya que no estaba familiarizada con este tipo de situaciones. Para mí, el acto sexual debía ser un momento de expresión de amor sincero entre dos personas que se aman profundamente, la representación romántica del sexo. La idea de provocar o permitir que me causaran algún tipo de dolor físico intencionadamente, me parecía un tema tabú más, relacionado con prácticas de sadomasoquismo. ¿Realmente sabía en qué me estaba metiendo? O, mejor dicho, ¿sabía lo que me iban a hacer y por dónde?

—Pero no te preocupes, amiga —prosiguió Silvia—, si lo hacen correctamente, empezarás a disfrutar desde el primer momento en que lo practiques.

Continuando...con su guía didáctica Silvia me enseñó que es importante que mi esposo y yo mantuviéramos la tranquilidad, procuráramos no apresurarnos, ni ponernos ansiosos. De acuerdo con la lógica, una adecuada limpieza previa ayuda a crear el ambiente adecuado y sentirse cómoda y segura.

—Recurre a un enema o agua tibia, para tu aseo personal previo a la intimidad; una loción con una agradable fragancia contribuirá a hidratar y suavizar la piel—aconsejó Silvia, motivándome a hacer anotaciones mentales.

Al igual que en otras circunstancias, el viaje resulta ser superior al destino, por lo que sugirió que mi esposo me brindara en un principio un masaje alrededor de mi entrada. Realizando movimientos circulares lentos con sus dedos alrededor de mi esfínter externo; para posteriormente introducir primero un dedo y luego dos, y así lograr progresivamente estimular la dilatación de mi esfínter.

Mis ojos se abrieron de par en par mientras observaba cómo Silvia usaba sus manos para ilustrar de la mejor manera su explicación. Uniendo el pulgar y el dedo índice de su mano izquierda para formar un círculo, el cual se expandía gradualmente, simulando ser acariciado por los dedos de su mano derecha. ¡En ese instante me sentí excitada!

—Se experimenta como un suave cosquilleo, que asciende por toda tu columna desde el coxis hasta la nuca —comentó Silvia, antes de verse invadida por un leve espasmo, entusiasmada por su propia explicación.

¡Dios mío!, me hallaba en la antesala de tener intimidad con un hombre con esa extraña sensación de percibir ‘mariposas en el estómago’; ante la expectativa de entregar tu virginidad a quien se piensa que amarás eternamente, ansiosa y nerviosa al mismo tiempo. No obstante, con un grado de curiosidad que despertaron en mi interior los deseos más íntimos que hasta entonces desconocía poseer.

—Bueno, eso sí me lo ha hecho anteriormente —respondí, haciendo alusión al masaje anal, riendo nerviosamente antes de dar un sorbo a mi cóctel buscando recobrar la compostura—, simplemente no le encontré el placer.

—Es porque tú sabías perfectamente que no iba a llevarse a cabo, pero ahora las circunstancias serán distintas —mencionó Silvia—; tú no tendrás el dominio de nada y no hay nada más excitante que perder el control en la cama, y no me refiero al control remoto —añadió en tono jocoso, desatando una vez más la risa de todas, indispensable para romper la tensión que se estaba gestando en nuestra mesa.

Yo reía nerviosamente mientras Silvia seguía detallando la postura que mi cuerpo debía adoptar durante la penetración. Según ella, lo más apropiado era arrodillarme sobre la cama y colocar una almohada entre mis piernas pegada a mi abdomen; inclinando mi torso hacia adelante, hasta apoyar mi rostro sobre las sábanas. Y de esta manera dejar mi trasero expuesto con el mejor ángulo de entrada posible.

—¡Estarás completamente vulnerable! —bromeó Silvia con sarcasmo—. Pero es la mejor postura para minimizar el dolor de ser penetrada por primera vez.

—Eso es cierto —asintió Paty, coincidiendo una vez más con la pormenorizada explicación de Silvia, pero con un leve tono irónico en su voz—, pero al final todo depende de cuán grande y grueso tenga el pene tu pareja. No es lo mismo pasar un hilo por el ojo de una aguja, que desear pasar una soga —sentenció riendo con actitud burlona.

Esa última contribución de Paty a la conversación fue recibida de manera negativa por Silvia, quien interpretó en el comentario cierta dosis de arrogancia por parte de nuestra amiga. Como si intentara restregarnos en la cara el 'enorme' miembro de su esposo; lo que, viéndolo desde ese punto de vista, no sonaba tan mal después de todo.

—¡Otra vez con eso! —exclamó Silvia torciendo la boca al golpear la mesa—. Creo que ya es hora de que nos proporciones alguna demostración —retó a Paty con un tono desafiante en su voz que solo podía significar una cosa.

—¿A qué tipo de demostraciones te refieres? —inquirió ingenuamente Patyfrunciendo el ceño.

—¡Fotos! —exigió Silvia molesta.

—¡Estás loca! —respondió Paty rechazando firmemente la solicitud de su inquisidora.

Yo aún me encontraba sorprendida por la explicación de Silvia sobre el tema en cuestión, lo cual me impedía evaluar lo inapropiado de sus demandas hacia Paty; y, habiendo consumido unas copas de más...

—Vamos, estamos entre amistades —insinué a Paty, con una actitud juguetona, para que solicitara a su esposo una foto de su miembro—, prometemos no hacer burlas al respecto.

—Yo no hago promesas —aclaró Silvia tacañamente.

—No estoy segura —dudó Paty con razón al no querer acceder a nuestra solicitud—, tendría que contactar a Miguel y pedirle una foto de su pene, le parecerá algo extraño.

—Quizás le parezca un tanto extraño, pero a los hombres les agrada presumir acerca de su miembro —argumenté tratando de convencer a Paty.

—¿Nunca llevas fotos de tu marido desnudo en tu teléfono? —preguntó Silvia incrédula—. Si te hace sentir más cómoda, les muestro primero una foto de Juan —añadió descaradamente.

Silvia sacó su teléfono y lo desbloqueó, buscando algunas imágenes personales para compartir con nosotras. Una vez localizadas, las mostró sin ningún recato, olvidando nuevamente que estábamos en un lugar público.

De acuerdo a Silvia, las imágenes eran de una sesión íntima ocurrida hace un par de semanas, cuando ella y Juan habían bebido de más en un bar cercano. Animados por el alcohol, decidieron retirarse al baño de caballeros, donde, con poca privacidad, ella le practicó sexo oral a su esposo. La foto mostraba el miembro de Juan desde arriba, con la perspectiva de Silvia.

A pesar de que la narración de Silvia resultaba emocionante, las imágenes distaban de serlo. Se podía notar que las condiciones poco habituales en que fueron tomadas habían afectado la nitidez y calidad de las mismas. La escasa iluminación y un ángulo desfavorable de la cámara impedían apreciar adecuadamente el miembro de Juan. Con cierta imaginación, se podía intuir que su tamaño era ligeramente superior al promedio, sin ser motivo de alarde alguno.

—"Creo que pediré otra copa" —dije con una sonrisa irónica, despreciando la imagen compartida por Silvia.

Mi comentario aparentemente inocente no fue casualidad, sino que tenía la intención de recordar un ingenioso juego de palabras que usábamos como código entre amigas; cada vez que un chico "poco atractivo" se acercaba a coquetear en un bar o club nocturno.

Esta frase se empleaba en dos contextos distintos. El primero indicaba que rechazaríamos de manera educada a nuestro pretendiente con la esperanza de encontrar "algo mejor" antes de que terminara la noche; el segundo, más atrevido, implicaba que debíamos estar muy ebrias para considerar la posibilidad de tener relaciones con nuestro "acompañante" de esa noche.

A pesar de sus intentos por contenerse, Paty no pudo evitar soltar una pequeña risa al recordar las múltiples ocasiones en que había presenciado a sus amigas utilizar ese mensaje codificado. Siendo ella muy recatada, no recordaba haberla escuchado usarla a menos que fuera en tono de broma hacia sus amistades.

—Aquí tengo otra foto —anunció Silvia al notar la decepción en nuestras caras al contemplar las imágenes de su reciente aventura—, aquí se ve un poco mejor.

