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Hugo se emancipa (cap. 1): Preliminares


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–Mariana, si no te interesa, puedes retirarte y finalizar aquí –expresó Hugo mientras recogía sus pertenencias y abandonaba el domicilio de su pareja.

Sin volver la vista atrás, escuchaba gritos que la mayoría de sus anteriores parejas ya le habían proferido. Esta situación no le resultaba ajena, pero siempre le provocaba mucha irritación llegar a ese punto en el que las mujeres demandaban demasiado de él y a él no le apetecía cumplir con esas expectativas.

Él era consciente de que ella tenía razón. Ninguna de sus ex novias había permanecido tanto tiempo sin mantener relaciones sexuales y Mariana anhelaba casarse, mientras que él no compartía ese deseo, porque en el fondo sabía que no le agradaba. De hecho, en ningún momento había solicitado a ninguna de sus exparejas que estuviera con él. Siempre eran las mujeres con las que salía las que tomaban la iniciativa, y él simplemente las aceptaba, ya que le resultaba más sencillo que perseguir a mujeres que, aunque le parecían atractivas, nunca lograban despertar en él un deseo sexual intenso. Sin embargo, el que alguna le reprochara su aparente falta de interés por pasar tiempo juntos lo incomodaba profundamente, pues sentía que se esforzaba demasiado en vano.

Hugo regresó a su hogar molesto, maquinando posibles venganzas contra Mariana. En primer lugar, pensó en comunicarles a sus padres que habían terminado y pedirles que no se involucraran en la situación. "Lo primero que hará es dirigirse a la casa de mis padres para contarles que la traté mal", murmuraba Hugo para sí mismo en la intimidad de su habitación. Aun así, sentía la urgencia de idear alguna otra forma de represalia por las palabras de Mariana. Su mente trataba de encontrar maneras de vengarse, pero sus primeros pensamientos lo llevaban nuevamente a la idea de descargar una aplicación de citas y permitir que el primer hombre que se comunicara con él lo penetrara y lo dejara lleno de semen.

La prohibida idea de someterse a un hombre lo ponía en otro estado de ánimo. Experimentaba sensaciones eléctricas en su cuerpo al imaginar cómo se sentiría materializar esos pensamientos. Hugo empezaba a sumergirse en su fantasía, visualizándose a sí mismo siendo tratado como una mujer por un hombre que le decía que su trasero era apretado como el de una doncella. La sumisión y el lenguaje explícito eran recurrentes en sus pensamientos, lo cual lo excitaba pero, al mismo tiempo, lo inquietaba, como si alguien lo estuviera observando y juzgando por sus actos y pensamientos. "No, no debo pensar en eso. Soy un hombre. ¿Qué pensarían mis padres si descubren que estuve maquinando estas ideas obscenas?" reflexionaba Hugo, intentando convencerse de alejar esos pensamientos.

No obstante, como era costumbre, el deseo era más fuerte. Sentía que su apetitoso y puro trasero se ponía húmedo solo al imaginar ser dominado por un hombre que lo tratara como siempre había deseado, con rudeza y autoridad. Su mente volaba al imaginarse siendo penetrado por un rostro conocido, y no era la primera vez que visualizaba a ese hombre invadiendo su intimidad y tratándolo como la mujer que estaba seguro de poder ser si tan solo superara su cobardía. Después de haber vivido 31 años en este mundo, nunca se había atrevido a hacer nada de lo que realmente deseaba, pero tal vez simplemente debería dejarse llevar y actuar conforme a sus deseos.

Al igual que unos días atrás, sus pensamientos volvieron a dominarlo, explorando lo que ya había descubierto previamente. En primer lugar, se aseguró de que todas las puertas de su vivienda estuvieran cerradas y se tumbó en la cama. Se arrodilló imaginando que le practicaba sexo oral a don Pedro mientras se humedecía los dedos con saliva.

Hugo se veía a sí mismo detrás de la camioneta de la compañía, arrodillado en medio de los campos de maíz, realizando sexo oral a don Pedro, quien lo llamaba una zorra, una puta, diciéndole que disfrutaba de su

Hugo tenía una lengua muy inquieta y ansiaba poseer ese culito. Sentía que realmente estaba experimentando ese momento, la idea de don Pedro penetrándolo lo excitaba en gran medida. Don Pedro, un hombre de cuarenta y pico de años, con una piel áspera y bronceada por la constante exposición al sol en sus tierras junto a un aspecto atlético y desaliñado, había captado la atención de Hugo desde su primera visita hace casi tres años.

