- “Saúl, tu hermano está en el teléfono.”
- “Voy. Hola Roque.”
- “Hermano, necesito que me hagas un favor. Resulta que me ofrecieron cubrir las vacaciones en una sucursal en otra ciudad; aunque dura cuatro meses vendré un fin de semana cada quince días y tiene una remuneración muy alta. El problema es Nuria, que no me decido a dejarla sola estando ya en el cuarto mes de embarazo, a pesar de asegurarme que estará bien y no teme quedarse sola. ¿Te animarías a vivir en casa durante ese tiempo?”
- “Encantado, además el colegio me queda más cerca.”
Al día siguiente, con poco equipaje, me mudé y como la relación de toda la familia era cercana no me costó adaptarme al nuevo estilo de vida.
Roque (28) y Nuria (21) llevan dos años casados y viven en una casa con todas las comodidades y bien equipada. Fue obsequio del padre de ella que está en una posición económica envidiable. Está separado y en pareja con una joven de la edad de la hija. Ha cumplido perfectamente con el conocido refrán que dice “Por lo general el hombre, a su primera mujer le debe el éxito, y al éxito su segunda mujer”. La mamá vive en otra ciudad y también con acompañante.
La cantidad de espacios sobraba para los recién casados y la calidad de la construcción es muy buena. Yo ocupé las áreas de servicio, un pequeño apartamento al fondo de la casa, que satisfacía con creces mis necesidades en un ambiente de privacidad.
La convivencia fue muy agradable, yo colaboraba en las labores del hogar dentro de mis posibilidades y disfrutaba de la amena, agradable y tentadora compañía de mi cuñada. El viernes previo al primer fin de semana libre de mi hermano preparé unas pocas cosas para regresar a casa ese fin de semana y así darles la intimidad necesaria, que seguramente deseaban, pero Nuria se opuso.
- “No te vayas, no somos tan apasionados como para necesitar toda la casa. Además si eres mi compañía habitual y me estás ayudando en todo, sería una ingrata si ahora te alejara”.
- “Te agradezco mucho lo que me dices, y te propongo una pequeña modificación, di “casi todo”, pues alguien podría pensar que también compartimos la cama”.
- “Y el que pensara eso no estaría del todo equivocado porque solemos ver películas en mi cama. Simplemente no le damos el uso más placentero. Y por favor que esto no se escape delante de tu hermano pues, con lo celoso que es, tendríamos un disgusto”.
Habiendo pasado casi dos meses desde mi llegada, en la comida me comentó.
- “Esta tarde tengo cita médica para control, ¿me acompañas?”
- “Encantado.”
Cuando le tocó entrar al consultorio el médico me hizo pasar, probablemente creyendo que era el esposo y mi cuñada no puso objeción alguna, por lo que me senté al lado de ella. El control incluía ecografía y la realizaron ahí mismo. Mi cuñada subió el vestido hasta debajo de los pechos para dejar libre el abdomen que, en su delgadez, la señal del embarazo era una pequeña protuberancia. Ver la prenda que cubría su intimidad y empezar a palpitar mi corazón fue una sola cosa. Por supuesto que Nuria se dio cuenta a pesar de mis intentos por disimular y hasta me pareció ver una cierta satisfacción en exhibirse porque, mirándome a los ojos y simulando ponerse más cómoda, separó por un momento las piernas. Esa actitud de su parte me incitó a no ocultar el placer que sentía viendo su intimidad, aunque siendo cuidadoso respecto del médico.
Mientras regresábamos a casa ella expresaba su alegría de que los resultados del examen hubieran dado bien, indicando el normal curso del embarazo. Ya en casa, tomando algo fresco, me sorprendió.
- “¿Qué te gustó más,
¿Preferirías la ecografía de tu sobrino o mi prenda interior? Porque noté cómo tu mirada iba de la pantalla a mi entrepierna”.
Tuve que esforzarme para recuperarme y responder.
- “Mi curiosidad me llevó a observar detenidamente ambas cosas. La ecografía mostrando el avance de la tecnología que permite seguir paso a paso el proceso de gestación y, por otro lado, la maravilla de la naturaleza, haciendo que esa parte de la anatomía, generalmente pequeña, se adapte hasta permitir la salida de la criatura”.