La nueva imagen era un poco más antigua y parecía haber sido tomada en su casa, posiblemente en su habitación. En ella se podía ver unael pene de Juan estaba sobresaliente por lo que su tamaño se podía apreciar de manera más clara; sin embargo, distaba considerablemente de ser algo de lo que sentirse orgulloso, por lo que Paty y yo nos miramos con desilusión.

—Ya les mostré, ahora les toca a ustedes —retó Silvia dirigiéndose hacia mí, molesta por nuestra falta de interés y actitud jocosa.

¡Demonios! "Si hubiera sabido que Silvia me pediría lo mismo que a Paty, no me habría burlado de las características de Juan", pensé para mis adentros. Sin embargo, por casualidad tenía algunas fotografías en mi teléfono del miembro de mi esposo, las cuales él me había enviado en tono de broma durante un viaje de negocios que realizó hace unos meses. Según él, para que no me sintiera sola en su ausencia.

—Está bien —acepté bajo la presión de Silvia, tomando mi teléfono de la mesa para compartir esas imágenes íntimas.

Silvia arrebató el teléfono ansiosa por evaluar las virtudes de mi pareja. Es importante mencionar que, desde un punto de vista anatómico, mi esposo tampoco era para presumir mucho; si accedió a la solicitud de mi amiga fue única y exclusivamente en el espíritu de una convivencia 'sana'.

La imagen que mostré a mis amigas era un acercamiento en primer plano del miembro de mi esposo. Aparentemente, la había tomado desnudo de frente a un espejo, de modo que al estar completamente erecto y en posición vertical, se mostraba ligeramente más largo que el de Juan.

—Creo que he visto mejores —comentó Silvia con cierto desdén, en tono de humor, tras analizar la imagen en mi teléfono antes de pasárselo a Paty.

—¡No digas tonterías! ¡Prácticamente podrían ser gemelos! —rebatí molesta, intentando argumentar que los miembros de nuestros esposos eran bastante similares.

—¡Para nada, el de Juan es más grande! —afirmó Silvia con vehemencia, captando la atención de algunos comensales a nuestro alrededor.

—No discutan chicas, somos amigas —intervino Paty intentando calmar la discusión insensata.

—Mejor tú cállate, que aún no nos has mostrado ninguna foto de tu esposo —recriminó Silvia molesta.

—Tienes razón, aún no nos has enseñado ninguna foto —concordé uniéndome a la presión contra nuestra pudorosa amiga.

Después de que Silvia y yo instigamos a Paty, ella se vio obligada a retirarse por unos minutos para llamar a su esposo y obtener como prueba una fotografía del magnífico miembro de su pareja. Una evidencia irrefutable que nos dejó a ambas boquiabiertas... ¡Y babeando!

Desconozco cómo Paty le solicitó la fotografía a su esposo, pero debió hacerlo de manera muy persuasiva, ya que él se esmeró en la calidad de la imagen. ¡Realmente su miembro lucía impresionante!

La imagen mostraba su enorme miembro de perfil, de modo que, largo y ancho, se mostraba en ángulo recto con sus piernas. Con su glande en forma de hongo en tonos rojos y morados, que simulaba ser la punta de un ariete pesado, duro y firme, listo para derribar cualquier obstáculo que se interpusiera en el camino de su afortunado dueño.

Dado que Miguel estaba depilado en la zona genital, se podía apreciar claramente bajo el tallo de su miembro cómo sus dos testículos colgaban majestuosamente, uno al lado del otro, como dos grandes naranjas. ¡Ahora entendía por qué Paty decía que había tenido mucha suerte con su primer novio!

—¡Amiga, guardabas eso con mucho cuidado! —exclamó Silvia, abriendo los ojos de par en par, mientras se mordía los labios intentando contener sus deseos lascivos.

—¡Cuidado! —advirtió Paty—. Recuerda que puedes mirar, pero no tocar —añadió con una actitud amenazante, poco común en ella, dejando en claro quién era la dueña de semejante atributo.

Yo estaba sorprendida, completamente paralizada, tanto que ni siquiera

Podía parpadear, impresionada por el gran tamaño del miembro del esposo de Paty. Por un lado, experimentaba envidia por la posibilidad de disfrutar de buen sexo con ese gran pedazo de carne tantas veces como quisiera; pero, por otro lado, me sentía aliviada de no tener que ser penetrada por el ano con ese mismo miembro.

—¿Cómo lograste introducirte eso por detrás sin sentir dolor? —pregunté sorprendida tras analizar detenidamente la imagen que Paty nos mostraba; ansiaba recibir un valioso consejo, asumiendo que la calidad del consejo estaría relacionada con el tamaño del asunto por el que preguntaba.

Paty apartó la mirada al escuchar mi pregunta y, un tanto apenada, mordió ligeramente sus labios, intentando esconderse detrás de su cóctel para esquivar la respuesta, sin éxito, pues era evidente que algo la empujaba a contestar.

—La realidad es que... nunca lo he hecho —confesó en voz baja antes de dar otro sorbo a su copa.

—¡¿Qué?! —exclamó Silvia sorprendida—, tienes 'eso' en tu casa todas las noches y no le has sacado provecho, me has desilusionado amiga —sentenció Silvia riendo burlonamente, fingiendo decepción por lo que Paty había revelado.

Con seriedad, Paty nos contó lo angustiosa que fue la ocasión en que ella y su esposo intentaron tener sexo anal por primera y única vez. Según ella, su predisposición genética a las hemorroides hizo que, al penetrar su esfínter en esa ocasión, sufriera pequeñas hemorragias, convirtiendo la experiencia en un verdadero calvario que incluso terminó en el hospital.

—Mi médico prácticamente nos prohibió volver a intentarlo en pareja —confesó Paty con los ojos llorosos al narrar su dolorosa vivencia.

Aunque sus palabras no fueron exactamente esas, el diagnóstico del médico fue bastante claro: si Paty y Miguel deseaban practicar sexo anal, sería más conveniente que cada uno lo hiciera por su cuenta en vez de en pareja.

Entre líneas, el doctor le recomendó a Paty buscar un hombre con un miembro de tamaño inferior al promedio para minimizar el riesgo de lesiones internas en el colon. Por otro lado, sugirió a su esposo buscar una mujer con un esfínter lo suficientemente flexible para adaptarse a su gran miembro, de preferencia más joven. ¡Definitivamente un consejo médico peculiar!

—Por favor amiga, hazlo no solo por ti, ¡hazlo por todas las que desean hacerlo y no pueden! —instó Paty con una expresión ridículamente seria, otorgando una importancia sin precedentes a un tema que hasta el momento consideraba trivial.

—Si tienes éxito, quizás enviamos a Miguel contigo para que lo haga —interrumpió Silvia con un comentario de mal gusto sobre la desventura de nuestra amiga.

Afortunadamente, Paty estaba tan inmersa en su propio dilema que ignoró la desafortunada broma de Silvia. Era eso, o tal vez consideró más un presagio de lo que estaría dispuesta a hacer para satisfacer a su esposo, en lugar de una broma.

¡Dios mío, no podía creer la presión que recaía sobre mí! La idea de ser penetrada analmente ya no solo involucraba mis miedos y complejos, ahora tenía un significado adicional; uno más profundo (en todos los sentidos). Se trataba de demostrar empatía y solidaridad con mi mismo género. ¡De convertirme en un ejemplo a seguir, en una auténtica heroína!

Vale, tal vez estaba exagerando un poco, pero una cosa era segura: mi esposo se alegraría mucho con mi nueva perspectiva sobre el tema. Sin embargo, pensé que sería mejor no revelárselo hasta el día de su cumpleaños, así la sorpresa sería aún mayor para él.

Los días pasaron y llegó el aniversario de mi esposo; como habíamos planeado, salimos primero a cenar y tomar algunas copas, para luego dirigirnos al motel.

Como él desconocía mi cambio de perspectiva sobre el sexo anal, se aseguró de que bebiera suficiente alcohol, previendo posibles objeciones de mi parte. De forma traviesa, decidí seguirle el juego bebiendo sin moderación.

