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Engañando mi fidelidad por primera vez


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Ya había pasado una década trabajando en ventas, distribuyendo productos "con la misma amabilidad de siempre", me había involucrado con mujeres casadas, viudas, vírgenes, en fin, una variedad de mujeres hermosas. Pero a los 33 años conocí a mi esposa y decidí renunciar a mi comportamiento promiscuo. Durante unos cuatro años viví de esa manera y rechacé propuestas de aventuras con mujeres que se me insinuaban descaradamente. Un amigo me dijo: "ser casado no significa estar castrado", mientras yo defendía mi fidelidad argumentando que era feliz con mi matrimonio y lo que vivía con mi esposa era suficiente. Sin embargo, un día, por motivos económicos, acepté cambiar a los turnos nocturnos, y al despedirme, mi amigo comentó de forma burlona: "Aquí termina tu fidelidad", yo simplemente reí sin darle importancia.

Cuando ingresé al turno nocturno, todo cambió. Llegué nervioso y con ansias de aprender y desempeñar mi labor lo mejor posible. Era una experiencia totalmente distinta a todo lo que había experimentado antes, especialmente por las tiendas que visitaba. En su mayoría, eran los empleados quienes lideraban y los supervisores solo aparecían de vez en cuando. Cubría la zona de Cuautitlán y procuraba realizar mi trabajo lo más rápido posible para salir de esa área, ya que era conocida por su alta incidencia delictiva. Por azares del destino, la empresa realizó cambios y me trasladaron a la zona de Texcoco. Tras unas semanas, logré establecer confianza con todos y conocer a la gente de la zona.

Con el paso del tiempo, me sentía más cómodo y cercano a algunos empleados, incluso compartíamos cenas, donde yo aportaba el pan y ellos el café. En aquel entonces, había algunas trabajadoras que despertaban mi excitación al verlas, intentaba disimularlo frente a ellas. En una de las tiendas, hubo un cambio de personal y el líder me pidió gentilmente que ayudara a las nuevas empleadas. Eran dos mujeres, una de unos 55 años y otra de unos 35 años. La mayor se llamaba Jimena y la segunda Carmen. Continué trabajando de forma normal, pero al llegar a esa tienda, solía responder a las preguntas que tenían las nuevas empleadas y brindarles mi ayuda.

En una noche, cuando Carmen me solicitó ayuda con respecto al inventario, pude percibir su recién bañada fragancia y su suave perfume, que emanaba un fresco y agradable olor. Mientras me acercaba a la computadora, ella se quedó frente a mí y, al comenzar a teclear, se aproximó más, rozando su redondo trasero contra mi cuerpo. Casi por instinto, mi erección se hizo presente, pero decidí no hacer nada al respecto. Ella emitió un leve "mmm", terminé de resolver su consulta y, al entregarle la información, ella me agradeció. Salí hacia la camioneta para cumplir con el pedido y calmar mi excitación. Al salir, no pude evitar fijarme en Carmen, su cuerpo era atractivo y sus redondeadas caderas realzaban su hermoso trasero.

Ese día completé mi labor, aunque con una creciente excitación. En mi siguiente visita a la tienda, busqué con la mirada a Carmen, quien se encontraba acomodando la mercancía. A pesar de su bata, su hermoso trasero se divisaba claramente. Me saludó y me dijo: "Espérame un momento, voy por unos cambios para ti". Le agradecí, saludé a la otra empleada y me dirigí a la sección para verificar y hacer el pedido correspondiente. En ese momento, Carmen se acercó más de lo habitual y me entregó los cambios. Al darse la vuelta, rozó su brazo con mis manos. Mi erección volvió a hacerse presente y terminé la visita excitado una vez más.

En la siguiente ocasión, Carmen estaba trabajando en la caja y su compañera entraba y salía de la cámara frigorífica. Cuando le dije a Carmen que regresaba con su pedido, ella me pidió que me acercara más. Lo hice, y ella, abriéndose la bata, me mostró sus pechos cubiertos por un delicado sujetador de media copa, diciéndome: "¿Qué le harías a mis pechos, Don?". Respondí: "Si quieres saberlo, acompáñame a la camioneta". Me di la vuelta y salí hacia la camioneta. Unos instantes después, escuché un golpe en la puerta y le permití entrar. Sin mediar palabra, la abracé y le di un beso en los labios, dando inicio a una nueva experiencia prohibida.

Rápidamente correspondió introduciendo su lengua en mi boca.

Comencé presionando sus pechos, desabroché su bata, y su sostén no pudo ocultar lo erectos que se pusieron sus pezones, los bajé para colocar mis labios en ellos, le dije "hoy tus senos serán amados plenamente y tú serás mi amante ocasional", con voz entrecortada ella respondió "sí, hazme tuya Papi", la besé detrás de sus orejas y suspiraba mientras mis manos se adentraban en su pantalón hasta llegar a su vagina ya húmeda y poblada de vello, esto me excitó aún más.

Carmen jadeaba y decía "sí papi, haz conmigo lo que quieras, soy tuya", introduje un dedo en su vagina y noté cómo se humedecía, saqué mi mano de su pantalón, llevé mi dedo a mi boca y le dije "qué delicioso sabor, cariño", a lo que ella contestó "méteme tu miembro, quiero sentirlo dentro de mí", desabroché su pantalón y al bajarlo dejó ver su tanga ya empapada. La recosté sobre unas charolas entre las estanterías de la camioneta, permitiéndome apreciar plenamente su bello trasero.

Bajé su tanga y su vagina peluda dejaba ver sus jugos que fluían, le dije "primero, cariño, vas a experimentar lo que es una buena felación, no pararé hasta llenar mi boca contigo", acto seguido, sumergí mi boca en su vagina, introduje mi lengua en esa cavidad que emanaba fluidos sin cesar, mi lengua acariciaba su clítoris hasta que se tensaba soltando un gemido y llegando al clímax dentro de mi boca.

Se volteó y me dijo "ni siquiera mi esposo me ha hecho llegar así, tómame Papi", me pidió bajar el pantalón y liberar mi pene. Tras unos juegos preliminares sin introducirlo por completo, me rogó "ya, tómame", así que con un fuerte empujón le introduje mi miembro, deslizándose sin dificultad y sintiendo su cálida vagina. Al sacar y meter mi pene, le dije acostado "ahora, demuéstrame lo traviesa que eres", ella se sentó ensartando todo mi miembro en su vagina, primero se movió de arriba abajo y luego empezó a girar, experimenté el éxtasis y más aún cuando su vagina se contrajo, liberando sus fluidos, sentí mi pene erguido y exploté en un gran orgasmo, nos abrazamos por un momento y nos besamos de nuevo.

Al concluir, bajó de la camioneta para que yo pudiera surtir y sin antes decirme "soy tu amante Papi y cada tres días quiero que me poseas". A partir de entonces, cada tres días teníamos nuestros encuentros y viví momentos que seguiré compartiendo más adelante.

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