La expresión en su rostro y su tono de voz denotaban un enojo completamente fingido, por lo que no me alarmé.
- “¡Mentiroso! El abultamiento que se marcaba en ti, desde la unión de los muslos hasta casi la cintura, no tiene nada que ver con la ciencia”.
- “Nuria, por favor, no lo tomes a mal, tú eres una mujer educada, sabes bien que se trata de una reacción involuntaria, un efecto secundario no buscado”.
- “Escúchame bien y no intentes engañarme. Si tu mente hubiera estado reflexionando sobre las maravillas de la naturaleza, tu miembro hubiera permanecido tan inerte como mi bisabuela. No quiero ni siquiera imaginar los pensamientos que causaron esa tremenda erección, y espero que el médico no se haya dado cuenta”.
- “¿Quieres que te los cuente?”
- “Ni loca, además no sé si podré llevarte a la próxima ecografía, porque si hoy te pusiste así, ese día te lanzarás sobre mí”.
- “No logro imaginar por qué aumentaría el espectáculo”.
- “Muy sencillo, a medida que mi vientre crezca, la prenda interior tenderá a descender y, lógicamente, a cubrir menos. Si me prometes portarte bien, te mostraré”.
- “Te lo juro”.
Elevó el dobladillo del vestido hasta la cintura y bajó la banda elástica de la prenda interior, mostrando el inicio del vello púbico. Quizás exageré un poco, pero muy poco, mis ojos casi se salen de las órbitas, mis dientes muerden el labio inferior y mi miembro, de manera repentina, se agranda, adquiriendo rigidez en dirección al cinturón.
- “Tienes razón, mira cómo estás, en un abrir y cerrar de ojos se te formó un gran bulto y tu rostro es la personificación del deseo. Debería hablar con tu hermano que viene mañana, quizás él pueda moderarte”.
- “Te ruego de nuevo, no te enojes, es una reacción normal ante un escenario tan atractivo. De todas formas, te pido perdón si te ofendí o molesté. Voy a encontrar la forma de que no vuelva a suceder”.
Ya en mi habitación tomé conciencia de las últimas palabras de Nuria y la única solución a la vista para resistir la tentación era alejarme. No tenía fuerzas para enfrentar un reproche de mi hermano y estaba seguro de que, si se presentaba la oportunidad, caería nuevamente. Buscaría una excusa creíble para Roque, sobre todo teniendo en cuenta que, en sesenta días más, ya estaría de regreso. Resueltos mis próximos pasos, primero debía conseguir el silencio de mi cuñada. Estaba ordenando mis cosas en el bolso cuando escuché su voz desde la puerta.
- “¿Qué estás haciendo?”
- “Preparando mis cosas, soy incapaz de enfrentar a tu marido mañana cuando se lo cuentes. Además, no creo tener la fuerza suficiente para resistir la tentación de mirarte. Confieso mi debilidad y la única solución es alejarme”.
Su sorpresa duró poco ante mi vista, ya que la tapó con las manos y giró apoyándose en la pared. Quedé mirando la figura de la mujer preciosa que amaba, preciosa aún de espaldas, mostrando sus nalgas erguidas, el vestido blanco suelto hasta la mitad del muslo, en una actitud de abatimiento, lo que me llevó a tomarla de los hombros.
- “Por favor, Nuria, te juro que no tengo otra opción”.
Ella se dio vuelta, pasó los brazos alrededor de mi cuello y escondió la cara en mi pecho.
- “Por favor, Saúl, fue una broma. Ni loca le diría algo a tu hermano sobre ti, que eres mi compañero, mi ayuda, que pareces más marido que mi marido, ni aunque me dé un ataque de esquizofrenia provocaría algo".
que te aleje de mí. Además me fascina que me observes, me siento llena de vida con tu mirada”.
Mientras hablaba, iba dejando besos con los labios cerrados en mi rostro, terminando con un beso en mi boca. Sin moverse de ahí, continuó con la misma acción hasta que su lengua rozó la mía delicadamente. Mis labios se abrieron para recibirla, succionándola para que entrara más adentro, y saboreándola. Luego intercambiamos los roles y mis manos descendieron a las nalgas que me habían tentado momentos antes. Ante una simple caricia, las nalgas se movieron y nuestras caderas se juntaron.