En cuanto entramos en la pequeña y poco iluminada habitación del motel, él empezó a besarme con pasión en los labios, deseando mostrarme su afecto a través de besos. Y mientras desabrochaba los botones de mi vestido con impaciencia, ansioso por desvestirme como si fuese la primera vez que hacíamos el amor.

—¡Quiero hacerte el amor de un modo diferente! —expresó mi esposo entre dientes, metiéndose completamente en su personaje de un hombre dominante con una mujer en un motel de mala reputación.

—Haz lo que desees conmigo —cedí sumisamente a sus deseos, mientras sus labios exploraban mi cuerpo desde mi cuello hasta mis senos, que ya estaban al descubierto.

Mi esposo sonrió satisfecho por mis palabras y procedió a desnudarme por completo, dejando caer mi vestido hasta el suelo; para luego empujarme con fuerza sobre la cama mientras él se despojaba de sus ropas. Una vez desnudo, se abalanzó sobre mí colocando su miembro erecto justo en la entrada de mi zona íntima.

—Desearía tener intimidad contigo de otro modo —sugirió mi esposo en un susurro, como esperando que rechazara su propuesta. ¡Pobre iluso!

—¡Por supuesto, vamos a intentarlo! —respondí tomando por sorpresa a mi pareja.

La respiración de mi esposo se detuvo al igual que su corazón, ¡casi juraría que la saliva que caía de su boca se congeló en el tiempo y el espacio al escuchar mi aceptación! Pobrecillo, tantas veces me había negado a sus deseos que, aun habiéndome embriagado esa noche, jamás hubiera imaginado que cedería a la primera solicitud.

—¡Vamos a intentarlo de esta manera! —repetí, eliminando toda duda que pudiera haber en la mente de mi esposo.

—¿Estás segura? —preguntó él con incredulidad una vez recuperado el aliento.

—Sí, hagámoslo como siempre has deseado, sin pensarlo más —dije adoptando un tono teatral en mi papel de compañera complaciente.

Los ojos de mi esposo brillaron como estrellas en la noche, y una sonrisa se dibujó en su rostro, emocionado por lo que estaba por ocurrir; por esos deleites prohibidos que tanto había anhelado disfrutar conmigo.

Cambiando completamente su expresión, mi esposo se puso de pie al borde de la cama y, sosteniendo su miembro erecto, lo dirigió hacia mí con orgullo y determinación. Como si yo fuera su presa y quisiera atraerme hacia una trampa con un cebo irresistible.

—¡Ven acá, no te escapes! —ordenó mi esposo, recuperando su papel de hombre dominante.

Sumisamente, cambié de posición y gateé hacia él, poniéndome a cuatro patas y acercándome de manera tentadora. Sabía que podía tomarlo en mis labios de inmediato, pero preferí dejar que él dirigiera la situación, disfrutando el momento y la tensión del juego.

—¡Eres muy traviesa! —exclamó mi esposo deslizando su miembro por mi rostro de un lado a otro—¿Sabes qué les sucede a las chicas malas? —preguntó en tono retórico.

Permanecí en silencio, consciente de que no necesitaba responder, él haría conmigo lo que le viniera en gana; así debía ser siempre con un hombre de verdad, aquel que sabe lo que quiere y cómo obtenerlo. Por esa noche, le estaba brindando a mi esposo la oportunidad de asumir ese rol. ¡Qué afortunado era de tener una mujer tan tolerante como yo!

—¡Reciben su merecido! —concluyó mi esposo con una risa burlona, mientras prosiguía con su acción.

que impactaba mi rostro con su pene.

Al poner su pene frente a mí, comencé a acariciar su glande con la punta de mi lengua de manera lenta y sugerente, ansiosa por introducirlo en mi boca y usar mi saliva para lubricarlo mientras mi esposo cerraba los ojos entregándose a mis caricias.

A pesar de tener un aceite lubricante aromatico en mi bolso, como me había aconsejado Silvia, en ese momento no me atreví a romper la atmósfera que había creado, así que decidí prepararme para lo que vendría.

—Así es, chúpamelo así —susurró mi esposo entre sonidos guturales, inclinando su cabeza hacia atrás.

A pesar de que el miembro de mi esposo no era algo que pudiera presumir, sus rugidos y jadeos me contagiaron su pasión, al punto de anticipar su reacción antes de tocarlo.

En un momento dado, mi esposo se relajó y se inclinó sobre la cama sin apartar la mirada del techo. Vi mi oportunidad para tomar su miembro de una vez, el cual pasó sin problemas por mi paladar hasta llegar a mi garganta.

Sin dudarlo, produje saliva para lubricar completamente su miembro, que pronto sería usado para penetrarme. Pronto una mezcla de saliva y semen comenzó a escurrir por mis labios.

—Tienes hambre —dijo mi esposo, sonriendo sarcásticamente al ver cómo devoraba su miembro—, mira como lo has dejado —añadió sacando su pene de mi boca, cubierto de una sustancia pegajosa.

Sonreí al oler el miembro de mi esposo nuevamente, satisfecha por haberlo lubricado completamente sin que lo notara. Este juego estaba empezando a gustarme demasiado.

—Es tu turno —dijo mi esposo, dando un paso atrás y pidiéndome que me pusiera de pie sujetándome por la barbilla.

Frente a él, mi esposo giró mi cuerpo bruscamente y me empujó hacia la cama, esta vez me dejé caer boca abajo con mi trasero al aire.

—Parece que ya has hecho esto antes —bromeó mi esposo, ignorando las instrucciones recibidas la semana anterior.

Se inclinó para oler el aroma de mi trasero, el cual había limpiado cuidadosamente siguiendo los consejos de mis amigas.

—Hueles bien —dijo mi esposo, disfrutando del olor a rosas.

Colocó su mano en mi cadera y, sin previo aviso, me dio una fuerte nalgada en el glúteo.

—¿Alguna vez te han penetrado por atrás? —preguntó, utilizando un lenguaje vulgar.

—No —respondí tímidamente.

—¡Di más fuerte! ¡Quiero oírte! —exigió, repitiendo el lenguaje soez.

—¡No, nunca! —respondí elevando un poco la voz.

El momento había llegado. En pocos segundos, mi esposo me penetraría por detrás por primera vez en mi vida. Estaba nerviosa y solo podía pensar en la almohada que faltaba, la que Silvia me había recomendado para mantener una correcta posición.durante la pervertida rutina.

"Por ti, Paty", reflexioné en mi mente; dedicando mi valiente gesto a mi querida y sufrida compañera; como si fuese un torero que entrega su futuro éxito sobre un toro salvaje a uno de sus devotos seguidores.

De repente, conforme había anticipado mi amiga Silvia, un escalofrío recorrió mi cuerpo de arriba abajo. ¡Era el frío y húmedo glande del pene de mi esposo moviéndose alrededor de mi esfínter! ¡Había llegado a un punto sin retorno!

—¡Ay! —exclamé espontáneamente, más por nervios que por molestia real.

—¡Silencio, vulgar mujer! —demandó mi esposo propinando otra nalgada en mi glúteo derecho, asumiendo su papel de macho dominante.

Cerré los ojos instintivamente, conteniendo cualquier sonido que pudiera arruinar la intensidad de ese momento entre nosotros.

—Así, muy bien, sumisa... —elogió mi esposo, satisfecho por mi sumisión.

Poco a poco, los movimientos circulares alrededor de mi ano se concentraron en el centro; como si intentara penetrarme girando su miembro como un tornillo. Mi nerviosismo impedía relajarme lo suficiente para dilatar mi esfínter; el dolor indicaba que su pene se doblaba dolorosamente entre mis glúteos; mis gemidos lo confirmaban.

Preocupada por la dificultad en dilatar mi orificio, temía arruinar nuestra relación. Pensé: "¿Cómo logró Paty que Miguel le penetrara así la única vez que tuvo sexo anal?"

