Andrea percibía el deseo en los ojos de Adrián y eso la enloquecía de placer. Sentía cómo su pasión fluía libremente de su entrepierna, recorriendo su muslo interno como serpientes que recorrían su piel y mostraban lo ardiente que se encontraba.
Ese joven la observaba de pie, desnuda de cintura para abajo, con su miembro completamente erecto, venoso, viscoso y vigoroso.
Estaba en esa situación por ella, por su cuerpo, al que tantos hombres habían criticado a lo largo de sus 33 años de vida.
Por un instante se vio reflejada en el chico, cuando era más joven e inocente, cuando aún no había experimentado lo peor que los hombres podían ofrecer.
Deseaba abrazarlo y decirle que su pareja no se lo merecía, que no debía sentirse mal por ser como era y que nadie tendría por qué contradecirlo nunca más.
Sin embargo, se conformaría con ser suya, solo por esa noche; al menos, le brindaría el mejor encuentro íntimo de su vida, con toda la experiencia que había acumulado hasta esa etapa de su existencia.
Un nudo de indignación se formó en su estómago al recordar lo que Adrián le había comentado sobre su pareja. No obstante, una sonrisa pícara se dibujó en sus labios; esa noche él sería exclusivamente suyo.
Se acercó y llevó su delicada mano a la mejilla de Adrián.
"Acuéstate en la cama boca arriba, que te mostraré algo que te encantará, mi amor"
Él obedeció, como ella sabía que haría, y se acomodó en la cama.
Andrea se subió a la cama y se colocó en cuclillas sobre Adrián, agradeciendo las clases de yoga que había estado tomando desde hacía dos años.
La tensión era palpable en el ambiente, como si pudiera cortarse con la mano.
La erección de Adrián apenas se encontraba a escasos centímetros de su intimidad depilada, un hilo de fluido semifluido comenzó a caer directamente sobre su glande, uniéndolos.
La tentación de tener un miembro viril tan cerca y poder introducírselo con un solo movimiento, el morbo de ser descubiertos en pleno acto amoroso, generaban en Andrea excitaciones mentales, transportándola a un nivel superior de placer.
Una amiga alguna vez le dijo que para excitar a una mujer, primero había que estimular su cerebro, ¡pero ella ya estaba encendida y a plena potencia!
Fue descendiendo poco a poco para calentar aún más a Adrián. Cuando sintió contacto con su glande, comenzó a estimularse deslizando su intimidad húmeda a lo largo de su falo.
Deseaba impregnar su esencia en su miembro, dejar su marca. Imaginaba que cada vez que la otra mujer de Adrián se entregara a esa virilidad con la boca, estaría impregnada de su esencia.
"Una mujer debe ser refinada en sociedad y apasionada en la intimidad", recordó otro conocido dicho de una amiga.
Finalmente, luego de provocarlo un poco, Andrea fue introduciendo el pene, centímetro a centímetro, permitiéndole disfrutar de todo el espectáculo.
Lo introdujo hasta la mitad, era más que suficiente para lo que estaba por venir.
"Te dije que te mostraría algo que te encantaría, y estás a punto de descubrirlo", expresó.
Con movimientos pélvicos aprendidos tras tanta práctica, ella empezó a cabalgar sobre Adrián.
Se alzaba y descendía justo lo necesario para que el miembro no se saliera, primero lentamente y luego aumentando la intensidad, alternando entre movimientos hacia adelante y atrás.
"Me encanta cómo sientes mi miembro con tu zona íntima, como si me estuvieras realizando sexo oral", mencionó Adrián.
Pasaron un rato disfrutando, hasta que a Andrea empezaron a molestarle los gemelos.
"Quiero hacerte el amor en otra posición, quiero…
contemplar tu hermoso trasero mientras mi miembro te ama”
Andrea se incorporó y se acostó boca abajo, apoyando su rostro en la almohada, no podía resistirse a cualquier cosa que le solicitara.
Un fuerte aplauso resonó como un eco, más intenso de lo que Adrián había planeado al azotar a Andrea.
Disfrutó recibir ese azote, pero aún más le satisfizo ver que finalmente él se estaba liberando.
Estaba sacando a relucir su lado más lascivo, posiblemente oculto por una relación donde todo era cuestionado y el sexo se tornaba monótono.
Adrián empezó a penetrar su trasero con su generoso miembro, primero con embestidas suaves y delicadas para luego tornarse más salvajes.
Se acercó a su cuello y comenzó a darle suaves besos apasionados, lamiéndolo y susurrándole cosas atrevidas al oído.
Andrea pensó que con un poco de práctica podría convertirlo en un hábil amante del sexo, convirtiéndose en un apasionado seductor.
Los aplausos resonaban en las paredes de la habitación, era casi imposible no escucharlos debido al silencio reinante, Andrea sospechaba y su corazón latía acelerado, esperando que alguien entrara por la puerta para ver qué ocurría.
Sintió una mano firme tomar su cabeza y agarrar su cabello como se aferran las riendas de un caballo al cabalgarlo.
Esto desencadenó otro orgasmo entre sus piernas, haciéndolas temblar, cada vez sintiéndose más unida a ese joven.
Le resultaba imposible contener los gemidos, incluso mordiendo la almohada con todas sus fuerzas, decidió que no se reprimiría más, gimiendo al compás de las embestidas.
Seguramente, si tuviera un espejo frente a ella, podría observarse con una expresión completamente lujuriosa y placentera.
“Quiero vaciarme dentro de ti, derramar todo mi semen, aunque no estoy seguro de si es correcto”
“Deseo eyacular dentro de ti, pero quiero verte mientras descargas tu líquido caliente en mi zona íntima”
Andrea se giró y se sentó sobre Adrián, ambos quedaron cara a cara. Mientras él volvía a penetrarla con fuerza, se besaban y jugaban con sus lenguas.
Andrea sintió los espasmos del miembro de Adrián antes de liberar su carga.
Lo agarró fuertemente del cabello, sin dejar de sostener su mirada, mientras sentía cómo su interior se llenaba de un líquido caliente y viscoso, el esperma, como a ella le gustaba decir de manera lujuriosa.
Permanecieron mirándose por unos segundos más, Andrea sabía que ahora él no podría sacarla de sus pensamientos.
Cada vez que hiciera el amor con su pareja, la recordaría, recordaría el roce de sus testículos contra sus nalgas, recordaría su miembro entrando y saliendo de su boca.
Pensaría en su piel y sus senos erectos, y en cómo la hizo su amante.
Cada vez que la besara, también estaría besándola a ella, porque una buena amante deja su marca en el miembro y el corazón de un hombre.
Andrea miró la hora, aún le quedaba algo de tiempo antes de terminar su turno, le permitió acostarse a su lado y permanecer allí abrazándolo desnudo.
Observó a lo lejos una puerta entreabierta, y a su compañera Carla, observando todo con complicidad y una sonrisa en los labios.
Sabía que su silencio tendría un costo, seguramente Carla ya tenía en mente cómo cobrárselo, sobre todo al notar la mano de ella jugueteando bajo su pantalón.
Pero eso sería tema para otro día, por ahora prefería disfrutar del breve tiempo que le quedaba con ese maravilloso joven, acariciándole el cabello hasta que notó que Adrián se quedó dormido.
Se vistió, se limpió el exceso de semen de su vagina y salió de la habitación.
Al día siguiente, al regresar al servicio, ya le habían dado el alta a Adrián y ella sabía que no lo volvería a ver.
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