Conforme a lo acordado con Andre y Alma, este fin de semana nos trasladamos a mi casa. Había preparado varias sorpresas para ellas. Al llegar, serví una bandeja con aperitivos y bebidas y nos acomodamos en la sala de estar.
- “Chicas, les pido total sumisión para llevarlas a vivir una experiencia única. Les asignaré roles y tareas que deberán cumplir. Cambiarán de posición y función en varias ocasiones. Lo único invariable es que son mis subordinadas y deben hacer todo lo que les indique. ¿De acuerdo?”
- “Sí, papi. Andre me contó lo que le hiciste cuando estuvo aquí. Quiero experimentarlo yo también. Te obedeceré en todo”, expresó Alma.
- “¿Y si te instruyo a obedecer a Andre?”, le pregunté a la rubia.
- “Si así lo ordenas, por supuesto”.
- “Y tú, Andre, ¿obedecerías a Alma si te lo pido?”.
- “Claro que sí”.
- “Perfecto, entonces comencemos. Desnúdense. No creo que vuelvan a vestirse hasta que se vayan el domingo”.
Los tres nos despojamos de la ropa. Luego las guié a la habitación que había preparado previamente. Había un sofá tapizado en cuero separado unos centímetros de la pared, donde coloqué diversos elementos como látigos de hule, esposas, vendas, mordazas, lubricantes, juguetes sexuales y otros accesorios.
- “Chicas, esta es la única vez que pueden decidir. ¿Quién será la primera en ser amordazada, atada y acariciada?”.
- “¿Puedes empezar tú, Andre?”, solicitó Alma.
- “Con todo gusto, mi amo”, respondió la morocha con una sonrisa.
- “Tú serás mi ayudante, Alma. Y no quiero que titubees. Haz todo lo que te indique, ¿entendido?”
- “Sí, papi”.
Le fui indicando a Alma lo que necesitaba y procedí a colocarle a Andre la mordaza y la venda, las pulseras y a ponerla de rodillas en el sofá, mirando hacia mí. Até una cuerda alrededor del sofá y aseguré sus tobillos. Esto dejaba sus piernas abiertas, mostrando su intimidad. La morocha aceptaba todo con ansia y deseo. Estaba al tanto de lo que le esperaba. Una vez lista, le puse unos auriculares que le impedían escuchar.
Puse una música sensual de fondo. Luego, le entregué a Alma un aceite de romero y le pedí que lo distribuyera por el cuerpo de Andre y luego lo acariciara, haciendo hincapié en “todo”. Mientras ella procedía, me acerqué por detrás y empecé a acariciarla, indicándole que replicara en su amiga lo que yo le hacía a ella. Comencé a masajear todo su cuerpo, incluyendo sus senos, su trasero, su zona íntima y su retaguardia. Cuando empezó a relajarse, le di un suave golpe para luego acariciar su glúteo. Tomé a Alma del cabello, obligándola a mirarme y dije:
- “Si no la golpeas como yo hago contigo, serás castigada más severamente. Repite lo que hago, ¿entendido?”
Asintió con la cabeza y golpeó con fuerza a Andre antes de acariciarla. A partir de ese momento, reprodujo mis acciones. La acariciaba, le daba un golpe, masajeaba su trasero y su zona íntima, apretaba sus pechos mientras le besaba el cuello, pasaba un cubito de hielo por su espalda para después besársela entera, o lo deslizaba por su pezón para luego chuparlo. Lenta y gradualmente, se fue soltando y disfrutando no solo de lo que le hacía, sino también del calor de su amiga, que se retorcía ante las caricias de Alma.
Desaté los pies de Andre y la giré para que quedara sentada en el sofá, mientras sujetaba sus tobillos al techo. Le pedí a Alma que mientras yo le chupaba los senos, ella le lamiera la zona íntima, alternando entre ellas. Me miró con sorpresa y dudas. La observé fijamente y señalé con el dedo la entrepierna de su amiga mientras yo me ocupaba de los pezones de la morocha. A pesar de su inicial reticencia, empezó a besar la zona íntima y a darle pequeños besos.en el clítoris. Andre reaccionó a las caricias. Sugerió cambiar, así que mientras acariciaba los senos de Andre, estimulaba los dos orificios de Andre con dedos y vibradores. Tomé su cabello a Alma y guie su rostro hacia la zona íntima de su amiga.
- "Vamos a compartirla de la misma manera en que compartiste mi miembro con Andre. Bésala".
Acerqué su boca a la intimidad de su amiga. La rubia posó su lengua sobre la entrepierna de Andre y yo me posicioné a su costado. Nos turnábamos. Cuando noté que estaba lista, me acerqué por detrás y comencé a abrazarla, acariciar sus senos, masajear su trasero y su zona íntima.