No encontraba explicación. Si Paty pudo con Miguel, yo debía poder con mi esposo. Pero la respuesta llegó de forma inesperada. Excitada por el recuerdo del miembro de Miguel, recordé la imagen detallada de su gran pene venoso. Ansiaba tenerlo frente a mí en ese instante y saborear sus testículos. ¡Deseable!

Absorta en esa fantasía indecente, metí una mano en mi vagina, que se humedeció al instante; justo antes de sentir el miembro de mi esposo avanzando lentamente por mi ano.

—Así, cooperando y dilatada— susurró mi esposo, ajeno a que debía agradecer a su amigo.

Con su miembro casi completamente dentro de mí, fantaseaba traviesamente con el esposo de mi amiga y su gran tamaño. Aunque inevitable comparar, si el pene de mi esposo me provocaba esa sensación, ¿qué sentiría con un miembro tan grande como el de su amigo?

preguntarme cómo sería si en lugar de mi esposo, fuera Miguel quien me estuviera penetrando por detrás?

—¡Demonios! —exclamé, sintiendo un espasmo recorrerme al sentir el primer empujón de mi esposo una vez que logró introducir todo su miembro.

—¡Silencio zorra! —ordenó mi esposo con firmeza, creyendo que mis reacciones se debían exclusivamente a sus acciones. No era necesario corregirlo.

A un ritmo pausado, mi esposo empezó a moverse, golpeando mis glúteos con decisión. Mientras tanto, con mis dedos dentro de mí, podía sentir cómo avanzaba y retrocedía el pene de mi esposo detrás de mi útero; tratando de imaginar cómo sería con alguien más grande como Miguel.

Extasiada, ignoraba la fricción de las sábanas contra mi rostro; mientras las humedecía con mi saliva, creando una mezcla pegajosa que se impregnaba en mi mejilla. ¿Cuántas personas se podrían identificar analizando el ADN de esa mezcla?

—¡Oh, cielos! —exclamó mi esposo al sentir la presión en su miembro por mi colon.

Aunque anatómicamente mi marido no era nada del otro mundo, desde esa perspectiva parecía gigantesco, la sensación era indescriptible, placentera y morbosa. "¿Por qué no lo intentamos antes?", me pregunté sin respuesta.

Poseída por el placer, empecé a acariciar mi clítoris lentamente en la entrada de mi vagina; aumentando mi excitación, sintiendo espasmos por todo el abdomen, una descarga de endorfinas que nunca antes había sentido.

—¡Qué culazo tienes, zorra!

Mientras yo estaba excitada, mi esposo gemía y maldecía como nunca antes lo había hecho. Estaba como un niño en una tienda de dulces.

—¡Ya no aguanto! —dijo mi esposo, indicando que estaba por llegar al clímax.

Aumenté la velocidad con la que masajeaba mi vagina, ansiosa por alcanzar el orgasmo y sentir el momento en que mi esposo eyaculara.

—¡Ahora! —gritó él, mientras se dejaba caer a mi lado tras el orgasmo.

Con mi propio clímax, sentí como el miembro de mi esposo liberaba su semen en mí. ¡Tres embestidas antes de llegar al éxtasis!

—¡Vaya! —exclamó mi esposo al retirarse de mi colon y dejarse caer a un lado.

Nos acomodamos en la cama, respirando extasiados. Había sido un orgasmo tan fácil que ni siquiera habíamos quitado la cobija. Salir de la rutina para experimentar algo nuevo había sido justo lo que necesitábamos para llegar al clímax.

Ambos nos deslizamos bajo las sábanas, cansados pero satisfechos. Era evidente que habíamos encontrado una nueva forma de placer juntos.

en un cálido abrazo, mientras nos recuperábamos tras tan placentera experiencia; ambos éramos conscientes de que la noche apenas empezaba. ¡Dichosos ambos por ello!

—¡Imagina la cara de los muchachos cuando se enteren! —exclamó mi esposo sin tapujos, riendo con orgullo y sorprendiéndome gratamente.

No podía dar crédito. Había acabado de dejarle explorar una nueva faceta en nuestra intimidad, y lo primero que se le ocurría era alardear al respecto con sus amigos. Su actitud me desagradó por completo, parecía un niño emocionado mostrando un regalo a sus amigos después de haberlo recibido de sus padres; ya sea para presumir o compartirlo, no lo supe con certeza en ese momento. Qué inmaduros podían ser los hombres.

—¡Por supuesto que no dirás nada! —respondí molesta reprochando su inapropiado comportamiento, olvidando que era su cumpleaños—. ¡Lo que sucedió aquí, aquí se queda! —sentencié con firmeza.

—Amor, es que los chicos se burlan de mí porque descubrieron que aún no te había complacido de cierta manera… —suplicó mi esposo con ojos suplicantes en un intento de conmoverme.

—Si se burlan de ti, no merecen llamarse amigos tuyos —recriminé, censurando la actitud hostil de los esposos de mis amistades hacia él.

El instinto maternal afloró en mí, respondiendo al comentario de mi esposo de forma automática. En ese momento, como mujer y futura madre, me preocupaba más su bienestar emocional que su falta de discreción.

Unos instantes después, reflexionando sobre las palabras de mi esposo, una duda me asaltó: ¿cómo habían averiguado sus amigos acerca de nuestros asuntos íntimos? Aunque intuía la respuesta, decidí indagar un poco más.

—¿Y cómo se enteraron de eso que mencionaste acerca de nosotros? —inquirí molesta.

Si mi esposo fuese más perspicaz, habría guardado silencio en ese momento y se habría disculpado aprovechando la ocasión de su cumpleaños. Pero, como es sabido, los hombres no suelen razonar correctamente después del acto íntimo, antes de él, y mucho menos durante; así que una vez más, habló de más en un intento fallido por manejar la situación.

Con gesto nervioso, tomándose su tiempo para tranquilizarse, empezó a relatar cómo él y sus amigos, los esposos de mis amistades, en una ocasión tras unas copas de más, habían debatido sobre las cualidades físicas de sus parejas; decidiendo quién tenía la esposa más delgada, el rostro más hermoso, el mejor busto, entre otros. En general, en todas las categorías hubo opiniones divididas, excepto en la importante categoría del trasero más atractivo, donde fui elegida como la poseedora del mejor y más "apetitoso" trasero.

Los amigos envidiaban a mi esposo por tener el privilegio de disfrutar de mi atributo tan valorado todas las noches; sin embargo, él cometió el error de confesar que yo nunca le había dado acceso a cierta parte. A partir de ese momento, cada vez que tenían oportunidad, los esposos de mis amigas se burlaban de él con bromas de mal gusto: "si él no podía, ellos lo harían por él", "si no tenía acceso por detrás era un desperdicio", o insinuaciones sobre terceras personas.

Tras escuchar la explicación de mi esposo, mi primera reacción fue de indignación. "¿Quiénes se dedican a evaluar a sus parejas de esa manera?", pensé furiosa. Sin embargo, tras reflexionar unos instantes, recordé que…

En el pasado, mis amistades y yo habíamos cometido el mismo reprochable acto, ¡incluso con fotografías!

Recordaba las bromas que había hecho de manera burlona sobre los esposos de mis amigas en nuestra última reunión. ¿Cómo podía sentirme ofendida ahora por algo que yo también había hecho? ¡Qué hipócrita fui! Me sentía muy avergonzada de mí misma; afortunadamente, mi esposo aún no sabía de este hecho.

—Está bien cariño, si quieres puedes contárselo a tus amigos —concedí tratando de aliviar mi conciencia.

—¿De verdad amor? —preguntó sorprendido mi esposo, saliendo de debajo de las sábanas para ir por su teléfono y confirmar mi permiso antes de que pudiera cambiar de opinión.

Sin esperar mi respuesta, se levantó de la cama, desnudo, con su miembro flácido goteando una sustancia blanca y pegajosa, y comenzó a escribir un breve mensaje en su teléfono; aproveché para coger mi propio teléfono, revisarlo rápidamente y luego dejarlo en la mesita de noche a mi lado.

—¿Qué estás escribiendo amor? —pregunté con curiosidad morbosa; sabía que el mensaje era sobre mí.

