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Historia de María y Marta (parte 4)


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Fragmento previo: "María y Marta (parte 3)"

Una vez Marta salió de la residencia de María y recorrió la calle con la cara cubierta de fluido seminal, decidí seguir sus pasos para averiguar su destino, observando la reacción de las personas al verla en esa situación. Después de caminar un trecho, noté que aparentaba sentirse perdida, sin una dirección clara en mente. Fue entonces cuando opté por alcanzarla y abordarla para indagar sobre su estado.

Le manifesté: "Marta, percibo cierta desorientación en ti, ¿hay algo que te preocupe? ¿En qué estás pensando?"

Estando frente a mí, sin mirarme directamente a los ojos, pero observando a su alrededor con residuos de semen en su rostro, respondió: "Estoy reflexionando sobre el hecho de que a lo largo de mi relación con mi pareja, nunca me ha penetrado analmente. Después de experimentarlo contigo, anhelo más, ¡necesito más!"

Al concluir su declaración, Marta se volteó y emprendió su camino. Tomé su brazo firme y le cuestioné: "Espera, ¿a dónde te diriges?"

Ella contestó: "Voy a un supermercado."

Rebatí: "¿Por qué te diriges ahora a un supermercado?"

Con tono firme, respondió: "Ya te lo mencioné anteriormente," y se alejó.

Al no percibir incomodidad en Marta, opté por acompañarla al supermercado, manteniendo una distancia prudencial, dejando que fuera ella quien liderara el camino dada mi confusión sobre sus intenciones.

Finalmente, ingresó al establecimiento y adquirió preservativos y gel lubricante sin mediar palabra conmigo, limitándome a observar. Acto seguido, se dirigió al área de frutas y verduras, escogiendo unos pepinos y calabacines de gran tamaño tras una breve búsqueda. Mi perplejidad aumentaba al intuir sus posibles propósitos, a raíz de la conversación previa.

Llegamos a la caja para efectuar el pago. Marta depositó los productos en la cinta y se adelantó en la fila. La expresión de la cajera al visualizar el rostro de Marta, con rastros de semen y la compra realizada, fue de sorpresa y estupefacción. Ante la prisa de Marta por retirarse, le solicité a la cajera que empaquetara los artículos y los abonara. Salí presuroso tras Marta, alcanzándola para entregarle la compra.

Sin voltear a mirarme, respondió: "Volamos de regreso a la morada de María." Entregué la bolsa con las adquisiciones para que la portara mientras nos dirigíamos de vuelta a la residencia de María. Al llegar al portal, accedimos al interior dado que se encontraba entreabierto. Nos dirigimos hacia el ascensor y seleccionamos el quinto piso, donde habitaba María. Una vez las puertas se cerraron, Marta depositó la bolsa en el suelo y se deshizo de sus prendas inferiores. Colocándose entre las puertas del ascensor, me presentó su espalda, exhibiendo su trasero. Su ano aún mostraba señales de la reciente actividad anal.

Al percatarme, bajé mis pantalones y liberé mi erección, la cual se mantenía firme desde que Marta efectuara la compra. Sin dudarlo, la penetré analmente nuevamente. Apenas comenzaba a embestirla cuando las puertas del ascensor se abrieron en el quinto piso.

Manteniendo las puertas abiertas, Marta se detuvo un instante, permitiendo ser sodomizada en la entrada del ascensor, desnuda de cintura para abajo, visiblemente excitada y respirando agitadamente. Tras este episodio...

Habiendo vivido, lo que menos le importaba era ser vista por alguien, su único deseo era disfrutar de la penetración anal.

Después de un tiempo, Marta decidió abandonar el ascensor y dirigirse al piso de María. La puerta estaba entreabierta y dentro de la sala todo permanecía tal cual, el ambiente estaba impregnado de saliva, flujo vaginal y semen de mi última eyaculación sobre las chicas. Al percatarnos de la ausencia de María, Marta y yo salimos de nuevo al pasillo cuando escuchamos un ruido proveniente del piso de abajo. Era el sonido de alguien ahogándose, se escuchaban arcadas y tosidos. Marta y yo nos miramos mutuamente y no pudimos evitar pensar que se trataba de María.

