Acordaron encontrarse en su hospedaje. Ya habían compartido encuentros sexuales en el pasado, pero esta vez era distinto.
A ella le gustaban los gestos rudos. Disfrutaba cuando él agarraba con firmeza su cabello y lo tiraba hacia atrás, mordiéndole los labios al abalanzarse sobre ella. Le gustaba cuando él le propinaba una fuerte nalgada o le mordía un pezón. Sentirse poseída cuando él le susurraba "zorra" al oído le encantaba.
En esta ocasión, ella le había solicitado expresamente que fuera brusco, instintivo, que la marcara. Deseaba adentrarse en el universo del BDSM y necesitaba que él la guiara. Estaba dispuesto a cumplir con sus deseos. Previamente había conseguido algunas cuerdas. No podía ser cualquier tipo de cuerda, debían ser suaves, consistentes, con el trenzado y el grosor adecuados. Por su parte, ella llevaría un collar de cuero; solo requería una correa. Además, tendría que encontrar algo con lo que poder azotarla. Mientras caminaba por la calle, halló una rama que le pareció perfecta. Recta, ligeramente flexible, una fusta excelente. Para esa primera vez, sería suficiente, y justo a tiempo, ya que la cita era esa misma noche.
Saliendo a cenar algo, optaron por unas porciones de pizza, conversando sobre diversos temas no relacionados. Sin embargo, surgió entre ellos la idea de un tatuaje que marcara su pertenencia. Aunque a ella se le ocurrió la idea de un tatuaje, a él le agradaba más la noción de marcarla con fuego, como se hace con una yegua. A pesar de que la idea la inquietaba un poco, sus ojos brillaban con emoción. Suya.
Al concluir la cena, se dirigieron al hotel. Ella lucía radiante, con sus característicos rizos y labios rojos intensos. Llevaba una falda corta, de vuelo, y tacones altos. Las miradas de desaprobación de las chicas de recepción confirmaban que iba impecable. Por casualidad, el ascensor no funcionaba y tuvieron que subir por las escaleras, cuatro pisos en total. Aunque no hay mal que por bien no venga... Él la dejó pasar primero, todo un caballero. Y, por supuesto, con la intención de deleitarse observando el movimiento de sus caderas. Ella lo sabía (como siempre lo saben), y disfrutó subiendo los escalones. Paso a paso, deliberadamente lentos, incrementando la excitación.
Una vez en la habitación, colocaron sus prendas sobre una silla. Tras unos instantes de duda, él se acercó a ella para besarla. Con intensidad, con las ansias contenidas y la emoción del momento. La tomó, la empujó contra la mesa, le apretó las nalgas. Ella sintió cómo se desvanecía, inmediatamente empapada por la pasión. Le encantaban esos momentos en los que él la reclamaba con fiereza.
Comenzaron a desabotonarse las camisas. "¡Abre fácil!", exclamó él al notar los botones automáticos. Sin embargo, continuaron con calma, ambos concentrados. Ella se quedó con su top corset de encaje, deslumbrante, y él la observó con una sonrisa. Sus senos grandes desafiaban a través de la tela, con pezones marcados. De forma sensual, mordiéndose los labios, se acercó y posó su mano sobre el pecho de él, jugueteando con los dedos entre el vello. Entonces continuaron besándose con pasión.
La falda cayó al suelo rápidamente, y con premura, ella desabrochó y bajó los pantalones de él. Estaba bastante excitado, y traviesa, mirándolo a los ojos, deslizó su mano sobre el bóxer ajustado. Ella llevaba un culotte cachetero lleno de transparencias, que le quedaba perfecto. Repitiendo el gesto, él la acarició entre las piernas, descubriendo con una sonrisa que ya estaba empapada.
- "Zorra cachonda", le susurró.
- "Siii", fue lo único que ella acertó a decir. Comenzaron a besarse nuevamente, con una intensidad aún mayor. Sus bocas se abrieron, sus lenguas se enlazaron, mordiéndose los labios.
Pero no solo venían por eso. Él la empujó ligeramente hacia atrás y sacó las cuerdas preparadas de un cajón. Ella se dejó hacer, mientras él le ataba las manos a la espalda y la sujetaba a un mueble. Una vez que la tuvo bien atada, se apartó para observarla. Ella estaba
emocionada. Mirándola con interés, exhibió la vara y ella abrió la boca, asombrada. Preguntándose qué sucedería a continuación, pero sin cuestionar nada.
Pero todavía no... él volvió a lanzarse contra ella con besos veloces, furiosos. Tirando de su cabello, mordiéndole la boca de nuevo, la barbilla. Apretando los senos voluminosos, pellizcando los pezones. La respiración agitada, ella casi comenzando a gemir. Y luego, de repente, le golpeó en una de las nalgas.
- ¡Zas!
Un pequeño grito, el ceño fruncido en su rostro. Sin embargo, una amplia sonrisa en el rostro de él, observando la marca que había dejado. Se acercó de nuevo, amenazando con repetir con la fusta. Sin embargo, simplemente desabrochó el top, que dejó caer suavemente al suelo. Y cuando ella contenía el aliento, al sentirse expuesta, le golpeó de nuevo. Esta vez en la otra nalga.
- Zas
Otro grito y una pequeña risa. Le acercó la fusta a los pezones y comenzó a darle toques suaves. Ella miraba con la boca abierta, sin disgustarle. Y de vez en cuando, un golpe un poco más intenso. La piel blanca, normalmente protegida del sol, empezó a enrojecer. Se acercó nuevamente y comenzó a darle besos suaves donde la había azotado. En las zonas enrojecidas, en los pezones, siguiendo el compás de algunos suspiros que ella dejaba escapar. No solo no le desagradaba, le estaba gustando. Se estaba excitando.