“Misión cumplida”, fue el escueto mensaje de texto que mi esposo envió a sus amigos, colocando de inmediato su teléfono en la mesita a su lado, sin esperar confirmación de entrega. Era evidente que había compartido el plan del motel con sus amigos mucho antes que conmigo.

Aunque como mujer tenía razones para sentirme ofendida por la forma en que mi esposo y sus amigos habían juzgado a sus parejas como si fueran ganado, por otro lado, el sentirme halagada y deseada por haber sido favorecida en su "competencia" elevaba mi autoestima y vanidad considerablemente.

Y no era para menos, ahora sabía que para los amigos de mi esposo, incluido Miguel, yo resultaba lo suficientemente atractiva como para considerar tener una aventura conmigo. Y dado que el miembro de gran tamaño del esposo de Paty también me había impresionado, esa información era valiosa para mí.

Si recordaba mis lecciones de matemáticas: si un pene de tamaño promedio me había proporcionado placer esa noche; siguiendo una simple regla de tres, un pene más grande me daría un placer sin igual. ¿Y dónde encontrar uno así? ¡Exacto, en uno de los destinatarios del mensaje que acababa de enviar!

En cuanto mi esposo regresó a la cama, me abracé a él con pasión y comencé a besarlo con deseo; ignorando la sensación húmeda y pegajosa en mis piernas cuando su agotado miembro rozaba mi abdomen.

En otras circunstancias, le habría pedido a mi marido que se limpiara antes de volver a la cama. Pero como estábamos en un lugar ajeno a nuestro hogar, la higiene pasó a un segundo plano. ¡Qué buena idea fue llevarme a ese motel de carretera sucio!

Conociendo a mi pareja, sabía que tendría que esperar al menos quince minutos para que recuperara la erección. Empecé a acariciar su miembro pegajoso para acelerar el proceso y reducir el tiempo de espera en la cama. Justo cuando empecé a estimular su pene pegajoso con la mano, un sonido sintético interrumpió el silencio a nuestro alrededor.

—Es mi teléfono —dijo mi esposo, deteniendobruscamente sus caricias y amenazando con soltar a su esposa, para ir a atender el molesto dispositivo de comunicación.

Una vez más, mi reacción era muy distinta a la habitual cuando se trata de mi esposo. En nuestra casa, normalmente, si él hacía una pausa mientras estábamos siendo íntimos al escuchar su teléfono sonar, provocaba que yo lanzara una serie de reproches hacia él, molesta por su falta de concentración en ese momento especial.

Pero esta vez era diferente, mi esposo estaba tan ansioso como yo por saber lo que sus amigos habían respondido al enterarse de que finalmente lo habíamos intentado por atrás. Y, por supuesto, como era su cumpleaños, tenía la excusa perfecta para revisar su teléfono.

—¿Por qué no contestas amor? —pregunté con una sonrisa pícara—. Tal vez sea una felicitación por tu cumpleaños —añadí astutamente, tratando de ocultar que yo también estaba ansiosa por saber la reacción de sus amigos.

—Estoy seguro de que es una felicitación, pero no por mi cumpleaños —respondió él, sonriendo irónicamente sin caer en mi juego.

¡Qué vergüenza! Mi esposo había descubierto mis verdaderas intenciones, quería saber qué pensaban sus amigos de nuestra experiencia íntima. Me sentía avergonzada y vulnerable, no podía hacer nada, salvo...

—¡Mal educado! —exclamé riendo antes de golpearlo con mi almohada, comportándome como una adolescente traviesa que se siente atrapada en su propia travesura.

Lo siguiente que recuerdo es que se desató una torpe lucha para ver quién lograba alcanzar el teléfono de mi esposo. Me lancé sobre él, aprovechando que le había tapado la cara con la almohada, mientras él sujetaba mis brazos para evitar que pudiera tomar el teléfono; que seguía vibrando en la mesa de noche, incitándonos a seguir forcejeando. Después de varios forcejeos, mi esposo logró tomar su teléfono mientras yo me aferraba a su espalda, intentando leer las respuestas de sus amigos.

Frases como “Eres mi héroe” o “Ahora eres un verdadero macho” fueron las respuestas que recibió la mayoría de los integrantes de su grupo social, alabando su hombría y liderazgo. Estos mensajes fueron recibidos por mi esposo con orgullo y satisfacción, sintiendo la verdadera admiración y envidia del grupo. ¡Ni siquiera puedo imaginar cuánta vanidad pudo sentir mi esposo en ese momento!

Pero no todos los mensajes eran de elogio. Algunos amigos, algo más osados, no solo lo alababan, sino que también pedían a mi esposo que compartiera su “logro” con ellos. “Yo también quiero” y “Ahora me toca a mí” eran las insinuaciones sutiles de algunos amigos que deseaban tener un encuentro similar conmigo. Paradójicamente, ninguno de los dos era de mi agrado, al contrario, me causaban repulsión por su actitud machista.

“Par de viejos pervertidos”, pensé al leer esos mensajes. Pero me contuve, quería conocer la opinión de Miguel, el esposo de Paty, quien hasta entonces no había participado en la conversación. Por lo tanto, decidí no solo tolerar esas insinuaciones, sino también seguirlas.

—Diles que lo pensaré, amor —insinué de forma traviesa a mi esposo que respondiera a sus amigos, dejando entrever que podría aceptar la proposición de alguno de ellos.

Mi siguiente movimiento ya estaba planeado; si yo era

capaz de mantener el interés de los amigos de mi esposo en mi vida íntima, es muy posible que Miguel también daría a conocer sus opiniones tarde o temprano; sobre todo, tomando en cuenta que yo tenía la ventaja de saber de primera mano el deseo que él tenía de practicar relaciones sexuales anales, información que planeaba usar a mi favor de manera astuta.

Por otro lado, era consciente de que se aproximaba un aluvión de mensajes vulgares y obscenos por parte de todos los integrantes del grupo, pero la oportunidad de conocer la opinión de Miguel acerca de la posibilidad de tener intimidad conmigo hacía que todo esto valiera la pena. Era un riesgo calculado meticulosamente por mi parte. Por supuesto, primero debía persuadir a mi esposo para que participara en mi plan.

—¿Estás hablando en serio? —preguntó mi esposo incrédulo, abriendo sus dos grandes ojos negros al máximo.

—Por supuesto que no, cariño —respondí insinuando que se trataba simplemente de una broma que quería hacerles a sus amigos—, solo quiero ver cómo reaccionan.

—Seguramente enloquecerán, sobre todo si piensan que tienes un trasero delicioso —dijo mi esposo entre risas, aceptando participar en la "falsa" broma que le acababa de proponer.

Con su última afirmación, mi esposo confirmó lo que yo ya sospechaba: para todos los hombres en el grupo de amigos de mi esposo, yo era considerada como la poseedora del mejor y más tentador trasero. Solo faltaba conocer la opinión de Miguel directamente de él, sin intermediarios.

“Mi esposa está considerando la propuesta”, escribió mi esposo en su teléfono, compartiendo el mensaje con todos los miembros del grupo de amigos. Inocentemente, mi esposo fue el primero en caer en mi artimaña.

—¡Van a volverse locos! —exclamó riendo, dejando su teléfono de nuevo en la mesita de noche; anticipando la avalancha de respuestas que estaban por llegar.

Mi esposo y yo nos abrazamos riendo cómplices tratando de escondernos bajo las sábanas; como dos traviesos que, en total complicidad, evaden a sus padres después de haber llevado a cabo una travesura. No pasó mucho tiempo antes de que un sonido electrónico familiar comenzara a sonar repetidamente, indicando que había llegado un nuevo mensaje al teléfono de mi esposo.

—Déjalo sonar —le dije entre risas a mi esposo con falsa modestia, ya que la curiosidad por saber si Miguel había respondido a mi insinuación me consumía. Específicamente por mi parte posterior.

—Quieren saber en qué habitación estamos —razonó mi esposo antes de soltar una carcajada, reconociendo lo que yo sospechaba, que sus amigos conocían el plan del motel antes que yo.