La progresión fue lenta, subiendo la falda, acariciando por encima de la prenda, pasando las manos por debajo del elástico, recorriendo con los dedos la separación de ambos glúteos hasta llegar a la parte baja de la vulva. Al notar que ella separaba ligeramente las piernas y se ponía de puntillas para facilitar mi movimiento, una de mis manos avanzó hacia adelante mientras la otra tomaba una de las suyas para hacerla ingresar por debajo de mi ropa y sentir la dureza que había causado. Simultáneamente, mi dedo mayor recorría el canal desde el clítoris hasta el anillo del delicioso trasero, mientras ella, agarrando firmemente el tronco, realizaba movimientos para que el glande asomara y se ocultara.
La mezcla de lenguas y labios cesó ante la inminencia de los orgasmos, ya que nuestras gargantas se dedicaban a rugir, dar gemidos y expresar con palabras las sensaciones orgánicas del cuerpo. Al recibir la petición en forma de ruego, detuve el recorrido de mi dedo.
- “Adentro, mi amor, bien adentro que me estoy corriendo. Hazlo rotar sobre las paredes, ¡así mi vida, así!”
Esta petición aceleró mi orgasmo, y cuatro lechazos mojaron su mano, mi pelvis y la ropa, quedando abrazados y recuperando la cordura perdida. Ella habló primero.
- “Lo que hicimos no está correcto”.
- “Es cierto, pero no pude contenerme”.
- “El problema no es la falta de arrepentimiento”.
- “Tampoco lo estoy”.
- “Pero lo preocupante es que me siento feliz”.
- “Creo que ambos estamos en una encrucijada. Tal vez sea conveniente consultarlo con la almohada y mañana intercambiar opiniones”.
Aunque la pasión había disminuido, seguía presente y no se manifestaba totalmente debido a los escrúpulos que aún persistían. Por eso, después de cenar, frente al televisor recostados en la cama matrimonial, simplemente estábamos juntos, tomados de las manos y resistiendo el deseo mutuo, evidente en mí por el abultamiento en la bermuda. El momento de despedirnos fue de gran indecisión, ya que éramos conscientes del equilibrio inestable en el que nos encontrábamos. Opté por acariciar su mejilla con la palma de mi mano mientras le decía.
- “¿Charlamos en el desayuno?”
- “Sí, amor mío”.
Su respuesta me conmovió, pero lo que vino a continuación casi me deja sin aliento; tomó mi mano y la movió lentamente hasta que el índice llegó a su boca. Abriendo los labios, lo introdujo y lo chupó con deleite, cerrando los ojos en un vaivén de entrada y salida, como si deseara que nada perturbara la sensación del contacto. En ese momento, mis buenas intenciones se desvanecieron por completo al bajar la cintura del pijama, dejando al descubierto mi miembro duro y erecto. Sin necesidad de indicaciones, ella sustituyó el dedo por mi glande. Su caricia bucal fue breve, ya que mi eyaculación llegó rápidamente, fruto de la intensa excitación que me embargaba. Tras recibir de buen grado el espeso líquido, lo tragó y luego me besó.
- “Gracias, cariño mío, es la mejor bebida que he probado en mucho tiempo”.
La reflexión nocturna duró poco, ya que nos dimos cuenta de que ninguna solución posible era completamente satisfactoria. Como resultado, tuvimos una noche de sueño inquieto. Cuando fui a desayunar, la expresión en el rostro de mi cuñada indicaba que su noche tampoco había sido pacífica, aunque recibí la
Recibimiento con una sonrisa.
- “¿Qué te sirvo?”
- “Por favor, un café fuerte. Necesito despertarme”.
- “¿Cómo te fue en la consulta?”
- “Bien, pero el resultado fue defectuoso”.
- “Necesito detalles, eso no me dice mucho”.
- “Enseguida se me presentaron dos opciones, ambas con aspectos positivos y negativos. La primera implicaba seguir mi corazón, permitiendo que mi atracción por ti se manifieste por completo, aunque tenga que enfrentar la culpa de mi conciencia llamándome basura”.
- “¿La otra opción era mejor?”
- “No. Significaba seguir mi mente, sabiendo que mi corazón no se rendirá y, tarde o temprano, estallará con consecuencias impredecibles”.
- “¿Cuál decisión tomaste al final?”
- “Decidí no decidir y dejar que el destino tome el control”.
