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Jorge y Alejandra: Un cambio de etapa


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Tras todo lo ocurrido con Alejandra y el doctor Bustamante, las circunstancias retornaron a su curso habitual.

Si bien estuvimos al borde del divorcio, determinamos dar un giro a la situación y proseguir adelante. El episodio con ese individuo quedó definitivamente cerrado y nunca más mantuvimos contacto con él.

Alejandra experimentó una transformación notable; se sumergió en la lectura y se inscribió en clases de yoga. Cambió su estilo de vestir y procuraba pasar desapercibida en cualquier lugar. Optaba por faldas largas y holgadas, pantalones amplios, y cuando utilizaba leggings o joggers, ataba un suéter a la cintura para evitar destacar sus atributos como solía hacer antes. Personalmente, me costó bastante adaptarme a esta nueva fase de su vida; extrañaba escuchar los piropos del público masculino hacia mi esposa cuando exhibía sus curvas sin tapujos. No obstante, debía brindarle mi respaldo, pues indudablemente ella había decidido cambiar y lo lograba con esfuerzo.

Su cabello también sufrió modificaciones. De tenerlo rubio como el trigo, un día apareció en casa con un tono castaño. Las raíces lucían oscuras, degradándose en tonos más claros, y ya no quedaba rastro del rubio que solía enamorarme.

Entre estos cambios en su vida, en una ocasión mencionó su deseo de someterse a una liposucción en piernas y glúteos, argumentando que su trasero llamativo atraía demasiadas miradas y que, a pesar de todos los cambios en su apariencia, color de cabello y hábitos, los hombres seguían dirigiéndole comentarios lascivos cuando la veían de espaldas. Estaba decidida a dejar atrás a esa Alejandra sensual y provocativa que siempre fue.

Desde su perspectiva, ese trasero redondo y carnoso, particularmente llamativo, era el centro de todas las miradas, atrayendo a una multitud de admiradores que deseaban conquistarlo. Sucede que los argentinos somos así, nos volvemos locos al ver a una mujer con un trasero prominente.

No obstante, ella era una versión renovada de sí misma y necesitaba dar ese último paso para empezar de nuevo.

Mi respuesta fue un rotundo no. Jamás permitiría que su hermoso trasero fuese alterado en un quirófano. No lograba imaginármela delgada y con un físico esquelético como una modelo de alta costura; me sentiría devastado si de repente regresara a casa con una apariencia tan diferente.

Eso desencadenó uno de sus habituales berrinches y, molesta, afirmó que nunca la dejaba hacer nada.

Luego intensificó su propuesta: me planteó dos opciones: o reducía el tamaño de su trasero o aprobaba que se hiciera un tatuaje. Fue muy firme y me colocó en una situación comprometida.

La decisión era complicada: nunca deseé que su piel blanca fuera marcada con tinta, pero tampoco quería verla con un trasero plano. Después de reflexionar, opté por la segunda alternativa: le permití tatuarse.

Se realizó el tatuaje; una flor de loto en la espalda con tinta negra y verde. El diseño se centraba en su columna vertebral, partiendo desde la base de su nuca. Sinceramente, le quedó muy atractivo; se lo mencioné y ella me agradeció emocionada.

Tras el tatuaje, todo pareció fluir en armonía, los astros se alinearon y la notaba feliz, plena y satisfecha.

Retomamos nuestra intimidad con mayor frecuencia, claro está que la pastilla azul me brindaba una ayuda extra y, además, mi mujer era un estímulo visual increíble.

Hasta ese momento, todo marchaba de maravilla, aunque algo estaba por acontecer y alterar nuestra vida que hasta ese momento se mostraba estable.

Resulta que en el grupo de madres del colegio de nuestra hija Florencia, comenzaron a surgir embarazos en masa. Primero la madre de Jonás, luego la mamá de Sofía y la madre de Selene, todas embarazadas como si lo hubieran planeado...y a Alejandra le surgió el deseo de ser

Mamá por segunda vez.