—Pues que toquen en todas las puertas hasta que nos encuentren —respondí riendo, embriagada por el morboso juego que había iniciado.

Toda esa excitación nos llevó a otros placeres; entre mis piernas algo comenzó a crecer desenfrenadamente. Se trataba del miembro de mi esposo, ese pene de tamaño medio, que había decidido recuperar su vitalidad en el momento más oportuno.

De forma torpe, mi esposo intentó colocarse sobre mí para penetrarme, besando apasionadamente mi cuello con un deseo que no recordaba en él. Mientras tanto, yo mordía mis labios tratando de adivinar las reacciones no solo de Miguel, sino de todos los miembros del grupo, cada vez que el teléfono vibraba justo a mi lado.

¡Demonios! Anhelaba tomar ese intranquilo teléfono y introducirlo profundamente en mi vagina, para sentirme poseída por todos esos lascivos individuos. Sin embargo, en ese instante tenía a mi esposo dentro de mí, aumentando la intensidad de sus embestidas cada vez que llegaba un nuevo mensaje a su dispositivo.

Un dilema me atormentaba. Por un lado, deseaba seguir disfrutando con mi esposo, con su pene de tamaño promedio pero totalmente real en mi interior. Por otro lado, ansiaba que él terminara para revisar su teléfono y comprobar si Miguel,

y su gran órgano, tenía tantas ansias de copular conmigo como yo con él; eso hasta ahora solo era una fantasía.

Sin poder contenerme, una serie de convulsiones invadieron mi cuerpo obligándome a arquear la espalda incluso con el peso de mi esposo sobre mí. Él interpretó eso como una señal de que estaba a punto de llegar a mi clímax, por lo que aumentó el ritmo de sus embestidas empapándose de sudor en el proceso. Pocos segundos después, el morbo de la situación traicionó a mi esposo y alcanzó el orgasmo sin que yo también lo hiciera.

—¡Maldición! —exclamó mi esposo soltando un potente chorro de semen en mi interior.

Completamente agotado se dejó caer sobre mí, todavía con su miembro en mi interior; quitando de un tirón la sábana húmeda que cubría nuestros enredados y sudorosos cuerpos desnudos; mientras trataba con ahínco de besarme aferrándose a mi cuello.

—¡Eso estuvo increíble! —exclamó mi esposo orgulloso entre jadeos, completamente extasiado.

—Me penetraste como nunca amor —mentí, tratando de no desmoronar la ilusión de mi esposo de haberme provocado otro orgasmo.

Sin haber logrado saciar mi deseo carnal, decidí enfocarme en cómo leer los mensajes en el teléfono. Empecé a morder los labios de mi esposo mientras acariciaba su espalda, intentando deslizar lentamente su cuerpo hacia mi derecha para apartarlo de su teléfono, el cual seguía vibrando sin parar.

—¿Quieres ver las respuestas? —preguntó mi esposo apoyándose en su brazo izquierdo; sonriendo burlón al descubrir una vez más mis intenciones.

No sé exactamente qué ocurrió, pero ya no sentía vergüenza por haber quedado expuesta ante mi esposo; ya no había dudas ni temores de que él se diera cuenta del grado de excitación que me provocaba la sola idea de conocer las opiniones de sus amigos sobre mi cuerpo.

Quiero creer que el morbo que ambos estábamos experimentando en ese momento era tan intenso, que simplemente dejamos de lado cualquier otra emoción humana. ¡Sumamente erótico!

—¡Sí! —respondí cerrando los ojos y frotando mi nariz contra la suya, sonriendo complacida de que mi esposo entendiera y aceptara mis deseos morbosos.

—El teléfono está a tu alcance amor, agárralo.

¡No hizo falta que me lo dijera dos veces! Estiré inmediatamente mi brazo izquierdo y tomé el teléfono de mi esposo prácticamente a ciegas; acercándolo rápidamente hacia mí y colocándolo entre mis pechos, sorprendentemente sin valor para averiguar si Miguel había respondido.

Por unos instantes fue maravilloso sentir ese pequeño y frío artefacto electrónico vibrar sin parar en mi pecho. ¡Erotismo puro! Hubiera deseado cumplir mi fantasía de introducirlo en mi vagina y no sacarlo hasta que se agotara la batería; pero pensándolo bien, tal vez hubiera arruinado la garantía.

Era un tanto absurdo. Instantes antes estaba ansiosa por leer las opiniones de los amigos de mi esposo, y segundos después carecía del ímpetu para hacerlo. Una extraña sensación de morbo y adrenalina se había apoderado de todos mis sentidos.

—Yo lo haré amor —dijo gentilmente mi esposo, intuyendo mi dilema.

Para mi suerte, mi esposo tomó su teléfono de en medio de mis senos, rozando accidentalmente con su antebrazo uno de mis pezones endurecidos en ese momento; causándome un espasmo involuntario que se apoderó maliciosamente de mí.

“¡Dios mío!”, pensé mientras leía los mensajes que mi esposo iba avanzando en su teléfono cronológicamente, muy despacio para asegurarse de que no me perdiera ni uno solo de los atrevidos comentarios de sus amigos. ¡No podía creer la clase de vulgaridades que habían escrito conmigo como protagonista de sus fantasías! Me encantaba.

“Ya sabíamos que era bien promiscua”, o, “desde

Aquí se demuestra que sienten una gran atracción por la verga", eran el tipo de comentarios que ellos incluían en sus conversaciones. Algunos más explícitos que otros, pero casi siempre en el mismo contexto; donde todos expresaban claramente sus deseos de tener relaciones íntimas conmigo.

Mi marido y yo nos abrazábamos cómplicemente; riendo emocionados a medida que cada nuevo mensaje que leíamos superaba al anterior con esa ingeniosa poesía mundana.

—Se nota que tienen muchos deseos de estar contigo amor —comentó mi esposo, riendo con orgullo; sintiéndose elogiado por ser la sensación entre su grupo de amigos.

“Pobre iluso”, pensé en mi interior, sintiendo un poco de lástima por él. Si supiera que yo también ansiaba ser penetrada por uno de ellos, específicamente por Miguel; quien desafortunadamente no mostraba señales de actividad en el grupo. Me sentía totalmente desencantada.

“Tal vez esté descansando al lado de su esposa”, fue lo primero que pasó por mi mente al buscar sin éxito en el teléfono de mi esposo un mensaje de su parte. "Después de todo, ya era casi medianoche", reflexioné intentando encontrar una explicación lógica para su ausencia.

—Entonces diles que por ahora tendrán que satisfacerse solos —indicaba a mi esposo que les respondiera a sus amigos; dejando claro que no deseaba intimar con ninguno de ellos, lo cual era en parte cierto.

—¡Vaya, eso es cruel! —se lamentó mi esposo con un gesto levemente serio.

La seca respuesta de mi esposo me dejó perpleja. Como si demostrara empatía hacia sus amigos, parecía decepcionado por mi reacción fría ante sus necesidades físicas. ¿Acaso en lo más profundo de su ser, también albergaba la fantasía de verme en la cama con otro hombre? Quizás su reciente propuesta de probar el sexo anal marcaba el inicio de un nuevo despertar en nuestra vida sexual como pareja. Era algo que debía investigar cuanto antes.

—'Por ahora' —añadí insinuante; provocando que el rostro de mi esposo cambiara inmediatamente, iluminándose con una sonrisa de aprobación que disipó todas mis dudas.

En efecto, parecía que a mi esposo también le intrigaba la idea de verme con otro hombre; algo que debía aprovechar a mi favor.

Una vez percibí su gesto, enseguida pasaron por mi mente una multitud de hombres con los que imaginé satisfacer sus fantasías; eligiendo a Miguel como prioridad. Solo el destino sabría qué otras fantasías sexuales rondaban la mente de mi marido; en ese momento, solo podía esperar que todas involucraran mi participación. ¡Estaba excitada!

“Mi esposa dice que 'por ahora' tendrán que conformarse”, redactó mi esposo en su teléfono, resaltando el 'por ahora' en el mensaje; pidiendo mi aprobación antes de enviarlo a sus amigos.