Bajamos por las escaleras al piso inferior, Marta aún medio desnuda, sin su indumentaria, que había quedado en el ascensor. A mitad de la escalera, sin llegar al final, nos asomamos y observamos la puerta de una vivienda abierta, donde un hombre estaba de pie y una mujer arrodillada frente a él completamente desnuda. Esa mujer no podía ser otra más que nuestra amiga María. Se encontraba atragantándose con el pene de uno de sus vecinos. Se lo introducía por completo en la boca, hasta la garganta, provocándose a sí misma fuertes arcadas que resonaban en todo el edificio.

Cuando el hombre empezó a gemir, María sacó el pene de su boca, lo agarró con la mano y comenzó a masturbarlo mientras le pedía "¡Eyacula en mi rostro de puta, por favor!". Inmediatamente, María recibió una eyaculación en toda su cara que se encargó de esparcir moviendo el pene de su vecino por su rostro mientras lo agitaba. Una vez que el hombre terminó de eyacular, María se levantó y desde nuestra posición, Marta y yo pudimos ver cómo el rostro de María estaba cubierto por una densa y espesa capa de semen blanco. Tenía múltiples hilos que descendían por su cabello y otros tantos que llegaban hasta su cuello. Sus senos estaban completamente salpicados de semen.

Al presenciar aquello, no pudimos evitar pensar que varios hombres se habían corrido sobre ella. Nuestra sospecha se confirmó cuando vimos a María tocando el timbre del siguiente vecino. Al abrirse la puerta, salió otro hombre de mediana edad que quedó asombrado. Sin titubear, María se arrodilló, sacó el pene del hombre de sus pantalones y lo introdujo por completo en su boca, succionando enérgicamente hasta ponerlo erecto. El hombre permanecía en silencio y sorprendido, pero rápidamente empezó a acompasar los movimientos de succión de María con sus caderas. Una vez que el pene del vecino estaba completamente erecto, María abrió la boca y permitió ser penetrada hasta la garganta. Repitió el mismo procedimiento, provocándose arcadas, ingiriendo la verga de su vecino de forma salvaje. Después de tan solo un par de minutos, María tomó el pene para masturbar al hombre diciendo la misma frase: "¡Eyacula en mi rostro de puta, por favor!".

Otra descarga de espeso semen cayó en el rostro de María. Parecía que llevaba una máscara de semen que ella misma se había elaborado a base de felaciones a sus vecinos. Cuando el hombre terminó de eyacular en el rostro de María, esta se levantó y nuevamente llamó a la puerta de otro vecino para ofrecerle una nueva felación arrodillada. Al presenciar toda aquella escena, Marta y yo comprendimos que María era adicta al sexo y que la ronda de felaciones y eyaculaciones parecía estar lejos de terminar, abarcando a todo el vecindario, por lo que regresamos al piso de María para satisfacer los deseos de Marta.

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Una vez dentro de la casa, dejando la puerta abierta, Marta se despojó de la parte superior de su vestimenta y yo quedé completamente desnudo. Marta dejó la bolsa de compras junto al sofá y se colocó a cuatro patas sobre él. Yo me acerqué a ella con total erección mientras ella ofrecía su trasero para ser penetrada en ese lugar. Sin dudarlo, introduje mi pene por completo en su ano y comencé a sodomizarla con rapidez.que podía ser escuchado por toda la casa y la escalera. Marta comenzaba a gemir con un grito constante de "aaaaaahhh!" que se interrumpía en cada empujón que recibía. Sus gritos se mezclaban con el sonido de mi cadera golpeando sus nalgas. El alboroto causado por el deseo de Marta de ser penetrada por el ano era evidente.

La excitación de Marta aumentaba aún más, tanto que, repentinamente, hizo algo inesperado. Se apartó de la penetración y me dejó con el pene al descubierto, se inclinó para tomar la bolsa de la compra con los pepinos y calabacines y me la entregó diciendo... "Hazlo ahora con esto". Me quedé atónito, pero pronto respondí a su solicitud. Me levanté del sofá y me coloqué de pie a su lado. Ella seguía a cuatro patas sobre el sofá. Tomé un pepino de la bolsa, lo envolví con un preservativo de los que también adquirió y vertí lubricante sobre el mismo. Tomé el pepino por la base y coloqué la punta en su ano, lo cual hizo que Marta se pusiera un poco tensa, quizás pensando que debería haber comprado verduras más pequeñas.

