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La historia de cómo encontré a mi pesar (II)


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Si has llegado hasta aquí después de leer la primera parte de esta confesión, voy a compartir contigo, querido/a lector/a anónimo/a, la pequeña pero significativa transformación que ha experimentado mi vida en los últimos meses.

En la entrega anterior te dejé en el momento en que me disponía a tomar una ducha, que en ese momento me pareció purificadora, como si intentara limpiar mi conciencia con jabón de coco.

Todavía sentía un agradable calor en mi zona íntima mientras me secaba lentamente con una toalla que acariciaba suavemente mi piel, mis curvas y mis pensamientos, antes de aplicarme una loción corporal con aceites aromáticos. Sí, era un gasto en el rostro, pero viendo los resultados, valía la pena.

Desde el baño escuché cuando él llegó (mi esposo) y esperé unos instantes a que ingresara a la habitación. Salí desnuda, aparentando sorpresa al verlo allí, buscando su mirada y esperando alguna reacción de su parte. Se acercó y me besó, si se puede llamar beso a tan solo juntar levemente los labios. Me miró algo sorprendido, no era la reacción que esperaba, pero me dijo que olía muy bien, otro punto a favor de los aceites esenciales.

Dudé unos segundos si debía intentar acercarme más o si era mejor evaluar el estado de la pasión en nuestro matrimonio en ese momento. El resultado fue bastante frustrante. Encontré más pasión en los cojines inmóviles que decoraban la cama. Recordé cuando solía sorprenderme mientras me vestía, abrazándome por detrás, apartando mi cabello y besándome en el cuello, acariciando mis pechos con sus manos, presionándome con su cadera hacia el armario hasta que sentía su erección crecer entre mis nalgas, cuando me daba la vuelta, se agachaba y exploraba con su boca entre mis piernas, separando mis muslos, regalándome el calor de su aliento en mi zona íntima, deslizando una lengua ansiosa por explorar cada rincón de mis labios hasta dar con mi tesoro escondido. Eran tiempos pasados. No esperaba lo mismo, por supuesto, pero sí esperaba algo. Aquella noche me sentía ansiosa. Caliente, por qué no decirlo, y esperaba algo de él. Cualquier gesto hubiera sido suficiente. Las noches de diversión sexual, con los años, habían perdido su frecuencia para convertirse en algo puntual y, casi sin darnos cuenta, en anécdotas.

Él no fue mi primer amor, pero casi lo fue, por lo que mi experiencia en el ámbito sexual no fue muy variada. No fue por falta de oportunidades, eso lo reconozco, sino porque prioricé otros objetivos en mi vida, centrada en los estudios y en sueños que, desafortunadamente, rara vez se hicieron realidad.

Podría decir que mi primera experiencia cercana con el sexo masculino fue de naturaleza voyeurista. Estaba en casa de una amiga cuando nos atrevimos a espiar a su hermano a través de la cerradura del baño. Éramos 3 o 4 chicas, muy inocentes, y cuando llegó mi turno me encontré con un joven de unos 20 años saliendo de la ducha, con un frondoso y oscuro cabello mojado entre las piernas y un pene que surgía de aquel enmarañado bosque y colgaba flácido, balanceándose al compás de sus movimientos mientras salía de la bañera.

No encontré nada particularmente interesante en esa escena, salvo que se grabó en mi mente como la primera vez que observé un pene en vivo.

Tuve que esperar varios años más para tener otra experiencia similar. Ocurrió en una fiesta en una residencia universitaria. Del chico, apenas recuerdo su rostro o su nombre, ya que nos acabábamos de conocer ese día, pero lo recuerdo por otro motivo.

Salimos a una escalera de emergencia donde no había nadie y llevábamos un rato besándonos.

Actuábamos como si no hubiera nada más importante en el mundo, como si fueran los últimos besos antes de un desastre. Nos besábamos apasionadamente, con nuestras lenguas entrelazadas como anguilas en un cubo, sintiendo el ardor de nuestros labios por el roce constante. Llevábamos así un tiempo indeterminado cuando noté sus manos desplazándose desde mi cintura hasta mis pechos. Un calor intenso se apoderó de mí y esperé a que esas manos inexpertas llegaran a su destino, pero el momento no llegaba.

Decidí tomar la iniciativa y guiar su mano debajo de mi blusa y sujetador, permitiendo que sus dedos exploraran mis senos, sintiendo mis pezones erectos y permitiendo que los apretara. Sentí cómo se excitaba cada vez más, intensificando los besos aún más. Se aproximó más a mí y noté la firmeza de su entrepierna presionando contra mi abdomen, mientras sus manos amasaban mis pechos con vigor. Al mismo tiempo, mi mano se deslizó desde su costado hasta el botón de sus vaqueros y, con habilidad, logré desabrocharlos rápidamente, sin separar nuestros labios que ya estaban húmedos por la excitación.

Entre besos y suspiros, baje mi mano introduciéndola bajo su ropa interior y palpe un pene erecto que había estado ahí por un buen rato. Mis dedos rodearon ese miembro caliente y palpitante, sintiéndolo duro y enorme. Mientras tanto, con la otra mano bajé su ropa interior y, al separarme un momento de él, pude apreciar su impresionante tamaño. Era un pene largo y curvado hacia arriba, mostrando un glande rosado y hinchado en la penumbra del lugar.

Con el paso del tiempo, considero que fue el pene más grande que tuve en mis manos. Bajo su mirada extasiada, usé mi otra mano para acariciarlo, consciente de que sería un desafío encajarlo en mi intimidad inexperta. A pesar de no tener intenciones de tener relaciones esa noche, por un momento deseé que él fuera mi primera vez, aunque rápidamente esa idea se desvaneció, ya que, apenas comenzaba a estimularlo con mis manos, me dijo que no aguantaba más y eyaculó. Mientras su pene se agitaba al liberar su semen, opté por seguir sosteniéndolo para evitar cualquier derrame.

Después de unos instantes, la eyaculación cesó, pero yo aún mantenía firmemente su pene entre mis manos. Me pidió que lo acariciara suavemente mientras parecía experimentar pequeños espasmos. Me había manchado de semen la blusa sin darme cuenta en ese momento, y sentía la textura viscosa y el olor característico en mis dedos, incapaz de soltarlo.

Esa noche no tuvimos relaciones, ni llegué al clímax, ya que después de masturbarlo la atmósfera se tornó un poco incómoda con una mirada que denotaba confusión sobre nuestros actos.

No deseaba que me tocara. Recuerdo esa sensación claramente. Hubiera vuelto a estimularlo si así lo hubiera deseado, pero no me sentía cómoda con sus caricias. Nos despedimos poco después y no lo vi de nuevo hasta meses más tarde en una tienda de discos, acompañado de alguien que supuse era su novia. Opté por salir sin ser vista. Confieso que en ocasiones he recordado ese pene, masturbándome e imaginando una penetración que me hiciera gemir de placer. Hay experiencias que llegan en un momento que quizás no es el adecuado, con un posible desenlace diferente si hubieran ocurrido años después.

Aún desnuda en mi habitación, ante la indiferencia de mi esposo, decidí vestirme y aprovechar las horas que restaban en el día, esperando que el fuego que ardió en mi interior se extinguiera por completo.

Esa noche dormí mal. Mi mente divagaba y mi conciencia comenzó a juzgarme por algo que ni siquiera había sucedido.

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