¡Hola! Soy Luna y tengo 21 años. Soy de estatura baja (155 cm) y de constitución delgada. Mi tez es blanca, tengo ojos y cabello castaño. Quería contar esta historia que compartí con mis amigas y que me hacía ilusión escribir. Después de mi primera cita con mi ex maestra (a la que llamaré Sofía), me sentía algo confundida. Experimentaba una extraña mezcla de confusión y excitación. Me gustaba, pero al mismo tiempo me sentía incómoda ya que nunca había pensado en besar a alguien como ella.
En los días siguientes, seguimos chateando como si nada hubiera sucedido. Sofía era atrevida y jugaba con insinuaciones. Yo intentaba mantener la compostura y hacerme la interesante, aunque debo admitir que a veces resultaba complicado. Quedamos en encontrarnos un viernes a las 2 de la tarde en el carrusel de la 21 de Calacoto. Me senté frente al restaurante de empanadas. El clima estaba agradable, el cielo despejado y hacía bastante calor. Yo llevaba jeans rasgados y un croptop negro. Ella llegó unos minutos más tarde, vestida con un elegante vestido negro y una camiseta blanca que le quedaba muy bien. Llevaba el cabello recogido en una coleta y gafas de sol. Nos saludamos con un beso en la mejilla y propuso dar un paseo por el parque. Aunque me puse nerviosa, acepté. Mis manos sudaban y mis piernas temblaban. Lamentablemente, el parque estaba abarrotado de gente debido a las vacaciones de verano, por lo que Sofía sugirió caminar hacia Auquisamaña, donde había un parque más tranquilo. Yo, nerviosa, asentí. Mientras caminábamos, ella no perdía la oportunidad de rodearme por la espalda con sus brazos, colocándolos en mi estómago. Debo reconocer que me gustaba sentir su aliento cerca de mi cuello y sus senos en mi espalda.
Llegamos a un pequeño parque escondido en la calle costanera. Era encantador y las casas de los alrededores parecían lujosas. Nos sentamos en un banco entre los árboles. En ese momento, estaba muy tensa y nerviosa. Me daba cierta vergüenza que alguien pudiera reconocernos en la calle.
Ella notó mi nerviosismo y trató de relajarme dándome un masaje en el cuello. Para los que no lo sepan, mi cuello y mis rodillas son mis puntos más sensibles. Sentir sus manos largas en mi cuello me transportó a las nubes. Era una mezcla de relajación y excitación. Estaba cediendo a sus avances. Como por instinto, coloqué mi mano derecha en su muslo izquierdo y comencé a acariciarlo suavemente.
De repente, con la poca fuerza de voluntad que me quedaba, me di cuenta de lo que estaba haciendo y me detuve. Le expresé a Sofía que quería ir más despacio, ya que toda la situación me abrumaba un poco. Con absoluta calma, Sofía entendió mis palabras. Me dijo que comprendía mi nerviosismo, pero que estaba profundamente enamorada de mí y que le gustaba mucho.
En ese momento, no sabía qué responder, me estaba derritiendo. Colocó su mano derecha en mi muslo izquierdo y la otra en mi mejilla derecha. Solo pude humedecerme los labios con la lengua, casi instintivamente. Nuestros rostros se acercaron lentamente y cerramos los ojos. Un profundo sentimiento de excitación y nerviosismo se apoderó de mí. Nuestros labios se rozaron delicadamente. Justo cuando estábamos a punto de besarnos, escuchamos a un niño gritar. Con rostros ruborizados de vergüenza, nos alejamos el uno del otro. Ambas estábamos sonrojadas, evidenciando nuestra vergüenza.
Mientras el niño y su madre pasaban frente a nosotras, tratábamos de disimular nuestra extrema vergüenza mirando alrededor. En cuanto la madre y su hijo se alejaron, Sofía me propuso ir a
Decidimos dirigirnos a su vivienda para disfrutar de música. Me comentó que su hijo se encontraba en la residencia de su ex pareja. A pesar de conocer que no era lo más conveniente, siendo las 4 de la tarde y estando muy emocionada, accedí. Tomamos el primer taxi disponible, y mientras nos dirigíamos, llamé a mi madre para informarle que iría a casa de una amiga para pasar el rato. Aunque, al final, no mentí del todo, tan solo omití algunos detalles. A pesar de mostrar cierta confusión, mi madre comprendió la situación.
El apartamento de Sofía (mi antigua profesora de inglés) se ubicaba en Achumani, una zona muy próspera de la ciudad con calles tranquilas y hermosas. Al descender del taxi, mientras Sofía pagaba al taxista, contemplaba la fachada del edificio. Recuerdo que se trataba de una edificación pequeña pero encantadora, pintada de blanco y con rejas en la entrada. Desde fuera, se podía observar que contaba con un ascensor en el centro de un pequeño vestíbulo.
Ella tomó mi mano y me condujo hacia la puerta del ascensor. Presionó el botón correspondiente y aguardamos un momento hasta que se abrieran las puertas. Se percibía una atmósfera cargada de tensión. Aunque no intercambiamos palabras, el ambiente denotaba cierto nerviosismo. Nos miramos cómplicemente y humedecí mis labios con la punta de la lengua. Repentinamente, se abrieron las puertas del ascensor.
Ambas ingresamos de inmediato. Una vez que las puertas se cerraron, nos sumergimos en un apasionado beso. Colocó sus manos en mi cadera y yo rodeé su cuello con las mías. Nos contemplábamos como dos enamoradas, como dos amantes que se reencontraban tras años de separación. Por un instante, sus manos rozaron mis glúteos.
Me sentía totalmente extasiada, a merced de la que alguna vez fue mi maestra. Sofía ostentaba un control absoluto sobre mí. Si en ese momento me hubiese ordenado desnudarme, lo habría hecho sin titubear. Me encontraba siendo manipulada por esta impresionante marionetista.
Una vez llegamos a la planta de su apartamento, nos distanciamos y recuperamos la compostura. En ese momento, el reloj marcaba las 5:00 de la tarde. Con suma delicadeza, ella abrió la puerta y me invitó a pasar.
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