A los 24 años, opté por prepararme para unas pruebas de acceso. Inicié mi búsqueda de un centro de estudios y me informé sobre el plan de estudios y los horarios. El contenido se dividía en tres áreas, cada una impartida por un docente diferente, una profesora y dos profesores. Para mantener su privacidad, la profesora será llamada Julia.
En el aula éramos veinte alumnos. Durante las clases de Julia, notaba que diriga su atención hacia mí de manera constante, como si fuese el único estudiante presente. Era evidente que mostraba interés en mí. Sin embargo, me resultaba complicado encontrar la oportunidad de hablar a solas con ella, ya que siempre había algún profesor cerca en la sala de profesores.
Julia siempre estaba elegantemente vestida. Nunca la vi vistiendo prendas informales como yo, que prefería un estilo más casual. Por eso me sorprendió su interés hacia mí.
En vez de ponerme nervioso, sus continuas miradas me hacían sentir halagado.
Para poder abordar el tema, ideé un plan. Aprovechando que cada semana nos evaluaban con un examen, decidí escribir mi número de teléfono junto a una nota sugestiva entre las preguntas 7 y 8 (para que pasara desapercibido en caso de que alguien lo notara), con la intención de que Julia se contactara conmigo para hablar sobre nuestros sentimientos.
En aquella época, en 1997, el WhatsApp aún no existía y los teléfonos móviles eran dispositivos enormes, similares a los utilizados por el personaje Mortadelo.
Los días de espera fueron angustiantes. Sentía palpitaciones aceleradas y momentos de arrepentimiento por mi acción. ¿Y si todo era fruto de mi imaginación? ¡Qué vergüenza! Estaba dispuesto a cambiar de centro de estudios si no recibía ninguna llamada. ¿Cómo enfrentar a mis compañeros después de haber actuado de forma tan ridícula?
¿Ya habría corregido mi examen Julia o aún estaría pendiente? La incertidumbre me invadía. Temía sufrir un infarto en cualquier momento debido a los nervios.
Finalmente, al tercer día de espera, sonó el teléfono. La ansiedad se apoderó de mí al ver un número desconocido. ¿Sería ella? ¿Me llamaría para elogiarme o para reprenderme severamente?
Con manos temblorosas respondí el teléfono con un tímido "¿Hola?". Era Julia.
–Hola Jonathan, ¿cómo estás? Fue una buena idea dejar tu número en el examen. Debo decirte que estoy casada y esta ciudad es muy pequeña. Los rumores se propagan rápidamente y debo cuidar mi reputación. ¿Cómo podemos encontrarnos para hablar en privado?
–¿Conoces la cafetería Siracusa? –le propuse–. Se encuentra en las afueras de la ciudad y no suele estar muy concurrida. Es poco probable que alguien nos reconozca.
Aceptó la propuesta y acordamos encontrarnos al día siguiente a las 11 de la mañana en ese lugar.
Después de una noche casi en vela, me dirigí a la cafetería puntualmente y esperé en el piso de arriba, un espacio más reservado que nos permitiría conversar sin interferencias. Desde allí, pude verla cruzando la calle minutos después, luciendo un abrigo, blusa azul, falda-pantalón caqui y zapatos de tacón. Su cabello rubio suelto hasta la cintura junto con unos labios pintados de un rojo intenso realzaban su belleza, parecía una diosa escandinava.
Mientras tanto, yo vestía zapatillas, vaqueros rotos y camiseta. Nopegábamos ni con cola ¿Qué podría haber observado en mí? Yo a su lado parecía más un acompañante remunerado.
La contacté por teléfono móvil para informarle de que me encontraba en el segundo piso y que subiera. La escuché pedir algo en la barra y después oí el sonido característico de los tacones resonando en las escaleras. Al asomarse en el rellano, se aproximó a mí, nos saludamos con dos besos e intenté romper el hielo preguntándole:
– ¿Cómo crees que me fue en el examen? ¿Obtuve una buena nota?
Ella soltó una carcajada y me respondió:
– Fue el mejor examen que corregí en mucho tiempo. Me alegró mucho.
A partir de ese momento, todo fluyó de manera natural.
Dialogamos sobre diversos temas, pero principalmente sobre nosotros, nuestros sentimientos.
Planeamos un lugar de encuentro, ya que encontrarnos en el automóvil solo podía ser una solución temporal, por lo que era necesario buscar otra forma de vernos.
Entonces pensé en un motel que se encontraba a 15 km de la ciudad, el cual era prácticamente un lugar reservado para amantes. El personal era muy discreto.
Quedamos en recogerla al día siguiente alrededor de las 10 de la mañana para dirigirnos juntos al motel.