Él abrió otro cajón y sacó más elementos, más juguetes. Unas pinzas, un pañuelo oscuro. Colocó suavemente una pinza en uno de los pezones, que ya estaban duros, hinchados. Le pareció doloroso por un par de segundos, pero luego comenzó a disfrutar la sensación. Aquella presión, aquel calor en una zona tan sensible. Y justo cuando empezaba a sonreír...
- Zas - un golpe seco, nuevamente en las nalgas. Esta vez más fuerte, y ella se retorció un poco.
Pero inmediatamente, el pañuelo le tapó la visión, agregando un elemento de sorpresa. Él se puso a su lado para besarle suavemente el cuello. Suavemente pero cada vez más intensamente, con besos amplios y húmedos. Mientras tanto, le colocó la otra pinza y ella contuvo de nuevo la respiración durante tres segundos, hasta acostumbrarse al dolor. Y cuando finalmente se relajaba, nuevamente, el golpe la sorprendió en la nalga. Inesperado, haciendo que diera un salto y un grito un poco más fuerte.
- Ay, te pasas - protestó.
Él le acarició con las yemas de los dedos, recorriendo la marca que acababa de dejar. Una caricia suave, que ella sentía intensamente. Tenía la zona muy sensible y el más mínimo roce le generaba placer en toda la piel. Y al sentir la fusta sobre sus braguitas, se estremeció. Solamente imaginar el golpe, porque la fusta apenas rozaba esa área tan delicada.
Inmerso en su papel, él acarició un poco con la vara, por encima de la tela. Y comenzó a dar pequeños golpes, aumentando gradualmente la intensidad. Atada, indefensa, ella retorcía las piernas, pero la forma en que se mordía el labio inferior evidenciaba que estaba disfrutando. Él calculaba cuidadosamente la fuerza para que picara un poco, sin llegar a lastimar.
Quitando una de las pinzas, acercó la boca y chupó delicadamente el pezón congestionado. La sensibilidad habitual se había incrementado y ella gemía con cada roce, por más leve que fuese. Dejando la vara a un lado, llevó una mano exploradora a su entrepierna, sumamente húmeda. Sus dedos se hundieron casi instintivamente, deslizándose entre sus labios empapados. Y ella temblaba al moverse entre la entrada de su vagina y su clítoris hinchado. La mantuvo así un rato, disfrutando de sus gemidos. Chupando sus pezones, pellizcando suavemente su clítoris, introduciendo los dedos poco a poco más profundo. Uno, dos, tres... hasta que ella ansiaba ser penetrada.
La liberó del mueble, para tumbarla en la cama con urgencia, las manos aún atadas y los ojos vendados. Él le separó las piernas, desnuda, totalmente
expuesta y vulnerable. Recorrió con rapidez su vagina completamente mojada, hinchada, y ella ansiaba sentirlo encima de ella, para penetrarla sin misericordia. Pero aún no era el instante.
Dando la vuelta en la cama, presionó su descomunal erección contra su mejilla. Ella reconoció de inmediato el contacto, y abrió de inmediato la boca para recibirlo, a ciegas. Disfrutaba mucho del sexo oral, y chupó con entusiasmo. Sin embargo, él se movía travieso, provocando que en ocasiones se le escapara y ella tuviera que buscarlo, moviendo la lengua. Poco a poco lo fue introduciendo más adentro, moviéndose de forma rítmica, simulando una penetración en su boca. Esa sensación la excitaba enormemente, al combinar la desnudez, sumisión, entrega, y a la vez tenerlo en la boca, firme, muy rígido, a punto de eyacular.
- ¡Qué bien lo haces, nena. Eres una mujer muy sensual, mi mujer.
- Mmmm, perverso, estás delicioso.
Escucharlo llamarla su mujer aún la estimulaba más, intensificando sus gemidos. Y para hacerlo aún mejor, él apretaba sus senos, retorcía sus pezones, y de vez en cuando inclinaba se para golpear suavemente entre sus piernas, produciendo un sonido como el de una gota cayendo en un charco. Una y otra vez, estimulando su clítoris, cada vez más rápidamente, hasta que la tenía gimiendo una vez más. Temblando, sumamente excitada.
Fue controlando la situación hasta que ambos estuvieran al límite. Él la penetraba tan profundo en la boca que le costaba respirar. Y cuando sintió que era el momento, agarró fuertemente su cabello y le sostuvo la cabeza.
- Voy a eyacular. Tendrás tu recompensa, y te lo vas a tragar todo.
Y sin detenerse, aumentó la rapidez de sus golpes. Pequeñas palmadas muy rápidas, concentrándose en el clítoris. Ella abría y cerraba las piernas, apretaba los glúteos y gemía como loca, hasta que no pudo contenerse más. Y explotó entre gritos, un torbellino de contracciones, intenso, desde lo más profundo, arqueando su espalda y haciendo temblar sus piernas. Ante tal muestra de placer femenino, él se sumergió en su boca agarrándola con fuerza, con espasmos que eyaculaban fuertes chorros directamente en su garganta. Ella no podía tragar y gemir a la vez, y parte de aquel líquido caliente se escapaba por las comisuras de sus labios.
Fue intenso, enorme, prolongado. Ambos permanecieron inmóviles, con la respiración entrecortada. Ella saboreaba los restos de su "premio", con una sonrisa, y él la observaba mordiéndose los labios. Había sido grandioso, pero eso no era el final. Había prometido más, y una mujer multiorgásmica es un tesoro.
- Mujer sensual. ¿Deseas más, verdad?
Otros relatos que te gustará leer