- "Debes estimular bien a tu amiga para que pueda tomarte, querida", le dije y me coloqué detrás de ella para penetrarla. Estuvimos así durante varios minutos. Andre se retorcía de placer con las caricias de Alma, mientras esta última gemía por la acción que le brindaba. Finalmente me separé y dije: "Es momento de cambiar".
Desatamos a Andre, le quitamos la mordaza y la venda, y le pregunté si había disfrutado.
- "Mucho. Pero sentí dos lenguas, ¿me equivoco?".
- "No, y ahora te toca devolver el favor. Ata a tu amiga”.
Cuando Alma estuvo atada, la morocha y yo nos dedicamos a estimularla con caricias, fustazos, masajes, lamidas, cubitos, chupones y juguetes por todo su cuerpo. La rubia gemía a través de la mordaza y se contorsionaba ante la intensidad del tratamiento. Estuvimos así en el sofá durante veinte minutos. Al finalizar, le quité la mordaza y le pregunté.
- "¿Deseas continuar?" Asintió con determinación. "¿Quieres ser mi sumisa y mi amante?". Volvió a asentir. Le quité la mordaza y la venda. Me acerqué a ella y comencé a estimular su zona trasera con mi miembro, al mismo tiempo que le indicaba a Andre que la besara y estimulara los senos. De este modo, mientras la penetraba, la morocha le daba besos apasionados en los pezones y acariciaba sus senos. En un momento dado, se tensó por completo y gimió profundamente por más de un minuto, luego se relajó. Le solté las manos y los tobillos. Salí de su zona trasera, tomé a Andre, la puse de rodillas en el sofá sobre Alma y continué. Ambas se acariciaban y besaban. Minutos después, terminé en esa hermosa zona trasera.
- "Vamos a bañarnos los tres juntos, que luego debo prepararles algo para comer".
- "¿Podemos enjabonarte, papá?", preguntó Alma.
- "Por supuesto. Y una vez limpia, deseo que ambas me brinden sexo oral”
Desde ese fin de semana, la relación sexual que inicié con Andre se convirtió en un trío constante, y mis dos chicas demostraron estar dispuestas a explorar diversas formas de placer sexual. Esa misma tarde, bajo mi guía, se prodigaron mutuamente con caricias, castigos, juegos con juguetes, masajes y lubricantes. Mientras penetraba a una de ellas, la otra le practicaba sexo oral, o cuando estaba ocupado con sexo anal, la otra acariciaba su cuerpo o se entretenía con un juguete sexual en su parte íntima.
De forma alternante, practicábamos sexo entre los tres o entre dos de ellos cuando surgía la ocasión. Todo era conversado para evitar malentendidos. Estaban encantadas de haber encontrado un espacio donde se sintieran seguras y respetadas, y al mismo tiempo pudieran explorar sus deseos sin más límites que el acuerdo mutuo. Jamás se opusieron a ninguna práctica, y disfrutaban otorgándome el poder y el control, sabiendo que solo los utilizaría para su placer.
Andre cortó con su novio, ya que pasaba los fines de semana con nosotras. De vez en cuando alquilábamos una cabaña para salir de paseo. Ellas eran como mis hijas. Había cuidado y ternura en nuestra relación, pero ninguno de nosotros pensaba en ir más allá. Sabíamos que era un acuerdo estrictamente sexual. Un día Alma vino sola, ya que Andre estaba enferma. Me preguntó si sabía sobre el sexo tántrico. Le conté que había estado con alguien que conocía el tema y algo aprendí.aprendí de ella.
- "La premisa principal, según sé al menos, es darle más importancia al placer que al orgasmo. Enfocarse en disfrutar y postergar la culminación para conectarse de forma no solo física, sino también emocionalmente con tu pareja. ¿Te gustaría intentarlo?"
Por supuesto que acepté. Después de la cena, nos dirigimos a la alcoba, dejamos la habitación a media luz y pusimos música suave, melódica e instrumental (el "Bolero" de Ravel) mientras pasábamos al menos treinta minutos masajeándonos mutuamente con aceites y cremas sin tocar las zonas erógenas específicamente. Nos abrazamos, nos besamos, nos mimamos. Luego comenzamos a acariciarnos por completo, incluyendo las áreas sensibles sin centrarnos en ellas y así estuvimos otro trecho de tiempo, deteniéndonos cuando la excitación se volvía intensa. Todo ello en un ambiente de ternura y afecto.