- “Entonces estamos en la misma situación, aunque por razones diferentes. Yo no decidí por miedo a las consecuencias”.
- “¿A qué hora llega mi hermano?”
- “Cerca del mediodía. Necesito tu ayuda. ¿Podrías pintarme las uñas de los pies? Mi barriga, aunque pequeña, me incomoda. ¿Podrías ayudarme?”
Acepté sin dudarlo. Mientras la veía con el camisón suelto que apenas llegaba a sus muslos, intuí hacia dónde me llevaría el destino en el que me había embarcado. Sobre la mesa, junto al café, estaban los utensilios para la tarea que íbamos a emprender.
- “No tengo toda la mañana, después te preparo otro café”.
Así que nos pusimos manos a la obra, y ella se sentó en la mesa frente a mí.
- “Para evitar que el esmalte se estropee durante el secado, coloca un rollito de algodón entre los dedos para separarlos”.
Comenzó entonces mi desafío, cuando se retiró un poco hacia atrás y puso un pie en la mesa. Naturalmente, con la rodilla levantada, su muslo quedó a centímetros de mi rostro, aunque el camisón cubría su entrepierna, provocando una dolorosa erección en mi miembro. Realizar la tarea en su otro pie significó tenerlo frente a mí, con las rodillas elevadas y separadas, dejando ver su ropa interior bajo el dobladillo. Afortunadamente, logré mantener la compostura y completé la tarea con pulcritud.
- “Ahora, preciosa, habrá que esperar un momento hasta que el esmalte se seque por completo. La paciencia es clave en este proceso”.
- “Sí, pero mantener los brazos extendidos para apoyarme me cansa. Será mejor que me acueste”.
Al recostarse en la mesa, el dobladillo del camisón se deslizó hasta su cintura. Cualquiera que presenciara la escena podría haber pensado que estábamos en una consulta ginecológica.
- “Esto me recuerda a la ecografía, pero esto es mucho mejor, por mucho”.
- “Puedo imaginarlo”.
- “¿Quieres que te cuente o prefieres verlo?”
- “Ni lo uno ni lo otro. Con lo que sentí ayer tengo bastante”.
- “Acaricié con mis manos, pero ahora quiero verlo”.
- “Está bien, pero sin tocar, porque todo se saldrá de control”.
- “Te prometo que solo apartaré la tela y dejaré mi mano quieta”.
La vista era verdaderamente hermosa: su intimidad era proporcional a ella, pequeña, delicada y sin vello.
- “¡¿Qué estás haciendo?!”
- “Un beso en tu intimidad”.
- “Me engañaste, dijiste que no me tocarías”.
- “No mentí. Te dije que mantendría la mano quieta después de apartar la prenda. Además, al ver esa vista irresistible de tu belleza, lo mínimo que pude hacer fue darte un beso”.
- “Me atrapaste. Ahora sí estás mintiendo, esas no son solo besos, sino un cunnilingus completo”.
- “Perdóname, la tentación fue más fuerte”.
- “Ahora cállate, pervertido. Continúa un poco más”.“¡No puedo creer cuánto me agrada y sin embargo debo interrumpirlo! Por favor, detente”.
No fueron tanto las expresiones, sino más bien el tono de voz lo que me hizo detenerme y mirarla sorprendido cuando su voz me explicó el motivo de la petición.
- “No te estoy rechazando, nuestro tiempo es limitado y necesito hacer algunas cosas para recibir a tu hermano. Me sentiría mal si te dejo con las ganas”.
Mientras hablaba, me dio la espalda, sentada sobre los talones, con los pies colgando del borde, las rodillas bien separadas, el torso sobre los muslos y la cabeza sostenida por las manos. En esa postura, prosiguió.
- “Ahora, ve hasta el fondo, lléname de semen y hazme gemir de placer”.
Y yo acaté, los gritos y gemidos dieron fe de ambas experiencias sexuales y, una vez pasada la urgencia pasional, nos separamos tras un beso propio de dos personas que se aman.
Ese fin de semana mantuve cierta distancia para no entorpecer más la relación matrimonial y el domingo salimos a almorzar fuera. En nuestro regreso a casa, escuchamos una voz.
- “¡Eh, Roque!”
- “Hola Pedro”.
- “¿La llevaste a comer porque le fue bien en la escuela?”