—¡Se pondrán furiosos! —se rió mi esposo burlonamente, luego de enviar el breve mensaje.

¡Y tenía razón! Las reacciones del grupo no se hicieron esperar, llenas de quejas y descontento por mi desdén hacia sus requerimientos, o caprichos, actuales. No vi necesario seguir leyendo esos mensajes. Pero justo cuando iba a pedirle a mi esposo que apartara el teléfono para dedicarnos nuevamente a nuestro momento íntimo; un nuevo mensaje llamó mi atención.

“No sean crueles, la justicia requiere una foto para que yo pueda evaluar objetivamente a tu esposa”, era el contenido del último mensaje que apareció en el teléfono; donde uno de sus amigos exigía, aparentemente molesto, que compartiéramos una imagen de lo que estábamos haciendo esa noche en ese motel poco convencional.

Siendo el remitentede una demanda enérgica por parte de alguien que conocía bien, quizás demasiado bien gracias a la última reunión con mis amigas. Hablamos de Juan, el esposo de Silvia, quien al parecer estaba al tanto de lo que mis amigas y yo habíamos estado conversando una semana atrás.

—Querido, ¿por qué Juan está solicitando que compartamos una foto? —preguntó mi esposo intrigado, sorprendido por la actitud exigente de su amigo.

Atrapada en mi propia trampa, no tuve otra opción que contarle a mi esposo sobre las bromas que había hecho cuando Silvia nos mostró las imágenes del miembro de su esposo. Me sentía avergonzada porque mi esposo no entendía mi sentido del humor en ese momento; no sabía cómo reaccionaría al descubrir que su esposa estaba intercambiando fotos de los miembros de otros hombres. Afortunadamente, lo tomó con buen humor.

—¡Claro que está molesto! —exclamó mi esposo riendo abiertamente—. Le diste en su punto débil, en su ego, al despreciar su miembro —agregó entre risas.

—No es culpa mía que haya tenido mala suerte en ese aspecto —me excusé, atribuyendo mis acciones a la genética, y declarándome inocente de que el miembro de Juan fuera de tamaño promedio.

Por supuesto, no le mencioné a mi esposo que había comentado que él y Juan tenían miembros muy similares. Por ahora, era mejor mantenerlo en secreto; rogando que no se enterara a través de quejas. Por lo tanto, decidí que lo mejor era concederle al exigente lo que pedía lo antes posible.

—¿Qué tal si le enviamos la foto para que me perdone, cariño? —pregunté traviesamente a mi esposo, acercando mis labios a los suyos con ternura.

—¿Estás segura, amor? —preguntó él con una sonrisa maliciosa, solo para confirmar mi decisión.

Le expliqué a mi esposo que no tenía problema en cumplir con la solicitud de Juan, siempre y cuando en la imagen no se viera mi rostro, evitando así cualquier mal uso. Dado que el tema de esa noche, que aparentemente todos nuestros amigos conocían y comentaban, era que mi esposo y yo practicábamos sexo anal, no había inconveniente en compartir una imagen relacionada con ello.

Una vez establecidas las especificaciones para la foto, retomé la posición en la que mi esposo me había penetrado analmente minutos antes. Lo incité a arrodillarse detrás de mí para capturar la dichosa fotografía con su teléfono.

—Sonríe —bromeó mi esposo, apuntando la cámara directamente hacia mi ano.

—¡Ya, toma la foto de una vez! —ordené molesta, sin encontrar graciosa su broma.

Dado que mi esposo no era un experto en fotografía, tuvo que hacer varios ajustes en la iluminación automática y otros parámetros de la cámara para lograr una imagen bien iluminada.

—¡Listo, amor! —exclamó victorioso una vez que logró capturar la imagen perfecta después de varios intentos.

La imagen mostraba mi ano, un anillo oscuro rodeado por un círculo rosado en un fondo de piel blanca. Nunca antes lo había visto con tanta nitidez y claridad; para alguien que solo era aficionado a la fotografía, mi esposo había hecho un gran trabajo. Una obra maestra digna de estar en un museo (existen museos para todo).

Lo mejor era que al ser tomada a corta distancia, no había ningún punto de referencia que revelara la identidad de la hermosa y sensual modelo, por lo que no tenía nada de qué preocuparme.

—Envíala —aprobé sin dudar mucho, preocupada de que Juan ya hubiera revelado demasiado en ese momento.

Apenas mi esposo envió

la ilustración se desplomó a mi lado sobre la cama, abrazándome firmemente y besándome completamente excitado, después de haber llevado a cabo nuestra ‘inocente’ travesura. Su genital, el cual se había recuperado más velozmente de lo habitual, comenzó a abrirse paso en medio de mis piernas intentando introducirse una vez más en mi vagina.

No obstante, como era de prever, antes de que mi cónyuge y yo pudiéramos rendirnos al frenesí carnal que se suponía debía acontecer en esa velada de aniversario; una cantidad interminable de nuevos mensajes ya nos aguardaba en su molesto teléfono demandando ser atendidos.

“Qué exquisito”, o, “qué delicioso trasero” fueron el tipo de mensajes que, en esta ocasión, empezamos a leer en el teléfono de mi cónyuge sin causarnos sorpresa alguna.

Pero un mensaje en particular captó una vez más mi atención: “ahora una foto donde te lo introduces por el trasero”, decía el mensaje de uno de los vulgares e inmaduros amistades de mi cónyuge; exigiendo que la próxima imagen mostrara una penetración anal cruda.

A estas alturas ya no podíamos retroceder. El momento de intimidad que tan meticulosamente mi cónyuge había planeado durante varios meses tener conmigo, se había transformado en una especie de actividad social en tiempo real del siglo 21. La cual compartíamos gustosamente con nuestros amistades sin ningún tipo de recato.

—¿Qué opinas cariño? —preguntó mi esposo sonriendo pícaramente. ¿Cómo podría negarme?

—¡De acuerdo, pero que tu miembro salga bien grande! —contesté demandando que mi esposo pusiera su 'mejor cara'; pues si esa imagen se la enviaríamos a nuestros amistades a modo de postal navideña, tendríamos que esmerarnos un poco más para salir lo más presentables posible. Detallista y vanidosa hasta la médula.

Aunque, por un lado, realmente me preocupaba que alguien que llegara ver la imagen, pudiera mofarse del miembro de mi cónyuge; por otro lado, estaba el hecho de que si, valiéndonos de algún truco fotográfico, yo podía mostrar a Miguel una imagen de mi esfínter siendo penetrado por un genital 'relativamente grande', el mensaje de que yo estaba dispuesta a incluir el sexo anal en mi vida sexual estaría suficientemente claro. ¡Miguel tendría que ser un auténtico tonto para no captar la indirecta!

—Como tú prefieras amor —respondió mi esposo sumisamente; arrodillándose sobre la cama, mientras empezaba a frotar su miembro enérgicamente intentando incrementar su erección como nunca antes.

Me arrodillé frente a mi esposo, y utilizando mi lengua logré acariciar la punta de su falo, para ayudarlo a estimularlo y de paso aprovechar para lubricarlo con mi saliva una vez más. Él complacido extendió su mano libre hasta alcanzar mis pechos y sin dejar de masturbarse empezó a jugar con ellos. Unos minutos después, nuestra tarea estaba cumplida. Su pene lucía prominente como pocas veces, ¡imponente!

—¡Ya no aguanto amor, ahora o nunca! —exclamó mi esposo, angustiado por no poder contenerse más tiempo.

Al recibir su señal, inmediatamente giré mi cuerpo e incliné mi torso al frente como la primera vez que me había penetrado y, sujetando mis nalgas con cada una de mis manos, intenté separarlos tanto como me fue posible.

—Aquí va —anunció mi esposo su embestida.

De repente, mi cuerpo fue asaltado con una fuerte y profunda estocada que se abrió paso con suma facilidad en lo profundo de mis entrañas. Gracias al cielo, la lubricación había funcionado a la perfección.