Cuando se le mete algo en la cabeza, es complicado contradecirla, es una mujer de carácter y decidida...

La sorprendí buscando en Google nombres de bebés y estaba sumergida en páginas relacionadas con la maternidad.

Una noche volvió a casa después de ir de compras por el centro comercial y entre las bolsas que traía, noté que algunas eran de una tienda de lencería.

Me fascinan sus tangas y calzones y estaba interesado en ver los nuevos que había adquirido.

Esa noche me quedé en la cama esperándola mientras ella se duchaba. Me masturbe lentamente imaginando cómo le quedaría esa ropa interior que iba a estrenar. Salió, se acercó a la cama y, quitándose el bata, me mostró una de las prendas que había comprado: un conjunto de lencería blanco y unas medias de liga del mismo tono. Le quedaba extraordinario, se puso cariñosa y me hizo un pedido con voz insinuante:

–Amor... quiero quedar embarazada.

–Ale tengo 60 años, más que un padre voy a parecer un abuelo

–Toto yo te amo y no me importa el qué dirán... quiero tener un bebé... quiero darle un hermanito a Florencia dale hagámoslo sí?

Estaba emocionada y se mostraba muy seductora, tremendamente provocativa. Empezamos a jugar, le quité la tanga, desabroché su sostén y se quitó las medias muy sensualmente y, como de costumbre, se quedó completamente desnuda, solo llevaba puesto su anillo de casada. Estaba completamente depilada y muy excitada.

–Bueno está bien, vamos a darle un hermanito a Flor– le dije resignado y con el pene muy erecto al verla.

Más que feliz se me acercó y tuvimos relaciones de manera apasionada, mi Alejandra estaba como poseída y muy extasiada, su calentura era tal que llegó al clímax dos veces, yo aguanté lo máximo que pude y la llené con mi semen. Fue un encuentro sexual como en sus años de universitaria.

La idea de ser padre a los 60 no terminaba de convencerme, pero ella tenía esa ilusión, me sentí muy egoísta y le di la razón, Alejandra está en edad de procrear, nuestra hija ya es adulta y casi no nos da problemas... Y conociéndola a Ale si se proponía algo no iba a descansar hasta lograrlo.

Hubo meses de intentos infructuosos, ella no conseguía quedar embarazada y se desilusionó tanto que quedó al borde de la depresión.

Nos tomamos unas pequeñas vacaciones y viajamos al sur de Argentina, allí nos relajamos y acordamos que no se obsesionaría con quedar embarazada, dejaríamos que todo siguiera su curso normal y, bueno... si lograba concebir, bienvenido sea.

Regresamos a Buenos Aires y ella estaba muy calmada, retomó sus clases de yoga y comenzó un curso de pintura sobre tela. Mantuvo su mente ocupada y nos llevábamos bien, hasta que un día ese maldito grupo de mamás de Whatsapp la alteró una mañana mientras desayunábamos: Rocío, la mamá de Melany (otra compañera de nuestra hija) anunciaba que esperaba su segundo hijo.

Y empezó a alterarse de nuevo, y todo lo que habíamos acordado durante nuestro viaje al sur no sirvió de nada. Tuvimos una discusión y pasamos el día sin hablarnos.

Al atardecer salió al balcón a leer un libro, y como hacía demasiado calor, llevaba ropa cómoda, unos shorts de algodón a cuadros, una musculosa y descalza. Preparó la tumbona y se recostó a leer. Sin embargo, desde el balcón del edificio de enfrente regresó aquel voyeur que se masturbaba viéndola y seguramente volvió a practicar la observación y ella se sintió tentada como en los viejos tiempos.

Algo sucedió en ese balcón, como si renaciera esa Alejandra seductora que estaba adormecida, esa mujer sensual de la que me enamoré estaba de vuelta.