Esparcí el lubricante que había colocado en el pepino por la entrada de su trasero y volví a posicionar la punta del pepino en su ano, introduciéndolo ligeramente, lo que la hizo tensarse y juntar las nalgas. Parecía reacia a que cumpliera con lo que ella misma pidió. A pesar de su actitud, procedí a introducir el pepino en su trasero. Dado que anteriormente ya la había penetrado analmente, su ano seguía dilatado y no tuve dificultades para introducir algunos centímetros del pepino. A pesar de la tensión de Marta, mantuve el pepino adentro por unos instantes y luego lo saqué; ella exhaló y se relajó momentáneamente, pero acto seguido lo volví a introducir un poco más. Emitió un gemido de dolor y se tensó nuevamente, por lo que repetí el proceso, sacando y reinsertando el pepino varias veces, hasta aumentar la frecuencia y reducir el tiempo en que permanecía dentro de ella. Marta empezó a respirar más agitadamente y se olvidó momentáneamente de que le estaba introduciendo una verdura en su cuerpo, comenzando a sentir lo que deseaba.

La excitación de Marta estaba en su punto máximo y el pepino ya penetraba más de la mitad de su cavidad anal con total suavidad. Marta gemía fuertemente y yo estaba a punto de explotar de excitación al ver a Marta de una forma que nunca había imaginado, siendo penetrada por un pepino en el trasero. Marta se giró para observar cómo la masturbaba analmente y notó que mi pene seguía fuertemente erecto, así que lo agarró con una mano y me llevó hasta ponerme frente a ella, obligándome a subir al sofá. Liberé el pepino, dejándolo dentro de su ano, y me arrodillé frente a Marta, que seguía a cuatro patas, con mi pene frente a su rostro. De repente, Marta se lanzó hacia mi pene y lo introdujo por completo en su boca. Estuve a punto de eyacular en ese momento por la acción de Marta, así que presioné su cabeza contra mi cadera para acercarme y, sin sacar mi pene de su boca, agarré el pepino que aún estaba dentro de su trasero.

Con ambas manos, comencé nuevamente a deslizar el pepino dentro de Marta. Su espalda estaba arqueada hacia abajo, era una verdadera diosa. Estaba siendo penetrada por la boca mientras introducía y sacaba más de la mitad de un pepino de su trasero. La embestí por la boca, apenas podía respirar y le provocaba arcadas intensas. Tenía el cuello arqueado hacia atrás para que pudiera llegar

Tomé el pepino con ambas manos, y procedí a introducirlo en su recto con firmeza.

En ese instante, cuando la excitación estaba en su punto máximo, María entró por la puerta de la casa. Estaba completamente desnuda, tal como la habíamos dejado. Su rostro estaba cubierto por una gruesa capa de semen, con grandes chorretones que alcanzaban su cabello, cuello y senos. Parecía como si le hubiesen arrojado un recipiente lleno de esperma en la cara, salpicando el resto de su cuerpo. A medida que caminaba, dejaba rastros de semen que descendían desde sus senos hasta su entrepierna.

Al ver a María frente a nosotros, Marta y yo decidimos detenernos. Retiré mi miembro de la boca de Marta, quien respiró profundamente como si hubiese emergido de lo más profundo de una piscina. Me alejé de ella, pero sin soltar el pepino en ningún momento, manteniéndolo firmemente en el interior del ano de Marta. María observaba la escena con el mismo asombro que Marta al verla cubierta de semen. Marta se puso de pie y se situó frente a María, mientras yo continuaba sosteniendo el pepino en su interior. Marta actuaba como si no tuviera nada en su recto, comportándose de manera natural, y le preguntó a María: "¿a cuántos hombres les has permitido eyacular en tu rostro?" María respondió: "No lo sé, he perdido la cuenta, más de 20 veces", a lo que Marta, sin decir una palabra, se acercó a María, la abrazó y comenzó a lamer el semen de su rostro.