—¡Ay! —exclamé dolorosamente al momento que la cadera de mi esposo chocó en mi trasero.

—¡Qué delicia! —dijo él suspirando, excitado al sentir la pared intestinal de mi colon apretando su miembro.

—Toma la foto rápido —ordené a mi esposo, previniendo que pudiera eyacular antes de tiempo.

Con sumo cuidado, mi esposo se echó hacia atrás, extrayendo su miembro unos centímetros de mi ano, buscando conseguir el mejor ángulo para la imagen; y en

esa postura comenzó a capturar imágenes, tantas como su eyaculación le permitió.

—¡No aguanto más! —gritó mi esposo antes de llegar a su clímax en mi interior.

En un instante, sentí una sensación extraña en mi abdomen, como si algo desconocido me estuviera acariciando por dentro. Era el semen de mi esposo que salía disparado como un potente chorro de fluido corporal impactando contra la pared de mi intestino, desencadenando un reflejo involuntario en mi interior. ¡Sublime!

Otra vez nos dejamos caer sobre la cama, uno al lado del otro, respirando agitadamente. Mientras, con la vista borrosa, intentábamos seleccionar en el teléfono de mi esposo una nueva imagen para compartir con sus amigos.

—Enviemos esta —decidí sin titubear, un tanto molesta.

—De acuerdo —respondió mi esposo con la respiración entrecortada, enviándola al instante.

Mientras mi esposo colocaba nuevamente el teléfono en su mesilla, yo me sumergí por completo en la fantasía sobre el impacto que esta nueva imagen podría tener en el esposo de Paty. ¿Captaría la indirecta?

No podía dejar de pensar en él y en su gran virilidad. “¡Dios mío, cómo ansiaba que Miguel ocupara el lugar de mi esposo en la cama y así verificar la hipótesis de que 'el tamaño sí importa'!”, reflexioné en mi mente antes de recordar un conocido refrán: “ten cuidado con lo que deseas, porque puede...”.

Sin esperarlo, el teléfono volvió a romper el silencio de la habitación; pero esta vez no era el teléfono de mi esposo el que requería atención. No, esta vez era mi propio teléfono vibrando repetidamente sobre la mesita junto a mí; con dos mensajes urgentes de mis amigas Silvia y Paty, quienes al parecer ya estaban al tanto de lo que estaba sucediendo esa noche en el motel con mi esposo.

“Te dije que te iba a gustar”, fue el mensaje que me envió Silvia, presumiendo de su vasto conocimiento sobre el sexo anal. El otro mensaje, el de Paty, parecía más apremiante. “¿Puedes hablar?”, rezaba el mensaje que mi amiga acababa de enviar, solicitando que me comunicara con ella. Un escalofrío recorrió mi cuerpo sin motivo aparente, pues sabía que Paty no podía haber adivinado mis pensamientos esa noche; no obstante, anticipando lo peor, decidí llamarla para disipar cualquier duda.

—Hola —saludé a mi amiga.

—Hola, ¿qué tal estás amiga? —respondió Paty en tono jovial y risueño.

—¿Qué hay de urgente? Sabes que estoy con mi esposo en el motel —pregunté con curiosidad y un dejo de molestia.

—Por eso mismo te llamo —subrayó ella.

Conversando con Paty, me di cuenta de que, al parecer, no eran solo los amigos de mi esposo quienes estaban al tanto de mi intimidad esa noche en particular. Tanto Juan como Miguel habían cometido la imprudencia de compartir las conversaciones privadas y las imágenes íntimas con sus respectivas esposas (algo previsible en realidad).

Esto no me sorprendió realmente, ya que buscaba influir en la mente de Miguel para explorar el sexo anal conmigo. Que los amigos de mi esposo actuaran como 'unas auténticas chismosas' era un efecto secundario sin importancia.

Sin embargo, en el caso de Miguel, me sorprendió que nunca hubiera mencionado nada en el grupo de amigos de mi esposo, pero sí se lo hubiera comunicado a su esposa; algo que me resultó llamativo, por lo que decidí investigar más a fondo.

—Si es para comentarme sobre lo que hablan nuestros esposos, no me sorprende, sé que los hombres son unos chismosos; no tenías que contactarme para eso —insinué a Paty que no me afectaba que mi retaguardia fuera tema de conversación... literalmente.

—No, ¿cómo puedes pensar eso? No te llamo por eso —aclaró Paty.

Lo que mi amiga me reveló a continuación me dejó boquiabierta, no podía creer lo que estaba escuchando.

Mis oídos estaban atentos a la conversación que se había dado en el grupo de amigos de mi esposo acerca del sexo anal. Parecía que Miguel se vio tan impactado por ello que incluso llegó a solicitarle a Paty que consultara conmigo si él podía unirse a nosotros esa misma noche para formar un trío.

—¿En serio tu esposo planea eso para esta noche? —pregunté en voz alta, fingiendo sorpresa, con la intención de sorprender a mi esposo que descansaba a mi lado.

—Así es —confirmó Paty—, pero únicamente si ustedes dos están de acuerdo.

—Antes de decidir, debo consultar a mi esposo, ya que hoy es su cumpleaños —aclaré a mi amiga.

—Sí, es cierto, pregúntale primero —dijo Paty riendo nerviosa ante la posibilidad de una negativa.

Giré hacia mi esposo, quien se veía despierto y claramente interesado en la conversación que sostenía por teléfono.

—Parece que las imágenes que compartimos con tus amigos los excitó más de lo esperado —comenté con una sonrisa pícara.

—Entonces, ¿quién es el que tiene interés en practicar sexo anal contigo? —preguntó, sin haber captado la referencia exacta pero comprendiendo la petición.

—El único que no expresó nada en el grupo, "tu gran amigo" Miguel —respondí sonriendo, enfatizando la expresión "tu gran amigo" con la intención de influir sutilmente en él.

—¡Vaya, si ese individuo tiene un gran tamaño! —exclamó riendo burlonamente ante la posible dificultad que esto significaría para mí.

Era de esperar que mi esposo conociera la anatomía de Miguel, ya que es algo común entre hombres presumir de ello. Sus bromas tenían sentido, pues recién estaba explorando el placer del sexo anal y ya me mostraba dispuesta a un nuevo desafío.

—Miguel se ha vuelto muy ingenioso —comentó mi esposo riendo, y continuó bromeando—. Como no puede hacerlo con Paty, su esposa, parece que quiere hacerlo contigo en su lugar.

Miguel sumaba puntos a su favor: no solo había compartido con mi esposo el tamaño de su miembro, sino también sus dificultades íntimas con su pareja. Parecía que mi esposo y Miguel eran amigos lo suficientemente cercanos como para compartir sus dilemas sexuales. Me pregunté si también compartían sus "juguetes".

—¿De verdad es tan grande como para no poder hacerlo por detrás? —pregunté, fingiendo desconocimiento.

—Es descomunal, ¿estás segura de querer intentarlo? Te va a doler —advirtió mi esposo, con una sonrisa retadora como si me desafiara.

—Solo aceptaré si estás de acuerdo —respondí con dulzura, dejando claro que la decisión final recaía en él.

Hábilmente trasladé la responsabilidad a mi esposo para decidir sobre la propuesta de Miguel. Me di cuenta de que, al conocer personalmente los problemas de Miguel y Paty, mi esposo podía sospechar que entre ellos dos habían considerado la posibilidad de un trío conmigo para así resolver las tensiones entre ellos.

—Me encantaría presenciarlo —confesó mi esposo, revelando su fantasía más íntima: verme con otro hombre frente a sus ojos.

No podía creerlo, mi plan había resultado mejor de lo que esperaba. No solo contaba con el consentimiento de mi amiga y mi esposo para estar con Miguel esa noche, sino que también parecía que les estaba haciendo un favor a los tres.

Ahora solo faltaba compartir la ubicación de la habitación con Miguel y esperar su llegada al motel. Pero antes, necesitaba dejar las cosas claras.

—Está bien, amor —acepté con una sonrisa inocente, tratando de ocultar mis emociones—, pero solo porque es tu cumpleaños.

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