Esa noche cenamos en silencio, luego cada uno se fue a la cama por su lado y ella retomó la lectura mientras yo veía un canal de noticias en la televisión.

Apagué la TV, me di la vuelta y dormí. Aunque ella siguió leyendo, cuando pensó que yo dormía profundamente, abrió las piernas y comenzó a tocarse. Se masturbaba...

Con dos dedos se emocionó y luego lo hizo con tres, se movía con más energía y levantaba la cola mientras se introducía los dedos con fuerza para obtener placer. Yo estaba de espaldas a ella, escuchando todo, y mi pene estaba completamente erecto, era maravilloso escuchar sus suaves gemidos contenidos para no despertarme. Debió haberse humedecido de manera excepcional, ya que al mover sus dedos dentro de ella, se podía escuchar ese característico sonido de cuando se sumerge la mano en agua. Suspiró profundamente y llegó al clímax.

Se excitó con el hombre de enfrente, tal vez él le mostró su miembro y ella se sintió tan tentada que tuvo que tocarse para aliviarse.

Al día siguiente, domingo, se levantó temprano y decidió ir a la panadería. Se vistió de manera informal, con unos pantalones de deporte celestes y una camiseta blanca básica, se puso sus zapatillas, sus gafas de sol negras y salió de casa.

Al regresar, la noté alterada, y me contó lo sucedido:

–Toto, no puedes imaginar lo que me pasó, ¿recuerdas al pervertido del edificio de enfrente? Pues bien, estaba en el quiosco de prensa y pasó a mi lado ese hombre que me mira y se toca. Compré el periódico, fui a la panadería y el hombre fingió estar mirando un escaparate, pero cuando pasé por delante de la tienda comenzó a seguirme, entré a comprar pan, él también lo hizo detrás de mí y, como había mucha gente, se acercó y me manoseó el trasero.

–¿Y tú qué hiciste?

–Nadaaa... ¿qué esperabas que hiciera si la panadería estaba tan llena que no cabía un alfiler?

–Ay, Ale, no habrá sido para tanto– le dije, excitado imaginando la situación y dándole pie para que continuara narrando los hechos.

–¿Y luego qué pasó?

–Prométeme que no te vas a enojar...

–Vamos, Ale, cuéntamelo todo, no me voy a enojar

–Ese hombre morboso se acercó a mí y sentí su miembro erecto contra mi trasero– me dijo con voz de seducción.

–Tienes un trasero muy provocativo, cariño– le dije mientras mi pene se ponía aún más duro.

–¿Te gustó cuando te lo apoyó todo?

–Mmmm... más o menos –respondió, fingiendo timidez.

En realidad, estaba más que excitada.

Me agarré a sus nalgas, acariciándolas lascivamente, y metí una mano por dentro de sus pantalones de deporte, encontrando su entrepierna empapada.

La estimulé manualmente y, abrazados, nos dirigimos hacia la ventana que daba al edificio de enfrente, y tomándola desde atrás, la penetré estando de pie. Los dos no dejábamos de mirar para ver si aparecía el sujeto voyeurista, que seguramente nos espiaba desde detrás de las cortinas azules de su apartamento. Con aires de macho, quería marcar territorio y hacerle saber que esa mujer era mía, pero ella ya tenía otros planes. De hecho, con ese roce que tuvo en la panadería, la había excitado por completo, y ese desconocido la puso al límite en plena calle.

Al mediodía, Alina, mi hija mayor, y su novio Kevin vinieron a almorzar con nosotros y nos dieron una agradable noticia: ella estaba embarazada de tres semanas. Nos alegramos mucho y para mí fue un torbellino de emociones, no podía asimilar que mi hija iba a hacerme abuelo por primera vez y, aunque tengan veintitantos años, para los padres los hijos siempre serán pequeños, y en mi caso me cuesta mucho aceptarlo.

En cuanto a mi esposa, tenía un brillo especial en su mirada, ahora alguien de nuestro círculo íntimo iba a ser madre y la noté ilusionada en exceso.