Al despedirnos, decidí darle un beso aprovechando que no había nadie en el segundo piso. Ella se acercó y sentí el roce de sus labios con los míos. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. De ese beso pasamos a uno más apasionado y después a uno más intenso. Sus labios y los míos se entrelazaron en un momento inolvidable.
Hasta entonces, nunca había tenido una relación con una mujer casada y debo admitir que resultó mucho más emocionante. No se puede llevar a la pareja a lugares públicos, pasear tranquilamente a su lado, ir al cine o a bailar. Era necesario verse en secreto, caminar unos pasos detrás de ella para no levantar sospechas, besarla solo en privado. Fue una experiencia que despertó un gran interés. La fruta prohibida incita a romper las reglas.
No soy de estatura alta, mido 1,67 m. Ella, con tacones, me superaba unos centímetros, pero no comprendo a los hombres que rechazan a una mujer por ser más alta que ellos. Debe ser un problema de autoconfianza.
En ocasiones nos encontrábamos en una ciudad cercana, donde actuábamos con mayor libertad. Nos abrazábamos en la calle y comíamos en restaurantes.
Pasé la noche ansioso, esperando la hora de ir por ella.
“¡Qué mañana tan agradable pasé junto a ella en aquella cafetería!”, pensaba.
Finalmente llegó el amanecer. Me duché rápidamente y salí corriendo a buscarla.
En el camino al motel, los dos enamorados íbamos expectantes y felices. De vez en cuando, posaba mi mano sobre sus muslos y los acariciaba. Ella me miraba de reojo y sonreía.
El motel era un grupo de cabañas adosadas al estilo de las que aparecen en la película "Psicosis" de Alfred Hitchcock. Afortunadamente, eran las 11 de la mañana y no las 11 de la noche, de lo contrario, no me hubiera quedado allí. La recepcionista nos asignó la habitación nº 13. No tengo supersticiones y nada iba a arruinar nuestro encuentro.
Una vez dentro de la habitación, comenzamos a besarnos con desenfreno al mismo tiempo que nos desvestíamos mutuamente.
Julia tenía unos senos hermosos, realmente cautivadores. No dejé ni un momento de acariciar y saborearlos.
Ella llevaba medias de cristal que combinaban con ligueros negros, lo cual encendió aún más mi deseo, por lo que no permití que se los quitara.
A Julia le encantaba la postura del perrito, pero primero decidimos practicar la tradicional, la del misionero. Comencé con un ritmo muy pausado, un vaivén cada dos segundos. Luego fui acelerando a un vaivén por segundo, dos vaivenes por segundo... hasta alcanzar finalmente tres vaivenes por segundo. En ocasiones aceleraba a cuatro tiempos por segundo, pero debía regresar al ritmo anterior debido al agotamiento que suponía.
Julia tenía los ojos entreabiertos y jadeaba sin cesar. Mientras tanto, yo besaba su rostro, y su cuello.
Mordisqueaba a manera de vampiro.
Pronto experimentó un orgasmo enloquecedor y en ese momento fui yo quien recibió mordiscos en el cuello, como si intentara arrancarme un trozo de piel.
Optamos por adoptar la posición que ella prefería.
Julia se colocó en cuatro patas mientras yo, sujetándola firmemente por la cintura, le di placer de forma intensa, algo que su esposo no le proporcionaba (según me confesó más tarde). En ocasiones, la agarraba por los hombros para penetrarla con más fuerza. Como Julia llevaba el cabello suelto y no podía ver la lujuria en su rostro, a veces lo recogía con mis manos a modo de coleta y, como si fueran las riendas de un caballo, tiraba suavemente hacia atrás. Ella me miraba con una sonrisa y me pedía:
–Dame fuerte, cariño, sin piedad. Esta yegua necesita ser montada apropiadamente. Sin delicadezas.
Traté de aguantar el mayor tiempo posible, manteniendo mi mente en blanco o repasando la tabla de multiplicar para no llegar al clímax tan pronto. Sin embargo, finalmente, eyaculé dentro de su vagina hasta dejarla completamente satisfecha. Casi al mismo tiempo, ella experimentó un éxtasis que la dejó tendida boca abajo en la cama durante un minuto, sin decir una palabra y jadeando.
Fue el primero de muchos encuentros que tuvimos durante el año y medio que duró el curso.
Aprobé el examen, pero al ser un concurso-oposición, no obtuve plaza al no alcanzar la puntuación necesaria. A pesar de ello, no fue tiempo perdido.
Sin embargo, al finalizar el curso, la situación comenzó a enfriarse poco a poco.
Lo que la emocionaba era tenerme como alumno y actuar como una maestra maliciosa. Pero al dejar la academia, esa situación provocativa y morbosa llegó a su fin.
Seguramente conquistó el corazón de otro alumno en el siguiente curso, quien tendría el privilegio de aprender las mismas maravillas que yo.
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