Marta se dedicó a limpiar todo el semen que cubría a María, no solo con la lengua, sino succionándolo y tragándoselo todo. María mostraba una mayor excitación, disfrutando al sentir cómo Marta se comía toda la eyaculación que la cubría, mientras recorría su cuerpo con la lengua. Una vez que limpió su rostro, descendió por su cuello, absorbiendo los restos y luego recogiendo el semen de sus senos con las manos para llevarlo a su boca. Todo esto lo hacía mientras un pepino permanecía en el interior de su recto, el cual yo mantenía en su sitio. Prefiriendo no seguir moviendo el pepino dentro y fuera del recto de Marta, decidí no interrumpir y permitir que se centrara en lo que hacía, disfrutando de las eyaculaciones de más de 20 hombres.

Una vez María se despojó del semen que la cubría, empujó a Marta contra la mesa de cristal, para que se recostara de espaldas a nosotros, de pie e inclinada hacia adelante sobre la mesa. María agarró el pepino que yo mantenía en el interior del recto de Marta. Quería unirse al juego de masturbar a Marta analmente, así que comenzó a agitar el pepino dentro de su recto. Marta estaba muy excitada, y María movía el pepino cada vez más rápido. Vi que Marta toleraba bien la presencia del pepino en su recto, así que fui a la bolsa de la compra y saqué el gran calabacín que Marta había adquirido. Mostré el calabacín a María, cuya expresión denotaba entusiasmo, estaba dispuesta a continuar con el juego de la masturbación anal a Marta.

María se arrodilló junto al trasero de Marta. Se notaba que estaba tomando el juego de introducir objetos en el recto de Marta de manera seria. Arrodillada, María retiró el pepino del recto de Marta y, se pudo escuchar un gemido de alivio por parte de Marta. María tomó el pepino, que había sido retirado del recto de Marta y envuelto en un preservativo, comenzó a lamerlo completamente y a frotarlo por toda su cara como si fuese el pene de alguien. Una vez que terminó de lamer los jugos anales de Marta, dejó el pepino y tomó el calabacín. Colocó un preservativo en la parte más ancha del calabacín con una expresión de excitación y malicia a la vez. María planeaba insertar el calabacín por el recto de Marta, por el lado más grueso y ancho. Vertió una gran cantidad de lubricante en la punta del calabacín.

Y lo introdujo en el recto de Marta. Mientras tanto, yo presenciaba toda la escena con mi pene a punto de explotar de la excitación.

Con el calabacín colocado sobre el recto de Marta, solo faltaba comenzar a insertarlo. Marta no miraba hacia atrás, solo sentía lo que tenía encima de su trasero. María comenzó a presionar la verdura hacia dentro del trasero de Marta. Este comenzaba a dilatarse poco a poco. Marta mostró cara de sorpresa, notaba que lo que María quería introducirle iba a ser demasiado grande. María continuaba ampliando el recto de Marta a medida que introducía el calabacín. El diámetro máximo de la parte ancha era de aproximadamente 8 centímetros. Marta abría cada vez más los ojos, notaba que lo que yacía entrando por su recto era muy grande, María presionaba más y Marta comenzaba a oponer resistencia, tensionando sus piernas e incorporándose ligeramente, comenzando a rechazar lo que le estaban introduciendo por el ano. Al percibir la reacción de Marta, María no esperó más y terminó con un rápido movimiento introduciendo por completo la parte ancha del calabacín dentro del trasero de Marta, de modo que su ano se cerró dejando dentro lo más grueso del calabacín.

La reacción de Marta fue inmediata. Un jadeo de placer escapó de su boca, un grito que podía asemejarse a un grito de dolor pero que no dejaba dudas de que era de placer, cuando por su vagina brotó un gran chorro de líquido vaginal como si fuera un grifo abierto. Las piernas de Marta temblaban y se empapaban por completo. Un charco se formó en el suelo y los brazos y piernas de María resultaron salpicados al estar arrodillada a su lado, llevando a cabo la acción. Marta estaba completamente ensimismada mientras no dejaba de gritar con la boca abierta y los ojos en blanco. Era una situación totalmente inesperada para mí. Tenía mi pene a punto de estallar, así que al ver a Marta experimentando ese tremendo orgasmo que parecía llevarla al borde del desmayo, decidí subirme a la mesa de cristal, me coloqué frente a Marta, arrodillándome frente a su rostro y sin pronunciar palabra alguna, mientras Marta con los ojos en blanco no podía darse cuenta, y con la boca completamente abierta gritando con fuerza, introduje mi pene en su boca para penetrarle la garganta nuevamente.