Me imaginé a Ale con una barriga de embarazada, y sabía que iba a ser una madre sexy, eso me excitó sobremanera. Cuando Alina y Kevin se fueron, hicimos el amor por segunda vez ese domingo, ella estaba más excitada que nunca y con las hormonas descontroladas.

Aunque la noticia del embarazo de mi hija mayor me desconcertó, me excitó el hecho de que Alejandra encontró a un hombre que deseaba copular con ella. Eso me sirvió de mucho estímulo y tuvimos relaciones como nunca antes.

El lunes llegó la rutina laboral...

El tráfico era un desastre y el agobio de la ciudad nuevamente se hacía presente. Sin embargo, al atardecer/noche regresábamos a casa y, como todos los días de la semana, íbamos al parque a correr.

Nos colocamos la vestimenta adecuada para la actividad y partimos. Después de tres vueltas entre caminata y trote, nos rendimos en el césped para descansar. En ese momento, pasó por el camino el vecino que se deleitaba mirando a mi esposa.

Ale se alarmó y me indicó al individuo mientras pasaba. La noté nerviosa y acalorada. Intenté tranquilizarla diciéndole que no se atrevería a comportarse de forma insinuante estando yo presente. Aunque, en el fondo, deseaba que hubiera un acercamiento entre los dos.

En la segunda vuelta, le pedí a mi esposa que se levantara y diera otra vuelta, mientras yo descansaba un poco más. Ella aceptó y se preparó para hacerlo. En este tiempo corriendo por las tardes, nunca había hecho lo que hizo ahora: se quitó el buzo que cubría su trasero y comenzó a trotar mostrando sus glúteos. Y vaya que tenía un trasero espectacular con esos leggings color turquesa y detalles fluorescentes, lucía hermosa.

Después de adelantar al sujeto, la animé al pasar. Ella me lanzó un beso y la noté excitada. Un rato después, el individuo pasó trotando y tenía la mirada fija en el trasero de Alejandra, quien le sacaba varios metros de distancia.

Al completar su tercera vuelta, Alejandrita regresó a mí en busca de agua, estaba completamente sudada y se agachó para beber de la botella térmica. El sujeto, obviamente, la vio y por instinto se acercó a nosotros simulando preguntarme la hora.

En realidad, se acercó por ella. Al verla en esa postura, mostrando sus glúteos, el hombre se sintió tentado por instinto.

Ella, de espaldas, se recogió el cabello sobre el top blanco, dejando al descubierto su tatuaje en la espalda, y pude notar que estaba nerviosa porque la conozco a la perfección.

Yo ansiaba que hubiera un contacto entre ambos, así que empezamos a charlar trivialidades con el joven, que parecía tener la misma edad que Ale, era delgado de piel blanca, con una barba cuidada, alto y robusto, de cabello liso, culto y elocuente. Encajaba perfectamente en mi gusto para que se acercara a mi esposa, quien parecía estar interesada en él a pesar de no decir nada y mantener las formas.

Después de presentarnos mutuamente, le dije, "Ella es Alejandra, mi esposa", y ella se puso de pie, quedando frente a frente con él. Ambos tenían la misma altura, eran contemporáneos en edad, y yo ya sentía una ligera excitación al verlos así. Ale parecía gustarle al vecino voyeur de enfrente.

–Hola, soy Gustavo.

–Mucho gusto, yo soy Ale.

Sí, el mismo Gustavo que te tocó el trasero en la panadería, pensé, y ahora le dices "mucho gusto". Mi esposa era atrevida.

Nos preguntó si siempre íbamos a caminar al parque, a lo que le respondí que sí, e incluso le propuse unirse a nosotros sin problemas. Le gustó la idea y acordamos encontrarnos al día siguiente a las 8 pm.

Gustavo se despidió de manera formal, nosotros regresamos a casa y él continuó su ejercicio en el parque.