Nuria, tomada de mi brazo, y yo, miramos con curiosidad al interpelado, que respondió con un gesto equivalente a “Vete al diablo”. El bromista, a modo de disculpa, continuó.
- “Los chicos están en el bar de la esquina y preguntaron por ti, hace tiempo que no te ven”
Ante la muda interrogación, mi hermano nos contó que, dado que mi cuñada aparentaba ser menor de edad, solían bromear diciéndole que, después de casarse, el jefe del Registro Civil le había dado a Nuria un comprobante para justificar su ausencia en la escuela primaria. Al acercarnos al lugar de encuentro de los amigos, él nos dijo que iría a saludar y regresaba en un rato.
De vuelta en casa, nos sentamos en el sofá de tres plazas para ver un programa de televisión. El hecho de que su esposo, recién llegado, fuera a encontrarse con sus amigos no la dejó muy contenta, así que su ánimo estaba un tanto decaído. Tratando de restarle importancia al asunto, le di unas palmaditas en la mano, dando lugar a un abrazo de cuatro capas, lo que nos obligó a reducir la distancia y quedar casi pegados. Al recostarme de nuevo en el respaldo, quedamos con mi mano izquierda entre las suyas y los dedos entrelazados descansando sobre sus muslos.
De esta forma estuvimos un rato, viendo la pantalla con algunos comentarios, hasta que un movimiento involuntario de mi meñique izquierdo, entrelazado y sostenido por ambas manos de ella, rozó su entrepierna. Ella reaccionó ligeramente sobresaltada, elevando las tres manos sujetas, sin apartar la mirada del televisor, para luego volverlas al mismo lugar, un poco más cerca de la unión de los muslos.
Lo que inicialmente fue un movimiento involuntario se convirtió en deliberado e intencional. El contacto siguiente fue similar al anterior, sin obtener reacción, lo que me llevó a repetirlo con suavidad creciente hasta sentir su mejilla pegada a mi hombro, con el rostro girado hacia mí mostrando ojos cerrados y labios entreabiertos. Era una clara demostración de entrega y abandono, así que después de saborear sus labios, me arrodillé frente a ella, desplacé sus nalgas al borde del asiento y puse mis rodillas tocando sus hombros para entregarme a disfrutar del manjar que me cautivaba, hasta que su petición me llevó a la siguiente fase.
- “Haz el amor conmigo, fuerte, lléname de miembro viril y deja que la eyaculación rebase, así, hasta el fondo, ¡qué placer tan intenso!”
Poco antes de las cinco de la tarde, Roque regresó de la reunión con sus amigos y se encerró con mi cuñada en el dormitorio. Obviamente, habría una despedida íntima, lo cual se confirmó por algunos ruidos, gemidos y susurros que duraron apenas media hora, ya que debían prepararse para viajar. Cuando él entró a bañarse, ella salió a recoger la ropa seca del tendedero y ahí aproveché para decirle en tono de broma.
- “¿Fue buena la despedida?”
-
“No tanto porque eres un entremetido”.
- “Estoy confundido, no sé de qué se trata”.
- “Simplemente que al cerrar los ojos, eras tú quien estaba entre mis piernas”.
- “Cielos santos, mis pensamientos y deseos traspasaron la pared y llegaron hasta ti”.
- “Déjalo, no estoy para bromas, mi cabeza está hecha un lío”
Por supuesto fuimos con Nuria hasta la terminal, notándola algo extraña, ya que sus gestos de despedida fueron superficiales y fríos, pero lo que más llamó mi atención fueron sus palabras al partir el autobús.
- “Estoy feliz y con ganas de compartir mi alegría. Vamos a casa, nos vestimos elegantes y salimos, primero a cenar y luego de fiesta que yo invito. ¿Estarías dispuesto a comportarte conmigo como si fueras mi esposo?”
- “Encantado, espero estar a la altura”.
- “Estoy segura de que lo harás bien y será tu contribución para que mi alegría sea completa. Por favor, más tarde, cuando sea el momento, me haré entender”.
Una vez en el restaurante hicimos el pedido y luego, mi preciosa y deseada cuñada, cumplió con la promesa de explicarme su actitud.