La boca de Marta permanecía abierta. No hacía esfuerzo alguno por succionar mi pene, simplemente se dejaba penetrar hasta la garganta. Estaba tan concentrada en disfrutar de su orgasmo que parecía una marioneta manejada a voluntad. Mis testículos golpeaban en su barbilla. Yo tiraba de su cabello para mover su cabeza, estaba masturbándome con su boca mientras ella seguía con los ojos en blanco. En ese momento, María, que aún sostenía el calabacín en sus manos, decidió extraerlo un poco para seguir dilatando el trasero de Marta mientras la parte ancha salía un poco para luego volver a introducirla unos centímetros más. Este movimiento provocó otro chorro de líquido vaginal proveniente de la vagina de Marta, salpicando nuevamente a María y ampliando el charco que se había formado en el suelo. María repitió la operación unos segundos después, lo que generó otro chorro de la vagina de Marta. Con cada introducción y extracción de la verdura del trasero de Marta, esta experimentaba un orgasmo acompañado de un chorro de sus jugos vaginales. María quedó completamente empapada con las salpicaduras y el suelo parecía una piscina de fluido vaginal.

Mientras Marta continuaba teniendo orgasmos, yo aprovechaba para disfrutar con su boca. Movía su cabeza agarrándola del cabello con ambas manos como si me estuviera masturbando solo, a la velocidad justa antes de eyacular. Marta no ofrecía resistencia, era un cuerpo inmóvil, continuaba con los ojos en blanco y su boca emitía el sonido de "glup glup glup glup" cada vez que mi glande atravesaba su garganta. Estaba a punto de eyacular en su boca cuando, tras varios orgasmos de Marta, el temblor en sus piernas alcanzó su punto máximo y estas cedieron, haciendo que Marta se

De manera gradual, fue descendiendo de la mesa mientras María extrajo el calabacín del ano de Marta. Marta se arrodilló junto a María y, exhausta, finalmente se tumbó en el suelo sobre el gran charco de flujo vaginal que había creado.

Permanecí arriba de la mesa, a punto de alcanzar el orgasmo, por lo que esa situación no podía quedarse así. Me acerqué al borde de la mesa y debajo se encontraba Marta tendida en el suelo sobre el charco, con María completamente salpicada de ese mismo flujo vaginal, así que comencé a masturbarme frente a ellas dos. Mientras Marta parecía ausente en el suelo, casi inconsciente, María, al percatarse de que me estaba masturbando delante de ellas, optó por acostarse junto a Marta, sumergirse por completo en el charco de jugo vaginal de Marta y acercar su rostro al de esta para que yo, desde la mesa, vertiera mi semen acumulado durante más de tres horas sobre el rostro de ambas. En cuestión de segundos, empecé a eyacular desde lo alto de la mesa. Los chorros de semen comenzaron a brotar en todas direcciones desde mi miembro y a caer sobre los cuerpos de Marta y María. A pesar de querer apuntar a sus rostros, mi erección me impedía controlar la dirección y los chorros salían en distintas trayectorias. Ante la cantidad de semen, este les caía a Marta y a María en los senos, el abdomen, el rostro, los brazos, las piernas y el cabello. Recibían una cascada de esperma mientras descansaban sobre un charco de flujo vaginal. Marta, semiinconsciente con los ojos entreabiertos, percibía el calor del esperma en su cuerpo, reaccionando a cada salpicadura, mientras que María disfrutaba, masturbándose mientras recibía los impactos de semen por todo su cuerpo, abriendo la boca al máximo para recoger las gotas que caían sobre ella.

Una vez terminada la eyaculación, descendí de la mesa y fui hacia María para limpiar mi miembro en su boca. Quería que ingiriera hasta la última gota de mis fluidos como despedida. Exprimí mi pene dentro de la boca de María, quien succionó con fuerza para extraer hasta la última gota. Me separé y dejé a María junto a Marta, quien ya empezaba a recobrar la consciencia. María se abrazó a Marta sobre el charco de flujo vaginal, restregando sus cuerpos mutuamente para concluir y compartir el semen que había caído en sus desnudeces, revolcándose en el charco de los fluidos de Marta. Era como una lucha en el barro, pero en lugar de violencia, ambas se besaban, y el barro consistía en los líquidos vaginales de Marta mezclados con salpicaduras de semen. Era el final perfecto para aquella aventura de la tarde.