En los últimos tres años, Hugo no había podido resistirse a la idea y finalmente sintió la necesidad de experimentar la penetración anal, hasta ese momento sus dos dedos habían sido suficientes. Don Pedro nunca le había dado ninguna señal clara de interés, lo que probablemente volvía loco a Hugo. Don Pedro era coqueto y, aunque no tenía esposa, al parecer tenía al menos tres hijos con mujeres diferentes, según lo que la gente del lugar comentaba.

Imaginándose que don Pedro quería desvirgarlo analmente, Hugo se puso de pie, se desnudó, se acostó de lado en su cama para acceder a su miembro y a su ansioso agujerito. En ese momento, estaba centrado únicamente en entregarse a sus deseos. "Soy una persona muy lasciva. Sí, introdúcemela, papá. Sí, soy tu pequeña golfa, dame pene, papá. Ahh, sí, sí, dame", gemía Hugo en su cama mientras se introducía dos dedos en el ano.

Tumbado de lado, se masturbaba torpemente con la mano izquierda su miembro diminuto y con la derecha seguía introduciéndose los dedos en el ano, imaginando que don Pedro lo penetraba violentamente. "Oh, don Pedro, por favor, insértamela. Oh sí, papá, más fuerte, hazme un hijo también, papá. Llénate de mi leche", gritaba Hugo descontroladamente. Mantuvo ese ritmo durante unos breves segundos hasta que su miembro diminuto empezó a expulsar chorros de esperma sobre su estómago y parte de él caía en la cama. Hugo se quedó quieto unos instantes, reflexionando sobre lo sucedido.

De repente, se sintió sucio, como si hubiera cometido un acto atroz, como si sus padres supieran lo que había hecho, pero también experimentaba cierto placer al pensar que Mariana desconocía sus actos. Aunque no era la primera vez que imaginaba a don Pedro penetrándolo analmente, sentía que esa fantasía se volvía cada vez más recurrente y, aunque lo negara, la culpa disminuía gradualmente, aunque seguía presente. Pasados dos minutos, ya se estaba recriminando por disfrutar de introducirse dos dedos en el ano y fantasear con uno de sus clientes más fieles poseyéndolo. Fue al baño, con la sensación de que debía hacerlo, y tras unos minutos regresó a su cama y se sentó en ella. "Todo esto es culpa de Mariana", se dijo, intentando liberarse de la culpabilidad, aunque sabía que solo se estaba engañando a sí mismo.

Sacó su teléfono móvil e intentó distraerse, pero la imagen de don Pedro penetrándolo volvió a su mente. Cuanto más intentaba restarle importancia, más vívidas se volían las imágenes. Su mente las reproducía, su cuerpo reaccionaba, y de repente sintió una imperiosa necesidad de estar con un hombre dominante que lo penetrara y liberara su mente de esas ideas. "Creo que me estoy volviendo loco", pensó Hugo, notando que sudaba en diversas partes de su cuerpo.

Quizás ese sería el día, no estaba seguro, pero la idea de instalar una aplicación y finalmente satisfacer su deseo de ser desvirgado analmente sonaba cada vez más real. Hugo cogió su teléfono y abrió la tienda de aplicaciones. Buscó la aplicación, la descargó. Mientras se descargaba, cientos de imágenes futuras pasaron por su mente: practicando sexo oral en un callejón, siendo penetrado por dos desconocidos simultáneamente, recibiendo el semen de don Pedro y muchas otras escenas que nadie que lo conociera habría imaginado. O al menos eso creía él. Varias veces había sentido el impulso de instalarla, pero siempre se arrepentía en el último momento. ¿Sería este el inicio? ¿Una antesala de lo que estaba por venir? No lo sabía, pero la sensación de incertidumbre lo preparaba para cualquier escenario y, al mismo tiempo, para ninguno.

Con temor a lo desconocido, Hugo observó cómo la aplicación se instalaba con éxito y de inmediato pulsó "abrir", a partir de ese momento, no hubo vuelta atrás.

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