- “Después de ese breve momento de intimidad mientras él se bañaba y yo preparaba su maleta de viaje, sonó su celular indicando un mensaje entrante. Me ganó la curiosidad y como conocía la contraseña, ingresé viendo que era enviado por una tal Susana diciendo “Te espero ansiosa y mojada”. Por supuesto, revisé los anteriores que seguramente explicarían el tono de este último. El primero era de ella “Tres días sin verte y te añoro como si fueran meses. Dormirme sintiéndote dentro es el mejor relajante porque está teñido de amor”, que fue respondido por tu hermano “Esta noche te compensaré, querida, aunque mañana llegue agotado al trabajo””
- “Esto sí que es una sorpresa”.
- “Me dolió, por supuesto, a nadie le gusta ser engañado, pero enseguida tomé conciencia de que yo había tomado el mismo camino, aunque con un recorrido mucho más corto y con verdaderos escrúpulos. Por eso me mostré incómoda, realmente estaba asimilando lo sucedido”.
Esperamos el pedido tomados de la mano como dos enamorados, pero lo mejor, lo más importante y lo más hermoso, es que no se trataba de una simulación. Simplemente ambos habíamos dejado de lado todas las reservas que hasta entonces nos limitaban y, en ese contexto, me mostró los mensajes enviados un rato antes de salir para aquí.
“Hola Susana, no nos conocemos. Soy Nuria, la esposa de Roque, los mensajes intercambiados entre tú y mi esposo que he leído, son los que están en la fotografía que te adjunto. El primero de hoy lo enviaste tú y tengo que agradecértelo. Sin él, no habría existido el otro, y los dos son necesarios para tener una idea clara de la relación existente entre ustedes. Acabo de despedirlo en la estación terminal, espero que esta noche descanses relajada. Aunque pueda parecer raro, no estoy enojada, sino contenta”.
“Hola Nuria, lamento que te hayas enterado de esta manera. Hubiera preferido que fuera de otro modo. Me alegra que no estés furiosa y con el dolor que son esperables en una situación como esta. Por favor, aclárame cómo es eso”.
“Debo agradecerte tres cosas. Lo primero es que me quitaste un peso de encima, ya que sufría porque, en mi corazón, el lugar de Roque ha sido ocupado por otro. Lo segundo es que esa encrucijada se ha resuelto sin provocar dolor en mi marido. Y lo tercero es que un futuro que parecía larga e inciertamente angustioso, se aclaró de un momento a otro y para bien de ambas partes. Él podrá seguir a tu lado y yo emprender un nuevo camino, ambas en paz”.
Y sucedió lo esperado, ya de regreso de esa deliciosa cena sonó su teléfono, era mi hermano. Nuria me hizo señas de silencio y conectó el altavoz; la voz de Roque sonaba, por momentos enojado y en otros como el culpable encontrado en falta, mientras mi cuñada se manejaba con solvencia y agudeza sorprendentes en ese difícil
conversación.
- “Por favor, explícame cómo es que alguien más está ocupando mi lugar”.
- “Con gusto lo haré, una vez me cuentes acerca de la mujer que está ocupando el mío a tu lado”.
En mi interior pensé “Afectado y lastimado”.
- “Quizás sería conveniente hablar en persona”.
- “Estoy completamente de acuerdo; mientras tanto te sugiero que busques un lugar donde vivir y le informes a tus padres sobre la nueva situación, yo haré lo mismo con los míos”.
Desde aquel reajuste familiar han pasado dos años; nos encontramos en la galería, mi sobrino jugando en un colchón y yo sentado con Nuria en mis piernas, abrazándome, dándome besos y susurrando al oído:
- “Mi amor, me siento tan plena con tu miembro tan adentro, pero no te muevas mucho porque quiero dilatarme y prepararte para una eyaculación tan potente que los espermatozoides viajen rápidamente para fecundar mi óvulo”.
- “Encantado cariño, pero si sigues estimulándome con tu vagina, en quince segundos liberaré hasta la médula de mis huesos”.
Nueve meses más tarde nació Samuel, con la misión de aumentar nuestra felicidad.
Un inciso
Estimados comentaristas, este relato va dedicado a ustedes. Quiero mencionar especialmente a Gabriel (comentario del 19 de octubre) y a Josemafacu (comentario del 27 de octubre) quienes me ayudaron a librarme del letargo en el que me encontraba.
Reciban todos un afectuoso abrazo.
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