Una vez que María y Marta terminaron de frotarse, decidimos ir a la ducha los tres juntos. Había sido una tarde intensa, y sus rostros, cuerpos y cabellos eran un desastre, una amalgama de todos los fluidos posibles. Durante la ducha, nos dedicamos a limpiarnos mutuamente, frotándonos con jabón por todas partes, aunque la situación no pasó a mayores. No obstante, antes de finalizar la ducha, mientras nos enjuagábamos, Marta simuló querer retirarme el jabón que me quedaba en el pene, que reposaba, y me masturbó brevemente a propósito, lo cual me excitó nuevamente. Luego, me dijo: "Tienes algo pendiente conmigo".

Ahí terminó todo, sin que fuera más allá. Salimos de la ducha, nos vestimos. Al salir del baño, se podía apreciar en la sala los vestigios de una tarde de lujuria: los charcos de flujo vaginal, la saliva de María y las salpicaduras de semen. Marta no encontraba sus pantalones cortos ni su tanga; los habíamos dejado en el ascensor. Por ello, Marta y yo decidimos salir de la casa de María, mientras esta se quedaba a limpiar todo el desorden. Marta abandonó la vivienda de María, desnuda de cintura para abajo, y yo la seguí. Al salir, pudimos observar las salpicaduras de semen en cada una de las puertas de los vecinos de María.

las felaciones que había estado realizándoles para extraerles el semen. Al llegar al ascensor, observamos que la ropa de Marta seguía allí, pero la habían apartado a una esquina. Sin importarle, Marta se colocó su tanga y sus shorts mientras el ascensor descendía.

Marta y yo salimos del portal de María, y ya en la calle Marta me repitió lo mismo que en la ducha: "tenemos algo pendiente, acompáñame". Acompañé a Marta a lo que parecía ser su domicilio a unos diez minutos caminando. Al llegar, me tomó de la mano para indicarme que subiera con ella. Nos introdujimos en su ascensor y subimos al tercer piso. Al salir del ascensor, me condujo hasta la puerta C. Cuando nos encontrábamos frente a la puerta, me dijo: "esto es lo que tenemos pendiente". Me empujó hacia un lado para no estar justo delante de la puerta de su hogar, se arrodilló y extrajo mi miembro viril de mis pantalones y comenzó a masturbarme para ponerlo erecto. Una vez que mi miembro estaba firme, me indicó: "yo resido aquí con mi pareja, eyacula en mi rostro antes de entrar a casa para que él lo pueda presenciar" y acto seguido comenzó a practicarme sexo oral de manera desenfrenada, succionando como un aspirador, generando un fuerte ruido de succión y frotando mi pene por su rostro mientras me volvía a masturbar y se propinaba bofetadas en su rostro con mi miembro viril. Marta logró que sintiera un intenso deseo de eyacular nuevamente por lo que no tardé en advertirle: "¡Marta me voy a correr….!" Y de inmediato Marta comenzó a masturbarme con firmeza y con la otra mano, a sostener mis testículos para presionarlos en el momento en que el semen comenzara a salir.

Colocó mi glande en su frente y comencé a eyacular permitiendo que saliera un chorro espeso ya sin fuerza sobre la frente de Marta. Al sentir el calor del semen en su frente, Marta empezó a mover mi pene por todo su rostro mientras iba emanando chorros de semen que iban manchando su nariz, sus mejillas, su mentón, sus labios, e incluso sus párpados. Deseaba embadurnar completamente su rostro con mi esperma caliente por última vez mientras apretaba suavemente mis testículos para que pareciera que deseaba todo el semen posible sobre su rostro. Al concluir mi eyaculación, Marta exprimió mi pene para extraer las últimas gotas que depositó sobre su mejilla. Me dio un beso en el glande para dejar mi pene bien limpio y se incorporó. No se limpió ni las manos, ni se quitó el semen de sus párpados. Sacó las llaves de su bolso y aguardó a que abrochase mi pantalón y me fuera para ingresar a su casa. Cuando me encaminé hacia la escalera, ella abrió la puerta, entró en su hogar y pude escuchar un "hola Michele… Mira lo que me he permitido hacer…"

A partir de ahí, cada quien puede imaginar lo que prefiera.

Fin

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