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Aventuras sexuales de Laura


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Soy conocida como Laura. Poseo una complexión delgada, cabello pelirrojo corto y suelo usar anteojos negros de pasta. Si bien he probado las lentillas, no las soporto, por lo que prefiero las gafas. Además, no me quedan mal y una amiga me sugirió que me hacen ver más atractiva. Aunque dudo un poco de ese comentario, especialmente porque ocurrió en un bar con música alta alrededor de las dos de la madrugada y mi amiga estaba un tanto ebria.

No suelo beber mucho, con una copa me basta. Tengo otras aficiones, entre ellas el placer carnal. He experimentado besando a mujeres, incluso una vez con una amiga rellenita y muy cariñosa, practicamos lo que los angloparlantes llaman "humping". Mi amiga se arrodilló en la cama con su trasero amplio y tembloroso al aire, mientras yo, sin sujetador y con los vaqueros puestos, empecé a rozar mis partes contra su espalda, como si la estuviera penetrando por detrás. Se excitó muchísimo, gemía pidiendo más y más, hasta que finalmente me sujetó la cabeza y me besó con pasión y mucha saliva.

Aunque la experiencia no fue del todo desagradable, no me satisfizo por completo.

Una semana después conocí a Antonio. Cuando me besó, sentí algo especial, su boca tenía un sabor único y adictivo. Pasé gran parte de la noche pensando en él, en sus besos, en su cuerpo y en cómo sería tenerlo dentro de mí.

Finalmente, a la tercera cita, llegó el momento. Hicimos el amor. Cuando introdujo su miembro en mi interior, la sensación fue maravillosa.

Una semana más tarde, no podía quitármelo de la cabeza. Aunque no suelo masturbarme con frecuencia, me descubrí frotando mi sexo contra una almohada recién salida de la ducha, mientras mi mente vagaba hacia él. Incluso en el trabajo, sentada en el baño, mientras orinaba y liberaba algún gas, me acaricié hasta llegar al clímax, con la mente nublada y los dedos empapados de deseo.

En nuestro siguiente encuentro, el jueves, estaba nerviosa y ansiosa por sentir sus caricias, pero logré mantener la compostura y tener una conversación coherente. Antonio es una persona culta, su voz es atractiva y tiene una facilidad de palabra que hace que la comunicación fluya. Esa noche, deseaba besarle y disfrutar del intercambio de fluidos, quizás un poco de su elocuencia se transmitiría a mi boca.

De repente, me preguntó: "¿Te gustan los azotes?".

Tomada por sorpresa, me costó unos minutos reaccionar. Él, consciente de mi desconcierto, expuso sus fantasías con seguridad y determinación.

Aunque no llegamos a nada concreto en ese momento, en mi interior sabía que, tarde o temprano, tendría que satisfacer su fetiche para no perderle.

La oportunidad se presentó una semana después, cuando le invité a cenar y accidentalmente quemé la comida en el horno. Avergonzada, le pedí disculpas, y aunque en un primer momento se mostró serio, no pudo evitar esbozar una sonrisa. Luego, con formalidad, me dijo:

"Has quemado la cena, como castigo no habrá intimidad esta noche".

Sin pensarlo, protesté, le dije que no era justo que...

"Pareces una niña. Hoy no habrá intimidad porque estoy disgustado contigo, y si la hubiera, no te trataría como corresponde".

Por alguna razón, mi rostro se ruborizó aún más. No puedo negar que estaba nerviosa y un poco asustada en ese momento. Sabía que su presencia, sus manos, su fuerza, podrían someterme en cualquier instante y poseerme con una pasión desenfrenada. Aún así, no había otro lugar donde quisiera estar que a su lado en ese momento.

Solo pensarlo hizo que me excitara profundamente.

"

Decidí cambiar de ropa interior. - anuncié en voz alta.

Él respondió.

- Eres una atrevida. Será mejor que me vaya antes de que la situación se descontrole.

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- Espera, déjame cambiar y luego hablamos.

Fui a la habitación y me cambié de bragas por un tanga. Opté por no colocarme los pantalones, en su lugar me quité la camiseta, quedando en ropa interior, calcetines y gafas.

Saliendo de la habitación.

Él me observó detenidamente con deseo.

De manera provocativa, caminé hacia la cocina, saqué una cuchara de madera de un cajón y se la ofrecí, diciendo.

- He sido una chica traviesa, ¿me darías unos azotes?

De manera inmediata, me tumbó sobre sus piernas y comenzó a azotar mis nalgas con la cuchara. Los golpes dolían y mis glúteos se enrojecían mientras me movía tratando en vano de esquivar los golpes.

Después de un minuto aproximadamente, me soltó.

Le miré con enfado mientras frotaba mis nalgas ardiendo.

Se acercó, retiró mis gafas y sujetando mi cabeza con firmeza pero con cuidado, me besó con pasión en los labios.

Abrí la boca y permití que nuestras lenguas se encontraran.

Luego, de alguna forma, me arrodillé, bajé la cremallera de sus pantalones, liberé su miembro y lo introduje en mi boca, chupándolo con deseo. Lo saqué, tosí, chupé y besé la punta antes de volver a introducirlo en mi boca, dejando que la saliva resbalara por el borde de mis labios.

Pronto me encontré boca abajo en la cama, sin tanga. Antonio me penetró de forma brusca, haciéndome gemir. Me dio un azote en la nalga derecha y continuó con sus embestidas, dejando caer todo su peso sobre mí. Una ola de placer recorrió mi cuerpo y pronto llegué al clímax.

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