–¡Toto, qué estás haciendo! –me reprendió enérgicamente cuando el joven se fue.

–Viste cómo te miró? Quiere tenerte, te tiene completamente excitada, amor –le dije, y ella actuó como si no supiera de qué hablaba.

Yo estaba abriendo la puerta a que se comportara mal. Estaba iniciando un camino sin retorno hacia una infidelidad consentida.

De regreso en nuestro departamento, conversamos sobre Gustavo, el vecino. Siempre tratando de ser conciliador, le dije que me había caído muy bien.

–¿Qué te pareció a ti?

–No lo sé... es atractivo.

–Entonces te gusta?

–Te dije que es atractivo, no dije que me gusta.

–Ale, si te gusta, te prometo que no me enojaré ni me pondré celoso, como cuando sucedió con el doctor Bustamante. Además, soy consciente de que tienes necesidades físicas y quizás ya no pueda satisfacerte como antes.

–Entonces, ¿me estás otorgando permiso?

–Si ambos se atraen, me retiraré a un lado, Ale, quiero tu felicidad.

Una lágrima resbaló por su rostro mientras me confesaba su amor. Estaba dichoso.

Ve y sé feliz, mi amor le dije y me besó.

Se desprendió de las zapatillas, las medias y la calza, quedando solo con la remera puesta y en tanga. Abrió las cortinas que daban al balcón y al ventanal, exhibiéndose de esa manera, caminaba de un lado a otro, como si deseara ser espiada por ese hombre.

Sí, apareció Gustavo (ahora conocíamos su nombre), se situaba en su balcón mirando hacia el nuestro y la observó, empezando a acariciarse la entrepierna.

Apagué las luces desde adentro para que el sujeto no me viera, sin embargo, yo tenía una visión perfecta de los dos.

Alejandra se dedicaba a regar las plantas y al inclinarse, medio trasero quedaba al descubierto, la remera le subía y esa tanga se perdía entre sus glúteos. Al mismo tiempo, la masturbación de Gustavo al mirarla fijamente era evidente. Parecía no importarle nada, ni siquiera que alguien más lo viera, y era muy probable que otros lo hubieran visto. Mi esposa lo tenía notablemente excitado.

Ella se recostó en la reposera, sofocada, se quitó la remera quedando solo en corpiño y con la húmeda y diminuta bombachita. Sabía que la observaba con deseo, fingió volver a su libro sujetándolo con una mano y con la otra comenzó a acariciarse.

Yo me estimulaba al ritmo de los dos. Era la primera vez que mi esposa se complacía, por así decirlo, en público. Ella por su hombre y él por ella, con una calle de por medio que los separaba. Se introdujo los cinco dedos profundamente y estaba contenta, liberada y lista para aparearse con Gustavo, el vecino de enfrente. Experimentó un hermoso orgasmo allí en el balcón recostada en la reposera.

En mi caso, lo positivo de todo esto es que me provocaba erecciones espontáneas, se ponía enorme y firme y sin la ayuda del Sildenafil.

Alejandra regresó del balcón satisfecha, me vio sentado en el sofá masturbándome y con una mirada llena de deseo se arrodilló entre mis piernas y me practicó sexo oral por completo.

Después de hacer el amor en la cama y ya calmados, comencé a preguntarle si le gustaría tener intimidad con Gustavo. Se mostró pensativa, no me dio ni un Sí ni un No, pero se notaba un entusiasmo en su mirada.

Cuando nos crucemos con Gustavo en las caminatas por el parque, plantearé la posibilidad de un encuentro con Alejandra, mi esposa, me excita solo de imaginarlo, ver a mi joven esposa siendo poseída por el vecino de enfrente.

Los nervios me abruman, pero deseo llevarlo a cabo y me resigno a una infidelidad consentida, a ser un cornudo sin saberlo.

Buscaré las palabras y el momento oportuno para llegar a un acuerdo los tres y continuar esta historia.

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