Tengo 43 años y una pareja de 38, con el tiempo he aprendido a disfrutar de mis relaciones sobre todo en la intimidad, permitiéndome conversar con ellas mientras nos dejamos llevar por la excitación.
En ese instante, sin mucha reflexión, aprovecho para dialogar con ellas, es por eso que en muchas ocasiones acabo mencionando cosas que nunca he realizado ni planeo hacer, como estar con dos mujeres a la vez, mencionar la posibilidad de intimar en un sitio público, expresar interés en tener relaciones con alguna amistad suya, o sugerir la idea de participar en un encuentro íntimo con otro hombre mientras la penetro por detrás y le introduzco un dedo en la boca.
Lo que sucedió esta vez, que relataré a continuación, se me escapó un poco de las manos. Mi pareja estaba en mi hogar y decidió tomar un baño, en ese momento sonó su teléfono móvil encima de la mesa. Le comenté sobre el mensaje recibido y me pidió que revisara de quién se trataba. A nuestra edad, no solemos ocultar nuestras comunicaciones mutuas, sin embargo, opino que en esta ocasión ella debería haberlo hecho.
El mensaje provenía de Juan, un colega de trabajo. Al informarle a mi pareja sobre el remitente, se produjo un breve silencio de un segundo, el cual resultó interminable para quienes realmente conocen a la otra persona. Pasado ese segundo, me solicitó que observara el contenido del mensaje. Las palabras eran las siguientes... "Mira cómo me dejaste hoy", acompañadas de una imagen de un pene erecto y sus testículos sujetados con una de sus manos.
Descubrir que mi pareja me estaba siendo infiel fue un golpe duro, aunque en esta etapa de la vida, no me desilusiona tanto enterarme de algo así, ya que llegaría a hacer lo mismo si tuviera la oportunidad de tener relaciones sexuales con otra persona. Sin embargo, por lo general paso mucho tiempo con mi hijo, quien vive conmigo, y dispongo de poco tiempo para otras relaciones.
Por lo tanto, en ese momento, tal vez con la intención de indagar más, prolongué la conversación y le mencioné que Juan le había enviado un mensaje diciendo "Hola ¿Cómo estás?" a lo que ella respondió: "Ah, déjalo entonces, no le contestes nada. ¡Qué extraño!"
- ¿Extraño en qué sentido? -pregunté.
- Que me haya escrito, nunca lo hace.
Ella había eliminado toda la conversación, ya que el saludo y la imagen eran lo único visible en el chat.
- ¿Y por qué lo hace?
- No sé, ni idea. ¿Por qué preguntas? ¿Te has puesto celoso?
- ¡Por supuesto! No entiendo por qué un "colega" de trabajo te escribe.
Mientras sosteníamos esa charla, decidí responder en su lugar fingiendo ser ella. Le pregunté por qué lo había dejado así, que me refrescara la memoria, acompañado de un emoji de guiño. Le confesé que me había encantado la charla que habíamos mantenido, que no me imaginaba que fuera tan hábil para hablar y excitar con las palabras y las miradas. ¿Podemos hablar? ¿Te llamo?
En ese punto, todo comenzó a confluir. Escuché a mi pareja, que ya no hablaba, cerrar el grifo de la ducha, y la imaginaba apresurada mientras me preguntaba: "¿Cariño? ¿Qué sucede?"
Tenía que tomar una decisión, independientemente de lo que hiciera, era claro que a partir de ese momento ya no tenía una pareja, pero sí una excitación que jamás habría imaginado sentir en esa situación.
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