Una vez completamente relajados y armonizados, conduje a Alma hacia una silla, me senté y la acomodé sobre mí, penetrándola hasta que descansó en mis piernas. La abracé y le pedí que se moviera con suavidad, que disfrutara de la sensación de estar juntos de esa manera, acariciándonos, deleitándonos con el cuerpo del otro y con la excitación y deseo mutuo. Mientras tanto, continuamos besándonos y acariciándonos.
- "Me encanta sentirme dentro de ti. Tu calor, tu aroma, la suavidad de tu piel, todo en ti me gusta", le expresé.
- "A mí también. Mucho. Nunca había vivido el sexo de esta manera. Es hermoso. Disfruto besarte y sentirte en mí, Hernán", respondió.
Fue la primera vez que escuchaba mi nombre en el contexto sexual y también la primera vez que la percibía tan entregada no solo al acto sexual, sino también a la afectuosidad. En general, solía reprimir sus emociones. Aunque mostraba total apertura hacia la sexualidad, resguardaba su corazón detrás de murallas sólidas.
- "¿Qué sientes, Almita?", pregunté.
- "Que me gustas mucho. Me has abierto por completo y me siento bien. Nunca había experimentado esta conexión con alguien. Abrázame", pidió.
Yo tenía experiencia en prolongar el coito, pero ella estaba interesada en extenderlo aún más. La notaba sumamente relajada y delicada, entregada por completo al placer sexual y al disfrute de sentirse conectada con empatía. Permanecimos de esa manera durante un largo tiempo y luego nos dedicamos a disfrutar de otra área de su anatomía. En ningún momento se dejó llevar por la excitación descontrolada. Permanecía quieta o solicitaba que nos detuviéramos para disminuir la tensión sexual. Luego retomábamos las caricias.
- "Deberíamos volver a la cama, mis piernas ya no dan más", mencionó en un momento (cuando ya habíamos pasado más de cuarenta minutos en la silla), "pero deseo continuar".
Nos dirigimos a la cama, la coloqué boca abajo para seguir el encuentro y así seguimos deleitándonos. Fue en ese instante, mientras nos besábamos y conversábamos en susurros, que ella me dijo "te quiero". No respondí, continuamos por un buen rato hasta que intensifiqué mis movimientos y minutos después alcanzamos el clímax. Permanecí dentro de ella. La besé, la abracé y le dije "Eres encantadora" antes de separarnos. Después, nos bañamos entre caricias y bromas, y fuimos a tomar mate al living.
- "Me dijiste -te quiero- durante el acto, ¿sabías?", le señalé.
- "Sí, es que te quiero. Me tratas tan bien, nos tratas tan bien (aclaró rápidamente) y nunca me he sentido tan cómoda, confiada y segura con alguien. ¿Te molesta?", indagó.
- "¿Cómo podría molestarme? Para nada. Sin embargo, no deseo que se convierta en un problema en nuestra intimidad ni en esta relación triangular", le respondí.
- "¿Por qué habría de serlo? Hoy la experiencia sexual fue fantástica para mí. Más profunda y plena que nunca", afirmó.
- "Está bien. Pero esto es entre nosotros. ¿No te incomodará cuando esté con Andre? ¿Y si Andre no conecta de la misma manera?", planteé.
- "¡¡¡Nunca!!! También quiero a Andre y me encanta estar juntos. Disfruto viéndolos interactuar. Y respecto a si Andre logra sintonizar, espero que sí. Le contaré lo maravilloso que es", expresó.
- "Sí, pero no se trata solo de la mente, también debe poder entregarse al sentimiento de complicidad con el otro, no solo al acto sexual", mencioné.
- "Intentemos, porque todo
Contigo es agradable, pero esto es lo más bonito que conozco”.
De a poco acabamos enredados en una relación peculiar y diferente. Nos encontrábamos exclusivamente para intimar, pero la cercanía venía acompañada de ternura y cariño. Con prácticas de dominación, un poco de sado y bondage, pero siempre con ternura. Incluso cuando Alma consiguió un trabajo excelente, lo celebramos y brindamos como amigos… o como pareja de a tres… o algo por el estilo. Sin embargo, la intimidad se hizo más profunda, más duradera, más apasionada.
Unos meses después, Andre se enamoró de un chico que le gustó desde el principio, poco a poco redujo sus visitas hasta que nos comunicó que ya no vendría más. La despedimos con una tarde de intimidad, abrazos, besos y caricias, como si partiera en un viaje. Con Alma continuamos casi un año, hasta que también encontró el amor. Nunca más las volví a ver. Solo intercambiamos mensajes de WhatsApp para cumpleaños o para las festividades de fin de año. Sin embargo, esas dos jóvenes hermosas me regalaron tres años de felicidad inesperada.
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